El Señor es sol y escudo

29 MAYO

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

“El Señor es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El Señor brinda generosamente su bondad a los que se conducen sin tacha. Señor Todopoderoso, ¡dichosos los que en ti confían!” (Salmo 84:11–12).

Gran parte de este salmo exulta del alegre privilegio y la delicia de morar en la presencia de Dios que, para los hijos del antiguo pacto, significaba vivir a la sombra del templo. “Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos. Con el corazón, con todo el cuerpo, canto alegre al Dios de la vida.” (84:2). Tener un lugar “junto a tu altar” es tener un hogar, así como el gorrión halla una morada o la golondrina construye un nido (84:3). “Dichoso el que habita en tu templo, pues siempre te está alabando.” (84:4; ver también la meditación del 17 de Abril).

Pero ¿qué ocurre con los dos últimos versículos de este salmo? ¿Acaso no exageran y prometen demasiado? El salmista insiste en que Dios no niega “nada bueno” a aquellos cuyo caminar es irreprensible. Bueno, como todos pecamos, supongo que debe haber una cláusula de escape: ¿Quién es intachable? ¿No es evidente que Dios retiene muchas cosas buenas a un montón de gente cuyos caminos son tan irreprensibles como pueden serlo de este lado del nuevo cielo y la nueva tierra?

Consideremos a Eric Liddell, el famoso atleta olímpico escocés que se homenajea en la película Carros de fuego. Liddell se convirtió en misionero para China. Durante diez años impartió clases en una escuela y, después, pasó al interior del país para realizar una evangelización de primera línea. La obra no solo era desafiante, sino peligrosa, en gran parte por las crecientes incursiones de los japoneses. Finalmente, fue recluido con otros muchos occidentales. Fue una luz resplandeciente de servicio y buen ánimo en el miserable campamento; un faro para los muchos niños que no habían visto a sus padres durante años, un líder abnegado. Pero unos pocos meses antes de ser liberado, Liddell murió de un tumor cerebral. Tenía cuarenta y tres años. Jamás vio a la más pequeña de sus tres hijas en esta vida: su esposa e hijos habían regresado a Canadá antes del barrido japonés que acorraló a los extranjeros. ¿Acaso Dios no le negó una larga vida, años de servicio fructífero, el gozo de criar a sus propios hijos?

La respuesta se halla, quizás, en su himno favorito:

¡Descansa, alma mía! El Señor está de tu parte;

Lleva con paciencia la cruz de la pena y el dolor.

Deja que tu Dios ordene y provea;

En cada cambio, él permanecerá fiel.

¡Descansa, alma mía! Tu mejor Amigo, tu Amigo celestial

Te conduce a un gozoso final a través de caminos espinosos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 149). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El ancla de la unidad

29 Mayo 2017

El ancla de la unidad
por Charles R. Swindoll

Hechos 27:27-32

En la escena que tenemos se respiraban temores de amenazas de muerte. Los pensamientos estaban desbocados. Pablo sabía que el secreto para salvarse era que todos permanecieran juntos. La tentación de abandonar la embarcación y dejar que cada quién se defendiera solo era fuerte. Pero esa no es la manera de escapar con vida de una tormenta. A medida que la profundidad de las aguas se hacía menor, era mayor el temor a un naufragio. Pero Pablo les advirtió que si se dejaba escapar a los hombres, eso significaba una muerte segura.

La aplicación espiritual es obvia. Nuestra tendencia cuando tenemos problemas serios es levar anclas. Es más fácil en ciertos momentos decirle adiós a un matrimonio problemático, que enfrentar la situación para restaurar la relación. La naturaleza humana quiere retirarse a un lugar donde cada uno de nosotros pueda estar totalmente a solas, echar llave a la puerta y cerrar las persianas. Separados de todo el mundo, nos hundimos más en la depresión. Desgraciadamente, algunos recurren al alcohol, las drogas o, pero aún, a un revólver.

Si esto pinta de alguna manera su situación, entonces necesita el apoyo de su familia, sus amigos y, especialmente, del pueblo de Dios. Es más fácil bajar el bote de remos y saltar en él solo. Quiero decirle que no escape. Por el contrario, le aconsejo que permanezca en el barco junto con los demás. No salte, tratando de arreglar las cosas por su propia cuenta. Trabaje codo a codo con los demás. Mantenga el contacto con las personas que más le aman, que estarán con usted pase lo que pase. Usted necesita a su alrededor la presencia del pueblo de Dios cuando se le abra el piso debajo de sus pies. A pesar de lo que usted pueda pensar, es dudoso que pueda arreglar las cosas por su propia cuenta. En nuestro caso, tuvimos unos pocos amigos del ministerio, muy queridos, y una junta directiva unida, que estuvieron orando por nosotros y animándonos. Mudarnos a otro lugar fue una experiencia difícil, pero no solitaria. Usted y yo fuimos hechos por Dios para vivir en unidad. El ancla de la unidad nos mantiene cerca.

