¡El pacto!

31 MAYO

¡El pacto!

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

La estructura del libro de Deuteronomio contiene muchos paralelos detallados con antiguos pactos o tratados que los poderes regionales establecían con sus Estados vasallos. Uno de los componentes de estos acuerdos era una especie de prolegómeno histórico, una recapitulación breve y selectiva de las circunstancias históricas que habían llevado a ambas partes a ese punto. Es el tipo de cosa que uno encuentra en Deuteronomio 1–3. Cuando el pueblo del pacto de Dios hizo su segundo acercamiento a la Tierra Prometida, cuarenta años después del Éxodo (1:3), y con toda una generación perdida, Moisés se apresura a grabar en la congregación la naturaleza del pacto, la magnitud del rescate que ahora era su herencia, la triste historia de rebeldía y, por encima de todo, la pura majestad y gloria de Dios a quienes están vinculados en esta relación sorprendentemente generosa del pacto.

Los tres capítulos de historia selectiva preparan el camino para Deuteronomio 4. Aquí, el repaso histórico ya ha acabado en gran parte; ahora las lecciones principales de dicha historia se hacen más evidentes. Revisar siempre y recordar lo que Dios ha hecho. Dios no nos debe a nosotros su asombrosa salvación. Ni mucho menos: “El Señor amó a tus antepasados y escogió a la descendencia de ellos; por eso te sacó de Egipto con su presencia y gran poder.” (4:37). Pero existen vínculos: “A ti se te ha mostrado todo esto para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro fuera de él” (4:35). “Reconoce y considera seriamente hoy que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro.” (4:39). “Tened, pues, cuidado de no olvidar el pacto que el Señor vuestro Dios ha hecho con vosotros. No os fabriquéis ídolos de ninguna figura que el Señor vuestro Dios os haya prohibido, porque el Señor vuestro Dios es fuego consumidor y Dios celoso.” (4:23–24). En otras palabras, debemos servir a Dios; pero solo él es Dios. Todas las generaciones de creyentes deben tener en cuenta esta verdad o enfrentarse a la ira de Dios.

De las muchas lecciones que surgen de este recuento histórico, surge silenciosamente un tema relativamente menor, doloroso para Moisés e importante para nosotros. El líder recuerda una y otra vez al pueblo que a él mismo no se le permitirá entrar en la tierra. Está aludiendo a la ocasión en que golpeó la roca en lugar de hablarle (Números 20; ver también la meditación del 9 de Mayo). Pero, ahora, señala con sinceridad que su pecado y castigo sucedieron, según él, “por causa vuestra” (Deuteronomio 1:37; 3:23–27; 4:21–22). Por supuesto que Moisés era responsable de su propia acción, pero, de haberse tratado de un pueblo piadoso, él no habría sido tentado. Su incredulidad persistente y sus quejas lo agobiaron.

Medite en una articulación de este principio en el Nuevo Testamento: Hebreos 13:17.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 151). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El amor y la verdad se encontrarán

30 MAYO

Deuteronomio 3 | Salmo 85 | Isaías 31 | Apocalipsis 1

¡Qué emparejamiento tan maravilloso! “El amor y la verdad se encontrarán”. Y le sigue otro: “Se besarán la paz y la justicia” (Salmo 85:10).

La traducción “amor y verdad” son bastante distintas de otras versiones bíblicas que han optado por “amor y fidelidad”. Pero el hebreo subyacente, un emparejamiento sumamente común (como en 86:15 o Éxodo 34:6; ver la meditación del 23 de Marzo), se podría traducir de ambas formas. El primer término suele aludir al amor del pacto de Dios, su misericordia: su pura bondad o gracia del pacto se derramó sobre su pueblo que no lo merecía. El segundo vocablo varía en las traducciones dependiendo de a qué se haga referencia. Cuando la reina de Sabá le comenta a Salomón que todo lo que había oído sobre él era “verdad”, literalmente “la verdad”, utiliza la palabra que se traduce “fidelidad”. Un informe “verdadero” es “fiel”; cuando la verdad se encarna en el carácter, se convierte en fidelidad.

