Aprenda del sufrimiento

16 Febrero 2017

Aprenda del sufrimiento
por Charles R. Swindoll

Job 28:1-28

En nuestra congregación hay un hombre que hace poco fue operado del cerebro. El tumor que tenía en la parte central de su cráneo estaba empujando hacia atrás su cerebro y destruyendo poco a poco su memoria. Cada semana, el crecimiento del tumor se le hacía más pronunciado y más debilitante, de modo que la única alternativa era la operación del cerebro.

Después de salir con éxito de la operación, lo visité en el hospital. Tenía una cicatriz sobre el cuero cabelludo, que iba desde su oreja izquierda, pasando por la parte superior de la cabeza, hasta la oreja derecha. La incisión se mantenía cerrada con grapas de acero inoxidable. Estaba acostado en su cama y sonriendo cuando entré a la habitación. No pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que mi visita a él tuvo una razón diferente a la que yo había planeado. Al ir recibí una nueva carga de sabiduría. Él no recibió nada de mí; yo la recibí de él.

Estuvo hablando del Señor desde el momento que iniciamos nuestra conversación hasta que me marché. Mencionó percepciones que el Señor le había dado. Habló de las lecciones que había comenzado a aprender. Habló de la enorme sensación de paz que había disfrutado desde el comienzo mismo de su enfermedad. Quiero decir si alguna vez un hombre estuvo totalmente concentrado en el Señor, ese hombre era él. Sus palabras fluían con un tono de dulzura. Había un ritmo de tranquilidad en nuestra conversación cuando él respondía. Él estaba diciendo, en realidad: “Por favor, no me compadezca. Esta operación del cerebro se ha convertido en mi oportunidad para confiar en el Señor con todo mi corazón, para que Él me enseñe algunas cosas que de otra manera no habría aprendido”. Estaba, literalmente, regocijado, como también su esposa. La sabiduría y el entendimiento habían eclipsado totalmente el dolor y el pánico.

¡Cuán cierto es esto! Mi amigo que estaba en el hospital no necesitaba compasión sino respeto, ¡y lo tuvo de mí ese día! Él nos aventaja en sabiduría a muchos de nosotros. Por eso, cuando habla, es con una nueva visión en cuanto a la vida. Él sigue todavía respondiendo a los problemas de la vida con alegría. Esa visión y ese gozo les han venido de Dios a través de la experiencia del sufrimiento. El beneficio más importante ha sido el reordenamiento de sus prioridades.

Job nos enseña una lección única: Cuanto mayor es el sufrimiento, mejor sabemos lo que realmente importa. Ahora volvemos al punto donde comenzamos: El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades y a pensar sólo en los objetivos correctos.
¿Qué sabiduría ha logrado usted por medio del sufrimiento?

El sufrimiento nos ayuda a tener claras nuestras prioridades.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Jesús se crió como un muchacho»

«Jesús se crió como un muchacho»

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16 FEBRERO

Génesis 49 | Lucas 2 | Job 15 | 1 Corintios 3

Jesús se crió como un muchacho judío hasta la médula. Su linaje era no solamente judío, sino davídico: legalmente, pertenecía a la suprimida casa real (Lucas 2:4). Dios manejó la política imperial de tal manera que Jesús naciera en la antigua ciudad de David (2:1–4, 11). En el octavo día desde su nacimiento, fue circuncidado (2:21). En el momento apropiado, María y José ofrecieron un sacrificio conforme a lo que la Ley exigía en lo que se refería al nacimiento del primer hijo (2:22–24). “José y María”, se nos dice, “Después de haber cumplido con todo lo que exigía la ley del Señor” (2:39). Durante los primeros días de la vida de Jesús, Simeón se dirigió proféticamente a Dios en oración, proclamando que la venida de Jesús fue “gloria de tu pueblo Israel” (2:32); la anciana Ana, “dio gracias a Dios y comenzó a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.” (2:38). Todos los años, José y María cubrían los muchos kilómetros que separaban Nazaret de Jerusalén para participar de la fiesta de la Pascua, “según era la costumbre” (2:41–42), encontrándose entre una multitud de decenas de miles de otros peregrinos; y, por supuesto, Jesús también iba, presenciaba la matanza masiva de miles de corderos de la Pascua, oía los coros del templo y recitaba las antiguas Escrituras. A los doce años, beneficiario del patrimonio de su pueblo y expuesto constantemente al contenido de sus Escrituras, protagonizó unos intercambios extraordinarios con los maestros del templo (2:41–52).

