Sobrecogedores

10 JUNIO

Deuteronomio 15 | Salmos 102 | Isaías 42 | Apocalipsis 12

Uno de los rasgos más sobrecogedores de los muchos pasajes del libro de Deuteronomio, en los que se describen cómo la vida debería ser después de la entrada del pueblo en la Tierra Prometida, es la tensión que hay, entre lo que se presenta como ideal, y lo que ocurrirá en la práctica.

De modo que, por un lado, se le dice al pueblo que “Entre vosotros no deberá haber pobres, porque el Señor tu Dios te colmará de bendiciones en la tierra que él mismo te da para que la poseas como herencia. Y así será, siempre y cuando obedezcas al Señor tu Dios y cumplas fielmente todos estos mandamientos que hoy te ordeno” (Deuteronomio 15:4–5). Por otro lado, el mismo capítulo reconoce con franqueza: “Gente pobre en esta tierra, siempre la habrá; por eso te ordeno que seas generoso con tus hermanos hebreos y con los pobres y necesitados de tu tierra” (15:11).

El primero de los dos pasajes, el que dice que no debe haber pobres, está fundamentado en dos cosas: la asombrosa abundancia de la tierra (señal de la bendición del pacto), y las leyes civiles que Dios quiere que se establezcan a fin de evitar cualquier manifestación de la temida “trampa de pobreza”. Estas últimas incluyen la cancelación de todas las deudas cada siete años – una propuesta que resulta chocante a nuestros oídos (15:1–11). Incluso hay una advertencia acerca del “pensamiento malévolo” de planificar mezquinamente ante el inminente cumplimiento del período de siete años (15:8–10).

Hasta qué punto se llegó a poner en práctica estos estatutos ambiciosos no está del todo claro. Hay poca evidencia de que se convirtieran en ley pública en la Tierra de Promesa. Por lo tanto, el segundo pasaje, según el cual “siempre habrá pobres en la tierra” resulta inevitable. Refleja la triste realidad que no hay ningún sistema político que pueda garantizar la abolición de la pobreza, pues siempre estará en manos de seres humanos, y los seres humanos son avariciosos, y siendo así, no cesarán de manipular y finalmente pervertir el sistema para el interés propio. Esto no significa que todos los sistemas sean igualmente malos; es evidente que esto no es cierto. Tampoco significa que los legisladores no deban trabajar con resolución para corregir los errores del sistema y cerrar las lagunas que permitan la corrupción. Pero lo que sí significa es que la Biblia es brutalmente realista en lo que se refiere a la imposibilidad de cualquier utopía, sea económica o de cualquier tipo, en este mundo caído. Además, los mismos israelitas llegarían en ocasiones a ser tan corruptos, tanto en lo económico como en los demás ámbitos, que Dios dejaría de bendecir la tierra; por ejemplo, la lluvia quedaría retenida (como en tiempos de Elías). Y luego la tierra dejaría de ser capaz de sostener a todos sus habitantes.

Por tanto la insistencia que siempre habría pobres en la tierra (una afirmación que Jesús mismo recogió en Mateo 26:11) no es ningún fatalismo solapado, sino un llamamiento a una generosidad de manos abiertas.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 161). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Tres preguntas

9 JUNIO

Deuteronomio 13–14 | Salmos 99–101 | Isaías 41 | Apocalipsis 11

Tres preguntas:

(1)¿Cómo se reconoce un falso profeta? La Biblia ofrece varios criterios complementarios. Por ejemplo, en Deuteronomio 18:22, se nos dice que si un supuesto profeta predice algo que no ocurre, el profeta es falso. Por supuesto, este criterio no sirve si lo predicho queda aún muy lejos en el futuro. Además, aquí en Deuteronomio 13 se nos advierte que el inverso no es ninguna garantía de la autenticidad de un profeta. Si lo profetizado por el profeta sucedía, o si lograba realizar alguna señal milagrosa, había otro criterio que se debía aplicar. ¿Se trata de un mensaje profético cuyo propósito es incitar al pueblo a dar culto a otro Dios que no sea el Señor que les trajo de Egipto? Lo que presupone este criterio es una comprensión profunda de la revelación anterior. Tienes que saber lo que Dios ha revelado acerca de sí mismo para poder determinar si un profeta te induce a conducir hacia un dios falso. Al falso dios se le puede también atribuir los nombres bíblicos de Dios (como es el caso, por ejemplo, del mormonismo, o de la cristología de los Testigos de Yahvé). La primera carta de Juan indaga más en este criterio: si las palabras del profeta (1 Juan 4:4–6) no encajan con lo que los creyentes hayan oído “desde el comienzo” (1 Juan 2:7; 2 Juan 9), no pueden ser de Dios (ver también las palabras de Pablo en Gálatas 1:8–9)

(2)¿Por qué son peligrosos los falsos profetas? Además de la razón más patente – que enseñan falsa doctrina que hacen que la gente se extravíe del Dios viviente, lo cual, finalmente, atrae el juicio divino – hay dos razones más. En primer lugar, el mismo nombre por el cual son llamados revela el problema esencial. Profesan hablar la palabra de Dios, y esto puede resultar tremendamente seductor. Si se nos acercan y nos dicen, “vamos a pecar descaradamente”, la mayoría de nosotros no escuchará. La seducción de la falsa profecía consiste en su aparente espiritualidad y amor a la verdad. En segundo lugar, aunque los falsos profetas pueden entrar en una comunidad desde el exterior (por ejemplo Hechos 20:29 – y si se trata del exterior “adecuado”, esto les reviste de un aspecto muy atrayente), pueden también surgir desde dentro de la comunidad (por ejemplo Hechos: 30), como es el caso aquí – un miembro de la familia (13:6). Conozco una institución que se estropeó doctrinalmente a causa del nepotismo.

(3)¿Qué es lo que deberíamos hacer? Tres cosas. En primer lugar, hay que reconocer que estos acontecimientos inquietantes no escapan a la soberanía de Dios. Así se muestra aún más primordial la lealtad. En segundo lugar, aprender la verdad, asimilarla en profundidad o estaremos expuestos a la falta de discernimiento. En tercer lugar, hay que purgar la comunidad de los falsos profeta, (mediante un proceso que toma una forma diferente bajo los términos del nuevo pacto: 2 Corintios 10–13; 1 Juan 4:1–6), o acabarán por adquirir un aire de credibilidad, y hacer enormes estragos en el seno de la comunidad.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 160). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Períodos de transición

8 JUNIO

Deuteronomio 12 | Salmos 97–98 | Isaías 40 | Apocalipsis 10

Aunque el libro de Deuteronomio mira constantemente hacia atrás, hacia el Éxodo y los años en el desierto, también mira hacia adelante: el pueblo está a punto de entrar en la Tierra Prometida, y ciertas cosas tendrán que cambiar. En períodos de transición, hay que saber distinguir entre aquello que debe cambiar y aquello que no.

El capítulo de ayer incluye la palabra hoy: “Recordad hoy que fuisteis vosotros, y no vuestros hijos, los que visteis y experimentasteis la disciplina del Señor vuestro Dios. Vosotros visteis su gran despliegue de fuerza y de poder” (Deuteronomio 11:2). Se trata de una palabra muy importante a lo largo del libro. Una comprensión acertada del pasado nos prepara el camino para los cambios que hay que efectuar hoy, estando el pueblo a punto de entrar en la Tierra Prometida. En Deuteronomio 12 el cambio más importante que se contempla es el establecimiento en la propia tierra de un lugar donde Dios escogerá “poner su nombre”, y establecer su morada (12:5, 11). En otras palabras, el capítulo anticipa el momento cuando nadie de forma independiente ofrecerá sacrificios allí donde el adorador esté (12:8), ni el tabernáculo móvil de los años en el desierto, serán aceptables; en su lugar, Dios establecerá un centro estable en la tierra. “sino que iréis y lo buscaréis en el lugar donde, de entre todas vuestras tribus, él decida habitar. Allí llevaréis vosotros vuestros holocaustos, sacrificios, diezmos, contribuciones, promesas, ofrendas voluntarias, y los primogénitos de vuestros ganados y rebaños. Allí, en la presencia del Señor vuestro Dios, vosotros y vuestras familias comeréis y os regocijaréis por los logros de vuestro trabajo, porque el Señor vuestro Dios os habrá bendecido.” (12:5–7). Al cabo de un tiempo, el tabernáculo se estableció en Silo, Betel, y por fin en Jerusalén, donde fue sustituido por el templo en tiempo de Salomón.