Como expone este salmo, las categorías se utilizan de forma evocativa. Cuando leemos el primer emparejamiento: “El amor y la verdad se han encontrado”, lo natural es pensar que se tratan de descripciones de Dios: Él es el Dios de la gracia o el amor del pacto y de la fidelidad completamente fiable. El segundo emparejado podría tomarse de la misma manera: Dios es de una justicia que no se puede calificar y la fuente de todo bienestar. En él, la justicia y la paz se besan. Sin embargo, en el versículo siguiente, la segunda palabra del primer emparejado y la primera del segundo están tomadas y colocadas juntas para introducir un nuevo pensamiento: “La verdad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo” (85:11). En el contexto total del salmo, la fidelidad del pueblo parece vincularse a la justicia del Señor: la primera surge de la tierra, mientras que la segunda observa desde el cielo. No es absolutamente necesario tomar las cosas de este modo, pero el salmista reconoce implícitamente los vínculos al principio de su poema: “Perdonaste la iniquidad de tu pueblo […] Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación […] Muéstranos, oh Señor, tu misericordia […] Él promete paz a su pueblo, a sus santos; pero que no vuelvan ellos a la insensatez” (85:2–8; cursivas añadidas).

Como quiera que combinemos estos emparejados, resulta vital recordar que el amor y la fidelidad pertenecen a Dios, que la justicia y la paz se encuentran y se besan en él. Por ello, Dios puede ser al mismo tiempo justo y Aquel que justifica lo impío mediante la entrega misericordiosa de su Hijo (Romanos 3:25–26). ¿Acaso debe sorprendernos descubrir que, entre los portadores de su imagen, la misericordia y la verdad, la justicia y la paz suben y bajan juntos?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 150). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Señor es sol y escudo

29 MAYO

Deuteronomio 2 | Salmos 83–84 | Isaías 30 | Judas

El Señor es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria. El Señor brinda generosamente su bondad a los que se conducen sin tacha. Señor Todopoderoso, ¡dichosos los que en ti confían!” (Salmo 84:11–12).

Gran parte de este salmo exulta del alegre privilegio y la delicia de morar en la presencia de Dios que, para los hijos del antiguo pacto, significaba vivir a la sombra del templo. “Anhelo con el alma los atrios del Señor; casi agonizo por estar en ellos. Con el corazón, con todo el cuerpo, canto alegre al Dios de la vida.” (84:2). Tener un lugar “junto a tu altar” es tener un hogar, así como el gorrión halla una morada o la golondrina construye un nido (84:3). “Dichoso el que habita en tu templo, pues siempre te está alabando.” (84:4; ver también la meditación del 17 de Abril).

Pero ¿qué ocurre con los dos últimos versículos de este salmo? ¿Acaso no exageran y prometen demasiado? El salmista insiste en que Dios no niega “nada bueno” a aquellos cuyo caminar es irreprensible. Bueno, como todos pecamos, supongo que debe haber una cláusula de escape: ¿Quién es intachable? ¿No es evidente que Dios retiene muchas cosas buenas a un montón de gente cuyos caminos son tan irreprensibles como pueden serlo de este lado del nuevo cielo y la nueva tierra?

Consideremos a Eric Liddell, el famoso atleta olímpico escocés que se homenajea en la película Carros de fuego. Liddell se convirtió en misionero para China. Durante diez años impartió clases en una escuela y, después, pasó al interior del país para realizar una evangelización de primera línea. La obra no solo era desafiante, sino peligrosa, en gran parte por las crecientes incursiones de los japoneses. Finalmente, fue recluido con otros muchos occidentales. Fue una luz resplandeciente de servicio y buen ánimo en el miserable campamento; un faro para los muchos niños que no habían visto a sus padres durante años, un líder abnegado. Pero unos pocos meses antes de ser liberado, Liddell murió de un tumor cerebral. Tenía cuarenta y tres años. Jamás vio a la más pequeña de sus tres hijas en esta vida: su esposa e hijos habían regresado a Canadá antes del barrido japonés que acorraló a los extranjeros. ¿Acaso Dios no le negó una larga vida, años de servicio fructífero, el gozo de criar a sus propios hijos?

La respuesta se halla, quizás, en su himno favorito:

¡Descansa, alma mía! El Señor está de tu parte;

Lleva con paciencia la cruz de la pena y el dolor.

