Cuando somos inmortales

FEBRERO, 18

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Cuando somos inmortales

Devocional por John Piper

Cuando se hizo de día, los judíos tramaron una conspiración y se comprometieron bajo juramento, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran matado a Pablo. (Hechos 23:12)

¿Y qué pasó con esos tipos hambrientos que prometieron no comer hasta que hubieran tendido una emboscada a Pablo?

Leemos sobre ellos en Hechos 23:12: «Cuando se hizo de día, los judíos tramaron una conspiración y se comprometieron bajo juramento, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran matado a Pablo». No funcionó. ¿Por qué? Porque una serie de eventos poco probables ocurrieron:

· Un niño escuchó la conspiración.

· El niño era el hijo de la hermana de Pablo.

· El niño tuvo el coraje de ir donde el centurión romano que vigilaba a Pablo.

· El centurión lo tomó en serio y lo llevó al tribuno.

· El tribuno le creyó y preparó «doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros» para llevar a Pablo a seguridad.

Muy poco probable y extraño, pero eso es lo que ocurrió.

¿Qué es lo que hicieron mal los hombres hambrientos esperando en la emboscada? Fallaron en evaluar lo que le ocurrió a Pablo justamente antes de que ellos conspiraran. El Señor se le apareció a Pablo en la prisión y le dijo: «Ten ánimo, porque como has testificado fielmente de mi causa en Jerusalén, así has de testificar también en Roma» (Hechos 23:11).

Cristo dijo que Pablo iría a Roma, y eso sucedió. Ninguna emboscada puede oponerse a la promesa de Cristo. Hasta que llegara a Roma, Pablo sería inmortal. Había un testimonio final que debía ser dado, y Cristo se aseguraría de que Pablo lo diera.

Nosotros también tenemos un testimonio que dar, y seremos inmortales hasta que lo hayamos dado.

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Nada se le compara

18 Febrero 2017

Nada se le compara
por Charles R. Swindoll

Job 38:1-41

Dios es prominente y preeminente. Es majestuoso en Su poder, magnífico en Su persona y maravilloso en sus propósitos. ¡Qué reconfortante es replegarnos a la sombra de nuestra propia insignificancia y dar total atención a la grandeza de nuestro Dios! ¡Se trata solamente de Él!

Muy diferente al caso de la niñita que iba caminando al lado de su madre bajo un fuerte aguacero con truenos ensordecedores. Cada vez que se producía un relámpago, su madre notaba que la niña se daba vuelta y sonreía. Caminaban un poco más, había otro relámpago, y la niña se volvía otra vez y sonreía. La madre finalmente le dijo: “Querida, ¿qué sucede? ¿Por qué te volteas y te sonríes después del resplandor del relámpago?”

“Bueno”, dijo ella, “quiero estar serena y sonreír para Dios, porque Él me está tomando una fotografía”.

Damos un gran paso hacia la madurez cuando finalmente entendemos que no se trata de nosotros ni de nuestra importancia. Se trata de la magnificencia de Dios. De Su santidad. De Su grandeza. De Su gloria.

El SEÑOR marcha en el huracán y en la tempestad; las nubes son el polvo de sus pies.

¡Bueno es el SEÑOR! Es una fortaleza en el día de la angustia y conoce a los que en Él se refugian. (Nahúm 1:3, 7)

Dios es trascendente. Él es magnífico. ¡Solo Él es admirable! Él está en todas partes, encima de nosotros, dentro de nosotros. Sin Él no hay justicia. Sin Él no hay santidad. Sin Él no hay la promesa del perdón ni la fuente de verdad absoluta ni razones para soportar ni esperanza más allá de la tumba. Nada se compara con Él.

