Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19

9 JULIO

Josué 11 | Salmo 144 | Jeremías 5 | Mateo 19

Hoy reflexionaremos brevemente sobre una serie de elementos relativos a la depravación en la que cayeron los ciudadanos de Judá (Jeremías 5):

(1) Dios reta a Jeremías a encontrar un solo hombre justo por las calles de Jerusalén (5:1), anticipando la búsqueda de Diógenes en el mundo griego. Una única persona hubiese sido suficiente, según Dios, para impedir el juicio sobre la ciudad. No obstante, es otra forma de decir lo deteriorada que estaba la vida moral de la ciudad, la extensión de su pecado y cómo habían dañado la insinceridad y la corrosión moral a los niños de la ciudad.

(2) En un principio, Jeremías piensa que los resultados negativos de su búsqueda quizás podían achacarse a la mala situación de las clases más bajas. Por supuesto, incluso los pobres debían conocer y guardar la ley de Dios, pero es compasivo hacerles alguna concesión. Así pues, el profeta se dispone a examinar a los sofisticados, los privilegiados, los elocuentes, y encuentra la misma podredumbre moral que en otras partes (5:4–5). Los pecadores inteligentes utilizan esta cualidad para pecar; los sofisticados elaboran complejas razones para creer que el pecado no lo es; los pecadores de la alta sociedad caen en un pecado acorde a su posición. “Ellos quebrantaron el yugo y rompieron las ataduras” (5:5).

(3) La postura común hacia Dios es que está ausente o es ineficaz (5:12); hacia los profetas auténticos, que son como cotorras (5:13). Por tanto, Dios llevará a cabo un juicio catastrófico para demostrar su poder y hablará al pueblo con las palabras de un lenguaje extranjero (5:14–17). Aman demasiado servir a dioses extraños en su propia tierra; de aquí en adelante, servirán a extranjeros en una tierra que no es suya (5:19).

(4) En general, el pueblo ha aprendido poco del sabio y providencial cuidado de Dios (5:24). Del mismo modo, tampoco lo han hecho de la época en la que el Señor los ha castigado privándolos de la cosecha (5:25). Tanto si es bondadoso como firme, tanto si es pacientemente generoso como inmediatamente justo, lo ignoran y se rebelan contra él. ¿Qué debe hacer? Tarde o temprano, ha de responder a la violencia, el engaño y la corrupción en forma de castigo (5:26–29).

(5) Puede haber esperanza para el pueblo de Dios cuando sus líderes lo llamen a volver a ser fiel e íntegro, o cuando Dios examine y derroque a los que lo gobiernan erróneamente. Pero ¿qué encontramos aquí aquí? “Los profetas profieren mentiras, los sacerdotes gobiernan a su antojo, ¡y mi pueblo tan campante! [cp. 2 Timoteo 3:1–7]. Pero, ¿qué vais a hacer vosotros cuando todo haya terminado? (5:31).

¿Cuántos de estos elementos siguen en juego en la actualidad?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 190). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 10 | Salmos 142–143 | Jeremías 4 | Mateo 18

8 JULIO

Josué 10 | Salmos 142–143 | Jeremías 4 | Mateo 18

La mayor parte de Jeremías 4 se dedica a describir la devastación que las hordas babilónicas del norte producirán (4:5–31). Gran parte de esta predicción sale de los propios labios de Jehová. Jeremías expresa en un pequeño interludio su propia desolación por lo que ocurrirá: “¡Qué angustia, qué angustia! ¡Me retuerzo de dolor! Mi corazón se agita. ¡Ay, corazón mío! ¡No puedo callarme! Puedo escuchar el toque de trompeta y el grito de guerra” (4:19). Por muy fielmente que transmita las palabras de Dios, por mucho que reconozca que los juicios del Señor son justos, Jeremías se identifica con la agonía que su pueblo soportará, una actitud parecida a la del Señor Jesús, que condena los pecados de su época, pero llora por la ciudad cuando contempla el juicio que llegará inevitablemente.