Las circunstancias de cambio ofrecen tanto puntos de continuidad, como puntos de discontinuidad. Moisés insiste que en aquel tiempo futuro, igual que ahora, no habrá tolerancia alguna de las prácticas cúlticas paganas de las naciones alrededor ni de las que eliminen de la Tierra Prometida (12:29–31). Por otro lado, la distancia que separará a la mayoría del pueblo del santuario central implicará que no se puede esperar que maten todos los animales en los recintos del templo, ni que continúen observando las distinciones entre la parte de la carne que correspondía a los sacerdotes y la suya propia. Ahora será perfectamente legítimo que maten sus animales y que los coman de la misma manera como matarían y comerían cualquier animal de caza (12:15–22). Pero aún así, hay tres aspectos que siguen vigentes. (1) No deben olvidarse de su deber de sostener a los Levitas – muchos de los cuales dependen de los servicios del tabernáculo/templo para su sostenimiento – (12:23–25); (2) no deben consumir la sangre del los animales que maten (12:23–25); (3) se sigue esperando de ellos que ofrezcan sacrificios consagrados en el lugar central de culto en los días de fiesta principales, cuando cada familia debe presentarse delante del Señor (12:26–28).

Seguirán otras transiciones importantes en la historia de la redención, y todas ellas exigen que meditemos y reflexionemos en ellas (ej., Salmo 95:7–11; Marcos 7:19; Juan 16:5–11; Hebreos 3:7–11).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 159). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Recordad hoy que fuisteis vosotros, y no vuestros hijos, los que visteis y experimentasteis la disciplina del Señor vuestro Dios

7 JUNIO

Deuteronomio 11 | Salmos 95–96 | Isaías 39 | Apocalipsis 9

Mis padres eran más bien pobres – no era la pobreza que uno encuentra en los barrios más pobres del mundo, pero pobres con respecto a criterios americanos. Mi padre era pastor. Antes de que yo naciera, hacia el final del período de la Gran Depresión, mi padre llevó una furgoneta con comida que se había recogido durante la fiesta de navidad para entregar a los pobres, y luego volvió al piso en el que vivían alquilados, donde la cena de navidad consistió en una lata de judías blancas. Mis padres dieron gracias a Dios por ello – y, al mismo tiempo que lo hacían, en algunas ocasiones fueron invitados a cenar fuera. Puedo recordar como a menudo durante mi infancia en nuestra familia orábamos para que Dios cubriera nuestras necesidades -por ejemplo enormes facturas médicas cuando no nos podíamos permitir ningún seguro médico- y siempre lo hacía. Cuando me marché de casa para iniciar mis estudios universitarios, mis padres hicieron lo imposible para ayudarme económicamente; Un año me enviaron diez dólares. Para ellos era mucho dinero; por mi parte, desde el punto de vista económico dependía de mí, y trabajé mientras estudiaba. Muchas veces subsistí dos o tres días sin comer, bebiendo mucha agua para impedir que mi estómago gruñese, pedía al Señor que cubriese mis necesidades, temeroso ante la posibilidad de tener que abandonar mis estudios. Dios siempre me las cubría, a menudo de maneras sencillas, a veces de maneras más asombrosas.

