El gozo puesto delante de él

Viernes 16 Diciembre

Jesús… el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.

Hebreos 12:2

Gocémonos… porque han llegado las bodas del Cordero.

Apocalipsis 19:7

En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.

Salmo 16:11

El gozo puesto delante de él

“Por el gozo puesto delante de él”, Jesús “sufrió la cruz”. ¿Cuál era ese gozo cuya perspectiva sostenía a Jesús en medio de semejante sufrimiento? Este contiene tres aspectos, unidos unos a otros:

– El gozo del Salvador: Jesús se compara a sí mismo con un pastor, y compara a los hombres con ovejas perdidas que él busca. Cuando encuentra una oveja, el pastor “la pone sobre sus hombros gozoso”. Nuestro Salvador Jesucristo se goza por cada persona salvada, y el cielo también se goza por cada pecador que se arrepiente (Lucas 15:5-7).

– El gozo del Esposo: muriendo en la cruz, Jesús adquirió una Esposa: su Iglesia, formada por todos los verdaderos creyentes. Pronto, él se presentará su Esposa “gloriosa… santa y sin mancha” (Efesios 5:27), y la llevará junto a él. Este gozo será compartido por todo el cielo (Apocalipsis 19:6-7).

– El gozo del Hijo: el primer hombre, Adán, dudó de Dios, le desobedeció y lo deshonró. Jesús, el Hijo de Dios, enviado a la tierra por su Padre, vino como hombre. Confió en Dios y le obedeció hasta la muerte, dando su vida en la cruz. Allí satisfizo las exigencias de la justicia y de la santidad de Dios, quien debía castigar el pecado. Demostró el amor de Dios, quien sacrificó a su Hijo unigénito para salvar a los pecadores. Jesús llevó a cabo la obra de la cruz. Dios lo acreditó resucitándolo y sentándolo a su diestra. La presencia y la aprobación del Padre hacen el gozo del Hijo.

Jueces 8 – Apocalipsis 9 – Salmo 143:1-6 – Proverbios 30:1-4

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Cartas a las iglesias: Filadelfia (6)

Jueves 15 Diciembre

He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar… Yo vengo pronto; retén lo que tienes.

Apocalipsis 3:811

Cartas a las iglesias: Filadelfia (6)

Leer Apocalipsis 3:7-13

La ciudad de Filadelfia controlaba una de las rutas más grandes del imperio romano, uniendo Europa al Oriente. Su situación geográfica daba a la iglesia local una posición estratégica para propagar el Evangelio, pero allí había muchos adversarios religiosos, “la sinagoga de Satanás”. En esas condiciones, el testimonio y el servicio de esos cristianos eran difíciles. Entonces, desde el principio de esta carta, el Señor les muestra que él los conoce: “Tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”; les hace esta promesa animadora: “He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”. Esta aprobación de Jesús hasta su regreso -“Vengo pronto” –, nos alienta. Jesús es la puerta por la cual él nos lleva a Dios el Padre. Él abre a los cristianos una puerta para servirle, para anunciar el Evangelio y para congregarse de una manera que lo honre, guardando su Palabra.

“Retén lo que tienes”: recomendación dirigida a la iglesia local, pero también a cada uno de nosotros. ¿Cuál es esta “puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”? Cuando en todos los aspectos de nuestra vida (relaciones familiares, laborales, escolares, entre vecinos, etc.) retenemos firme lo que hemos aprendido de Cristo, y permanecemos aferrados a él, descubrimos que ningún obstáculo puede impedir que lo sigamos y testifiquemos de él.

Jesús también es la puerta abierta para salir de nuestros propios pensamientos, de nuestros fracasos, de nuestro pasado, de las tradiciones que nos paralizan. Su amor nos ayuda cada día, mediante la fuerza de su Palabra y de su Espíritu.

(fin el próximo jueves)

Jueces 7 – Apocalipsis 8 – Salmo 142 – Proverbios 29:26-27

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El lenguaje humano de Jesús

Miércoles 14 Diciembre

Hablad verdad cada uno con su prójimo.

Efesios 4:25

Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.

