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¿Cómo se manifiesta la ira de Dios, según las Escrituras?

11 AGOSTO

1 Samuel 1 | Romanos 1 | Jeremías 39 | Salmos 13–14

¿Cómo se manifiesta la ira de Dios, según las Escrituras?

No hay una respuesta breve a esa pregunta, porque pueden ser muchas, dependiendo de una enorme gama de circunstancias. La ira de Dios aniquiló a casi toda la raza humana durante el Diluvio. A veces, el castigo de Dios a su pueblo del pacto es para corregir. En ocasiones, es inmediato, sobre todo porque tiende a ser instructivo (como la derrota del pueblo de Hai después de que Acán robara plata y ropa fina de Babilonia). En otros momentos, Dios se abstiene, lo cual en cierto modo muestra su gracia, pero dada la perversidad de los que llevan su imagen, es fácil que las cosas se descontrolen. La demostración última de la ira de Dios es el infierno mismo (ver, por ejemplo, Apocalipsis 14:6 ss.).

Romanos 1:18 ss, expresa la revelación de la ira de Dios de una manera un tanto diferente. Lo que Pablo presenta aquí no es lo único que se puede decir de la ira de Dios—incluso en la mente del mismo Pablo—, pero contribuye con algo muy importante. No sólo se revela la ira de Dios contra “toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad” (1:18), sino que se manifiesta en esos pecados; es decir, en el hecho de que Dios entrega a la gente a que hagan lo que quieren hacer (1:24–28). En otras palabras, en vez de reprenderlos con juicio corrector o restringir su maldad, Dios “los entregó”: a “pasiones vergonzosas” (1:26) y a “la depravación mental” (1:28). El resultado es la multiplicación de la “maldad, perversidad, avaricia y depravación” (1:29). La imagen que presentan el resto de los versículos de Romanos 1 no es nada bonita.

Debemos reflexionar un poco más sobre lo que esto significa. En nuestra falta de visión, a veces pensamos que Dios es un poco inflexible cuando en algunos pasajes, en particular del Antiguo Testamento, castiga de inmediato a su pueblo por sus pecados. Pero, ¿cuál es la alternativa? Sencillamente, es no castigarlos enseguida. Si el castigo fuera sólo un asunto de educación correctiva a un pueblo moralmente neutral, el momento y la severidad del mismo no importarían mucho; aprenderíamos. Pero la Biblia afirma que, tras la caída, somos por naturaleza y persistentemente rebeldes en contra de Dios. Si nos castiga, nos quejamos de su severidad. Si no nos castiga, descendemos hacia el libertinaje hasta que los fundamentos mismos de la sociedad se ven amenazados. Entonces, puede que clamemos a Dios pidiendo misericordia. Eso está muy bien, pero al menos debemos entender que hubiera sido misericordioso que no nos permitiera caer tan bajo en el abismo.

Si vemos la forma y las tendencias de la cultura moderna, ¿no podríamos argumentar que ya estamos bajo la severa ira de Dios? ¡Ten misericordia, Señor!

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 223). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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