Temor de apartarse

ABRIL, 20

Temor de apartarse

Devocional por John Piper

¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has obrado para los que en ti se refugian, delante de los hijos de los hombres! (Salmos 31:19)

Consideremos dos verdades importantes que presenta Salmos 31:19.

1. La bondad del Señor

Existe una bondad peculiar de Dios. Es decir, no solo una bondad general de Dios, que él muestra a todo ser humano al hacer salir el sol sobre malos y buenos (Mateo 5:45), sino que también hay una bondad peculiar para «los que le temen».

Esta bondad es de una abundancia sin medida. No tiene límite, jamás se acaba, lo abarca todo. Hay solo bondad para los que le temen. Todo obra para su bien. Incluso las tribulaciones están llenas de ganancia (Romanos 5:3-5).

Pero aquellos que no le temen reciben una misericordia temporal —una misericordia que no conduce al arrepentimiento, sino a una peor destrucción— (Romanos 2:4).

2. El temor del Señor

El temor del Señor es el temor de apartarse de él. Por lo tanto se expresa cuando buscamos refugio en él. Por eso, en Salmos 31:19 se menciona dos condiciones: temer al Señor y refugiarse en él.

Parece que fueran opuestos. El temor parece que nos alejara de él mientras que refugiarse parece que nos acercara. Sin embargo, cuando entendemos que este temor es el temor de no estar en su cercanía, entonces ambas condiciones obran juntas.

Existe un temblor real para los santos. «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12). Pero se trata del temblor que uno siente al estar entre los brazos del Padre que acaba de salvar a su hijo de las corrientes profundas del océano.

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Hay futuro después de los fracasos

ABRIL, 19

Hay futuro después de los fracasos

Devocional por John Piper

No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades. (1 Samuel 12:20-21).

Los israelitas tuvieron temor y arrepentimiento cuando se dieron cuenta de que habían pecado al exigirle a Samuel que les diera un rey. Pero luego llegaron las buenas noticias: «No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades» (1 Samuel 12:20-21).

Este es el evangelio: a pesar de que han pecado grandemente y de que han deshonrado terriblemente al Señor, a pesar de que ahora tienen un rey que fue pecado obtener, a pesar de que ese pecado no se puede deshacer, ni se pueden evitar las dolorosas consecuencias que han de venir, aun así hay futuro y esperanza.

¡No teman! ¡No teman!

Luego en el versículo 22 llega el gran fundamento del evangelio: «Porque el Señor, a causa de su gran nombre, no desamparará a su pueblo, pues el Señor se ha complacido en haceros pueblo suyo».

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Dios, toca nuestro corazón

ABRIL, 18

Dios, toca nuestro corazón

Devocional por John Piper

También Saúl se fue a su casa en Guibeá, y con él fueron los valientes cuyos corazones Dios había tocado. (1 Samuel 10:26)

Solo pensemos en lo que dice este versículo. Dios los tocó. No una esposa, ni un hijo, ni un padre, ni un consejero, sino Dios.

El Único en el universo con poder infinito; el Único con autoridad infinita y sabiduría infinita y amor infinito y bondad infinita y pureza infinita y justicia infinita. Ese Único Dios fue el que tocó los corazones.

¿Cómo hace la circunferencia de Júpiter para tocar el borde de una molécula? Ni hablemos de cómo haría para penetrar su núcleo.

El toque de Dios es impresionante por el hecho de que es un toque. Es un contacto real. El hecho de que afecte al corazón es asombroso; que sea Dios quien lo toca es maravilloso; y que se trate de un toque real es increíble.

A estos hombres valientes no solamente se les habló. Ellos no solamente fueron movidos por influencia divina. Ellos no solamente fueron vistos y conocidos. Dios, con infinita condescendencia, les tocó el corazón. Se acercó a ellos hasta ese punto. Y no fueron consumidos.

Amo ese toque. Lo anhelo más y más, para mí mismo y para todos ustedes. Ruego que Dios me toque nuevamente para su gloria, oro para que nos toque a todos nosotros.

¡Oh el toque de Dios! Si viene con fuego, que así sea. Si viene con agua que así sea. Si trae consigo viento, déjalo venir, Oh Dios. Si viene con truenos y relámpagos, postrémonos ante él.

¡Oh Dios ven! Acércate más a nosotros. Quema y empapa y sopla e impacta. O como susurro apacible, ven. Ven directo hacia nosotros, toca nuestro corazón.

