Salmos

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Renovando tu Mente

Salmos

R.C.Sproul

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La última cosa en el mundo que quisiera hacer sería cuestionar la sabiduría de Jesús, pero tengo que hacer una pregunta que siempre me ha intrigado y es esta: Que cuando los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «Señor, enséñanos a orar». Él respondió esa pregunta, por supuesto, dando la oración modelo llamada el Padre Nuestro, diciendo ‘cuando ores, ora así’.

Pero su respuesta me sorprende porque lo que yo habría pensado que haría, y estoy seguro que tenía buenas razones para no hacerlo, es que él hubiera dicho a sus discípulos: «Si realmente desean aprender cómo orar, sumérjanse en los Salmos”, porque en el libro de los Salmos tenemos una colección de 150 oraciones que fueron inspiradas originalmente por el Espíritu Santo.

Así que si quieres saber cómo se complace y se honra a Dios en oración, ¿por qué no te sumerges en las oraciones que él mismo inspiró en un momento dado?

Realmente el salterio, el libro de los Salmos, es uno de los más grandes tesoros de la iglesia cristiana. Los historiadores de la iglesia han dicho que, en esos períodos de la historia cristiana, donde una renovación, un avivamiento y un despertar apareció, y la iglesia estaba en su punto más fuerte, simultáneamente con esos períodos en la historia de la iglesia, hubo un fuerte enfoque en los Salmos en la vida del pueblo de Dios, sobre todo en la adoración del pueblo de Dios.

Martín Lutero, por ejemplo, llamó al Libro de los Salmos “la pequeña Biblia” porque vio en él un microcosmos de todo el contenido, no sólo del Antiguo Testamento, sino en su anticipación de algunos de los temas del Nuevo Testamento, que estaban ocultos, por así decirlo, dentro de ese cuerpo de literatura.

El libro de los Salmos es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo Testamento y es muy rico en su variedad de contenido y temas. Ahora históricamente, en la vida de la iglesia, cuando hablamos de la oración, con frecuencia hemos hecho uso del acróstico ACTS (CASA en español) como una guía para esos elementos esenciales de la oración que debemos incluir cuando venimos delante el Padre.

Lo he encontrado muy útil ya que la tendencia es que cuando vamos a orar nos pasamos todo el tiempo suplicando, diciéndole a Dios lo que queremos de Él, expresando nuestras necesidades, nuestros sentimientos y cosas así, delante de Él.  Tenemos una tendencia a saltar los asuntos más importantes de la oración. Y este pequeño acróstico sirve para recordarme, por lo menos, de otros elementos cruciales en la oración, siendo el primero la adoración.

Ahora, menciono esto por la razón de que voy a dar cuatro elementos de la oración, pero cuando nos fijamos en el libro de los Salmos, los estudiosos históricamente han visto el salterio y han designado varios tipos o grupos distintos de Salmos, y por supuesto, ese listado es de más de cuatro en número, pero quiero ver algunos de los paralelismos entre este acróstico y esas distinciones de clasificación que hacemos en el Libro de los Salmos.

La “C” en la palabra CASA -al igual que en palabra inglesa ACTS, es la palabra confesión, la A representa la acción de gracias, y la S la súplica.

El apóstol en el Nuevo Testamento nos dice que debemos hacer nuestras peticiones ante Dios siempre con acción de gracias; para que la expresión de un corazón agradecido sea parte integral de la respuesta correcta del pueblo de Dios a Él en la oración.

Y, por supuesto, todas nuestras oraciones en algún punto deben incluir el elemento de la confesión de nuestros pecados. Ahora, como dije, cuando leemos los Salmos a veces casi me siento culpable porque tengo la sensación de que estoy escuchando a escondidas a un santo durante una conversación personal con Dios.

Pero a pesar de que los Salmos, en su mayor parte, fueron escritos por personas como David, y reflejan el sentido más profundo de la expresión personal de entrega, adoración y acción de gracias y alabanza y todo lo que involucra, también tenemos que entender que la función de los Salmos era corporativa en la historia de Israel.

En el verdadero sentido, el Libro de los Salmos era el himnario de Israel; o fue llamado libro de oraciones para el pueblo del pacto de Dios. Pero veamos ahora por un momento algunos de los diversos tipos de salmos que se designan en el Libro de los Salmos.

Como dije, tenemos la palabra adoración al comienzo de nuestro acróstico y cuando los estudiosos diferencian entre los distintos géneros encontrados en los Salmos, uno de los elementos más importantes podría encontrarse en lo que se conoce como salmos de alabanza.

La alabanza es un elemento importante de los Salmos. Y si recuerdas, en el Antiguo Testamento el punto esencial de la adoración era ofrecer un sacrificio a Dios, pero el sacrificio mayor que Dios deseaba era el sacrificio de alabanza.

Así que si quieres aprender a alabar a Dios correctamente, cómo expresar tu sentido de reverencia y temor y adoración ante Él, de nuevo sumérjanse en los Salmos. Salmo 8 empieza, por ejemplo, «Oh, Señor, Señor nuestro, cuán excelente”, o en nuestra traducción, “Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra”. Y en otro lugar leemos, «Te alabaré de todo corazón». Salmo 150, «Todo lo que respira alabe al Señor».

Una vez más, la idea de que Dios ha establecido su gloria y la puso arriba en los cielos y que por esta razón es muy digno de ser alabado, resuena en todo el libro de los Salmos.

Una segunda clasificación que encontramos es la clasificación que habla de los Salmos de sabiduría. Ahora, ustedes recuerdan que en nuestro último segmento hicimos una distinción entre la literatura de sabiduría y la literatura poética.

Ahora, los Salmos caen en ambas categorías. El libro de los Salmos es tanto sabiduría como poesía. Y así hay varios salmos en el libro de los Salmos que nos instruyen en los caminos de la sabiduría; y, obviamente, el más conocido de ellos es el primer salmo que pronuncia la bendición de Dios sobre la persona sabia: «¡Cuan bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite y en su ley medita de día y de noche!»

Y se dice del hombre sabio en Salmo 1 que será como árbol plantado junto a corrientes de agua fresca, que da su fruto a su tiempo; Pero el impío, por contraste, lo cual es un tema común en la sabiduría del Antiguo Testamento, no son así, sino que “son como paja que se lleva el viento», no tiene raíces, no tiene firmeza, no tiene sustancia en su vida.

Entonces el salterio empieza con esta instrucción para aquellos que quieren ser bendecidos y ser sabios para meditar día y noche en la palabra de Dios.

Ahora, un tercer tipo de salmos que encontramos con mucha frecuencia, que para algunos les resulta a veces un poco extraño, pero te pido que recuerdes que cuando hice el comentario hace unos mensajes atrás sobre el filósofo danés Kierkegaard, quien dijo que cada vez que se deprimía por la mezquindad de su propia generación, que a su juicio carecían de pasión, él centraba su atención en el Antiguo Testamento donde la gente mentía, mataba y robaba y cosas por el estilo.

Y decía: “porque al menos no es aburrido, y estas personas están apasionadamente comprometidas, existencialmente involucradas en todos los ámbitos de la vida y la existencia humana”. Bueno, una de las cosas que se nota en los Salmos es la expresión de dolor de la gente.

Dolor que se deriva de persecución, enfermedad, pérdida de seres queridos, pena, y todos esos escenarios en los cuales el dolor se levanta. Entonces, esta forma de Salmos se llama lamento.

Es interesante, no lo hemos mencionado todavía, pero uno de los libros cortos del Antiguo Testamento, presumiblemente escrito por el profeta Jeremías es el libro de las Lamentaciones. Y tenemos una tendencia a pensar en la comunidad cristiana que hay algo no espiritual al expresar el dolor o lamentar por lo que está pasando, pero la idea de expresar dolor delante de Dios está muy arraigado en el Antiguo Testamento y Jesús mismo es llamado, “varón de dolores y experimentado en aflicción”.  E incluso encontramos la forma literaria de lamento en los labios de Jesús cuando se lamenta por Jerusalén, ‘Oh, Jerusalén, Jerusalén, has apedreado a los profetas’ y a todos los enviados del Señor… “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos… y no quisiste!”

Entonces, en el libro de los Salmos del Antiguo Testamento, tenemos a escritores de Salmos derramando sus corazones, llorando delante de Dios; como David diría, Oh Dios, “… todas las noches inundo de llanto mi lecho”.

Y encontramos este tipo de Salmos repetidamente en el Antiguo Testamento; de hecho, me gustaría dar sólo un ejemplo de ello en el salmo 102. Salmo 102 se titula: “Oración de un afligido”.  «Oh Señor, escucha mi oración, y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; inclina hacia mí tu oído; el día en que te invoco, respóndeme pronto.

Porque mis días han sido consumidos en humo, y como brasero han sido quemados mis huesos. Mi corazón ha sido herido como la hierba y se ha secado, y hasta me olvido de comer mi pan. A causa de la intensidad de mi gemido mis huesos se pegan a la piel. Me parezco al pelícano del desierto; como el búho de las soledades he llegado a ser. No puedo dormir; soy cual pájaro solitario sobre un tejado. Mis enemigos me han afrentado todo el día”.

Aquí el salmista se siente desconectado de la comunidad, despreciado por sus contemporáneos; y este es un tema importante en los salmos de lamentación, la sensación de soledad que experimentan las personas cuando sus relaciones se desmoronan y se rompen.

Pero el elemento más fuerte de lamento que encontramos es cuando el salmista siente que Dios se ha retirado y ha retirado su gloria de su presencia. ‘Oh, Señor, ¿hasta cuándo clamaré y no oirás?’ A veces, cuando leo los Salmos pienso en Lutero la noche antes de su fatídica reunión ante el emperador y ante los representantes de la iglesia en el el concilio o la Dieta de Worms en Alemania.

Cuando estaba en agonía y arrodillado ante Dios, y clamó, «Oh Dios, ¿dónde estás Tú? ¿Te estás escondiendo? Necesito tu presencia en este momento crítico». él estaba atravesando por lo que algunos han llamado la noche oscura del alma.

Por lo que, él expresó su lamento ante el Señor y al final de su oración se levantó de sus rodillas, refrescado en su espíritu y alentado en su fe y preparado para resistir al mundo por la causa de Cristo.

