Convicciones verdaderas

14 Febrero 2017

Convicciones verdaderas
por Charles R. Swindoll

Job 27:1-23

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos. A ustedes, que son padres y todavía están criando a hijos, permítanme aconsejarles que les enseñen a hacer esto, practicándolo a menudo. El momento de la cena es una gran oportunidad para recordarlo. Es un momento ideal para pensar en el día transcurrido y contar las bendiciones que recibimos.

Recontar presenta pruebas que nos obligan a tragarnos nuestro orgullo. Sugiero que recontemos las pruebas por las que estamos pasando en el presente, y les permitamos que nos pongan debidamente en nuestro sitio.

Reafirmar nuestro compromiso con la integridad nos fortalece con confianza y valentía. Esto es lo que más me encanta de Job: aunque está desanimado y decepcionado, no está derrotado.

Mi esposa y yo regresamos hace poco de un viaje trascendental a sitios que se hicieron famosos gracias a un pequeño grupo de hombres justos e intrépidos. Hoy los conocemos como los reformadores. Fueron los líderes de la Gran Reforma que recorrió a Europa Central en el siglo XVI.

Juan Huss, de Checoslovaquia; Martín Lutero y Felipe Melanchton, de Alemania; Ulrico Zwinglio y Juan Calvino, de Suiza; y Juan Knox, de Escocia (para nombrar solo unos pocos), no fueron superiores en estatura ni en fuerzas. Tampoco fueron perfectos ni mucho menos, pero fueron hombres íntegros, con cualidades de carácter que los mantuvieron fieles. Esto también les permitió no sentirse intimidados frente a la oposición, que no sólo era de palabra, sino que también constituía una amenaza para sus vidas. Al igual que Lutero, cada uno de ellos estaba diciendo, en realidad: “Aquí estoy, no puedo proceder de otra manera”, al negarse a flaquear o retractarse. Como Job, fueron malinterpretados, difamados, falsamente acusados y abiertamente insultados por sus críticos. Representaban voces solitarias de la verdad al ser fieles a sus convicciones.

Durante nuestro recorrido, muchas veces me quedaba largo rato frente a una estatua de bronce o de pie en el púlpito donde uno de ellos predicó una vez, y me preguntaba si, quizás, se sintieron fortalecidos al mantenerse solos en la brecha siguiendo el ejemplo dejado por Job en la Biblia. Mucho antes de que ellos nacieran, él testificó: “Hasta que muera, no renunciaré a mi integridad. Me he aferrado a mi rectitud y no la cederé” (Job 27:5, 6).

También me preguntaba: “¿Habría tenido yo la valentía de hacer lo que ellos hicieron?” ¿La habría tenido usted?

Considerar las bendiciones pasadas nos da razones para regocijarnos.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

¿Cómo llegaron a nuestras manos los Evangelios Canónicos?

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14 FEBRERO

Génesis 47 | Lucas 1:1–38 | Job 13 | 1 Corintios 1

A un cierto nivel, es suficiente descansar en la confianza de que Dios nos los ha provisto. Pero Dios suele obrar por medios identificables. En ningún momento recibimos la impresión de que los evangelios canónicos llegasen del cielo en placas de oro, ni que fuesen escritos por los discípulos por un proceso de dictado divino.

Lucas nos ofrece el mayor detalle de los cuatro en cuanto a la manera como aborda su tarea (Lucas 1:1–4). Nos dice que “muchos” ya han “intentado hacer un relato” de la vida y ministerio de Jesús, “tal y como nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos presenciales y servidores de la palabra” (1:1–2). De esto se desprenden dos cosas: (a) Lucas mismo no proclama ser testigo presencial de Jesús. Sí que afirma, sin embargo, estar en contacto con los “testigos presenciales” originales y con “los servidores de la palabra” transmitida. (b) Cuando Lucas escribe, sabe que ya hay muchos reportajes y relatos que circulan por ahí. No es de extrañar. Los judíos eran una raza de escritores. Cada niño aprendía a leer y a escribir. Sería inconcebible que nadie escribiese nada durante los primeros años después de la muerte, resurrección y exaltación de Jesús.

