Rut

8 AGOSTO

Rut 1 | Hechos 26 | Jeremías 36; 45 | Salmo 9

Difícilmente encontraremos en las Escrituras una figura más atractiva que Rut.

Es moabita (Rut 1:4). Vive en tiempos difíciles y se enfrenta a su propio profundo duelo. Ella y otra moabita, Orfa, se casan con dos inmigrantes recientes llamados Mahlón y Quelión. Estos dos hombres y sus padres habían llegado al territorio moabita para escapar de la hambruna que acechaba a su pueblo, Belén. Pasaron unos años y el padre de estos hombres, Elimelec, murió. Luego también murieron Mahlón y Quelión, de manera que quedan las tres mujeres: la suegra de las moabitas, Noemí, y las dos moabitas: Orfa y Rut.

Cuando Noemí se enteró de que se había acabado la hambruna en su tierra—la razón principal para haber emigrado a Moab— decide volver a casa. Las familias solían trabajar en relaciones de clanes extendidos. Allí, cuidarían de ella y el dolor de su soledad se mitigaría. Con sabiduría, anima a sus dos nueras a que se queden en su propia tierra, con su pueblo, idioma y cultura. ¿Quién sabe? Con el tiempo, hasta podrían conseguir nuevas parejas. Ciertamente, ¡no podían esperar que Noemí se los produjera!

Así, Orfa acepta el consejo y se queda en Moab, y no se sabe nada más de ella. Rut, sin embargo, se aferra a Noemí: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, iré yo, y dondequiera que vivas, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú mueras, moriré yo, y allí seré sepultada” (1:16–17). Incluso se amenaza a sí misma con una maldición: “¡Que me castigue el Señor con toda severidad si me separa de ti algo que no sea la muerte!” (1:17).

Rut no tenía la intención de parecer heroica. Sencillamente, estaba hablando con el corazón. ¿Había alcanzado una fe genuina y consistente en Dios el Señor durante los diez años de su matrimonio? ¿Qué clase de lazos sólidos y sutiles se habían forjado entre Rut y los miembros israelitas de esta familia extendida y, en particular, entre ella y Noemí?

Nuestra cultura suele bromear acerca de las suegras. Pero muchísimas son asombrosamente desinteresadas y establecen relaciones con sus nueras que son tan profundas y piadosas como las mejores entre madres e hijas. Así parece ser aquí. Rut estaba dispuesta a abandonar a su propio pueblo, cultura, tierra e incluso religión, con tal de quedarse con Noemí para ayudarla.

No podía saber que, al tomar esa decisión, pronto acabaría casada otra vez, y menos aún que ese matrimonio le haría formar parte del linaje, no sólo de la impresionante dinastía davídica, sino del Rey supremo que surgiría de ella siglos más tarde.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 220). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor.”

7 AGOSTO

Jueces 21 | Hechos 25 | Jeremías 35 | Salmos 7–8

Ahora se da el último paso malvado de la violencia provocada por la violación y el asesinato de la concubina del levita (Jueces 21). En una furia vengativa, los israelitas arrasaron el territorio tribal de Benjamín, aniquilando hombres, mujeres, niños y ganado (20:48). Los únicos que quedaron fueron 600 hombres armados que se habían escondido en una peña en Rimón (20:47). Pero ahora el resto de la nación está titubeando. Como parte de sus sanciones en contra de Benjamín, habían prometido no darle ninguna de sus hijas a hombre alguno de Benjamín. Si cumplen su voto, la tribu de Benjamín desaparecerá, pues sólo quedan hombres en ella.

Su solución es más nauseabunda, cruel y bárbara que todo lo que habían hecho hasta ese entonces. Descubrieron que un pueblo grande en Israel, Jabes-Galaad, nunca respondió al llamado inicial a tomar armas. En parte como castigo y en parte para conseguir mujeres israelitas, las fuerzas de Israel destruyeron Jabes-Galaad y mataron a todos los hombres y a las mujeres que no eran vírgenes (21:10–14). Esta táctica proveyó 400 esposas a los 600 benjamitas que sobrevivieron. El plan para conseguir otras 200 es apenas menos malvado. A los 200 hombres de Benjamín que quedaron sin mujer, se les concedió autorización para secuestrar mujeres adecuadas durante la época de un festival en Silo, previa una advertencia a sus padres y hermanos (21:20–23). De esta manera, la tribu de Benjamín, muy reducida ya en número, sobrevivió. Uno apenas puede imaginarse los niveles exorbitantes de amargura, dolor, temor, resentimiento, soledad, venganza, rabia e intenso pesar que deben haber provocado estas “soluciones”.