En los primeros cuatro versículos del capítulo, sin embargo, el Señor explica que aún no es demasiado tarde. De hecho, si Israel vuelve a él, no sólo se salvará, sino que reanudará su papel como vía de bendición para las naciones (cp. Génesis 12:3; Salmos 72:17). No obstante, ese retorno no debe ser una farsa, una simple muestra de arrepentimiento fingido. Israel tiene que abandonar sus ídolos. Debe jurar “con fidelidad, justicia y rectitud… ‘Por la vida del Señor’ ” (4:2). Este juramento tiene al menos dos facetas. La primera es que constituye, a todos los efectos, una renovación del pacto de Sinaí. Si no fuese verdadero y justo, no sólo sería falso, sino también blasfemo. La segunda faceta es que refleja la estipulación mosaica de que los juramentos de la nación deben hacerse en el nombre del Señor (Deuteronomio 10:20). Un pueblo inmerso en la idolatría juraría en el nombre de sus muchos dioses falsos. Si todos los israelitas lo hacen como marcaba la ley, sería porque sólo el Señor es supremo, el único Dios, el Ser más elevado por el que se puede jurar.

Dos imágenes más describen la autenticidad del arrepentimiento y la sinceridad de corazón que Dios exige: (a) “Abrid surcos en terrenos no labrados, y no sembréis entre espinos” (4:3). El pueblo no se muestra verdaderamente receptivo con el Señor y sus palabras. Esa dureza debe quebrantarse. No hay fruto si se siembra donde los espinos ahogan la vida de todo lo que merece la pena (cp. Marcos 4:1–20). (b) Dios quiere algo más que la circuncisión del prepucio, por muy profundamente simbólico que sea el acto. Él exige la circuncisión del corazón (4:4), que se corte lo que es malo, algo vigente también incluso en la época mosaica (Deuteronomio 10:16). Reflexionemos sobre las conclusiones de Pablo (Romanos 2:28–29).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 189). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

7 JULIO

Josué 9 | Salmos 140–141 | Jeremías 3 | Mateo 17

Cuando los autores humanos de la Biblia escribieron las Escrituras, lo más habitual era que hubiesen leído lo que ya se había escrito de las mismas y meditado en ello. Así pues, los primeros escritores del Nuevo Testamento leían constantemente lo que llamamos Antiguo Testamento, citándolo también y haciendo alusiones al mismo, mientras que los más tardíos recurrían al menos a algunos de los primeros libros de aquel (considérese 2 Pedro 3:15–16), algo que se daba de forma parecida en el Antiguo Testamento.

Es muy probable que Jeremías, un profeta del siglo VI a. C., hubiese leído la obra de Oseas, que vivió en el VIII a. C., y reflexionado en ella. El libro de Oseas desarrolla ampliamente la analogía entre Israel y una prostituta: la apostasía es una forma de prostitución espiritual. Esta historia terrible, pero reveladora, se puede entender de muchas maneras, principalmente a través del amor excepcionalmente fiel de Dios por su novia prostituida. Jeremías toma algunos elementos de este tema y los desarrolla (sobre todo en Jeremías 3).

El primer versículo alude a Deuteronomio 24:1–4, donde se establece que, si una mujer se divorcia y se casa con otro, no puede divorciarse del segundo para volver con el primero. Tristemente, el pueblo de Judá se había “prostituido con muchos amantes” (3:1) y ahora pretenden volver al Señor como si no hubiese problema. Creen que pueden entrar tranquilamente en la presencia del Señor y orar con nostalgia: “Padre mío, amigo de mi juventud, ¿vas a estar siempre enojado? ¿Guardarás rencor eternamente?”. Lo dicen como si acercarse a este Dios tremendamente ofendido se tratara de un asunto fácil, como si las consecuencias fuesen inevitables, como si las dificultades que se presentasen recayesen en Dios y su ira inflexible. Sin embargo, la perspectiva del Señor es bastante diferente. Él comenta tranquilamente: “Mientras hablabas, hacías todo el mal posible” (3:5). Pretender estar arrepentidos, las promesas de lealtad y las bonitas alusiones a una relación pasada no significan nada para Dios en comparación con la actitud presente. La palabrería religiosa esconde, con frecuencia, no solo una conducta impía, sino también en deseo secreto de hacer el mal (3:5), aunque la persona que actúa así está normalmente tan ciega que no puede catalogarlo como tal.