Colosenses 4:6

El lenguaje humano de Jesús

El regalo más maravilloso que Dios hizo al hombre, con la vida, es la palabra. Y para revelarse al hombre, Dios le habla. En todas las épocas Dios ha transmitido su mensaje de manera comprensible, por medio de diversos siervos y profetas, cada uno en su estilo propio. Ese mensaje ha sido transcrito en la Biblia, la Palabra de Dios. Ese libro es una palabra viva, eterna. Al leerla, nos enteramos de lo que Dios dice.

Luego Dios quiso acercarse más a su criatura, por lo que envió a su Hijo al mundo para hablarle. Jesús, el Verbo hecho carne, vino a la tierra (Juan 1:14Hebreos 1:2). Jesucristo fue la revelación de Dios en el mundo, y todo su comportamiento manifestó la verdad de Dios: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Mientras vivía entre los hombres, Jesús hablaba el arameo, la lengua de los que lo rodeaban. De su boca salían palabras de gracia (Lucas 4:22); las multitudes se asombraban al oír sus poderosas palabras (Mateo 7:28-29). Incluso sus opositores dijeron: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Era el cumplimiento de lo que el profeta Isaías había anunciado unos 700 años antes: “El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). Solo él comunicó la palabra apropiada a la situación de quien lo escuchaba; esta palabra es comparada a “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11).

Cristianos, parezcámonos más a nuestro modelo. Velemos para que nuestra forma de hablar muestre que somos discípulos de Cristo.

Jueces 6:22-40 – Apocalipsis 7 – Salmo 141:5-10 – Proverbios 29:24-25

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Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].

Atacado por un tiburón

Martes 13 Diciembre

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.

1 Pedro 5:8-9

Dando gracias al Padre… el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.

Colosenses 1:1213

Atacado por un tiburón

La escena se desarrolló en África del sur, durante una competencia de surf. Repentinamente uno de los participantes percibió algo bajo su tabla, sintió un golpe y luego vio surgir un alerón triangular. No había duda: un tiburón lo atacaba. En un reflejo, el hombre golpeó la espalda del animal y se alejó lo más rápido posible; fue recogido in extremis por un barco cercano.

Este animal que rondaba en busca de una presa nos hace pensar en un adversario temible que ataca a los hombres: el diablo, llamado Satanás, “la serpiente antigua” (Apocalipsis 12:9). La Biblia confirma su existencia y le da varios calificativos: adversario y león rugiente (ver el versículo del día), el malo (Mateo 13:19), mentiroso y homicida (Juan 8:44), seductor (Génesis 3:13), etc. Dios nos pone en guardia contra este enemigo y nos revela sus intenciones: trata de confundir y extraviar a los creyentes, los empuja al mal bajo todas sus formas, morales o físicas, los induce a oponerse a Dios de diferentes maneras. Satanás desvía a los hombres del evangelio; quiere la desgracia de la humanidad.

Aunque no siempre sea consciente, el que rehúsa poner su confianza en Jesús todavía es esclavo de ese amo despiadado y cruel. Pero Satanás fue vencido en la cruz: el que cree en Jesús es librado de Satanás y tiene a Jesucristo como Salvador y Maestro, y puede decir:

No temeré nada. Ni Satanás ni el mundo pueden arrancarme de los brazos del buen Pastor… Con él estoy al abrigo del peligro para siempre.

Jueces 6:1-21 – Apocalipsis 6 – Salmo 141:1-4 – Proverbios 29:23

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¿Debería asistir a una boda homosexual?

Por Kevin DeYoung 

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.

Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.

Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.

Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:

Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.

De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».

Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.

Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:

Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».

Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.

Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.

No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.

No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.

Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).

Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.

Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kevin DeYoung
El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

Me falta algo

Lunes 12 Diciembre

Nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.

Gálatas 2:16

Me falta algo

“Crecí en Egipto, en una familia cristiana, amparándome en la fe de mis padres. Cuando llegué a la adolescencia, esto no me satisfacía más. En mi espíritu crecía un vacío, pero, ¿por qué?

En cierta ocasión mi hermano asistió a un campamento cristiano y volvió irreconocible. Su mal carácter había dado lugar a una actitud amable, y con dulzura me invitó a asistir al siguiente campamento.

