Tal como soy (1)

Tal como soy (1)

Jesús les dijo:… No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Marcos 2:17

Al que a mí viene, no le echo fuera. Juan 6:37

(Jesús dijo a la mujer:) Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, ve en paz. Lucas 7:48, 50

Charlotte Eliott, artista inglesa del siglo 19, tenía un don especial para la música y la poesía. Alabada por sus talentos, apreciaba los placeres de la vida mundana. Pero a la edad de 32 años, una enfermedad degenerativa trastornó su vida. A partir de entonces, los dolores, la discapacidad y la dependencia fueron su porción diaria. Se sumió en la desesperación y la rebeldía: «Si Dios me amara no me trataría así», pensaba.

Un amigo de la familia, el evangelista César Malan, fue a su casa. Mientras comían, preguntó a Charlotte si era cristiana. Ella respondió con insolencia: «¡Métase en sus asuntos!». Los días pasaban, pero el malestar de Charlotte no se apaciguaba. Entonces decidió ir a ver a César Malan, le pidió perdón por su forma de hablar insolente y reconoció que le gustaría ir a Jesucristo, pero no sabía cómo. ¿Tenía que volverse buena y hacer progresos espirituales?

César Malan la miró y le respondió simplemente: «Vaya a Jesús tal como es, con sus luchas, sus temores, su resentimiento, su orgullo, su vergüenza…».

Estas palabras tan sencillas produjeron un efecto liberador en Charlotte, quien llevó al Señor la carga de sus pecados y a cambio recibió una paz y un gozo que nunca antes había experimentado. Su enfermedad y su discapacidad continuaron, pero su vida cambió totalmente.

Unos años más tarde, aquellas palabras de César Malan le inspiraron el cántico: «Tal como soy…».

(mañana continuará)

Ezequiel 22 – Hechos 27:13-44 – Salmo 37:16-22 – Proverbios 12:13-14

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Tú fuiste realmente misericordioso conmigo

Tú fuiste realmente misericordioso conmigo

Si confesamos nuestros pecados, él (Dios) es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

1 Juan 1:9

Habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.

1 Corintios 6:11

Testimonio

«Nací en una familia cristiana, pero realmente me convertí a los 17 años. Hasta ahí me debatía entre ser o no ser cristiano, pues sabía que si recibía al Señor Jesús como mi Salvador, tendría que aceptarlo como mi Señor.

Una noche estaba solo en mi habitación. Mi alma no estaba en paz. Sentado o acostado, no lograba hallar reposo. ¿Tenía que creer en el Señor Jesús, o no? Quería decir no, pero eso hacía que me sintiese incómodo en el fondo de mi ser. Había una verdadera lucha en mí. Entonces me arrodillé para orar. Al principio no sabía qué decir, pero finalmente muchos pecados vinieron a mi memoria. Nunca había vivido algo semejante hasta ese momento. Me vi a mí mismo como un pecador, y también vi la gracia del Señor. Fui consciente de toda la podredumbre del pecado, y también comprendí que la preciosa sangre de Jesús me purificaba y me hacía más blanco que la nieve. Era como si él extendiese sus manos para recibirme, diciéndome: ¡Te estaba esperando!

Antes me burlaba de los que creían en Jesús, pero aquella noche lloré y confesé mis pecados, buscando el perdón del Señor. Después de haber orado, comprendí que ya no tenía el peso de mis pecados, y me sentí lleno de gozo y paz. Solo en mi habitación, pude exclamar: Señor Jesús, tú fuiste realmente misericordioso conmigo».

W. N.

Ezequiel 21 – Hechos 27:1-12 – Salmo 37:8-15 – Proverbios 12:11-12

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Llevar su cruz

Llevar su cruz

Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. – Mateo 16:24

Que seáis llenos del conocimiento de su voluntad… para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo. – Colosenses 1:9-10

Hoy, en el lenguaje común, «llevar su cruz» significa soportar un sufrimiento largo y persistente debido a una enfermedad, una discapacidad o, más generalmente, un problema que nos parece sin solución. Esta expresión tiene su origen en la Biblia, pero no es realmente esto lo que Jesús pide a sus discípulos.