Ya debe quedar claro que los israelitas se enfrentaron a dos tipos de problemas en el libro de los Jueces. Muy a menudo, el problema es que eran esclavizados o reprimidos por una u otra de las tribus cananeas que compartían mucha de la tierra con ellos o que vivían cerca. Cuando el pueblo clama a Dios, él les levanta un héroe para rescatarlos, una y otra vez. Pero el otro problema es mucho más profundo. Es la rebelión misma, el abandono crónico y persistente al Dios que les rescató de Egipto y que efectuó un pacto solemne con ellos. Esto no sólo genera más ciclos de opresión desde afuera, sino una decadencia espiral y desorientación desde adentro.

Por quinta y última vez, el escritor de Jueces ofrece su análisis: “En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor.” (21:25). Cuánto necesita esta nación un rey—para ordenarla, estabilizarla, defenderla, mantener la justicia, dirigirla, unirla. Pero, ¿será un rey que resuelva los problemas o uno cuya dinastía se convierte en parte del problema? Así comienza un nuevo capítulo de la historia de Israel. Una institución real nueva pronto se vuelve igual de problemática—hasta que llegue Aquel que es Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 219). Barcelona: Publicaciones Andamio.

 

“Hasta aquí vais a llegar. No más.”

6 AGOSTO

Jueces 20 | Hechos 24 | Jeremías 34 | Salmos 5–6

Uno podría esperar que sólo se buscara y se ejecutara a los culpables (Jueces 20). Pero el levita está agitando a la nación (claro, sin mencionar su propia conducta vergonzosa). Hasta donde sabemos por los registros, Gabaa no ofreció entregar a los culpables. Si lo hubieran hecho, ahí se había acabado el asunto. Los líderes de la tribu de Benjamín tampoco ofrecieron intervenir para asegurarse de que se hiciera justicia. En vez de esto, cerraron filas y se dispusieron a pelear contra todos los que vinieran, pues probablemente pensaban que el resto de la nación no estaría dispuesto a pagar un precio demasiado alto para capturar unos cuantos violadores en una época en la que la nación entera se había vuelto violenta.

Por su parte, el resto de las tribus se puso furioso, pero actuó tontamente. En vez de efectuar un ataque masivo, inicialmente deciden enviar las tropas de una sola tribu a la vez. Cuando se nos dice que los israelitas le consultaron a Dios cuál de las tribus debía ir primero, probablemente quiere decir que pasaron por el procedimiento del urim y el tumim con algún sacerdote del santuario. Los israelitas perdieron veintidós mil hombres el primer día (20:21) y dieciocho mil el siguiente (20:25). Finalmente, el Señor promete entregar a Gabaa y a los de Benjamín en manos del resto de los israelitas (20:28). Al tercer día, los israelitas planificaron una emboscada y finalmente salieron victoriosos. Muchísimos de los hombres de Benjamín murieron.

Este tipo de cosas son las que suceden cuando se disuelve el estado de la ley, cuando la gente comienza a actuar por lealtad tribal y no por principios, cuando la venganza domina a la justicia, cuando la vendetta supersticiosa suplanta a los tribunales, cuando los hermanos ya no comparten una tradición común de adoración y de valores, cuando se gobierna mediante el temor y no con el consentimiento de los gobernados. No hay un punto lógico de parada. Esto puede iniciar un conflicto regional, puede inflamar un Bosnia, puede comenzar una guerra mundial. Es la materia prima de dictadores y caudillos, el lubricante de las gangas y la violencia.

La triste realidad es que todas las culturas son capaces de esto. Los israelitas antiguos se hundieron en este atolladero, no porque fueran peores que todos los demás, sino porque eran típicos representantes de todos los demás. Una sociedad que ya no se mantiene unida—bien sea por fundamentos religiosos, por una cosmovisión compartida o al menos por unos procedimientos acordados y respetados—está destinada a la violencia y la anarquía, lo cual, tarde o temprano, se convierte en el mejor criadero de la respuesta esperada de los tiranos: el poder instaurado mediante la espada y el arma de fuego.