El reino norteño de Israel cayó en el adulterio espiritual y Dios le dio “carta de divorcio” (3:6–8), lo envió al exilio en 722 a. C., bajo el rey asirio Sargón II. Su hermano Judá no aprendió nada de este ejemplo: un siglo más tarde hizo lo mismo, pero incluso con menos excusa esta vez, después de ver lo que le había acontecido a Israel (3:9ss.).

¿Hasta qué punto el mundo evangélico contemporáneo está vendiendo el Evangelio, y no ha aprendido nada de la zozobra parecida por el confesionalismo protestante cien años atrás?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 188). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 8 | Salmo 139 | Jeremías 2 | Mateo 16

6 JULIO

Josué 8 | Salmo 139 | Jeremías 2 | Mateo 16

Pocos pasajes han suscitado más debate en la historia de la iglesia que la confesión de Pedro de que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente” y sus secuelas (Mateo 16:13–28). Haremos solo tres reflexiones:

(1) A juzgar por su respuesta, Jesús ve esta confesión como un avance significativo, logrado por la revelación del Padre (16:17). Sin embargo, eso no quiere decir que, antes de ese momento, Pedro no tuviese sospechas de que Jesús fuese el Mesías. Tampoco significa que entendiese el término “Mesías” en su sentido cristiano absoluto, relacionado con esta palabra tras la muerte y resurrección de Jesús. Parece claro que, en este punto, Pablo estaba preparado para aceptar a Jesús como Rey de Israel, el Ungido del linaje davídico, pero no sabía en absoluto que debía ser al mismo tiempo rey davídico y Siervo sufridor, como muestran los versículos siguientes. El entendimiento y la fe del apóstol estaban madurando, pero aún tenían muchas carencias. Parte de la llegada de Pedro a una fe cristiana total en estos asuntos dependió absolutamente de la siguiente cita histórica redentora importante: la cruz y la resurrección.

(2) El papado católicoromano ha tomado las palabras de Jesús “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (16:18) como su fundamento. Aunque leamos este pasaje de la forma más abierta posible, es difícil interpretar que diga algo acerca de la transmisión de una superioridad por parte de Pedro y aún menos sobre el desarrollo y mejora del papado hasta que se promulgó en 1870 la doctrina de la infalibilidad papal. Ofendidos por semejantes pretensiones extravagantes, muchos protestantes han ofrecido exégesis igualmente increíbles. Quizás Jesús dijo: “Tú eres Pedro” (apuntando hacia el apóstol), “y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (señalándose). O quizás la “roca” sobre la cual se construye la iglesia no sea Pedro, sino su confesión, algo que difícilmente explica el juego de palabras en griego: “Tú eres petros y sobre esta petra”.

(3) Es mejor considerar que Pedro posee cierta primacía, lo que se ha llamado “primacía de salvación histórica”. Él fue el primero en ver ciertas cosas, el líder que Dios bendijo en los primeros pasos de organización y evangelización después de la resurrección (como Hechos deja claro). Sin embargo, este liderazgo no sólo tenía relación con el papel único de Pedro en la historia redentora (tan único que no podía transmitirse), sino que la autoridad del Evangelio extendida a él (16:18–19), también se extiende a todos los apóstoles (18:18). Esto es lo que deberíamos esperar: en otros pasajes, se nos dice que la iglesia se ha edificado sobre el fundamento de profetas y apóstoles (Ef. 2:20, cursivas añadidas). Tal como lo expresa la antigua fórmula, Pedro era primus inter pares, primero entre iguales.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 187). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 7 | Salmos 137–138 | Jeremías 1 | Mateo 15

5 JULIO

Josué 7 | Salmos 137–138 | Jeremías 1 | Mateo 15

Jeremías vivió en una época de peligros y declive. Llamado a ser profeta en el decimotercer año del reinado del rey Josías, el último monarca reformador de Judá (alrededor de 627 a.C.), sirvió durante más de cuarenta años. La caída de Jerusalén tuvo lugar en 587 (cuarenta años después del llamamiento de Jeremías) y el profeta continuó su ministerio durante un tiempo. Dicho ministerio parecía condenado a ser improductivo. Sin embargo, Dios le había llamado a hablar la verdad acerca de la nación y del juicio inminente, independientemente de si sus palabras eran bien recibidas o no. Se observa cómo su madurez y determinación van creciendo conforme van pasando sus años de ministerio.

