7/9 – Cosas que te paran el corazón

Aviva Nuestros Corazones

Serie: Castillo fuerte es nuestro Dios | Salmo 46

7/9 – Cosas que te paran el corazón

Nancy Leigh DeMoss

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Leslie Basham: ¿Sientes que estás en una batalla sin fin? Nancy Leigh DeMoss ofrece un poco de esperanza. 

Nancy Leigh DeMoss: La batalla en la que estás no va a durar para siempre. Como dice Isaías capítulo 34: «Ningún arma forjada contra ti prosperará».

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

Cada uno de nosotros va a enfrentar tormentas e inundaciones. Algunos van a enfrentar tormentas literales, como nos lo recordaron los tornados, inundaciones y terremotos que ocurrieron más temprano este año. Para otros, las circunstancias en la vida se van a sentir como una inundación abrumadora.

Nancy nos ha estado ayudando a mantener la perspectiva y prepararnos para las inundaciones. Mientras ella grababa esta serie sobre las tormentas nos pareció apropiado que estuviera  literalmente tronando afuera.  Ahora acompañemos a Nancy en la serie Castillo fuerte es nuestro Dios.

Nancy: Espero que en el transcurso de los últimos días hayas estado estudiando a fondo el Salmo 46 por ti misma…Y no dejes que solamente yo te alimente poco a poco a través de este ministerio. Puedes obtener verdad y entendimiento de la Palabra de Dios en la misma manera que yo lo hago. Incluye la Palabra en tu vida, medita en ella, vive en ella, estúdiala y escudríñala en todos los diversos ángulos posibles.

Te he estado animando en estos últimos días a leer el Salmo 46, tal vez a memorizarlo, meditar en él, aplicarlo, tomar notas de lo que Dios te está mostrando.  Es asombroso cuando te empiezas a familiarizar con los pasajes en la Palabra de Dios, tomas tiempo para realmente verlos y meditar en oración, y ves cómo Dios te muestra cosas, que nunca has visto antes aun en pasajes familiares. Y eso ciertamente ha sido el caso conmigo.

He sido impulsada hacia este pasaje por causa de algunas circunstancias confusas en mi vida.  Yo no lo habría escrito de esta manera, así no es como me hubiera gustado empezar a estudiar el Salmo 46, pero realmente esa fue la causa. Este pasaje me está ayudando a atravesar algunas aguas profundas y circunstancias difíciles. Te va a llevar a través de las dificultades a ti también, ya sean circunstancias actuales o algunas que tal vez enfrentes más adelante.

Voy a empezar con el versículo 1 y luego, nos vamos a enfocar en los versículos 8 y 9, que vamos a estar viendo en estos últimos días en este Salmo.

“Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos…”

¡Eso es ya suficiente para llevarte a través de muchas cosas! «Señor, tú eres mi refugio. Voy a correr a ti. Tú eres mi fortaleza. Yo soy débil, pero Tú eres fuerte. Tú eres nuestro pronto auxilio. Tú estás aquí, ahora, y Tu gracia es suficiente para ayudarme en este problema». Eso es personalizar este Salmo.

“Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares; aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo.

“Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. Dios está en medio de ella, no será sacudida; Dios la ayudará al romper el alba.”

Y ahora otro gran versículo—solamente aférrate a él y personalízalo hazlo tuyo durante el día.

Dios está en medio de [mí] no [seré] sacudida; Dios [me] ayudará al romper el alba. Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos; dio Él su voz, y la tierra se derritió. [Y escucha el estribillo, versículo 7]. El SEÑOR de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob. (vv. 1-7).

Dijimos que algunas personas piensan que este versículo era una frase que debía de ser repetida por la gente mientras leían este Salmo. Entonces, El SEÑOR de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob. ¿Por qué no lo dices conmigo, con convicción? El SEÑOR de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob. Y luego llegamos a los versículos 8 y 9,

“Venid, contemplad las obras del SEÑOR, que ha hecho asolamientos en la tierra; que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego.”

¿De qué se trata todo esto?

Vamos a tomarlo frase por frase a la vez para poder desmenuzarlo. «Venid», es una invitación—para ti, para mí. «Contemplad…». Hay algo que debemos de ver. Debemos de mirarlo fijamente; es una vista que debemos contemplar. «Contemplad las obras del SEÑOR». Estas son obras poderosas y asombrosas que van a ser descritas aquí.

Esencialmente, lo que vamos a ver descrito es la destrucción total del ejército enemigo. ¿Recuerdas que dijimos que había un enemigo, tal vez el ejército de Asiria, viniendo en contra de Jerusalén? El pueblo de Israel, la gente de Judá, no habrían tenido forma de escapar, ninguna forma para lidiar con esto. Ellos habrían sido aniquilados si Dios no hubiera intervenido sobrenaturalmente.

Entonces ellos van a ver a Dios intervenir a su favor, al destruir al ejército enemigo. Esta es la liberación milagrosa del pueblo de Dios. Es una obra asombrosa. «Venid, contemplad las obras del SEÑOR». Mira Sus juicios. Mira cómo Él destruye, finalmente aquellos que se le oponen a Él y a Sus caminos.

El resultado final en este pasaje no es guerra, sino paz. Él hace que las guerras cesen en los confines del mundo, pero el proceso por el que trae paz es juicio, desolación. Ha traído desolaciones a la tierra. Ves aquí algo que tiene dos caras de la misma moneda, lo que ves muchas veces en las Escrituras. Eso es, que Dios quiere traer salvación a Su pueblo, los que ponen su confianza en Él, los que lo convierten su refugio, pero Dios lo hace al mismo tiempo que trae juicio sobre los que le rechazan.

A través de la Escritura ves la salvación y el juicio en posición uno en contra del otro. No puedes tener salvación sin juicio y donde hay juicio, siempre va a haber salvación. Aquí dentro de estos dos versículos tienes «que ha hecho asolamientos en la tierra», ese es el juicio de Sus  enemigo, Sus oponentes, y, «que hace cesar la guerra hasta los confines de la tierra». Ese es el trabajo redentor de Dios, la liberación de Su pueblo.

Entonces el resultado es que va a hacer que las guerras cesen,  pero lo va a hacer por un proceso de juicio, y eso no se va a ver bonito. No va a ser agradable, pero es una parte importante de las obras de Dios. Somos desafiadas a contemplar las obras del Señor,  y ver cómo Dios ha traído desolaciones a la tierra.

Esa palabra desolación es una palabra hebrea que significa «deshecho, ruina, asombro, consternación, u horror». Alguien más ha descrito desolación de esta manera: «cosas que paran el corazón». Cuando ¡«[respiras profundamente,] casi no puedo respirar»! cuando ves las desolaciones que a veces Dios trae sobre la tierra como parte de Sus grandes propósitos redentores para traer paz final sobre la tierra.

¿Cómo funciona esto? Hemos visto en este pasaje que las naciones están furiosas, están saliendo a destruir al pueblo de Dios, y lo que vemos en estas desolaciones es que los enemigos de Dios experimentan la misma destrucción que trataron de traer sobre el pueblo de Dios. ¿Lo puedes ver?

Ellos trataron de desolar a Jerusalén, y Dios dice: «No, no, no, no. Voy a proteger a Jerusalén, mi pueblo, mi ciudad, y te voy a desolar a ti.  Te voy a traer a la destrucción. En este pasaje se nos insta a observar cuidadosamente los efectos del juicio de Dios. Las desolaciones sobre la tierra deben de traer a todo el mundo a quedarse asombrados delante de Dios. Ese es el propósito de las desolaciones.