Dios es majestuoso en su poder y maravilloso en sus propósitos.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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El triste papel que juega el olvido

El triste papel que juega el olvido

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18 FEBRERO

Éxodo 1 | Lucas 4 | Job 18 | 1 Corintios 5

“Pero llegó al poder en Egipto otro rey que no había conocido a José” (Éxodo 1:8). Según se afirma, quien no aprende nada de la historia está destinado a repetir todos sus errores. Dicho de otra forma, lo único que la historia enseña es que no se aprende nada de ella. Aforismos arbitrarios al margen, uno no puede leer la Escritura durante mucho tiempo sin reflexionar sobre el triste papel que juega el olvido.

Los ejemplos abundan. Era de esperar que, tras un juicio tan devastador como el Diluvio, los seres humanos posdiluvianos estarían tan atemorizados que habrían procurado evitar la ira de Dios. Pero esto no es lo que sucedió. Dios sacó a Israel de la esclavitud, mediante plagas espectaculares y les hizo atravesar el Mar Rojo. Sin embargo, tan solo transcurrieron unas pocas semanas antes de que los israelitas se dispusieran a atribuir su rescate a un dios representado por un becerro de oro. El libro de Jueces describe el despreciable patrón repetitivo de pecado, juicio, rescate, justicia: siempre el aburrido ciclo que les llevó a la decadencia. Cabía pensar que, bajo la dinastía Davídica, los reyes de su línea sucesoria recordarían las lecciones aprendidas por sus padres y buscarían procurar la bendición de Dios por medio de una obediencia fiel. Pero esto apenas fue así. Tras la catastrófica destrucción del reino del norte y la destitución de sus líderes y artesanos que los exilió bajo dominio asirio, ¿cómo es que el reino del sur no tomó nota y mantuvo la fidelidad del pacto? En realidad, apenas ciento cincuenta años más tarde, los babilonios los sometieron a un destino similar. Tampoco resulta difícil encontrar este mismo olvido deplorable en algunas de las iglesias del Nuevo Testamento.

Por tanto, el olvido de los gobernantes egipcios, ayudado por un cambio de dinastía, no nos sorprende demasiado. Unos cuantos siglos es un tiempo largo. ¿Cuántos cristianos de Occidente han absorbido realmente las lecciones del avivamiento evangélico, por no hablar de la magistral Reforma?

A poca distancia del lugar en el que escribo estas líneas, se encuentra una iglesia que atrae a cinco o seis mil personas cada domingo por la mañana. Sus líderes han olvidado que todo comenzó cuando se plantó aquella iglesia hace tan solo dos décadas. Ahora pretenden retirarse de la denominación que la fundó no por discrepancia teológica ni por un error moral, sino porque están tan impresionados por su propia magnitud e importancia que la arrogancia no les permite ser agradecidos. Acuden a nuestra mente seminarios que han abandonado sus raíces doctrinales de una generación a otra; nos acordamos de algunos individuos, importantes eruditos, tan impresionados por la novedad que han dado a la inteligente originalidad un rango mayor que a la piadosa fidelidad. Las naciones, las iglesias y las personas cambian y se creen cada vez más “avanzadas” que quienes les precedieron.

Para nuestra vergüenza, olvidamos todo lo que deberíamos recordar.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 49). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Gozo y paz

Gozo y paz

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El Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer. – Romanos 15:13

«¿Qué lo hace feliz?». Esta fue la pregunta que leí en la primera página de una revista muy conocida. Al hojearla descubrí una multitud de artículos destinados a amoblar y decorar la casa, o a crear un jardín más bonito. Vivir en un espacio agradable y confortable puede, sin duda, contribuir al bienestar, pero este privilegio no es accesible a todos.

En cambio, hay una felicidad a la que todos tienen acceso y es gratuita. “He aquí os doy nuevas de gran gozo”, dijo el ángel a los pastores cuando Jesús nació. “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10-11). El mundo de aquel entonces no quiso recibir esta buena noticia, pero hoy, todo aquel que se acerca a Jesús con fe puede experimentar el verdadero gozo de la salvación, del perdón y de la vida eterna.