Luego Lucas dice que él mismo “habiendo investigado todo esto con esmero desde su origen”. Estas palabras sugieren que había leído las fuentes, hablado con todos los líderes que encontró y valorado con rigor sus informes. Podemos entrever algo de su método si leemos su segundo tomo, el libro de los Hechos. Allí, al seguir sus movimientos, descubrimos que se encontraba en cada uno de los principales centros cristianos, donde tuvo la oportunidad de hablar con todos los líderes cristianos, y leer cada uno de los primeros informes y archivos. No es necesario entonces hacer un salto demasiado grande para deducir que, si Lucas el médico (ver Colosenses 4:14) tiene más información acerca del singular embarazo de María (Lucas 1:26 ss), es porque la había visitado y había mantenido largas conversaciones con ella. Llegado el momento entonces, había escogido escribir “ordenadamente” (1:3).

Dos cosas se desprenden de esto. En primer lugar, por mucho que el Espíritu de Dios supervisó la composición de los evangelios, dicha supervisión divina no excluyó la necesidad de emprender una obra rigurosa de investigación y de trabajo muy diligente. En segundo lugar, este método de dar a luz una obra canónica está en completa sintonía con los temas que trata: Dios mismo trajo al hijo mesiánico de David, el Hijo de Dios, a este mundo (1:35), lo eterno invadiendo lo temporal, asegurando para siempre que se podría hablar de él de la misma manera que un testigo habla de lo que ha observado. La transmisión de la verdad cristiana descansa, necesariamente, en gran parte, no en experiencias místicas, sino en lo que se ha visto y oído.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 45). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Cómo lee usted?

¿Cómo lee usted?

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(Jesús) le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? – Lucas 10:26

No les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron. – Hebreos 4:2

Un hombre que conocía perfectamente el Antiguo Testamento, sobre todo la Ley dada por Dios, preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna. Es una buena pregunta que nos concierne a todos. Sin embargo, el que formuló esta pregunta no era sincero, pues deseaba probar a Jesús. Entonces Jesús le hizo dos preguntas: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”.

El primer punto capital es saber qué contiene la Biblia. Algunos hablan de este libro sin haberlo leído realmente. ¿Formamos parte de los que lo leen? ¿Conocemos su mensaje? Leer libros que hablan de la Biblia no es suficiente; necesitamos un contacto directo con el texto. Podemos leerla solos o con otras personas.

La segunda pregunta va más lejos, es decir, tiene que ver con la manera en que leemos la Biblia. Jesús interpeló sobre este punto al que le hizo la pregunta. El Señor conocía sus intenciones y quiso alcanzar su conciencia. En efecto, para leer bien la Biblia hay que leerla con una mente recta, abierta y sincera.

Leámosla con seriedad y aplicación. Pero, sobre todo, leámosla en oración, con una actitud de verdadera escucha, con nuestros pensamientos volcados hacia Dios, aquel en quien esperamos y en quien creemos. ¡Dejémonos interpelar por lo que está escrito! ¡Tomémoslo en serio y creámoslo! Luego tendremos que poner en práctica lo que leímos y creímos. ¡Esto nos transformará! En efecto, la Biblia, la Palabra de Dios, “vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23).

2 Samuel 7 – Mateo 27:32-66 – Salmo 22:16-21 – Proverbios 9:7-9

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Acepte su responsabilidad

Acepte su responsabilidad

la-verdad-para-hoy

2/13/2017

Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos. (Salmo 51:4)

 Si quiere pecar cada vez menos y tener un mayor desarrollo espiritual en su vida, debe aceptar su responsabilidad. No le eche la culpa a sus circunstancias, a su cónyuge, a su novio o a su novia, a su jefe, a sus empleados o a su pastor. Ni siquiera le eche la culpa a Satanás. Su pecado es culpa suya. Sin duda que el sistema del mundo puede contribuir al problema, pero el pecado ocurre en definitiva como un acto de la voluntad; y usted es responsable de eso.