No podemos ni comenzar a comprender las categorías dentro de los cuales Jesús hablaba y actuaba, categorías mediante las cuales su vida y su ministerio, su muerte y su resurrección cobran su significado, a menos que las encontremos en las antiguas Escrituras hebreas.

No obstante, esto no es todo lo que cabe señalar al respecto. La Biblia no comienza con Abraham y los orígenes de Jerusalén. Comienza con Dios, origen del universo, la desgraciada rebelión humana que constituyó la Caída, los primeros ciclos de juicio y perdón, las primeras promesas de la redención que vendría. Por supuesto que Pablo comprendió que la gran historia de los judíos se tiene que colocar dentro de la historia aún más grande de la raza humana, y que incluso el primer llamamiento del hombre que era padre de todos los judíos especifica que, a través suyo, se bendecirían todas las naciones de la tierra (Gálatas 3; ver también Génesis 12). Ahora, al principio de la vida de Jesús, podemos vislumbrar algo de este mismo esquema. Simeón alaba al Señor Soberano porque le ha permitido vivir para ver a este niño: “Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las NACIONES y gloria de tu pueblo Israel.” (2:30–32).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 47). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Jesús resucitó? (1)

¿Jesús resucitó? (1)

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Después de haber padecido, se presentó (Jesús a sus discípulos) vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios. – Hechos 1:3

Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día. – Lucas 24:46

–Jesús mismo había anunciado su resurrección a sus discípulos: “Después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía” (Lucas 18:31-34).

–La tumba en la que el cuerpo de Jesús había sido colocado fue hallada vacía. Sin embargo, esta tumba había sido custodiada por unos soldados, cerrada con una enorme piedra, y sellada (Mateo 27:60, 66).

–Jesús apareció muchas veces a sus discípulos después de su muerte. Tras su resurrección, apareció al menos diez veces a los suyos, y en una ocasión apareció a 500 personas a la vez. El Señor probó que sus apariciones no eran alucinaciones, pues comió con sus discípulos, habló con ellos, lo tocaron. Le dijo a Tomás, mostrándole sus heridas: “Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27).

–En vano los enemigos de Jesús trataron de hacer callar, mediante amenazas, a aquellos que habían sido testigos de su resurrección (Mateo 28:11-15).

–La resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo, que se produjo poco tiempo después, son el fundamento del mensaje cristiano (Hechos 2:14-36).

(mañana continuará)

2 Samuel 9 – Hechos 1 – Salmo 22:25-31 – Proverbios 9:13-18

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La necesidad del arrepentimiento

La necesidad del arrepentimiento

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2/15/2017

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. (Salmo 51:10)

No puede haber verdadera confesión sin arrepentimiento. Muchas veces no confesamos nuestro pecado porque no estamos dispuestos a abandonarlo. Cuando era un joven cristiano, recuerdo haberle dicho al Señor que me arrepentía por determinados pecados que había cometido y después le daba gracias por haberlos perdonado. Pero eso era lo único que hacía.

Ocurrió algo importante en mi vida espiritual cuando comencé a decir: “Señor, gracias por perdonarme esos pecados. Sé que no te agradan, y no quiero volver a cometerlos”. Eso puede ser difícil de decir porque a veces queremos cometer ciertos pecados otra vez. Pero revelamos falta de madurez espiritual cuando queremos eliminar el castigo del pecado pero deseamos retener el placer. Para que su confesión de pecado sea genuina, debe apartarse de sus pecados.

