¿Qué significa para los cristianos ser “más que vencedores”?

18 AGOSTO

1 Samuel 10 | Romanos 8 | Jeremías 47 | Salmos 23–24

¿Qué significa para los cristianos ser “más que vencedores”? (Romanos 8:37) Una cantidad considerable de personas lo entienden como un grupo especial de cristianos ilustres que viven como si nada les afectara, poderosos al combatir la tentación, victoriosos en sus vidas de oración, fructíferos en su testimonio, maduros y fieles en sus relaciones. Pero el texto no dice nada de eso.

Primero, cuando el apóstol afirma que “somos”, se refiere a todos los cristianos. Dios ha conocido de antemano a todos los cristianos y “los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo”; los llamó, los justificó y los glorificó (8:29–30). El pueblo al que se refiere no son una élite de entre los elegidos; son los cristianos ordinarios, todos los cristianos genuinos.

Segundo, la evidencia de que son “más que vencedores” es que perseveran a pesar de toda oposición. Esta podría tomar la forma de la horrible persecución que describe la Escritura (8:35–38). Puede ser otro tipo de dificultad, incluso el hambre misma. Las glorias de la vida no acabarán por seducirlos; los terrores de la muerte no los desviará por completo; ni las presiones del presente ni las frustraciones del futuro los destruirán (8:38). Ni poderes humanos ni ninguna otra cosa en toda la creación, ni siquiera todos los poderes del infierno desencadenados, nos podrán “separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (8:39).

Tercero, esa última oración lo deja claro: los cristianos no pueden ser separados del “amor de Cristo” (8:35) o el amor de Dios en Cristo (8:39). En cierto aspecto, por supuesto, esto es simplemente decir que ningún poder puede evitar que los cristianos sean cristianos. Por esto somos “más que vencedores”. Pero ese asunto se podía presentar de muchas maneras. Elegir esta forma, con el énfasis en el amor de Cristo como aquello de lo cual no podemos separarnos, nos recuerda la absoluta gloria y el placer que es nuestro, tanto ahora como en la eternidad, por estar en ese tipo de relación. No meramente somos absueltos; somos amados. No somos amados por uno igual a nosotros, sino por Dios mismo. Esto tampoco se refiere al amor general que Dios le tiene a toda su creación. Lo que aquí está en juego es ese amor especial que se aferra a todos “los que han sido llamados de acuerdo con su propósito” (8:28).

Cuarto, la garantía de prevalecer, perseverar y mostrar ser “más que vencedores” en este sentido no es más que los propósitos soberanos de Dios (8:29–30), manifestados en la muerte de su Hijo por nosotros (8:31–35). “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?” (8:32). No es posible imaginar una seguridad mayor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 230). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El inestable carácter de Saúl

17 AGOSTO

1 Samuel 9 | Romanos 7 | Jeremías 46 | Salmo 22

De vez en cuando, aparece alguien que muestra un potencial excepcional desde su juventud y luego cumple con las expectativas que eso genera. Pero esa no parece ser la norma. ¿Quién hubiera pensado que un desconocido pintor de Viena se convertiría en el coloso monstruoso que el mundo conoció como Adolfo Hitler? ¿Quién hubiera pensado que un mercero fracasado de Missouri, sin educación universitaria, sería el sucesor de Roosevelt, quien soltó la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, despidió al general Douglas MacArthur y ordenó la integración racial de las fuerzas armadas?

Considera a Saúl (1 Samuel 9). Era benjamita; es decir, de la pequeña tribu que había perdido personas y prestigio en los horribles eventos de Jueces 19–21 (ver meditaciones del 5 al 7 de agosto). Ni siquiera era de un clan principal dentro de esa tribu (9:21). Físicamente, era un joven robusto que trabajaba en el campo en las tareas que su padre le asignaba, sin pretensiones (que sepamos) de gloria ni de poder. De hecho, en el siguiente capítulo la gente tiene que convencerle para que salga de su escondite entre el equipaje y acepte la aclamación que el pueblo quería darle.