Y uno incluso puede percibir mientras lee la oración de Lutero, que el mismo Lutero había sido sumergido en los Salmos. Y ese lenguaje de lamento que era tan familiar para él, ya que enseñó el libro de los Salmos a sus estudiantes universitarios en Wittenberg, y uno puede ver cómo esa literatura había permeado tanto su propia vida de oración.

Como dije, cuando las personas realmente pasan mucho tiempo en los salmos, estos empiezan a salir por sus propias bocas y sus labios en sus propias oraciones.

Otro tipo de Salmos muy importante que encontramos se llama usualmente Salmos mesiánicos. Hay varios de estos en el Antiguo Testamento.

A veces son vinculados a lo que ha sido llamado Salmos Reales o Salmos de Entronización, porque gran parte de la celebración en la vida del pueblo de Israel se centró en la promesa del reino de Dios.

Y el pueblo buscó al rey ungido que habría de venir, que subiría a Sion y allí manifestaría el reino de Dios sobre su pueblo. Y hubo celebraciones en Israel cada vez que un rey era coronado, ese sería un momento religioso en su historia y los salmos especiales fueron compuestos en la antigüedad para celebrar esos acontecimientos mientras ocurrieron.

Y luego más tarde, se le dio un significado futuro a la expectativa de aquellos que buscaron la reconstrucción de la casa de David y temas similares.

Como ya he dicho, el libro de los Salmos es el libro más citado en el Antiguo Testamento. Un salmo es el pasaje que más frecuentemente se cita del Antiguo Testamento. Se trata del Salmo 110. «Dice el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra».

Y eso tiene el elemento de entronización, la promesa de la entrega de autoridad real a aquel, que es a la vez el hijo de David y el Señor de David. Salmo 110, como dije, es el verso del Antiguo Testamento más citado o aludido en el Nuevo Testamento.

El salmo dos nos da un poco de sabor de la expectativa mesiánica. Veamos eso brevemente, y luego uno más. En Salmo 2, leemos de la conspiración internacional de los reyes de este mundo.

«¿Por qué se sublevan las naciones, y los pueblos traman cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos contra el Señor y contra su Ungido, diciendo: ¡Rompamos sus cadenas y echemos de nosotros sus cuerdas! El que se sienta como Rey en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos. Luego les hablará en su ira, y en su furor los aterrará, diciendo: Pero yo mismo he consagrado a mi Rey sobre Sion, mi santo monte.  Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: ‘Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy».

Y al final leemos «Ahora pues, oh reyes, mostrad discernimiento; recibid amonestación, oh jueces de la tierra. Adorad al Señor con reverencia, y alegraos con temblor.

Honren al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino, pues puede inflamarse de repente su ira. ¡Cuán bienaventurados son todos los que en El se refugian!”

Salmo 22 es uno de los Salmos más notables en todo el libro. Empieza con un grito de agonía. Las palabras que dan inicio al Salmo 22 son las palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Este salmo es sorprendente porque estas palabras, literalmente, son pronunciadas por nuestro Señor en medio de su expiación.

Y es difícil no llegar a la conclusión de que él estaba totalmente consciente al momento en que tomó sobre sí mismo la maldición del antiguo pacto por su pueblo y se expuso al abandono de Dios para redimir a su pueblo. No es de extrañar que las palabras de este Salmo vinieran a su mente mientras estaba en la cruz.

Y continúa, «¿Por qué estás tan lejos de mi salvación?» Y el verso 6: «Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven, de mí se burlan; hacen muecas con los labios, menean la cabeza, diciendo: Que se encomiende al Señor; que El lo libre; que El lo rescate, puesto que en El se deleita».

El verso 12, «Muchos toros me han rodeado; toros fuertes de Basán me han cercado. Ávidos abren su boca contra mí, como un león rapaz y rugiente. Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis entrañas.

Como un tiesto se ha secado mi vigor… Porque perros me han rodeado… Me horadaron las manos y los pies. Puedo contar todos mis huesos… reparten mis vestidos entre sí, y sobre mi ropa echan suertes».

Lees todo el Salmo 22 y suena como un relato de un testigo ocular de la crucifixión de Jesús, que tendrá lugar siglos más tarde. Así que los Salmos mesiánicos son muy importantes para el libro del Antiguo Testamento. Otra dimensión que llena la C en nuestro acróstico es el segmento llamado Salmos Penitenciales. Hay varios de estos. Si alguna vez quieres saber cómo confesar tus pecados ante Dios, entonces sumérgete en este grupo de salmos, los salmos de confesión; de los cuales el mayor es, por supuesto, Salmo 51, escrito por David después que fue llevado al arrepentimiento por la declaración profética de Natánen donde él clama a Dios para que Dios trate con él no de acuerdo con la justicia, sino de acuerdo con la misericordia, y que borre sus transgresiones;  y clama: «Mi pecado está siempre delante de mí».

Es un magnífico registro de la verdadera contrición en la vida del creyente. El siguiente grupo es uno de los más controversiales y sólo vamos a verlo rápidamente. Estos son los así llamados salmos imprecatorios, salmos de imprecación; y estos son los Salmos en que los santos, bajo la inspiración del Espíritu, están pidiendo maldiciones sobre sus enemigos.

Y parece ser confuso y sacude nuestra sensibilidad a la luz de la ética del Nuevo Testamento de amar a tus enemigos y versos similares. Pero recuerda que estos Salmos de imprecación están inspirados por Dios.

Y cuando David dice, «Odio a mis enemigos con un odio perfecto», lo que él está diciendo no es que él tiene esa mala voluntad, por así decirlo, un espíritu vengativo, sino ¿qué es un odio perfecto?

El odio perfecto es el tipo de odio que reproduce y refleja el odio de Dios. Creo que el pueblo de Dios que padeció bajo Hitler durante el Holocausto siempre tuvo derecho a presentarse ante Dios y orar para que Dios elimine ese flagelo del poder y de la autoridad. Me refiero de nuevo a que hay un realismo que se encuentra en las oraciones de estas personas en el Antiguo Testamento.

Finalmente, están las oraciones de acción de gracias y las que involucran una exaltación de la belleza y la maravilla y la majestad del amor de Dios o de la ley de Dios, Salmo 19, por ejemplo, y Salmo 119, el cual es un panegírico, que es el más largo de los Salmos y por completo celebra la dulzura y la excelencia de la ley de Dios.

Ese es el Salmo en el que el salmista dice: Oh, “cuánto amo tu ley». Porque, recuerden que para el judío, para el creyente, la oración fue una forma de comunicación de dos vías, y que gran parte de lo que estaban provocando estas oraciones era el resultado de meditar en la palabra de Dios, en la ley de Dios, día y noche.

Y como escuchaban la voz de Dios, entonces, expresaban con sus voces la dulzura y la maravilla de las cosas que se encuentran en su Palabra.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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16/27 – La masculinidad de Cristo

Aviva Nuestros Corazones

Serie: El Cristo incomparable

16/27 – La masculinidad de Cristo

Nancy Leigh DeMoss

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/la-masculinidad-de-cristo/

Leslie Basham: Con ustedes Nancy Leigh DeMoss. En la voz de Patricia de Saladín.

Nancy Leigh DeMoss: El tema que estaremos hablando hoy es un tema que debo confesar no lo había pensado mucho antes de esta serie. De hecho, estuve tentada a traer a un profesor invitado el día de hoy, y cuando les diga cuál es el tema, sabrán  por qué.

Leslie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss.

En la temporada cercana al Domingo de Resurrección, nos hemos enfocado en Cristo. Nancy ha estado usando un libro clásico de Oswald Sanders como guía. El libro es “El Cristo incomparable”  [The Incomparable Christ – disponible en Inglés].

Ahora, ¿qué tema en este libro motivó a Nancy a  llamar un invitado especial?

Nancy: Hemos llegado a un capítulo en el libro titulado, “La masculinidad de Cristo”. Ahora, para serte sincera, si yo hubiera escrito un libro acerca del Cristo incomparable, probablemente no hubiera incluido un capítulo de la masculinidad de Cristo, pero estoy agradecida que Oswald Sanders lo hizo.

Una de las cosas que aprendí estudiando este capítulo, este tema. Siempre supe que era un reto ser una mujer verdadera, pero al estudiar esto, me doy cuenta de que no es menos retador ser un hombre verdadero. Y Jesús, por supuesto, es El Hombre Verdadero.

Desafortunadamente, nuestro concepto, en nuestra cultura, de lo que significa ser un hombre, ser varonil, ha sido muy confundido.  Ha sido distorsionado.  Me refiero, ¿Qué es realmente un hombre verdadero?

  • ¿Es independiente, un macho,  un pistolero como John Wayne? —“¡Nunca te disculpes, señor!”
  • ¿O es Rambo—el último guerrero?, pero ¿solitario? ¿Eso es lo que significa ser un verdadero hombre?
  • ¿O es alguien prepotente, arrogante y controlador?
  • ¿Es un hombre con un corazón salvaje?
  • ¿O es un hombre, al estilo Tom Hanks, tierno, sensible, cariñoso?

¿Qué es un verdadero hombre?

En la sesión de ayer hablamos de la humanidad de Cristo. Su humanidad es algo que Él comparte en común con nosotros, como hombres y mujeres. Y al Jesús obedecer al Padre, al Él resistir la tentación, Él modeló cualidades que deben ser vistas en todos los creyentes— sea hombre o mujer.

Pero Él exhibió esa obediencia humana como hombre, un varón, no como una mujer o como un ser andrógeno, sin sexo. Su género era masculino, y ese género no era un aspecto arbitrario de su encarnación.

Quizás nunca antes pensaste en esto, pero Dios no tiró una moneda en el cielo para decidir si Jesús iba ser hombre o mujer. El género masculino de Jesús era una parte necesaria e importante del plan redentor de Dios. Esto podría ser una sola sesión por sí misma, pero no iré por ahí. Hay muchísimas razones bíblicas para apoyar este punto—el que Jesús tenía que ser un hombre—pero aquí está el punto que quiero recalcar en esta sesión.