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Cada paso dado hacia el calvario fue por amor

FEBRERO, 15

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Cada paso dado hacia el calvario fue por amor

Devocional por John Piper

En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros… (1 Juan 3:16)

El amor de Cristo por nosotros en su muerte fue tan consciente como fue intencional su sufrimiento. Si fue intencional al dar su vida, fue por nosotros. Fue amor.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Juan 13:1).

Cada paso dado hacia el Calvario significaba: «te amo».

Por lo tanto, sentir el amor de Cristo al dar su vida por nosotros ayuda a ver que fue totalmente intencionado.

Observemos lo que Jesús dijo inmediatamente después del momento violento en que Pedro trató de atravesar el cráneo del siervo, pero que solo le cortó la oreja.

Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que tomen la espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre, y Él pondría a mi disposición ahora mismo más de doce legiones de ángeles? Pero ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que así debe suceder? (Mateo 26:52-54).

Una cosa es decir que los detalles de la muerte de Jesús fueron predichos en el Antiguo Testamento; pero es ir mucho más allá decir que Jesús mismo estaba tomando decisiones precisamente para asegurarse de que las Escrituras se cumplieran.

Eso es lo que Jesús dijo que estaba haciendo en Mateo 26:54: «Yo podría escaparme de esta desgracia, pero ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que así debe suceder?».

No estoy escogiendo el camino que podría escoger para salirme de estas circunstancias porque conozco las Escrituras. Sé lo que debe ocurrir. Es mi elección cumplir con todo lo que se ha predicho de mí en la Palabra de Dios.


Devocional tomado del articulo “The Intensity of Christ’s Love and the Intentionality of His Death”

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Dios y solamente Dios

15 Febrero 2017

Dios y solamente Dios
por Charles R. Swindoll

Job 28:1-28

Permítame darle una definición sencilla de la palabra sabiduría. Sabiduría es ver la vida desde la perspectiva de Dios. Cuando empleamos la sabiduría, estamos viendo la vida como Dios la ve. Por eso es tan importante pensar como lo hace Dios. Uno verá las circunstancias y las pruebas como Dios las ve. Verá la vida en familia y la crianza de los hijos como Dios las ve. Interpretará los acontecimientos actuales como Dios los interpretaría. Se enfocaría en una perspectiva amplia. Vería la verdad, aunque todo lo que haya a su alrededor sea engaño y mentiras.

Demos un paso más y definamos otro término espiritual: Entendimiento. ¿Qué significa? Entendimiento es responder a las luchas y los problemas de la vida como quisiera que lo hagamos. No con pánico y confusión. No renunciando a las cosas que son valiosas para nosotros, y no comprometiendo nuestra integridad. Cuando tenemos entendimiento, respondemos a los problemas de la vida como Dios quiere que respondamos. Confiamos en Él. Creemos en Él. Rechazamos el miedo. No vivimos de acuerdo con los impulsos humanos ni tampoco conforme a los convencionalismos de la cultura de hoy.

Es sumamente importante que tengamos una visión firme, y que respondamos con entendimiento. Esta visión y este entendimiento no podemos encontrarlos con nuestros propios esfuerzos ni son el resultado de nuestra búsqueda personal. Dios nos los proporciona por su gracia. El versículo 20 hace dos grandes preguntas:

¿De dónde, pues proviene la sabiduría?

¿Dónde está el lugar del entendimiento?

No dice: ¿Dónde podemos hallar consejo? No dice: ¿De dónde viene la opinión? Yo podría nombrar una o dos docenas de fuentes, pero la mayoría de ellas no valen la pena. Entonces, ¿de dónde viene esta sabiduría? ¿Dónde podemos encontrar verdadero entendimiento?

Usted puede conseguir cuatro doctorados, y nunca adquirir sabiduría o entendimiento. Usted, en verdad, no logrará temor del Señor de la educación superior. Ni siquiera las mejores universidades ofrecen un curso en cuanto al temor del Señor. ¿Cuál es la fuente de este temor? Dios y solamente Dios. Con “temor del Señor” me estoy refiriendo a un gran respeto hacia Dios, acompañado de un aborrecimiento personal al pecado. Ahora podemos ver por qué Salomón escribió: “El comienzo de la sabiduría es el temor del SEÑOR, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Proverbios 9:10).