Así lo entienden los historiadores seculares. Nosotros también vemos todo esto, y además discernimos, detrás de la sangre y la maldad, la mano justa de Dios que afirma: “Hasta aquí vais a llegar. No más.”

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 218). Barcelona: Publicaciones Andamio.

En la época en la que no había rey en Israel

5 AGOSTO

Jueces 19 | Hechos 23 | Jeremías 33 | Salmos 3–4

Una vez llegamos a Jueces 19, vemos que la ley de la jungla ha triunfado en la joven nación de Israel.

El levita que ya conocimos ha tomado ahora para sí una concubina. (Los levitas se supone que sólo se casaban con vírgenes; ver Levítico 21:7, 13–15.) Esta le fue infiel y lo abandonó para regresar a casa de su padre. El levita la quiso recuperar, así que viajó a Belén y la encontró. Dado que emprendieron su viaje de regreso por la tarde, no lograron completar la travesía en un día. Y como preferían no detenerse en uno de los pueblos cananeos, siguieron hasta Gabaa, un poblado de la tribu de Benjamín. Un residente local advirtió al levita y a su concubina de que no se debían quedar a dormir en la plaza, pues era muy peligroso, y los acogió en su casa.

Por la noche, una multitud de vándalos lujuriosos le pidieron al dueño de la casa que les sacara al levita para sodomizarlo. Esto es impresionante. En primer lugar, bajo los estándares sociales del antiguo Oriente Próximo, era inconcebible no mostrar hospitalidad—y ellos quieren violar en grupo a un visitante. A medida que continúa el relato, queda muy claro que violarían tanto a hombres como mujeres; en realidad no les importa.

Pero quizás el momento más horrible de la narración ocurre cuando el dueño de la casa, al recordar las reglas de hospitalidad y seguramente atemorizado también por su propia seguridad, les ofrece a su hija y a la concubina del levita. El relato es breve y escueto, pero no hace falta demasiada imaginación para visualizar el terror—dos mujeres cuyos hombres no las defienden sino que las abandonan y las traicionan, ofreciéndolas a una alborotada chusma de violadores para salvar sus propios pellejos. La multitud insistió en que eso no era suficiente, de manera que el levita agarra a su concubina y la saca a la puerta, sola. Así comenzó su última noche en la tierra, en una pequeña ciudad que pertenecía al pueblo de Dios.

Al amanecer, vemos al levita ordenarle a esta mujer que se levante porque es hora de partir, pero se da cuenta de que está muerta. Arrastra el cadáver y se lo lleva a su casa, donde lo divide en doce pedazos y envía una parte a cada tribu de Israel, como quien dice, en esencia: ¿Cuándo acabará la violencia? ¿En qué momento diremos basta y cambiaremos estas costumbres horribles?

En la época en la que no había rey en Israel” (19:1).

Pero, ¿qué decir de su propia complicidad y profunda cobardía? El absoluto horror de los pedazos desmembrados del cuerpo seguramente provocaría una reacción, pero durante esta época, no sería la respuesta justa de un pueblo bíblico, pensativo y controlado. Sólo alguien muy ingenuo podría pensar que esto no produciría el descenso a una vorágine de maldad y violencia.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 217). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Los hijos de Dan

4 AGOSTO

Jueces 18 | Hechos 22 | Jeremías 32 | Salmos 1–2

Un lector inocente tal vez pensó que la lectura de ayer reflejaba un pequeño desliz aberrante del pueblo de Dios. La de hoy (Jueces 18) le roba el optimismo a esa esperanza: una tribu entera de Israel está corrompida y seguramente otras también lo están.

El contexto histórico es bastante antiguo: no todas las tribus han acabado de conquistar la tierra que les fue concedida. Este es ciertamente el caso de Dan (Jueces 18:1). Los hijos de Dan enviaron cinco soldados para explorar la tierra y eventualmente se toparon con la casa de Micaía. Ahí encuentran al joven levita y lo reconocen, quizás por algún encuentro previo o tal vez por lo que era o lo que hacía. (Posiblemente, le escucharon orar o estudiar, pues esto se solía hacer en voz alta.) Le preguntaron si su viaje tendría éxito. Tal vez, el “efod” que hizo Micaía (Jueces 17:5) incluía algo como el urim y el tumim con el pretexto de discernir la voluntad de Dios. En cualquier caso, él se lo confirma y siguen su camino.