Y es, que Jesús vivió Su humanidad en maneras que son comunes para todos nosotros, pero también vivió Su humanidad en formas distintivamente masculinas. Él reveló piedad como un hombre. No solo era el ser humano perfecto; sino que también era el varón perfecto, y así, Él provee el modelo perfecto para los hombres.

Ahora, como he dicho, no había pensado mucho en este tema antes y he estado luchando con esto en las últimas semanas: La masculinidad de Cristo. ¿Qué significa? ¿Y qué  implica todo esto? Estoy todavía caminando sobre esto; sigo explorando todo esto. Pero déjenme compartirles algunas cosas que me han impactado desde que empecé a reflexionar en esto.

Empecé a preguntarme,  “¿Cómo ejemplifica Jesús la masculinidad perfecta? ¿Cómo desempeña Él el rol masculino? Bueno, lo hace de varias maneras.

En primer lugar, en los evangelios, al ver a Jesús moverse, operar, puedes ver su masculinidad elegante la forma que se guardó y sirvió e invirtió en las mujeres que lo rodeaban. Esto era algo fuera de lo común en una época donde la mujer era considera menos que un pedazo de  propiedad. Ves que Jesús les prestaba atención, proveía, protegía, era un caballero, por así decirlo, con las mujeres.

Ves a un Jesús que como hombre que no se comportaba extraño con las mujeres con que no estaba casado. Ahora, Él nunca estuvo casado, pero puedes ver Su capacidad de relacionarse y tener comunión y tener amistad con mujeres de manera que no era extraña o incómoda. Él era el hombre perfecto.

Lo vemos no tener miedo de invertirse en relaciones donde la gente rápidamente vería un escándalo. Los rabinos del tiempo de Jesús nunca hubieran tenido una conversación con la mujer del pozo, la mujer de mala reputación. Pero Jesús lo hizo. No se portó extraño, no tuvo miedo de entablar una conversación con esa mujer, para presentarle su necesidad de un Salvador, cuando algunas personas pudieron haberlo criticado.

Vemos como Jesús como hombre modela el balance perfecto de fuerza y ternura. Les voy a dar un par de ejemplos que se presentan, de manera interesante, en el Antiguo Testamento—dos profecías en el libro de Isaías que son acerca del Mesías y se cumplieron en Cristo. Muestran este equilibrio de fuerza y ternura.

En Isaías capítulo 40, el versículo 10, dice:

He aquí, el Señor DIOS vendrá con poder, y su brazo gobernará por Él. He aquí, con Él está su galardón, y delante de Él su recompensa.

Así que aquí tenemos el Dios de fuerza y poder quien gobierna,  quien dirige, quien juzga, quien ejecuta juicio—esa es la imagen del Mesías, una imagen de Cristo.

Pero después, en el siguiente versículo, el versículo 11 de Isaías capítulo 40 dice:

Como un pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos, y en su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas.

¿Puedes ver aquí la ternura y la fortaleza? En una persona—el hombre perfecto.

Aquí hay otro ejemplo en Isaías capítulo 42, que se cita en el Evangelio de Mateo capítulo 12 y se aplica a Cristo, así que sabemos que esto es una profecía acerca de Cristo. Vemos en este pasaje que Jesús sabía cuando era apropiado hablar con suavidad y ternura y vendar las heridas de las personas. Isaías capítulo 42, el versículo 1 dice:

He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre Él; Él traerá justicia a las naciones. No clamará ni alzará su voz, ni hará oír su voz en la calle.  No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino (vv. 1-3).

Es un Salvador gentil, un Salvador tierno. Él no va a gritar cuando es tiempo de susurrar. Pero también sabía cuándo era apropiado levantar la voz y demostrar la ira de Dios en contra del pecado. En el mismo capítulo de Isaías 42 leemos el versículo 13:

El SEÑOR como guerrero saldrá, como hombre de guerra despertará su celo; gritará, sí, lanzará un grito de guerra, [este es el mismo que decía versículos anteriores que no alzará su voz ni clamará, ahora el esta gritando] contra sus enemigos prevalecerá.

El hombre perfecto, sabe cuándo susurrar, sabe cuándo gritar, sabe cuándo debe impartir misericordia, sabe cuándo debe impartir juicio. Misericordia y verdad se han unido en Cristo, el hombre perfecto.

Pero vamos por favor a un pasaje del Nuevo Testamento que no lo había pensado antes en este contexto, pero creo que nos dice mucho acerca de Cristo el hombre, acerca de Su masculinidad. Primera a los Corintios capítulo16—si tienes tu Biblia quiero pedirte que vayas allí. Y voy a leer dos versículos que describen una imagen de la masculinidad de Cristo.

Déjame explicarte un poco de contexto. Pablo está dando instrucciones a los ancianos de la iglesia de Corintio, que le habían escrito con algunas preguntas. Se refiere a estos ancianos como “hermanos” en los versículos 12 y 15.

Y entre esos dos versículos, los versículos 13 y 14, él les da cinco exhortaciones. Esos son los dos versículos que quiero ver ahora, 1 a los Corintios capítulo 16, versículo 13 y 14. Estos versículos, creo, dan una idea de las cualidades de carácter, que si bien no son exclusivamente masculinas, describen cómo debe lucir un liderazgo piadoso y varonil. En este programa, nos dirigimos a las mujeres—yo no le predico a hombres. Sé que algunos hombres me escuchan y de vez en cuando me escriben para recordarme esto, pero estoy predicando a las mujeres. Si los hombres quieren escuchar, ya depende de ellos.

Pero mujeres, es importante para nosotras saber, cuando oramos para que Dios levante líderes masculinos piadosos, ¿por qué estamos orando? ¿Qué tipo de cualidades estamos pidiéndole a Dios que ponga en nuestros pastores, en nuestros esposos, en los hombres y líderes espirituales? Pero por encima de todo, para el propósito de este programa, quiero que vean cómo estas cualidades son modeladas perfectamente en Cristo—la masculinidad de Cristo.

1era a  los Corintios capítulo 16, “Estad alerta, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, [si tienen la NVI dice, “sean valientes”] sed fuertes. Todas vuestras cosas sean hechas con amor”.

Un comentarista escribió sobre este pasaje  ha señalado que las primeros cuatro de estas cinco exhortaciones, las que se encuentran en el versículo 13, son términos militares. Echemos un vistazo a cada uno de estos términos y su significado, y al hacerlo, podrás ver que esto es algo que Cristo modela.

Número uno: Estad alerta. Es un concepto de permanecer despierto, alerta, vigilante. Es la idea de un centinela que está destinado a proteger un campamento militar. Él tiene que estar continuamente en guardia. Tiene que cuidar del peligro, cuidar del enemigo. Y hombres de Dios… Ahora hay un sentido en el que todo esto se aplica a las mujeres también, pero creo que muestra particularmente características de santidad, liderazgo masculino piadoso. Vigilancia—estar en guardia en relación al peligro, a la tentación y el mal.

Pablo está diciendo, “tienen que estar alertas, tiene que estar atentos por su propia alma—como hombres—y también tienen que estar atentos por las almas de los demás, para que el enemigo no venga mientras están dormidos a causar estragos. Tu esposo, si estás casada, tiene una gran responsabilidad por tu familia, debe estar alerta, debe asegurarse que el enemigo no se introduzca en  la familia a través de los medios de comunicación o a través la cultura, o los programas de televisión o las películas que te pueden enviar en dirección opuesta a los caminos de Dios. Él tiene que estar vigilante de las tácticas sutiles del maligno. Porque él es el responsable de defender aquellos bajo su cuidado.

¿Y quién es más responsable como pastor que Cristo mismo, el Dios/hombre? Sé vigilante.

Número dos: Permaneced firmes en la fe. Este es el concepto de aferrarse a la verdad, no siendo movidos por vientos de doctrina, por modas, falsas enseñanzas. Y una vez más, nosotras como mujeres—hemos enseñado en este ministerio sobre la importancia del discernimiento, de permaneced firmes en la fe. Pero hay una gran necesidad de los hombres piadosos de mantenerse firmes en la verdad. Que sepan cuál es la verdad y que sus pies se planten ahí y sus corazones firmes en la verdad y permanezcan allí. No se moverán venga quien venga, ni por una enseñanza de moda nueva u otro enfoque. Estarán plantados firmemente en la verdad. “Estad alerta, permaneced firmes en la fe”.

Número tres: Portaos varonilmente. Ahora, esta es la única vez que esta palabra (es una sola palabra del griego) es usada en el Nuevo Testamento.

Sin embargo, en la versión griega del Antiguo Testamento, esta palabra (que es encontrada solo una vez en el Nuevo Testamento) es usada muchas veces, y cada vez es traducida como “valientes y fuertes”. Esto es portarse varonilmente actuar como un hombre, ser fuertes, ser valientes.

Puede que digas “¿Esto significa que las mujeres no deben ser fuertes ni valientes?” No, pero si quiere decir que hay un llamado específico a los corazones de los hombres para ser valientes y fuertes.  Una vez más, ¿Quién mejor modela esto que Cristo? ¿Qué tan valiente fue para ir en contra de la ola de los fariseos? Él no le temía a los fariseos. Ellos eran los líderes indiscutibles y hombres respetados de su época, pero Jesús no se doblegó ante ellos. El actuó como un hombre. Cuando supo la verdad, que siempre lo hizo, se mantuvo de pie. La defendió. Él era valiente. «Sé vigilante, permaneced firmes en la fe; actúen como hombres».

Número cuatro: sed fuertes, firmes, constantes. Alguien que es fuerte no huirá cuando lo estén atacando. Él se mantendrá firme, Vemos a Jesús inconmovible en dirección hacia Jerusalén, incluso cuando los discípulos le dijeron: «¡Oh, no puedes dejar que eso te suceda!» Jesús dijo: «Seré arrestado, seré juzgado; voy a ser crucificado, y voy a morir «, y sus mejores amigos, sus discípulos, le dijeron:» Oh, no, no, no, Jesús… No dejes que eso suceda».

Pero Jesús era fuerte, pues puso Su rostro como un pedernal en dirección a Jerusalén, el lugar donde Él sabía que iba a sufrir, el lugar donde Él sabía que iba a ser objeto de abuso y de maltrato, porque sabía que ese era el plan y la voluntad de Su Padre Celestial. Él era fuerte, firme, constante. ¡Qué hombre era Cristo!

