“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” Proverbios 17:17, en claro contraste con la advertencia de Proverbios 19:4: “Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo”.
Este contraste expone una realidad incómoda del corazón humano: mientras la verdadera amistad permanece cuando llega la adversidad, la amistad interesada se acerca mientras existe algún beneficio y se retira cuando la relación comienza a tener un costo. Tal conducta revela hasta qué punto el pecado puede convertir al prójimo en un instrumento para la propia conveniencia.
La lealtad que solo permanece mientras todo resulta favorable no es verdadera fidelidad. Buscar el apoyo, la cercanía o los beneficios de otros para después abandonarles cuando defenderlos, acompañarlos o permanecer a su lado exige sacrificio, contradice el amor sincero al prójimo y manifiesta un corazón gobernado por la autopreservación y el interés personal.
Robert F. Horton, al comentar Proverbios 17:17, señala que la adversidad constituye una de las grandes pruebas de la amistad: precisamente allí se distingue al compañero circunstancial del amigo verdadero. La prosperidad puede reunir muchas compañías; la angustia revela cuáles permanecen.
La Escritura no presenta la amistad verdadera como una relación utilitaria, sino como una expresión de amor, fidelidad y compromiso. Por eso, cuando una persona disfruta de la confianza y del apoyo ajeno, pero desaparece cuando llega el momento de corresponder con lealtad, no está simplemente mostrando una debilidad social: está dejando al descubierto algo mucho más profundo acerca de aquello que gobierna su corazón.
El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” 1 Corintios 10:31
¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?; Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmos 73:25-26
COMENTARIO DOCTRINAL
¿Para qué estamos aquí?
Es una de las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano.
Muchos responderían que estamos aquí para ser felices, formar una familia, alcanzar nuestras metas, trabajar, prosperar, dejar un legado o simplemente disfrutar de la vida.
Todas esas cosas pueden ocupar un lugar legítimo en nuestra existencia. Pero ninguna de ellas constituye nuestro propósito supremo.
El Catecismo de Spurgeon comienza llevándonos inmediatamente a Dios:
«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».
Esta respuesta coloca toda nuestra existencia en la perspectiva correcta.
1. FUIMOS CREADOS PARA DIOS
El hombre no es el centro del universo.
Dios lo es.
La Escritura enseña que todas las cosas existen por Dios, mediante Dios y para Dios. Por eso Pablo concluye en Romanos 11:36 que de Él, por Él y para Él son todas las cosas.
Esto incluye nuestra propia vida.
No existimos principalmente para realizarnos a nosotros mismos. Existimos porque Dios quiso darnos existencia y porque nuestra vida encuentra su verdadero propósito cuando está orientada hacia Él.
Por eso 1 Corintios 10:31 nos enseña que incluso las actividades más ordinarias —comer, beber y todo lo que hacemos— deben realizarse para la gloria de Dios.
Glorificar a Dios no significa añadirle una gloria que Él no posea.
Dios es infinitamente glorioso en sí mismo.
Nosotros glorificamos a Dios cuando reconocemos quién es Él, creemos su Palabra, obedecemos sus mandamientos, confiamos en su bondad y vivimos de una manera que manifiesta su excelencia.
La vida cristiana, entonces, no se divide entre momentos “espirituales” y momentos “normales”.
Toda nuestra vida pertenece a Dios.
Nuestro matrimonio.
Nuestro trabajo.
Nuestro dinero.
Nuestros pensamientos.
Nuestro descanso.
Nuestras decisiones.
Nuestra adoración.
Todo debe estar bajo el señorío de Dios.
2. EL PECADO CAMBIÓ EL CENTRO DE NUESTRA VIDA
Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.
Aunque el hombre fue creado para glorificar a Dios, por naturaleza no vive buscando la gloria de Dios.
El pecado produjo precisamente lo contrario.
Romanos 1 enseña que el hombre conoció a Dios, pero no le glorificó como a Dios. En lugar de vivir para su Creador, comenzó a vivir para sí mismo y para las cosas creadas.
Ese es uno de los efectos más profundos de la caída.
El pecado no consiste solamente en cometer determinadas acciones malas.
En su raíz, el pecado consiste en quitar a Dios del centro y colocar allí al hombre.
Por eso podemos ser moralmente respetables y, sin embargo, vivir completamente alejados del propósito para el cual fuimos creados.
Una persona puede trabajar, estudiar, casarse, criar hijos, ayudar a otros e incluso practicar una religión, y todavía vivir fundamentalmente para sí misma.
El problema esencial del hombre no es simplemente que necesita mejorar su comportamiento.
Necesita ser reconciliado con Dios.