Deja que tu Dios ordene y provea;

En cada cambio, él permanecerá fiel.

¡Descansa, alma mía! Tu mejor Amigo, tu Amigo celestial

Te conduce a un gozoso final a través de caminos espinosos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 149). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Abre bien tu boca y la llenaré”

28 MAYO

Deuteronomio 1 | Salmos 81–82 | Isaías 29 | 3 Juan

Abre bien tu boca y la llenaré” (Salmo 81:10): el simbolismo es transparente. Dios está perfectamente dispuesto y es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades y nuestros deseos más profundos. Implícitamente, el problema consiste en que ni siquiera abrimos la boca para disfrutar del alimento que él provee. La ilustración vuelve en el último versículo: aunque los impíos se enfrentarán al castigo eterno, el Señor dice: “y a ti te alimentaría con lo mejor del trigo; con miel de la peña te saciaría” (81:16).

Por supuesto que Dios habla de algo más que del alimento físico (aunque de igual importancia). El entorno es común tanto en Salmos como en las partes narrativas del Pentateuco. En su misericordia, Dios rescató espectacularmente a su pueblo de la esclavitud en Egipto, respondiendo a su propio clamor de angustia. “Yo libré su hombro de la carga, sus manos se libraron de las canastas. En la angustia llamaste, y yo te rescaté” (81:6–7). Y ahora llega el pasaje que conduce a la frase citada al comienzo de esta meditación:

Escucha, pueblo mío, mis advertencias;

¡ay Israel, si tan sólo me escucharas!

No tendrás ningún dios extranjero,

ni te inclinarás ante ningún dios extraño.

Yo soy el Señor tu Dios,

que te sacó de la tierra de Egipto.

Abre bien tu boca y te la llenaré.

Históricamente, la respuesta del pueblo fue, como siempre, decepcionante: “Pero mi pueblo no me escuchó; Israel no quiso hacerme caso” (81:11). En este caso no se les prometió la satisfacción simbolizada por bocas llenas. Lejos de esto. Dios declara: “Por eso los abandoné a su obstinada voluntad, para que actuaran como mejor les pareciera” (81:12).

Está claro que la naturaleza de la idolatría cambia de siglo en siglo. Hace poco leí unas líneas de John Piper: “El mayor enemigo del hambre de Dios no es el veneno, sino el pastel de manzana. Lo que apacigua nuestro apetito por el cielo no es el banquete de los impíos, sino el constante picoteo entre horas a la mesa del mundo. No es esa película X sino los constantes sorbos de trivialidad que absorbemos cada noche en los programas de máxima audiencia. A pesar de todo lo malo que puede hacer Satanás, cuando Dios describe lo que nos aparta de la mesa del banquete de su amor, siempre acaba siendo un trozo de terreno, una yunta de bueyes y una esposa (Lucas 14:18–20). El mayor adversario del amor de Dios no radica en sus enemigos, sino en sus dones. Y los apetitos más mortíferos no son el tóxico del veneno, sino lo que sentimos por los sencillos placeres de este mundo. Porque cuando sustituimos a Dios por un apetito, apenas sí logramos discernir la idolatría, que además es casi incurable” (Hambre de Dios [Publicaciones Andamio: Barcelona, 2004], 14).

Abre bien tu boca y la llenaré”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 148). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Me casaré con quien me plazca”

27 MAYO

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

En Números 27:1–11 se nos presenta por primera vez a Zelofehad y sus hijas. Por lo general, la herencia se transmitía a través de los hijos, pero él solo tenía cinco hijas llamadas Maalá, Noa, Jogla, Milca y Tirsa. Este hombre pertenecía a la generación que pereció en el desierto. ¿Por qué preguntaron sus hijas a Moisés si a su linaje se le debía prohibir que heredasen solo porque su descendencia fuera toda femenina? Se nos dice que Moisés “presentó su caso ante el Señor” (27:5). El Señor no solo falló a favor de la petición de las hijas, sino que proporcionó un estatuto que regularizaba esta decisión para casos similares en todo Israel (27:8–11).