Usted necesitará el ancla de la unidad muchas veces en su vida, al igual que Pablo. Por lo tanto, ¡aférrese a la unidad!

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Maldito sea delante del SEÑOR el hombre que se levante y reedifique esta ciudad de Jericó

29 de mayo

«Maldito sea delante del SEÑOR el hombre que se levante y reedifique esta ciudad de Jericó».

Josué 6:26 (LBLA)

Así como se maldijo al que reedificara Jericó, ninguno hay más digno de reprensión que quien se afana por restaurar el papado entre nosotros. En los días antiguos, por el poder de la fe de nuestros padres, por la perseverancia de sus esfuerzos y por el sonido de sus trompetas evangélicas, cayeron los gigantescos muros del papado; y ahora hay algunos que quieren reedificar aquel antibíblico sistema sobre sus viejos fundamentos. Señor, complácete en desbaratar sus inicuos intentos y derriba cada piedra que ellos edifiquen. Debiéramos ocuparnos seriamente en limpiarnos por completo de todo error que tenga la tendencia a fomentar el espíritu del papado; y, después de haber hecho un perfecto barrido en casa, tendríamos que procurar de toda forma posible resistir su tan rápida difusión en la Iglesia y en el mundo. Esto último se puede hacer en secreto, con ferviente oración; y en público, por un valiente testimonio. Debiéramos amonestar con sensata intrepidez a aquellos que se inclinan hacia los errores de Roma. Hemos de instruir a los jóvenes en la verdad del evangelio, y hacerles conocer los horrorosos hechos del papado en los tiempos antiguos. Tenemos que ayudar a difundir más profusamente la luz por todo el país, porque los sacerdotes odian la luz del día. ¿Estamos haciendo todo lo que podemos por Jesús y por el evangelio? Si no, nuestra negligencia se verá aprovechada por la superchería sacerdotal. ¿Qué estamos haciendo para difundir la Biblia, que supone veneno y ponzoña para el papa? ¿Estamos esparciendo por el mundo escritos evangélicos buenos y sanos? Lutero dijo una vez: «El diablo odia las plumas de ganso». Y, sin duda, tenía mucha razón, porque los escritores preparados, con la bendición del Espíritu Santo, han hecho mucho mal a su reino. Si los que leen esta hoja hacen todo lo que puedan por impedir la reedificación de esta Jericó, la gloria del Señor correrá entre los hijos de los hombres. Lector, ¿qué puedes hacer tú? ¿Qué quieres hacer?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 158). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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“No llores”

lunes 29 mayo

He aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda… Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.

Lucas 7:12-13

Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

Jesús habla a las mujeres (5) – “No llores”

Lucas 7:11-17

Ella caminaba lentamente tras el ataúd. A su alrededor todo el mundo, consternado, mostraba su compasión hacia esta viuda que enterraba a su hijo único. ¡Para este joven la vida se había detenido…! Otra multitud, de la que formaban parte Jesús y sus discípulos, se acercaba a la puerta de la ciudad de Naín. El séquito de la vida se cruzaba con el de la muerte. ¡En medio de este encuentro, la vida iba a triunfar!

¿Cuál fue la primera palabra que Jesús, lleno de compasión, dirigió a esta madre? “No llores”. Luego se acercó y tocó el ataúd. Los que lo llevaban se detuvieron, y Jesús dijo al muerto: “Joven, a ti te digo, levántate”. El muerto se levantó, se sentó y empezó a hablar. En seguida un temor reverente sobrecogió a los espectadores.

Jesús “lo dio a su madre”. Para los testigos de aquel acontecimiento, esa resurrección era una señal. Comprendieron que Dios había venido a ayudar a su pueblo, y que Jesús era un gran profeta. Este acontecimiento fue el evento del día; todo el mundo habló de él en la región.

Así, el gozo que tomó el lugar de la tristeza de esta mujer se convirtió en una alegría para muchos. Jesús efectuó otras resurrecciones durante su vida, pero la primera fue la del hijo de una viuda anónima. La resurrección de su hijo no dependía del grado de fe de esta viuda, sino del amor de Jesús. ¡Todavía hoy el Señor se compadece especialmente de las viudas!