3. CRISTO NOS DEVUELVE AL PROPÓSITO PARA EL CUAL FUIMOS CREADOS
Aquí el catecismo nos conduce naturalmente hacia Cristo.
El hombre pecador no puede restaurarse a sí mismo.
Necesitamos un Salvador.
Jesucristo vivió perfectamente para la gloria del Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos y cumplió perfectamente la voluntad de Dios.
Después murió en la cruz por pecadores y resucitó.
Por medio de Cristo, Dios perdona y reconcilia consigo a todo aquel que se arrepiente y cree.
La salvación, por tanto, no consiste solamente en escapar del juicio.
Dios nos salva para restaurarnos a una vida centrada nuevamente en Él.
El creyente comienza a aprender aquello para lo cual fue creado:
vivir para la gloria de Dios.
No lo hace perfectamente.
Seguimos luchando contra el pecado.
Seguimos teniendo deseos egoístas.
Seguimos necesitando gracia cada día.
Pero ahora existe una nueva dirección en nuestra vida.
Ya no queremos vivir únicamente para nosotros mismos.
Queremos que Cristo sea honrado en nosotros.
4. GLORIFICAR A DIOS Y GOZARSE EN ÉL
La segunda parte de la respuesta es igualmente hermosa:
«…y gozar de Él para siempre».
El cristianismo bíblico no presenta a Dios como si Él recibiera gloria mientras nosotros vivimos eternamente frustrados.
Al contrario.
Nuestra mayor satisfacción se encuentra precisamente en conocer a Dios.
El Salmo 73 expresa esta realidad cuando el salmista reconoce que, aun cuando su cuerpo y su corazón desfallezcan, Dios sigue siendo la fortaleza de su corazón y su porción para siempre.
El mayor regalo de la salvación no es simplemente recibir bendiciones de Dios.
El mayor regalo es Dios mismo.
Esto necesita decirse con claridad, especialmente en una época donde muchas veces se presenta el cristianismo como un medio para obtener salud, prosperidad, éxito, estabilidad económica o cumplimiento de nuestros sueños.
Dios ciertamente puede concedernos muchas bendiciones temporales.
Pero ninguna de ellas es el propósito final de la vida cristiana.
Nuestra porción es Dios.
Podemos perder posesiones y tener a Dios.
Podemos atravesar enfermedad y tener a Dios.
Podemos conocer aflicción y tener a Dios.
Podemos pasar temporadas donde nuestros planes no se cumplen y todavía tener en Cristo aquello que ninguna circunstancia puede quitarnos.
Por eso glorificar a Dios y disfrutar de Dios están profundamente unidos.
Cuanto más conocemos verdaderamente a Dios, más comprendemos que Él es digno de nuestra adoración.
Y cuanto más vivimos para su gloria, más descubrimos que ninguna criatura puede ocupar el lugar que pertenece solamente al Creador.
APLICACIÓN
Esta primera pregunta del catecismo nos obliga a examinar nuestra vida.
¿Para qué estoy viviendo?
¿Qué ocupa realmente el centro de mis decisiones?
¿Qué determina mis prioridades?
¿Qué considero indispensable para ser feliz?
Tal vez profesamos creer que Dios es lo más importante mientras nuestras preocupaciones revelan que estamos viviendo principalmente para el dinero, la aprobación de los demás, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros proyectos o nuestra propia tranquilidad.
Ninguna de esas cosas puede soportar el peso de convertirse en nuestro dios.
Fuimos creados para algo infinitamente mayor.
Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, adorarle y vivir para su gloria.
Y solamente en Cristo podemos regresar al propósito para el cual fuimos creados.
CONCLUSIÓN
Así que la primera pregunta del Catecismo de Spurgeon no es una cuestión filosófica distante.
Es profundamente personal.
¿Cuál es el fin principal del hombre?
Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.
Ese es nuestro propósito.
Ese es el verdadero orden de la vida.
Y esa es también nuestra esperanza:
que aquello que comenzamos imperfectamente ahora por la gracia de Dios, un día lo viviremos plenamente en su presencia.
Glorificaremos a Dios y gozaremos de Él para siempre.
CATECISMO DE SPURGEON
Doctrina para conocer. Verdad para creer. Una vida para la gloria de Dios.
Crédito de la obra que inspiró este artículo:
Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido. La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.
Esta es una de las preguntas más importantes que una persona puede hacerse. No se trata simplemente de saber si asistimos a una iglesia, si hicimos una oración en algún momento de nuestra vida o si tenemos conocimiento de la Biblia. La pregunta fundamental es si hemos sido reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y si poseemos una fe genuina que produce evidencias de una nueva vida.