El primer día el predicador habló de alguien que se parecía mucho a mí. “¿Se considera bueno, e incluso cree ser un buen cristiano, sin tener a Jesucristo en su vida?”. Ese hombre, ¿me hablaba a mí, o a personas que hacían mal? Me sentí confundida… Una tarde nos propuso: “Los que quieran entregar su vida a Jesucristo, levántense y oremos juntos”. Algunos se levantaron, pero yo me quedé sentada, diciéndome en voz baja: “Soy una buena cristiana”. Un poco más tarde el predicador nos invitó una vez más a ir a Jesús. Entonces comprendí que debía decidirme. Mi lengua se desató y oré: “Señor Jesús, quiero conocerte. Gracias por haber muerto en la cruz por mí. Te pido que vengas a mí y seas mi Salvador. Gracias por amarme, por haber perdonado mis pecados y por darme la vida eterna. Ayúdame a ser la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.

Cuando volví a la casa, ¡qué cambio en mi vida! Y mi Biblia, que yo no leía, empecé a devorarla para saber más de Dios y hablarle todos los días. Mi vida tomó un sentido. Al fin comprendí en qué consistía la fe de mis padres”.

según Joy Y.

Jueces 5 – Apocalipsis 5 – Salmo 140:6-13 – Proverbios 29:21-22

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Las palabras pequeñas

Tiendo a apresurarme. Incluso cuando me relajo en el sofá para leer un libro, me encuentro pasando apurado las páginas. No es que no disfrute leer, es que parece que siempre tengo prisa por hacer lo que vendrá inmediatamente después de lo que estoy haciendo ahora. Cuando leo, me apresuro para llegar a comer el bocadillo que sigue en mi lista de cosas por hacer. Y cuando empiezo a preparar esa merienda, me apuro para revisar mi correo electrónico. Supongo que esto forma parte de la vida en esta sociedad norteamericana: siempre tenemos prisa por hacer algo, aunque ese algo no sea nada.

Incluso me encuentro apurado cuando leo la Biblia. Me apresuro a leer la Biblia para poder orar. Después de orar, puedo pasar a leer el siguiente libro de mi lista de lectura. El problema es que, cuando me apresuro, me pierdo de cosas. Si leo la Biblia deprisa, siempre acabo pasando por alto algunas palabras importantes. Nunca se me escapan las grandes: puedo detectar una «justificación» o una «imputación» a un kilómetro de distancia. Son las pequeñas las que se me escapan. Los «si» y los «peros» tienden a escaparse de mi atención. Sin embargo, es sorprendente cómo cambia la Biblia cuando me tomo el tiempo de absorber cada una de esas pequeñas palabras. En última instancia, a menudo son más importantes que las grandes palabras que las rodean.

Considera los versículos 31 y 32 de Lucas 22. «Y el Señor dijo: “¡Simón, Simón! En efecto, Satanás ha preguntado por ti, para tamizarte como el trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y cuando hayas vuelto a Mí, fortalece a tus hermanos”». Cuando me apresuro, pierdo de vista las pequeñas palabras como «cuando». Esa pequeña palabra en el contexto de este versículo habla de una verdad tan asombrosa. Satanás preguntó si podía tamizar a Simón como el trigo. Aunque no sabemos exactamente lo que eso implica, ciertamente muestra que el diablo iba a lanzar un ataque especialmente cruel contra Simón. Jesús, después de haber orado por Simón, no dijo «si vuelves». Más bien, habló con confianza, diciendo que cuando Pedro perseverara, sería capaz de fortalecer a otros. Cuando miramos este versículo en relación con otros pasajes de la Escritura, podemos ver una afirmación de los principios de la seguridad eterna: que Satanás, aunque puede atacarnos, nunca puede separarnos para siempre del Señor. Si pierdo de vista esa pequeña palabra «cuando», me pierdo una gran verdad.

Otro ejemplo de una pequeña palabra con gran significado está en Efesios 2, que dice que la salvación es por gracia a través de solo la fe en Cristo. «Y a vosotros os dio vida, cuando estabais muertos en delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la desobediencia, entre los cuales también todos nos condujimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne».

«Pero Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y juntamente con Él nos resucitó, y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros mismos; es don de Dios, no de las obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas».

La primera parte de este pasaje trata de la condición humana natural. Los humanos están muertos en delitos y pecados. Andamos según los caminos de Satanás en lugar de los de Dios. Amamos cumplir nuestros propios deseos en vez de los de Dios, y somos hijos de la ira. Pero Dios. Esa pequeña frase. Así éramos… pero Dios. Luego leemos cómo Dios, por Su gran amor, nos dio la vida, salvándonos de nuestra condición natural. Una vez más, todo depende de una pequeña palabra. Esa palabra une todo el argumento, llevándonos de la condenación segura a la salvación segura.

