ĀæQuĆ© es el tribunal de Cristo?

Director de educación en espaƱol y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary

Tiene una licenciatura summa cum laude en idiomas bĆ­blicos (B.A.) por The Master’s University, dos maestrĆ­as summa cum laude (M.Div. y Th.M.) y un doctorado (Ph.D.) por The Master’s Seminary. Actualmente sirve no solo como director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana sino tambiĆ©n como director de los ministerios en espaƱol de The Master’s Fellowship. Es anciano en la Iglesia BĆ­blica Berea en North Hollywood, California, y el editor general y uno de los autores de La hermenĆ©utica de Cristo asĆ­ como uno de los contribuidores de la serie En ti confiarĆ© y El orgullo. Nacido en Buenos Aires, Argentina, Lucas emigró a los Estados Unidos en el 2008, donde conoció a su esposa Clara de origen brasileƱo. Juntos tienen tres hijos, Elias AgustĆ­n, Enoc Emanuel y Emet Gabriel.

ĀæPOR QUIƉN MURIƓ CRISTO?

John Frame

Muchos teólogos han prestado especial atención a esta pregunta: Āæpor quiĆ©n murió Cristo? Hay bĆ”sicamente dos puntos de vista sobre el tema. Un punto de vista, llamado expiación ilimitada, afirma que Cristo murió por cada ser humano. El otro punto de vista, llamado expiación limitada, expiación definitiva o redención particular, afirma que Cristo murió solo por los elegidos, es decir, solo por aquellos que en el plan de Dios serĆ”n finalmente salvos. 

El punto de vista de la expiación ilimitada parece bastante obvio si consideramos varias Escrituras que dicen que Cristo murió por ā€œel mundoā€ (Jn 1:29; 3:16; 6:51; 2Co 5:19; 1Jn 2:2), ā€œpor todosā€ (1Co 15:22; 2Co 5:15; 1Ti 2:6; Heb 2:9) o aun, aparentemente, por las personas que finalmente lo rechazarĆ”n, como se encuentra en 2 Pedro 2:1, donde Pedro habla de algunos que estĆ”n ā€œnegando incluso al SeƱor que los compró, trayendo sobre sĆ­ una destrucción repentinaā€. Esto suena muy parecido a decir que JesĆŗs murió en la cruz para comprar —para redimir— a algunas personas que a pesar de todo se perderĆ”n al final. 

En Hebreos 10:29 leemos: ā€œĀæCuĆ”nto mayor castigo piensan ustedes que merecerĆ” el que ha pisoteado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al EspĆ­ritu de gracia?ā€. De nuevo, suena como si algunas personas fueran hechas santas por la sangre de Cristo y que, sin embargo, despreciaran y profanaran esa sangre, recibiendo asĆ­ castigo eterno. 

Aunque este punto de vista suena obvio por los versĆ­culos que he citado, hay algunos problemas reales con Ć©l. Si la expiación es ilimitada, es universal, parecerĆ­a que trae salvación a todo el mundo; porque la expiación es un sacrificio sustitutivo. La expiación de JesĆŗs quita nuestros pecados, trayĆ©ndonos completo perdón. Por lo tanto, si la expiación es universal, garantiza la salvación de todos. Pero sabemos por las Escrituras, de hecho por los mismos textos en 2 Pedro 2:1 y en Hebreos 10:29 que acabo de citar, que no todos en el mundo son salvos. Algunas personas desprecian la sangre de JesĆŗs. La pisotean.Y por eso reciben una destrucción repentina. 

Si crees en una expiación ilimitada, es porque tienes una visión muy dĆ©bil de lo que es la expiación. Debe ser algo menos que un sacrificio sustitutivo que traiga completo perdón. ĀæCómo se definirĆ­a, entonces, la expiación? Algunos teólogos han sugerido que la expiación no salva a nadie, sino que quita la barrera del pecado original, por lo que ahora somos libres de elegir o rechazar a Cristo. Por tanto, en realidad, la expiación no salva, sino que solo hace posible la salvación para aquellos que deciden libremente venir a la fe. 

Al final, es nuestra libre decisión la que nos salva; la expiación solo prepara el camino para que podamos tomar una decisión libre. 