Todos los que se oponen a Dios deben de estar aterrados cuando vean sus actos increíbles de desolación en este mundo, al darse cuenta de lo que les espera si continúan en su curso y no se arrepienten. Al mismo tiempo que el mundo está siendo aterrado, conforme vean los actos de Dios, los actos desoladores de Dios, los que confían en Dios deben de animarse y no temer a las fuerzas más feroces que están formándose en contra del pueblo de Dios, porque saben que en Su tiempo y a Su manera aquellos que se le oponen no van a permanecer; van a ser destruidos.

El enemigo a la larga no va a ganar. Entonces no hay necesidad de temer, «[¡respiro profundo!] Nos van a atrapar; nos van a destruir van a destruir a todos los cristianos; van a tomar todo el mundo…» No temas. Espera en quietud. Ve la salvación del Señor. Y Él lo hace por medio de juzgar a los que buscan traer desolación a su gente.

Dios libera a Su pueblo de peligro por medio de estos peligros o desolaciones, o de estos juicios, sobre Sus enemigos. Déjame darte un ejemplo: ¿Recuerdas cuando Dios quería liberar a Su pueblo de Egipto? Habían sido esclavos allí por 400 años. ¿Qué usó Dios como parte del proceso de liberación para sacar a los israelitas de Egipto? Él Trajo las plagas—una desolación que devastó la tierra y al pueblo de Egipto.

Luego leemos en Éxodo capítulo 12 acerca de la plaga final; que fue bastante dura. «Venid, contemplad las obras del SEÑOR, que ha hecho asolamientos en la tierra». A nadie le gusta hablar sobre el juicio. A Dios no le gusta hablar sobre el juicio. A mí no me gusta hablar sobre el juicio, pero tenemos que hablar sobre él, porque no hay salvación sin juicio.

Éxodo capítulo 12,

Y sucedió que a la medianoche, el SEÑOR hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito del ganado. Y se levantó Faraón en la noche, él con todos sus siervos y todos los egipcios; y hubo gran clamor en Egipto, porque no había hogar donde no hubiera alguien muerto.

¡Horrible! Pero esa desolación era parte del proceso de Dios mostrándose a Sí mismo siendo justo y santo y el libertador de Su pueblo. Dios habría librado a los egipcios si se hubieran arrepentido y vuelto hacia Él, pero ellos no lo  hicieron. Entonces segaron destrucción como  resultado de que Dios libró a Su pueblo de Egipto.

Ves algo similar cuando vienes al cruce del Mar Rojo no muchos días después.

«Aquel día salvó el SEÑOR a Israel de mano de los Egipcios [esa es la salvación] e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar. [Ese es el  juicio] (Ex 14:30).

Salvación y juicio.  «Cuando Israel vio el gran poder que el SEÑOR había usado contra los egipcios, el pueblo temió al SEÑOR, y creyeron en el SEÑOR y en Moisés, su siervo».

El Salmo 76, el versículo 9 habla sobre Dios «al levantarse Dios para juzgar, para salvar a todos los humildes de la tierra». El juicio es una de las maneras por las cuales Dios trae salvación a Sus elegidos. Desolaciones sobre la tierra…

He estado leyendo recientemente en mi devocional en el libro de Apocalipsis, siguiendo con un libro publicado por nuestros amigos en la casa publicadora Moody, escrito por  John Walvoord, sobre el libro de Apocalipsis. Él habla acerca de los juicios y desolaciones de Apocalipsis capítulo 6. Leímos ese pasaje, o parte de este, más temprano en esta serie.

Mientras se habla acerca de esas desolaciones y esos juicios de los últimos días, terremotos y estrellas cayendo del cielo y el sol volviéndose sangre y estas grandes y horribles desolaciones… John Walvoord tiene esto para decir sobre esos juicios:

El Dios que se sienta sobre el trono en el cielo está en control total de lo que pasa en la tierra. Los eventos que están pasando en la tierra—sin importar qué tan aterradores o devastadores—no son ni desordenados ni al azar. Son ordenados por el que está sentado sobre su trono. El cielo gobierna la tierra. El pueblo de Dios debe ver lo que ocurre en la tierra desde la perspectiva de Dios, en lugar desde la perspectiva del hombre.1

Dios va a hacer lo que sea necesario, lo que sea que tome, para traer a sus enemigos a la sumisión, para glorificar Su nombre, y para librar a los que buscan refugio en Él. Él va a hacer lo que sea necesario para cumplir Sus propósitos eternos y para ser exaltado sobre toda la tierra. Él sabe lo que Él está haciendo, entonces aun cuando trae desolaciones sobre la tierra, no dudes de él. No lo resistas. Tal vez no lo entiendas.

Desde nuestro punto de vista en la tierra tal vez no tenga sentido, pero tienes que saber que Él tiene un propósito, hay sentido, y recordar que Dios está trabajando aun en medio de las desolaciones. El versículo 8 nos dice que Dios ha traído desolaciones a la tierra, pero ahora venimos al versículo 9, y nos dice lo que pretende cumplir a través de esto.

«Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego». Dios establece paz y trae guerras a un fin por medio de destruir todas las armas del enemigo y traer todas las naciones a sumisión en Su Reino soberano.

Leímos acerca de eso en 2da de Reyes 19 un poco más temprano en esta serie, donde vimos que el Señor salió durante la noche y destruyó a 185,000 soldados en el ejército asirio. Cuando los israelitas se despertaron a la siguiente mañana… Todos esos cuerpos muertos esparcidos… Dios trajo desolación sobre la tierra para redimir y para rescatar a Su pueblo.

Él es el Príncipe de Paz. En el tiempo de Dios, a Su manera, Él va a derrotar a la oposición y va a hacer que todas las guerras cesen a través de todo el mundo. No son nada más las guerras que están en el mundo grande, sino también las guerras en tu pequeño mundo, guerras que son tan declaradas en contra de ti, diseñadas para traerte a la ruina. La batalla en la que estás no va a durar para siempre.

Como lo dice Isaías capítulo 34: «Ningún arma forjada contra ti prosperará». Ese versículo, el versículo 9 del salmo 46, que dice «que Él hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego», visualiza el día cuando Dios va a vencer a cada enemigo que lo ha resistido. Él va a desarmar al enemigo, y Él va a reinar por siempre y para siempre. ¿Aleluya? ¡Aleluya!

Él hace que las guerras cesen. En esa frase no debemos de imaginar a Dios como algún gran Secretario del Estado que viaja por el mundo tratando de negociar la paz por medio de conversaciones  de paz o de tratados. Lo que debes de imaginar aquí es a Dios interviniendo en la situación y tomando el control. La oposición no tiene opción más que rendirse. Él hace la paz; Él hace que las guerras cesen.

Derek Kidner, en su comentario sobre los Salmos, dice:

Aunque el resultado es paz, el proceso es juicio. Las palabras, Él hace que las guerras cesen, están puestas no en el contexto de persuasión amable sino de un mundo devastado y forzosamente desarmado. Él habla de tranquilidad del otro lado del juicio.

Queremos el resultado, pero no confiamos en Dios para hacer todo lo que tenga que hacer para obtener el resultado. Las desolaciones… eso nos confunde. Gente inconversa usa esto en contra de Dios: «¿Cómo puede Dios hacer esto?» Dios lo está haciendo porque es un Dios de misericordia y justicia, un Dios de amor y gracia,  pero un Dios  que no puede ser burlado. El juicio y la salvación los dos vienen de nuestro Dios.

Podemos ver cómo esto se desarrolla en nuestras propias vidas personales y en nuestras experiencias. Una amiga mía, la semana pasada creo, quien sabía que yo estaba enseñando sobre este pasaje, me envió un correo que dijo que podía compartir. Y  creo que ilustra en un nivel muy personal cómo Dios usa las desolaciones, en última instancia, para que las guerras cesen. Déjame leerte lo que ella me escribió.