Aún no es el momento de detallar todo lo que salió mal—algunas de esas cosas las mencionaré en meditaciones más adelante. Pero cualquiera que tenga al menos un mínimo conocimiento de las Escrituras sabe cuán inestable resultó ser el carácter de Saúl y lo trágico de su fin. ¿Qué debemos aprender?

(1) Si nos encontramos en una curva ascendente muy prometedora, debemos proponernos perseverar en las pequeñas marcas de fidelidad y humildad. Un buen inicio no garantiza un buen final.

(2) Si tenemos la responsabilidad de contratar personas, ya sean pastores y otros líderes cristianos o ejecutivos para una corporación, aunque algunos tenemos una visión a largo plazo y hay quienes son más sabios que otros, todos cometemos errores. La sencilla razón es que, aparte de todas las malas decisiones que podamos tomar, una buena se puede convertir en mala (y viceversa) porque la gente cambia.

(3) Podemos concluir que cada organización, sobre todo la iglesia local, necesita algún tipo de mecanismo para deponer de manera piadosa a los líderes que resulten ser malvados o terriblemente inadecuados. Eso no era posible en el Israel antiguo, en relación al rey. En cuanto al liderato del Nuevo Testamento, no sólo se permite, sino que se ordena.

(4) Sólo Dios sabe el final desde el principio. Después de que hayamos ejercitado nuestro mejor juicio, nada es más importante que entregarnos a Dios, buscar agradarle, intentar conformar nuestros juicios a lo que él ha revelado de sí mismo en su Palabra y confiar de manera absoluta en el Único que conoce el final desde el principio.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 229). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios no sólo entiende sus peticiones, sino que percibe y evalúa sus motivaciones.

16 AGOSTO

1 Samuel 7–8 | Romanos 6 | Jeremías 44 | Salmos 20–21

Por qué la gente pide algo, es al menos tan importante como qué piden.

Esto es muy cierto en numerosas áreas de la vida. Conozco a un ejecutivo en una corporación mediana que convenció a sus jefes para que establecieran un nuevo comité. La razón que dio fue que era necesario para supervisar algunos nuevos desarrollos. Lo que no les dijo fue su verdadero motivo: al cabo de un tiempo, podría usar este comité para eludir a otro comité ya existente que estaba cuestionándole algunos de sus proyectos y se los había retenido. Él vio al nuevo comité como un truco gerencial para evitar que le controlaran y así ascender más rápidamente. Lo que se pudo haber planteado como un mecanismo astuto para darle la vuelta a un obstáculo innecesario en la estructura de la compañía (si les hubiera explicado a sus jefes lo que estaba haciendo) se presentó en términos muy diferentes, porque él no podía decirles honestamente lo que pensaba hacer— sabía que ellos pensaban que el comité establecido estaba realizando un buen trabajo. De ahí el engaño.

No hace falta buscar muy lejos. ¿Cuántas de nuestras propias peticiones—en el hogar, la iglesia, el trabajo o en nuestras oraciones—enmascaran motivos interesados y egoístas?

Este era el problema de Israel al pedir un rey (1 Samuel 8). El problema no era la petición en sí misma. Después de todo, Dios les daría la dinastía davídica. Moisés había previsto la época en que habría un rey (Deuteronomio 17). El problema era la motivación. Vieron sus altibajos recientes con los cananeos a su alrededor y no percibieron muchas de sus propias faltas e infidelidades. No querían fiarse de la palabra de Dios presentada a través de profetas y jueces ni aprender verdaderamente a obedecer esa palabra. Supusieron que sólo por tener un rey obtendrían estabilidad política. Querían ser como las demás naciones (!), con un rey que les dirigiera en sus escaramuzas militares (8:19–20).

Dios no sólo entiende sus peticiones, sino que percibe y evalúa sus motivaciones. En esta ocasión, sabe que el pueblo no está meramente soltando sus lazos con un profeta como Samuel, sino que se están alejando de Dios (8:7–8). El resultado fue horrendo: recibieron lo que pidieron, acompañado de una terrible gama de nuevos males que no habían adelantado.