Los soldados entraron como espías al pueblo de Lais, el que no era parte de la tierra que se les había asignado. No obstante, a ellos les pareció un blanco fácil y atractivo y así lo informaron. Al regresar con seiscientos hombres armados de la tribu de Dan, interrumpieron su asalto militar para llevarse todos los dioses de la casa de Micaía, así como al joven levita y efod, evidentemente pensando que esto les traería “suerte” o al menos apoyo a su proyecto. El levita estaba encantado, pues lo veía como un ascenso (18:20), pero ¿puede un clérigo “comprado” ejercer un verdadero testimonio profético?

Cuando Micaía y sus hombres alcanzan a este grupo de guerreros, su afirmación suena un tanto patética: “Vosotros os llevasteis mis dioses, que yo mismo hice, y también os llevasteis a mi sacerdote y luego os fuisteis. ¿Qué más me queda? ¡Y todavía os atrevéis a preguntarme qué me sucede!” (18:24). El hombre ni siquiera detectó la ironía de su propia declaración, la total inutilidad de otorgarle tanto peso a dioses que uno mismo ha hecho.

Los hombres de Dan amenazaron con aniquilar a Micaía y a su familia, y con eso resolvieron el asunto. La fuerza- no la justicia ni la integridad- gobierna la tierra. Los hijos de Dan capturaron Lais, atacando a un “pueblo tranquilo y confiado” (18:27) y cambiaron el nombre de la ciudad por “Dan”. Allí establecieron sus ídolos y el joven levita, quien ahora se identifica como un descendiente directo de Moisés (18:30), sirve como el sacerdote de la tribu y le pasa el legado a sus hijos, en tanto que el tabernáculo permanece en su debido lugar en Silo (18:30–31).

Los niveles de infidelidad al pacto en el ámbito religioso se multiplican mediante el aumento en la violencia, el egoísmo tribal, las aspiraciones personales de poder, la ingratitud, las amenazas burdas y la superstición masiva. Es común que estos pecados crezcan juntos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 216). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Las señales de la decadencia moral

3 AGOSTO

Jueces 17 | Hechos 21 | Jeremías 30–31 | Marcos 16

Las señales de la decadencia moral, espiritual e intelectual de Israel durante la época de los jueces ahora se multiplican, algunas obvias y otras sutiles. A pesar de que Jueces 17 es un capítulo corto, está saturado de tales señales.

(1) Un hombre adulto llamado Micaía aparentemente le ha robado mil cien siclos de plata a su madre. Esto no nos habla muy bien de sus relaciones familiares, aunque, por supuesto, esto es sólo un incidente. Él le confiesa el delito a su madre (17:2). Juzgando por sus palabras, al hombre no le motiva tanto el amor a su madre ni la conciencia de su pecado, sino más bien un temor supersticioso porque su madre había pronunciado una maldición sobre el ladrón, quien hasta ese momento le era desconocido.

(2) La madre de Micaía le recompensa con una expresión piadosa: “¡Que el Señor [es decir, Yahvé] te bendiga, hijo mío!” (17:2)—lo cual demuestra que sigue habiendo una conciencia fuerte del Dios del pacto que los sacó de Egipto, o al menos la retención de su nombre. Pero muy rápidamente el lector puede percibir que lo único que ha sobrevivido es la capa externa de la lealtad al pacto. El sincretismo está dominando. Agradecida por el recibo de su dinero, se lo devuelve a su hijo, consagrándolo solemnemente “al Señor [Yahvé]” para hacer “una imagen tallada y un ídolo de fundición” (17:3), lo cual, por supuesto, estaba prohibido claramente por el pacto en el Sinaí.

(3) Él devolvió rápidamente la plata a su madre para este fin, la cual le dio doscientos siclos (por lo que le quedan novecientos, a pesar de que ella lo había “consagrado”) a un fundidor para que hiciera un ídolo. La avaricia triunfa aún sobre la idolatría. Luego, sitúan al pequeño ídolo en la casa de Micaía, como un talismán y como recordatorio de las relaciones familiares restauradas después de un robo; incluso tal vez como algo para ahuyentar la maldición que su madre había pronunciado (17:4).