He aprendido que tengo que ir más despacio cuando leo, no sea que siga perdiéndome estas grandes verdades. Cuando voy más despacio, leo con atención y me tomo tiempo para meditar en las palabras de la Escritura, me enriquecen todas y cada una de las palabras que contiene la Biblia. Recuerdo algunas de las primeras cartas de amor que me escribió mi esposa, hace tantos años, y cómo las leía y releía, empapándome de cada palabra y cada frase. Ese es el tipo de devoción que necesito mostrar a la Biblia, leer cada palabra, cada «jota y tilde» para asegurarme de que no pierdo de vista involuntariamente ninguna de las maravillas de Dios.

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Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Recibió gratuitamente, dé gratuitamente

Sábado 10 Diciembre

Si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

1 Corintios 13:3

(Jesús dijo:) De gracia recibisteis, dad de gracia.

Mateo 10:8

Recibió gratuitamente, dé gratuitamente

A lo largo de sus páginas la Biblia nos exhorta a ser generosos (Deuteronomio 15:7). En el Antiguo Testamento Dios pedía que se le diera el diezmo de lo que se ganaba. “El diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, del Señor es” (Levítico 27:30).

En el Nuevo Testamento la invitación es a dar libremente, por amor. “Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Por supuesto, para dar es necesario haber recibido primero. Solo podemos dar lo que nos pertenece. Si hemos recibido el perdón de Dios, su gozo, su amor, su paz… entonces podemos dar perdón, gozo, amor y paz a quienes nos rodean. Dar es primero compartir estas cosas gratuitamente.

Dar también es estar dispuesto a privarse de cierta comodidad, de ciertas cosas materiales, pero, al mismo tiempo es un medio para conocer mejor a nuestro Dios, quien nos ha dado tanto.

¡Y el hecho de dar es tan liberador! “Todo lo que no sabes dar te domina”, escribió alguien. Dando y dándonos para amar y servir a Dios y a los demás, nuestro corazón se ensancha y apreciamos más los dones de Dios y su gracia. Cuanto más gustemos la gracia de Dios, más daremos. Y cuánto más demos, más creceremos en el conocimiento de su gracia.

“Hay quien todo el día codicia; pero el justo da, y no detiene su mano” (Proverbios 21:26).

“Honra al Señor con tus bienes” (Proverbios 3:9).

Jueces 3 – Apocalipsis 3:7-22 – Salmo 139:19-24 – Proverbios 29:17-18

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Lo que depara el futuro

Lo que depara el futuro

Por Denny Burk

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

El presidente Obama tuvo razón cuando dijo que la decisión de la Corte Suprema sobre el matrimonio gay cayó como un rayo. La decisión en el caso Obergefell vs. Hodges, que legalizó el matrimonio gay en todo el país, es realmente un punto de inflexión en nuestra vida nacional. Aunque la mayoría de los estadounidenses apoya ahora el matrimonio gay, muchos de nosotros consideramos esta decisión como una tragedia moral y judicial.

Desde el punto de vista jurídico, representa que cinco jueces no elegidos imponen a la nación una nueva definición del matrimonio. La sentencia no se basa en principios jurídicos sólidos, sino en las opiniones de cinco abogados que se adjudican el derecho a promulgar una política social. La Corte Suprema no tiene derecho a redefinir el matrimonio para los cincuenta estados, pero eso es exactamente lo que hizo.

Desde un punto de vista moral, la decisión es una completa subversión de lo bueno, lo correcto y lo verdadero con respecto al matrimonio. El matrimonio es la unión de pacto entre un hombre y una mujer para toda la vida. Su conexión con la procreación y los hijos nos ha sido revelada en la naturaleza, por la razón y por el sentido común. Además, la Biblia revela que el matrimonio es un símbolo del evangelio, del amor y del pacto de Cristo por Su iglesia (Ef 5:31-32).

La decisión del tribunal intenta poner todo eso patas arriba. Como resultado, se opone a la razón y al sentido común. Lo que es más importante, va en contra de los propósitos de Aquel que, para empezar, creó el matrimonio (Gn 2:24-25).