Así que tenemos estos cuatro términos militares: “Estad alerta, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, sed fuertes”. Y luego tenemos en versículo 14 de Primera a los Corintios 16, una exhortación final, que lo une todo: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor.”

Todo tiene que ver con el motivo y la forma de actuar como un hombre, ser valiente.  Esto no es un hombre que está solo lanzándose hacia adelante, corriendo sobre las personas en su camino, causando estragos, siendo dominante, siendo autoritario. Se trata de un hombre que está haciendo todas esas cosas—ser firme, vigilante, actuando como un hombre, siendo fuerte—todo lo hace en amor. Esa es su motivación. Es su forma. No es por un beneficio propio. Él no está haciendo daño o controlando a los demás. Lo hace por amor.

Podemos ver esto en las relaciones de Cristo tanto con los hombres como con las mujeres. Siempre estaba buscando los intereses de los demás, nunca comportándose de manera inadecuada, nunca hablando ásperamente a menos que la dureza fuese necesaria como un medio por amor para derribar los corazones orgullosos de aquellos que se resistían. El hombre perfecto, el hombre verdadero es todo visto en Cristo.

Ahora, no solo en Su vida terrenal Cristo mismo se comportó de una manera varonil como un verdadero hombre, pero aún hoy, Cristo nos da un patrón de masculinidad verdadera. Recuerda  que dijimos que todavía está en ese cuerpo, en ese cuerpo humano, exaltado en el cielo. Él nos da un modelo desde cielo para la masculinidad verdadera como el Salvador, la cabeza, y el Esposo de Su Iglesia.

¿Cómo lo hace? Déjenme enumerar algunos aspectos:

  • Primero, Él toma la iniciativa en la búsqueda de Su esposa, la corteja y gana su corazón. Dios está haciendo esto en algunos de sus corazones—atrayendo sus corazones a Cristo. Es la iniciativa de Cristo que lo está haciendo.
  • Segundo,  Él demuestra Su masculinidad en ese amor tan poco común, en ese amor desinteresado y sacrificial,  Él da Su vida por la Iglesia. Él nos ha enseñado ese amor en la cruz, en su muerte sacrificial en nuestro nombre.
  • Tercero, Demuestra valentía y audacia en la protección de Su novia. Como el segundo Adán, Él interviene para revertir los efectos del fracaso del primer Adán de proteger y proveer liderazgo espiritual para la mujer.

Hoy en día oímos mucho hablar de los hombres pasivos. La pasividad fue uno de los primeros pecados de Adán. No intervino. No tomó liderazgo. No protegió a la mujer. Con esto no digo que la mujer no haya sido responsable. Si lo fue, los dos lo fueron. Pero estamos viendo aquí donde el rol se invierte y Eva toma la iniciativa, Adán es pasivo, y solo observa y deja que sucedan las cosas. Cristo revocó eso. Él interviene para revertir los efectos del fracaso de Adán. Él es un verdadero hombre. Él dirige, Él guía a Su novia. “Me guía por senderos de justicia por amor de su nombre.” (Salmos 23:3) ¡Qué hombre! ¿Puedo escuchar un amén?

  • Él es también fiel en proveer para ella. Escuchamos hoy sobre padres y hombres que no han provisto para sus hijos. Han abandonado a sus esposas e hijos. Ahora, también hay madres haciendo esto.  Pero los hombres se llevan la culpa. A veces es algo justificado, pero Cristo nunca llevará ese título. Él nunca abandona a los que Él llama para proveer.
  • Toma la responsabilidad activa de la limpieza y santificación de Su novia. Él trabaja activamente en nuestra santidad. Él es un líder. Él es un hombre. Él es un guerrero y un libertador que pelea la guerra a nuestro favor  para rescatarnos del pecado y de la esclavitud, para vencer a Satanás y la carne y en última instancia, este sistema secular. ¡Qué hombre!
  • Y finalmente lo vemos como el Rey conquistador que un día volverá por Su novia, y tendrá la victoria sobre todos los enemigos, para reinar como Señor soberano del universo por siempre y para siempre.

Ahora, como solemos decir: Ese es el «Qué». Ahora bien, ¿cuál es el «¿Y ahora qué?» La masculinidad de Cristo, ¿cuál es la aplicación para nosotras? Somos mujeres. Me refiero a las mujeres de nuestra audiencia. ¿Cuál es la aplicación de todo esto para nosotras?

Bueno, algunas mujeres dirán: «Sí, debemos señalar las cosas que los hombres no están haciendo bien ya que no están siendo como Jesús». No. Esa no es la aplicación. Para nosotras como mujeres:

Número uno: Cristo es el único hombre perfecto que vivió en esta tierra. ¡Así que no esperen que otro hombre sea lo que solo Cristo es!  Nosotras vamos a quedar decepcionadas cuando esperamos que alguien, sea hombre o mujer, sea lo que Cristo solo puede ser.

Número dos: Como mujer, puede que hayas tenido algunas experiencias… Como yo al recibir una carta esta semana de una mujer que habla de sus experiencias que causaron desconfianza en los hombres. Es posible que te hayan herido enormemente, un padre, un novio, un esposo. Puedo decir: “Mira a Cristo” Él nunca te quedará mal.  Él nunca te abandonará. Él nunca fallará. En Él tienes una imagen de lo que la verdadera masculinidad debió  ser—y que por gracia de Dios, puede hallarse en hombres que siguen a Cristo.

Y esto me lleva a este punto: Es importante para nosotras como mujeres el afirmar y alentar la masculinidad en los hombres. No trates de feminizarlos. El objetivo no es que sean más como nosotras. El objetivo es que sean más como Jesús.  Así que tenemos que orar por nuestros hermanos cristianos para que sean transformados conformen a la imagen de Cristo, al orar lo mismo para nosotras.

Permítanme dejarles con este último pensamiento acerca de la masculinidad de Cristo tomado de Juan capítulo 4, al ver a la mujer en el pozo. La Escritura dice:

Entonces la mujer dejó su cántaro, [ahí en el pozo] fue a la ciudad y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre… que me ha dicho todo lo que yo he hecho. [Esta es una mujer que se había casado 5 veces y estaba viviendo con un hombre que no era su esposo, pero fue atraída a Él. “Venid, ved a un hombre”] ¿No será éste el Cristo? [Un hombre, el Cristo.] Y salieron de la ciudad e iban a Él. (vv.28-30)

Esta mujer había conocido a muchos otros hombres. Ahora había llegado a casa hablando de otro hombre. Ya se podrán imaginar la gente de ese pueblo que dirían, “Sí, otro hombre, ¿qué hay de nuevo en la vida de esta mujer?” Venid, ved un hombre.” Ya nos sabemos esta cantaleta” pero ella dice, “Este es diferente”, ni uno ha sido digno de ser seguido y ser adorado por esta mujer, mucho menos toda la ciudad. Cuando ella les dijo de la masculinidad de Cristo, ellos fueron a seguirlo.

Quiero sugerir que si permitimos que la gente vea a Cristo en Su perfecta deidad, Su perfecta humanidad; si nosotras lo dejamos ver a través de nosotras, entonces ellos serán atraídos a Él. Así que nuestro mensaje no es, “Vengan, síganme” sino “Vengan, vean a este hombre. ¿No será Él el Cristo?”

Leslie: Nancy Leigh DeMoss ha estado describiendo la verdadera masculinidad. Creemos que es vivida perfectamente en la persona de Cristo. Tengo que decir que nunca había reflexionado mucho sobre la humanidad de Cristo, pero ha sido un estudio muy enriquecedor. Yo diría esto para todos los mensajes de nuestra serie actual, El Cristo incomparable.

Los mensajes siguen un esquema del libro con el mismo nombre, “El Cristo incomparable” de J. Oswald Sanders. Nancy al estudiar estos temas, ha necesitado reflexionar sobre algunos temas que nunca hubiera considerado.

Nancy: Bueno, el capítulo de Oswald Sanders acerca de la masculinidad de Cristo fue una especie de revelación para mí. No había tomado el tiempo para pensar en ello antes como lo escuchamos hoy. Es realmente un tema muy importante. Cuando los hombres abrazan la masculinidad bíblica y las mujeres abrazan la feminidad bíblica, Dios es glorificado, y juntos presentamos una imagen precisa de Cristo y Su iglesia.

Una oyente llamada Jessica ha sido retada en esta área. Ella escribió diciéndonos, “Nunca pensé que abrazaría mi rol como la mujer bíblica de la manera que lo hago ahora”.

El escuchar Aviva Nuestros Corazones le ha mostrado el valor y la belleza de vivir ese rol como mujer. Ella dice, “Gracias por su fiel obediencia a Cristo”.

Estoy tan agradecida por aquellos que donan generosamente a Aviva Nuestros Corazones y hacen estas conexiones posibles. Podemos permanecer en el aire gracias al apoyo de radioescuchas quienes tienen un corazón sensible a este mensaje.

Leslie: ¿Cómo Jesús pudo ser humano y divino a la vez? ¿Como surgió la mezcla de la divinidad y la humanidad? Es una pregunta que se ha discutido durante siglos. Nancy Leigh DeMoss te ayudará a entender esto mañana en Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Filipenses 1. “Varón de dolores”.

Usado con permiso del Ministerio Aviva Nuestros Corazones 

Tomado de: Aviva Nuestros Corazones

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

 

Predicar el Evangelio

El Púlpito de la Capilla New Park Street

Predicar el Evangelio

NO. 34

Sermón predicado el Domingo 5 de Agosto, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street.

«Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» — 1 Corintios 9:16 (RVA)

El hombre más destacado de los tiempos apostólicos fue el apóstol Pablo. Él siempre fue grande en todo. Si se le considera como pecador, él fue en extremo pecador; si se le ve como perseguidor, él odiaba en extremo a los cristianos y los perseguía hasta ciudades lejanas; si se le toma como convertido, su conversión fue la más notable de todas las que hayamos leído, consumada por medio de un milagroso poder y por la propia voz de Jesús que le habló desde el cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Si lo tomamos simplemente como cristiano, vemos que fue extraordinario, que amó a su Maestro más que otros, y buscaba mostrar, más que todos los demás, la gracia de Dios en su vida.