Dios también da la paz: “Tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Él mismo hizo la paz “mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). Jesús, muerto y resucitado, dijo a sus discípulos tristes y temerosos: “Paz a vosotros” (Juan 20:21). Creer en el Señor Jesucristo es experimentar esta paz profunda en nuestra conciencia y su gozo en nuestro corazón. Los primeros cristianos de Roma poseían esta felicidad y esta paz, y el apóstol Pablo deseaba que estuviesen rebosantes de ellas.

Cristianos, oremos para que Dios nos ayude a estar llenos de ellas y a transmitirlas a los que nos rodean.

“Por cuanto me has alegrado, oh Señor, con tus obras; en las obras de tus manos me gozo” (Salmo 92:4). “Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia” (Hechos 2:28).

2 Samuel 11 – Hechos 3 – Salmo 24:1-6 – Proverbios 10:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Cree verdaderamente en Dios?

¿Cree verdaderamente en Dios?

la-verdad-para-hoy

2/17/2017

[Abraham] tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios. (Romanos 4:20)

Decir que se cree lo que Dios ha dicho es mucho más fácil que confiar en Él verdaderamente. Por ejemplo, muchos que afirman que “Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas” (Fil. 4:19) caen en la ansiedad cuando afrontan dificultades económicas.

También la Biblia dice que, si damos generosamente con los motivos correctos, Dios nos recompensará (Mt. 6:3-4). Muchos dicen que creen también en ese principio, pero les resulta difícil ponerlo en práctica. Muchos cristianos también temen a la muerte, aunque Dios ha dicho que nos dará la gracia que necesitamos para afrontarla y que nos llevará después al cielo.

Creer en Dios significa que reconocemos su gloria, que es la suma de todos sus atributos y la plenitud de toda su majestad. Si Él es quien dice que es, entonces se le debe creer. Usted crecerá espiritualmente cuando le diga a Dios: “Si tu Palabra lo dice, lo creeré; si tu Palabra lo promete, lo reclamaré; y si tu Palabra lo ordena, lo obedeceré”.

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Los dulces designios de Dios

FEBRERO, 17

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Los dulces designios de Dios

Devocional por John Piper

Pero cuando Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia… (Gálatas 1:15)

Meditemos en la conversión de Pablo, la soberanía de Cristo y lo que los pecados de Pablo tienen que ver con nuestra salvación.

Pablo dice que Dios «me apartó desde el vientre de mi madre», y que luego, en el camino a Damasco, «me llamó por su gracia» (Gálatas 1:15). Esto significa que, entre el nacimiento de Pablo y el llamamiento en el camino a Damasco, él ya había sido escogido pero aún no había sido llamado como instrumento de Dios (Hechos 9:15; 22:14).

Lo anterior significa que Pablo estaba golpeando y encarcelando y asesinando a cristianos como un escogido de Dios que pronto se convertiría en un misionero cristiano.

Y aconteció que cuando iba de camino, estando ya cerca de Damasco, como al mediodía, de repente una luz muy brillante fulguró desde el cielo a mi derredor, y caí al suelo, y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 22:6-7).

No había forma de negarlo o escaparse. Dios lo había escogido para esto antes de que él naciera, y ahora lo estaba llevando a cabo. La palabra de Cristo es soberana. No había negociación posible.

Levántate y entra a Damasco; y allí se te dirá todo lo que se ha ordenado que hagas (Hechos 22:10).

Damasco no fue el lugar donde el libre albedrío de Pablo cediera a Cristo después de décadas de intentos divinos inútiles para salvarlo. Dios tenía un tiempo para escogerlo (antes de que naciera) y un tiempo para llamarlo (en el camino a Damasco). Pablo cedió cuando Dios lo llamó.

Por lo tanto, los pecados que Dios permitió que ocurrieran entre el nacimiento de Pablo y su llamamiento fueron parte del plan, ya que Dios podría haber hecho la obra de Damasco antes.