(4) El sincretismo religioso de Micaía es más profundo aún. Tiene su propio altar e instala a uno de sus hijos como su sacerdote personal para que ofrezca oraciones y sacrificios, y le prepara una vestimenta sacerdotal (el efod, 17:5). Las infracciones se multiplican. Bajo el pacto, sólo debía haber un “santuario”—en este momento, el tabernáculo—y únicamente los levitas podían ser sacerdotes.

(5) Micaía recordaba algunas estipulaciones del pacto, de modo que, al encontrarse en un viaje a un joven levita, ¡lo contrata como su sacerdote privado! Micaía está convencido de que así asegurará que el Señor le prospere (17:13). La religión del pacto ha perdido gran parte de su estructura y toda su disciplina y obediencia. Es un triste desorden lleno de superstición pagana.

Por primera vez, leemos las palabras: “En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor.” (17:6).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 215). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Pablo a los ancianos efesios

2 AGOSTO

Jueces 16 | Hechos 20 | Jeremías 29 | Marcos 15

El discurso de Pablo a los ancianos efesios (Hechos 20:18–35) se puede dividir en tres secciones. En la primera (20:18–24), Pablo habla de su propio ministerio en Éfeso y de su propio futuro. En la segunda (20:25–31), usa su ejemplo de ministerio para animar a los ancianos de Éfeso a “tener cuidado” de sí mismos y de “todo el rebaño” de Dios (20:28) sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos, con un énfasis especial en los desafíos que vendrían cuando miembros de la iglesia, ansiosos por ganar discípulos, estén dispuestos a distorsionar la verdad. En la tercera (20:32–35), Pablo no sólo encomienda a estos ancianos “a Dios y al mensaje de su gracia” (20:32), sino que expone sin mucho alarde los altos estándares de integridad personal en su propia vida mientras sirvió en medio de ellos.

Por lo general, cuando predicamos sobre este pasaje, nos concentramos en la sección central. Pero aquí me gustaría resaltar algunas de las características del ministerio de Pablo.

(1) La más evidente es que Pablo percibía que su vida y su forma de servir eran un modelo de conducta. En otra ocasión, les dice abiertamente a los corintios que le imiten, tal como él imita a Cristo (1 Cor. 11). En Pablo, no hay indicios de una doble moral al estilo de: “Haced lo que enseño, pero no lo que hago”.

(2) Pablo sirvió “al Señor con toda humildad y con lágrimas, a pesar de haber sido sometido a duras pruebas por las maquinaciones de los judíos” (20:19). En otras palabras, la oposición no lo derrotó ni le llevó a un frenesí de venganza. Como un contraste, cuán fácil es desanimarse y rendirse, o enojarse y destruir lo que se está construyendo.

(3) El ministerio de Pablo era edificante y se transmitía mediante una combinación de reuniones públicas y de fidelidad en visitas a las casas (20:20). A uno le da la impresión de que, sobre todo, era el ministerio de la Palabra, comunicada por un hombre apasionado por ella.

(4) Pablo no vaciló en enseñar los conceptos inmutables del evangelio, sin importar cuán incómodos o poco populares fueran. Por ende, declaró con denuedo a judíos y a gentiles “que deben arrepentirse de sus pecados y volverse a Dios, y… acerca de la fe en nuestro señor Jesucristo” (20:21).

(5) En ocasiones, Pablo se sintió “obligado por el Espíritu” a tomar determinada dirección sin saber exactamente qué le esperaría allí (20:22–24). Recibir la iluminación suficiente para decidir sobre alguna acción no garantiza que tendremos información suficiente como para discernir cómo irán las cosas. En este caso, sólo sabe que le esperan “prisiones y sufrimientos”—y lo único que quiere para sí es completar la tarea que el Señor Jesús le dio: “dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 214). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Los cristianos que estén luchando contra el Enemigo serán conocidos, no sólo en los atrios del cielo, sino en los del infierno.