Pero si lo consideramos como apóstol y predicador de la Palabra, sobresale de manera eminente como el príncipe de los predicadores, que predicó incluso ante reyes y emperadores -como Agripa y Nerón- y, asimismo, estuvo frente a emperadores y reyes por causa del nombre de Cristo. Una característica de Pablo era que cualquier cosa que hiciera, la hacía con todo su corazón. Era del tipo de personas que no podía desempeñar una función a medias, ejercitando una parte de su cuerpo y dejando que la otra parte permaneciera indolente; sino que, cuando se ponía a trabajar, absolutamente todas sus energías -cada nervio, cada tendón- eran utilizadas al máximo en el trabajo que debía hacer, ya fuera trabajo del malo o del bueno.

Pablo, por tanto, podía hablar con toda la experiencia en lo tocante a su ministerio, puesto que él fue el mayor de los ministros. Todo lo que dice es importante; todo nos llega de lo profundo de su alma. Y podemos estar seguros de que cuando escribió esto, lo escribió con mano firme: «Si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!»

Ahora bien, estoy convencido de que estas palabras de Pablo son aplicables a muchos ministros en nuestros días; a todos aquellos que tienen un llamado especial, que son guiados por el impulso interno del Espíritu Santo a ocupar la función de ministros del Evangelio. Al considerar este versículo, responderemos a tres preguntas el día de hoy: primero, ¿qué es predicar el Evangelio? En segundo lugar, ¿por qué el ministro no tiene de qué jactarse? Y en tercer lugar, ¿cuál es esa necesidad y esa preocupación involucradas en el versículo: «Porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!»?

I. La primera pregunta es: ¿Qué es predicar el Evangelio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, y posiblemente aquí mismo, en mi audiencia (aunque yo creo que somos muy uniformes en nuestras convicciones doctrinales) pueden hallarse dos o hasta tres respuestas rápidamente disponibles a esta pregunta: ¿Qué es predicar el Evangelio? Intentaré, por tanto, responderla yo mismo de conformidad con mi propio juicio, con la ayuda de Dios, y si sucede que no es la respuesta correcta, están ustedes en completa libertad de encontrar una mejor, mediante su propio discernimiento.

1. La primera respuesta que daré a la pregunta es ésta: Predicar el Evangelio es exponer cada doctrina contenida en la Palabra de Dios, y dar a cada verdad su propia importancia. Los hombres pueden predicar una parte del Evangelio; pueden predicar únicamente una sola doctrina del Evangelio; y yo no diría que un hombre no predica en absoluto el Evangelio si sólo sostuviera la doctrina de la justificación por la fe, «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe». Yo lo consideraría un ministro del Evangelio, pero es alguien que no predica todo el Evangelio. No puede afirmarse que un hombre predica el Evangelio completo de Dios, si hace a un lado, a sabiendas e intencionalmente, una sola verdad de nuestro bendito Dios.

Este comentario mío debe ser muy punzante y estallar en las conciencias de muchas personas que, casi como un asunto de principios, no comparten ciertas verdades con la gente debido a que temen esas verdades.

En una reciente conversación con un eminente creyente, hace un par de semanas, me decía: «señor, sabemos que no debemos predicar la doctrina de la elección, ya que no tiene la capacidad de convertir a los pecadores.» Yo le respondí: «¿pero quién se atreve a identificar fallas en la verdad de Dios? Usted está de acuerdo conmigo en que la elección es una verdad y, sin embargo, usted afirma que no debe predicarse. Yo no me atrevería a afirmar algo así. Considero que es una arrogancia suprema atreverse a decir que una doctrina no debe predicarse, cuando Dios, en su suprema sabiduría, ha querido revelarla a los hombres.»

Además, me preguntaría: ¿El fin de todo el Evangelio es convertir a los pecadores? Hay ciertas verdades que Dios bendice para conversión de los pecadores, pero ¿acaso no hay otras verdades destinadas a traer consuelo a los santos? Y, ¿no deberían, estas verdades, ser objeto del ministerio de la predicación, igual que las demás? ¿Debo tomar en cuenta unas y descartar otras? No: si Dios dice: «¡Consolad, consolad a mi pueblo!», si la elección consuela al pueblo de Dios, entonces debo predicarla. Sin embargo, no estoy tan convencido de que la doctrina de la elección no pueda convertir pecadores.

El gran Jonathan Edwards nos dice que, en el momento culminante de uno de sus avivamientos, predicaba acerca de la soberanía de Dios tanto en la salvación como en la condenación del hombre, y mostraba que Dios era infinitamente justo si enviaba a los hombres al infierno; que Él era infinitamente misericordioso si salvaba a algunos, y que todo provenía de Su inmerecida gracia soberana. Y decía: «No he encontrado ninguna otra doctrina que promueva tanta reflexión: nada encuentra un mejor camino al corazón del hombre que la predicación de esta verdad.»

Lo mismo puede decirse de otras doctrinas. Hay ciertas verdades en la palabra de Dios que están condenadas al silencio; porque, en verdad, no deben expresarse, ya que, de acuerdo con las teorías que ciertas personas sostienen de estas doctrinas, no están orientadas a promover ciertos fines. Pero, ¿nos corresponde a nosotros juzgar la verdad de Dios? ¿Debemos poner Sus palabras en la balanza y decir: «Esto es bueno y esto es malo»? ¿Debemos tomar la Biblia y amputarla y decir: «Esto es paja y esto es grano»? ¿Debemos deshacernos de alguna de las verdades diciendo: «No me atrevo a predicarla»? No: Dios no lo quiera. Cualquier cosa que está escrita en la Palabra de Dios, está escrita para instrucción nuestra: toda ella es útil, ya sea para reprensión o para consuelo o para la instrucción en justicia. Ninguna verdad de la Palabra de Dios debe ocultarse, sino que cada porción de ella debe predicarse según su propio sentido.

Algunos hombres se limitan intencionalmente a cuatro o cinco tópicos que predican de manera continua. Si te aventuras a entrar a sus iglesias, naturalmente esperarás oírlos predicar sobre este versículo: «Ni de la voluntad de la carne, sino de Dios» o, si no, sobre este otro: «Elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre.» Ustedes saben muy bien que al entrar a esas iglesias escucharán únicamente acerca de la elección y que todo proviene de Dios. Esos individuos se equivocan tanto como los otros, dando demasiada importancia a una verdad y olvidando a las demás. Sobre cualquier cosa que deba predicarse -llámenla con el nombre que quieran-, la norma del verdadero cristiano es la Biblia, toda la Biblia y nada más que la Biblia.

Desgraciadamente, muchos forjan un círculo de hierro alrededor de sus doctrinas, y cualquiera que ose dar un paso mas allá de ese pequeño círculo, no es considerado como poseedor de sana doctrina. En ese caso, ¡Dios bendiga a los herejes! Señor, ¡envíanos más herejes! Muchos convierten a la teología en una especie de cilindro con cinco doctrinas que rotan de manera indefinida; nunca se aventuran a otros temas. Debe predicarse toda la verdad. Y si Dios ha escrito en Su palabra «El que no cree ya ha sido condenado», eso debe predicarse tanto como «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Si leo: «Oh Israel, tú te has destruido a ti mismo» (versión King James), la condenación de ese hombre es su propia obra; debo predicar eso al igual que la frase siguiente: «En Mí se encuentra tu ayuda» (versión King James).

Cada uno de nosotros, a quienes se nos ha confiado el ministerio, debe buscar predicar toda la verdad. Sé que puede resultar imposible tratar de decir toda la verdad. La alta colina de la verdad tiene brumas que envuelven su cima. Ningún ojo humano puede ver la cumbre; tampoco ningún pie humano la ha hollado alguna vez. Sin embargo, podemos intentar pintar la bruma, ya que no podemos pintar la cima. Intentemos describir el misterio, ya que no podemos explicarlo. No encubramos nada; si hay nubes en la cima de la montaña de la verdad, digamos: «Nube y oscuridad hay alrededor de ella.» No lo neguemos; y no pensemos en reducir la montaña de acuerdo con nuestro propio estándar, simplemente porque no podemos ver la cima o porque no podemos alcanzar la cumbre. El que quiera predicar el Evangelio debe predicar todo el Evangelio. Quien quiera ser considerado un ministro fiel, no debe hacer a un lado ningún aspecto del Evangelio.

2. Nuevamente, si me preguntan: ¿Qué es predicar el Evangelio? Contesto que predicar el evangelio es exaltar a Jesucristo. Tal vez ésta sea la mejor respuesta que puedo ofrecer. Me entristece comprobar a menudo cuán poco se entiende el Evangelio, aun entre algunos de los mejores cristianos.

Hace algún tiempo una joven mujer se encontraba en medio de una gran tribulación en su alma; ella se acercó a un hombre cristiano muy piadoso, quien le dijo: «Mi querida amiga, debes irte a casa a orar.» Yo pensé para mis adentros que eso no es nada bíblico. La Biblia no dice: «Vete a casa y ora.» La pobre joven se fue a casa y oró y continuó sufriendo su tribulación. Él le dijo: «Debes tener paciencia, debes leer las Escrituras y estudiarlas.» Eso tampoco es bíblico; eso no es exaltar a Cristo.

Encuentro que muchos predicadores están predicando esa clase de doctrina. Le dicen a un pobre pecador convencido: «Tienes que ir a casa y orar, y leer las Escrituras; debes asistir al culto…», etcétera. Obras, obras, obras, en vez de: «Por gracia sois salvos por medio de la fe.» Yo le diría: «Cristo debe salvarte, cree en el nombre del Señor Jesucristo.» Yo no le diría a nadie, en esas circunstancias, que ore o que lea las Escrituras o que asista al templo; le presentaría la fe, la fe simple en el Evangelio de Dios. No es que menosprecie la oración; eso debe venir después de la fe. No es que diga ni una palabra en contra de buscar en las Escrituras; ésa es una señal infalible de ser hijo de Dios. No es que tenga objeciones en contra de ir al templo a escuchar la palabra de Dios, ¡Dios no lo quiera! Me gozo viendo a la gente en el templo. Pero ninguna de esas cosas es el camino de la salvación. En ninguna parte está escrito: «El que asista al templo será salvo» o «El que lea la Biblia será salvo». No he leído en ninguna parte: «El que ore y sea bautizado será salvo»; pero sí: «El que cree» -el que tiene una fe desnuda en el «Hombre Cristo Jesús»- «en Su Divinidad, en Su humanidad, es librado del pecado. Predicar que sólo la fe salva es predicar la verdad de Dios.»