¿Tenemos alguna idea de lo que el plan de esos pecados podría ser? Sí. Fueron permitidos para ustedes y para mí —para todos aquellos que teman que sus pecados estén fuera del alcance de la gracia—. Es de esta manera que los pecados de Pablo se relacionan con nosotros.

Aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia… por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna (1 Timoteo 13, 16).

¡Oh, cuán dulces son los designios de Dios, que en su soberanía salva a pecadores endurecidos!

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«No tengáis miedo»

«No tengáis miedo»

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17 FEBRERO

Génesis 50 | Lucas 3 | Job 16–17 | 1 Corintios 4

El último capítulo de Génesis incluye una sección que es gloriosa y patética a la vez (Génesis 50:15–21).

Todo lo triste, todo lo defectuoso de esta familia vuelve a salir a la superficie tras la muerte de Jacob. Los hermanos de José temen que su ilustre hermano tal vez haya aparcado su resentimiento vengativo hasta la muerte de su padre. ¿Por qué pensaban así? ¿Acaso no se habían librado aún de sus sentimientos de culpa? ¿Proyectaban sobre José las medidas que ellos seguramente habrían tomado de estar en su lugar?

Su estrategia les involucra en otro patrón de comportamiento pecaminoso: mienten con respecto a lo que su padre les había dicho, con la esperanza de que esta apelación, supuestamente por parte de Jacob, sirviese para tocar la fibra sensible de su hermano. A la luz de esta estrategia, su sumisión absoluta (reflejada en las palabras “somos tus esclavos”, 50:18) parece no tanto un homenaje real como un intento de manipulación.

José, en cambio, llora. No puede por menos ver cómo estas mentiras serviles delatan lo poco que le aman y confían en él, aun después de 17 años de reconciliación nominal (47:28). Su respuesta verbal exhibe no sólo una gran ternura pastoral – “con el corazón en la mano, José los reconfortó”, prometiendo además que cuidaría a sus familias (50:21) – sino que también procede de un hombre que ha reflexionado profundamente acerca de los misterios de la providencia divina, de la soberanía de Dios y de la responsabilidad humana. “—No tengáis miedo —les contestó José—. ¿Puedo acaso tomar el lugar de Dios? Es verdad que vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente.” (50:19–20).

La profundidad de este razonamiento se demuestra en la medida en que reflexionamos en lo que José no dice. No dice que durante un pequeño lapsus por parte de Dios sus hermanos le vendieron como esclavo, pero que Dios, Maestro por excelencia de ajedrez, dio la vuelta a la partida e hizo que José llegase incluso a ser Primer Ministro de Egipto. La intención de Dios no había sido, ni mucho menos, que traerle a Egipto en un carro especialmente preparado para él, pero como sus hermanos estropearon este propósito divino, Dios se vio obligado a intervenir con una serie de contramedidas para llevar su propósito a buen puerto. Más bien, en este episodio concreto, la venta de José como esclavo, había dos partidos, cada uno de los cuales perseguía un propósito diferente. Por un lado, los hermanos de José habían actuado, y sus intenciones eran malévolas; por otra parte, Dios actuaba, y sus intenciones eran buenas. Los dos actuaron para que este episodio tuviese lugar, pero mientras lo que contiene de malo tiene su origen en el corazón de sus hermanos, y no más allá de esto, lo que contiene de bueno tiene su origen en Dios.

Este es un motivo recurrente en las Escrituras. Da lugar a muchas discusiones filosóficas muy complejas. Pero el quid de la cuestión es bien sencillo: Dios es Soberano e invariablemente bueno; nosotros somos moralmente responsables por nuestros actos, y nuestros actos a menudo son malos.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 48). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Jesús resucitó? (2)

¿Jesús resucitó? (2)

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Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos. – 1 Pedro 1:3

Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso. – 1 Pedro 1:7-8

Cuando Jesús fue arrestado, sus discípulos lo abandonaron. Después de su muerte, estaban desanimados, temerosos y decepcionados. Aunque Jesús ya se lo había dicho, no habían comprendido que resucitaría (Lucas 24:1-11). Pero después de su resurrección y de lo que vivieron el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, esos mismos hombres y mujeres que antes estaban desanimados fueron transformados mediante el poder de Cristo resucitado.