Muchos de nosotros hemos tenido esos momentos cuando hemos dicho: «¡Oh, no! ¡Soy exactamente como mi mamá». Para mí, fue en mi cumpleaños número 30. Hasta ese momento, aunque era cristiana, luchaba con una raíz de amargura, principalmente en contra de mi mamá—pero también, aunque nunca lo habría admitido aun a mí misma—en contra de Dios.

Dios le dio a mi mamá padres cristianos. No eran padres perfectos porque ningún padre lo es, pero sí le enseñaron sobre Cristo. En su adolescencia, mi mamá escogió rebelarse—y su pecado tuvo consecuencias devastadoras en las vidas de sus hijos. Abuso emocional y físico era nuestra norma, más que nada por medio de los hombres en su vida. Fracasó en protegernos de ellos… y yo pensé que Dios también.

Pero en ese cumpleaños número 30, Dios trajo sanidad a mi alma—al traerme cara a cara al darme cuenta que mientras, en la mayor parte, yo soy callada y despreocupada, muy dentro de mí se acecha  la misma actitud rebelde y orgullosa  de autonomía que separó a mi mamá del Dios que la amaba… y esa actitud orgullosa finalmente la destruyó.

En permitirme nacer en circunstancias difíciles,  Dios me bendijo en formas que solamente entiendo vagamente. Me trajo al fin de mí misma en mi vida temprana—y cuando llegué ahí, mi salvador, que me ama más de lo que comprendo, me estaba esperando.

Dios trajo/permitió desolación en mi vida por medio del pecado de los adultos a los que les dio la responsabilidad de amar y protegerme. Pero usó esa «desolación» para hacer las «guerras cesar» entre Él y yo—por medio de mostrarme gráficamente a dónde me llevaría mi espíritu rebelde si le diera rienda libre.

¿Ves la progresión aquí? Las desolaciones te pueden volver en contra de Dios, pueden hacerte una persona amargada. Pero una vez que ves que puedes ver que las desolaciones son parte de la manera que Dios usa para que las guerras cesen, entonces puedes bendecir al Señor, y puedes llegar a ver aun esas desolaciones como una bendición.

La Escritura dice: «Venid, contemplad las obras del SEÑOR, que ha hecho asolamientos en la tierra; que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego. Armas poderosas de los enemigos de Dios no pueden en contra de él. Son como cerillos.

Él desarma a Sus oponentes; les quita su poder. Hace dos mil años, Dios trajo la mayor desolación sobre la tierra. Ese fue el día que Dios puso a Su Hijo en una cruz romana y derramó sobre Su Hijo amado la ira y el juicio que nosotros merecíamos. Tan grande fue esa desolación que al mediodía, de ese día. El sol rehusó a brillar y el día se volvió oscuridad.

Al final de ese día, un gran terremoto hizo temblar las rocas, abrió las tumbas… Desolaciones sobre la tierra. Pero como resultado de golpear Su propio corazón con tal desolación, Dios ha hecho que las guerras cesen, y lo ves a través de todas las Escrituras.

Romanos capítulo 5: “Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…porque  cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (vv. 1, 10).

La desolación hace que las guerras cesen.

Efesios capítulo 2: “Porque Él mismo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz” (vv. 14-15).

Desolaciones en la tierra, paz como resultado.

Hebreos capítulo 2 nos dice que «[Jesús] para anular mediante la muerte el poder de aquél que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».(vv. 14-15).) ¡Terrible desolación que Dios trajo en el Calvario! ¿Pero cuál fue el resultado? El enemigo fue desarmado, le quitaron el poder para que pudiéramos experimentar la paz de Dios.

Por medio de esa desolación en la cruz, Él ahora rompe el poder de ese pecado cancelado y liberta a los prisioneros.

Leslie: Nancy Leigh DeMoss le ha estado dando esperanza a cualquier persona que sienta que la batalla en la que están va a durar para siempre. Va a regresar en un momento para orar. Cuando llenas tu mente con la Palabra de Dios, con la enseñanza de hoy del Salmo 46 por ejemplo, va a hacer una gran diferencia en tu vida. Uno de nuestras radioescuchas escribió para describir el efecto que Aviva Nuestros Corazones ha tenido en su vida.

Dijo  «Dios está sanando mi vida de las malas decisiones que he hecho. Él los está usando a ustedes en esta sanidad». Este ministerio no tiene el poder para traer este tipo de sanidad por nosotros mismos, necesitamos la sabiduría y la fuerza de Dios. [También necesitamos que él provea para las necesidades financieras del ministerio.]

Dios usa a nuestros oyentes para ayudar a Aviva Nuestros Corazones para pagar los gastos y permitirnos continuar en el aire. ¿Le ayudarías a Aviva Nuestros Corazones con tu ofrenda para poder seguir en el aire, animando a mujeres a estar arraigadas en la Palabra de Dios?

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«Estad quietos, y sabed que yo soy Dios». Esta frase se repite  callada y reverentemente en muchas iglesias, pero Nancy Leigh DeMoss muestra cómo es frase fue originalmente dada en una voz fuerte de comando. Descubre por qué en la siguiente sesión de Aviva Nuestros Corazones. Ahora Nancy está aquí para terminar nuestro programa en oración.

Nancy: Oh, Señor, aunque no habríamos escogido las desolaciones, aunque no habríamos escrito el guión de esa manera, te damos gracias porque Tú estás escribiendo el guión, y que aun en las desolaciones incomprensibles en la tierra, vemos Tu mano, y vemos el resultado final: que Tú haces cesar las guerras, en nuestros corazones, entre nosotros y Tú  en esta tierra. Y por eso te damos gracias, amen.

 

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

1 John F. Walvoord. Revelation. Chicago: Moody, 2011, p. 122.

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

Arrepentimiento Para Vida

El Púlpito de la Capilla New Park Street
Arrepentimiento Para Vida

NO. 44

Un sermón predicado la mañana del Domingo 23 de Septiembre, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! Hechos 11: 18.

 

Uno de los mayores obstáculos que haya tenido que superar jamás la religión cristiana, fue el prejuicio inveterado que se apoderó de las mentes de sus primeros seguidores. Los creyentes judíos, los doce apóstoles y aquellos que Jesucristo había llamado de entre los esparcidos de Israel, estaban tan apegados a la idea de que la salvación era de los judíos, y que nadie sino los discípulos de Abraham, o, por lo menos, los circuncidados, podían ser salvos, que no podían aceptar la idea de que Jesús hubiera venido para ser el Salvador de todas las naciones, y que en Él serían benditos todos los pueblos de la tierra.

Con mucha dificultad podían aceptar esa suposición; era tan opuesta a toda su educación judía, que los vemos convocando a Pedro a un concilio de cristianos, y preguntándole: «¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?» Y Pedro no pudo exonerarse a sí mismo hasta no haber referido plenamente el asunto, y haber declarado que Dios se le apareció en una visión, diciéndole: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común,» y que el Señor le ordenó predicar el Evangelio a Cornelio y a su casa, ya que eran creyentes.

Después de esto el poder de la gracia fue tan enorme, que esos judíos no pudieron resistirle más: y pese a toda su previa educación, de inmediato asumieron el principio comprehensivo del cristianismo: «y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»

Bendigamos a Dios porque ahora estamos libres de los impedimentos del judaísmo, y porque tampoco estamos bajo los impedimentos de un gentilismo que a su vez ha excluido a los judíos; sino que vivimos muy cerca del bienaventurado tiempo que se aproxima, cuando judío y gentil, esclavo o libre, se sentirán uno en Jesucristo, nuestra Cabeza.

No me propongo abundar sobre este tópico, sino que mi tema el día de hoy será: «el arrepentimiento para vida.» Pido gracia a Dios para hablarles de tal manera que Su palabra sea como una espada cortante «que penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos.»