Ese, por supuesto, es el error fatal de los planes maquiavélicos. Puede que obtengan algunas ventajas a corto plazo, pero Dios está en su trono. La verdad eventualmente saldrá a la luz, ya sea en esta vida o en la próxima, y además, puede que paguemos un precio terrible, en nuestra familia y cultura, por consecuencias inesperadas administradas por un Dios que ama la integridad de motivaciones.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 228). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén!

15 AGOSTO

1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

A Dios nunca le hace gracia que se le trate con desdén, ni que ignoren o desafíen sus instrucciones explícitas. Porque, en esos casos, él no sería Dios.

Dios es muy capaz de defenderse. En 1 Samuel 5–6, el relato que se va desarrollando logra ser tan comedido precisamente porque para el lector es tan evidente como para los filisteos, que Dios mismo está detrás de las enfermedades trágicas y las muertes que estaban sufriendo. Las sorpresas comenzaron con la caída de su dios pez, Dagón. Pronto propagó una plaga de ratas, una epidemia de tumores, el aumento en muertes—y no sólo en la ciudad de Asdod, a donde se llevó originalmente el arca del pacto, sino a otras ciudades a las cuales se transportaba—Gat y Ecrón. Se desató el pánico.

Si bien, todos los fenómenos que experimentaron los filisteos pudieron haber sido naturales, ellos no lo pensaron así, por supuesto; pero aún así, era difícil estar seguros Así que los sacerdotes filisteos inventaron una prueba tan en contra de la naturaleza, que si funcionaba, el pueblo quedaría convencido de que lo que estaban sufriendo provenía de la mano del “Dios de Israel” (6:5, 7–9). Separaron a las vacas de sus becerros y siguieron al lado del carro hasta Bet-Semes, en el lado de Israel: Dios mismo le sigue el juego a sus supersticiones y temores.

Mientras los israelitas se regocijaban por el regreso del arca del pacto, Dios atacó a algunos de los hombres de Bet-Semes e hizo morir a setenta de ellos por haber mirado dentro del arca del Señor (6:19). No hay razón para pensar que esto sucedió instantáneamente. Si uno hubiera echado un vistazo dentro del arca y hubiera caído muerto al instante, los demás no hubieran tenido tantas ganas de hacerlo. No se nos insinúa que una luz consumidora y cegadora surgió de la caja abierta y derritió la piel de la gente, como si fuera una película de Indiana Jones. Más bien, setenta hombres de Bet-semes miraron dentro del arca (lo cual, desde luego, estaba prohibido so pena de muerte) y seguramente vieron lo que había allí: las tablas de piedra (aparentemente, habían desaparecido la vasija de maná viejo y la vara de Aarón que había florecido, tal vez sacados por los filisteos). Luego comenzaron las muertes, todas prematuras, por el medio que fuera, y el único elemento común era que ocurrieron entre los hombres que habían mirado dentro del arca. “El Señor es un Dios santo. ¿Quién podrá presentarse ante él?” preguntó el pueblo (6:20). Esto lo dijeron sin intención de aprender el camino de la santidad, sino para deshacerse del arca, justamente el mismo patrón que se siguió en las ciudades paganas.

Dios no aceptará que se le trate con desprecio, ni permitirá que su pueblo del pacto ignore sus palabras para siempre.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 227). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una imagen pervertida de Dios.

14 AGOSTO

1 Samuel 4 | Romanos 4 | Jeremías 42 | Salmo 18

Cuando la gente conoce poco sobre el Dios que en efecto se ha revelado a sí mismo, es muy fácil que se desvíen hacia una imagen pervertida de ese Dios, hasta el punto que la visión que tienen de él no se parece en nada a la realidad.

Podemos entender la ignorancia de los filisteos (1 Samuel 4). En su mundo politeísta, lleno de ídolos que proveían una representación concreta de sus dioses, la llegada del arca del pacto al campamento israelita se vio como si fuera del mismo dios de Israel (4:6–7). Pero este Dios, aunque si había demostrado ser lo suficientemente poderoso como para vencer a los egipcios en su momento, sigue siendo un dios más: finito, limitado y local. De manera que los filisteos, al tener que elegir entre rendirse por temor y desafiarlo con valentía, optaron por esta última y vencen. Implícito en esta victoria hay un supuesto y un resultado: el supuesto era que Dios ya no estaba llenando los corazones cananeos con el terror de los israelitas que había acompañado a las primeras victorias de Israel (y esto significa juicio para los israelitas); el resultado es que ahora los filisteos tendrán una imagen aún más reducida de Dios. Conociendo al Dios de la Biblia, podemos estar seguros de que esta situación no durará mucho; Dios actuará para defender su propia gloria.