Hoy miro a mis hijos, y reconozco que aunque afrontan nuevas tentaciones y pruebas, hasta ahora nunca han tenido que sufrir nada que se parezca a la privación. (¡El no recibir todo lo que les plazca no cuenta!) Luego leo Deuteronomio 11, donde Moisés hace una distinción generacional: “Recordad hoy que fuisteis vosotros, y no vuestros hijos, los que visteis y experimentasteis la disciplina del Señor vuestro Dios. Vosotros visteis su gran despliegue de fuerza y de poder, y los hechos y señales que realizó en Egipto contra el faraón y contra todo su país” (11:2–3; ver 11:5). No, no fueron los hijos. “Ciertamente vosotros visteis con vuestros propios ojos todas las maravillas que el Señor ha hecho” (11:7).

¿Qué es lo que Moisés infiere al insistir en esta distinción generacional? (1) Los mayores deberían ser prontos a obedecer, debido a todo aquello que han tenido la oportunidad de aprender (11:8). Heme aquí preocupado por la poca experiencia de mis hijos, y resulta que lo primero que Dios me dice es que soy yo quien no tengo excusa. (2) La generación de los mayores debe transmitir sistemáticamente a los hijos lo que han aprendido (11:19–21); otra vez más, se trata de mi responsabilidad, no de la suya. (3) Compartir de forma extensa, la provisión de Dios para con su pueblo de todas las bendiciones del pacto, las que en este texto tienen que ver con la tierra y su abundancia, depende de los dos primeros puntos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 158). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Qué te pide el Señor tu Dios?

6 JUNIO

Deuteronomio 10 | Salmos 94 | Isaías 38 | Apocalipsis 8

Intercaladas con el recital de relatos históricos que constituye gran parte de los primeros capítulos de Deuteronomio hay numerosos brotes de exhortación. Uno de los más conmovedores se encuentra en Deuteronomio 10:12–22. Entre sus grandes temas se destacan:

(1) Su carácter netamente teocéntrico: un Dios a quien hay que temer, y un Dios a quien hay que amar (10:12–13). En nuestro mundo confuso y cegado, el temor a Dios sin amor lo convertiría en un objeto de terror, de lo cual salen los tabúes, la magia, los encantamientos, los ritos supersticiosos; el amor a Dios sin obediencia, por otra parte, se degrada hacia el sentimentalismo sin ningún afecto profundo, pretensiones de piedad sin ningún vigor moral, codicias de poder sin bridas y sin decoro, anhelos apasionados de relaciones sin pasión por la santidad. Ninguno de estos dos escenarios se ajusta a lo que dice la Biblia: “Y ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor tu Dios? Simplemente que le temas y andes en todos sus caminos, que lo ames…” (10:12)

(2) Su carácter netamente teocéntrico también en el sentido que presenta la elección como un acto de pura gracia. A Dios le pertenece todo el espectáculo – “Al Señor tu Dios le pertenecen los cielos y lo más alto de los cielos, la tierra y todo lo que hay en ella” (10:14). Puede actuar como le plazca. Lo que le ha placido hacer, de hecho, ha sido: “se encariñó con tus antepasados y los amó; y a ti, que eres su descendencia, te eligió de entre todos los pueblos, como lo vemos hoy” (10:15; ver 4:37).

(3) Su carácter netamente teocéntrico en cuanto se trata de un Dios que no se conforma con los meros ritos y las fachadas religiosas: interpela el corazón (10:16). Es por esto por lo que la circuncisión física nunca se podía considerar como un fin, ni siquiera en el Antiguo Testamento. Simbolizaba algo mucho más profundo: la circuncisión del corazón. Lo que Dios busca no es una mera señal externa de que ciertas personas le pertenecen, sino una predisposición del corazón y de la mente que nos orientan constantemente hacia Dios.