Por «arrepentimiento para vida» creo que debemos entender aquel arrepentimiento que va acompañado de vida espiritual en el alma, y que asegura la vida eterna a todo aquel que lo posee. «El arrepentimiento para vida,» afirmo, trae consigo vida espiritual, o, más bien, es la primera consecuencia procedente de esa vida.

Hay arrepentimientos que no son signos de vida -excepto de vida natural- porque sólo son efectuados por el poder de la conciencia y la voz de la naturaleza que habla en los hombres; pero el arrepentimiento del que se habla aquí, es producido por el Autor de la vida, y cuando viene, engendra tal vida en el alma que aquellos que estaban «muertos en sus delitos y pecados,» son revividos conjuntamente con Cristo; aquellos que no tenían receptividad espiritual, ahora «reciben con mansedumbre la palabra implantada»; aquellos que dormitaban en el propio centro de la corrupción, reciben el poder de convertirse en hijos de Dios, y de estar cerca de Su trono.

Yo creo que este es el «arrepentimiento para vida»: aquel arrepentimiento que da vida a un espíritu muerto. También he dicho que este arrepentimiento asegura la vida eterna; pues hay arrepentimientos de los cuales oyes hablar a los hombres, que no aseguran la salvación del alma.

Algunos predicadores afirman que aunque los hombres pueden arrepentirse y creer, también pueden apostatar y perecer. No pretendemos consumir nuestro tiempo haciendo un alto para exponer su error ahora; a menudo hemos considerado eso antes, y hemos refutado todo lo pudieran decir en defensa de su dogma. Pensemos en un arrepentimiento infinitamente mejor.

El arrepentimiento de nuestro texto no es ese arrepentimiento, sino que es un «arrepentimiento para vida»; un arrepentimiento que es un verdadero signo de salvación eterna en Cristo; un arrepentimiento que nos preserva en Jesús a través de este estado temporal, y que, cuando hayamos pasado a la eternidad, nos proporciona una bienaventuranza que no puede ser destruida.

«Arrepentimiento para vida» es la salvación real del alma, es el germen que contiene todos los elementos esenciales de la salvación, que los resguarda para nosotros, y que nos prepara para ellos.

En este día hemos de prestar una atención, acompañada de oración, al «arrepentimiento» que es «para vida.» Primero, voy a dedicar unos cuantos minutos a la consideración del arrepentimiento falso; en segundo lugar, voy a considerar los signos que caracterizan al verdadero arrepentimiento; y, posteriormente, enalteceré la caridad divina, de la cual está escrito: «¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!»

I. Primero, entonces, consideraremos ciertos FALSOS ARREPENTIMIENTOS. Voy a comenzar haciendo esta observación: que espantarse bajo el sonido del Evangelio no es «arrepentimiento.» Hay muchas personas que cuando oyen un fiel sermón evangélico, permanecen agitadas y conmovidas. Mediante un cierto poder que acompaña a la Palabra, Dios da testimonio de que se trata de Su propia Palabra, y provoca en aquellos que la oyen un cierto temblor involuntario.

He visto a algunas personas, -cuando las verdades de la Escritura han resonado desde este púlpito- cuyas rodillas han temblado chocando entre sí, cuyos ojos han derramado lágrimas como si hubiesen sido fuentes de agua. He sido testigo de la profunda depresión de su espíritu, cuando -según me han dicho algunos de ellos- fueron sacudidos hasta el punto de no saber cómo soportar el sonido de la voz, pues era semejante a la terrible trompeta del Sinaí, tronando únicamente su destrucción.

Queridos lectores, ustedes podrían estar sumamente turbados bajo la predicación del Evangelio, y, sin embargo, podrían no tener ese «arrepentimiento para vida.» Ustedes podrían saber lo que es estar muy seria y profundamente afectados cuando asisten a la casa de Dios, y sin embargo, podrían ser pecadores endurecidos.

Permítanme confirmar esta observación mediante un ejemplo: Pablo compareció ante Félix con sus manos encadenadas, y cuando disertaba acerca de «la justicia, del dominio propio y del juicio venidero,» está escrito que «Félix se espantó,» y, sin embargo, por buscar dilaciones, Félix se encuentra en la perdición, en medio del resto de personas que han dicho: «prosigue tu camino por esta vez; cuando encuentre un tiempo adecuado te buscaré.»

Hay muchas personas que no pueden asistir a la casa de Dios sin alarmarse; ustedes saben lo que es estar espantados ante el pensamiento de que Dios los castigará; puede ser que con frecuencia hayan sido inducidos a una emoción sincera bajo la influencia del ministro de Dios; pero, permítanme decirles que, a pesar de todo, podrían ser desechados porque no se han arrepentido de sus pecados ni se han vuelto a Dios.

Peor aún. Es muy posible que no solamente se espanten ante la Palabra de Dios, sino que podrían volverse Agripas amigables, y estar «por poco persuadidos» a volverse a Jesucristo, y, sin embargo, no tener ningún «arrepentimiento»; podrían ir más allá y llegar a desear el Evangelio; podrían decir: «¡Oh!, este Evangelio es algo tan bueno, que yo quisiera recibirlo. Asegura tanta felicidad aquí y tanto gozo en el más allá, que quisiera poder llamarlo mío.» ¡Oh, es bueno oír de esta manera esta voz de Dios! Pero podrían quedarse tranquilos, y, mientras algún texto poderoso es predicado adecuadamente, podrían decirse: «creo que es verdad»; pero tiene que entrar en el corazón antes de que puedan arrepentirse. Puedes incluso caer de rodillas en oración y puedes pedir con labios aterrados que esto sea de bendición para tu alma; y, después de todo, podría ser que no fueras un hijo de Dios. Podrías decir como Agripa le dijo a Pablo: «Por poco me persuades a ser cristiano»; sin embargo, igual que Agripa, podrías no pasar más allá del «por poco.» Agripa estaba «casi persuadido a ser cristiano,» pero no «plenamente convencido.»

Ahora, cuántos de ustedes han estado «por poco persuadidos» y, sin embargo, no están realmente en el camino a la vida eterna. Cuán a menudo la convicción los ha conducido a caer de rodillas y «por poco» se han arrepentido, pero han permanecido allí, sin arrepentirse realmente.

¿Ven aquel cadáver? Murió recientemente. Todavía no ha adquirido la lividez mortal, su color se semeja todavía a la vida. Su mano está tibia todavía; podría pensarse que está vivo, y casi pareciera respirar. Todo está íntegro: el gusano escasamente lo ha tocado; la descomposición escasamente se ha presentado; no hay ningún olor fétido. Sin embargo, la vida se ha ido; no hay ninguna vida allí.

Lo mismo sucede con ustedes: por poco están vivos; por poco tienen cada órgano externo de la religión que tiene el cristiano; pero no tienen vida. Podrían tener un arrepentimiento, pero no el arrepentimiento sincero. ¡Oh, hipócrita! Te advierto el día de hoy, que no solamente podrías sentir espanto sino hasta una complacencia por la Palabra de Dios, y, sin embargo, después de todo, no tener «arrepentimiento para vida». Todavía podrían hundirse en el pozo del abismo, y escuchar que se diga: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.»

Pero, además, es todavía posible que los hombres progresen inclusive más allá de esto, y que positivamente se humillen bajo la mano de Dios, pero que sean completos extraños al arrepentimiento. Su bondad no es como la nube mañanera y el rocío temprano que se desvanecen, sino que después que escuchan el sermón, regresan a casa y realizan lo que ellos conciben que es la obra del arrepentimiento, es decir, renuncian a ciertos vicios y necedades, se visten de cilicio y sus lágrimas se derraman muy abundantemente por causa de lo que han hecho; se lamentan delante de Dios; y, sin embargo, con todo eso, su arrepentimiento no es sino un arrepentimiento pasajero, y regresan otra vez a sus pecados.