Sin embargo, el problema es que la Escritura nunca insinĆŗa tal significado de la expiación. En las Escrituras, la expiación no solo hace posible la salvación. La expiación realmente salva. No es solo un preludio de nuestra libre decisión, sino que nos trae todos los beneficios del perdón de Dios y de la vida eterna. Aquellos que dicen que la expiación tiene un alcance ilimitado creen que tiene una eficacia limitada, un poder limitado para salvar. Los que creen que la expiación se limita a los elegidos, sin embargo, creen que ella tiene una eficacia ilimitada. AsĆ­ que todos creen en algĆŗn tipo de limitación. O bien la expiación estĆ” limitada en su alcance, o bien estĆ” limitada en su eficacia. Creo que la Biblia enseƱa que es limitada en su extensión, pero ilimitada en su eficacia. 

AsĆ­ que, principalmente porque creo que las Escrituras enseƱan la eficacia de la expiación, sostengo la opinión de que la expiación es limitada en su extensión. No salva a todos, pero salva completamente a todos los que salva. El punto fundamental aquĆ­ no es el alcance limitado de la expiación, aunque esa es una enseƱanza bĆ­blica. El punto fundamental es la eficacia de la expiación. 

Veamos ahora el punto de vista de la redención particular, es decir, el hecho de que Cristo murió solo por los elegidos, por Su pueblo, por aquellos a quienes Dios eligió salvar desde antes de la fundación del mundo. SegĆŗn esta perspectiva, la expiación no solo hace posible la salvación, sino que realmente salva. Muchos textos bĆ­blicos indican que la expiación se limita al pueblo de JesĆŗs. En Juan 10:11, 15 JesĆŗs dice que da Su vida por Sus ovejas, pero en el contexto de Juan 10 no toda persona es una oveja de JesĆŗs. 

AdemĆ”s, como hemos visto, muchos textos acerca de la expiación indican que esta salva totalmente. Romanos 8:32-39 dice: 

El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, Āæcómo no nos darĆ” tambiĆ©n junto con Ɖl todas las cosas? ĀæQuiĆ©n acusarĆ” a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ĀæQuiĆ©n es el que condena? Cristo JesĆŗs es el que murió, sĆ­, mĆ”s aĆŗn, el que resucitó, el que ademĆ”s estĆ” a la diestra de Dios, el que tambiĆ©n intercede por nosotros. ĀæQuiĆ©n nos separarĆ” del amor de Cristo? ĀæTribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como estĆ” escrito:  ā€œPor causa Tuya somos puestos a muerte todo el dĆ­a; Somos considerados como ovejas para el mataderoā€. 

Pero en todas estas cosas somos mĆ”s que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni Ć”ngeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrĆ” separar del amor de Dios que es en Cristo JesĆŗs SeƱor nuestro. 

Como ves, Pablo afirma que Dios dio a Su Hijo por ā€œtodos nosotrosā€. La consecuencia es salvación en el sentido mĆ”s completo, una salvación que nunca se puede perder y que jamĆ”s podrĆ” ser quitada. Si Cristo murió por ti, nadie puede acusarte delante de Dios, ni siquiera SatanĆ”s. Si Cristo murió por ti, nada puede separarte del amor de Cristo. 

Claro estĆ”, existen pasajes que dicen que Cristo murió por ā€œel mundoā€. Algunos de estos pasajes enfatizan la dimensión cósmica de la obra de JesĆŗs, como Juan 3:16. En Colosenses 1:20 Pablo dice que JesĆŗs se propuso con Su expiación ā€œpor medio de Ɖl reconciliar todas las cosas consigoā€, las que estĆ”n en la tierra y las que estĆ”n en los cielos, ā€œhabiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruzā€. Otros pasajes usan la palabra ā€œmundoā€ en un sentido Ć©tico, como cuando 1 Juan 2:15 dice: ā€œNo amen al mundo ni las cosas que estĆ”n en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no estĆ” en Ć©lā€. Eso puede haber estado en la mente de Juan el Bautista cuando dijo en Juan 1:29: ā€œAhĆ­ estĆ” el Cordero de Dios que quita el pecado del mundoā€. 