(4) Su carácter netamente teocéntrico también en el sentido que reconoce la imparcialidad de Dios, y por tanto su justicia – y actúa de acuerdo con ella (10:17–20). “Porque el Señor tu Dios es Dios de dioses y Señor de señores; él es el gran Dios, poderoso y terrible” (10:17). No nos extrañe entonces que no acepte sobornos y no muestre ninguna parcialidad. (Nunca debemos confundir la elección con el favoritismo, el cual se ve corrompido por una disposición a torcer la justicia en los intereses de unos cuantos predilectos; la elección escoge a cierta gente a partir de la libre decisión de Dios y nada más, y aun así, no se pervierte la justicia; de ahí la cruz.) Y él espera a los así elegidos que se comporten conforme a este hecho.

(5) Su carácter netamente teocéntrico que se pone de manifiesto en las alabanzas del pueblo (10:20–22). “Él es el motivo de tu alabanza; él es tu Dios” (10:21). Los que se centran en Dios encuentran mucho por lo cual alabarle. Los que tienen una visión meramente terrestre y egocéntrica acaban como ciruelas disecadas. ¡Dios es motivo de vuestra alabanza!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 157). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Autocrítica!

5 JUNIO

Deuteronomio 9 | Salmos 92–93 | Isaías 37 | Apocalipsis 7

Si Deuteronomio 8 recuerda a los israelitas que Dios es quien les dio todas sus bendiciones materiales, entre las cuales su capacidad de trabajar y de producir riquezas no es la de menos importancia, Deuteronomio 9 también insiste que será Dios quien les permitirá ocupar la Tierra Prometida y vencer a los que se les opongan. Antes de entrar en combate, los israelitas siguen luchando contra sus temores. Dios les reconforta con palabras repletas de gracia: “Pero tú, entiende bien hoy que el Señor tu Dios avanzará al frente de ti, y que los destruirá como un fuego consumidor y los someterá a tu poder. Tú los expulsarás y los aniquilarás en seguida, tal como el Señor te lo ha prometido” (9:3). Sin embargo, después de los combates, la tentación con la que tendrán que enfrentarse será muy diferente. En aquel momento serán tentados a creer que, fuesen los que fuesen los miedos que experimentaban previamente, era su superioridad intrínseca lo que les permitió realizar tal hazaña. Por lo tanto, Moisés les advierte:

“Cuando el Señor tu Dios los haya arrojado lejos de ti, no vayas a pensar: “El Señor me ha traído hasta aquí, por mi propia justicia, para tomar posesión de esta tierra.” ¡No! El Señor expulsará a esas naciones por la maldad que las caracteriza. De modo que no es por tu justicia ni por tu rectitud por lo que vas a tomar posesión de su tierra. ¡No! La propia maldad de esas naciones hará que el Señor tu Dios las arroje lejos de ti. Así cumplirá lo que juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Entiende bien que eres un pueblo terco, y que tu justicia y tu rectitud no tienen nada que ver con que el Señor tu Dios te dé en posesión esta buena tierra”. (9:4–6)

Y ¿dónde está la evidencia de aquello? Moisés les recuerda sus tristes rebeldías durante sus años en el desierto, comenzando por el desgraciado incidente con el becerro de oro (9:4–29).

¿Qué podemos aprender nosotros? (1) Aunque la aniquilación de los cananitas nos llena de espanto y bochorno, en un sentido, me atrevo a decir, debemos acostumbrarnos a ello. Forma parte íntegra del mismo fenómeno que el diluvio, que la destrucción de los imperios, y que el mismo infierno. La respuesta más apropiada es la que se aconseja en Lucas 13:1–5: a menos que nos arrepintamos, todos igualmente pereceremos. (2) Es posible llegar a la conclusión que los israelitas vencieron porque los cananitas eran muy malos. Pero lo que no podemos decir es que los cananitas fuesen derrotados porque los israelitas fuesen muy buenos. Dios se comprometía con la obra de mejorar a los israelitas por fidelidad a la alianza que había hecho con ellos. Pero serían necios si, después de sus victorias, pensasen que las merecían. (3) Nuestras tentaciones, como las de los israelitas, varían según las circunstancias: miedo sin fe en unas circunstancias, orgullo altivo en otras. Sólo un caminar con Dios en lo más íntimo de nuestro ser, nos puede inducir la apropiada autocrítica, para que aborrezcamos tanto un peligro como el otro.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 156). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué tanta disciplina?

