El peligro de la falsa modestia

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Robert VanDoodewaardrobert

La falsa modestia es un pecado difícil de reconocer porque se presenta revestido de piedad. Puede introducirse en nuestras oraciones y en nuestra manera de hablar. Puede ser la razón por la que evadimos los cumplidos en lugar de simplemente dar las gracias. Puede ser la razón por la que nos sentimos tentados a hablar demasiado de nuestros sacrificios o fracasos. Tal vez la falsa modestia sea incluso un motivo para nuestro humor autocrítico. El reto es que algunos de estos patrones también podrían estar arraigados en nuestra forma de ser, la cultura o las costumbres. Sin embargo, debemos considerar si nuestros hábitos están arraigados en la humildad genuina. El peligro de la falsa modestia es que es profundamente engañosa y, en última instancia, no da gloria a Dios.

La Biblia advierte que las personas religiosas pueden construir una fachada de falsa humildad. El Señor Jesús habló de los hipócritas que ayunaban y ponían una cara triste para parecer piadosos (Mt 6:16). Expuso el orgullo de los fariseos, que pensaban que el ayuno y el diezmo eran logros dignos del favor de Dios (Lc 18:12). Estas prácticas revelaban que no estaban interesados en honrar a Dios, sino en honrarse a sí mismos. Es este tipo de falsa modestia farisaica la que conduce a varias trampas.

Primero, la falsa modestia es engañosa. Requiere emociones enmascaradas, pensamientos engañosos y una realidad tergiversada. Lleva a vivir una mentira al pretender ser más pobre, más triste, menos dotado o más sacrificado de lo que se es. Estos hábitos pueden tener cierta apariencia de religión, pero no pueden ayudar contra los apetitos de la carne (Col 2:23). Existe el peligro de que este engaño conduzca al egoísmo. Los que practican estos hábitos pueden convertirse en avaros, quizás no en lo económico, pero sí en otros aspectos de la vida. Su amor por el prójimo se atrofiará; fracasarán en compartir sus talentos. «Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

La falsa modestia es también peligrosamente orgullosa. El apóstol Pablo advierte que los que se deleitan en la falsa humildad se han «hinchado sin causa» con sus mentes carnales (Col 2:18). No nos equivoquemos; la falsa modestia está centrada en sí misma y no en Dios. Olvida que caminamos delante del rostro de Dios y que Él conoce todos los pensamientos e intenciones de nuestros corazones. Aunque este orgullo puede estar bien escondido de los demás, sigue siendo una «abominación» ante el Señor (Pr 16:5). Dios no se deja engañar por las apariencias externas.

Lo peor de todo es que la falsa modestia le roba a Dios Su gloria. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros varios dones, talentos, circunstancias y posesiones. Un cristiano fuerte debería ser capaz de disfrutar incluso de las bendiciones de la prosperidad como un regalo de Su mano. Colosenses 2:20-23 nos da una pista de que los hábitos de falsa modestia pueden conducir a una especie de gnosticismo, la antigua herejía que enseñaba que la creación es intrínsecamente mala. Si nos involucramos en la falsa modestia, en algún lugar de la raíz de ella hay un problema con nuestra teología. Deberíamos alabar a Dios por las posesiones, los cuerpos y las habilidades que nos ha dado (Sal 139:14). Como el publicano, debemos presentarnos ante el Señor como humildes pecadores. Pero eso no excluye que también nos presentemos ante Él con profunda gratitud por todos Sus dones.

Por último, la falsa modestia es un pecado complicado de discernir. Es un área particularmente peligrosa para tratar de identificar en otros cristianos. Puedes leer un artículo como este y pensar, «Conozco a una persona así; podría conducir fácilmente un Cadillac y en cambio conduce un Corolla». O «Conozco a un hombre que ora y habla de esta manera». Ten mucho cuidado con tratar de leer el corazón de los demás. Es posible que no conozcas sus razones, motivos o historias. Es genuinamente modesto evitar la jactancia o la exageración (Mt 6:2). Lo que puede parecerte una falsa modestia puede decir más sobre tu propio corazón que sobre el de ellos. La clave para combatir este pecado es caminar delante del rostro de Dios y saber que Él conoce tu corazón. Si ves este pecado en ti mismo, confiésalo ante Él y mira al Señor Jesucristo, quien se humilló hasta la muerte en la cruz (Flp 2:8). La verdadera humildad comienza en la cruz de Cristo y en la confesión de nuestra fe en Él. «Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará» (Stg 4:10).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