La ignorancia de Dios por parte de los israelitas es totalmente inexcusable, pero es parte del horrendo declive del final de la época de los jueces. Están siendo aplastados por los filisteos. Su razonamiento teológico era tan malo, que se creen que pueden alterar la suerte en la guerra al traer el arca del pacto al campamento militar, como si fuera un amuleto gigantesco. El escritor nos sugiere cuán terriblemente osada era la noción: traen “el arca del pacto del Señor Todopoderoso, que reina entre los querubines” (4:4). Tristemente, los sacerdotes Ofni y Finés, hijos de Elí, son cómplices en estos apaños. ¿Es tan fácil manipular el favor de Dios? ¿Le importa a él la ubicación de una caja tanto como la conducta e (in)fidelidad de las criaturas que llevan su imagen, de su comunidad del pacto? ¿Qué clase de imagen domesticada y reducida de Dios tendrían los líderes de Israel en esta coyuntura, para proferir tamaña sandez?

Ayer recibí por correo una carta de uno de los predicadores televisivos más famosos en Estados Unidos, que me invitaba a enviarle dinero, y a cambio, me ofrecía un adorno para el árbol de Navidad, en forma de un “ángel” con una trompeta, para recordarme que Dios le había ordenado al ángel que me cuidaba que hiciera sonar la trompeta para felicitarme. ¿Qué clase de imagen domesticada y reducida de Dios tienen estos líderes, para que profieran tal idiotez?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 226). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”

13 AGOSTO

1 Samuel 3 | Romanos 3 | Jeremías 41 | Salmo 17

El Señor no llama a todos sus profetas de la misma manera, ni en la misma etapa de su vida. A Amós lo llamó cuando era pastor en Tecoa. A Eliseo lo llamó Elías para servir como aprendiz. Pero a Samuel lo llamó desde antes de ser concebido.

La experiencia consciente de Samuel del llamado de Dios (1 Samuel 3) ocurrió cuando era un muchacho—seguramente no era un niño, como algunas imágenes más románticas lo han pintado, pues sabía lo suficiente como para entender lo que el Señor le dijo, preocuparse por ello y titubear antes de repetírselo a Elí. Pero no era muy mayor, pues todavía era un “joven” (3:1).

La historia es tan conocida que no hace falta repetirla, pero algunas observaciones nos podrían ayudar a enfocar algunos asuntos:

(1) La voz que le llega a Samuel es una voz verdadera, que habla hebreo, un idioma real. No es una “sensación” subjetiva de ser llamado. En la Biblia, ocurren llamados auténticos, visiones reales, revelaciones verdaderas, pero en la época de Samuel, no “eran frecuentes” (3:1). Ciertamente, hasta este momento, Samuel nunca había tenido una experiencia así; él “todavía no conocía al Señor, ni su palabra se le había revelado” (3:7).

(2) Elí es una figura triste. En su propia vida, es una persona íntegra, a pesar de que es un desastre con su familia. Su vasta experiencia le permite saber lo que está sucediendo cuando el Señor llama a Samuel por tercera vez, y logra guiar al joven hacia una respuesta adecuada: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (3:9).

(3) La sustancia de la revelación que se le da a Samuel en esta ocasión incluye una dificultad inminente tan chocante que “a todo el que lo oiga le quedará retumbando en los oídos” (3:11). En esta tragedia, está incluida la destrucción de la familia de Elí, conforme a lo que el Señor ya le había dicho a este: Dios iba a juzgar a su familia para siempre porque “él sabía que [sus hijos] estaban blasfemando contra Dios y, sin embargo, no los refrenó” (3:13). Esta negligencia siempre es malvada, por supuesto, pero es particularmente maligna en los líderes religiosos que ascienden a sus hijos a posiciones en las que usan su poder para abusar de la gente y tratan a Dios mismo con desdén (2:12–25).