4 JUNIO

¿Por qué tanta disciplina?

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

Deuteronomio 8 ofrece una perspectiva teológica importante sobre los cuarenta años de peregrinaje en el desierto. Siendo Dios un Dios personal, es posible relatar esta historia como la historia de la interacción entre Dios y su pueblo: el responde a sus necesidades, ellos se rebelan, ellos se arrepienten – y luego el mismo ciclo vuelve a comenzar de nuevo. Por un lado, es posible contemplar el relato entero desde el punto de vista de la soberanía trascendente y fiel de Dios. Él permanece siempre al mando. Esta es la perspectiva que viene reflejada en este capítulo.

Por supuesto que Dios podía haberles dado todo lo que querían antes de que llegasen a articular sus deseos. Podía haberse dedicado a consentirles y mimarles hasta la saciedad. En lugar de ello, su propósito fue humillarles, ponerles a prueba, e incluso dejar que pasasen hambre antes de, por fin, alimentarles de maná (8:2–3). Moisés insiste que el propósito detrás de esta última experiencia fue que Dios les enseñara que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor” (8:3). Y más ampliamente, “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (8:5).

¿Por qué tanta disciplina? La triste realidad es que gente caída como tú y como yo nos fijamos con gran facilidad en los dones que recibimos, al mismo tiempo que ignoramos al Dador. Siempre llega el momento cuando esta tendencia se degenera en el culto a lo creado en lugar del culto al Creador (ver Romanos 1:25). Dios sabe que Israel corre este peligro. Les lleva a una tierra agrícolamente prometedora, con agua suficiente, con riqueza mineral (8:6–9). ¿Cuál sería en un escenario así la probabilidad de que aprendieran la verdad que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”?

Incluso tras aquellos cuarenta años de disciplina, los peligros resultarán ser enormes. Por lo tanto, Moisés les recalca estas lecciones una y otra vez. Será una vez que el pueblo haya entrado en la tierra y esté gozando de la abundancia considerable que allí encontrará, que los peligros comenzarán. “Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, normas y preceptos que yo te mando hoy” (8:11). Con la riqueza vendrá la tentación a la arrogancia, lo cual incitará al pueblo a olvidarse del Señor que les liberó de la esclavitud (8:12–14). Al final, no sólo acabarán dando más valor a las riquezas que a las palabras de Dios, sino que podrían incluso justificarse a sí mismos, proclamando con orgullo: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos” (8:17) – olvidando de manera muy conveniente que incluso la capacidad de producir riquezas es un don que procede de la gracia de Dios (8:18).

¿De qué maneras muestra tu vida que valoras enormemente cada palabra que procede de la boca de Dios, por encima de todas las bendiciones, e incluso de las necesidades, de esta vida?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 155). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Por qué?

3 JUNIO

¿Por qué?

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

Hay algunos temas muy complejos que se entrelazan en Deuteronomio 7. Aquí quisiera reflexionar en dos de ellos.

El primero de ellos es el énfasis en la elección. “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la tierra” (7:6). ¿Por qué? ¿Acaso fue a base de una superioridad intrínseca, ya sea de una inteligencia privilegiada, o de una superioridad moral, o de un poderío militar, que Yahvé hizo elección? De ningún modo. “El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza.” (7:7–8).

Tres observaciones en relación con esto: (1) En la Biblia, la absoluta soberanía de Dios no disminuye la responsabilidad humana; y recíprocamente, los seres humanos son agentes morales que eligen, que creen y niegan, que obedecen y desobedecen, y este hecho no convierte en intrascendente la soberanía de Dios. Esto queda muy claro en la manera como la soberanía se manifiesta en este capítulo, es decir, en lo que se refiere a la elección, mientras el mismo capítulo está lleno de las responsabilidades que nos recaen. Los que no mantienen ambas verdades – que Dios es soberano y que los seres humanos somos responsables – de este modo introducen elementos que tarde o temprano harán tambalear toda la estructura de su fe. (2) Aquí el amor de Dios se muestra selectivo. Dios escoge a Israel porque les ha hecho objeto de su afecto, y no a causa de ninguna cualidad que posean. Esta misma idea aparece en otras partes (p. ej., Malaquías 1:2–3). Pero esta no es la única forma como las Escrituras describen el amor de Dios (p. ej., Juan 3:16).