El llamamiento de Jeremías ocupa el primer capítulo (Jeremías 1). Destacamos algunos elementos importantes:

(1) Dios no sólo había comisionado a Jeremías, sino que lo había escogido incluso antes de que naciese (1:5). En las horas de más oscura oposición y trato brutal, esa realidad demostró ser inmensamente tranquilizadora para Jeremías.

(2) Claramente, Jeremías era muy joven cuando Dios lo llamó a su primera comisión. Se quejó diciendo que era demasiado joven, un niño. Sin embargo, el Señor no aceptaría la excusa. Él mismo pondría las palabras en la boca de Jeremías y lo haría una voz profética, no solo sobre Judá sino también sobre las naciones vecinas (1:7–10).

(3) Dos viñetas visionarias clarifican el llamamiento de Jeremías. La primera es una rama de almendro. La palabra hebrea suena de forma muy parecida a otra que significa “vigilar”. Esa rama era la primera que germinaba en primavera, señalando así la llegada de la primavera; en ese doble sentido, la palabra de Dios apunta a su propio cumplimiento, que se producirá inevitablemente. De ahí que se inste al profeta a comunicarla con la total confianza de que lo que el Señor dice es verdad, y de que todo lo que prediga tendrá lugar (1:11–12): Dios lo vigila todo. El segundo elemento visionario es una olla que hierve y se vierte desde el norte, una forma gráfica de indicar que el caldero hirviendo del juicio, el que Babilonia infligirá a la pequeña nación (1:13–16), se derramará sobre Judá desde el norte.

(4) Sobre todo, Dios dice a Jeremías que no tema, una palabra común a los siervos de Dios (p. ej., Abraham, Génesis 15:1; Moisés, Números 21:34 y Deuteronomio 3:2; Daniel, Daniel 10:12, 19; María, Lucas 1:30; Pablo, Hechos 27:24). Dios no esconde las dificultades: Jeremías se enfrentará a mucha oposición y en ocasiones se quedará solo “contra todo el país” (1:18), pero “no te podrán vencer”, dice el Señor, “porque yo estoy contigo para librarte” (1:19). Únicamente estas promesas pueden alimentar una valentía titánica en el profeta.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 186). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 6 | Salmos 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

4 JULIO

Josué 6 | Salmos 135–136 | Isaías 66 | Mateo 14

Aunque Isaías 66 termina con una nota de firmeza y esperanza (66:18–24), entremezclada con un tema abiertamente misionero (66:19), el comienzo del capítulo contiene una advertencia más (Isaías 66:1–6), la cual centra aquí nuestra atención.

El texto vislumbra la época en que se reconstruirá el templo de Jerusalén. En todo momento, Isaías ha predicho que Jerusalén sería destruida y con ella, implícitamente, el templo. También profetizó que un remanente volvería a la ciudad y comenzaría a reconstruirla. No obstante, no deben olvidar nunca que Dios no puede reducirse a las dimensiones de un templo: “El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me podéis construir? ¿Qué morada me podéis ofrecer? Fue mi mano la que hizo estas cosas; fue así como llegaron a existir” (66:1–2). Salomón comprendió esta idea cuando dirigió a Israel en oración en la dedicación del primer templo (1 Reyes 8:27). Sin embargo, es una lección que se olvidó pronto, pues las sucesivas generaciones cayeron en un “eclesiasticismo” religioso. De alguna forma piensan que son buenos porque cumplen con los actos religiosos ordenados, pero Dios declara que ofrecer un animal prescrito en el nuevo templo cuando el corazón se encuentra lejos del Señor no es mejor que hacerlo con un animal inmundo. De hecho, puede ser tan repulsivo para el Señor como sacrificar a un ser humano, porque todo el ejercicio resulta increíblemente desafiante para Dios (66:3). Estas personas religiosas acaban finalmente persiguiendo a aquellos que quieren obedecer la palabra de Dios (66:5). Una vez más, el Señor amenaza con un juicio total (66:4, 6).

