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Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

3 JULIO

Josué 5 | Salmos 132–134 | Isaías 65 | Mateo 13

Isaías ha orado: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras!” (64:1). Ahora (Isaías 65), Dios responde con dos perspectivas complementarias.

En primer lugar, el Señor dice que no es tan distante como Isaías cree. A lo largo de la convulsa historia de Israel, él se reveló a las personas una y otra vez (65:1). Siguió haciéndolo, por medio de una larga serie de profetas, a personas que no preguntaron por él, a aquellos que no lo buscaban, a una nación que no clamaba a su nombre. No paraba de decir: “¡Aquí estoy!” (65:1), pero ellos demostraron ser un pueblo obstinado, que andaba “por mal camino, siguiendo sus propias ideas” (65:2). No hay duda de que el profeta quiere que Dios esté cerca, pero ellos, con su rebelión persistente en todos los ámbitos, están diciendo realmente: “¡Mantente alejado! ¡No te acerques a mí! ¡Soy demasiado sagrado para ti!” (65:5). Esta costumbre de pensar que se es mejor que Dios sigue vigente actualmente. Estamos tan interesados en la “espiritualidad” y tan comprometidos con exonerarnos en todo, que no podemos permitirnos someternos a lo que Dios dice, pues lo consideramos poco razonable; somos más sabios y mejores que él, más sagrados. Esto es lo que hay detrás de este juicio (65:6–7).

En segundo lugar, a pesar de la amenaza de juicio, Dios tiene un plan totalmente distinto para el remanente escogido que busca su rostro en contrición y fe. Él les promete mucho más que una Sion terrenal más segura. Tiene preparado para ellos nada menos que “un cielo nuevo y una tierra nueva” (65:17). Eso es lo que significa “Jerusalén” en definitiva (65:18–19); como en Apocalipsis 21, Jerusalén no es tanto un elemento fundamental en los nuevos cielos y la nueva tierra, como otra manera de conceptualizar la misma realidad. La visión es espectacular (65:17–25), semejante a lo que se predijo anteriormente (2:2–5; 11:1–16). Sin embargo, no es para todo el mundo sin excepción. Este capítulo distingue de forma muy clara entre, por un lado, los escogidos de Dios (65:22), el pueblo bendito del Señor (65:23), aquellos que lo buscan (65:10), sus siervos (65:9), y, por el otro, los descritos en los siete primeros versículos, que se distraen con nociones de magia, que juegan con sus dioses de la Fortuna y el Destino (65:11). La cuestión principal es que no contestaron cuando Dios preguntó, no escucharon cuando él habló. “Hicisteis lo malo ante mis ojos y optasteis por lo que no me agrada” (65:12). Esta distinción aparece muy claramente en 65:13–16. “Mis siervos”, dice Dios, experimentarán bendiciones inimaginables, pero el “vosotros” a quien se dirige se enfrentará a un abandono y una reprobación totales.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 184). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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