El segundo tema es la manera como Dios alienta a su pueblo a no tener ningún miedo hacia aquellos contra quienes tendrán que luchar durante la conquista de la Tierra Prometida (7:17–22). La razón para ello es el Éxodo. Un Dios capaz de desencadenar las plagas, dividir el Mar Rojo, y liberar a su pueblo de una superpotencia como la egipcia no tendrá problema alguno para eliminar la resistencia de unos cuantos cananitas paganos e inmorales. El miedo es el contrario de la fe. A los israelitas se les anima a no tener miedo, no porque ellos sean más fuertes ni superiores en cualquier sentido, sino porque son el pueblo de Dios, y a Dios no se le puede vencer.

Estos dos temas – y varios otros también – se entrelazan en este capítulo. El Dios que escoge a las personas es suficientemente fuerte como para llevar a buen puerto sus propósitos con respecto a ellas; las personas escogidas por Dios deben responder no sólo con una obediencia agradecida, sino con una confianza inconmovible.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Modelación!

2 JUNIO

¡Modelación!

Deuteronomio 6 | Salmo 89 | Isaías 34 | Apocalipsis 4

Ya hemos reflexionado sobre otros textos bíblicos que tratan sobre la importancia de transmitir el legado de la verdad bíblica a la próxima generación. Este tema constituye el meollo del Deuteronomio 6. Nuevas aportaciones en las que se hace un hincapié especial incluyen:

(1) Los antiguos israelitas tenían el encargo divino de enseñar a la generación siguiente a temer al Dios de la alianza. Moisés enseña al pueblo: “para que durante toda tu vida tú y tus hijos y tus nietos honren al Señor tu Dios cumpliendo todos los preceptos y mandamientos que te doy, y para que disfrutes de larga vida” (Deuteronomio 6:2). Cuando, a partir de aquel momento, un hijo preguntaba a su padre acerca del significado de las leyes, el padre debía explicar el trasfondo, el Éxodo, y el pacto: “El Señor nuestro Dios nos mandó temerle y obedecer estos preceptos, para que siempre nos vaya bien y sigamos con vida. Y así ha sido hasta hoy” (6:24). Por ello debemos preguntarnos qué pasos estamos dando para enseñar a nuestros hijos a temer al Señor nuestro Dios, no con el terror del que se acobarda ante la maldad caprichosa, sino con la profunda convicción que Dios es perfectamente justo, y que no juega con el pecado.

(2) Moisés enfatiza la constancia con la que se debe enseñar a la próxima generación. Los mandamientos que Moisés transmite deben permanecer en el “corazón” del pueblo (6:6; tal vez deberíamos decir “la mente”). Desde esta abundancia siguen las próximas palabras: “Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (6:7). Incluso la ropa que vestían y la manera como decoraban sus casas servirían de recordatorio de la Ley de Dios (6:8–9). Cabe que nos preguntemos con qué constancia enseñamos a nuestros hijos el contenido de las escrituras. En el antiguo Israel, los hijos solían aprender sus competencias vocacionales de sus padres, pasando muchas horas a su lado, lo cual facilitaba muchas ocasiones de transmitir las bendiciones del pacto. Nuestra cultura fragmentada implica que estas oportunidades se tienen que forjar y crear.

(3) Ante todo, la generación mayor debía ser modelo de la lealtad absoluta a Dios (6:13–19). Esta “modelación” constante debía incluir el rechazo total y absoluto de la idolatría, la obediencia a las demandas del pacto, la reverencia al nombre de Yahvé, haciendo “lo que es recto y bueno a los ojos del Señor” (6:18) ¿Con qué fidelidad hemos nosotros, por nuestra propia manera de vivir, transmitido a nuestros hijos una vida auténticamente centrada en Dios?