Y hay pasajes que dicen que Cristo murió por ā€œtodosā€. Pero la extensión de la palabra ā€œtodoā€ es notablemente flexible. Marcos 1:5 dice que ā€œtodaā€ Judea y JerusalĆ©n salieron a escuchar a Juan el Bautista. Claramente, no debemos tomar ese ā€œtodoā€ de manera literal. En algunos pasajes que usan la palabra ā€œtodosā€, estĆ” claro que el escritor se refiere a ā€œtodos los cristianosā€ o ā€œtodos los elegidosā€. 

Nota 1 Corintios 15:22: ā€œPorque asĆ­ como en AdĆ”n todos mueren, tambiĆ©n en Cristo todos serĆ”n vivificadosā€. Tomado literalmente, esto significa que todos se salvarĆ”n. Pero aquĆ­ no quiere decir eso. MĆ”s bien, lo que significa es que todos los que mueren, mueren en AdĆ”n; y todos los que viven, viven en Cristo. 

Considera 2 Corintios 5:15: ā€œY por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sĆ­, sino para Aquel que murió y resucitó por ellosā€. AquĆ­ Pablo dice que JesĆŗs murió por todos. Pero tambiĆ©n dice que ā€œtodosā€ reciben nuevos corazones para que ya no vivan para sĆ­ mismos, sino para Cristo. Aun en este pasaje que usa la palabra ā€œtodosā€, la expiación es eficaz: cuando Cristo muere por alguien, esa persona se salva totalmente. Recibe un nuevo corazón y una nueva vida. Claramente, no todas las personas en el mundo reciben esto; por lo tanto, no todas las personas en el mundo estĆ”n incluidas bajo el tĆ©rmino ā€œtodosā€. 

En otros textos donde se usa la palabra ā€œtodosā€, la referencia puede ser a lo que llamamos universalismo Ć©tnico, es decir, JesĆŗs murió por personas de todas las naciones, lenguas, razas y tribus. Ese puede ser el significado en 1 Timoteo 2:6, que menciona las naciones en los dos primeros versĆ­culos del capĆ­tulo. Pero prefiero entender que ese versĆ­culo significa que la muerte de Cristo garantiza la oferta gratuita del evangelio a todo el mundo, porque Ɖl es el Ćŗnico Salvador. Ahora bien, con universalismo Ć©tnico quiero decir que, cuando en 1 Juan 2:2, por ejemplo, el escritor dice que JesĆŗs ā€œes la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino tambiĆ©n por los del mundo enteroā€, estĆ” diciendo que JesĆŗs es el Ćŗnico Salvador. No hay otro en todo el mundo. Si alguien, en cualquier lugar —digamos, en Tailandia o Sri Lanka— estĆ” buscando propiciación delante de Dios, no la encontrarĆ” en otra parte que no sea en la sangre de JesĆŗs. 

ĀæCómo explicamos textos como Hebreos 10:29 y 2 Pedro 2:1, los cuales describen a personas que, en cierto sentido, niegan al SeƱor que las compró? Tomo estos textos como descripciones de los miembros de la iglesia visible que han confesado a Cristo en su bautismo. Estos han afirmado que JesĆŗs murió por ellos. Sobre la base de esa profesión, han entrado en una relación de pacto solemne con Dios y con la iglesia, una relación hecha solemne por la sangre de Cristo. Pero ahora blasfeman la sangre de Cristo. Ellos nunca se unieron a Cristo de manera salvĆ­fica. Pero habiendo profesado a Cristo, estĆ”n sujetos a las maldiciones del pacto porque fueron infractores de ese pacto. 

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Este artículo ¿Por quién murió Cristo? fue adaptado de una porción del libro La salvación es del Señor, publicado por Poiema Publicaciones. 

PƔginas 170 a la 175

La ilusión del control

Por Thomas Brewer

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el segundo capĆ­tulo en la serie de artĆ­culos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Cometer errores no es agradable. El dolor agudo del remordimiento después de cometer un error es un sentimiento terrible. El miedo a cometer un error también es terrible. «Me temo que cometí un error». ¿CuÔntas veces nos hemos dicho eso? ¿CuÔntas veces no hemos cometido un solo error, sino varios? ”Cómo nos gustaría poder evitar nuestros errores y nuestro miedo constante a cometerlos! Podemos tratar de evitarlos, pero ocurren de todos modos, y el miedo permanece. Para evitar los errores, tratamos de ser inerrantes o perfectos. Sin embargo, inevitablemente, volvemos a fallar y nos sentimos avergonzados. La raíz del perfeccionismo es este miedo, el miedo a la vergüenza. La vergüenza es la sensación dolorosa de que algo anda mal con nosotros. Y la verdad es que, en el fondo, sabemos que algo anda mal con nosotros. Por eso tratamos de ocultarlo. Somos como AdÔn y Eva en el huerto: sabemos que algo no estÔ bien, así que nos cosemos hojas de higuera. Pero las hojas de higuera resultan ser un vestuario deficiente.