La Palabra de Dios como medio de gracia

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Los medios ordinarios de gracia

La Palabra de Dios como medio de gracia
Por Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

veces escuchamos de atletas, artistas o escritores talentosos que son subvalorados. A pesar de sus capacidades, su trabajo es ignorado y no han recibido el reconocimiento que merecen. La popularidad y el éxito de otras personas menos talentosas nos desconcierta, y nos preguntamos por qué nuestra cultura está tan obsesionada con la superficialidad y la fama vacía. Sin embargo, deberíamos considerar que hay un patrón mucho más irracional que se ha desarrollado en este mundo: la mismísima Palabra de Dios ha sido subvalorada. Como cristianos, debemos permanecer firmes en nuestro aprecio por la Palabra de Dios, que Él usa como el medio primario para la creación y edificación de Su Iglesia.

Debemos recordar que la Palabra de Dios es poderosa. La Palabra de Dios tuvo un papel fundamental en la creación de todo lo que existe (Sal 33:6Jn 1:3). En este preciso momento, es la Palabra del poder de Dios la que sostiene todas las cosas (Heb 1:3). Si bien las personas más grandiosas y sus mejores obras se marchitan y desaparecen de esta tierra, la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre (Is 40:8). Mientras para nosotros es difícil impactar los corazones y las mentes, «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4:12). La Palabra de Dios es clave en la transformación de los creyentes, pues «habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pe 1:23).


También debemos recordar que la Palabra viva tiene un gran potencial para crecer y expandirse. En el libro de los Hechos, leemos una narración fascinante del crecimiento de la Palabra. Los apóstoles se enfocaron exclusivamente en la oración y el ministerio de la Palabra; ellos entendieron que ese era el centro de su ministerio (Hch 6:1-4). Por eso, en Hechos vemos escenas gloriosas del crecimiento de la Iglesia, con miles de personas siendo añadidas a ella. Sin embargo, puede decirse que a lo largo de Hechos hay un énfasis mayor en la expansión, el crecimiento, la multiplicación y la prevalencia de la Palabra del Señor (Hch 6:712:2413:4919:20). Si nos alejamos un poco para examinar el libro de los Hechos, vemos que es tanto un relato del crecimiento de la Palabra como un relato del crecimiento de la Iglesia. En vez de enfocarnos principalmente en los efectos de la Palabra cuando la Iglesia crece, debemos tener un aprecio saludable por la presencia y el crecimiento de la Palabra misma.

Al examinar la manera en que las Escrituras testifican de estas verdades, tenemos que confesar que la Palabra de Dios debería tener un lugar primario en la vida de la Iglesia. Nunca debe descuidarse. La pregunta 89 del Catecismo Menor de Westminster enseña:

El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación.

Cuando el Catecismo Menor se refiere a la lectura y predicación de la Palabra de Dios como un «medio», está hablando de ella como un instrumento o una herramienta. En un sentido, es similar a la manera en que podríamos usar un currículo escolar como un medio para cambiar las mentes de los alumnos, o usar un proceso para darle forma a un trozo de madera. La realidad es que, aunque la Biblia es impresa por imprentas humanas y predicada por predicadores humanos, el Señor es quien está usando la Palabra como una herramienta para obrar en nosotros. El apóstol Pablo les enseñó a los tesalonicenses que «cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis» (1 Tes 2:13).

En lo que respecta al uso de la Palabra de Dios, la responsabilidad principal de la Iglesia es asegurarse de que la Palabra sea predicada de forma cuidadosa, sustancial y veraz, y confiar en que el Señor la utilizará cuando eso ocurra. El Hijo de Dios mismo vino como predicador del evangelio (Lc 4:18). Sus apóstoles fueron enviados principalmente a predicar la Palabra. Hombres como Timoteo y Tito fueron llamados a enfocarse en predicar y enseñar con autoridad (1 Tim 4:13-14Tit 2:13). Estaríamos perdidos si no tuviéramos predicadores enviados a traernos las buenas nuevas, pues «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Rom 10:14-17). En Tito 1:3 Pablo enseña que Dios «manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación». Eso significa que Dios «revela» o «da a conocer» Su Palabra mediante la predicación. Lo que era un misterio para el hombre natural es revelado.

Cuando unimos estos conceptos, tenemos que aceptar que no es común lograr entender la realidad del pecado, llegar a la fe en Cristo o entender la amplitud o profundidad de las Escrituras sin la predicación. Así como los padres diligentes moldean y conforman el carácter de sus hijos principalmente a través de sus palabras, el Señor normalmente reúne y moldea a Sus hijos por medio de la predicación de Su Palabra.

