EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

23 mar 2016

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

por Carlos Rey

a1Estaban muertos de frío, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.

Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar más el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Sólo así llegarían a merecer el ansiado fuego.

Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de éstos, se salvaron del frío espantoso. En cambio, los cakchiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cakchiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quichés, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.1

Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no sólo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego. ¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?

Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que Él ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de éstos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, Él mismo se sacrificó en nuestro lugar.2 Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de Él. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a Él, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo,3 que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.4

Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque Él ya lo hizo todo.5 Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde Él quiere que arda su presencia.6


1 Popol Vuh: las antiguas historias del Quiché, versión de Adrián Recinos (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1990), pp. 95‑100; y Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 13.
2 Ro 3:25; 8:3; Ef 5:1; Heb 7:27; 9:26‑28; 1Jn 2:1; 4:10
3 Heb 9:11‑22
4 Jn 1:14
5 Ef 2:8‑9
6 Pr 23:26

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Hay un precio sobre tu cabeza

Marzo 22

Hay un precio sobre tu cabeza

Lectura bíblica: 1 Corintios 1:26–29

Dios ha elegido lo vil del mundo y lo menospreciado; lo que no es, para deshacer lo que es. 1 Corintios 1:28

a1Carla sonrió al contar el dinero obtenido de todas las cosas que vendió en la venta anual de su vecindario. Casi no podía creer cómo habían venido a la venta extraños de toda la ciudad y que le habían dado dinero por los juguetes y libros que ya no necesitaba. Pero se le acabó el entusiasmo cuando vio que todavía le quedaba una caja grande de cosas que tenía que llevar de regreso a su casa. Carla había llevado una mesa llena de cosas, pero muchas no se habían vendido.

Carla tenía un problema. Ella no quería esas cosas. Y peor aún, los demás tampoco las querían aunque apenas pedía unos centavos por ellas.

Carla tomó las cosas que no se vendieron y volvió a su casa. Luego las tiró en la basura.

La mayoría de nosotros alguna vez nos sentimos como sobrantes de una venta. Cuando dejamos que otras personas nos digan lo que valemos, sentimos que valemos menos que unos centavos. Cuando nos comparamos con las personas a nuestro alrededor, terminamos sintiéndonos endebles y débiles, feos y sin atractivo, aun tontos y más que tontos.

Nos sentimos como una cosa que nadie quiere, inútiles para nosotros mismos, para los demás y para Dios.

Cuando te sientas así, no te desanimes. No eres la sobra de una venta. Vales más que los centavos que podría costar un juguete usado. Tu vida ha sido comprada por la valiosa sangre de Jesucristo.

Cristo murió en la cruz para llevarte a Dios. Y su muerte significa que no hay ninguna duda de tu valor increíblemente elevado. Si quieres sacar la cuenta de cuánto realmente vales, saca la cuenta de cuánto vale la vida de Cristo. En 1 Pedro 1:18, 19 encontramos una pista: “Tened presente que habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual heredasteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.

Quizá sigas sintiendo que no vales nada. Pero la realidad es que sí vales. Eres valiosísimo. ¡Tienes el valor de Jesús! Reflexiona sobre eso, y cuando lo hagas, cambiará radicalmente la forma como te ves a ti mismo. ¡No eres basura!

PARA DIALOGAR
Así que, ¿cuánto vales? ¿Qué tiene que ver la muerte de Cristo con el increíble valor que tienes?

PARA ORAR
Padre Dios, a veces no nos sentimos muy valiosos. Gracias por mostrarnos nuestro verdadero valor por medio de la muerte de Cristo en la cruz.

PARA HACER
Cuéntale hoy a alguien que él o ella tiene el valor de la vida de Jesús.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

EL PERRO DE LOS ALPES

22 mar 2016

EL PERRO DE LOS ALPES

por Carlos Rey

a1Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.

El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.

Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.

Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.

Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.

¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.