(4) Debe haber de nuestra parte una sensibilidad consciente a las oportunidades de responder a las preguntas de nuestros hijos (6:20–25). Sin cortinas de humo. Si no se sabe la respuesta es mejor buscarla, o encontrar a alguien que la sepa. Debemos preguntarnos si aprovechamos al máximo las preguntas que nuestros hijos nos hacen.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 153). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Dios de mi salvación

1 JUNIO

El Dios de mi salvación

Deuteronomio 5 | Salmo 88 | Isaías 33 | Apocalipsis 3

Lo que más llama la atención del Salmo 88 es que no hay alivio alguno. Hemán comienza el salmo clamando al Señor, dejando ver su desánimo de varias maneras, y lo acaba en el desespero y en la oscuridad. La mayoría de los salmos donde hay desespero y desánimo comienzan en la oscuridad, pero acaban no obstante en la luz. Este comienza en la oscuridad, y acaba en una oscuridad aun más densa.

Cuando Hemán comienza su cántico, aunque proclama “el Dios de mi salvación” (por cierto el único rayo de luz en todo el salmo), observa, con lástima, que día y noche clama ante Dios (88:1). Se queja con franqueza que Dios no escucha su súplica (88:2, 14). No sólo está en dificultades, sino que se siente cerca de la muerte: “Tan colmado estoy de calamidades que mi vida está al borde del sepulcro” (88:3). De hecho, Hemán insiste que los demás le están tratando como si estuviese acabado (88:4–5). La única explicación es que está bajo la ira de Dios: “El peso de tu enojo ha recaído sobre mí; me has abrumado con tus olas” (88:7; ver 88:16). Entre sus miserias cuenta la pérdida de sus amigos. (88:8).

Lo que es aún peor, Hemán está convencido que toda su vida ha vivido bajo la sombra de la muerte: “muy cerca he estado de la muerte” (88:15). ¿Tal vez sufría una terrible enfermedad crónica y progresiva? “Yo he sufrido desde mi juventud; muy cerca he estado de la muerte. Me has enviado terribles sufrimientos y ya no puedo más. Tu ira se ha descargado sobre mí; tus violentos ataques han acabado conmigo. Todo el día me rodean como un océano; me han cercado por completo. Me has quitado amigos y seres queridos; ahora sólo tengo amistad con las tinieblas.” (88:15).

Pero lo que colma la desesperación que se manifiesta desde el comienzo es la última línea. Hemán no sólo acusa a Dios de haberle quitado a sus compañeros y a sus seres más queridos, sino que, a fin de cuentas “ahora sólo tengo amistad con las tinieblas” (88:18). No Dios; las tinieblas.

Uno de los pocos rasgos atractivos que tiene este salmo es su brutal honestidad. Nunca es aconsejable ser deshonesto con Dios, por supuesto; él sabe exactamente cuáles son nuestros pensamientos de todas maneras, y prefiere que nos desahoguemos de toda nuestra indignación, todo nuestro dolor y nuestras acusaciones que recibir exclamaciones falsas de adoración y júbilo. Por supuesto, es mucho mejor aprender a comprender, a reflexionar, y finalmente a aceptar su perspectiva. Pero en todo caso, la honestidad con Dios es siempre el camino de los sabios.

Esto nos lleva a lo más importante que tiene este salmo. Los clamores y el dolor que se plasman aquí no tiene nada que ver con la rabia barata y poco reflexiva de los que usan sus períodos más oscuros para denunciar a Dios desde lejos, la crítica autocomplaciente del agnosticismo desdeñoso, o del ateísmo arrogante. Estos clamores en cambio interpelan a Dios de manera activa, conscientes de cuál es la única fuente de socorro.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 152). Barcelona: Publicaciones Andamio.