Soy demasiado malo

Martes 7 Febrero
¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado… ? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia.
Miqueas 7:18
Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.
1 Juan 3:20

Soy demasiado malo
Nadie es demasiado malo para acercarse a Dios. ¡Su amor es mucho más grande que todas nuestras faltas! En la Biblia muchas veces Dios nos asegura su amor y su perdón, por ejemplo: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). En efecto, Dios no se conformó con decirnos que nos ama a pesar de nuestros pecados, y que quiere darnos la vida eterna. Él mismo vino en la persona de su Hijo Jesucristo, para vivir entre nosotros. Jesús mismo contó la parábola del hijo rebelde, a quien su padre acogió con los brazos abiertos (Lucas 15:20). Y para mostrar hasta el final que Dios es misericordioso y perdonador, Jesús dio su vida por usted y por mí, para borrar todos nuestros pecados.

Lector, quizás usted esté agobiado por el peso de sus pecados, y piensa que todo está perdido. Pero Jesús le dice lo contrario, como prometió al malhechor crucificado a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Quizás usted no pueda perdonarse a sí mismo, pero Dios está dispuesto a perdonarle. Ahora le dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño…

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-2, 5).

2 Samuel 1 – Mateo 24:1-28 – Salmo 20:1-5 – Proverbios 8:1-11

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Orad unos por otros

6 de febrero
«Orad unos por otros».
Santiago 5:16

Como un estímulo jubiloso para la oración intercesora, recuerda que tal plegaria es la más agradable a los oídos de Dios, pues la oración de Cristo tiene ese carácter. De todo el incienso que nuestro gran Sumo Sacerdote pone en el incensario de oro, no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión debe de ser la más aceptable de todas las súplicas, y cuanto más semejante sea nuestra oración a la de Cristo, más fragante resultará. Así, si bien las peticiones por nosotros mismos serán aceptas, nuestras intercesiones por otros, por tener en sí mismas más de los frutos del Espíritu —más amor, más fe, más afecto fraternal—, serán, por los preciosos méritos de Jesús, la oblación más agradable que pudiéramos ofrecer a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz: ¡qué portentos ha obrado! La Palabra de Dios está llena de sus maravillosos hechos.

Creyente, tienes en tus manos un poderoso instrumento: utilízalo bien; empléalo constantemente; utilízalo con fe, y serás (con toda seguridad) un benefactor de tus hermanos. Cuando tengas audiencia con el Rey, háblale de los miembros de su Cuerpo que sufren. Cuando te sientas favorecido con la gracia de estar cerca de su Trono y que el Rey te diga: «Pídeme, y yo te daré lo que deseas», que tus peticiones no se eleven solo por ti mismo, sino por muchos otros que necesitan de su ayuda.

Si tienes gracia en alguna medida y no eres un intercesor, entonces esa gracia es pequeña: como un grano de mostaza. Pues tú, es cierto, has tenido suficiente gracia como para mantener a flote tu alma, lejos de la arena movediza, pero no la tuviste en abundancia; de lo contrario hubieras llevado en tu alegre barco las muchas necesidades de otros y les habrías traído, de parte del Señor, ricas bendiciones que sin tu mediación no podían obtener.

Cuenta los favores del Señor,
cuenta las riquezas de su amor;
mira a Cristo, él te sostendrá;
cuenta los favores que el Señor te da.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 45). Editorial Peregrino.

¿De qué debo ser salvo?

Lunes 6 Febrero
(Jesús dijo:) Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
Marcos 2:17
¿De qué debo ser salvo?

Un joven que hablaba con un cristiano sobre el Evangelio le preguntó: «Si Jesús vino a la tierra y murió en la cruz, ¿fue para salvarnos de qué exactamente?». La pregunta es buena y nos lleva a la afirmación de Jesús citada en el encabezamiento.

¿Qué enfermedad tengo? ¿Qué pecado cometí? En la Biblia Dios responde a mis preguntas. Declara formalmente que “no hay justo”, que “todos pecaron” (Romanos 3:10, 23). Pecar es hacer, decir e incluso pensar algo contrario al carácter perfecto y santo de Dios. Solo el hecho de ser indiferente con él ya es un pecado, pues él ordenó: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” (Deuteronomio 6:5). Esto fue recordado por Jesús en los evangelios (Lucas 10:27). El castigo reservado por el Dios soberano para los pecadores es pasar la eternidad lejos de él, con el alma atormentada. Es de esto de lo que todo hombre necesita ser salvo. Por esta razón Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra, para solucionar este problema y ofrecer la salvación a todos.

A veces, cuando nos sentimos mal y tenemos miedo al diagnóstico, es difícil ir al médico. ¡Con Jesús no debemos temer nada! Aunque es verdad que “todos pecaron”, el remedio es seguro, absoluto y definitivo: creer en el Señor Jesús (Hechos 16:31).