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Esteban y Copión

Marzo 21

Esteban y Copión

Lectura bíblica: Romanos 8:28–30

Sabemos que a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo. Romanos 8:29

a1Cuando Esteban entraba en una habitación, su sola presencia hablaba de éxito. El chico de preparatoria era todo lo que uno podía esperar: Era deportivo, el capitán del equipo de fútbol campeón. Era buen mozo. Era musical, el trompetista principal en la orquesta juvenil estatal. Era brillante, el chico con las calificaciones más altas de la escuela.
Copión no era nada de eso. No era deportivo, una vez hasta se trastabilló con sus propios zapatos cuando estaba al frente del aula presentando una lección. No era buen mozo, pregúntaselo a cualquier chica. No era musical, lo sacaron de la banda escolar cuando dejó caer su tuba. Y no era inteligente, poco le faltaba para reprobar las materias. Pero en lugar de aceptarse como era, Copión seguía intentando hacer todas las cosas que hacía Esteban.
Querer ser alguien distinto puede ser un pensamiento divertido por unos minutos, pero no el modo de vivir todos los días. Dios te hizo único. Eres distinto de todas las demás personas en este planeta, y quiere que sigas siendo distinto.

• Eres maravilloso tal como Dios te hizo.
• No tienes que ser algún otro.
• No tienes que compararte con nadie.

Reconócelo: Te comparas con otros porque quieres saber si eres mejor, igual o peor que ellos. Si te sale bien la comparación, te pones eufórico. Si no eres magnífico, inteligente, rico o atlético como la otra persona, te deprimes. El problema con compararte con alguien es que usas la medida equivocada: usas a otras personas. Cada persona es diferente, así que siempre encontrarás a alguien que crees que es mejor o peor que tú, llenándote de frustración u orgullo.

No obstante, hay alguien a quien sí debes esforzarte por parecerte. Es alguien que hasta Dios quiere que copies. Y éste es su Hijo.

Dios no quiere que te rehagas a la imagen de nadie excepto Jesús. No quiere que trates de tener la apariencia de Jesús o de vestirte como él, sino que quiere que desarrolles un carácter como el de Jesús.

En lugar de preguntar: “¿Soy tan bueno como Fulano o Mengano?”, pregúntate esto: “¿Tengo el carácter de Jesús, el Hijo de Dios?”. Cuando puedas responder sí a esa pregunta, sabrás que te pareces a él.

PARA DIALOGAR
¿A quién quieres parecerte? ¿Por qué?

PARA ORAR
Padre, gracias porque no esperas que nos rehagamos a la imagen de nadie excepto tu Hijo.

PARA HACER
Con la ayuda del Espíritu Santo, identifica una característica de Jesús que te gustaría imitar. Luego, ¡trata de ponerla hoy en práctica!

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

21 mar 2016

EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

por Carlos Rey

a1(Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial)

—[Obispo Larra,] mi querido prelado… De mí depende la paz de esta plaza… pero debe usted comprender que mi caída del poder significaría la más sangrienta revuelta que jamás haya visto esta colonia….

—Baltasar, Baltasar… No vuele tan alto; ni quiera ser dueño de tantas vidas….

—No intente disimular su derrota. Soy el hombre más poderoso de toda la estancia, y usted, [obispo Larra,] hombre avezado a estas artes, lo sabe muy bien. ¿Por qué soy el más poderoso? Pues le diré: Conozco el miedo que ustedes sienten cada vez que miran a un negro, y puedo lograr, con un gesto, o con mi martirio, una gran cacería de blancos…. El total de negros en la ciudad excede a la población blanca en proporción de siete a uno. Vea usted, mi queridísimo prelado, que soy el dueño de vidas y haciendas….

—Baltasar…, si las autoridades se tornan en su contra, el desenlace, tanto para su pueblo como para el mío, será la más terrible destrucción.

—Esas consideraciones no me interesan. Me interesa humillar a los blancos, a los verdugos de mi padre…. La humillación del blanco es la única libertad que desea el negro.

—Pertenece usted[, Baltasar,] a los más temibles humanos. Su lógica es implacable, y no se compadece de las muy humanas debilidades.