(4) Cuando Elí logra que Samuel le cuente todo lo que el Señor le dijo, su propia respuesta, si bien conserva una evidencia de confianza, revela su irresponsabilidad: “Él es el Señor; que haga lo que mejor le parezca” (3:18). ¿Por qué no se arrepiente inmediatamente, toma acción decisiva en contra de sus hijos, ejercita la disciplina que le correspondía como sacerdote y le pide al Señor misericordia?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 225). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Todos están bajo el pecado

12 AGOSTO

1 Samuel 2 | Romanos 2 | Jeremías 40 | Salmos 15–16

Si Romanos 1 condena a toda la raza humana, Romanos 2 se centra específicamente en los judíos. Tienen enormes ventajas, ya que recibieron la Ley: la revelación de Dios a través de Moisés en el Sinaí. Pero aquí también, Pablo declara que, todos están condenados; poseer la ley no entraña salvación en sí mismo. En 3:19–20, el apóstol establece explícitamente que los que están “bajo la ley” quedan silenciados junto con los que no tienen ley: todos están bajo el pecado. Esto prepara el camino para la gloriosa solución del evangelio (3:21–31).

Aquí, en Romanos 2, sin embargo, hay un párrafo que ha generado muchísima discusión (Romanos 2:12–16). En el versículo 12, Pablo hace la afirmación general de que Dios juzga a las personas conforme a lo que estas conocen, no por lo que no conocen. Así que: “Todos los que han pecado sin conocer la ley, también perecerán sin la ley; y todos los que han pecado conociendo la ley, por la ley serán juzgados” (2:12). Jesús también había unido la responsabilidad humana al privilegio humano: cuanto más sabemos, más severamente se nos pedirá cuentas (Mateo 11:20–24). La mera posesión de la ley no vale nada. Aquellos (judíos) que obedecen la ley, son justos. Luego, Pablo añade: “De hecho, cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (2:14–15).

Muchos escritores entienden que esto implica que habría gentiles que podrían ser salvos sin haber escuchado jamás acerca de Jesús. Después de todo, Pablo dice que algunos gentiles “cumplen por naturaleza lo que la ley les exige” y afirma que sus conciencias incluso “los excusan”. Otros tratan de evitar esta implicación argumentando que esa alternativa positiva es puramente hipotética para Pablo. Pero Pablo no está proponiendo que hay un grupillo de gentiles que son tan buenos que sus conciencias siempre están limpias y, por tanto, serán salvos. Más bien, está argumentando que en todas partes los gentiles tienen alguna noción del bien y el mal, aunque carecen de ley, y que esto lo demuestran al hacer ciertas cosas que son conforme a la ley y mediante las conciencias que a veces los acusan y a veces los defienden. Su argumento no es que algunos son lo suficientemente buenos como para ser salvos, sino que todos expresan, por su intuición sobre el bien y el mal, una conciencia de estos estándares morales (seguramente, basada en la Imago Dei), de manera que ellos también tienen suficiente conocimiento como para que se les pida cuentas. Pablo quiere demostrar que “tanto los judíos como los gentiles están bajo el pecado” (3:9).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 224). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo se manifiesta la ira de Dios, según las Escrituras?

11 AGOSTO

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

¿Cómo se manifiesta la ira de Dios, según las Escrituras?

No hay una respuesta breve a esa pregunta, porque pueden ser muchas, dependiendo de una enorme gama de circunstancias. La ira de Dios aniquiló a casi toda la raza humana durante el Diluvio. A veces, el castigo de Dios a su pueblo del pacto es para corregir. En ocasiones, es inmediato, sobre todo porque tiende a ser instructivo (como la derrota del pueblo de Hai después de que Acán robara plata y ropa fina de Babilonia). En otros momentos, Dios se abstiene, lo cual en cierto modo muestra su gracia, pero dada la perversidad de los que llevan su imagen, es fácil que las cosas se descontrolen. La demostración última de la ira de Dios es el infierno mismo (ver, por ejemplo, Apocalipsis 14:6 ss.).