“Lavaos y limpiaos… dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien… Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16-18).

1 Samuel 31 – Mateo 23 – Salmo 19:11-14 – Proverbios 7:24-27

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Oídos purificados | Charles Spurgeon

5 de febrero
«En aquel tiempo, respondiendo Jesús…».
Mateo 11:25

Es este un modo singular de comenzar un versículo: «En aquel tiempo, respondiendo Jesús…». Si observas el contexto, no podrás ver señales de que alguna persona le haya preguntado algo o que él haya estado conversando con alguien. No obstante, está escrito: «Respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre…». Cuando un hombre responde, responde a una persona que ha estado hablando. ¿Quién, pues, ha hablado a Cristo? ¿Su Padre? No obstante, no hay indicio de ello. Esto debiera enseñarnos que Jesús tuvo siempre constante comunión con su Padre, y que Dios hablaba a su corazón tan frecuentemente que la presente no era una circunstancia tan extraordinaria como para ser consignada. Conversar con Dios constituía el hábito y la vida de Jesús.

Como Jesús era en este mundo, así somos nosotros. Aprendamos, pues, la lección que esta simple declaración acerca de él nos enseña. Tengamos, además, silencioso compañerismo con el Padre, de manera que podamos responderle frecuentemente y, aunque el mundo no sepa con quién hablamos, podamos nosotros responder a aquella voz secreta, desconocida sí para otros oídos, mas no para los nuestros, los cuales, abiertos por el Espíritu de Dios, la reconocen con gozo. Dios nos ha hablado; hablémosle nosotros a él, ya para certificar que Dios es veraz y fiel a sus promesas, ya para confesar el pecado del que el Espíritu Santo nos ha convencido, ya para reconocer el perdón que nos ha dado o para expresar nuestro asentimiento a las grandes verdades que el Espíritu Santo ha declarado a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es tener íntima comunión con el Padre de nuestros espíritus! Es este un secreto oculto para el mundo, un gozo en el cual ni aun los más íntimos amigos se inmiscuyen.

Si deseamos oír los susurros del amor de Dios, nuestros oídos deben estar purificados y dispuestos a escuchar su voz. Que en esta misma tarde nuestros corazones puedan hallarse en tal condición que, cuando Dios nos hable, nosotros, a semejanza de Jesús, podamos estar preparados para responderle enseguida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 44). Editorial Peregrino.

Jesús – su sumisión (5)

Domingo 5 Febrero
(Jesús dijo:) No puedo yo hacer nada por mí mismo… porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.
Juan 5:30
Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.
Juan 12:49

Jesús – su sumisión (5)
Al comer del fruto prohibido, Adán actuó de forma independiente de Dios, actuó según su propia voluntad. Sus descendientes también se organizaron sin tener en cuenta a Dios. Desde entonces el hombre se cree dueño de sí mismo, con el derecho de hacer lo que quiere.

Jesús nunca actuó de esta manera. La voluntad de Dios dirigía su conducta y era su razón de vivir, su gozo. ¡No hacía ni quería hacer nada sin él! Comía, bebía, hablaba y actuaba según la voluntad de su Padre.

– Antes de comenzar su ministerio público, Jesús ayunó durante cuarenta días. Satanás, sabiendo que Jesús tenía hambre, le sugirió utilizar su poder para transformar piedras en pan. Pero Jesús nunca utilizó su poder para su propio beneficio. La Palabra de Dios lo sostenía, y Dios lo alimentaría…

– Cuando le informaron que su amigo Lázaro estaba enfermo, esperó una orden de su Padre para visitar a esa amada familia. Cuando llegó, Lázaro había muerto desde hacía cuatro días. Entonces Jesús lo resucitó, y así el Padre manifestó la gloria de su Hijo.

– Poco antes de la crucifixión, Jesús tuvo una terrible lucha: Dios quería salvar a los hombres, y para ello Jesús debía llevar sus pecados y sufrir el castigo que ellos merecían. ¡Él no podía desear eso, pues era totalmente santo! Entonces suplicó a su Dios “con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7). Pero se sometió a la voluntad de Dios, y dio su vida por nosotros.

(continuará el próximo domingo)
1 Samuel 30 – Mateo 22:23-46 – Salmo 19:7-10 – Proverbios 7:6-23

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¡No pierdas tiempo! | Charles Spurgeon

4 de febrero
«Refugio contra el vengador de la sangre».
Josué 20:3 (VM)

Se dice que en la tierra de Canaán las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal forma que cualquier persona podía llegar a algunas de ellas, a lo sumo, en medio día. Así también la palabra de nuestra salvación está cerca de nosotros.