Tal vez uno de los mejores ejemplos de alguien que aprendió a aceptar su responsabilidad sea el del hijo pródigo. Cuando volvió a casa con su amoroso padre, dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lc. 15:21). Estuvo incluso dispuesto a que se le tratara como a un modesto jornalero porque sabía que no merecía nada (v. 19). Esa es la actitud correcta de alguien que confiesa su pecado.

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Bíblicamente correcto

13 Febrero 2017

Bíblicamente correcto
por Charles R. Swindoll

Job 27:1-23

Piénselo: ¿No es excelente ese comentario final? El hombre malo puede tener más ropa en su clóset, pero terminará dejándola para nosotros. ¿Recuerda ese texto materialista que se puede leer en algunos automóviles que dice: “Quien muere con más juguetes gana”? La verdad es que quien al morirse tiene más juguetes, se los pasa al bueno, y es el justo quien los disfruta! Job se ha dado cuenta de esta prioridad: El mal ocurrirá, pero no triunfará al final. Eso produce un sentido de justicia.

¡Allí es donde se van esas grandes riquezas! Cuántas veces hemos visto o sabido de personas que tienen mucho dinero, pero no pasa mucho tiempo sin que se les acabe. Esas riquezas fueron como un águila, se fabricaron alas para sí mismas. Tenga la seguridad de que Dios lleva una cuenta exacta de todo. Además, Él sabe quién es el bueno y quién es el malo.

Es fácil desconcentrarse si uno ve demasiadas noticias en la televisión. Tenga mucho discernimiento en cuanto a lo que ve, escucha y lee. Si la fuente no es confiable, la información será errada. Afortunadamente, todavía hay algunos hoy en día que piensan bien y que no tienen temor de decirlo. Sus palabras nos recuerdan que lo malo es malo, que la maldad será juzgada, ¡y que el malvado será el perdedor al final, no importa que parezca estar ganando! James Russell Lowell, poeta y ensayista estadounidense del siglo XIX, lo expresó muy bien cuando escribió en su libro The Present Crisis (La crisis presente):

La verdad, para siempre en el cadalso,
El mal, para siempre sobre el trono.
Pero al futuro lo mece ese cadalso,
detrás de la ignota oscuridad,
Está Dios, en medio de las sombras,
Protegiendo a los suyos.

Permanezca en el cadalso. Siga teniendo una mente clara. ¡Rechace tolerar el mal! Al igual que Job, siga teniendo sus prioridades en armonía con la Palabra de Dios. Deje que Dios le dicte su agenda y le ayude a interpretar los sucesos de nuestro tiempo. Vuélvase correcto en las cosas de la Biblia, antes que convencional en las cosas del mundo.

El mal ocurrirá, pero no triunfará al final. —Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Yo soy Dios, el Dios de tu padre»

«Yo soy Dios, el Dios de tu padre»

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13 FEBRERO

Génesis 46 | Marcos 16 | Job 12 | Romanos 16

Una de las verdades que resulta más difícil comprender es que el Dios de la Biblia es tanto personal – que se relaciona con otras personas – como trascendente (es decir, más allá del espacio y del tiempo, que es el ámbito en el que todas nuestras relaciones personales tienen lugar). Como Soberano trascendente, reina sobre todo, sin excepción; como Creador personal, se relaciona con todos los que llevan su imagen, revelándose no sólo como personal, sino también como absolutamente bueno. Cómo hacer que todas estas piezas encajen, queda, al fin y al cabo, fuera de nuestra capacidad intelectual, por mucho que se den por sentadas en las Escrituras.

Cando Jacob recibe la noticia que José vive, ofrece sacrificios a Dios, quien, otra vez más, vuelve a revelarse, por gracia, a Jacob: “—Yo soy Dios, el Dios de tu padre —le dijo—. No tengas temor de ir a Egipto, porque allí haré de ti una gran nación. Yo te acompañaré a Egipto, y yo mismo haré que vuelvas. Además, cuando mueras, será José quien te cierre los ojos.” (Génesis 46:3–4).