¿Qué buscará entonces el Señor entre el remanente que vuelve del exilio? Él dice: “Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra” (66:2). Pocos versículos después, el profeta se dirige directamente a los fieles como “vosotros que tembláis ante su palabra” (66:5). Se los compara con aquellos que no contestan ni escuchan cuando el Señor llama y habla (66:4). Nada de esto es nuevo. Una de las lecciones que los israelitas debían aprender a lo largo de sus años vagando por el desierto era que “no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del SEÑOR” (Deuteronomio 8:3). Esta idea es de capital importancia. No tanto escuchar atentamente cada palabra que Dios ha hablado, sino hacerlo con humildad, contrición y temor (66:2). Lo que siempre ha distinguido lo verdadero de lo falso en medio del pueblo de Dios, lo bendito de lo maldito, es la fidelidad o deslealtad a su Palabra.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 185). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

3 JULIO

Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

Isaías ha orado: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras!” (64:1). Ahora (Isaías 65), Dios responde con dos perspectivas complementarias.

En primer lugar, el Señor dice que no es tan distante como Isaías cree. A lo largo de la convulsa historia de Israel, él se reveló a las personas una y otra vez (65:1). Siguió haciéndolo, por medio de una larga serie de profetas, a personas que no preguntaron por él, a aquellos que no lo buscaban, a una nación que no clamaba a su nombre. No paraba de decir: “¡Aquí estoy!” (65:1), pero ellos demostraron ser un pueblo obstinado, que andaba “por mal camino, siguiendo sus propias ideas” (65:2). No hay duda de que el profeta quiere que Dios esté cerca, pero ellos, con su rebelión persistente en todos los ámbitos, están diciendo realmente: “¡Mantente alejado! ¡No te acerques a mí! ¡Soy demasiado sagrado para ti!” (65:5). Esta costumbre de pensar que se es mejor que Dios sigue vigente actualmente. Estamos tan interesados en la “espiritualidad” y tan comprometidos con exonerarnos en todo, que no podemos permitirnos someternos a lo que Dios dice, pues lo consideramos poco razonable; somos más sabios y mejores que él, más sagrados. Esto es lo que hay detrás de este juicio (65:6–7).

En segundo lugar, a pesar de la amenaza de juicio, Dios tiene un plan totalmente distinto para el remanente escogido que busca su rostro en contrición y fe. Él les promete mucho más que una Sion terrenal más segura. Tiene preparado para ellos nada menos que “un cielo nuevo y una tierra nueva” (65:17). Eso es lo que significa “Jerusalén” en definitiva (65:18–19); como en Apocalipsis 21, Jerusalén no es tanto un elemento fundamental en los nuevos cielos y la nueva tierra, como otra manera de conceptualizar la misma realidad. La visión es espectacular (65:17–25), semejante a lo que se predijo anteriormente (2:2–5; 11:1–16). Sin embargo, no es para todo el mundo sin excepción. Este capítulo distingue de forma muy clara entre, por un lado, los escogidos de Dios (65:22), el pueblo bendito del Señor (65:23), aquellos que lo buscan (65:10), sus siervos (65:9), y, por el otro, los descritos en los siete primeros versículos, que se distraen con nociones de magia, que juegan con sus dioses de la Fortuna y el Destino (65:11). La cuestión principal es que no contestaron cuando Dios preguntó, no escucharon cuando él habló. “Hicisteis lo malo ante mis ojos y optasteis por lo que no me agrada” (65:12). Esta distinción aparece muy claramente en 65:13–16. “Mis siervos”, dice Dios, experimentarán bendiciones inimaginables, pero el “vosotros” a quien se dirige se enfrentará a un abandono y una reprobación totales.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 184). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 4 | Salmos 129–131 | Isaías 64 | Mateo 12

2 JULIO

Josué 4 | Salmos 129–131 | Isaías 64 | Mateo 12

En un capítulo anterior, Isaías escribió: “Vosotros, los que invocáis al Señor, no os deis descanso; ni tampoco lo dejéis descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (Isaías 62:6–7). Ahora, el profeta sigue su propio consejo. Isaías 64 (de forma más exacta, 63:7–64:12) recoge una de las grandes oraciones intercesoras de las Escrituras.