—Tiene usted razón, mi querido prelado. Me limito a jugar con las pasiones ajenas. La vida de los hombres no es para mí un reclamo de compasión, sino la oportunidad de ejercitar mis habilidades.1

En esta novela dramatizada que lleva por título La renuncia del héroe Baltasar, el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá recrea un ficticio levantamiento de esclavos en la isla de Puerto Rico, protagonizado por una figura situada entre el mito y la historia, el indomable personaje Baltasar Montañez. Es una historia que no fue, pero pudo haber sido, una historia que teje la trama de un falso siglo dieciocho en el que se vislumbra el fin próximo del régimen colonial y de la esclavitud. Mediante el atrevido diálogo con que la relata, Rodríguez Juliá penetra en el mundo sombrío del prejuicio racial a fin de que comprendamos el extremo al que es capaz de rebajarse el ser humano con relación al prójimo.

Por una parte, vemos el extremo de la discriminación racial de un grupo hacia otro grupo al que menosprecia; por otra parte, vemos el extremo de la sed de venganza que consume a un poderoso miembro del grupo esclavizado que ha sido víctima de semejante injusticia. Y todo esto a pesar de la clara enseñanza de la Palabra de Dios siglos atrás, en la que hemos tenido la solución a todos los conflictos en las relaciones humanas: que amemos al prójimo como a nosotros mismos,2 aun en el caso extremo de que sea nuestro enemigo;3 y que dejemos que sea Dios quien nos vindique y defienda nuestra causa. Porque así como no hay nadie que ame a todos por igual más que Dios mismo,4 que nos creó a todos iguales,5 tampoco hay nadie que juzgue a todos por igual con más justicia que ese mismo Dios que dijo: «Mía es la venganza; yo pagaré.»6


1 Edgardo Rodríguez Juliá, La renuncia del héroe Baltasar, Editorial Cultural (Harrisonburg, Virginia, EE.UU.: Banta Company, 1986), pp. 31‑33.
2 Lv 19:18; Mt 19:19; 22:39; Mr 12:31; Lc 10:27; Ro 13:9; Gá 5:14; Stg 2:8
3 Mt 5:43; Lc 6:27,35; Ro 12:20
4 Jer 31:3; 33:11; Jn 3:16; 15:13; 1Jn 3:1,16
5 Gn 1:27; 5:1-2; Nm 15:15; Job 33:6; Gá 3:28
6 Dt 32:35; Ro 12:19; Heb 10:30-31 (véanse Sal 94:1-2; Is 63:4; Jer 15:15; 20:12; Nah 1:2-3; Stg 4:12)

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Un amor que es más que humano

Marzo 20

Un amor que es más que humano

Lectura bíblica: 1 Juan 4:16–19

Dios permanece en él. En esto se ha perfeccionado el amor entre nosotros. 1 Juan 4:16, 17

a1Tema para comentar: Piensa en alguien que es realmente bueno, más que bueno. Menciona a alguien que es realmente buenísimo. Y aquí está lo importante: que sea alguien que no es creyente. Y luego contesta esta pregunta: ¿Cómo puede ser que alguien que no cree en Jesús sea una persona magnífica?

Aquí va un ejemplo. Nina había sido la mejor amiga de Felicia durante casi toda su vida. Felicia era buena, pero Nina era superbuena. Nina siempre brindaba su amistad a los chicos nuevos, siempre hablaba con bondad, y siempre se anotaba como voluntaria para ayudar en los hospitales y los albergues para ancianos. Cuando Felicia aceptó a Cristo como su Salvador y le anunció inmediatamente a su mejor amiga que ella necesitaba a Jesús, Nina le contestó que ella era tan buena como Felicia. No tenía que hacerse creyente porque ya sabía cómo querer a sus prójimos.

Las objeciones de Nina van al fondo de lo que significa ser cristiano, y por qué necesitamos compartir a Jesús con las personas buenas pero no creyentes en nuestro mundo. Aquí van cuatro realidades de las cuales podemos estar seguros:

Primera realidad: Los no creyentes pueden obedecer la Regla de Oro aunque no conozcan a Dios. No tienes que ser cristiano para poner en práctica alguna verdad bíblica. De hecho, ¡a veces los nos creyentes se esfuerzan más que muchos creyentes por cumplir la Regla de Oro!