El libro de Génesis deja claro que Jacob sabía que el pacto que Dios hizo con Abraham incluía la promesa de que la tierra donde residían le sería entregada un día a él y a sus descendientes. Fue por esto por lo que Jacob necesitaba una revelación directa por parte de Dios para inducirlo a marcharse de la tierra. Jacob quedó reconfortado a tres niveles: (a) Dios haría que sus descendientes se multiplicasen hasta llegar a ser una gran nación durante su peregrinaje en el desierto; (b) Dios acabaría por sacarles de Egipto; (c) personalmente, Jacob es reconfortado al saber que José, su hijo perdido hacía mucho tiempo, estará presente en el momento de su propia muerte.

Todo esto le ofrece consuelo personal. También desvela algo de los misterios de la soberanía providencial de Dios, porque los lectores del Pentateuco saben que esta estancia en Egipto desembocará en la esclavitud, que se dirá de Dios que “oye” los clamores de su pueblo y que, a lo largo de los años, levantará a Moisés, el agente de Dios en las diez plagas, el cruce del Mar Rojo, la entrega del pacto de Sinaí, el vagar por el desierto y la llegada (o más bien retorno) a la Tierra Prometida. El Dios soberano que trae a José a Egipto a fin de preparar el camino a esta pequeña comunidad de 70 personas tiene en mente numerosos y complejos planes para su futuro. Estos tienen como propósito llevar al pueblo al próximo nivel de la historia redentora y enseñarles que las palabras de Dios son más importantes que los alimentos (Deuteronomio 8).

Es tan difícil desligar la trascendencia soberana de Dios del hecho que también es Persona, como sacar un ala de un avión y seguir esperando que vuele.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 44). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Orar con los labios o con el corazón

Orar con los labios o con el corazón

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El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.

2 Corintios 9:6-7

Un hombre rico, que decía ser cristiano, oraba con su familia para que Dios cuidase de los pobres y los desdichados. Pero cuando un mendigo llamaba a su puerta, se apresuraba a responder que no le quedaba nada, que solo tenía para sus propias necesidades.

Tristemente su pequeño hijo había asistido muchas veces a esas escenas en las que su padre despedía a esos menesterosos. Sin embargo, al llegar la noche oraba sin falta por aquellos que no tenían lo necesario.

–Papá, le dijo su hijo un día, ¡cómo me gustaría tener tu dinero!

–¿Qué harías con él, hijo mío?

–Respondería tus oraciones.

¿No nos sucede, queridos cristianos, que pronunciamos hermosas oraciones sin estar motivados por lo que pedimos, y sin darnos cuenta de que a veces tenemos nuestra propia responsabilidad para que sean respondidas? Por ejemplo, si decimos: “Hágase tu voluntad”, ¿nos damos prisa para saber cuál es y hacerla?

En los evangelios a menudo escuchamos a nuestro Señor denunciar a los fariseos hipócritas que, so pretexto de hermosas oraciones, solo buscaban su reputación religiosa y sus intereses personales. ¿Nos parecemos a ellos?

Un contraste perfecto es el Señor Jesús en su vida de olvido de sí mismo, compartiendo las tristezas de los demás y mediante una total abnegación. ¡Una vida así debería caracterizar a cada uno de los que dicen pertenecer a él!

2 Samuel 6 – Mateo 27:1-31 – Salmo 22:12-15 – Proverbios 9:1-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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La ciudad perfecta

FEBRERO, 13

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La ciudad perfecta

Devocional por John Piper

Pues [Dios] les ha preparado una ciudad. (Hebreos 11:16)

Sin contaminación, ni grafito, ni basura, ni paredes despintadas o garajes de podredumbre, ni césped muerto o botellas quebradas, ni lenguaje grosero de la calle, ni confrontaciones con actitud desafiante, ni violencia doméstica, ni peligros en la noche, ni incendios provocados o mentiras o robos o asesinatos, sin vandalismos y sin monstruosidades.

La ciudad de Dios será perfecta porque Dios estará en ella. Él caminará y hablará y se manifestará en cada parte de esta ciudad. Todo lo que es bueno y hermoso y santo y pacífico y verdadero y feliz existirá en ese lugar, porque Dios estará ahí.

La justicia perfecta estará presente, así como recompensa que retribuye mil veces cada dolor sufrido en obediencia a Cristo. Y nunca se deteriorará. Es más, brillará cada vez más a medida que la eternidad va estirándose hacia una era infinita de gozo creciente.