Sin embargo, en Números 36 aparece un giro inesperado de esta norma. Los jefes de las casas paternas de Manasés, a la que pertenecía la familia de Zelofehad, preguntan qué ocurrirá si las hijas se casan con israelitas no pertenecientes a su tribu. Aportarían su herencia al matrimonio y la transmitirían a sus hijos que pertenecerían al linaje de su padre. Esto supondría que, a lo largo de los siglos, pudiera haber una redistribución masiva de los territorios tribales y, potencialmente, una falta de equidad entre las tribus. En esta cuestión, también es el Señor quien toma la decisión (36:5). “Ninguna heredad podrá pasar de una tribu a otra, porque cada tribu israelita debe conservar la tierra que heredó.” (36:9). La única opción era que las hijas de Zelofehad se casaran con hombres de su propia tribu, norma que ellas cumplieron con agrado (36:10–12).

Si esto ofende nuestra sensibilidad, deberíamos considerar el porqué.

(1) De forma pragmática, ni siquiera nosotros podemos casarnos con cualquiera: casi siempre contraemos matrimonio dentro de nuestros círculos altamente limitados de amigos y conocidos. Por tanto, en Israel: la mayoría de la gente desearía hacerlo dentro de sus tribus.

(2) Más importante aún: hemos heredado los prejuicios occidentales a favor del individualismo (“Me casaré con quien me plazca”) y del enamoramiento (“No pudimos evitarlo; ocurrió y nos enamoramos). Sin duda, existen ventajas en estos convencionalismos sociales, pero no son más que eso: meras costumbres sociales. Para la mayoría de la gente de todo el mundo, los padres conciertan los casamientos o, lo más probable es que, como mínimo, se realicen con mayor aprobación familiar de la que opera en Occidente. ¿En qué punto se disuelve nuestro amor a la libertad para convertirse en un egocentrismo individualista con poca consideración por los parientes y la cultura, o, en este caso, por la clemente estructura del pacto de Dios que proporcionó una distribución equitativa del territorio?

Vivimos en nuestra propia cultura, claro está, y bajo un nuevo pacto. También tenemos restricciones bíblicas que se imponen a la hora de escoger con quién casarnos (p. ej., 1 Corintios 7:39). Lo que es más importante aún, debemos evitar la abominable idolatría de pensar que el universo debe bailar a nuestro son.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 147). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Ciudades de refugio

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

Cuando se hicieron los planes para dividir la Tierra Prometida entre las doce tribus, se excluyó a Leví. Se les dijo a los levitas que Dios era su herencia: no recibirían territorio tribal, pero vivirían de los diezmos entregados por el resto de los israelitas (Números 18:20–26). Aun así, necesitaban un lugar donde vivir. De modo que Dios ordenó a cada tribu que apartara algunas ciudades para ellos, junto con los pastos circundantes para su ganado (Números 35:1–5). Como los levitas debían enseñar al pueblo la ley de Dios, además de sus deberes en el tabernáculo, las disposiciones del terreno tenía la ventaja añadida de dispersarlos entre el pueblo donde pudieran hacer el mayor bien. Asimismo, sus tierras diseminadas no podían pasar a otras manos que no fueran levíticas (Levítico 25:32–34).

La otra disposición peculiar del territorio establecido en este capítulo es la designación de las seis “ciudades de refugio” (Números 35:6–34). Debían salir de las cuarenta y ocho asignadas a los levitas, tres a cada lado del Jordán. Si alguien mataba a otro, intencionada o accidentalmente, podía huir a una de estas ciudades donde se protegería de la ira de los vengadores de la familia. En una época en la que las peleas de sangre no eran desconocidas, esta norma enfriaba el ambiente hasta que el sistema oficial de justicia pudiera dilucidar la culpa o la inocencia del homicida. Si se le hallaba culpable mediante una prueba convincente (35:30), debía ser ejecutado. Acude a la memoria el principio establecido en Génesis 9:6: quienes derramaran sangre de un ser humano, hecho a imagen de Dios, habrían cometido un acto tan vil que se ordenaba la pena máxima. No se trataba de una lógica disuasiva, sino de valores (cf. Números 35:31–33).