¿Acaso niegan que exista tal penitencia? Permítanme contarles un caso. Un cierto hombre llamado Acab codiciaba la viña de su vecino Nabot, que se rehusaba a venderla a cualquier precio ni hacer un intercambio. Acab consultó con su esposa Jezabel, que urdió el plan de matar a Nabot para que el rey se apropiara de la viña. Después que Nabot murió, y Acab hubo tomado posesión de la viña, el siervo del Señor se reunió con Acab y le dijo: «¿No mataste, y también has despojado?. . .Así ha dicho Jehová: En el mismo lugar donde lamieron los perros la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu sangre, tu misma sangre. . . .He aquí yo traigo mal sobre ti, y barreré tu posteridad.» Leemos que Acab se fue y anduvo humillado; y el Señor dijo: «Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días.»

Él le había concedido una suerte de misericordia; pero leemos a continuación, en el siguiente capítulo, que Acab se rebeló, y en una batalla en Ramot de Galaad, de conformidad al siervo del Señor, fue muerto allí; así que «los perros lamieron su sangre» exactamente en la viña de Nabot.

Ustedes también, les digo, podrían andar humillados delante de Dios por un tiempo, y, sin embargo, podrían seguir siendo los esclavos de sus transgresiones. Ustedes tienen miedo de la condenación, pero no tienen miedo de pecar: tienen miedo del infierno, pero no le temen a sus iniquidades; tienen miedo de ser arrojados al pozo, pero no temen endurecer sus corazones contra Sus mandamientos.

¿No es verdad, oh pecador, que le tienes pavor al infierno? No es el estado de tu alma el que te turba, sino el infierno. Si el infierno fuera extinguido, tu arrepentimiento se extinguiría; si los terrores que te esperan fuesen eliminados, pecarías más pérfidamente que antes, y tu alma se endurecería, y se rebelaría contra su soberano.

No se engañen, hermanos míos, en este punto; examínense para comprobar si andan en fe; pregúntense si tienen el «arrepentimiento para vida»; pues podrían andar humillados por un tiempo, y, sin embargo, no arrepentirse nunca delante de Dios.

Muchos avanzan más allá de esto, y, sin embargo, están destituidos de la gracia. Podría ser posible que confieses tus pecados sin arrepentirte. Podrías acercarte a Dios, y decirle que eres un miserable; podrías enumerar una larga lista de tus transgresiones y de los pecados que has cometido, sin un sentido de la horripilación de tu culpa, sin una sola chispa de odio real a tus acciones.

Podrías confesar y reconocer tus transgresiones, y, sin embargo, no sentir un aborrecimiento del pecado; y si no resistes al pecado, en la fortaleza de Dios, si no lo abandonas, este supuesto arrepentimiento no sería sino el color dorado que luce la pintura decorativa; no se trata de la gracia que realmente transforma en el oro que soporta el fuego. Digo que podrían llegar a confesar sus faltas, y, sin embargo, no tener arrepentimiento.

Además, y entonces habré tocado el más lejano pensamiento que he de dar sobre este punto. Podrían hacer alguna obra digna del arrepentimiento, y sin embargo ser impenitentes. Déjenme darles una prueba de esto en un hecho autenticado por la inspiración.

Judas traicionó a su Señor, y después de haberlo hecho, un sobrecogedor sentido del enorme mal que había cometido se apoderó de él. Su culpa enterró toda esperanza de arrepentimiento, y en el abatimiento de la desesperación, mas no en el dolor de la verdadera compunción, confesó su pecado a los sumos sacerdotes, clamando: «Yo he pecado entregando sangre inocente.» Ellos le dijeron: «¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!» Entonces arrojó las piezas de plata en el templo, para mostrar que no podía soportar cargar con el precio de la culpa; y las dejó allí. Salió, y, ¿fue salvo? No. «Salió, y fue y se ahorcó.»

Y aun entonces la venganza de Dios le siguió: pues cuando se colgó cayó desde la altura donde estaba suspendido, y quedó destrozado; se perdió y su alma pereció. Pueden ver lo que este hombre hizo. Él pecó, confesó su error, y devolvió el oro; sin embargo, después de eso, fue un réprobo. ¿Acaso no nos pone a temblar esto? Pueden ver cuán posible es ser tan aproximadamente el remedo de un cristiano, que la propia sabiduría, si solamente fuera mortal, sería engañada.

II. Ahora, habiéndoles advertido así que hay muchas falsas clases de arrepentimiento, tengo el propósito de ocupar un corto tiempo haciendo algunas observaciones sobre EL VERDADERO ARREPENTIMIENTO, y los signos mediante los cuales podremos discernir si contamos con ese «arrepentimiento» que es «para vida».

Antes que nada, permítanme corregir uno o dos errores que aquellos que están viniendo a Jesucristo cometen con frecuencia. Uno es que creen a menudo que deberían experimentar profundas, horribles y pavorosas manifestaciones de los terrores de la ley y del infierno antes de que se pueda decir que se arrepintieron.

Con cuántas personas he conversado que me han dicho lo que solamente puedo traducirles en español a ustedes, en esta mañana, más o menos de esta manera: «no me arrepiento lo suficiente, no me siento lo suficientemente pecador. No he sido un transgresor tan indisculpable y perverso como muchos otros: yo casi quisiera haberlo sido; no porque ame al pecado, sino debido a que entonces tendría convicciones más profundas de mi culpa, y me sentiría más seguro de haber venido verdaderamente a Jesucristo.»

Ahora, sería un grave error imaginar que estos pensamientos terribles y horribles de un juicio venidero tengan algo que ver con la validez del «arrepentimiento.» Con frecuencia no son el don de Dios para nada, sino las insinuaciones del diablo; e incluso allí donde la ley obra y produce estos pensamientos, no deberían considerarlos como constituyentes de una parte y una porción del «arrepentimiento.» No entran en la esencia del arrepentimiento.

El «arrepentimiento» es un odio al pecado; consiste en apartarse del pecado y en una determinación, en la fuerza de Dios, de abandonarlo. Es posible que un hombre se arrepienta sin un horripilante despliegue de los terrores de la ley; podría arrepentirse sin haber oído los sonidos de la trompeta del Sinaí, sin haber escuchado algo más que un distante rumor de su trueno.

Un hombre puede arrepentirse enteramente por medio de la voz de la misericordia. Dios abre algunos corazones a la fe, como en el caso de Lidia. A otros acomete con el martillo grueso de la ira venidera; a algunos abre con la ganzúa de la gracia, y a otros con la palanca de hierro de la ley.

Puede haber muchas formas de llegar allí, pero la pregunta es: ¿has llegado allí? ¿Te encuentras allí? Sucede con frecuencia que el Señor no está en la tempestad ni en el terremoto, sino en el «silbo apacible y delicado.»

Hay otro error que muchas pobres personas cometen cuando están pensando en la salvación, y es: que no se pueden arrepentir lo suficiente; se imaginan que si se arrepintiesen hasta un cierto grado, serían salvos. «¡Oh, señor!», -dirán algunos de ustedes- «no tengo suficiente contrición».

Amados, permítanme decirles que no hay ningún grado eminente de «arrepentimiento» que sea necesario para la salvación. Ustedes saben que hay grados de fe, y sin embargo la mínima fe salva; también hay grados de arrepentimiento, y el mínimo arrepentimiento, si es sincero, salvará al alma.

La Biblia dice: «El que creyere será salvo»; y cuando dice eso, incluye el grado más pequeño de fe. También cuando dice: «Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados,» incluye al hombre que tiene el grado más bajo de arrepentimiento real. El arrepentimiento, además, no es nunca perfecto en ningún hombre en este estado mortal.