Tratar de ocultar nuestra vergüenza es una manera de lidiar con ella. Eso es lo que hicieron AdĆ”n y Eva. Taparon su vergüenza con hojas de higuera y luego se escondieron entre los Ć”rboles. Eran perfeccionistas. El perfeccionismo es luchar en nuestras propias fuerzas por hacer todo bien, de modo que nuestra vergüenza quede oculta. No obstante, hay otras maneras de lidiar con la vergüenza. TambiĆ©n estĆ” la manera de CaĆ­n, quien estalló en ira y mató a su hermano Abel. Esa manera es la rebelión abierta. Muchos padres cristianos preferirĆ­an tener hijos perfeccionistas en lugar de hijos abiertamente rebeldes. Pero la vergüenza de no estar a la altura sigue ahĆ­ y, a menudo, los efectos de la actitud perfeccionista duran mĆ”s que los efectos de la rebelión abierta. Solo mira la historia del hijo pródigo. Ɖl se entregó a la rebelión abierta, solo para regresar a casa arrepentido ante su padre. Sin embargo, el hermano mayor siguió siendo perfeccionista. «¿Por quĆ© mataste el becerro engordado para Ć©l?Ā». El hermano mayor pensaba que habĆ­a hecho todo bien. Pensaba que habĆ­a escondido su vergüenza bastante bien. Su verdadera pregunta era: «¿Acaso no estoy a la altura?Ā».

Una aclaración: el perfeccionismo no es simplemente esforzarse por hacer las cosas bien. Esforzarse por hacerlas bien es bueno, valioso y encomiable. La Biblia nos llama a ello (Col 3:23). Si eso es lo que estamos haciendo, no nos preocupa lo que piensen los demÔs ni nos juzgamos a nosotros mismos por nuestro bajo rendimiento. Por ejemplo, si estamos aprendiendo a tocar la guitarra, simplemente seguimos practicando para mejorar. El perfeccionismo solo surge cuando hay vergüenza de por medio. ¿Y cómo intentamos evitar la vergüenza? A través del control. Tener el control nos permite ajustar nuestro entorno para que todo esté en el lugar correcto, al menos según nosotros. Si Caín hubiera podido controlar a Dios, se habría asegurado de que aceptara su sacrificio y no el de Abel. Pero Caín no podía controlar a Dios. ”Qué frustrante! Si las cosas estÔn fuera de nuestro control, no podemos asegurarnos de que nuestra vergüenza permanezca oculta. Es inevitable que las cosas salgan mal y nuestros defectos queden expuestos. De nuevo nos encontramos con la vergüenza. Eso nos recuerda que no podemos arreglar las cosas. No podemos escondernos. Aunque AdÔn y Eva cosieron hojas de higuera y se escondieron de Dios, al final fueron descubiertos. Dios caminó por el huerto al fresco del día y preguntó: «¿Dónde estÔs?». AdÔn respondió: «Tuve miedo». Del mismo modo, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, nuestro propio perfeccionismo nos deja asustados y avergonzados.

En la antigüedad, cuando la mayoría de los seres humanos eran agricultores, nuestro bienestar dependía en gran medida de las estaciones del año y de la tierra. AdÔn supo eso desde el momento en que salió del huerto. La sensación de que estÔbamos privados del control era fuerte. Solo el tres por ciento de la población mundial vivía en zonas urbanas en 1800. Hoy, mÔs de la mitad de la población mundial vive en ciudades. Ese porcentaje es aún mayor en los países desarrollados. Como resultado, la mayoría de la gente ya no depende tan directamente de las fluctuaciones de las estaciones para sobrevivir. Simplemente corremos al supermercado para comprar comida. Esto se debe al avance de la tecnología. La tecnología nos ha permitido controlar cada vez mÔs nuestro entorno. Ahora podemos conservar los alimentos durante años gracias a la congelación y el enlatado. Podemos llamar a quien queramos en cualquier momento gracias a los teléfonos celulares. Podemos curar varias enfermedades, por lo que nuestra esperanza de vida ha crecido a pasos agigantados. Y Google siempre estÔ al alcance de la mano en caso de que no sepamos algo.