La Escritura no nos deja en incertidumbre absoluta. El apóstol Juan escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Observe que Juan no dice “para que esperéis” o “para que supongáis”, sino “para que sepáis”. Dios desea que Sus hijos tengan una seguridad fundamentada en Su Palabra y no en sentimientos cambiantes.
La primera evidencia de una verdadera salvación es la confianza exclusiva en Cristo. El creyente comprende que no puede justificarse por sus obras, méritos o esfuerzos religiosos. Descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como enseña Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La fe salvadora mira fuera de sí misma y se aferra a Cristo como único Salvador.
Sin embargo, la fe verdadera nunca permanece sola. Produce transformación. El Señor Jesús declaró: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). Esto no significa perfección, sino una dirección nueva en la vida. Existe una lucha contra el pecado, un deseo creciente de obedecer a Dios y una disposición a arrepentirse cuando se falla. Donde antes había indiferencia hacia Dios, ahora hay hambre espiritual.
Charles Spurgeon expresó esta verdad de manera memorable:
“La fe que salva es una fe que obra por amor, purifica el alma y vence al mundo”.
Spurgeon entendía que las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto. Un árbol no vive porque produce fruto; produce fruto porque está vivo.
Otra evidencia importante es el amor por Cristo y por Su pueblo. El apóstol Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). El nuevo nacimiento produce nuevos afectos. El creyente comienza a amar aquello que Dios ama y a valorar aquello que antes despreciaba.
John Gill señaló que la gracia salvadora no solo ilumina la mente, sino que transforma las inclinaciones del corazón. Cuando Dios salva a una persona, le concede nuevos deseos y nuevas prioridades.
Asimismo, la perseverancia es una señal importante de una fe genuina. Jesús enseñó que algunos reciben la Palabra con gozo, pero abandonan cuando llegan las pruebas (Mateo 13:20-21). El verdadero creyente puede atravesar temporadas de debilidad, dudas o incluso caídas dolorosas, pero no abandona definitivamente a Cristo. Dios lo sostiene por Su poder.
John Bunyan escribió:
“Aunque el cristiano tropiece muchas veces, el Señor no lo dejará caer definitivamente, porque lo sostiene con Su mano.”
La perseverancia no demuestra la fuerza del creyente, sino la fidelidad de Dios.
Al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no buscar seguridad únicamente observando nuestro desempeño espiritual. Si miramos solamente nuestras obras, encontraremos muchas imperfecciones. Nuestra seguridad descansa primero en las promesas de Dios y después en las evidencias de Su obra en nosotros. Como afirma Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”.
Por ello, la pregunta no debe ser simplemente: “¿Hice una profesión de fe alguna vez?”, sino: “¿Estoy confiando hoy en Cristo? ¿Existe evidencia de Su obra en mi vida? ¿Amo Su Palabra, Su pueblo y Su voluntad? ¿Hay arrepentimiento cuando peco?”.
La verdadera seguridad surge cuando contemplamos simultáneamente dos realidades: la perfección de Cristo como Salvador y la evidencia de que Su Espíritu está obrando en nosotros. No somos salvos porque producimos fruto; producimos fruto porque hemos sido unidos a Cristo por la fe. Y aquellos que han sido verdaderamente regenerados pueden descansar en la promesa de Aquel que dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás” (Juan 10:27-28).
“Contenido elaborado con apoyo tecnológico y publicado, editado, corregido, revisado bajo responsabilidad de Alimentemos el Alma.”
A Su imagen y semejanza Devocional 2/10 Serie: “Génesis: Los comienzos de la Gracia” Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”— Génesis 1:26–27
Estas palabras coronan el relato de la creación. Después de llenar los cielos y la tierra de vida, Dios hace algo único: forma al hombre y a la mujer a Su imagen. No somos fruto del azar, sino el reflejo intencional de un Dios personal, santo y lleno de amor. Ser creados “a Su imagen” significa que fuimos hechos para reflejar Su carácter, Su bondad y Su gloria en todo lo que hacemos.
En 2018, durante los incendios forestales en California, un fotógrafo captó una escena conmovedora: un bombero, cubierto de ceniza, sostenía entre sus brazos a un pequeño venado que había rescatado del fuego. Aquel gesto de compasión se volvió símbolo de esperanza en medio del desastre. Y es que esa capacidad de cuidar, de sentir misericordia y actuar con amor, es parte de la imagen de Dios impresa en cada ser humano. Aun en medio del caos, cuando la creación gime bajo el peso del pecado, Dios sigue revelando destellos de Su imagen en actos de bondad y gracia (Romanos 8:22).
Ser creados a imagen de Dios significa que fuimos hechos para reflejar quién es Él. Amamos porque Él nos amó primero — “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” (1 Juan 4:19). Perdonamos porque Él nos perdonó — “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32). Y servimos porque Cristo vino a servir — “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10:45).