Nunca alcanzaremos la fe perfecta que esté enteramente libre de dudas; y nunca alcanzaremos el arrepentimiento que sea libre de alguna dureza de corazón. El más sincero penitente que conozcan se sentirá parcialmente impenitente.

El arrepentimiento es también un acto continuo durante la vida entera. Crecerá continuamente. Yo creo que un cristiano en su lecho de muerte se arrepentirá más amargamente de lo que lo hizo jamás. Arrepentirse es algo que ha de hacerse durante toda la vida. Pecar y arrepentirse, pecar y arrepentirse, resume la vida de un cristiano. Arrepentirse y creer en Jesús, arrepentirse y creer en Jesús, conforma la consumación de su felicidad.

No deben esperar ser perfectos en «arrepentimiento» antes de ser salvos. Ningún cristiano puede ser perfecto. El «arrepentimiento» es una gracia. Algunas personas lo predican como una condición de salvación. ¡Condición de insensatez! No hay condiciones para la salvación. Dios mismo da la salvación; y Él únicamente la da a los que Él quiere. Dice: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia.»

Si, entonces, Dios te ha dado el mínimo arrepentimiento, y es un arrepentimiento sincero, alábalo por ello, y espera que ese arrepentimiento crezca más y más profundamente conforme sigas adelante.

Entonces esta observación ha de ser aplicada a todos los cristianos. Hombres y mujeres cristianos, ustedes sienten que no tienen un arrepentimiento lo suficientemente profundo. Sienten que no tienen una fe lo suficientemente grande. ¿Qué han de hacer? Pidan un aumento de fe, y crecerá.

Lo mismo sucede con el arrepentimiento. ¿Han tratado alguna vez de alcanzar un profundo arrepentimiento? Amigos míos, si han fracasado en el intento, confíen en Jesús, y traten cada día de obtener un espíritu penitencial. No esperen tener -lo repito- un perfecto arrepentimiento al principio; han de tener contrición sincera, y luego, bajo la gracia divina irán de poder en poder, hasta que al final odiarán y aborrecerán el pecado como a una serpiente o una víbora, y entonces estarán cerca, muy cerca, de la perfección del arrepentimiento.

Les he dado estas consideraciones, entonces, como inicio del tema. Y ahora ustedes preguntarán: ¿cuáles son los signos del verdadero «arrepentimiento» a los ojos de Dios?

Primero, les digo, que hay pena en él. Nadie se arrepiente jamás del pecado sin sentir algún tipo de tristeza a la vez. Puede ser más o menos intensa, de acuerdo a la manera en que Dios les llama, y a su previa manera de vida; pero debe haber alguna tristeza. No nos importa cuándo llega, pero en algún momento o en otro debe llegar, o no sería el arrepentimiento de un cristiano.

Conocí una vez a un hombre que profesaba que se había arrepentido, y en verdad su carácter había cambiado externamente; pero nunca pude ver que tuviera un dolor real por el pecado; tampoco vi jamás algunas señales de contrición en él cuando profesó creer en Jesús. Yo consideré que en ese hombre se trataba de un salto extático a la gracia; y encontré después que tuvo exactamente un salto igualmente extático a la culpa otra vez. Él no era una oveja de Dios, pues no había sido lavado en contrición: pues todo el pueblo de Dios ha de ser lavado en contrición cuando es convertido de sus pecados. Nadie puede venir a Cristo y conocer Su perdón sin sentir que el pecado es una cosa odiosa, pues llevó a la muerte a Cristo. Ustedes que tienen sus ojos secos, sus rodillas sin doblar y sus corazones empedernidos, ¿cómo podrían pensar que son salvos? El Evangelio promete salvación únicamente a aquellos que realmente se arrepienten.

Sin embargo, para no herir a ninguno de ustedes, y hacerles sentir algo que no es mi intención hacerles sentir, permítanme observar que no quiero decir que deban derramar lágrimas reales. Algunos hombres tienen una constitución tan dura que no podrían derramar una sola lágrima. He conocido a algunas personas que han sido capaces de suspirar y de gemir, pero las lágrimas no brotan.

Bien, yo digo que aunque las lágrimas suministran a menudo evidencias de contrición, podrían tener «arrepentimiento para vida» sin ellas. Lo que yo quisiera que entendieran es que debe haber un dolor real. Si la oración no es vocal, debe ser secreta. Para mostrar el arrepentimiento, aunque sea mínimo, debe haber un gemido aunque no haya palabras, debe haber por lo menos un suspiro aunque no haya lágrimas.

En este arrepentimiento ha de haber, pienso, no únicamente dolor, sino que ha de haber algo práctico: debe ser un arrepentimiento práctico.

«No basta con decir que lo sentimos, y arrepentirnos,
Y luego continuar día a día como siempre caminamos.»

Muchas personas están muy apenadas y muy penitentes por sus pecados pasados. Óiganlos hablar. «¡Oh!», -dicen- «lamento profundamente haber sido un borracho un día; y sinceramente deploro haber caído en ese pecado; lamento profundamente haber hecho eso.» Luego se van directo a casa; y cuando llega la una de la tarde del día domingo los encontrarán bebiendo otra vez. Y, sin embargo, esa gente dice que se ha arrepentido.

¿Acaso les creerían ustedes cuando dicen que son pecadores, pero que no aman el pecado? Puede ser que no lo amen durante un tiempo; pero ¿podrían ser sinceros penitentes, y luego ir y transgredir otra vez inmediatamente, en la misma forma en que lo hicieron antes? ¿Cómo podríamos creerles si transgreden una y otra vez, y no abandonan su pecado? Conocemos a un árbol por sus frutos; y ustedes que son penitentes producirán obras de arrepentimiento.

A menudo he considerado como un muy hermoso ejemplo que refleja el poder de la contrición, una anécdota aportada por un piadoso ministro. Él había estado predicando sobre el arrepentimiento, y en el curso de su sermón habló del pecado del robo. Cuando iba camino a su casa, un trabajador se le acercó, y el ministro observó que tenía algo bajo su uniforme de obrero. El ministro le dijo que no tenía que acompañarle más lejos; pero el hombre persistió. Por fin le dijo: «traigo un azadón bajo mi brazo que robé en aquella finca; lo escuché predicar acerca del pecado de robo, y debo ir y ponerlo en su lugar otra vez.» Eso fue un sincero arrepentimiento, pues lo motivó a regresar y devolver el artículo robado.

Sucedía lo mismo con los isleños de los Mares del Sur, de quienes leemos que robaban la ropa y los muebles de los misioneros, y todo lo que se podían llevar de sus casas; pero cuando eran convertidos salvadoramente, les llevaban todo de regreso.

Pero muchos de ustedes dicen que se arrepienten, y sin embargo no producen fruto; eso no sirve para nada. La gente se arrepiente sinceramente, dicen, de haber cometido un robo, o de haber mantenido una casa de juegos; pero se cuidan de que todas las ganancias sean empleadas en el mejor bienestar de su corazón. El verdadero «arrepentimiento» producirá obras dignas de «arrepentimiento»; será un arrepentimiento práctico.

Pero vamos más lejos. Ustedes pueden saber si su arrepentimiento es práctico mediante esta prueba. ¿Tiene alguna duración o no? Muchos de sus arrepentimientos se asemejan al rubor hético de la persona tísica, que no es ninguna señal de salud. Muchas veces he visto a algún joven en un trance de piedad recién adquirida pero poco firme; y él ha creído que ha estado a punto de arrepentirse de sus pecados. Durante algunas horas, tal persona está profundamente contrita delante de Dios, y por semanas renuncia a sus necedades. Asiste a la casa de oración, y conversa a la manera de un hijo de Dios. Pero regresa a sus pecados como el perro vuelve a su vómito. El espíritu inmundo «ha vuelto a su casa, y ha tomado consigo otros siete espíritus peores que él,. . .y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.»