Jesús es un Salvador presente, y el camino que conduce a él es corto. Ese camino no es solo una renuncia de nuestros méritos y la aceptación de Jesús para que sea nuestro todo en todo. En cuanto a los caminos que conducían a la ciudad de refugio, se nos dice que estaban rigurosamente conservados: todos los ríos tenían puentes, se removía todo obstáculo… de suerte que el hombre que huía pudiese hallar fácil camino a la ciudad. Una vez cada año, los ancianos recorrían los caminos y observaban su estado, de modo que nada pudiese impedir la huida de alguno y, por la demora, fuese eso causa de su captura y de su muerte. ¡Con cuánta bondad las promesas del evangelio quitan del camino las piedras de tropiezo! Dondequiera que haya atajos y curvas hay letreros indicadores con esta inscripción: «A la ciudad de refugio». Esto es una figura del camino a Jesucristo.

Ese camino no es el camino con rodeos de la ley. No es el camino de obedece esto o aquello o lo de más allá; no, es un camino directo: «Cree y vive». Es un camino tan tosco que el que confía en su justicia propia no lo puede transitar; pero, por otra parte, es tan fácil que cualquier pecador que se reconozca como tal puede hallar en él su sendero al Cielo. No bien el hombre alcanzaba las afueras de la ciudad, ya estaba seguro; no era necesario que cruzase las murallas, pues los suburbios mismos eran suficiente protección. Aprende de esto la siguiente verdad: que si tocas solamente el borde de los vestidos de Cristo, resultarás sanado.

Si te agarras a él con «fe como un grano de mostaza», serás sano.
Un poco de gracia genuina nos asegura
la muerte de todos nuestros pecados.

No pierdas tiempo, no te demores en el camino, porque el vengador de la sangre es ligero de pies y puede que esté pisándote los talones en esta hora tranquila de la noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 43). Editorial Peregrino.

Contra viento y marea

Sábado 4 Febrero
Os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma. Hebreos 10:36-39

Contra viento y marea

Hoy fui a casa de unos amigos en mi bicicleta. En el camino observé que los kilómetros que debía recorrer serían mucho más difíciles de lo que había previsto, pues el viento del norte me era contrario, y por momentos tenía la impresión de no avanzar. Luego empezó a caer una lluvia fina, ráfagas de viento abofeteaban mi cara… Durante unos minutos consideré la posibilidad de volverme. Pero rápidamente pensé en los momentos agradables que me esperaban a mi llegada. ¡Entonces decidí que no daría marcha atrás!

Esto me hace pensar en mi andar por la vida: al igual que miles de personas en todo el mundo, avanzo por el camino de la fe, tras las pisadas de Jesucristo mi Salvador. Como ellas, he experimentado la bondad del Señor, su presencia, su ternura, su amor, su perdón… Sin embargo, el viento de las pruebas y la lluvia de las lágrimas nos azotan a todos, un día u otro. ¡A veces hasta el punto de desanimarnos! Entonces nos cansamos de hacer el bien, y quizás hasta de seguir viviendo. Pero en medio de la tempestad más fuerte, la esperanza de la vida futura, la confianza en las promesas de Dios, en todos los momentos de felicidad que nos esperan, nos dan ánimo para seguir avanzando, para amar, perdonar y vivir para Jesucristo. ¡Que esta esperanza nos acompañe a lo largo de este día!

1 Samuel 28:15-29:11 – Mateo 22:1-22 – Salmo 19:1-6 – Proverbios 7:1-5

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Mi alma tiene hambre y sed del refrigerio de tu presencia | Charles Spurgeon

3 de febrero
«Hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde sesteas al mediodía».
Cantares 1:7

Estas palabras expresan el deseo del creyente por Cristo y sus ansias de comunión permanente con él. ¿Dónde apacientas? ¿En tu casa? Entonces iré allí, si allí puedo hallarte. ¿En la oración privada? Entonces oraré sin cesar. ¿En la Palabra? Entonces la leeré diligentemente. ¿En tus ordenanzas? Entonces andaré en ellas de todo corazón. Dime dónde apacientas, porque donde quiera que tú estés como Pastor, allí paceré yo como oveja; pues nadie sino tú mismo puede suplir mis necesidades. Soy incapaz de vivir satisfecho lejos de ti.

Mi alma tiene hambre y sed del refrigerio de tu presencia. «¿Dónde sesteas al mediodía?»; porque ya sea al amanecer, ya al mediodía, mi único descanso debe estar donde tú y tu amado rebaño están. El descanso de mi alma debe ser un descanso otorgado por gracia; y esto solo puede hallarse en ti. ¿Dónde está la sombra de aquella Roca? ¿Por qué no habría de reposar yo debajo de ella? «¿Por qué habría de estar como vagando tras los rebaños de tus compañeros?» (Cnt. 1:7). Tú tienes compañeros, ¿por qué no debía yo ser uno de ellos? Satanás me dijo que yo soy indigno; es cierto, yo siempre fui indigno, pero sin embargo, tú me has amado en todo tiempo y, por tanto, mi indignidad no puede ser un impedimento para que tenga ahora comunión contigo.