El pecado no destruyó por completo esa imagen divina, pero la distorsionó. Desde la caída, el hombre busca identidad en lo creado en vez de en el Creador. Pero Cristo, “la imagen del Dios invisible” — Colosenses 1:15 — vino para restaurar esa semejanza perdida. Y por medio de Su Espíritu, somos transformados cada día “de gloria en gloria” — 2 Corintios 3:18 — hasta reflejar Su carácter plenamente.Tu valor no depende de lo que haces, ni de lo que tienes, sino de quién te hizo. El mundo mide la dignidad por logros o apariencias, pero la Palabra de Dios enseña que toda vida tiene valor porque lleva Su imagen.Tratar a otros con respeto, amar sin condiciones y cuidar de la creación es honrar al Creador que nos formó. Y si estás en Cristo, esa imagen está siendo renovada cada día por Su gracia y Su Espíritu Santo (Efesios 4:24).
El ser humano fue creado para reflejar la gloria de su Creador. Fuimos formados para mostrar Su amor, redimidos para anunciar Su gracia y transformados para vivir conforme a Su verdad. Tu existencia tiene sentido solo cuando tu vida apunta a Él. Fuiste creado para reflejar a Cristo.
Señor, gracias porque me creaste a Tu imagen y semejanza. Aunque el pecado ha manchado lo que soy, en Cristo me haces nuevo. Restaura en mí Tu reflejo, y que mi vida muestre Tu amor y Tu gracia. Porque en tiempo favorable me escuchaste, y en el día de la salvación me socorriste. ¡He aquí ahora el tiempo más favorable! ¡He aquí ahora es el día de salvación!», lo ruego en el nombre de Jesús, Amén.
«Recuerda que una mente renovada y un corazón firme en Cristo pueden transformar cualquier vida.» AEA Somos el Ministerio Alimentemos El Alma. Que la gracia y la paz de Cristo estén con todos ustedes hoy y siempre.
ES UN ESTUDIO PARA GUIAR A LOS CREYENTES DE TODAS LAS ETAPAS, Y HA SIDO ELABORADO A TRAVÉS DE DÉCADAS DE REFINAMIENTO POR LOS ANCIANOS, MAESTROS Y PASTORES DE LA IGLESIA GRACE COMMUNITY. ESTE MATERIAL FUNDAMENTAL HA SIDO ENSEÑADO Y PROBADA EN EL AULA BAJO EL LIDERAZGO DEL PASTOR JOHN MACARTHUR, Y HA DEMOSTRADO SU EFICACIA A TRAVÉS DE LAS VIDAS QUE HA INFLUENCIADO.
LAS 13 LECCIONES TRATARÁ ESTAS VERDADES FUNDAMENTALES QUE TODOS LOS CREYENTES DEBEN COMPRENDER:
1- INTRODUCCIÓN A LA BIBLIA 2- CÓMO CONOCER LA BIBLIA 3- DIOS: SU CARÁCTER Y ATRIBUTOS 4- LA PERSONA DE JESUCRISTO 5- LA OBRA DE CRISTO 6- LA SALVACIÓN 7- LA PERSONA Y MINISTERIO DEL ESPÍRITU SANTO 8- LA ORACIÓN Y EL CREYENTE 9- LA IGLESIA: COMUNIÓN Y ADORACIÓN 10- LOS DONES ESPIRITUALES 11- LA EVANGELIZACIÓN Y EL CREYENTE 12- LA OBEDIENCIA 13- LA VOLUNTAD Y LA GUÍA DE DIOS
Claro, el poder detrás de este currículum no está en su formato o plan, sino en la Palabra de Dios en la cual está basado. Sabemos que cuando el Espíritu Santo usa Su palabra en la vida de las personas, sus vidas son transformadas. Y es por esto que estoy tan emocionado de que estos materiales hayan llegado a sus manos. FDF le ha dado la bienvenida a millares de personas en la iglesia y en la familia de Cristo. Ha ayudado a creyentes a construir un fundamento espiritual en roca sólida.
Confío en que esto lo beneficiará a usted y a su iglesia de la misma manera. John MacArthur Pastor-Maestro Grace Community Church
Church, G. C., & MacArthur, J., Jr. (2013). Fundamentos de la fe (guía del líder): 13 lecciones para crecer en la gracia y conocimiento de jesucristo. Chicago, IL: Moody Publishers.
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Church, G. C., & MacArthur, J., Jr. (2013). Fundamentos de la fe (guía del líder): 13 lecciones para crecer en la gracia y conocimiento de jesucristo. Chicago, IL: Moody Publishers.
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