¿Cuánto tiempo ha durado tu contrición? ¿Duró algunos meses, o te sobrevino y se alejó súbitamente? Tú dijiste: «me uniré a la iglesia; haré esto, aquello y lo otro, por amor a Dios.» ¿Son tus obras duraderas? ¿Crees que tu arrepentimiento dure seis meses? ¿Continuará por doce meses? ¿Durará hasta que estés envuelto en tu mortaja?

Pero, además, he de hacerles una pregunta más. ¿Ustedes creen que se arrepentirían de sus pecados si no hubiese un castigo delante ustedes? ¿O se arrepienten porque saben que serán castigados para siempre si permanecieran en sus pecados? Supongan que les dijera que no existe el infierno del todo; que, si quisieran, podrían blasfemar; y, si quisieran, podrían vivir sin Dios. Supongan que no hubiere recompensa para la virtud, y no hubiere castigo para el pecado, ¿cuál elegirían? ¿Podrían decir con toda honestidad esta mañana: «creo que, por la gracia de Dios, sé que elegiría la justicia aunque no hubiere recompensa para ella, aunque no se ganase nada por medio de la justicia, y no se perdiera nada por el pecado?»

Todo pecador odia su pecado cuando se acerca a la boca del infierno; todo asesino odia su crimen cuando se aproxima al patíbulo; nunca he visto que un niño odie tanto su falta como cuando va a ser castigado por ella. Si no tuvieran un motivo para temer al abismo, si supiesen que pudieran entregar su vida al pecado, y que pudieran hacerlo con impunidad, aun así, ¿sentirían que odiaban al pecado, y que no podrían, y no querrían cometer el pecado, excepto por causa de la debilidad de la carne? ¿Todavía desearían la santidad? ¿Todavía desearían vivir como Cristo? Si así fuera, -si pudieran decir eso sinceramente- si de esta manera se volvieran a Dios y odiaran su pecado con un odio eterno, no tienen que temer pues tienen un «arrepentimiento» que es «para vida».

III. Ahora viene el tercer encabezado y el último, y es LA BENDITA BENEFICENCIA DE DIOS en conceder a los hombres «arrepentimiento para vida». El «arrepentimiento,» mis queridos amigos, es el don de Dios. Es uno de esos favores espirituales que aseguran la vida eterna. Es una maravilla de la gracia divina que no solamente provea el camino de salvación, que no solamente invite a los hombres a recibir la gracia, sino que positivamente haga que los hombres estén dispuestos a ser salvos.

Dios castigó a Su Hijo Jesucristo por nuestros pecados, y por ello proveyó la salvación para todos Sus hijos perdidos. Envía a Su ministro; el ministro pide a los hombres que se arrepientan y crean, y se esfuerza por llevarlos a Dios. Ellos no quieren escuchar el llamado, y desprecian al ministro. Pero entonces otro mensajero es enviado, un embajador celestial que no puede fallar. Emplaza a los hombres a que se arrepientan y se vuelvan a Dios. Sus pensamientos están un poco descarriados, pero después que Él, el Espíritu Divino, argumenta con ellos, olvidan el tipo de personas que eran, y se arrepienten y se vuelven.

Ahora, ¿qué haríamos nosotros si hubiésemos sido tratados como lo fue Dios? Si hubiésemos preparado una cena, o una fiesta, y hubiéremos enviado mensajeros para invitar a los convidados a venir, ¿qué haríamos? ¿Ustedes creen que nos tomaríamos el trabajo de ir por todos lados visitándolos a todos y de hacer que vinieran? Y cuando se hubieren sentado y dijeran que no pueden comer, ¿acaso abriríamos sus bocas? Si todavía declararan que no pueden comer, ¿los haríamos comer?

¡Ah!, amados, estoy inclinado a pensar que no harían eso. Si hubieran firmado las invitaciones, y los invitados no vinieran a su fiesta, ¿acaso no dirían: «no habrá fiesta»? Pero, ¿qué hace Dios? Él dice: «Ahora haré una fiesta, e invitaré a la gente, y si no vinieren, mis ministros saldrán y los traerán personalmente. Diré a mis siervos: vayan por los caminos y por los vallados, y fuércenlos a entrar, para que puedan participar de la fiesta que he preparado.»

¿Acaso no es un acto estupendo de la misericordia divina que efectivamente los vuelva dispuestos? No lo hace por medio de la fuerza, sino que usa una dulce persuasión espiritual. Primero están renuentes al máximo a ser salvados; «pero» -dice Dios- «eso no es nada, Yo tengo el poder de hacerlos volverse a Mí, y lo haré». El Espíritu Santo hace penetrar entonces la Palabra de Dios en las conciencias de Sus hijos de una manera tan bendita, que no pueden rehusarse más a amar a Jesús.

Les pido que observen que no lo hace por medio de alguna fuerza en contra de su voluntad, sino mediante una dulce influencia espiritual que cambia la voluntad.

Él coloca no únicamente un festín de cosas buenas delante de los hombres, sino que los induce a venir y participar de ellas, y los constriñe a continuar festejando mientras los lleva a la mansión permanente y eterna. Y al llevarlos arriba, le dice a cada uno: «Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Ahora, ¿me amas tú a Mí? «Oh, Señor,» -claman- «Tu gracia al traernos aquí demuestra que nos amas, pues nosotros estábamos renuentes a venir. Tú dijiste: irán, y nosotros dijimos que no iríamos, pero Tú nos hiciste ir. Y ahora, Señor, te bendecimos y te amamos por esa fuerza. Fue un apremio divino.» Yo era un cautivo que forcejeaba, pero fui conducido a estar dispuesto.

«¡Oh, gracia soberana, somete mi corazón!
Quiero ser conducido en triunfo también;
Un cautivo dispuesto para mi Señor,
Para cantar los honores de Su Palabra.»

Bien, ahora, ¿qué dicen ustedes? Algunos dirán: «señor, he estado tratando de arrepentirme durante largo tiempo. En penas y aflicciones he estado orando y tratando de creer, y haciendo todo lo que pueda.» Les diré algo: lo intentarán por tiempo indefinido antes de ser capaces de hacerlo. Esa no es la forma de alcanzarlo.

Oí la historia de dos caballeros que iban de viaje. Uno de ellos le dijo al otro: «no sé cómo haces, pero da la impresión que tú recuerdas siempre a tu esposa y tu familia, y todo lo que están haciendo en casa, y da la impresión que tú conectas todas las cosas que te rodean con ellos; pero yo trato de recordar a mi familia constantemente, y, sin embargo, nunca logro hacerlo.» «No,» -respondió el otro- «esa es precisamente la razón por qué no puedes: porque lo intentas. Si pudieras conectarlos con cada pequeña circunstancia que encontramos, fácilmente los recordarías. En tal y tal momento pienso: ahora se están levantando; y en tal y tal momento: ahora están en oración; en tal y tal hora: ahora están desayunando. De esta manera los tengo siempre delante de mí.»

Creo que lo mismo sucede con relación al «arrepentimiento.» Si un hombre dijera: «quiero creer», y tratara, mediante algún medio mecánico, de inducirse al arrepentimiento, sería un absurdo, y nunca lo lograría. Pero la manera en que puede arrepentirse es, por la gracia de Dios, creyendo, creyendo y pensando en Jesús. Si viera el costado sangrante, la corona de espinas, las lágrimas de angustia; si tuviera una visión de todo lo que Cristo sufrió, no tengo temor de afirmar que se volvería a Él en arrepentimiento.