Por otra parte, si se trataba de una muerte accidental y el homicida era inocente de asesinato, no quedaba libre de culpa y se le enviaba sencillamente a su casa, sino que debía permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote (Números 35:25–28). Solo entonces podía regresar a su propiedad ancestral y retomar una vida normal. Esperar que el sumo sacerdote falleciese podía ser cuestión de días o de décadas. Si el tiempo era sustancial, podía servir para aplacar a los vengadores de la familia de la víctima. Pero el texto no proporciona este razonamiento.

Probablemente existen dos razones para que se estipule que el asesino debiera permanecer en la ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote. (1) Su muerte marcaba el final de una era y el principio de otra. (2) Y, de forma más importante, puede ser que su muerte simbolizara que alguien tuviera que morir para pagar por la muerte de un portador de la imagen de Dios. Los cristianos sabemos adónde conduce este pensamiento.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“En tu propia cara”

25 MAYO

Números 34 | Salmo 78:40–72 | Isaías 26 | 1 Juan 4

¡Cuántas veces se rebelaron contra él en el desierto, y lo entristecieron en los páramos! Una y otra vez ponían a Dios a prueba; provocaban al Santo de Israel.” (Salmo 78:40–41). Aquí, Asaf hace una pausa en el curso de su recitado para resumir uno de los puntos principales de este salmo. De hecho, podríamos hacer el siguiente bosquejo de algunos de los puntos dramáticos que expone:

(1) La repetida rebeldía del pueblo de Dios no se presenta como una mera desobediencia, sino que se asemeja a poner a Dios a prueba. Es uno de los elementos graves y sumamente odiosos de la insubordinación. Está marcada por una fuerte dosis de “en tu propia cara”, un desagradable patrón de incredulidad que culpa a Dios implícitamente de falta de poder, crueldad, egoísmo, desconsideración e insensatez. La falta de fe crónica y repetida “en la actitud” siempre conlleva este elemento de tentar a Dios. ¿Qué hará Dios al respecto? No es de sorprender que el apóstol Pablo identifique este mismo modelo de conducta del pueblo durante los años en el desierto y advierta a los cristianos de su tiempo: “Tampoco pongamos a prueba al Señor, como lo hicieron algunos y murieron víctimas de las serpientes. Ni murmuréis contra Dios, como lo hicieron algunos y sucumbieron a manos del ángel destructor. Todo eso les sucedió para servir de ejemplo, y quedó escrito para advertencia nuestra” (1 Corintios 10:9–11).

(2) Aunque la primera parte del capítulo señala la respuesta del enfado de Dios frente al patrón de rebeldía del pueblo, también insiste una vez tras otra en que Dios “Una y otra vez contuvo su enojo, y no se dejó llevar del todo por la ira.” (78:38). Sin embargo, este modelo de conducta se vuelve más sombrío. La idolatría llegó a ser tan flagrante que Dios “se puso muy furioso, por lo que rechazó completamente a Israel.” (78:59). El contexto muestra que Asaf tiene en mente el juicio divino sobre el pueblo cuando permitió que los filisteos capturaran el arca del Señor: “Y dejó que el símbolo de su poder y gloria cayera cautivo en manos enemigas.” (78:61; cf. 1 Samuel 4:5–11), con la terrible destrucción a la que se tuvieron que enfrentar, como consecuencia, a manos de sus enemigos.

(3) Los versículos finales (78:65–72) se centran en la misericordiosa elección de Judá y David como respuesta de Dios a los desdichados años del desierto, de los jueces, del reinado de Saúl. “Y David los pastoreó con corazón sincero; con mano experta los dirigió” (78:72). Viviendo a este lado de la Encarnación, los cristianos nos sentimos especialmente agradecidos por el linaje de David.

(4) Los cristianos saben cómo se desarrolla el argumento del Salmo 78. La dinastía de David cae en la corrupción; la ira de Dios aumenta y llega el exilio. Sin embargo, en la cruz se desplegarían una ira mayor y un amor más glorioso.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 145). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Misterios de antaño

24 MAYO

Números 33 | Salmo 78:1–39 | Isaías 25 | 1 Juan 3

Los versículos iniciales del Salmo 78 provocan un cierto desconcierto. Asaf invita a sus lectores (y, siendo un cántico, a sus oyentes) a escuchar su enseñanza, a prestar oído a las palabras de su boca (78:1). A continuación, anuncia: “Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño” (78:2). La expectación aumenta; parece como si fuésemos a oír cosas nuevas que estaban ocultas antes de que Asaf apareciera en escena. Luego sigue describiendo esos “misterios de antaño” y especifica “que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado” (78:3). ¿Acaso se está embarcando en alguna revelación novedosa, o se trata sencillamente de una revisión del patrimonio común de los israelitas? ¿Y por qué añade en este punto que al menos una parte de su propósito consiste en desvelar estas cosas a la nueva generación naciente (78:4)?