Es cierto que soy débil en la fe y propenso a caer, pero esa misma debilidad es la razón por que yo debiera siempre estar donde tú apacientas tu majada, para que pueda verme fortalecido y preservado en seguridad junto a aguas de reposo. ¿Por qué debía yo apartarme? No hay razón para ello; en cambio, hay mil razones para que no me aparte, pues Jesús me invita a ir a él. Si él se aparta un poco, es solo para hacerme apreciar más su presencia.

Ahora que estoy afligido y angustiado por estar apartado de él, él me guiará de nuevo a aquel abrigado rincón en donde las ovejas de su dehesa están protegidas del sol abrasador.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 42). Editorial Peregrino.

¿De qué Dios se trata?

Viernes 3 Febrero

¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?
Lamentaciones 3:37
Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.
Romanos 8:28

¿De qué Dios se trata?
«Si Dios existiera, mi madre no hubiese muerto de un cáncer».

Este comentario de un compañero me hizo reflexionar. Me imagino su dolor viendo a su madre enferma, su esperanza en un Dios poderoso que podía curarla, y luego su duelo, su decepción, sus dudas incluso sobre la existencia de Dios.

En realidad, no existe un Dios que sirva a nuestros proyectos, que se incline ante nuestra voluntad y nuestros deseos, o sea, un Dios que esté a nuestro servicio.

En cambio, el Dios que la Biblia presenta es un Dios que cumple, no nuestra voluntad, sino la suya, con el único objetivo de dar a cada uno el acceso a la vida eterna (una eternidad de felicidad).

Todas las circunstancias de nuestra vida, agradables o dolorosas, están al servicio del proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros. Nunca son el fruto del azar, sino que están sometidas a la voluntad de Dios, quien ama a sus criaturas y desea conducirlas hacia él.

En vez de amargarnos y eliminar a Dios de nuestra vida, aprendamos a ver, en todo lo que nos sucede, su mano, que quiere acercarnos a él.

Pero el mayor argumento que nos obliga a tener una confianza sin límites en Dios es su amor. “Ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

¡Si ora al único “Dios justo y Salvador” (Isaías 45:21), nunca quedará decepcionado!

1 Samuel 27:1-28:14 – Mateo 21:23-46 – Salmo 18:43-50 – Proverbios 6:27-35

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Que son cosas antiguas | Charles Spurgeon

2 de febrero
Que son cosas antiguas
1 Crónicas 4:22

Sin embargo, no tan antiguas como aquellas cosas preciosas que son el deleite de nuestras almas. Volvamos por un momento a contarlas, enumerándolas una y otra vez como cuenta el avaro su dinero. La soberana elección del Padre, por la que él nos eligió para vida eterna antes que la tierra fuese, es un asunto de remota antigüedad, ya que ninguna fecha puede asignarle a este hecho la mente humana. Hemos sido elegidos desde antes de la fundación del mundo. El amor eterno acompañó a la elección, pues no hemos sido apartados por un simple acto de la voluntad divina, sino porque intervino el amor de Dios.

El Padre nos amó desde el principio. Aquí tenemos un tema para la meditación diaria. El propósito eterno de redimirnos de nuestra ruina, de limpiarnos, de santificarnos y, al final, de glorificarnos es asunto de infinita antigüedad y corre parejas con el amor inmutable y la absoluta soberanía. El pacto se describe siempre como eterno, y Jesús, la segunda parte de ese pacto, tiene «sus salidas […] desde el principio» (Mi. 5.2). Él fue nuestro Fiador mucho antes que los primeros astros empezaran a alumbrar, y fue en él en quien se ordenó a los elegidos para vida eterna. Así, en los propósitos divinos, quedó establecido entre el Hijo de Dios y su pueblo elegido un pacto de unión muy bendito, que permanecerá como el fundamento de su seguridad cuando el tiempo ya no sea más.

¿No es bueno estar ocupados en estas cosas antiguas? ¿No es vergonzoso que queden tan olvidadas y hasta desechadas por la mayoría de los creyentes? Si conocieran más de sus propios pecados, ¿no estarían aquellos más dispuestos a adorar esta eminente gracia? Admiremos y adoremos en esta noche a nuestro Dios mientras cantamos:

Soy salvo por su gracia,
su tierno amor me sacia;
su preciosa sangre me lavó,
y hasta hoy su brazo me guardó.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 41). Editorial Peregrino.