La primera parte de la oración (63:7–19) comienza con una afirmación de la bondad de Dios, manifestada especialmente en el rescate de Israel en la época de Moisés. Isaías no suaviza el problema: el pueblo se rebeló tan gravemente que Dios mismo pasó a ser su enemigo (63:10). No obstante, ¿a quién podía dirigirse el profeta? Apela a su “compasión y ternura” (63:15), a su fidelidad al pacto como Padre y Redentor de su pueblo (aunque Abraham y Jacob pudiesen querer renegar del mismo, 63:16).

Sin embargo, en el capítulo 64, el profeta pronuncia una de las súplicas más desgarradoras que podemos encontrar en las Santas Escrituras: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras! ¡Las montañas temblarían ante ti!” (64:1). Esta es nuestra única esperanza: no podemos salvarnos a nosotros mismos. Nuestras decisiones, nuestros trucos y nuestra religión no bastarán. El propio Dios debe rasgar los cielos y bajar. Isaías no está negando la omnipresencia del Señor; más bien, está diciendo que debe intervenir activamente a favor nuestro para salvarnos, demostrando una vez más su poder, o estaremos perdidos.

No debemos pasar por alto otros tres elementos de la intercesión del profeta. Primero, nadie reconoce más claramente que Isaías que el Dios al que apela es también el Juez al que hemos ofendido. “Pero te enojas si persistimos en desviarnos de ellos. ¿Cómo podremos ser salvos? (64:5), pregunta. Esta es la raíz del problema, y la esperanza. Segundo, Isaías no sólo comprende que el pecado nos aparta de Dios, sino que también se identifica completamente con su pueblo pecador: “Todos somos como gente impura; todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia” (64:6). Los mayores intercesores han reconocido siempre que muchas cosas los relacionan con el común de los pecadores en lugar de diferenciarlos de ellos. En cualquier caso, no dudemos en suplicar a Dios por aquellos que no lo harán por sí mismos. Tercero, Isaías comprende totalmente que si Dios nos rescata, debe hacerlo a partir de la gracia, de la misericordia, de la compasión, no porque tengamos nada que reclamarle. Eso explica el tono conmovedor de 64:8–12.

¿Cuándo hemos orado por última vez con ese entendimiento y esa pasión?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 183). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 3 | Salmos 126–128 | Isaías 63 | Mateo 11

1 JULIO

Josué 3 | Salmos 126–128 | Isaías 63 | Mateo 11

No deberíamos pasar por alto lo que es obvio: en este pasaje (Mateo 11:2–19), Juan el Bautista está desanimado.

La causa es que Jesús no cumple sus expectativas. Juan ha anunciado a alguien que no sólo bautizaría a las personas con el Espíritu Santo (3:11), sino que vendría con un juicio severo, separando el trigo de la paja y quemando esta (3:12). Sin embargo, aquí está Jesús, predicando ante inmensas multitudes, preparando a sus propios discípulos, haciendo milagros, sin juzgar a los impíos. Juan el Bautista languidece en la cárcel por haber denunciado ferozmente el matrimonio ilícito de Herodes. ¿Por qué no lo ha hecho Jesús, ni lo ha juzgado utilizando su asombroso poder?

Jesús contesta (Mateo 11:4–6) describiendo su ministerio desde la perspectiva de dos pasajes fundamentales de Isaías, 35:5–6 y 61:1–2. Sin embargo, Juan el Bautista seguramente conocía muy bien el libro de Isaías. En otros pasajes, él mismo lo cita (3:3, que alude a Isaías 40:3). Así pues, si Jesús va a referirse a estos pasajes (bien podría preguntarse Juan), ¿por qué no menciona también el tema del juicio en los mismos contextos? Después de todo, Isaías 35:4–6 no sólo menciona a los cojos saltando, por ejemplo, sino también la “retribución divina”. Isaías 61 habla de predicar las buenas nuevas a los pobres, pero también anuncia “el día de la venganza de nuestro Dios” (Isaías 61:2; véase la meditación del 29 de junio). ¿Por qué menciona Jesús las bendiciones y no el juicio?