Como resultado de todos los avances de la tecnología moderna, tendemos a pensar que en verdad controlamos nuestro mundo. Después de todo, hemos desarrollado tecnología que supera con creces a las hojas de higuera. Ahora tenemos mezclas de poliéster, algodón orgÔnico y lana inteligente. Podemos controlar tantas cosas. A veces, esta ilusión del control puede llevarnos a caer en una falsa sensación de seguridad, pero al mismo tiempo, también nos damos cuenta de que no tenemos el control en mÔs ocasiones que las que nos gustaría admitir. A veces, nos sorprende nuestra falta de control. QuizÔs nuestros hijos simplemente no se quedan quietos. Tal vez nos encontramos con congestión vehicular de camino al trabajo y llegamos tarde a una reunión importante. Nos pueden pasar cosas mÔs impactantes: quizÔs descubramos que nuestro cónyuge ha cometido adulterio o recibamos un diagnóstico de cÔncer. Estos momentos de descontrol desconcertante nos golpean con una fuerza increíble. Nos damos cuenta de que no somos perfectos, nuestras vidas no son perfectas y tampoco lo son las vidas de quienes nos rodean. En momentos como estos, es como si estuviéramos de regreso en el huerto y nos acabÔramos de dar cuenta de cuÔn desnudos realmente estamos. Nos sentimos avergonzados e impotentes.

Nacemos desnudos e indefensos. Somos criaturas vulnerables. Incluso nuestros cuerpos son vulnerables: no tenemos caparazón ni pelaje grueso cubriendo nuestro cuerpo débil. Es aterrador pensar en nuestra vulnerabilidad física, psicológica, espiritual y financiera. No controlamos las estaciones del año. No controlamos nuestra estabilidad laboral. No controlamos cuÔndo viviremos ni cuÔndo moriremos. Apenas nos controlamos a nosotros mismos. Según los estudios, casi una de cada seis personas estÔ bajo un tratamiento de drogas psiquiÔtricas como antidepresivos o sedantes. Nosotros, criaturas finitas y débiles, estamos asombrosa, irrevocable y completamente fuera de control.

No obstante, hay buenas noticias. Los cristianos tienen una larga historia de pensar en el control. Cuando hablamos de tener el control y controlarlo todo, estamos hablando de soberanĆ­a. Esto es lenguaje teológico. La Biblia tiene mucho que decir sobre el control. Estamos acostumbrados a escuchar: Ā«Dios estĆ” en controlĀ». Es una declaración simple, y Job recibió una explicación mĆ”s completa de ella en forma de preguntas. Dios le preguntó: «¿Dónde estabas tĆŗ cuando Yo echaba los cimientos de la tierra?Ā». Respuesta: aĆŗn no existĆ­a; Dios tiene mucha mĆ”s experiencia que yo. «¿QuiĆ©n puso sus medidas?Ā». Respuesta: no lo hice yo; Dios lo hizo, y solo Ɖl tiene el conocimiento y la sabidurĆ­a para gobernar el universo. Dios continĆŗa interrogando a Job, y cuando leemos Job 38 – 39, nos quedamos maravillados del control que Dios tiene sobre absolutamente todo.

Esto es lo que queríamos en el huerto. Queríamos soberanía. En cambio, obtuvimos pecado y vergüenza. Resulta que lo que sabíamos en el fondo de nuestro ser en realidad es correcto: no tenemos el control y algo anda mal con nosotros. Sin embargo, la buena noticia es que Alguien mÔs tiene el control y Alguien mÔs se ha llevado nuestra vergüenza. Es solo cuando reconocemos la soberanía de Dios que podemos comenzar el proceso de sanación. Solo cuando nos damos cuenta de que Dios ha asumido la vergüenza que tanto tememos podemos dar nuestros primeros pasos para ser liberados del ciclo de la vergüenza. La respuesta no es que asumamos el control y ocultemos nuestra vergüenza. La respuesta no es el perfeccionismo. La respuesta es Jesucristo.