Tres observaciones:

Primero, la palabra traducida “parábolas” posee un amplio abanico de significados. Puede aludir a las parábolas narrativas, los dichos de sabiduría, los aforismos y varias otras formas. Aquí, Asaf solo parece afirmar que va a expresar lo que tiene que comunicar en las estructuras poéticas y las sabias comparaciones que caracterizan este salmo.

Segundo, el contenido de este salmo es antiguo –“que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado”– y, a la vez, nuevo: “misterios”. Este salmo forma parte del grupo de “salmos históricos”, es decir, los que repasan algunas de las experiencias del pueblo de Dios con Él. En su mayor parte, el enfoque principal se halla en el éxodo y en los sucesos que lo rodearon, incluidas las plagas, cruzar el Mar Rojo, la provisión de maná, etc. El salmo nos transporta al reinado de David (que, casualmente, muestra que Asaf mismo vivió en aquella época o poco después). Con todo, no se trata de un mero repaso de hechos escuetos de aquella historia. El recitado está diseñado para sacar ciertas lecciones de la misma que se podrían pasar por alto si no se les presta atención. Estas enseñanzas incluyen los tristes patrones de rebeldía, cómo Dios se autocontrolaba en su creciente ira, su misericordia que los salvó una y otra vez, y mucho más. Estas amonestaciones se hallan “ocultas” en el texto mismo, pero están ahí, y Asaf las extrae.

Tercero, Asaf entiende (1) que el profundo conocimiento de las Escrituras y de los caminos de Dios significa más que estar al tanto de los hechos y que se debe comprender el desarrollo de los distintos patrones para ver lo que Dios está realizando; (2) que, en todo momento, el pueblo del pacto de Dios nunca se halla a más de una generación de la extinción y, por tanto, es vital que esta profunda comprensión se transmita a la siguiente generación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 144). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“recordar”

23 MAYO

Números 32 | Salmo 77 | Isaías 24 | 1 Juan 2

Asaf nos debe haber dado muchas razones sobre la cuestión de porqué debemos “recordar” los creyentes. El Salmo 75 que vimos ayer ensalza el poder del “recitado” piadoso: contar de nuevo lo que Dios ha hecho para acercar el “nombre” de Dios. La importancia de recordar y repetir constituye el núcleo central del Salmo 78. Aquí, en el Salmo 77, Asaf destaca otro elemento más.

Él mismo está sumamente afligido (77:1). Desconocemos los motivos, pero la mayoría de nosotros hemos pasado por “oscuras noches del alma”, cuando parece que Dios está muerto o que no le importamos lo más mínimo. Asaf estaba tan decaído que no podía dormir; de hecho, culpa a Dios de no dejarle dormir (77:4). Los recuerdos de otros tiempos en que las circunstancias eran tan alegres que cantaba gozoso durante la noche (77:6) solo sirven ahora para deprimirle más. La amargura tiñe su lista de preguntas retóricas: “¿Nos rechazará el Señor para siempre? ¿No volverá a mostrarnos su buena voluntad? ¿Se habrá agotado su gran amor eterno, y sus promesas por todas las generaciones? ¿Se habrá olvidado Dios de sus bondades, y en su enojo ya no quiere tener compasión de nosotros?” (77:7–9).

Asaf decide concentrarse en todas las maneras en que Dios se reveló con poder en el pasado. Escribe: “Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo” (77:11; RVR60); en otras palabras, apela a todas las exhibiciones de fuerza de los hechos de la “diestra” de Dios a lo largo de la historia. “Prefiero recordar las hazañas del Señor, traer a la memoria sus milagros de antaño. Meditaré en todas tus proezas; evocaré tus obras poderosas” (77:11–12). De modo que, en el resto del salmo, Asaf pasa a hablar en segunda persona, dirigiéndose directamente a Dios y recordando algunos de los innumerables hechos de gracia y poder que caracterizaron su trato con el pueblo del pacto. Recuerda las plagas, el Éxodo, cuando cruzaron el Mar Rojo, la forma en que Dios guió a su pueblo “por mano de Moisés y Aarón” (77:13–20).