Tomar “su cruz cada día” (Lucas 9:23), en sentido espiritual, es vivir diariamente la nueva condición en la que la cruz de Cristo me colocó. “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gálatas 2:20). No es una dura obligación, sino todo lo contrario, una verdadera liberación: “Y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, añadió el apóstol Pablo.

Nuestros pecados fueron borrados mediante la cruz de Cristo, pues él murió en nuestro lugar. Por ella también hemos sido liberados de lo que éramos, ya que hemos muerto con él. Si lo recibo por la fe, entonces puedo vivir “en vida nueva” (Romanos 6:4-5).

Tomar nuestra cruz es, pues, afirmar que nuestra identidad cambió, es vivir la vida de Cristo resucitado. Hemos pasado a ser hijos de Dios: “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:1-2).

“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:1-2).

Ezequiel 20:23-49 – Hechos 26:19-32 – Salmo 37:1-7 – Proverbios 12:9-10

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¿Muy pocos serán salvos?

¿Muy pocos serán salvos?

Alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. – Lucas 13:23-24

Algunas preguntas de la Biblia

Alguien preguntó a Jesús si son pocas las personas que se salvan. El Señor no respondió directamente la pregunta, pero explicó lo que cada uno debe hacer para ser salvo. “Esforzaos a entrar por la puerta angosta” (Lucas 13:24). El camino de la salvación es accesible a todos y es el mismo para todos: Hay que pasar por la puerta estrecha, es decir, por Jesús crucificado. “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10:9).

Entrar por esta puerta es reconocerse perdido y creer que Jesús es el único medio para ser salvo. Hay que renunciar a cualquier otro medio humano, por ejemplo: obras religiosas, adhesión intelectual, tradiciones, educación…

Antes de su conversión el apóstol Pablo, hombre muy instruido, animado por un celo salvaje por su religión, perseguía a los creyentes. Pero luego estimó como “basura” todas las ventajas que había recibido de su educación y de sus funciones religiosas. Su fe contaba solamente con la justicia que Dios da a aquel que cree (ver Filipenses 3:9).

Si rehusamos ir al Señor, buscarlo y creer en él, entonces permanecemos lejos de Dios, unidos al mal, y nos exponemos a escuchar esta terrible frase del Señor en el día del juicio: “No os conozco” (Mateo 25:12).

Ser salvo es primeramente tener la vida eterna mediante la fe en Cristo. Solo entonces podremos llevar una vida que agrade a Dios, y esforzarnos en permanecer arraigados a su gracia.

Ezequiel 20:1-22 – Hechos 26:1-18 – Salmo 36:7-12 – Proverbios 12:7-8

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Un malhechor en el paraíso

Un malhechor en el paraíso

(El malhechor) dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. – Lucas 23:42-43

El malhechor crucificado al lado de Jesús estaba al borde de la eternidad. De repente descubrió que al salir de las manos de la justicia humana, iba a caer en las de la justicia divina. La única perspectiva para este hombre era: sufrimientos de este lado de la muerte y sufrimientos del otro lado. Momentos antes, al igual que su compañero, blasfemaba; ahora se hacía preguntas.

Pero en medio de su angustia vio un resplandor que emanaba de aquel que, a su lado, estaba crucificado al igual que él, pero que hablaba con amor a los suyos e imploraba el perdón para sus verdugos. Este resplandor lo atrajo, iluminó su estado pecaminoso y lo llevó a creer que Jesús reinará. Entonces le pidió que se acordase de él.

La respuesta fue más allá de lo que esperaba: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). ¡Cuánto consuelo daría esta promesa al ladrón en medio de su agonía, y qué alivio a su sufrimiento moral! ¡Esto también regocijó al Salvador! Jesús, rechazado también, iba a llevar consigo a este hombre a quien la sociedad excluía y condenaba. Un malhechor arrepentido iba a ir al paraíso. Entraría como testigo del poder de la muerte de Jesús para salvar a pecadores como él. Cristo, crucificado a su lado, iba a morir por él. Días antes el Señor había anunciado que él era como esa semilla de trigo que cae en tierra y muere, pero “si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). ¡Y ese malhechor era uno!

“Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18).

Ezequiel 19 – Hechos 25 – Salmo 36:1-6 – Proverbios 12:5-6

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¿Por qué dormís?

¿Por qué dormís?
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Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.
Lucas 22:45-46
Algunas preguntas de la Biblia

Jesús acostumbraba retirarse a Getsemaní, un huerto ubicado al este de Jerusalén. Este lugar ha quedado grabado en la memoria de los cristianos: allí Jesús estuvo muy triste, fue traicionado y detenido. Allí, en medio de intensas oraciones, más allá de lo que podemos comprender, Jesús aceptó ir a la cruz y derramar “su vida hasta la muerte” (Isaías 53:12).

Jesús tomó consigo algunos de sus compañeros para que estuviesen con él y orasen. Luego se alejó y, solo con su Dios, oró: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Ningún discípulo comprendió la intensidad de ese combate espiritual, sin embargo Jesús les había dicho: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo” (Mateo 26:38).

Cristianos, nos quedamos pensativos y admirados ante tal tristeza y tales sufrimientos… El combate del Señor nos hace sentir el horror que Dios tiene al pecado, y la grandeza de su amor.

Según las profecías, el Salvador fue dejado solo, no tuvo ningún consolador (Salmo 69:20). Los discípulos se durmieron de tristeza. Jesús no les hizo ningún reproche, solo les dijo: “¿Por qué dormís?”. Luego los animó, como lo hace con nosotros: “Levantaos, y orad para que no entréis en tentación” (Lucas 22:46). El sueño espiritual equivale a los momentos, a los días que el cristiano pasa lejos de Cristo. Son ocasiones propicias para que la tentación nazca en nuestro corazón.

 

Ezequiel 18 – Hechos 24 – Salmo 35:22-28 – Proverbios 12:3-4

Las riquezas

Las riquezas
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A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos.
1 Timoteo 6:17

La crisis económica y financiera que empezó en 2008 reveló la arriesgada gestión de las obligaciones estatales y de los préstamos bancarios. ¡Se perdieron enormes cantidades de dinero! Programas demasiado ambiciosos y el afán de ganar dinero fácil hicieron que mucha gente especulara imprudentemente y perdiera todo.

La Biblia nos advierte que las riquezas materiales no son fiables y que pueden desaparecer rápidamente. “Vuestro oro y plata están enmohecidos” (Santiago 5:3). El cristiano es exhortado a no aferrarse a ellas. “No te afanes por hacerte rico; sé prudente, y desiste. ¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águila, y volarán al cielo” (Proverbios 23:4-5).

Los bienes materiales nos son prestados por Dios para nuestra vida en el mundo, y los abandonaremos cuando dejemos esta tierra. Nuestra responsabilidad es administrarlos correctamente, no solo para nuestras necesidades personales, sino para el bien de todos, permaneciendo fieles a nuestro Maestro celestial, es decir, demostrando sabiduría, bondad, justicia…

No olvidemos que tendremos que rendir cuentas de nuestra administración, como el mayordomo de Lucas 16:1-2. Esforcémonos para ser de aquellos a quienes Dios podrá decir: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).

Ezequiel 17 – Hechos 23:12-35 – Salmo 35:15-21 – Proverbios 12:1-2
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Id y vedlo

Id y vedlo
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(El Señor) me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.
2 Corintios 12:9
(Jesús dijo:) Separados de mí nada podéis hacer.
Juan 15:5
Lea Marcos 6:34-44

“¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo”, dijo Jesús a sus discípulos. Estaban ante una multitud de cinco mil hombres, y Jesús les había ordenado que los alimentasen. Los discípulos hicieron cuentas y respondieron: “Cinco, y dos peces” (v. 38). ¿Qué hacer?

Entonces Jesús les pidió que le trajesen los panes y los peces, y que hicieran sentar a la gente. ¡Por su poder, cinco mil hombres fueron saciados, y quedaron abundantes restos!

