El punto de vista de la expiación ilimitada parece bastante obvio si consideramos varias Escrituras que dicen que Cristo murió por āel mundoā (Jn 1:29; 3:16; 6:51; 2Co 5:19; 1Jn 2:2), āpor todosā (1Co 15:22; 2Co 5:15; 1Ti 2:6; Heb 2:9) o aun, aparentemente, por las personas que finalmente lo rechazarĆ”n, como se encuentra en 2 Pedro 2:1, donde Pedro habla de algunos que estĆ”n ānegando incluso al SeƱor que los compró, trayendo sobre sĆ una destrucción repentinaā. Esto suena muy parecido a decir que JesĆŗs murió en la cruz para comprar āpara redimirā a algunas personas que a pesar de todo se perderĆ”n al final.
En Hebreos 10:29 leemos: āĀæCuĆ”nto mayor castigo piensan ustedes que merecerĆ” el que ha pisoteado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al EspĆritu de gracia?ā. De nuevo, suena como si algunas personas fueran hechas santas por la sangre de Cristo y que, sin embargo, despreciaran y profanaran esa sangre, recibiendo asĆ castigo eterno.
Al final, es nuestra libre decisión la que nos salva; la expiación solo prepara el camino para que podamos tomar una decisión libre.
Sin embargo, el problema es que la Escritura nunca insinúa tal significado de la expiación. En las Escrituras, la expiación no solo hace posible la salvación. La expiación realmente salva. No es solo un preludio de nuestra libre decisión, sino que nos trae todos los beneficios del perdón de Dios y de la vida eterna. Aquellos que dicen que la expiación tiene un alcance ilimitado creen que tiene una eficacia limitada, un poder limitado para salvar. Los que creen que la expiación se limita a los elegidos, sin embargo, creen que ella tiene una eficacia ilimitada. Asà que todos creen en algún tipo de limitación. O bien la expiación estÔ limitada en su alcance, o bien estÔ limitada en su eficacia. Creo que la Biblia enseña que es limitada en su extensión, pero ilimitada en su eficacia.
AsĆ que, principalmente porque creo que las Escrituras enseƱan la eficacia de la expiación, sostengo la opinión de que la expiación es limitada en su extensión. No salva a todos, pero salva completamente a todos los que salva. El punto fundamental aquĆ no es el alcance limitado de la expiación, aunque esa es una enseƱanza bĆblica. El punto fundamental es la eficacia de la expiación.
Veamos ahora el punto de vista de la redención particular, es decir, el hecho de que Cristo murió solo por los elegidos, por Su pueblo, por aquellos a quienes Dios eligió salvar desde antes de la fundación del mundo. SegĆŗn esta perspectiva, la expiación no solo hace posible la salvación, sino que realmente salva. Muchos textos bĆblicos indican que la expiación se limita al pueblo de JesĆŗs. En Juan 10:11, 15 JesĆŗs dice que da Su vida por Sus ovejas, pero en el contexto de Juan 10 no toda persona es una oveja de JesĆŗs.
AdemÔs, como hemos visto, muchos textos acerca de la expiación indican que esta salva totalmente. Romanos 8:32-39 dice:
Pero en todas estas cosas somos mÔs que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni Ôngeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrÔ separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Como ves, Pablo afirma que Dios dio a Su Hijo por ātodos nosotrosā. La consecuencia es salvación en el sentido mĆ”s completo, una salvación que nunca se puede perder y que jamĆ”s podrĆ” ser quitada. Si Cristo murió por ti, nadie puede acusarte delante de Dios, ni siquiera SatanĆ”s. Si Cristo murió por ti, nada puede separarte del amor de Cristo.
ĀæCómo explicamos textos como Hebreos 10:29 y 2 Pedro 2:1, los cuales describen a personas que, en cierto sentido, niegan al SeƱor que las compró? Tomo estos textos como descripciones de los miembros de la iglesia visible que han confesado a Cristo en su bautismo. Estos han afirmado que JesĆŗs murió por ellos. Sobre la base de esa profesión, han entrado en una relación de pacto solemne con Dios y con la iglesia, una relación hecha solemne por la sangre de Cristo. Pero ahora blasfeman la sangre de Cristo. Ellos nunca se unieron a Cristo de manera salvĆfica. Pero habiendo profesado a Cristo, estĆ”n sujetos a las maldiciones del pacto porque fueron infractores de ese pacto.
Esto es lo que querĆamos en el huerto. QuerĆamos soberanĆa. En cambio, obtuvimos pecado y vergüenza. Resulta que lo que sabĆamos en el fondo de nuestro ser en realidad es correcto: no tenemos el control y algo anda mal con nosotros. Sin embargo, la buena noticia es que Alguien mĆ”s tiene el control y Alguien mĆ”s se ha llevado nuestra vergüenza. Es solo cuando reconocemos la soberanĆa de Dios que podemos comenzar el proceso de sanación. Solo cuando nos damos cuenta de que Dios ha asumido la vergüenza que tanto tememos podemos dar nuestros primeros pasos para ser liberados del ciclo de la vergüenza. La respuesta no es que asumamos el control y ocultemos nuestra vergüenza. La respuesta no es el perfeccionismo. La respuesta es Jesucristo.
Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de JesĆŗs en la cruz como el Ćŗnico sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de JesĆŗs nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de JesĆŗs, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos mĆ”s profundamente al ver sus raĆces en los sacrificios del Antiguo Testamento.
PROPICIACIĆN La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto asĆ que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado Ā«el altar del holocaustoĀ» (Ex 30:28).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. L. Michael Morales El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bĆblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Ćl es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?
Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. AsĆ usamos esta palabra en el dĆa a dĆa, pero en la Biblia se usa de otra manera.
En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sà mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:
āPor tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro SeƱor Jesucristoā.
En este texto, y en otros mĆ”s, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice ājustificadosā, o āhabiendo sido justificadosā, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Ćl declara que una persona es justa.
Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bĆblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:
Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.
Aquà se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.
Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.
āComo estĆ” escrito: āNo hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inĆŗtiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera unoāā, Romanos 3:10-12.
SegĆŗn la Biblia, Dios sĆ justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas āimpĆasā, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. Ā”Esto es una muy buena noticia! Pero, Āæcómo puede ser? ĀæNo estĆ” Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impĆos (Pr. 17:15)?
AsĆ, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a JesĆŗs como impĆo (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impĆo como JesĆŗs lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).
Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.
De modo que Dios justifica a impĆos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que JesĆŗs hizo.
La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (āobras de la leyā), sino por lo que JesĆŗs hizo. La fe confĆa en JesĆŗs y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:28; 4:23-25; Ef. 2:8-10).
Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquà es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:
āUstedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la feā.
Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no estÔ lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago estÔ discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.
El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.
Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demÔs (Mt. 18:21-35). ”Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!