1 AGOSTO

Jueces 15 | Hechos 19 | Jeremías 28 | Marcos 14

Uno de los relatos más extraños del libro de los Hechos trata sobre los siete hijos de Esceva (Hechos 19:11–20). El ministerio de Pablo en Efeso duró bastante tiempo, tal vez dos años y medio, y durante el mismo, “Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo” (19:11). El resultado fue que varios “competidores” trataron de igualarlo. Esto, en sí mismo, no es sorprendente. Siempre ha sido así. Cuando Dios le dio un poder especial a Moisés para que hiciera milagros ante el faraón, los magos de Egipto pudieron reproducir casi todo (aunque no todo) lo que él hizo.

De manera que, en la época de Pablo, algunos judíos inmersos en el sincretismo viajaban y llevaban a cabo una especie de ministerio de liberación. No sabían muy bien en qué se habían metido. Cuando vieron lo que Pablo hacía en el nombre de Jesús, comenzaron a referirse a ese nombre también, como si fuera un talismán mágico: “Decían: ‘En el nombre de Jesús, a quien Pablo predica, os ordeno que salgáis” (19:13).

Los siete hijos de Esceva, un sacerdote judío, estaban especialmente involucrados en esta operación. Un día, el espíritu maligno que intentaban exorcizar les respondió: “Conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?” (19:15). Entonces el hombre poseído por este espíritu se abalanzó sobre ellos y les dio una paliza a los siete. Observa:

Primero, el resultado de este encuentro fue completamente beneficioso. Cuando la historia circuló, a muchos les entró un temor saludable y un mayor respeto por el nombre del señor Jesús. Era un nombre tan poderoso que no se podía utilizar como si fuera una fórmula mágica. Este nombre no podía ser domesticado. Como resultado, se puso freno a la fascinación con las prácticas ocultistas. Muchos confesaron sus prácticas malvadas y otros trajeron sus libros de hechicería y los quemaron. La suma del precio de estos libros fue una cantidad enorme (19:17–19). “Así la palabra del Señor crecía y se difundía con poder arrollador” (19:20).

Segundo, el elemento verdaderamente chocante es la declaración del espíritu maligno: “Conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?” Uno puede entender por qué los poderes demoníacos conocerían a Jesús. Eso no sorprende. ¡Pero a Pablo también lo conocen! Su ministerio había estado atacando a los poderes de las tinieblas. Se sabía que él estaba protegido y defendido por el Cristo vivo— el demonio no podía poseerlo de ninguna manera para darle una paliza. Con los otros personajes, era otra historia; el demonio pensaba que eran un hazmerreír, fáciles de ignorar, de subyugar y de avergonzar. ¡Pero Pablo era conocido!

Los cristianos que estén luchando contra el Enemigo serán conocidos, no sólo en los atrios del cielo, sino en los del infierno.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 213). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios utiliza imperfectos

31 JULIO

Jueces 14 | Hechos 18 | Jeremías 27 | Marcos 13

Algunos nos hemos preguntado por qué Dios ha usado para un ministerio poderoso a personas con crasos defectos. No se trata de que Dios sólo debería usar a personas perfectas, porque eso significa que no usaría a nadie; ni me refiero al hecho de que todos tenemos debilidades y faltas de varios tipos. A George Whitefield, por ejemplo, a pesar de ser excelente predicador y evangelista, no le fue bien en su matrimonio ni en su convicción (equivocada) de que su hijo sería sanado de su enfermedad terminal. Prácticamente, ningún líder cristiano, de la época bíblica ni en la historia más reciente, podría sostenerse ante este tipo de crítica. No. A lo que me refiero es a esas faltas tan públicas y horribles que hacen que uno se plantee dos preguntas: (a) Si esta persona es tan poderosa y piadosa, ¿por qué ha hecho algo tan feo? (b) Si esta persona está tan llena del Espíritu, ¿por qué no la capacita ese mismo Espíritu para corregir su vida?

No hay respuestas fáciles. A veces, es sólo cuestión de tiempo. Después de todo, Judas Iscariote participó del ministerio público con los otros once apóstoles—incluso un ministerio milagroso—, pero posteriormente se mostró apóstata. El paso del tiempo lo desenmascaró. Pero a veces las faltas están presentes de principio a fin.