Apostaría la reputación que yo pudiera tener en las cosas espirituales afirmando que un hombre no puede, bajo la influencia de Espíritu Santo de Dios, contemplar la cruz de Cristo sin un corazón quebrantado. Si no fuera así, mi corazón sería diferente del de todos los demás. No he conocido nunca a nadie que hubiere reflexionado, y mirado la cruz, que no hubiere descubierto que la cruz engendró «arrepentimiento» y engendró fe.

Miramos a Jesús si queremos ser salvos, y luego decimos: «¡Sacrificio admirable!, que Jesús haya muerto así para salvar a los pecadores.» Si quieres la fe, debes recordar que Él la da; si quieres el arrepentimiento, ¡Él lo da!, si quieres vida eterna, Él la da liberalmente. Él puede forzarte a sentir tu gran pecado, y llevarte al arrepentimiento por la mirada de la cruz del Calvario, y el sonido del mayor y más profundo clamor de muerte: «Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?» «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Eso engendrará «arrepentimiento»; eso te hará llorar y decir: «¡Ay!, ¿y mi Salvador sangró; y mi Soberano murió por mí?» Entonces, amado amigo, si quisieras tener «arrepentimiento», este es mi mejor consejo para ti: mira a Jesús. Y que el bendito Dador de todo «arrepentimiento para salvación» te guarde de los falsos arrepentimientos que he descrito, y te dé ese «arrepentimiento» que existe para vida.

«¡Arrepiéntete!, clama la voz celestial,
Y no oses demorarte;
El infeliz que desdeña el mandato, muere,
Y se enfrenta a un fiero día.El ojo soberano de Dios, ya no
Pasa por alto los crímenes de los hombres;
Sus heraldos son despachados por doquier
Para advertir al mundo de pecado.

Los emplazamientos abarcan toda la tierra;
Que la tierra concurra y tema;
¡Escuchen, hombres de cuna real,
Y que sus vasallos oigan también!

Juntos ante Su presencia dóblense,
Y confiesen toda su culpa;
Abracen al bendito Salvador ahora,
No minimicen Su gracia.

Dobléguense antes de que la terrible trompeta suene,
Y los llame a Su tribunal;
Pues la misericordia conoce el límite establecido,
Y se convierte en venganza allí.»

15/17 – Rama fructífera es José | David Barceló

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: La Vida de José

15/17 – Rama fructífera es José | David Barceló

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

http://www.porgracia.es/

La Cercanía con Dios nos hace Vivir con Propósito

Iglesia Ozama

La Cercanía con Dios nos hace Vivir con Propósito

Otto Sánchez

Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo.

Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.

Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano.

Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies y candidato al Phd, por la misma casa académica.

El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

http://www.ibozama.org

53/62 – Las marcas de un ministerio autentico

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Hasta los confines de la tierra

53/62 – Las marcas de un ministerio autentico

Miguel Núñez

Miguel Núñez

​Miguel Núñez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

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Vida en la gracia

Iglesia Evangélica Unida

Vida en la gracia

Samuel Pérez Millos

Samuel Pérez Millos

 Casado con Noemí Susana Colacilli, misionera durante 24 años en Palabra de Vida.

Samuel es responsable del área de formación bíblica en la Iglesia Unida de Vigo.

 Licenciado y Master en Teología (TH. M) por el Instituto Bíblico Evangélico.

Pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo, hoy Iglesia Evangélica Unida, desde el 26 de septiembre de 1981.

Profesor de Biblia y Teología en la Facultad Evangélica de España y del Departamento de Teología Sistemática de la escuela Escrituras.

http://www.unidavigo.es

Jesús resucitó

Domingo 12 Enero

Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó (Jesús), dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Hechos 17:31

Jesús resucitó

http://labuenasemilla.net/20200112

El cristianismo se funda sobre un hecho extraordinario y único: la resurrección de Jesucristo, después de su condena injusta y su muerte en la cruz. ¿Cómo puede un hombre vivir de nuevo cuando está muerto? Nadie puede responder a esta pregunta; uno diría que es inconcebible y que la muerte es un fenómeno irreversible.

El hecho de negar la resurrección conlleva una trágica consecuencia, así dice la Biblia: “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:16-17).

Pero lo que es inconcebible para el hombre, no lo es para Dios quien nos ha creado. La muerte no es el fin: Jesucristo lo anunció. Todos los muertos resucitarán, sea “a resurrección de vida”, o “a resurrección de condenación” (Juan 5:29). El que ha confesado sus pecados a Dios y ha creído que Jesús murió por él, estará para siempre con Dios: es la resurrección de vida. El que no cree también resucitará, pero para ser juzgado por el Señor: es la resurrección de condenación.

Tal vez usted piense: «Es absurdo, es una locura». Dios no lo contradice; al contrario afirma: “La palabra de la cruz (Jesucristo muerto y resucitado) es locura a los que se pierden”. Pero él no quiere que usted se pierda, sino que sea salvo. Y para esto, “la palabra de la cruz… es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).

Crea el Evangelio, porque este “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).

Génesis 15-16 – Mateo 9:1-17 – Salmo 8 – Proverbios 3:9-10

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

11 formas de saber que la BIBLIA es VERDAD

BITE

11 formas de saber que la BIBLIA es VERDAD

Hay muchas más copias de los manuscritos bíblicos consistentes que las que hay para cualquiera de las obras de los autores clásicos como Platón, Aristóteles y Sócrates.

Los manuscritos más antiguos de los cuales se toma la base para la traducción a todos los idiomas, no son los documentos inspirados, son copias de estos documentos, y es probable que al copiarlos se hayan insertado errores. Pero, hablando textualmente sólo en promedio una milésima parte de la Biblia tiene alguna variación textual en las copias. Esto significa que la Biblia, como un todo, es textualmente pura en un 99.5%. Aún más, hay suficiente abundancia de copias que han sido descubiertas por medio de la arqueología. Así, la Biblia puede ser reconstruida casi con un 100% de exactitud.

Los descubrimientos arqueológicos han verificado la exactitud de las referencias históricas y culturales en la Biblia.

La Biblia fue escrita por personas que presenciaron los eventos que describen; muchos de ellos fueron perseguidos o martirizados, pero por paradójico que sea, nunca cambiaron su historia.

Flavio Josefo, un historiador del primer siglo menciona a Juan el Bautista, Herodes, Santiago, Ananías y a Jesús en sus escritos históricos. Tácito, un historiador romano del primer siglo menciona a Jesús el «Cristo» en sus escritos. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia del siglo segundo, mencionó a Cristo en una de sus cartas. Lucian, un escritor retórico griego del segundo siglo, menciona a Jesús en una de sus obras.

La Biblia contiene 66 libros escritos durante más de 1,500 años por 40 escritores diferentes, pero cuenta una «gran historia», la historia del plan de salvación de Dios que conduce hasta Jesucristo.

Las probabilidades matemáticas de que las profecías se puedan cumplir y que efectivamente se cumplieron, encontramos rápidamente que existe un diseño, un propósito y una mano que guió la escritura de la Biblia.

La iglesia primitiva tenía estándares extremadamente altos para que los libros se consideraran auténticos y, por lo tanto, se incluyeran en la Biblia. Un libro tenía que haber sido escrito por un apóstol o alguien en su círculo inmediato, tenía que ajustarse a la fe cristiana básica y tenía que ser de uso generalizado entre muchas iglesias.

Existen miles de testimonios de personajes de la historia que reconocieron el origen divino de las Escrituras. La mayoría de los líderes y pensadores más grandes de la historia han afirmado la verdad y el impacto de la Biblia.

CIBERGRAFÍA:

La resurrección de Jesus, evidencias e implicaciones: http://bit.ly/2PT11gg
La Biblia: http://bit.ly/2BvVi7i
Top 10 Reasons the Bible is True: http://bit.ly/2FFyztk

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