Segunda realidad: Obedecer la Regla de Oro siempre requiere el poder único de Dios. La fuerza de voluntad te puede ayudar a hacer mucho bien. Pero vivir la Regla de Oro cuando resulta difícil amar requiere un poder sobrenatural que sólo el Espíritu Santo da. ¡La reacción natural es ser cruel con la gente que es cruel contigo!

Tercera realidad: Necesitas la Biblia para que te diga cómo actuar. El no creyente te puede decir “que escucha lo que le dice el corazón” para saber decidir entre el bien y el mal. Pero aunque tu conciencia y tu sentido común por lo general te llevan por buen camino, no son perfectos. Tu conciencia puede verse afectada por presiones externas e impulsos internos.

Cuarta realidad: Que seas bueno no significa que conozcas a Dios. Eso es difícil de aceptar, especialmente en la gente buena que queremos y admiramos. Pero la verdad es ésta: Por más buena y cariñosa que sea la persona no creyente, la salvación se obtiene únicamente por medio de la fe en Cristo, no por medio de seguir la Regla de Oro. El ser humano necesita más que el amor normal por los demás. Necesita la amistad de Dios mismo, ¡el origen del amor!

PARA DIALOGAR
¿Qué le puedes contestar a alguien como Nina, que dice que no necesita ser creyente porque sigue la Regla de Oro?

PARA ORAR
Señor, estamos rodeados de personas magníficas. Muéstranos cómo ayudarlas a comprender que aun así necesitan conocerte.

PARA HACER
¿Qué personas buenas conoces que necesitan conocer a Jesús? Haz planes con tu familia para contarles de Jesús con amabilidad y sabiduría.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

NO TE QUEDES AHÍ

NO TE QUEDES AHÍ

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-20

a1Al  espacio de tiempo anterior a que Cristo viniera a nuestro mundo se le llamó la dispensación de La Ley, por estar caracterizada por aquel evento cuando Dios entregó a Moisés los diez mandamientos escritos por su propio dedo  en tablas de piedra. Eran las altas normas de ética y moral de parte de Dios, era el código divino que marcaba el estándar o estilo de vida aceptado por Dios. Estándar que ni el propio Moisés fue capaz de cumplir, mucho menos los demás mortales. Pero entonces, ¿para qué Dios da una ley a sus criaturas si Él mismo que las creó sabe que están imposibilitados de cumplirla?… Dios no nos dio su ley para que la cumplamos sino para que reconozcamos que no podernos cumplirla y busquemos su asistencia. La ley es como el rayo X que revela que tienes cáncer pero no puede curarte o como la balanza en tu baño que te dice que has aumentado otro kilo pero no puede ayudarte en nada a que bajes de peso. En el caso del rayo X deberás ir al médico y en el de la balanza a la dietista. Pero lo peor que puedes hacer es quedarte ahí, impotente diciendo: “No puedo, no puedo, no puedo”. Si en verdad intentas cumplir a cabalidad la ley de Dios tendrás que reconocer que no puedes.

Cristo vino y aumentó aún más el peso de esa ley cuando dijo: “Moisés os ha dicho no matarás, pero yo os digo: cualquiera que odie en su corazón a su prójimo es un homicida. Moisés dijo No adulterarás, pero Yo os digo: cualquiera que mira a una mujer para codiciarla en su corazón es un adúltero.” ¿Lo ves? La ley de Cristo es aún mucho más exigente que la ley de Moisés, entonces decimos todos: “Y ahora ¿quién podrá defendernos?… Es cuando aparece en escena, majestuoso, Jesús, el Único que fue capaz de cumplir la ley y hoy nos ofrece su vida para que la vivamos y la disfrutemos en gloria para Dios. No te quedes ahí parado, Sí, se puede.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

La ley es como un espejo, te revela que estás sucio pero no puede limpiarte.