Los cristianos tenemos mucho más que recordar. Así como Asaf “se acordaba” del Éxodo mediante la lectura de las Escrituras, nosotros contamos con mucho más. No solo rememoramos lo que él traía a su memoria, sino cosas de las que él no tenía ni idea: el exilio, el retorno de este, los largos años aguardando la venida del Mesías. Evocamos la Encarnación, los años de la vida de Jesús y su ministerio, sus palabras y sus hechos poderosos. Por encima de todo, conmemoramos su muerte y su resurrección, y la obra poderosa del Espíritu en Pentecostés y lo que siguió después.

Al traer todo esto a la memoria, nuestra fe se fortalece, nuestra visión de Dios se renueva y la desesperación se disipa.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 143). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“el recuento”

22 MAYO

Números 31 | Salmos 75–76 | Isaías 23 | 1 Juan 1

Una de las funciones más importantes del culto colectivo es la recitación, es decir, “el recuento” de las cosas maravillosas que Dios ha obrado. De ahí el Salmo 78:2–4: “Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño, cosas que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado. No las esconderemos de sus descendientes; hablaremos a la generación venidera del poder del Señor, de sus proezas, y de las maravillas que ha realizado.” De modo semejante, si bien de forma más breve, Salmos 75:1: “Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias e invocamos tu nombre; ¡todos hablan de tus obras portentosas!” De hecho, la New English Bible lo traduce de manera que se aproxima más al sentido del texto hebreo: “Tu nombre se ha hecho muy próximo a nosotros en la historia de tus proezas”. El “nombre” de Dios forma parte de su revelación, por pura gracia, de sí mismo. Es la revelación de su identidad (Éxodo 3:14; 34:5–7, 14). El “nombre” de Dios, entonces, se ha hecho próximo a nosotros en la narrativa de sus hechos maravillosos: es decir, la identidad de Dios se ha revelado por medio de los relatos de lo que ha hecho.

De modo que la recitación de los hechos de Dios constituye un medio de gracia para acercar a Dios a su pueblo. Los creyentes que no pasen ningún tiempo releyendo y reflexionando en lo que Dios ha hecho, ya sea que lo hagan de forma personal leyendo su Biblia o con otros creyentes en un encuentro de culto colectivo, no deben extrañarse si rara vez experimentan la cercanía de la presencia de Dios.

El énfasis que encontramos en este salmo en lo que a Dios se refiere es que “dispone soberanamente”, o “dispone supremamente” (como un comentarista lo expresa). Es maravillosamente estabilizante para nosotros que podamos descansar en un Dios así. Declara: “Tú dices: Cuando yo lo decida, juzgaré con justicia” (75:2). Es difícil imaginarse una categoría más sugerente del firme control que Dios ejerce que las palabras “cuando yo lo decida”. No obstante, el control sin justicia no sería más que el fatalismo. Este Dios sin embargo no sólo establece el tiempo, sino que juzga con justicia (75:2). Además, en este mundo roto, hay acontecimientos catastróficos que parecen amenazar el orden social en su totalidad. En otra parte David reflexiona: “Cuando los fundamentos son destruidos, ¿Qué le queda al justo?” (11:3). Pero aquí somos afirmados, porque Dios mismo proclama: “Cuando se estremece la tierra con todos sus habitantes, soy yo quien afirma sus columnas” (75:3). Por tanto, los arrogantes que se consideren a sí mismos “pilares” de la sociedad quedan advertidos: “«No seáis altaneros», digo a los altivos; «No seáis soberbios», ordeno a los impíos” (75:4). A los malos Dios dice “No hagáis gala de soberbia contra el cielo, ni habléis con aires de suficiencia” (75:5).

Relatad las proezas de Dios y haced que su nombre sea cercano.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 142). Barcelona: Publicaciones Andamio.