1 Reyes 22:29-53 – Romanos 7 – Salmo 65:5-8 – Proverbios 16:11-12

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Nuestra patria celestial

Nuestra patria celestial

5/28/2017

Nuestra ciudadanía está en los cielos. (Filipenses 3:20)

Los cristianos no somos ciudadanos de este mundo. La palabra griega para “ciudadanía” en el versículo de hoy se refiere a una colonia de extranjeros. En una fuente secular, se emplea para describir una ciudad capital que mantenía en un registro el nombre de sus ciudadanos. En realidad, somos ciudadanos inscritos de otro lugar: “El cielo”. Nuestros nombres están allí, nuestro Padre está allí, nuestros hermanos y hermanas están allí, y nuestra herencia está allí; es nuestra patria.

Los israelitas llevados al cautiverio babilónico nos dan un paralelo histórico con la iglesia contemporánea. Su patria seguía siendo la Tierra Prometida aunque vivieron durante tantos años en una sociedad extranjera. Pero cuando llegó el momento de regresar, muchos se habían arraigado de tal modo en la cultura babilónica que no quisieron irse. Cuando el Señor dice que es el momento de ir al cielo, luchamos contra eso como si fuera lo peor que pudiera ocurrirnos porque este mundo ha llegado a ser todo para nosotros. Por eso siempre se nos debe recordar que nuestra ciudadanía está en el cielo.

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«Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré»

28 de mayo

«Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré».

Lamentaciones 3:21

La memoria es frecuentemente la esclava del desaliento. Las mentes desesperadas recuerdan cada uno de los tenebrosos presentimientos del pasado y discurren sobre todo hecho tenebroso del presente. Así, la memoria vestida de cilicio ofrece a la mente una copa de hiel y ajenjo mezclados. No obstante, no hay necesidad de que esto sea así. La sabiduría puede enseguida transformar la memoria en un ángel de consuelo. Que esa misma memoria, que en su mano izquierda nos trae tantos presagios lúgubres, pueda ejercitarse a fin de traernos en su mano derecha un caudal de señales de esperanza. No es necesario que la memoria se ponga una corona de hierro; puede ceñir su frente con una cinta de oro toda ella adornada de estrellas. Así era la experiencia de Jeremías. En el versículo anterior, la memoria le había llevado a una profunda humillación del alma. Dice así: «Lo tendré aún en memoria, porque mi alma está abatida dentro de mí». Y, ahora, esa misma memoria lo restaura a la vida y al consuelo: «Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré». Semejante a una espada de dos filos, su memoria primero mató su orgullo con uno de ellos y, después, eliminó con el otro su desesperación. Por regla general, si ejercitáramos nuestras memorias más sabiamente, podríamos encender en nuestras muy amargas aflicciones un fósforo que prendiera instantáneamente la lámpara del consuelo. Dios no necesita crear una cosa nueva en la tierra para devolverles el gozo a los creyentes. Si ellos removieran con oración las cenizas del pasado, encontrarían luz para el presente. Y si volvieran al libro de la verdad y al trono de la gracia, su vela alumbraría como antes. Recordemos la bondad del Señor y repasemos sus proezas de gracia: abramos el volumen de la memoria que está tan ricamente iluminado con recuerdos de misericordia y, pronto, nos sentiremos felices. Así, la memoria puede ser, como la llamó Coleridge: «la fuente íntima del gozo»; y, cuando el Divino Consolador la sujete a su servicio, será el principal entre los consoladores terrenales.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 157). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“Abre bien tu boca y la llenaré”

28 MAYO

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan

“Abre bien tu boca y la llenaré” (Salmo 81:10): el simbolismo es transparente. Dios está perfectamente dispuesto y es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades y nuestros deseos más profundos. Implícitamente, el problema consiste en que ni siquiera abrimos la boca para disfrutar del alimento que él provee. La ilustración vuelve en el último versículo: aunque los impíos se enfrentarán al castigo eterno, el Señor dice: “y a ti te alimentaría con lo mejor del trigo; con miel de la peña te saciaría” (81:16).

Por supuesto que Dios habla de algo más que del alimento físico (aunque de igual importancia). El entorno es común tanto en Salmos como en las partes narrativas del Pentateuco. En su misericordia, Dios rescató espectacularmente a su pueblo de la esclavitud en Egipto, respondiendo a su propio clamor de angustia. “Yo libré su hombro de la carga, sus manos se libraron de las canastas. En la angustia llamaste, y yo te rescaté” (81:6–7). Y ahora llega el pasaje que conduce a la frase citada al comienzo de esta meditación:

Escucha, pueblo mío, mis advertencias;

¡ay Israel, si tan sólo me escucharas!

No tendrás ningún dios extranjero,

ni te inclinarás ante ningún dios extraño.

Yo soy el Señor tu Dios,

que te sacó de la tierra de Egipto.