 

LA PRINCESA DESPOJADA DE SUS RIQUEZAS

LA PRINCESA DESPOJADA DE SUS RIQUEZAS

Mónica López de Silva
Programa No. 2016-03-19
a1Hola mi amiga! Has sentido últimamente que todo aquello que has querido durante toda tu vida aun no ha llegado? Dejame contarte una historia especial sobre una extraordinaria princesa

El relato más extraordinario que escuche en mi infancia, y que aun atesoro en mi corazón, es aquel que habla de una princesita que, a pesar de ser amada por el rey desde pequeña, fue despojada de todos su derechos por los enemigos de su padre.

Aquel rey murió en defensa de su reino y de su amada hija, y la pequeña princesa fue llevada como esclava pasando al servicio de los enemigos de su padre. Despojada de sus ropajes reales, debía realizar los quehaceres más pesados y suplicar a sus opresores para que le dieran siquiera un miserable mendrugo de pan. Pero el final feliz llego. Un príncipe azul puso su vida como garantía y apareció para darle libertad y devolverle el título de “hija del rey” que siempre había sido suyo.

No es más que un cuento, pero hoy quiero recordarte que la mejor historia es aquella en la que tú y Dios son los protagonistas. Tu eres la hija del Rey con todos los derechos que este título te confiere. Pero un día, el enemigo de Dios llego para despojarte de todos tus privilegios.

De princesa pasaste a ser esclava. Es posible que la esclavitud te tenga atada con cadenas de oro y grilletes de plata, y esto te haga creer que estas bien. Pero aun así continuas siendo esclava. Hábitos perjudiciales, la tendencia al mal, la búsqueda insaciable del placer, la mundanalidad; todo ello podría transformarse en cadenas tan férreas que imposibilitaran todo intento de escapatoria.

APLICACIÓN.

Dijo el apóstol Pablo en una oportunidad: Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba! ¡Padre!” Así que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo. Dios te ha hecho también heredero. Gálatas 4:6-7

Quiero recordarte que tu condición de princesa te fue devuelta cuando Cristo Jesús, el Príncipe de Paz, el Hijo del Rey, vino en tu rescate para morir en la cruz. Lo hizo para devolverte la libertad arrebatada por el pecado. Su magnífica promesa es: “El Señor hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos” (Sal. 146:7).

Amiga, eleva tu vista al cielo, ofrece una plegaria pidiéndole al gran Libertador que rompa tus cadenas y entonces podras experimentar a Dios en lo profundo de tu corazon.

 

Algo que siempre es correcto hacer

Marzo 19

Algo que siempre es correcto hacer

Lectura bíblica: Lucas 6:27–35

Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Lucas 6:31

a1La peor pesadilla de Chang Ho se ha convertido en realidad. Deambula por el pasillo de la escuela sin poder acordarse cómo llegar a su aula. No recuerda qué materias tiene hoy, ni qué tareas tenía que traer a clase. De pronto, se da cuenta de que lo único que sabe es que ya no sabe nada de lo que necesita saber, como ser quiénes son sus profesores… quiénes son sus compañeros de clase… a qué hora tiene que llegar a clase. Huye despavorido a la Dirección. Pero allí no lo pueden ayudar si no saben su nombre… que él no puede recordar…

Puede ser que te olvides de todo tipo de cosas. Pero éste es un mandato totalmente correcto, completamente básico que tienes que recordar: ama siempre.

El mandato de Dios de amar es uno de sus absolutos. Esto significa que no tiene excepciones, aun si alguien no nos cae bien, o si alguien nos trata mal o si nos parece que alguien tiene mal aliento.

Algunos argumentan que un mandato nunca puede aplicarse a todas las personas en todos los tiempos y en todo lugar. No obstante, podemos estar seguros de que el mandato de amar se aplica a cualquier situación que enfrentamos. ¿Has notado alguna vez cómo a la gente cruel no le gusta cuando los demás los tratan con la misma crueldad? Les gusta ignorar a otros y echar a andar rumores o decir cosas maliciosas de los demás. Pero si alguien les hace lo mismo, se sienten víctimas de una injusticia. Esa es la manera como sabemos que cualquier cosa que sea menos que amar es mala.