Los cristianos todavía luchamos con el pecado y el deseo de ocultar nuestra vergüenza. Sin embargo, un día seremos perfectos, y eso serÔ bajo los términos de Dios, no los nuestros. Debido a la obra expiatoria de nuestro Salvador en nuestro favor, estaremos ante el trono de la gracia sin vergüenza y vestidos con Su justicia. Nos regocijaremos en Su presencia para siempre. Siendo ese el caso, podemos dejar de escondernos ahora. Podemos dejar ir nuestra vergüenza en el presente. Podemos dejar de tener miedo hoy. Podemos confiar en Aquel que tiene el control para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas Brewer
Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en AmƩrica.

Expiación y propiciación

Por L. Michael Morales

Serie:Ā Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor:Ā Este es el cuarto capĆ­tulo en la serie de artĆ­culos deĀ Tabletalk Magazine:Ā Jesucristo, y este crucificado

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias mÔs bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un Ôrbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada mÔs sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada mÔs excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabidurĆ­a, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. DespuĆ©s de la resurrección de JesĆŗs y el derramamiento de Su EspĆ­ritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las pĆ”ginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial habĆ­a sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorĆ­as del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino mĆ”s bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su mĆ”s alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos mÔs profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.

EXPIACIƓN
La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne estÔ en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada mÔs notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el dĆ­a de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este dĆ­a de otoƱo, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre tambiĆ©n se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernĆ”culo, para que Ɖl pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda Ćŗnica por el pecado del dĆ­a de la expiación implicaba dos machos cabrĆ­os. DespuĆ©s de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrĆ­o era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre Ć©l. Llevando sobre sĆ­ la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrĆ­o era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que Ā«como estĆ” de lejos el oriente del occidente, asĆ­ alejó de nosotros nuestras transgresionesĀ» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecĆ­a a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabrĆ­os nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de JesĆŗs, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el EspĆ­ritu a aquellos que confĆ­an en Ɖl, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran mĆ”s que una muestra de cómo Ɖl llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aĆŗn mĆ”s que Ɖl soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIƓN
La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en GĆ©nesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el SeƱor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció Ā«en su corazónĀ» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impĆ­os mientras salvaba a NoĆ© y a su familia. AsĆ­ que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no habĆ­a sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que NoĆ©, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye caracterĆ­sticas humanas a Dios, la narración describe al SeƱor oliendo Ā«el aroma agradableĀ» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volverĆ­a a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a NoĆ©. Como incienso aromĆ”tico, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Ɖl, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. MĆ”s tarde, a travĆ©s de MoisĆ©s, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servĆ­an para abrir y cerrar cada dĆ­a, de modo que todos los demĆ”s sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

JesĆŗs cumplió el sistema de sacrificio levĆ­tico solo porque se ofreció a SĆ­ mismo a Dios en la cruz como Aquel que habĆ­a cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en GetsemanĆ­, Ɖl habĆ­a orado: Ā«Padre mĆ­o… no sea como yo quiero, sino como tĆŗ quierasĀ» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de JesĆŗs, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el EspĆ­ritu y a travĆ©s de la cruz, satisfizo la ira de Dios.

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cÔlidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bƭblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Ɖl es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

La justificación: ĀæquĆ© es y quĆ© hace?

Matthew Leighton

La doctrina mĆ”s distintiva de la fe evangĆ©lica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseƱanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la Ćŗnica solución al problema mĆ”s importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Ɖl y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. AsĆ­ usamos esta palabra en el dĆ­a a dĆ­a, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sĆ­ mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

ā€œPor tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro SeƱor Jesucristoā€.