Tampoco reconoceré a nadie como ministro del Evangelio, en ningún momento, si predica como plan de la salvación cualquier otra cosa que no sea la fe en Jesucristo; es la fe, la fe y solamente la fe en Su nombre. Pero la mayoría de las personas se encuentra enredada en sus propias ideas. Tenemos tanto concepto del trabajo almacenado en nuestro cerebro, tal idea del mérito y de las obras labrada en nuestros corazones, que nos resulta casi imposible predicar de manera clara y completa la justificación por la fe. Y si llegamos a hacerlo, entonces la gente no puede recibirla. Les decimos: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo.» Pero ellos tienen la noción de que la fe es algo tan maravilloso y misterioso, que es casi imposible que la puedan alcanzar sin tener que hacer algo más.

Sin embargo, esa fe que nos une al Cordero es un don instantáneo de Dios, y aquel que cree en el Señor Jesús es salvo en el momento, sin ningún otro requerimiento. ¡Ah!, mis amigos, ¿acaso no queremos exaltar más todavía a Cristo en nuestra predicación, y exaltar más aún a Cristo en nuestras vidas? La pobre María dijo: «Han sacado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde le han puesto», y podría decir ahora lo mismo si saliera de la tumba. ¡Oh, que haya siempre un ministerio que sólo exalte a Cristo! ¡Oh, que la predicación siempre lo muestre a Él como Profeta, Sacerdote y Rey para Su pueblo! ¡Que el Espíritu manifieste al Hijo de Dios a Sus hijos a través de la predicación! Necesitamos tener una predicación que diga: «¡Mirad a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra!»

¡Predicación del Calvario, teología del Calvario, libros sobre el Calvario, sermones sobre el Calvario! Éstas son las cosas que queremos y en la proporción en que el Calvario sea exaltado y Cristo sea engrandecido, en esa medida el Evangelio es predicado en nuestro medio.

3. La tercera respuesta a la pregunta planteada es: predicar el Evangelio es dar a los diferentes tipos de personas lo que requieran. «Sólo debes predicar al pueblo de Dios, cuando estés en ese púlpito», le dijo una vez un diácono a un ministro. El ministro respondió: «¿Has marcado a todo el pueblo de Dios en la espalda, para poder reconocerlo?» ¿De qué sirve esta gran capilla si sólo voy a predicar al amado pueblo de Dios? Son demasiado pocos. El amado pueblo de Dios puede caber en un pequeño salón. Tenemos aquí mucha gente que no pertenece al amado pueblo de Dios, mas ¿cómo puedo saber si la predicación que me piden que dirija al pueblo de Dios no puede también alcanzar a alguien más? Alguien podría decir por otro lado: «Por favor, predica a los pecadores. Si no predicas a los pecadores esta mañana, no habrías predicado el Evangelio. Te escucharemos sólo una vez, y tendremos la certeza de que no caminas correctamente, si no predicas particularmente a los pecadores en esta mañana, en este sermón en particular.» ¡Qué tontería, mis amigos!

Hay momentos en que debe alimentarse a los hijos, y hay otras ocasiones en que debe advertirse a los pecadores. Hay propósitos diferentes para ocasiones diferentes. Si un ministro predica a los santos de Dios, y no dice nada a los pecadores, está actuando correctamente, siempre y cuando en otras oportunidades en que no esté consolando a los santos, dirija su atención de manera especial a los impíos. Escuché, el otro día, un buen comentario de un amigo mío muy inteligente. Una persona estaba criticando las fallas de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, ya que no tenían por objetivo la conversión de los pecadores. Mi amigo le dijo al caballero: «¿Has leído la Historia de Grecia escrita por Grote?» -«Sí». -«Pues bien, ¿no es cierto que ése es un libro chocante, puesto que no tiene por objetivo la conversión de los pecadores?» «Sí» -respondió el otro-, «pero la Historia de Grecia, escrita por Grote, no fue escrita para convertir a los pecadores.» «No» -respondió mi amigo- «y si tú hubieras leído el prefacio de Lecturas para la Mañana y para la Noche, del Dr. Hawker, habrías visto que ese libro no fue escrito para convertir a los pecadores, sino para alimento del pueblo de Dios, y si cumple con ese objetivo, entonces el escritor ha sido sabio, aunque no haya tenido otro objetivo.»

Cada grupo de personas debe recibir lo suyo. El que predica únicamente a los santos y sólo a ellos, no predica el Evangelio completo; el que predica únicamente a los pecadores y sólo a ellos, y nunca a los santos, no predica el Evangelio completo. Nosotros tenemos aquí una mezcla de todo. Tenemos al santo que está lleno de seguridad y es fuerte; tenemos al santo que es débil y de poca fe; tenemos al recién convertido; tenemos al hombre que duda entre dos opiniones; tenemos al hombre moral; tenemos al pecador; tenemos al réprobo; tenemos al marginado. Cada uno de esos grupos debe recibir su palabra. Cada uno de ellos debe recibir su porción de alimento a su tiempo; no en todo tiempo, sino a su debido tiempo. El predicador que olvida a alguno de esos grupos no sabe cómo predicar el Evangelio completo. ¡Qué! ¿Me pueden exigir que me limite en el púlpito a predicar ciertas verdades únicamente, para confortar a los santos? No lo puedo aceptar. Dios les da a los hombres corazones para que amen a su prójimo y, por tanto, deben desarrollar esos corazones. Si amo a los impíos, ¿no debo tener los medios para hablarles? ¿No puedo hablarles acerca del juicio venidero, de la justicia y de su propio pecado?

Dios no permita que yo corrompa de tal manera mi naturaleza y de tal manera me endurezca, que no llegue a derramar ninguna lágrima, cuando considere la perdición de los seres humanos que me rodean, y cuando de pie me dirija a ellos así: «¡Ustedes están muertos, por tanto no tengo nada que decirles a ustedes!» y cuando en realidad predique (aunque no sea con palabras) esa herejía tan abominable, que si los hombres están destinados a la salvación, entonces se salvarán, y que si no están destinados a la salvación, entonces no se salvarán; que entonces, necesariamente, deben quedarse quietos y no hacer absolutamente nada; y que no tiene ninguna importancia si viven en pecado o en justicia; un destino fatal los tiene aprisionados con cadenas inquebrantables y su destino está tan determinado que pueden continuar tranquilamente viviendo en pecado.

Creo que su destino está determinado. Como elegidos se salvarán, y si no son elegidos, están condenados para siempre. Sin embargo, no creo en la herejía -que se deriva como una inferencia- que establece que, por lo tanto, los hombres no son responsables y no deben hacer nada. Ésa es una herejía a la cual siempre me he opuesto, ya que es una doctrina del demonio y no de Dios. Creemos en el destino; creemos en la predestinación; creemos en que hay elegidos y no elegidos: pero, a pesar de ello, creemos que debemos predicar a los hombres: «Cree en el Señor Jesús y serás salvo», pero si no crees en Él, estás condenado.

4. Había pensado dar una respuesta adicional a la pregunta, pero no me alcanza el tiempo. La respuesta habría sido algo así como: predicar el Evangelio no es predicar ciertas verdades acerca del Evangelio; no es predicar acerca de la gente, sino predicar a la gente. Predicar el Evangelio no consiste en hablar sobre lo que el Evangelio es, sino en predicarlo al corazón, no por medio de tu propio poder, sino bajo la influencia del Espíritu Santo. No es estar en el púlpito y hablar como si nos estuviéramos dirigiendo al ángel Gabriel diciéndole ciertas cosas, sino hablar de hombre a hombre y derramar nuestro corazón en el corazón del compañero. Esto, creo yo, es predicar el Evangelio, y no pronunciar entre dientes algún árido manuscrito el domingo en la mañana o en la noche. Predicar el Evangelio no es mandar a un cura para que haga el trabajo por ti; no es vestir la ropa fina y pronunciar una altísima disertación. Predicar el Evangelio no es, con las manos de obispo, hacer una oración que constituye un bello ejemplar y luego ceder el púlpito para que una persona más humilde predique. No.

Predicar el Evangelio es proclamar con lengua de trompeta y celo encendido las inescrutables riquezas de Cristo Jesús, para que los hombres puedan oír, y entendiendo, puedan volverse a Dios con todo su corazón. Esto es predicar el Evangelio.

II. La segunda pregunta es: ¿POR QUÉ NO LES ES PERMITIDO A LOS MINISTROS GLORIARSE? «Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme.» Hay maleza que puede crecer en cualquier parte, y una maleza que puede crecer es el ORGULLO. El orgullo puede crecer tanto en una roca como en un jardín. El orgullo crece en el corazón de un limpiabotas y crece en el corazón de un político. El orgullo crece en el corazón de una muchacha de servicio e igualmente crece en el corazón de su señora.

Y el orgullo puede también crecer en el púlpito. Es una hierba que se esparce de manera terrible. Requiere cortarse cada semana, pues, de otra forma, estaríamos hundidos hasta nuestras rodillas en él. Este púlpito es un excelente terreno para el orgullo. Crece de manera desenfrenada, y yo estoy seguro que difícilmente encontrarían a un predicador del Evangelio que no confiese que tiene una muy fuerte tentación hacia el orgullo. Yo supongo que incluso aquellos ministros sobre los que no se comenta nada, pero que son gente muy buena y tiene una iglesia en una ciudad grande a la que asisten al menos seis personas, sufren la tentación del orgullo.

Pero independientemente de que eso sea así o no, estoy seguro de que dondequiera que haya una gran asamblea y dondequiera que haya mucho ruido y agitación en relación a un hombre, hay allí un grave peligro de orgullo. Y, véanlo bien, entre más orgulloso sea un hombre, más estrepitosa será su caída al final. Si la gente sostiene en sus brazos en alto a un ministro y deja de sostenerlo y lo suelta, ¡qué golpazo se dará el pobre individuo al término de todo! Así les ha ocurrido a muchos. Muchos hombres han sido sostenidos en alto por los brazos de otros hombres; han sido sostenidos en alto por los brazos de la alabanza y no por la oración; estos brazos se han debilitado y han caído al suelo.