¿Por qué Jesús insistió en que sus discípulos contasen los panes? ¿Pensaba que tenían suficiente para alimentar a cinco mil hombres? ¡Seguro que no! Él conocía la respuesta. Y si hubiesen tenido la mitad o diez veces más, para él hubiese sido lo mismo. Podía alimentar a esa multitud a partir de nada, pero mediante esta pregunta quería que los discípulos se diesen cuenta de que sin él no podían hacer lo que les pedía.

Esta escena está llena de enseñanza para los creyentes. Incluso si no nos necesita, Jesús quiere que participemos en su trabajo. Si le llevamos lo poco que tenemos, puede sacar de eso una abundante bendición para los demás. ¡Incluso “sobró”, es decir, no saldremos perdiendo! No seamos, pues, presuntuosos ni perezosos. Presuntuosos, pensando que podemos hacer mucho por nosotros mismos. Y perezosos, estimando que no vale la pena poner lo “poco” que tenemos al servicio del Maestro.

Ezequiel 16:35-63 – Hechos 22:22-23:11 – Salmo 35:9-14 – Proverbios 11:31
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¡Es maravilloso!

¡Es maravilloso!

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Jesús les dijo:… ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza? – Mateo 21:16

De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él. – Lucas 18:17

El mensaje más bello que puedo escuchar y creer es el del Evangelio: ¡Jesucristo murió en la cruz para borrar mis pecados!

Este testimonio fue dado por Alicia, una niña de cinco años que había acompañado a su hermana al grupo de los «grandes» de un curso bíblico. El tema era la muerte de Jesús. Todos esos niños creían que, por amor a los que quería salvar, Jesús aceptó ser crucificado para llevar sus pecados. También habían escuchado lo que decían los burladores: “Desciende de la cruz… para que veamos y creamos” (Marcos 15:30-32). Entonces la maestra hizo la siguiente pregunta: ¿Por qué el Señor Jesús no podía bajar de la cruz?

Para sorpresa de todos, Alicia levantó su pequeño dedo. Con sus ojos azules fijos en la maestra, respondió seriamente: ¡Porque es maravilloso!

Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo, pero sin ningún pecado. Por lo tanto, él sufría injustamente en la cruz, así como lo dijo el que estaba crucificado a su lado: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo” (Lucas 23:41). No eran los clavos lo que lo retenían, sino su amor por los hombres.

Alicia expresó simplemente con todo su corazón y en una palabra lo que había comprendido, y quién era Jesús para ella. Esta expresión de fe infantil animó durante muchos años a la joven maestra en su obra misionera en China.

Ezequiel 16:1-34 – Hechos 21:37-22:21 – Salmo 35:1-8 – Proverbios 11:29-30

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El poder del amor de Dios

El poder del amor de Dios

Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. – Cantar de los Cantares 8:7

Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. – Juan 15:13

Dios manifestó en Jesús su poder de amor, el cual permanece intacto, incluso cuando los hombres lo rechazan. Nadie puede alterar el amor de Dios ni degradarlo. Este amor puede cambiar a los orgullosos en hombres humildes, a los ladrones en personas generosas, y a los hombres más disolutos en personas íntegras y puras.

Dios es Maestro y Señor, pero debemos reconocer su señorío a la luz de su actividad de amor en medio de los hombres: es Señor viviendo como Siervo. El Hijo de Dios vino a servir a favor del hombre. Vino a vivir cerca de nosotros, a morir por nosotros y a darnos la vida.

Dios es el Todopoderoso, sin embargo su poderío aparece a la luz de un amor que se entregó hasta la muerte, lleno de compasión por nuestros sufrimientos. Este amor condujo a Jesucristo a llevar él mismo el castigo por nuestros pecados.

Dios será el juez supremo de todos los hombres, pero reconocemos su justicia a la luz de su misericordia. En la cruz de Cristo, su justicia no nos condena, sino que nos hace justos. Cada uno de nosotros puede acercarse a Dios confiando en su amor.

Dios nos buscó y nos halló en Jesús. Él, que es Dios desde toda la eternidad, aceptó hacerse hombre y morir en la cruz para revelarnos al Dios de amor.

“El Señor se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3).

Ezequiel 14-15 – Hechos 21:17-36 – Salmo 34:15-22 – Proverbios 11:27-28

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