En este texto, y en otros mĆ”s, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice ā€œjustificadosā€, o ā€œhabiendo sido justificadosā€, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Ɖl declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bĆ­blicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

ā€œĀæQuiĆ©n acusarĆ” a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ĀæQuiĆ©n es el que condena? Cristo JesĆŗs es el que murió, sĆ­, mĆ”s aĆŗn, el que resucitó, el que ademĆ”s estĆ” a la diestra de Dios, el que tambiĆ©n intercede por nosotrosā€.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

ĀæA quiĆ©n justifica Dios? De entrada, pensarĆ­amos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Ɖl sabrĆ” quiĆ©n es bueno y quiĆ©n no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios deberĆ­a justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sĆ­ mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

ā€œComo estĆ” escrito: ā€˜No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inĆŗtiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera unoā€™ā€, Romanos 3:10-12.

SegĆŗn el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino tambiĆ©n con actitudes y disposiciones internas como el egoĆ­smo, el orgullo, y el odio. Si es asĆ­, Āæa quiĆ©n puede justificar Dios? Si no siguiĆ©ramos leyendo el pasaje, podrĆ­amos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie serĆ” justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice asĆ­:

ā€œPero al que no trabaja, pero cree en AquĆ©l que justifica al impĆ­o, su fe se le cuenta por justiciaā€.

SegĆŗn la Biblia, Dios sĆ­ justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas ā€œimpĆ­asā€, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. Ā”Esto es una muy buena noticia! Pero, Āæcómo puede ser? ĀæNo estĆ” Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impĆ­os (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada mĆ”s, serĆ­a injusto. ĀæQuĆ© es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es JesĆŗs. Pablo amplĆ­a esta idea en 2 Corintios 5:21:

ā€œAl que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuĆ©ramos hechos justicia de Dios en Ɖlā€.

Es gracias a JesĆŗs que Dios justifica al impĆ­o, y esto es asĆ­ porque JesĆŗs obedece y muere en el lugar del pecador. JesĆŗs era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue JesĆŗs. JesĆŗs no habĆ­a pecado (ā€œal que no conoció pecadoā€); no obstante, Dios le trató como pecador (ā€œlo hizo pecadoā€). Lo hizo pecado ā€œpor nosotrosā€, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que ā€œfuĆ©ramos hechos justicia de Dios en Ɖlā€.

AsĆ­, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a JesĆŗs como impĆ­o (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impĆ­o como JesĆŗs lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los mĆ©ritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impĆ­os no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que JesĆŗs hizo.

ĀæQuĆ© merece JesĆŗs? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. JesĆŗs comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-8, 23-25; 5:12-21; 1 Co. 1:30; Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

ā€œTambiĆ©n nosotros hemos creĆ­do en Cristo JesĆŗs, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie serĆ” justificadoā€, GĆ”latas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (ā€œobras de la leyā€), sino por lo que JesĆŗs hizo. La fe confĆ­a en JesĆŗs y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:28; 4:23-25; Ef. 2:8-10).

ĀæQuĆ© papel tiene la fe exactamente en la justificación? ĀæPodrĆ­a ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la Ćŗnica actitud humana que le dice a Dios: ā€œYo no puedo; necesito que tĆŗ me salvesā€ (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sĆ­, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Ɖl y aferrĆ”ndose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacĆ­a del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que Ć©ste se da puramente por la bondad del dador. Lo Ćŗnico que hace la mano es recibir. Y la mano estĆ” precisamente vacĆ­a, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquĆ­ es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

ā€œUstedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la feā€.

¿SerÔ que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿SerÔ que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no estÔ lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago estÔ discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: ā€œĀæDe quĆ© sirve, hermanos mĆ­os, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ĀæAcaso puede esa fe salvarlo?ā€ (Stg. 2:14). ĀæCuĆ”l era el problema al que se enfrentó Santiago? HabĆ­a personas que decĆ­an que tenĆ­an fe en JesĆŗs pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también estÔ dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrĆ” obras que lo comprobarĆ”n. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que estĆ” sola. Pablo mismo tambiĆ©n lo afirma en GĆ”latas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del EspĆ­ritu (ver GĆ”. 3:6-14). La justificación por la fe es tambiĆ©n el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Ɖl, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estarĆ” siempre con Ć©l y obrarĆ” todo para bien (Ro. 5:1-5; 8:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demÔs (Mt. 18:21-35). ”Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de TeologĆ­a Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. TambiĆ©n es anciano en la EsglĆ©sia EvangĆØlica de Vilassar de Mar. Ɖl y su esposa, NĆŗria, tienen cinco hijos.