Esto parece ser cierto en la vida de Sansón. El Espíritu de Dios vino sobre él de manera poderosa; el Señor lo usó para alejar a los filisteos. Pero ¿qué hace él casándose con una filistea cuando la Ley prohibía estrictamente el matrimonio con cualquier persona fuera de la comunidad del pacto (Jueces 14:2)? Cuando sus padres le advierten de las consecuencias, él sencillamente hace caso omiso de sus palabras y ellos acceden (14:3). Es cierto que “no sabían que esto venía del Señor” (14:4), de la misma manera que la venta de José como esclavo en Egipto vino del Señor; pero eso no justifica las acciones de los humanos. La apuesta arriesgada de Sansón (14:12–13) es más arrogante y avara que sabia y honrosa. Por supuesto, los filisteos fueron muy crueles en este asunto (14:15–18, 20) pero, cuando Sansón asesina a treinta hombres para cumplir las condiciones de la apuesta, le motiva más su venganza personal que el deseo de limpiar la tierra y restaurar la fuerza del pueblo del pacto. Podemos decir algo parecido de sus tácticas en el capítulo siguiente y de sus andanzas promiscuas en el capítulo 16.

Parece, entonces, que el poder dado por el Espíritu en una faceta de la vida no garantiza por sí mismo la disciplina y la madurez motivadas por el Espíritu en todas las dimensiones de la vida. Se deduce que la presencia de dones espirituales nunca es excusa para el pecado personal.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 212). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Evangelización de Pablo

30 JULIO

Jueces 13 | Hechos 17 | Jeremías 26 | Marcos 12

Casi toda la evangelización de Pablo a los gentiles comenzó en la sinagoga. Su procedimiento habitual al llegar a una nueva población era visitar la sinagoga y (como era común pedirle a los visitantes que hablaran) aprovechar la oportunidad para predicar el evangelio. Esto significa que sus oyentes eran una mezcla de judíos, prosélitos (es decir, gentiles convertidos al judaísmo) y temerosos de Dios (es decir, gentiles que simpatizaban con los judíos y su monoteísmo, pero que no se habían convertido formalmente). El libro de los Hechos muestra que en varias ocasiones (por ejemplo, 13:13–48; 17:1–9), las autoridades de las sinagogas se cansaron de Pablo y le prohibieron la entrada. En este momento, muchos de los prosélitos y temerosos de Dios se iban con él, de manera que aunque ahora predicaba a una multitud principalmente gentil, la mayoría de ellos habían estado expuestos a las Escrituras del Antiguo Testamento. En otras palabras, en estos casos, Pablo podía predicarles a personas que compartían con él mucho del vocabulario, los hechos y las situaciones del relato del Antiguo Testamento.

Ahora bien, ¿qué haría Pablo si estuviera predicándole a analfabetos bíblicos (es decir, a gente que nunca haya escuchado de Moisés, ni leído, ni aprendido elemento alguno de la trama del Antiguo Testamento)? Este tipo de personas no sólo necesitarían que se les informara, sino que tendrían que desaprender muchas nociones adquiridas de otro trasfondo cultural y religioso. Podemos ver un encuentro de esta índole en 14:8–20, cuando los ciudadanos de Listra concluyen emocionados que Pablo y Bernabé son encarnaciones de dioses griegos (ver la meditación del 27 de julio). El breve informe del discurso de Pablo (14:15–17) nos ofrece un ejemplo de la respuesta apostólica.

Pero el más revelador es el relato de la visita de Pablo a Atenas (17:16–31). Aquí Pablo empieza en la sinagoga (17:17) pero también salió a evangelizar en el mercado a todos los que pasaran por allí (17:17) y esto provoca una invitación a hablar en la reunión del Areópago. Y ahí, podemos percibir claramente cómo el apóstol Pablo ha pensado sobre este asunto. En un mundo de dioses finitos (a menudo apoyados por una deidad panteística), visiones cíclicas de la historia, comprensiones del pecado que están por debajo del estándar bíblico, idolatría multiplicada, dualismo que declara malo todo lo material y bueno todo lo espiritual, deidades tribales y bastante superstición, Pablo presenta una cosmovisión del Dios verdadero, una visión lineal de la historia, la naturaleza del pecado y de la idolatría, el juicio inminente, la unidad de la raza humana y la unicidad de Dios—todo como el marco necesario sin el cual su proclamación de Jesús no tendría sentido. ¿Qué significa esto para la evangelización en la actualidad?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, pp. 211–212). Barcelona: Publicaciones Andamio.