En su nombre trastornaron el mundo. Varios de ellos perdieron la vida debido a su fe; otros fueron terriblemente perseguidos. Su valentía no hubiese tenido sentido sin su convicción de que Jesucristo había resucitado de los muertos realmente. Pensaban que Cristo valía mucho más que sus vidas.

Jesús es un Señor vivo. Debido a su resurrección, los que lo siguen no siguen principios éticos de un jefe religioso mortal, sino que tienen una relación viva y personal con un Salvador vivo. Hoy Jesucristo vive y cuida a aquellos que confían en él y le obedecen.

A lo largo de los siglos, multitudes de hombres y mujeres reconocieron la importancia de creer en Jesucristo resucitado, ese Salvador vivo que quiere conducirnos por las sendas elevadas, y a veces audaces, de la fe. “El Señor es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1). ¡Él hizo todo lo necesario para que fuese posible!

2 Samuel 10 – Hechos 2 – Salmo 23 – Proverbios 10:1-2

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Nuestro mecanismo de defensa

Nuestro mecanismo de defensa

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2/16/2017

Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado. (Salmo 66:18)

Según el versículo de hoy, ni siquiera se puede conversar con Dios, mucho menos crecer espiritualmente, si se albergan pecados en el corazón. Por eso es tan esencial la confesión.

Primero tiene que estar dispuesto a aceptar el castigo de Dios por su pecado. Si piensa que Él está obrando con rudeza, debe examinar su vida para ver si lo merece. Por la misma razón que los padres deben castigar la mala conducta de un hijo, Dios lo castiga a usted para que no repita sus errores.

Dios también ha puesto un sistema de sentido de culpa en usted para su propio bien. La vida espiritual sin sentido de culpa sería como la vida física sin dolor. El sentido de culpa es un mecanismo de defensa; es como una alarma que funciona para guiarlo a la confesión cuando usted peca. Es cuando usted tiene que confrontar su pecado y reconocer delante de Dios que es una afrenta para Él. Ese reconocimiento debe ser parte de su vida antes de que pueda crecer espiritualmente, ya que elimina el pecado que lo detiene a usted.

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Cuando la obediencia parece imposible

FEBRERO, 16

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Cuando la obediencia parece imposible

Devocional por John Piper

Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac… (Hebreos 11:17)

Para muchos de ustedes ahora —y para otros ya llegará el momento— la obediencia parece ser el final de un sueño. Sienten que si hacen lo que la Palabra de Dios o el Espíritu de Dios los está llamando a hacer, esto los hará miserables, y que no hay manera de que Dios lo haga todo para bien.

Quizás el mandamiento o el llamado de Dios que escuchan ahora sea quedarse casado o quedarse soltero, permanecer en ese trabajo o dejarlo, bautizarse, hablar en el trabajo acerca de Cristo, rehusarse a ceder en su estándar de honestidad, confrontar a una persona que está en pecado, aventurarse a una nueva vocación, ser un misionero. Y como lo ve nuestra mente limitada, la posibilidad de hacer esto es terrible —es como la pérdida de Isaac—.

Han considerado cada perspectiva humanamente posible y es imposible que se obtenga un buen resultado.

Ahora ya saben qué es lo que Abraham sintió. Esta historia de la Biblia es para ustedes.

¿Desean a Dios y sus caminos y sus promesas más que a nada, y creen que él puede honrar y honrará la fe y obediencia de ustedes, al no avergonzarse de llamarse su Dios, y usar toda su sabiduría y poder y amor para convertir este camino de obediencia en un camino de vida y gozo?

Esa es la crisis que enfrentan ahora: ¿Lo desean? ¿Confiarán en él? La palabra de Dios para ustedes es que Dios es digno y Dios es capaz.

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