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Abrazar a Jesús

ABRIL, 17

Abrazar a Jesús

Devocional por John Piper

Porque este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. (1 Juan 5:3–4)

Jonathan Edwards, pastor y teólogo del siglo XVIII, luchó con este pasaje y su conclusión fue la siguiente: «La fe que salva implica… amor… El amor a Dios nos capacita para vencer las dificultades que supone el cumplir los mandamientos de Dios; esto demuestra que el amor es el atributo principal de la fe que salva, la vida y el poder de esta, mediante la que se produce grandes resultados».

Creo que Edwards estaba en lo cierto y creo que numerosos pasajes bíblicos respaldan lo que él dice.

Otra manera de expresarlo es que la fe en Cristo no consiste solamente en aceptar lo que Dios es para nosotros, sino también en abrazar todo lo que él es para nosotros en Cristo. «La fe verdadera abraza a Cristo en todas las maneras en que las Escrituras lo presentan a los pobres pecadores». Este «abrazar» es un tipo de amor a Cristo —el tipo de amor que lo atesora por sobre todas las cosas—.

Por consiguiente, no hay contradicción entre 1 Juan 5:3, que dice que nuestro amor a Dios nos capacita para cumplir sus mandamientos, y el versículo 4, que dice que nuestra fe vence los obstáculos del mundo que nos impiden obedecer los mandamientos de Dios. El amor a Dios y a Cristo es inherente a la fe.

El versículo 5 define la fe que obedece como la que «cree que Jesús es el Hijo de Dios». Esta fe consiste en «abrazar» al Jesucristo presente como la gloriosa persona divina que él es. No se trata solamente de afirmar la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios, ya que los demonios también lo afirman (Mateo 8:29). Creer que Jesús es el Hijo de Dios significa «abrazar» la magnitud de esa verdad, es decir, estar satisfechos en Cristo como el Hijo de Dios y en todo lo que Dios es para nosotros en él.

El hecho de que Jesús sea llamado «Hijo de Dios» significa que él es la persona más grande del universo junto con el Padre. Por lo tanto, todo lo que él enseñó es verdad, todo lo que él prometió se mantendrá firme, y toda la grandeza que hay en él y que satisface nuestra alma será eternamente invariable.

Creer que él es el Hijo de Dios, por lo tanto, implica contar con todo esto y estar satisfecho con ello.

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Misericordia para el día de hoy

ABRIL, 16

Misericordia para el día de hoy

Devocional por John Piper

Las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es tu fidelidad! (Lamentaciones 3:22-23)

Las bondades de Dios son nuevas cada mañana porque cada día hay misericordia suficiente solo para ese día.

Esta es la razón por la cual tendemos a desesperarnos pensando que quizá tengamos que sobrellevar las cargas de mañana con los recursos del día de hoy. Dios quiere que sepamos que esto no sucederá. La misericordia de hoy es para los problemas de hoy. La misericordia de mañana es para los problemas de mañana.

A veces nos preguntamos si contaremos con la misericordia para mantenernos en pie en medio de terribles pruebas. La respuesta es sí, nos será dada. Pedro dice: «Si sois vituperados por el nombre de Cristo, dichosos sois, pues el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre vosotros» (1 Pedro 4:14). Cuando las adversidades llegan, el Espíritu de gloria viene. Es lo que sucedió con Esteban en el momento en que fue apedreado. Lo mismo nos sucederá. Cuando necesitemos el Espíritu y la gloria, estos estarán presentes.

Israel recibía el maná en el desierto un día a la vez. No se podía guardar para el día siguiente. Esa es la forma en que debemos depender de la misericordia de Dios. No se recibe hoy la fuerza para sobrellevar las cargas de mañana. Se recibe misericordia hoy para los problemas de hoy.

Mañana las misericordias serán nuevas. «Fiel es Dios, por medio de quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro» (1 Corintios 1:9).

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Oremos por su fama

ABRIL, 14

Oremos por su fama

Devocional por John Piper

Vosotros, pues, orad de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre…
(Mateo 6:9)

Decenas de veces las Escrituras dicen que Dios hace cosas «en honor a su nombre». Pero si nos preguntamos qué es lo que realmente mueve el corazón de Dios en esa declaración (y en muchas otras similares), la respuesta es que Dios se deleita en que su nombre sea conocido.

La primera oración, y la más importante que puede decirse, es: «santificado sea tu nombre». Es una oración a Dios para que él haga que las personas santifiquen su nombre.