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”

“Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”

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15 FEBRERO

Génesis 48 | Lucas 1:39–80 | Job 14 | 1 Corintios 2

Hay ocasiones en las que la mala teología produce de forma reactiva otro tipo de mala teología. Ante los mitos y títulos de más que la Iglesia Católica ha añadido a María, los protestantes a veces han reaccionado con un silencio absoluto en torno a su carácter asombroso. Ninguno de los dos enfoques resiste un análisis de este pasaje (Lucas 1:39–80) y unos cuantos más.

La Iglesia Católica Romana ha añadido a María títulos como “Madre de Dios” y “Reina del Cielo”, ninguno de los cuales se encuentra en la Biblia. La idea de que María fuese concebida inmaculadamente (y por tanto nacida sin pecado) y que ella, igual que Enoc, hubiese sido transportada al cielo corporalmente, librándose así de la muerte, carecen igualmente de soporte alguno. Esta última doctrina se convirtió en dogma para los católicos romanos tan recientemente como el año 1950. Según recientes reportajes, el Papa actual se plantea la posibilidad de establecer, como dogma que debe confesarse, otro título que los católicos conservadores atribuyen a María: “Co-Redentora”.

Pero el testimonio de Lucas apunta en otra dirección. En el cántico de María (1:46–55), tradicionalmente llamado “El Magníficat” (del vocablo latín para “magnifica”: “Mi alma magnifica al Señor”), la madre de Jesús dice que su espíritu se regocija en “Dios mi Salvador” – lo cual da a entender que ella también necesitaba a un Salvador y parece extraño tratándose de alguien que fuera concebida inmaculadamente. De hecho, un repaso rápido de los evangelios es suficiente para darnos cuenta de que María no tenía ningún acceso especial a su célebre hijo, y que a veces no alcanzó a comprender la naturaleza de su misión (2:48–50), ni nunca ayudó a nadie a obtener ningún favor que no pudiera recibir directamente. El testimonio unánime de las Escrituras es que los necesitados deben acudir a Jesús: “Venid a mí…” (Mateo 11:28), dice Jesús, y no: “Venid a mi madre…”. Él es el verdadero Mediador entre Dios y los seres humanos.

No obstante, María es tremendamente admirable, un modelo de muchas virtudes (como también lo es José, por ejemplo, en Génesis 37–50). Ella acepta su papel extraordinario con sumisión y serenidad, teniendo en cuenta el impacto que debió de suponer en su reputación (1:34–38). Dos veces Elisabet le llama “bendita” (1:42–45), es decir, aprobada por Dios; el reconocimiento sobrenatural de la superioridad del hijo de María con respecto al hijo de Elisabet (1:41–45) era sin duda una de las cosas que María meditaba en su corazón (2:19). Pero nada de esto se le sube a la cabeza: ella misma reconoce que su estado de “bendita” no se basa en ninguna superioridad intrínseca, sino en el hecho de que Dios (el Todopoderoso) ha considerado su estado “humilde” y su decisión de hacer “grandes cosas” en ella (1:48–49). En el Magnificat, el acento recae, como deber recaer en nuestro caso también, en la fidelidad de Dios al efectuar la liberación que había prometido (1:50–55).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 46). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cristo es el cumplimiento de las Escrituras

Cristo es el cumplimiento de las Escrituras

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Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron. – Mateo 13:16-17

Cada uno de los cuatro evangelios presenta un aspecto diferente de Jesús. El primero, Mateo, revela a Jesús como el Mesías esperado, aquel que cumple las profecías. Marcos evoca el siervo de Dios; Lucas, el hombre perfecto; y Juan, el Hijo de Dios.

El evangelio según Mateo es como un puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los profetas del Antiguo Testamento anunciaban las profecías concernientes al Mesías, el Cristo, y esperaban su cumplimiento. Los discípulos de Jesús las estaban viviendo, pues Jesús era el Cristo. Estaban viendo y oyendo lo que los creyentes de otro tiempo habían esperado. Mateo describe a Jesús no como un profeta más, sino como aquel que cumplió la profecía. El Reino de Dios, esperado desde hacía tanto tiempo, había llegado en la persona del Señor Jesús, pero no fue recibido.