Es como si el Señor estuviese diciendo: “Juan, mira atentamente: las bendiciones prometidas del reino están llegando. Lo que yo hago cumple las Escrituras con exactitud. Si el juicio aún no ha comenzado, lo hará, en su momento. Ahora mismo, céntrate en el bien que se está haciendo y deja que este confirme que soy quien digo ser”.

Jesús da tres pasos más para defender a Juan, de los cuales nos detendremos brevemente en dos. (a) Advierte a los que estaban escuchando su conversación que no supongan ni por un momento que Juan sea una persona voluble, que los vientos de las circunstancias difíciles tambalean y menos aún alguien interesado en velar por sus propios intereses (11:7–8). Todo lo contrario: (b) su papel en la historia redentora es ser aquel que anuncia la venida del Soberano, destacándolo, en cumplimiento de una profecía de Malaquías (11:10). Este hecho hace de Juan el mayor hombre nacido de mujer hasta ese momento, más que Abraham, David o Isaías, porque realmente anuncia a Cristo y lo señala de forma explícita. Por esta razón, el más pequeño del reino de los cielos, a este lado de la cruz, sigue siendo más grande (11:11): usted y yo mostramos quién es el Mesías con aún más inmediatez y claridad. Ahí reside nuestra grandeza.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 182). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

30 JUNIO

Josué 2 | Salmos 123–125 | Isaías 62 | Mateo 10

Gran parte de la poesía de Isaías 62 trata de las circunstancias de la Sion terrenal. Sin embargo, el lenguaje es muy elevado y las promesas son de gran alcance. Parece claro que se está hablando de algo más que de la restauración de la Jerusalén física después del exilio.
Al final del capítulo 61, Isaías se deleita en el triunfo del Siervo-Mesías que transforma al pueblo de Dios. Allí quien habla es aún el profeta. Después, gradualmente, es el Señor soberano quien lo va haciendo. Al principio, Isaías dice que, a la luz de las gloriosas promesas para Sion, no guardará silencio hasta que la paz y la gloria de esta se establezcan. Esto quiere decir que el profeta hará algo más que continuar con su fiel proclamación. Además de su tarea de vigilancia, los “centinelas” apostados sobre los muros de Jerusalén (62:6) deben advertir del juicio que viene sobre los que no se arrepientan o caigan despreocupadamente en el pecado (cp. Ezequiel 33). No obstante, si hay una proclamación horizontal, es decir, predicar a las personas, también hay una intercesión vertical: “Vosotros, los que invocáis al Señor, no os deis descanso; ni tampoco lo dejéis descansar, hasta que establezca a Jerusalén y la convierta en la alabanza de la tierra” (62:6–7). Del mismo modo que Daniel intercedía ante Dios a la luz de las promesas que este había hecho (Daniel 9), Isaías quiere que hombres y mujeres fieles oren a él y no le den descanso hasta que todas sus gloriosas promesas acerca de Sion se cumplan. Aquí, pues, tenemos un llamamiento a la intercesión ferviente y persistente: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10).
Esta Sion recibirá “un nombre nuevo” (62:2, 12); tendrá una nueva identidad. Ya no se la llamará “Abandonada” y “Desolada”, sino “Mi deleite” y “Mi esposa” (62:4), adoptando la gran tipología que encontramos con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento: el Señor soberano es el esposo; el pueblo del pacto, representado aquí por Sion, es la novia (cf. 62:5). El versículo 12 da a conocer más nombres: “Pueblo santo”, los “redimidos del SEÑOR” (que nos recuerda otra vez cómo han sido transformados), “Ciudad anhelada”, Ciudad nunca abandonada”. Estos nombres definen algo mucho más elevado que la Jerusalén física o terrenal después del exilio. Se trata del propio pueblo del pacto, que levanta una bandera “sobre los pueblos” (62:10). Constituye un adelanto de la “Jerusalén celestial” (Gálatas 4:26–27, donde se cita a Isaías), del “monte Sion”, la “Jerusalén celestial, la ciudad del Dios viviente” (Hebreos 12:22), de “la ciudad santa, la nueva Jerusalén”, “preparada como una novia hermosamente vestida para su novio” (Apocalipsis 21:2).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 181). Barcelona: Publicaciones Andamio.