Romanos 1:18 ss, expresa la revelación de la ira de Dios de una manera un tanto diferente. Lo que Pablo presenta aquí no es lo único que se puede decir de la ira de Dios—incluso en la mente del mismo Pablo—, pero contribuye con algo muy importante. No sólo se revela la ira de Dios contra “toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad” (1:18), sino que se manifiesta en esos pecados; es decir, en el hecho de que Dios entrega a la gente a que hagan lo que quieren hacer (1:24–28). En otras palabras, en vez de reprenderlos con juicio corrector o restringir su maldad, Dios “los entregó”: a “pasiones vergonzosas” (1:26) y a “la depravación mental” (1:28). El resultado es la multiplicación de la “maldad, perversidad, avaricia y depravación” (1:29). La imagen que presentan el resto de los versículos de Romanos 1 no es nada bonita.

Debemos reflexionar un poco más sobre lo que esto significa. En nuestra falta de visión, a veces pensamos que Dios es un poco inflexible cuando en algunos pasajes, en particular del Antiguo Testamento, castiga de inmediato a su pueblo por sus pecados. Pero, ¿cuál es la alternativa? Sencillamente, es no castigarlos enseguida. Si el castigo fuera sólo un asunto de educación correctiva a un pueblo moralmente neutral, el momento y la severidad del mismo no importarían mucho; aprenderíamos. Pero la Biblia afirma que, tras la caída, somos por naturaleza y persistentemente rebeldes en contra de Dios. Si nos castiga, nos quejamos de su severidad. Si no nos castiga, descendemos hacia el libertinaje hasta que los fundamentos mismos de la sociedad se ven amenazados. Entonces, puede que clamemos a Dios pidiendo misericordia. Eso está muy bien, pero al menos debemos entender que hubiera sido misericordioso que no nos permitiera caer tan bajo en el abismo.

Si vemos la forma y las tendencias de la cultura moderna, ¿no podríamos argumentar que ya estamos bajo la severa ira de Dios? ¡Ten misericordia, Señor!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 223). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Booz se casó con Rut

10 AGOSTO

Rut 3–4 | Hechos 28 | Jeremías 38 | Salmos 11–12

Los académicos no se ponen de acuerdo sobre la importancia social de cada acción que se toma en Rut 3–4, pero la línea general es bastante clara. Es casi seguro que no se seguían muy consistentemente las leyes del levirato, las cuales permitían u ordenaban a los hombres casarse con sus cuñadas viudas bajo algunas circunstancias para mantener el nombre familiar. Siguiendo las instrucciones de Noemí, Rut tomó un poco de iniciativa: se acostó a los pies de Booz en un área donde sólo dormían los hombres. Cuando él se despertó, ella de dijo: “Extiende sobre mí el borde de tu manto, ya que tú eres un pariente que me puede redimir” (3:9). Esto fue una invitación, pero no barata. Le indicó a él su disposición de ser su esposa, si Booz ejecutaba su deber como pariente-redentor. Booz lo recibió como un halago: aparentemente, había suficiente diferencia de edad entre ellos (3:10, sumado a su costumbre de referirse a Rut como “hija mía”) de modo que le conmueve la disposición de ella para casarse con él en vez de buscar a los jóvenes.

La historia continúa con integridad romántica. A Hollywood no le gustaría en absoluto: no hay nada de sexo apasionado, y menos prematrimonial. Pero el relato tiene un encanto seductor, junto con un respeto íntegro a la tradición y al procedimiento, así como un claro conocimiento de la naturaleza humana. Finalmente, Noemí predice con seguridad que Booz “no va a descansar hasta dejar resuelto este asunto hoy mismo” (3:18).