Una de las grandes bendiciones de encontrarnos bajo la predicación fiel es que con frecuencia nos vemos expuestos a verdades, correcciones y estímulos inesperados. Dejados a nosotros mismos y a nuestras propias ideas, solemos terminar viviendo o aprendiendo según nuestras propias preferencias. En algunos casos, eso puede ocasionar que se abuse de determinados pasajes de las Escrituras. Exponernos de manera regular a una predicación expositiva, que cubra la totalidad de la Escritura a lo largo del tiempo y nos presente cosas antiguas y cosas nuevas, brindará a los creyentes una dieta espiritual saludable. Contar con un predicador que conozca las necesidades y preocupaciones de la congregación se traducirá en una guía que puede resultar desafiante, pero que en última instancia, restaurará nuestras almas y nos guiará por «senderos de justicia» (Sal 23). El Nuevo Testamento nos dice quince veces: «El que tiene oídos para oír, que oiga».

La Biblia nos muestra asimismo la bendición de nuestro uso personal de la Palabra de Dios como medio de gracia. Que la predicación sea necesaria no significa que los creyentes no se beneficien también del estudio individual de la Palabra. El salmista se despertaba temprano para orar y leer la Palabra (Sal 119:147-48). Los bereanos «imparciales» escudriñaban diariamente las Escrituras (Hch 17:11). La lectura cuidadosa y diligente nos equipará para escuchar la predicación con discernimiento. Tener una dieta constante y consistente de lectura personal de la Escritura nos hará perfectos y nos equipará «para toda buena obra» (2 Tim 3:17). También nos reprenderá y corregirá constantemente (v. 16), lo que puede ser difícil, pero es necesario. Nos señalará con frecuencia que necesitamos a Cristo, nos dará «la sabiduría que lleva a la salvación» y nos dará un fundamento para la doctrina y la vida cristiana (vv. 15-16).

Cuando lees la Biblia o escuchas la predicación fiel, ocurre algo más que una mera transmisión de ideas. La Palabra es más que papel y tinta, y la predicación es más que un discurso. La Palabra es viva, pues el Señor obra eficazmente por Su Espíritu Santo a través de ella. Hay muchas ilustraciones de esta verdad en la Escritura: a través de Su Palabra, el Señor está sembrando una simiente incorruptible (1 Pe 1:23), produciendo arrepentimiento y fe (Rom 10), alimentando nuestras almas con el pan de vida (Mt 4:4Jn 6:35), creando una fuente de aguas vivas en nuestro corazón (Jn 7:38) y lavando a Su Iglesia (Ef 5:26). Tener la Palabra morando en nosotros es estar unidos con Cristo y ser conformados a Su voluntad para que aprendamos a desear lo que es piadoso y santo (Jn 15:7). Eso significa que la Palabra es un regalo incomparablemente precioso y poderoso de Dios para nosotros, pues Él obra a través de ella. En la Palabra, encontramos a Cristo y, encontrando a Cristo, tenemos comunión con Él.

Por último, para el cristiano hay una gran tranquilidad en el hecho de que la Palabra de Dios no cambia. Vivimos en un mundo que ve el cambio como algo virtuoso en sí mismo, incluso muchos cambios necios de moral, ética y estilo de vida. Las modas van y vienen, pero podemos estar agradecidos porque, como el pueblo del Libro, confesamos la misma Palabra que ha confesado la Iglesia de todas las edades. La Palabra de Dios no ha perdido su importancia ni su poder como medio de gracia. Sigue creciendo y expandiéndose por muchas partes de la tierra. «Sécase la hierba, marchítase la flor, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Is 40:8).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Metáforas animales para la vida cristiana

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El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas animales para la vida cristiana

 Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

De principio a fin, la Biblia está llena de historias y ejemplos de corderos, ovejas y pastores. Ya en Génesis 4, con la ocupación y la adoración de Abel, las Escrituras centran nuestra atención en el sacrificio justo de un cordero y el asesinato de un pastor. Es una triste introducción a las realidades del pecado, pero también alude indirectamente a las dificultades que enfrentarían las ovejas y los pastores. La identidad de los patriarcas como pastores los convirtió en una abominación para los egipcios (Gn 46:24). Los más grandes líderes nacionales del Antiguo Testamento, Moisés y David, atravesaron dificultades como pastores de ovejas antes de servir como profeta y rey de Israel, respectivamente. Para ellos, su pueblo, e incluso ellos mismos, eran como ovejas necesitadas de un pastor (Nm 27:17; Sal 23). Desde el momento del éxodo en adelante, la fiesta de la Pascua dirigió la atención de los creyentes aún más claramente a la necesidad de que el cordero tomara el lugar de ellos frente al juicio. A lo largo de su historia, los israelitas sobrevivieron cuidando, comiendo y sacrificando ovejas, y a través de esto aprendieron a verse a sí mismos como ovejas.