Dios ama el hecho de que más y más personas «santifiquen» su nombre, y por eso su Hijo enseña a los cristianos a decir sus oraciones en línea con la gran pasión del Padre.

«Señor, haz que cada vez más personas santifiquen tu nombre», es decir, que lo estimen, lo admiren, lo respeten, lo honren, lo alaben, y se deleiten en su nombre. Es básicamente una oración misionera.

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Háblenle a sus lágrimas

ABRIL, 13

Háblenle a sus lágrimas

Devocional por John Piper

Los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. El que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas. (Salmos 126:5-6)

No hay nada penoso en sembrar semillas. No toma más trabajo que cosechar. Los días pueden ser hermosos. Puede haber gran esperanza de una cosecha.

Sin embargo, el salmo habla de «sembrar con lágrimas». Habla de alguien «que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra». Entonces, ¿por qué está llorando?

Pienso que la razón no es que sembrar sea una tarea penosa o que cosechar sea difícil. Pienso que la razón no tiene nada que ver con sembrar. Sembrar simplemente es el trabajo que tiene que hacerse inclusive cuando haya cosas en la vida que nos hagan llorar.

Las cosechas no esperarán a que terminemos con nuestra pena o a que resolvamos todos nuestros problemas. Si queremos comer en el próximo invierno, deberemos salir al campo y plantar la semilla, estemos sufriendo o no. Si hacemos eso, la promesa del salmo es que segaremos «con gritos de júbilo» y volveremos «con gritos de alegría, trayendo [nuestras] gavillas». No es porque las lágrimas de la siembra produzcan el gozo de la cosecha, sino porque la simple siembra produce cosecha, y tenemos que recordar esto aun cuando nuestras lágrimas nos tienten a dejar de sembrar.

La lección es la siguiente: cuando haya tareas simples y claras que debamos hacer y nos encontremos llenos de tristeza, y las lágrimas fluyan fácilmente, sigamos adelante y hagamos el trabajo con lágrimas. Seamos realistas. Digamos a nuestras lágrimas: «Lágrimas, las estoy sintiendo. Ustedes hacen que quiera renunciar a la vida, pero hay un campo que debo sembrar (platos que lavar, auto que arreglar, sermón que escribir)».

Luego digamos, basándonos en la Palabra de Dios: «Lágrimas, sé que no se quedarán para siempre. El mismo hecho de que simplemente haga mi trabajo (con lágrimas y todo) traerá al final una cosecha de bendiciones. Entonces, continúen cayendo si deben hacerlo, pero yo creo (no lo veo ni lo siento completamente), creo que el simple trabajo de mi siembra traerá gavillas de cosecha». Y nuestras lágrimas se convertirán en gozo.

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No podemos perder al final

ABRIL, 12

No podemos perder al final

Devocional por John Piper

Llévense una guardia de soldados —les ordenó Pilato—, y vayan a asegurar el sepulcro lo mejor que puedan. (Mateo 27:65)

Cuando Jesús estaba muerto y enterrado, con una gran roca que fuera rodada contra la tumba, los fariseos le pidieron permiso a Pilato para sellar la roca y cuidar la tumba.

Hicieron lo más que pudieron… en vano.

Era inútil entonces, es inútil hoy día y siempre será inútil. No importa cuánto traten de hacer, nadie podrá mantener a Jesús derrocado. No lo podrán mantener enterrado.

No es difícil darse cuenta: Él puede salir porque no fue forzado a entrar. Él mismo se dejó difamar y acosar y votar en su contra y despreciar y patear y matar.

Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo (Juan 10:17-18).

Nadie puede mantenerlo caído porque nadie jamás lo tumbó. Él dio su vida cuando estaba listo.

Cuando parece que estará enterrado para siempre, Jesús está haciendo algo maravilloso en la oscuridad. «El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe» (Marcos 4:26-27).

El mundo cree que Jesús ya no está —que está fuera del camino— pero Jesús está trabajando en los lugares donde hay oscuridad. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Juan 12:24). Él se dejó enterrar —«Nadie me quita la vida»— y vendrá en poder cuando a él le plazca —«tengo autoridad para tomarla de nuevo»—.

«…a quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella» (Hechos 2:24). Jesús tiene su sacerdocio hoy día «según el poder de una vida indestructible» (Hebreos 7:16).