Digo que hay la tentación al orgullo en el púlpito; pero no hay razón para el orgullo en el púlpito; no hay terreno para que crezca el orgullo; pero crecerá de todas maneras. «No tengo de qué jactarme.» Pero, a pesar de todo ello, a menudo se introduce algún motivo para enorgullecernos, no real, sino aparente para nosotros mismos.

1. Ahora, ¿cómo es que un verdadero ministro siente que «no tiene de qué jactarse»? Primero, porque está muy consciente de sus propias imperfecciones. Creo que nadie se formará una opinión más justa de sí mismo que quien es llamado constante e incesantemente a orar.

Una vez un hombre pensó que podía predicar, y cuando le fue permitido ocupar el púlpito, encontró que las palabras no fluían libremente como él esperaba y en un momento de ansiedad nerviosa y temor, se inclinó hacia delante sobre el púlpito y dijo: «Amigos míos, si ustedes se subieran al púlpito, perderían toda la soberbia que pudieran poseer.» Creo que eso les pasaría a muchos, si intentaran alguna vez la predicación. Les quitaría la inclinación a criticar y les haría pensar que, después de todo, la predicación no es un trabajo fácil. Cuando se predica mejor es cuando se piensa que se ha predicado mal. Quien se ha fijado en la mente un elevado concepto de lo que debe ser la elocuencia y una arenga sincera, sabrá qué tan corto se queda. Él, mejor que nadie, puede reprobarse cuando reconoce su propia deficiencia. No creo que un hombre deba gloriarse cuando hace algo bien. Por otro lado, creo que él será el mejor juez de sus propias imperfecciones y que las verá claramente. Él sabe lo que debe ser: otros hombres no. Miran y ven y piensan que todo es maravilloso, mientras que el predicador piensa que todo es maravillosamente absurdo, y se retira meditando en las cosas en las que ha fallado.

Cualquier ministro verdadero sentirá sus deficiencias. Se comparará a sí mismo con hombres tales como Whitfield, con predicadores de la talla de los puritanos, y dirá: «¿Qué soy yo? Un enano al lado de un gigante; el montículo de un hormiguero al lado de una montaña.» Cuando se retira a descansar el domingo por la noche, dará vueltas en su cama porque siente que erró el tiro, que no ha tenido la vehemencia, la solemnidad, la mortal intensidad de propósito que requería su función. Se reprochará por no haber enfatizado lo suficiente algún punto, o por haber evitado algún otro, o por no haber sido lo suficientemente explícito en algún tema en particular, o por haber considerado demasiado algún otro. Verá sus propias fallas, ya que Dios siempre disciplina a sus hijos en la noche, cuando han hecho algo mal. No necesitamos que otros nos reprendan; Dios mismo lo hace directamente. El ministro más honrado por Dios a menudo se sentirá deshonrado en su propia estima.

2. Además, otro medio que nos lleva a no jactarnos es el hecho de que Dios nos recuerda que todos nuestros dones son prestados. Y de manera sorprendente, al leer un periódico esta mañana, esta verdad me fue recordada: que todos nuestros dones son prestados. El artículo dice así: «La semana pasada, la quieta comunidad de Pueblo Nuevo fue trastornada por un evento que ha traído tristeza a la comunidad completa. Un caballero muy exitoso, que había obtenido un título universitario con honores, se ha vuelto loco desde hace algunos meses. Él había administrado una academia para la educación de jóvenes, pero su locura lo ha obligado a abandonar su ocupación, y desde hace algún tiempo ha vivido solo en una casa en esa comunidad. El casero obtuvo una orden de desalojo; y habiendo sido necesario esposarlo, lo dejaron negligentemente sentado en unas escaleras a la vista de una gran multitud, hasta que llegó el medio de transporte que lo condujo al asilo. Uno de sus alumnos (según el periódico) es el Sr. Spurgeon.»

¡El hombre que me enseñó todo lo que sé en cuanto a conocimiento humano, se ha convertido en un loco de atar! Al darme cuenta de eso, sentí que podía doblar mi rodilla con humilde gratitud y dar gracias a Dios que mi razón no se ha tambaleado y que sus poderes permanecen intactos. ¡Oh, cuán agradecidos debemos estar de que nuestros talentos nos hayan sido preservados y que nuestra mente sea sana! Ninguna otra cosa me habría podido afectar más directamente. Ese gran hombre se había esforzado juntamente conmigo, un hombre de genio y habilidad; y ¡miren en lo que se había convertido! ¡Cómo ha caído! ¡Cómo ha caído! ¡Cuán velozmente la naturaleza humana cae desde la altura y se hunde por debajo del nivel de los animales!

¡Bendigan al Señor, amigos míos, por los talentos que les ha dado! ¡Den gracias al Señor por la razón y por el intelecto que poseen! Aunque éstos no sean muy sofisticados, responden a sus necesidades; y si los llegasen a perder, pronto se darían cuenta de la diferencia. Tengan mucho cuidado de no pensar en relación con cualquier tema: «¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?» Siempre debemos recordar que tanto la cuchara de albañil como la mezcla nos vienen de Dios. La vida, la voz, el talento, la imaginación, la elocuencia, todos son dones de Dios; y quien haya recibido los mayores dones, debe sentir que a Dios pertenece el escudo de los poderosos, puesto que Él ha dado poder a Su pueblo y fortaleza a Sus siervos.

3. Otra respuesta a la pregunta. Otro medio que utiliza el Señor para preservar a sus ministros de la tendencia a jactarse, es éste: Él les hace sentir su dependencia constante del Espíritu Santo. Confieso que algunos ministros no sienten eso. Algunos se atreven a predicar sin el Espíritu de Dios o sin haberle orado. Pero pienso que ningún hombre que verdaderamente haya sido llamado de lo alto, se atreverá a hacer eso, sino más bien sentirá que necesita al Espíritu.

Una vez que me encontraba predicando en Escocia, el Espíritu de Dios quiso dejarme solo; no pude hablar como usualmente lo hago. Tuve la necesidad de decirle a la gente que el coche había perdido sus ruedas; que el coche se arrastraba pesadamente. He sentido el beneficio de eso desde entonces. Fui humillado amargamente y pude haberme arrastrado bajo la cáscara de una nuez o pude haberme escondido en cualquier oscuro rincón de la tierra. Sentí como si no debía hablar más en el nombre del Señor; y entonces me vino el pensamiento: «¡Oh!, eres una criatura ingrata, pues ¿no ha hablado Dios por tu medio cientos de veces? Y, por esta vez que no quiso hacerlo, ¿vas a reconvenir a Dios por eso? Más bien dale gracias por los cientos de veces que ha estado a tu lado; y si alguna vez te ha abandonado, entonces admira Su bondad de mantenerte humilde por este medio.» Algunos pueden pensar que fue el poco estudio lo que me llevó a esa situación, pero puedo afirmar con toda honestidad, que no fue eso. Pienso que estoy obligado a estudiar con dedicación y así no tentar al Espíritu con sermones sin preparación. Usualmente considero mi deber pedir la guía del Señor para mis sermones y le imploro que lo grabe en mi mente; pero en esa ocasión, creo que me había preparado más cuidadosamente de como ordinariamente lo hago, de tal forma que la falta de preparación no era la causa. La simple causa fue: «El viento sopla de donde quiere», y los vientos no siempre son huracanados. En algunas ocasiones el viento está quieto. Y, por tanto, si me apoyo en el Espíritu, debo saber que no siempre sentiré su poder con la misma fuerza. ¿Qué haría yo sin la influencia celestial, ya que a ella le debo todo? Por medio de este pensamiento Dios humilla a los que le sirven. Dios nos enseñará cuánto lo necesitamos. No permitirá que pensemos que hacemos algo por nosotros mismos. «No -dice Él-, no te corresponde nada de la gloria. Voy a humillarte. ¿Estás pensando: yo hago esto? Te mostraré lo que eres sin Mí.»

Vemos a Sansón ir tras los filisteos para atacarlos. Él se imagina que puede matarlos, pero los filisteos están encima de Sansón. Le sacan los ojos. Su gloria se esfuma, porque no confió en su Dios, sino que confiaba en sí mismo. Cada ministro será llevado a sentir su dependencia en el Espíritu; y entonces dirá con énfasis, igual que Pablo: «Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme.»

III. Ahora viene la tercera pregunta, con la cual concluiremos este mensaje. ¿CUÁL ES ESA NECESIDAD QUE NOS ES IMPUESTA DE PREDICAR EL EVANGELIO?

1. En primer lugar, una gran parte de esa necesidad se debe al llamamiento mismo. Si un hombre es verdaderamente llamado por Dios para el ministerio, lo desafío a que se niegue a aceptar el llamamiento. Un hombre que verdaderamente tiene en su seno la inspiración del Espíritu Santo que lo ha llamado a predicar, no puede dejar de hacerlo. Tiene que predicar. Como fuego en los huesos, así será esa influencia hasta que proyecte sus llamas hacia fuera. Los amigos pueden querer frenarlo, los enemigos criticarlo, los despreciadores burlarse de él, pero el hombre es indomable; él tiene que predicar si tiene el llamado del cielo. Todo el mundo lo puede abandonar; pero él le predicaría a las áridas cumbres de las montañas. Si tiene el llamado del cielo, aunque no tenga una congregación, le predicaría a las cascadas y daría su voz a los riachuelos. No podría callarse. Sería una voz proclamando en el desierto: «Preparad el camino del Señor.» No creo que se pueda detener a un ministro de la misma forma que no se puede detener a las estrellas del cielo. No creo que se pueda lograr que un ministro deje de predicar, si realmente tiene el llamado, de la misma manera que no se puede detener a las poderosas cataratas queriendo consumir sus aguas con la tacita de un niño.