Abre bien tu boca y te la llenaré.

Históricamente, la respuesta del pueblo fue, como siempre, decepcionante: “Pero mi pueblo no me escuchó; Israel no quiso hacerme caso” (81:11). En este caso no se les prometió la satisfacción simbolizada por bocas llenas. Lejos de esto. Dios declara: “Por eso los abandoné a su obstinada voluntad, para que actuaran como mejor les pareciera” (81:12).

Está claro que la naturaleza de la idolatría cambia de siglo en siglo. Hace poco leí unas líneas de John Piper: “El mayor enemigo del hambre de Dios no es el veneno, sino el pastel de manzana. Lo que apacigua nuestro apetito por el cielo no es el banquete de los impíos, sino el constante picoteo entre horas a la mesa del mundo. No es esa película X sino los constantes sorbos de trivialidad que absorbemos cada noche en los programas de máxima audiencia. A pesar de todo lo malo que puede hacer Satanás, cuando Dios describe lo que nos aparta de la mesa del banquete de su amor, siempre acaba siendo un trozo de terreno, una yunta de bueyes y una esposa (Lucas 14:18–20). El mayor adversario del amor de Dios no radica en sus enemigos, sino en sus dones. Y los apetitos más mortíferos no son el tóxico del veneno, sino lo que sentimos por los sencillos placeres de este mundo. Porque cuando sustituimos a Dios por un apetito, apenas sí logramos discernir la idolatría, que además es casi incurable” (Hambre de Dios [Publicaciones Andamio: Barcelona, 2004], 14).

“Abre bien tu boca y la llenaré”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 148). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La recompensa por la paciencia

MAYO, 28

La recompensa por la paciencia

Devocional por John Piper

Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. (Génesis 50:20)

La historia de José, registrada en los capítulos 37 al 50 de Génesis, constituye una gran lección acerca de por qué debemos tener fe en la soberana gracia venidera de Dios.

José fue vendido como esclavo por sus hermanos, lo que debió haber probado enormemente su paciencia. Pero le fue dado un buen trabajo en la casa de Potifar. Luego, cuando estaba actuando con rectitud en ese lugar de obediencia inesperado, la esposa de Potifar mintió sobre su integridad e hizo que lo arrojaran en prisión —otra gran prueba para su paciencia—.

Nuevamente las cosas obraron para bien y el guarda de la prisión le otorgó responsabilidades y respeto. Pero justo cuando pensó que estaba a punto de recibir indulto de parte del copero del Faraón, a quien le había interpretado un sueño, el copero se olvidó de él por otros dos años.

Finalmente, el significado de todos esos desvíos y dilaciones se hizo claro. José le dijo a sus hermanos, de quienes había estado distanciado tanto tiempo: «Dios me envió delante de vosotros para preservaros un remanente en la tierra, y para guardaros con vida mediante una gran liberación» (Génesis 45:7); «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente» (Génesis 50:20).

¿Cuál habrá sido la clave de la paciencia de José durante todos esos largos años de exilio y maltrato? La respuesta es la fe en la gracia venidera, la gracia soberana de Dios que convierte el lugar no planeado y tiempo inesperado en el final más feliz que podríamos imaginar.

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El domingo

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.

Juan 20:19

El domingo

La resurrección de Cristo tuvo lugar un domingo. Muy de mañana, María Magdalena fue a la tumba donde habían puesto el cuerpo de Jesús. La piedra que cerraba el paso había sido rodada y la tumba estaba vacía. Los apóstoles Pedro y Juan también acudieron y comprobaron que el cuerpo de su Maestro ya no estaba allí. Luego regresaron a su casa, pero María se quedó allí llorando. Entonces, de repente, alguien se acercó a ella y la llamó por su nombre. ¡Qué emoción tan especial! ¡Era su amado Maestro! Le dio un mensaje de un valor incalculable para aquellos a quienes llamaba “mis hermanos”: su Padre ahora también era el Padre de ellos, y su Dios también era el Dios de ellos (Juan 20:17).

Al atardecer del mismo día, los discípulos se reunieron en una habitación y cerraron prudentemente la puerta, pues aquellos que habían crucificado a su Maestro también podrían maltratarlos a ellos. ¿De qué hablaban? Probablemente de Aquel a quien habían visto crucificado y cuyo cuerpo habían colocado en una tumba bien custodiada. ¡Pero su cuerpo ya no estaba allí! ¿Entonces dónde estaba?… “Vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:19-20).

Todavía hoy, la presencia de Jesús puede ser experimentada cuando los creyentes se reúnen, conforme a su promesa: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

1 Reyes 22:1-28 – Romanos 6 – Salmo 65:1-4 – Proverbios 16:9-10

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