Una nueva realidad
Aunque me decepciona esta decisión, aún confío en que los cristianos seguirán dando testimonio de la verdad sobre el matrimonio, aunque la ley de nuestro país se ponga ahora en nuestra contra. Sin embargo, muchos cristianos se preguntan cómo avanzar en esta nueva realidad.

Soy pastor y esta pregunta es exactamente la que he escuchado de la gente de mi iglesia. Nuestros miembros, en general, no tienen preguntas sobre la enseñanza de la Biblia sobre la homosexualidad y el matrimonio. Eso lo entienden. Tampoco tienen dudas sobre su obligación de amar al prójimo, buscar su bien y estar en paz con todos (Mr 12:29-31; Lc 6:33; Ro 12:18). También entienden todo eso.

Su pregunta es cómo vivir lo que Jesús les ha llamado a ser cuando la gente los trate con hostilidad. Hace poco hablé con un miembro de la iglesia cuyo jefe es gay. Aproximadamente la mitad de sus compañeros de trabajo también lo son. Son sus amigos y tiene amor por ellos. Ella quiere mantener una relación con ellos y espera seguir formando parte de sus vidas. Pero le preocupa que sus creencias cristianas sobre el matrimonio y la sexualidad los alejen una vez que las conozcan. Lo último que tiene en mente es librar una guerra cultural o ganar un debate con ellos. Solo quiere un espacio para ser su amiga, aunque al final no estén de acuerdo con estas cuestiones fundamentales.

Podría contar otras historias de hermanos y hermanas en Cristo que no solo están preocupados por mantener las relaciones con sus amigos del trabajo, sino que también les preocupa enfrentarse al suicidio profesional si sus opiniones cristianas se dan a conocer entre sus colegas. Una vez más, no quieren entrar en una guerra cultural con nadie. Pero tampoco quieren enfrentarse a la pérdida de sus trabajos o a una reprimenda en su expediente de recursos humanos cuando no se presenten a la fiesta de la oficina para su compañero de trabajo que acaba de casarse con su pareja del mismo sexo. Están tratando de averiguar cómo ser fieles a Jesús, amigos fieles y empleados fieles cuando estas obligaciones parecen estar en tensión.

Ese es el reto que veo entre nuestros miembros. Lo que se preguntan es si su fe cristiana será tolerada en el espacio público. Y no me refiero a ningún deseo por su parte de hacer un proselitismo agresivo y odioso. Se preguntan si existirá un auténtico pluralismo en el país post-Obergefell, o si los puntos de vista cristianos sobre la sexualidad y el matrimonio están siendo excluidos de nuestra vida nacional.

Estoy muy agradecido por estos queridos hermanos y hermanas en mi iglesia. Ninguno de ellos ha expresado ningún pensamiento de abandonar las enseñanzas de Jesús debido a estas dificultades. Van a caminar con Cristo sin importar el costo. Alabo a Dios por eso. Pero aun así estoy preocupado por ellos y estoy orando por ellos. Son víctimas silenciosas en la primera línea de una guerra cultural en la que no quieren estar. Solo quieren seguir a Jesús en paz. A medida que las implicaciones de Obergefell llegan a sus vidas, oro para que puedan hacer precisamente eso (1 Ti 2:2).

La creciente oposición
Los cristianos están empezando a darse cuenta de que su lugar en la vida estadounidense está siendo juzgado en el tribunal de la opinión pública. No está nada claro si esto acabará bien para la iglesia cristiana.

A principios de este año, vimos cómo los gobernadores de Indiana y Arkansas abandonaban en sus estados las Leyes de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA por sus siglas en inglés). Fue un momento clave en nuestra vida nacional que puso de manifiesto el profundo cambio de actitud de Estados Unidos respecto a la homosexualidad, el desfase de los evangélicos con la nueva ortodoxia sexual y la voluntad de muchos estadounidenses de castigar a los evangélicos por sus creencias transgresoras.