El hombre que ha sido guiado por el cielo no puede ser detenido por nadie. Ha sido tocado por Dios y nadie le impedirá predicar. Volará sobre alas de águila y nadie podrá encadenarlo a la tierra. Hablará con la voz de un serafín y nadie podrá cerrar su boca. ¿No es su palabra como un fuego dentro de mí? ¿Debo de callar cuando Dios ha colocado su Palabra en mí? Y cuando un hombre habla de conformidad con lo que el Espíritu le da a hablar, siente un gozo semejante al cielo; y cuando termina desea volver a su trabajo de nuevo y ansía estar predicando nuevamente. Yo creo que los jóvenes que predican tan sólo una vez a la semana y piensan que ya han cumplido con su deber, no han sido llamados por Dios a una gran obra. Pienso que si Dios ha llamado a alguien, lo impulsará a predicar constantemente y sentirá que debe predicar en medio de las naciones, las riquezas inescrutables de Cristo.

2. Pero otra cosa nos hará predicar: sentiremos «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!» y ésa es la triste carencia de este pobre mundo caído. ¡Oh ministro del Evangelio, haz un alto por un instante y piensa en tus pobres prójimos! ¡Velos como un arroyo, apresurándose a la eternidad; diez mil vuelan a su morada eterna cada solemne momento! ¡Mira el término de ese arroyo, esa tremenda catarata que lanza corrientes de almas al abismo! Oh, ministro, piensa que los hombres se condenan por millares cada hora, y que cada vez que late tu pulso, una nueva alma abre sus ojos en el infierno en medio de tormentos; piensa en cómo los hombres aceleran su camino a la destrucción, cómo «el amor de muchos se enfría» y «abunda la iniquidad». Te pregunto: ¿no sientes una gran necesidad? ¿No sientes el ¡ay de mí si no predico el Evangelio!?

Camina una tarde por las calles de Londres en el momento del ocaso, cuando la oscuridad abriga a la gente. ¿No ves a aquella ramera caminar veloz a su maldito trabajo? ¿No ves a miles y miles de millares lanzados a la ruina cada año? Del hospital y del asilo salen voces que dicen: «¡Ay de ti si no predicas el evangelio!» Acércate a ese gran edificio construido con paredes impresionantes; entra en los calabozos y mira allí a los ladrones que por años han gastado sus vidas en el pecado. Ábrete paso en alguna ocasión hacia la triste plaza de Newgate y mira al asesino ajusticiado. Una voz saldrá de cada institución correccional, de cada prisión, de cada patíbulo, diciendo: «¡Ay de ti si no predicas el evangelio!»

Acércate a las camas de los moribundos y observa cómo los hombres mueren en la ignorancia sin conocer los caminos del Señor. Mira el terror en sus rostros conforme se acercan a su Juez, sin haber conocido la salvación, sin haber siquiera conocido el camino; y mientras los ves temblando ante su Hacedor, escucha una voz: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.»

Puedes también seguir otra ruta. Ve alrededor de esta gran metrópolis y párate a la puerta de algún lugar donde se escuchen el sonar de campanillas, cantos y música, pero bajo el total influjo de la ramera de Babilonia, donde las mentiras se predican como verdades; y cuando regreses a casa y pienses en los Papas, deja que una voz te recuerde: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.» O entra en la habitación del infiel, donde blasfema en contra de su Hacedor; o asiste al teatro donde se ponen en escena obras llenas de lujuria y libertinaje, y de lo profundo de todos estos antros de vicio sale una voz: «Ministro, ay de ti si no predicas el evangelio.» Y da una última caminata por las cámaras de los condenados; cuando pueda verse el abismo del infierno, párate frente a él y escucha:

«los tristes lamentos, las quejas vacías,
y los chillidos de fantasmas torturados.»

Acerca tu oído a las puertas del infierno y por unos instantes escucha los gritos entremezclados y los alaridos de agonía y desesperación que te romperán los tímpanos; y cuando regreses de ese triste lugar con su música lúgubre aun produciéndote terror, escucharás la voz que te recuerda: «¡Ministro! ¡Ministro! ¡Ay de ti si no anuncias el evangelio!» Mantengamos estas cosas al alcance de nuestra vista y entonces tendremos que predicar. Si te dijeran: ¡Deja de predicar! ¡Deja de predicar! Responderías: Aunque el sol dejara de brillar, nosotros predicaríamos en la oscuridad. Aunque las mareas dejaran de existir en las playas, nuestra voz predicaría el Evangelio. Aunque el mundo dejara de girar, y los planetas detuvieran su curso, nosotros todavía predicaríamos el Evangelio. Hasta tanto que el centro encendido de la tierra no estalle a través de las gruesas estructuras de sus montañas abiertas, nosotros mientras predicaremos el Evangelio; hasta que la conflagración universal no disuelva la tierra, y la materia desaparezca, estos labios o los labios de otros ministros llamados por Dios tronarán llevando la voz de Jehová. No podemos evitarlo. «Porque me es impuesta necesidad»; sí, ¡ay de nosotros si no anunciamos el Evangelio!

Ahora, mis queridos hermanos, una palabra para ustedes. Algunas personas que me escuchan hoy son verdaderamente culpables a los ojos de Dios, porque ellos no predican el Evangelio. No puedo imaginar que de las mil quinientas o dos mil personas aquí presentes que escuchan mi voz, no haya personas calificadas para predicar el Evangelio, además de mí. No tengo tan mala opinión de ustedes para considerarme superior en intelecto a la mitad de ustedes, o aún en el poder de predicar la Palabra de Dios: y aun suponiendo que yo lo fuera, no puedo creer que tengo tal congregación que no haya muchos dotados de talentos y dones que no los puedan utilizar en la predicación de la Palabra.

Entre los Bautistas de Escocia existe la costumbre de invitar a los hermanos para que exhorten los domingos en la mañana; no tienen un ministro de planta que predique en esa ocasión, sino que cada hombre que se sienta inclinado a hacerlo, se levanta y habla. Todo eso está muy bien; sólo me temo que muchos hermanos sin las calificaciones adecuadas se convertirían en los mayores conferencistas, ya que es un hecho conocido que los hombres que tienen poco que decir, se tomarán el mayor tiempo; y, si yo presidiera, les diría: «Hermano, está escrito, habla para edificación.» «Estoy seguro de que no te edificarías ni a ti mismo ni a tu esposa, intenta lograr eso primero y si no lo puedes lograr, no desperdicies nuestro precioso tiempo.»

Lo repito nuevamente: no puedo dejar de creer que hay algunos presentes este día que son flores «desperdiciando su dulce aroma en el aire del desierto», joyas de brillantísima luz perdidas en las cavernas del mar del olvido. Éste es un asunto muy serio. Si hay talentos en la iglesia de New Park Street (la iglesia cuyo pastor era Spurgeon), espero que se desarrollen. Si hay predicadores en mi congregación, dejemos que prediquen. Muchos ministros se esfuerzan para limitar a los jóvenes en el asunto de la predicación. Aquí tienen mi mano, tal como es, para apoyar a cualquiera de ustedes que quiera decir a los pecadores por doquier cuán amado Salvador han encontrado. Quisiera descubrir muchos predicadores entre ustedes; quiera Dios que todos los servidores del Señor sean profetas. Hay algunos presentes que deberían ser profetas, excepto que están medio temerosos; bien, debemos encontrar para ellos el remedio para quitarles su timidez. No puedo soportar el pensamiento de que mientras el demonio pone a todos sus servidores a trabajar, haya un siervo de Jesucristo que esté dormido. Joven, cuando regreses a casa, examínate a ti mismo, date cuenta de cuáles son tus habilidades, y si descubres alguna habilidad, entonces haz la prueba en alguna pobre y humilde habitación y habla a una docena de pobres gentes acerca de lo que deben hacer para ser salvos. No necesitas tener aspiraciones de dedicarte de tiempo completo al ministerio, pero si Dios así lo quiere, entonces puedes aspirar a ello. El que desea un obispado buena cosa desea. De cualquier manera, busca predicar el Evangelio de Dios. He predicado este sermón de manera especial, porque deseo iniciar un movimiento que parta desde este lugar y que alcance a muchas personas. Quiero descubrir a algunos en mi iglesia, de ser posible, que prediquen el Evangelio. Y pongan atención, ustedes que tienen talento y poder, ¡ay de ustedes si no predican el Evangelio!

¡Pero mis amigos!, si se dice: Ay de nosotros si no predicamos el Evangelio, ¿cómo será el ay de ustedes si escuchan y no reciben el Evangelio? Dios quiera que escapemos de esa condenación. Que el Evangelio de Dios sea para nosotros sabor de vida para vida y no de muerte para muerte.

El encuentro de Jesús con Nicodemo

Iglesia Bautista Ozama

El encuentro de Jesús con Nicodemo

Otto Sánchez

Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo.

Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.

Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano.

Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies y candidato al Phd, por la misma casa académica.

El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

http://www.ibozama.org

57/62 – El Propósito de Dios prevalecerá 

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Hasta los confines de la tierra

57/62 – El Propósito de Dios prevalecerá

Miguel Núñez

Miguel Núñez

​Miguel Núñez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

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Iglesia Evangélica Unida

Samuel Pérez Millos

Samuel Pérez Millos

 Casado con Noemí Susana Colacilli, misionera durante 24 años en Palabra de Vida.

Samuel es responsable del área de formación bíblica en la Iglesia Unida de Vigo.

 Licenciado y Master en Teología (TH. M) por el Instituto Bíblico Evangélico.

Pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo, hoy Iglesia Evangélica Unida, desde el 26 de septiembre de 1981.

Profesor de Biblia y Teología en la Facultad Evangélica de España y del Departamento de Teología Sistemática de la escuela Escrituras.

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Castillo fuerte es nuestro Dios

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Castillo fuerte es nuestro Dios

La IBI | Equipo de Adoración Castillo fuerte es nuestro Dios Himno Tradicional. Dominio público. Letra y música original por Martín Lutero, 1529. Trad. Juan B. Cabrera, 1886. Adaptado y arreglado por La IBI, 2017. Disponible para descarga en: iTunes: http://apple.co/2hhTC6z AmazonMP3: http://amzn.to/2iOezK8 Google Play: http://bit.ly/2hTOztr PISTA DE ACOMPAÑAMIENTO DISPONIBLE EN: iTunes: http://apple.co/2hTI6Po

El Significado de la Navidad

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Josías Grauman

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Josías Grauman

Josías es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad , está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirviendo en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.