Piensa en ti mismo. Sin duda quieres que los demás te traten con simpatía. Y sin duda te sientes molesto cuando no recibes el trato que esperas. Cuando ayudas a un amigo con su tarea escolar, por ejemplo, esperas que él agradezca tu ayuda, y te sientes desilusionado, lastimado o frustrado cuando no te da las gracias.

Todos quieren ser amados. Si admites que esperas ser tratado con cariño, entonces lo que tienes que hacer es amar a los demás como esperas ser amado.

Jesús lo dijo bien cuando dio la Regla de Oro: Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos (Lucas 6:31). Esta es una manera fácil de recordar la regla más grande de Dios: amar siempre.

PARA DIALOGAR
¿Cuál es el mandato que no debes olvidar? ¿Cómo puedes estar seguro de que el mandato divino de amar es siempre el correcto?

PARA ORAR
Señor, sé que es importante amar a los demás como queremos que los demás nos amen. Ayúdanos a amar como tú amas.

PARA HACER
¿Algunas vez has dejado de amar a ciertas personas porque no las aprecias? Escoge a una persona y comienza hoy la costumbre de amarla.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

«POR CELOS INJUSTIFICADOS»

19 mar 2016

«POR CELOS INJUSTIFICADOS»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Estuve casada dos años. Desde el inicio del matrimonio, [mi esposo] se comportó muy violento. Me golpeaba por celos [injustificados]…. Un día, me golpeó y me abandonó. Aconteció lo mismo varias veces. Era un ir y venir. Se enojaba y se iba. No le importaba nada. La última vez que nos separamos, me volvió a golpear y se fue. Yo no quise volver a verlo más. Me pidió que lo perdonara, pero eso ocurrió tantas veces que ya no le creí más.

»Nunca quiso buscar ayuda [profesional]. Yo ya no quiero seguir casada con él, pero no sé si es lo correcto. Estoy queriendo quedarme sola y seguir adelante. Gracias a Dios, no tuvimos hijos porque perdí dos embarazos. Son muchas heridas…. Ahora no me queda nada. Me siento culpable e infeliz.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Su caso nos conmueve el corazón. ¡Nos entristece mucho que se haya casado con un hombre que la tratara como lo hizo él! Hay hombres (y algunas mujeres) que, durante el noviazgo, tienen la habilidad de ocultar sus tendencias a la violencia, pero que, una vez que se casan, se manifiesta su verdadera naturaleza….

»Usted dice que ahora se siente culpable. Dios nos dio a cada uno una conciencia para ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal. Por lo general, nos sentimos culpables cuando hacemos lo malo. Sin embargo, en el caso suyo, su esposo la maltrató y la manipuló a tal grado que usted se confundió al tratar de distinguir entre el bien y el mal. Él la convenció de que estaba bien que usted permitiera que la golpeara, y que estaba mal que usted se protegiera. Así que usted lo perdonó vez tras vez, y permitió que regresara a casa y volviera a golpearla. Y ahora usted se siente culpable por haber hecho lo correcto.

»Nunca se justifica la violencia en el matrimonio. El apóstol Pablo dice que cada esposo debe amar a su esposa tal como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella.1 ¿Cómo fue que amó Cristo a la iglesia? Él murió en la cruz por los pecados de todos nosotros a fin de que formáramos parte de su iglesia. Él amó y se entregó y se sacrificó. Ese es el modelo que el esposo debe seguir.

»Los hombres que manifiestan enojo y conducta violenta no dejarán de ser abusivos sólo porque lamentan lo sucedido. Es probable más bien que se vuelvan cada vez más violentos. Sin la ayuda profesional de un consejero o de un programa para dominar el enojo, esos hombres son peligrosos. Toda mujer que viva con un hombre abusivo se arriesga a que corran peligro tanto su propia vida como la de sus hijos….»

Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se ingresa en el sitio http://www.conciencia.net y se pulsa la pestaña que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 243.