Hemos visto a dos gobernadores republicanos dar marcha atrás con respecto a las RFRA estatales sobre las cuales hace tan solo diez años no había controversia alguna. Hemos visto a los medios de comunicación nacionales desestimar con sarcasmo nuestra primera libertad en la Carta de Derechos, usando comillas al mencionar la «llamada» libertad religiosa. Vimos cómo un político tras otro no quería o no podía presentar un argumento coherente a favor de la libertad religiosa. Y vimos a innumerables comentaristas denigrar la libertad religiosa como un eufemismo para el fanatismo y la discriminación. El columnista del New York Times, Frank Bruni, escribió que a los cristianos se les debería «obligar a quitar la homosexualidad de su lista de pecados». No es de extrañar que Nicholas Kristof haya dicho que «los evangélicos constituyen uno de los pocos grupos de los que es seguro burlarse abiertamente».

La libertad religiosa ha recibido una paliza épica en la vida estadounidense y parece que apenas estamos empezando. El foco del ataque parece estar en los evangélicos. Los evangélicos están empezando a sentir un desprecio abierto por parte de burladores refinados, que encuentran que nuestra antigua fe es estrafalaria y discordante con el país posterior a la revolución sexual. Ya no existe una «mayoría silenciosa» a la que los cristianos puedan apelar en busca de ayuda. Los evangélicos somos una auténtica minoría cuando se trata de nuestro compromiso con las enseñanzas de Jesús sobre la sexualidad. No es solo que a la gente no le gusten nuestros puntos de vista. Es que no le gustamos a la gente por ellos. De hecho, una encuesta reciente ha revelado que hay más personas que ven con buenos ojos a los homosexuales que las que ven con buenos ojos a los evangélicos.

¿Retirada o compromiso?
Sin duda, los cristianos evangélicos se enfrentan a una nueva realidad en la América post-Obergefell y se preguntan cómo avanzar. Oyen a algunos líderes aconsejar la retirada y la desvinculación de la cultura. Oyen a otros líderes decir que tenemos que participar en la guerra cultural con el tipo de política que marcó la antigua Mayoría Moral de la década de 1980.

Ninguna de las dos opciones muestra realmente lo que Jesús nos enseñó sobre nuestra relación continua con el mundo. Juan 17 recoge las palabras de la oración de Jesús justo antes de ser entregado para ser crucificado. Su oración se centró no solo en los once discípulos que quedaban, sino también en todos aquellos que creerían en Él por el testimonio de Sus discípulos. En resumen, Jesús oraba por nosotros.

Entre otras cosas, Jesús oró para que estuviéramos en el mundo, pero no fuéramos del mundo, por el bien del mundo.

Jesús oró: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (vv. 15, 18). Esto significa que la desvinculación del mundo no es una opción para los cristianos. Él nos ha enviado al mundo sabiendo muy bien que nos enfrentaremos a la oposición: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (16:33).
Pero estar en el mundo no significa ser del mundo. En el Evangelio de Juan, «mundo» no es una palabra genérica para el planeta tierra. Es un término técnico que denota a la humanidad en su caída y rebelión contra Dios (ver también 1 Jn 2:15-17). Así que cuando Jesús nos envía al mundo, sabe que nos envía a un reino de rebelión activa contra los propósitos de Su Padre. Pero Su expectativa es que nuestra presencia en el mundo sea una influencia «santificadora». ¿Por qué? Porque nuestra lealtad a Jesús y a Su Palabra nos «santifica» en medio de la podredumbre (Jn 17:16-17). Y ese es el punto.
Estamos en el mundo, pero no somos del mundo por el bien del mundo. Jesús dice que envía a Sus discípulos santificados al mundo para que «el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste como me has amado a Mí» (v. 23). En última instancia, nuestra santificación en el mundo tiene una misión: mostrar al mundo —en su caída y rebeldía— que Dios envió a Su Hijo a morir por los pecadores.
Sí, nos enfrentamos a una nueva realidad después de Obergefell. Pero sabemos cómo avanzar en esta nueva realidad porque Jesús ya nos ha dado nuestras órdenes de marcha. Él nos ha mostrado que la oposición del mundo es la norma, no la excepción, y sabemos que al final venceremos porque Jesús ha vencido (16:33).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Denny Burk
El Dr. Denny Burk es profesor de estudios bíblicos en el Boyce College y pastor asociado de Kenwood Baptist Church en Louisville, Kentucky. Es autor de What Is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] y coautor de Transforming Homosexuality [Transformar la homosexualidad]. Puedes seguirlo en Twitter @DennyBurk.