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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

En la época en la que no había rey en Israel

5 AGOSTO

Jueces 19 | Hechos 23 | Jeremías 33 | Salmos 3–4

Una vez llegamos a Jueces 19, vemos que la ley de la jungla ha triunfado en la joven nación de Israel.

El levita que ya conocimos ha tomado ahora para sí una concubina. (Los levitas se supone que sólo se casaban con vírgenes; ver Levítico 21:7, 13–15.) Esta le fue infiel y lo abandonó para regresar a casa de su padre. El levita la quiso recuperar, así que viajó a Belén y la encontró. Dado que emprendieron su viaje de regreso por la tarde, no lograron completar la travesía en un día. Y como preferían no detenerse en uno de los pueblos cananeos, siguieron hasta Gabaa, un poblado de la tribu de Benjamín. Un residente local advirtió al levita y a su concubina de que no se debían quedar a dormir en la plaza, pues era muy peligroso, y los acogió en su casa.

Por la noche, una multitud de vándalos lujuriosos le pidieron al dueño de la casa que les sacara al levita para sodomizarlo. Esto es impresionante. En primer lugar, bajo los estándares sociales del antiguo Oriente Próximo, era inconcebible no mostrar hospitalidad—y ellos quieren violar en grupo a un visitante. A medida que continúa el relato, queda muy claro que violarían tanto a hombres como mujeres; en realidad no les importa.

Pero quizás el momento más horrible de la narración ocurre cuando el dueño de la casa, al recordar las reglas de hospitalidad y seguramente atemorizado también por su propia seguridad, les ofrece a su hija y a la concubina del levita. El relato es breve y escueto, pero no hace falta demasiada imaginación para visualizar el terror—dos mujeres cuyos hombres no las defienden sino que las abandonan y las traicionan, ofreciéndolas a una alborotada chusma de violadores para salvar sus propios pellejos. La multitud insistió en que eso no era suficiente, de manera que el levita agarra a su concubina y la saca a la puerta, sola. Así comenzó su última noche en la tierra, en una pequeña ciudad que pertenecía al pueblo de Dios.

Al amanecer, vemos al levita ordenarle a esta mujer que se levante porque es hora de partir, pero se da cuenta de que está muerta. Arrastra el cadáver y se lo lleva a su casa, donde lo divide en doce pedazos y envía una parte a cada tribu de Israel, como quien dice, en esencia: ¿Cuándo acabará la violencia? ¿En qué momento diremos basta y cambiaremos estas costumbres horribles?

En la época en la que no había rey en Israel” (19:1).

Pero, ¿qué decir de su propia complicidad y profunda cobardía? El absoluto horror de los pedazos desmembrados del cuerpo seguramente provocaría una reacción, pero durante esta época, no sería la respuesta justa de un pueblo bíblico, pensativo y controlado. Sólo alguien muy ingenuo podría pensar que esto no produciría el descenso a una vorágine de maldad y violencia.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 217). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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