Lo cierto es que las metáforas que se basan en esta experiencia son muy útiles para producir humildad en el creyente. Si tuviéramos más experiencia con ovejas, como muchos israelitas, creo que tendríamos una comprensión mucho más rica y realista de las comparaciones. Mi propia experiencia se limitó a unas pocas horas tratando de ayudar a un agricultor en el día de la esquila. Aprendí que las ovejas realmente se pierden, se meten en todo tipo de problemas, se ensucian mucho e incluso pueden ser agresivas. Hermosos corderitos fueron pisoteados a muerte por otras ovejas. Escuché sobre amenazas de lobos, coyotes e incluso cuervos. La realidad es que el uso bíblico de las ovejas como metáfora no es tan sentimental como podríamos pensar. Muchas de las metáforas y comparaciones asumen las debilidades de las ovejas, su tendencia a la autodestrucción y la dificultad de pastorearlas.

La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).
Cuando buscamos las metáforas sobre las ovejas en los salmos, los profetas y los evangelios, encontramos muchos textos que nos humillan como creyentes al compararnos con las ovejas. Aprendemos que los creyentes son relativamente indefensos y que necesitan protección. Las ovejas necesitan que se les muestren los pastos que son mejores para ellas. Necesitamos desesperadamente la guía de la Palabra de Dios (Sal 119:176). Cuando nos desviamos por nuestra pecaminosidad, necesitamos que nos rescaten (Is 53:6; Mt 18:12-14). La terquedad del pueblo de Dios los llevó a ser abandonados como un cordero en el desierto (Os 4:16). En tiempos de prueba, las ovejas tropiezan y se dispersan (Mt 26:31). Existe el peligro de que pastores malvados abusen de las ovejas, las espanten y no las cuiden debidamente (Ez 34). Los falsos profetas se disfrazan de ovejas, pero resultan ser lobos voraces (Mt 7:15). El Señor miró con ira a estos líderes malvados y prometió visitar personalmente a Su rebaño (Zac 10:3).

Varias de las metáforas en el Nuevo Testamento nos llevan a pensar seriamente en la necesidad de discernimiento y sabiduría. El Señor Jesús advirtió a Sus discípulos en Mateo 10:16: «Mirad, Yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, sed astutos como las serpientes e inocentes como las palomas». Los cristianos que viven en medio de los incrédulos deben darse cuenta de que están rodeados de personas que son espiritualmente, y a veces incluso físicamente, peligrosas para ellos. Lamentablemente, el peligro no es solo por los lobos que están fuera de la Iglesia; incluso otros miembros de la Iglesia pueden «morderse y devorarse» unos a otros (Gal 5:15). Al responder a las personas difíciles o peligrosas, como cristianos no somos llamados a volvernos como lobos, sino a ser sabios e inofensivos. Para esto debemos conocer bien las Escrituras, estar listos para dar una razón de la esperanza que tenemos, e incluso saber cuándo guardar silencio. También se nos recuerda, con la imagen de las ovejas y las cabras en Mateo 25:32, que en última instancia el Señor Jesús es el Pastor que discernirá entre Su verdadero rebaño y los impostores en el día final. Él es el Pastor que conoce perfectamente cada motivación y cada pecado secreto, y sabe cuándo falta amor. Aunque Su rebaño parezca estar mezclado en el presente, un día será puesto en orden. Es mucho mejor que uno discierna su corazón hoy mismo y se arrepienta de ser una «cabra» o un «lobo» antes de que sea demasiado tarde. La marca principal de las ovejas verdaderas es que oyen la voz de Cristo y responden a Su voz acudiendo a Él y siguiéndole (Jn 10:27).