Tenía razón, desde luego. La puerta de la ciudad era el lugar para los acuerdos públicos y allí Booz tomó a diez ancianos como testigos y con delicadeza exigió que el hombre que era el pariente más cercano de Noemí (y que por tanto tenía derecho a rehusar primero) cumpliera sus obligaciones como pariente-redentor o abandonara legalmente esa posibilidad (4:1–4). Aparentemente, en aquella época los derechos matrimoniales estaban vinculados a la posesión de la tierra del marido difunto. A este pariente-redentor le hubiera encantado obtener la tierra, pero no quiso casarse con Rut. Su hijo primogénito en ese tipo de unión recibiría la propiedad y herencia familiar del marido difunto; los próximos hijos heredarían del padre natural. Pero la situación era complicada. ¿Y qué si Rut sólo engendraba un hijo?

Así que Booz se casó con Rut y ella dio a luz un hijo, a quien llamaron Obed. A Noemí no sólo le regalan un nieto, sino una familia entera dispuesta y capaz de cuidar de ella.

En cierto sentido, esta es una historia sencilla de la fidelidad de Dios en las cosas pequeñas de la vida, en una época de malestar social, declive religioso, confusión política y anarquía frecuente. Dios aún tiene a su pueblo: trabajando arduamente, actuando con honor, casándose, engendrando hijos, cuidando de los mayores. No tenían idea de que el linaje de Obed engendraría al rey David y, según la carne, al Rey Jesús.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 222). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Señor no es deudor de nadie

9 AGOSTO

Rut 2 | Hechos 27 | Jeremías 37 | Salmo 10

El narrador ya nos ha contado que, cuando Noemí y Rut regresaron a Belén, era el tiempo de la siega de la cebada (Rut 1:22). Ahora en (Rut 2) se nos revela la importancia de ese detalle.

Había una tradición antigua, nacida de la ley mosaica, según la cual los terratenientes no debían ser demasiado escrupulosos al recoger el producto de su tierra. De esta manera, se dejaba algo para que los pobres pudieran rebuscar (cf. Deuteronomio 24:19–22; ver meditación del 19 de junio). Así, Rut salió a trabajar detrás de los segadores en un campo no muy lejos de Jerusalén. No tenía forma de saber que este campo pertenecía a un terrateniente adinerado llamado Booz—un pariente lejano de Noemí y el futuro esposo de Rut.

La historia es conmovedora, con muchas personas decentes actuando con amabilidad en todas partes. Por un lado, Rut demostró ser trabajadora, pues apenas se detenía para descansar (2:7). Era terriblemente consciente de su estado como extranjera (2:10), pero trataba a la gente del lugar con respeto y cortesía. Al traerle a Noemí lo que había recogido, le contó todo lo que había sucedido y un comentario del autor nos recuerda que durante esta época de la historia de Israel, el mero hecho de que una mujer soltera hiciera este tipo de trabajo era casi una invitación al abuso (2:22). Esto nos reafirma la valentía y resistencia de Rut.

Noemí vio la mano de Dios. Desde la perspectiva meramente pragmática de conseguir suficiente alimento, está agradecida. Pero al escuchar el nombre del dueño de la finca, no sólo reconoce la seguridad que esto le dará a Rut, sino que se da cuenta de que Booz es uno de sus “parientes-redentores” (2:20). Es decir, era uno de los que podía casarse con Rut, por la llamada ley del levirato, con el resultado de que su primer hijo cargaría los derechos legítimos y propietarios de su marido original.

Ahora bien, posiblemente es Booz quien queda mejor parado en este relato. Sin señales de romance en esta etapa, él se mostró preocupado por los pobres y conmovido por las calamidades de los demás. Es alguien que quiere ayudar sin hacer mucho alarde de ello. Conocía el regreso de Noemí y la fidelidad persistente de esta joven moabita. Dio instrucciones a sus obreros para que proveyeran para sus necesidades, afianzaran su seguridad e incluso dejaran un poco más de grano para que la labor de Rut fuera bien recompensada. Sobre todo, era un hombre de fe, así como de integridad, lo cual podemos percibir en su primera conversación con la mujer que luego sería su esposa: “Que el Señor te recompense por lo que has hecho! Que el Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte, te lo pague con creces.” (2:12). Bien dicho, porque el Señor no es deudor de nadie.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 221). Barcelona: Publicaciones Andamio.