Durante veinte siglos, el mundo ha hecho lo imposible —en vano—. No lo pueden enterrar. No lo pueden controlar. No lo pueden callar o limitar. Jesús está vivo y totalmente libre para ir y venir adonde le plazca.

Confiemos en él y vayamos con él, sin importar adónde. No podemos perder al final.

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El vino del gran rey

ABRIL, 11

El vino del gran rey

Devocional por John Piper

Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. (Hebreos 4:15)

Nunca he escuchado a nadie decir: «Las lecciones verdaderamente profundas en mi vida las aprendí en tiempos de comodidad y vida fácil». Pero sí he escuchado a grandes santos decir: «Cada avance importante que alguna vez haya tenido en entender el insondable amor de Dios y en crecimiento profundo con él, ha sido a través del sufrimiento».

Esta es una verdad bíblica que debemos considerar seriamente. Por ejemplo: «por quien [Cristo] lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Filipenses 3:8). Parafraseado: No hay ganancia sin dolor. O también:

Que todo sea sacrificado ahora, si eso me dará más de Cristo.

Aquí hay otro ejemplo: «Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció» (Hebreos 5:8). El mismo libro dice que él nunca pecó (Hebreos 4:15).

Entonces, aprender obediencia no significa pasar de desobediencia a obediencia. Significa crecer de manera más y más profunda con Dios en nuestra experiencia de obediencia. Implica experimentar la profundidad de la sumisión a Dios que de otra manera no habría sido requerida. Esto es lo que vino a través del sufrimiento. No hay ganancia sin dolor.

Samuel Rutherford dijo que cuando él fue echado a las cavas de la aflicción, se acordó de que el gran rey siempre guardaba su vino en ese lugar. Charles Spurgeon dijo: «Aquellos que se sumergen en el mar de la aflicción consiguen perlas excepcionales».

¿No queremos más a nuestro amado cuando sentimos un dolor extraño que nos hace pensar que tenemos cáncer? Ciertamente, somos criaturas extrañas. Si tenemos salud y paz y tiempo para amar, es algo apresurado y escaso. Pero si nos estamos muriendo, el amor es profundo, un río lento de gozo inexpresable, y prácticamente no podemos dejarlo.

Por lo tanto: «Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas» (Santiago 1:2).

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¿Qué significa una vergüenza adecuada?

ABRIL, 10

¿Qué significa una vergüenza adecuada?

Devocional por John Piper

Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres en cuanto a la justicia. ¿Qué fruto teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de esas cosas es muerte.(Romanos 6:20-21)

Cuando los ojos de un cristiano son abiertos y puede ver cómo su comportamiento anterior no honraba a Dios, naturalmente se siente avergonzado. Pablo le dice a la iglesia de Roma: «Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres en cuanto a la justicia. ¿Qué fruto teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de esas cosas es muerte» (Romanos 6:20-21).

Existe un momento oportuno para mirar hacia atrás y sentir una punzada de dolor por haber vivido alguna vez de una manera que fuera tan ofensiva hacia Dios. Veremos en un momento que no tenemos que paralizarnos meditando en esto. Sin embargo, el corazón cristiano sensible no puede pensar en las necedades de cuando era joven y no sentir el eco de la vergüenza, aun después de haber arreglado cuentas con el Señor.

Una vergüenza adecuada puede ser muy sana y redentora. Pablo dijo a los Tesalonicenses: «Y si alguno no obedece nuestra enseñanza en esta carta, señalad al tal y no os asociéis con él, para que se avergüence» (2 Tesalonicenses 3:14). Esto significa que la vergüenza es un paso apropiado, que redime al creyente en la conversión y en el arrepentimiento por una temporada de indiferencia espiritual y pecado. La vergüenza no es algo que se deba evitar a toda costa. Existe un lugar para ella en la relación de Dios con su pueblo.

Podemos concluir que el criterio bíblico para la vergüenza inapropiada y para la vergüenza apropiada está radicalmente centrado en Dios.

El criterio bíblico para vergüenza inapropiada dice: No se sientan avergonzados por algo que honra a Dios, sin importar cuán débiles o tontos o equivocados los haga parecer ante los ojos de otras personas. Tampoco asuman la vergüenza de algo que es verdaderamente vergonzoso, a no ser que en realidad estén de alguna manera involucrados en esa maldad.

El criterio bíblico para vergüenza apropiada dice: Siéntanse avergonzados de tomar parte en algo que deshonra a Dios, sin importar cuán fuertes o sabios o justos los haga parecer ante los ojos de otros.

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