Jesús también es Aquel que cumple la Ley de Dios revelada en el Antiguo Testamento. Algunos pensaban que Jesús no la respetaba, por ejemplo cuando sanó a una persona el día sábado. Pero Jesús pudo decir: “No he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Jesús fue más allá de un simple respeto exterior a la Ley. Era esta justicia del corazón, y no de las palabras, lo que animaba su vida. Los motivos que le hacían actuar eran los de Dios, quien es amor y luz. Jesús vivía “de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4).

2 Samuel 8 – Mateo 28 – Salmo 22:22-24 – Proverbios 9:10-12

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Un distintivo del cristiano

Un distintivo del cristiano

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2/14/2017

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. (1 Juan 1:9)

El apóstol Juan escribió su primera epístola para definir la diferencia entre un cristiano y un incrédulo. Nuestro versículo de hoy indica que la confesión caracteriza al primero. El versículo siguiente dice: “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso” (v. 10). Los hombres no regenerados niegan su pecado, pero los cristianos aceptan la responsabilidad por el pecado y lo confiesan.

La confesión de pecado no tiene lugar solamente en la salvación. Continúa, como la fe, durante toda la vida de un creyente. La disposición de confesar el pecado es parte del modelo de vida que caracteriza a todos los creyentes. Ese modelo también incluye el amor (1 Jn. 3:14), la separación del mundo (2:15), y la enseñanza por el Espíritu Santo (2:27). Desde luego que hay varios grados de confesión, a veces no hacemos una confesión tan completa como debiéramos, pero un verdadero creyente finalmente reconoce su pecado.

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Cristo es el medio y el fin

FEBRERO, 14

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Cristo es el medio y el fin

Devocional por John Piper

Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20)

¿Para qué creó Dios el universo y por qué lo está gobernando de la manera que lo hace? ¿Qué es lo que Dios está logrando? ¿Es Jesucristo un medio para este fin, o es el fin de este logro?

Jesucristo es la revelación suprema de Dios. Él es Dios en forma humana. Como tal, él es el fin, y no un medio.

La manifestación de la gloria de Dios es la razón de la existencia del universo. Es esto lo que Dios está logrando. Los cielos y la historia del mundo «declaran la gloria de Dios».

Sin embargo, Jesucristo fue enviado a hacer algo que debía hacerse. Él vino a remediar la caída del hombre. Vino a rescatar a los pecadores de la destrucción inevitable por su pecado. Los que sean rescatados verán y saborearán y reflejarán la gloria de Dios con gozo eterno.

Otros continuarán amontonando desdén hacia la gloria de Dios. Así que Jesucristo es el medio para lo que Dios quería lograr en la manifestación de su gloria para el regocijo de su pueblo.

Pero en ese logro en la cruz, al morir por los pecadores, Cristo revela de manera suprema el amor y la justicia del Padre. Esa fue la cumbre de la revelación de la gloria de Dios —la gloria de su gracia—.

Por lo tanto, en el preciso momento de su acto perfecto como medio para llevar a cabo el propósito de Dios, Jesús se convirtió en el fin de ese propósito. Al morir en el lugar de los pecadores y al resucitar por la vida de ellos, Cristo se convirtió en la revelación central y suprema de la gloria de Dios.

El Cristo crucificado es, por lo tanto, tanto el medio como el fin del propósito de Dios en el universo.

Sin su obra, el fin de revelar la plenitud de la gloria de Dios para el regocijo del pueblo de Dios no habría ocurrido.

Y en esa misma obra como medio, Cristo se convirtió en el fin —aquel que será por siempre el centro de nuestra adoración, mientras pasamos la eternidad viendo y saboreando más y más de lo que él reveló de Dios cuando se convirtió en maldición por nosotros—.

Jesús es el fin por el que el universo fue creado, y es el medio que hace posible que podamos gozar de ese fin.


Devocional tomado del articulo “A Good Friday Meditation: Christ and the Meaning of the Universe”

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