Al final, la belleza y el poder de la metáfora de las ovejas en las Escrituras no se encuentra principalmente en una comparación sentimental con un cordero, sino en reconocer nuestra tendencia hacia el pecado y la necedad. Lo más importante es que el Señor ha prometido cuidar a pecadores pobres y necesitados. «Como pastor apacentará Su rebaño, en Su brazo recogerá los corderos, y en Su seno los llevará» (Is 40:11). Él fue y es el Buen Pastor que da Su vida por las ovejas y que reúne a Su rebaño (Jn 10:11-16). Pero aún más profundamente, Él es el Salvador que se rebajó hasta el punto de convertirse en «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (1:29). Aunque Él es el Verbo mismo de Dios, «Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, no abre Él Su boca» (Hch 8:32). La belleza de la metáfora es que nos enseña cuánto dio el Señor por los pecadores y cuán profundo es Su amor al convertirse en el Cordero de la Pascua. Sin embargo, la metáfora no termina ahí. Al final de la Escritura, la obra de Cristo hace que el símbolo pequeño, humilde y débil del Cordero se convierta en el símbolo más grande y glorioso de poder sobre el mal. Cristo el Cordero es Señor de señores y Rey de reyes (Ap 17:14). El Cordero es el esposo de la Iglesia, y Él es el objeto central de nuestra adoración eterna (caps.19-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

Los discípulos discipulan a sus hijos

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Los discípulos discipulan a sus hijos

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie «Discipulado», publicada por la Tabletalk Magazine.

El Señor diseñó el hogar como un lugar especial para el desarrollo de discípulos. En Deuteronomio 6:6-7 se les ordena a los padres a enseñar a sus hijos la palabra de Dios diligentemente y a hablar de ella cuando se sienten en su casa, cuando anden por el camino, cuando se acuesten y cuando se levanten. En el Nuevo Testamento, cuando una cabeza de familia se convertía en discípulo, traía consigo implicaciones para su familia (Lc. 19:91 Cor. 7:142 Tim. 1:5). Efesios 6:4 contiene un mandamiento directo de discipular a los hijos: “Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor”. El Señor claramente llama a Sus discípulos a discipular a sus hijos.

La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites.

Nunca es demasiado temprano para empezar con las rutinas del discipulado. Canta salmos e himnos cuando acurrucas a los más pequeños y aparta tiempo a diario para una lectura familiar de la Biblia y para orar. Eventualmente, puedes motivarlos a memorizar las Escrituras y a estudiar catecismos (Sal. 119:9-11). Haz que la adoración el día del Señor sea una prioridad y una delicia. Háblales frecuentemente de la Palabra de Dios, de las obras en Su creación, de Sus providencias y de las oraciones contestadas. Estos hábitos sentarán las bases para el resto de sus vidas.

A medida que los hijos van creciendo, el discipulado debe estar ligado aún más con la vida cotidiana. La “disciplina” de Efesios 6:4 incluye la limitación de opciones o el establecimiento de límites. Los hijos necesitan reglas basadas en la Palabra de Dios para poder aprender cómo obedecer y cuáles son las consecuencias de la desobediencia. Este proceso no debería causar una relación disfuncional, sino que debería llevar a un mejor entendimiento de que la disciplina es amorosa (Heb. 12:2-11). Busca la manera de hacerles ver cómo cada situación los puede alejar de Dios o llevarlos a la cruz de Cristo y a la reconciliación.

A medida que los hijos crecen, las conversaciones se convierten en el aspecto más importante del discipulado. El Salvador respondió muchísimas preguntas de Sus discípulos, y los padres también deberían convertirse en una fuente primaria de respuestas. Esto puede ser un gran reto, por lo tanto, no dudes en tomarte tu tiempo para responder, para investigar o hasta para tú mismo pedir consejo, pero se constante en dar respuestas. Convierte tu hogar en un lugar de discusiones piadosas, hasta de debates saludables. Enséñales a tus hijos dónde encontrar las respuestas correctas, particularmente en esta era informática, lo que incluye ayudarlos a cultivar relaciones con sus mayores. Cuando las preguntas se tornan difíciles, ora con tus hijos pidiendo sabiduría al Espíritu Santo (Lc. 11:13; San. 1:5).

Podemos decir que los hogares cristianos son como invernaderos donde los hijos crecen como plantitas por un tiempo. Se les da agua y son nutridos por la Palabra, cultivados y podados, y hasta cierto punto protegidos. Es tu llamado como padre ser diligente en discipular y proteger, pero también de ser alentado por el hecho de que el Espíritu Santo usa hogares santos para nutrir la fe, a pesar de nuestros fracasos inevitables. Confía en Su obra por encima de todo y se fiel orando para que Dios dé el crecimiento.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard
El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.