Cuando deseamos esta ciudad por sobre todas las cosas en la tierra estamos dando honor a Dios, quien, de acuerdo a Hebreos 11:10, es el arquitecto y constructor de la ciudad. Cuando honramos a Dios, él se agrada y no se avergüenza de ser llamado nuestro Dios.


Devocional tomado del sermón “La esperanza de los exiliados en la Tierra”

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Despojándonos del peso del pecado

Despojándonos del peso del pecado

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2/12/2017

Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. (Hebreos 12:1)

Cada vez que nos excusamos por nuestro pecado, estamos culpando a Dios. Adán lo hizo cuando Dios le preguntó acerca del comer el fruto prohibido. Él respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gn. 3:12). Adán no aceptó la responsabilidad de su pecado, sino que culpó a Dios, de que le había dado a Eva.

El pecado nunca es culpa de Dios, ni es la culpa de una persona o circunstancia que Dios trajo a nuestra vida. El excusar el pecado pone en tela de juicio a Dios por algo que solo es nuestra culpa. Si decide castigarnos es porque lo merecemos.

Por eso la confesión de pecado es indispensable para el crecimiento espiritual. Cuando acepte la realidad de su pecado y lo confiese, tiene menos peso muerto que lo arrastre hacia abajo en el proceso de crecimiento. Como lo indica el versículo de hoy, aumentará su crecimiento cuando se despoje del peso del pecado mediante la confesión.

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La providencia de Lincoln

La providencia de Lincoln

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Devocional por John Piper

¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33)

Abraham Lincoln, quien naciera en este día en 1809, en lo que respecta a religión permaneció escéptico, y hasta a veces cínico, como hasta los cuarenta años. Es por eso que llama la atención cómo el sufrimiento personal y nacional llevó a Lincoln hacia la realidad de Dios en lugar de alejarlo.

En 1862, cuando Lincoln tenía 53 años, su hijo de 11 años, Willie, murió. La esposa de Lincoln «trató de lidiar con la pena acudiendo a médiums de la Nueva Era». Lincoln recurrió a Phineas Gurley, pastor de la iglesia New York Avenue Presbyterian Church en Washington.

Varias largas conversaciones llevaron a lo que Gurley describía como «una conversión para Cristo». Lincoln contó que «fui movido muchas veces a ponerme de rodillas debido a un sentimiento de convicción tan incontenible que no tenía adonde más ir».

De manera similar, los horrores de las muertes y soldados heridos lo torturaban a diario. Había cincuenta hospitales para los heridos en Washington. La rotonda del Capitolio acomodó 2000 catres para soldados heridos.

Normalmente, morían cincuenta soldados al día en estos hospitales transitorios. Todo esto llevó a Lincoln de una manera más profunda a la providencia de Dios. «No podemos hacer otra cosa más que creer que Aquel que creó el mundo lo sigue gobernando».

La declaración más famosa que hiciera sobre la providencia de Dios en relación a la Guerra Civil fue su Segundo Discurso de Toma de Posesión, pronunciado un mes antes de que fuera asesinado. Es notable por no presentar a Dios como simpatizante ni de la causa de la Unión ni de la causa de la Confederación. Dios tiene sus propios propósitos y no justifica el pecado de ninguna de las partes.

Con gran afecto esperamos —con fervor oramos— que este tremendo azote de la guerra pueda pasar rápidamente…

Pero si es de Dios que esto continúe hasta que todas las riquezas acumuladas por doscientos años de trabajo duro de esclavos, sin contrapartida, se hayan acabado, y hasta que cada gota de sangre extraída con el látigo haya sido pagada con otra extraída con la espada, como fuera dicho hace tres mil años atrás, deberá decirse aún: «los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos».

Oro para que todos aquellos que sufren pérdidas, daños y gran dolor, que el sufrimiento los despierte, así como lo hizo en Lincoln, para producir no un nihilismo vacío sino una profunda confianza en la sabiduría infinita y el amor de la providencia inescrutable de Dios.


Devocional tomado del articulo “Abraham Lincoln’s Path to Divine Providence” 

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