¿ES EL DIEZMO ESTAFA O MANDAMIENTO?

Osías Segura Th.M.     Seminario ESEPA

osiasegura@esepa.com

En realidad el diezmo no es una estafa, aunque hoy por hoy algunos estafan con dicha práctica. Tampoco es un mandamiento, aunque otros lo tomen así. Entonces, ¿Qué es el diezmo? Lo difícil de desarrollar este tema es que toca muy profundamente tradiciones que hemos considerado como sacramentos a través de los siglos. Es decir, el diezmo se ha considerado por siglos, desde la perspectiva evangélica, como una practica sagrada e incuestionable. Otro problema es la pobreza formativa de algunos pastores para entender la continuidad y discontinuidad que existen entre el Antiguo y Nuevo Testamentos. ¿Qué debemos desechar del Antiguo Testamento? ¿Qué es viejo, y qué es nuevo? Esto demuestra la pobreza teológica y la pereza de pensamiento critico de algunos pastores, aun más aquellos de bajo nivel educativo. Pero la iglesia de hoy debe considerar el estudiar y discutir estos temas para responder con obediencia a las Escrituras. Este tema del diezmo hace unos años parecía innecesario de discutir. Hoy ante los abusos de los chamanes NEO-apóstoles y predicadores electrónicos, se ha tornado necesario discutir el tema y este articulo es un intento teológico de iniciar la discusión, para que esta continúe en nuestras iglesias.

Dios es el centro de la vida comunitaria y personal de todos los humanos. Dios nos dio lineamientos y mandamientos para que nuestro vivir tuviera responsabilidades éticas. Es decir, que nuestro vivir fuera prospero sin afectar negativamente a otros. Por tanto no debería ser la ley el centro de nuestra vida comunitaria y personal (como lo ha sido para los Judíos), sino Cristo mismo. Por ello cuando nos encontramos con pasajes difíciles en el Antiguo Testamento debemos pensar en el propósito o principio detrás de esa ley, y no en la ley misma tal y como la pudiéramos interpretar hoy en día. Por ejemplo, en los libros del Pentateuco encontramos un sin numero y variedad de ofrendas. Sin embargo, un tipo muy especial de ofrenda aparece como diezmo. La palabra diezmo significa, como bien sabemos, una décima parte. La ley Mosaica contextualizó el diezmo (Levíticos 27:30-33) de una practica que en Génesis aparece como voluntaria. Al encontrarse Abraham y Melquisedec, el primero le otorga al segundo una ofrenda del 10% del botín, ganancia de la batalla (Génesis 14:18-20). Jacob también le promete a Dios una décima parte de sus ingresos, en cierta forma de trueque (Génesis 28:22). Por supuesto Jacob no tenía un conocimiento de la gracia y provisión de Dios como el que tenemos hoy. Consecuentemente, la práctica del diezmo fue incorporada en la ley de Moisés con el propósito de mantener la tribu de Leví, y los sacerdotes de la nación que servían en el templo, quienes no poseían bienes materiales de ningún tipo (pues cuando les fue repartida la Tierra Prometida a las doce tribus de Israel los levitas no recibieron parcela alguna). Esta tribu moraba en toda la tierra antigua de Israel como sacerdotes para Dios y no tenían ninguna otra forma de sustento económico ya que el trabajo de ellos era el de servir en el altar. Esta tribu de sacerdotes existía aparte de los sumos sacerdotes que eran descendientes de Aarón, quienes también necesitan su sustento. Así que el mantenimiento de esta tribu y de todo el sacerdocio dependía de las contribuciones y los diezmos del pueblo. Si el pueblo no diezmaba, o no lo hacía correctamente, el sacerdocio y los servicios religiosos, festivales, y otras expresiones y observancias a la ley de Dios sufrían consecuencias negativas. Es decir, no fue sino hasta que se instaura la institución del templo que se legaliza la practica del diezmo como ley para el pueblo de Israel. Y vale la pena agregar que las otras culturas vecinas a los Israelitas también diezmaban a sus dioses paganos, pero con el propósito de apaciguar su furia y obtener bendiciones de ellos.

De esta manera, los Israelitas debían por obligación y mandato ofrendar y diezmar de todo lo que producían. Por ejemplo, diezmar de los animales, la cosecha, los frutos, etc., y los levitas que recibían el diezmo del pueblo debían también ofrendar a Dios el diezmo de todo lo recibido. Había varios diezmos a saber según diferentes pasajes, aunque me parecen que son formulaciones del mismo diezmo. Por ejemplo, aparece la décima parte de las posesiones (Lev. 27:30-33) que se entregaban a los levitas para el ministerio en el templo (Números 18:20-32). El segundo diezmo se ahorraba y se entregaba cada tres años, aunque no hay certeza si se dividía claramente del primero. De esta forma, un diezmo tendía a beneficiar a los Levitas, al templo y ciertos festivales, y también a los huérfanos, viudas, y extranjeros, y tales diezmos tenían su promesa de bendición divina (Deuteronomio. 14:28-29; 26:12-15). Así que como podemos notar, aquellos que poseían tierra y la hacían producir en la época del Israel antiguo, no daban solamente el diez por ciento de su producción sino hasta un poco más. Pues los sirvientes, y los esclavos al no poseer tierras para producir no se les requería diezmar. De esta práctica, podríamos decir en términos modernos, que solo aquellos que poseían los medios de producción en una sociedad, como en el caso de los ricos, eran los que diezmaban.  A los pobres no se les requeria diezmar.

¿Qué hacían los Levitas con el diezmo? El Templo de Jerusalén representaba para los Israelitas y para los judíos el centro del mundo.  En su cosmovisión holística todo tenía implicaciones religiosas. Para los Israelitas el templo era no solo el lugar cultico sino también era el centro de distribución y ayuda social. Los diezmos, como anteriormente notamos, se daban en parte primeramente para apoyar a lo que hoy podríamos llamar “ministros religiosos” (Deuteronomio 12:19; 14:27). Pero recordemos que estos “ministros” recibían el diezmo por que no poseían bienes algunos para generar riqueza. Esos diezmos, también servían para beneficiar a los extranjeros, huérfanos, y viudas, aquellos más desposeídos de la producción de riqueza. Así que podríamos concluir que el diezmo lo daban los ricos para aquellos que no poseían bienes algunos de producción.  Es decir, el diezmo junto a otras ofrendas se utilizaba como una manera de redistribuir la riqueza de una nación.

Posteriormente, al aparecer los reyes de Israel, como otra institución de gobierno paralela al templo, otros impuestos empiezan a aparecer, e inclusive impuestos esporádicos para el templo (2 Crónicas 24:4-16). La codicia de algunos reyes parece dejar al templo y sus sirvientes religiosos sin posibilidades de recoger sus diezmos, y a los pobres si capacidad de recibir ayuda. El diezmo parece instaurarse de nuevo en 2 Crónicas 31:1-12. Luego aparecen los profetas hablando contra la codicia y la injusticia social, como en el caso de Amos y Malaquías entre otros, frente a una forma cruda de un pre-capitalismo que explotaba a los pobres (Isaías 5:8-10) y a los ministros religiosos de la época (Malaquías 3:6), y donde Dios mismo los acusa de robo. Lo que parece demostrar que durante el periodo de los reyes el diezmo sufrió de falta de práctica.

Dios ve roto el pacto con su pueblo y los deja continuar su camino por si solos. Estos son no solo invadidos sino también en su mayoría desplazados hasta Babilonia, y el templo de Salomón es destruido por Nabucodonosor en 587 a.C. Al tiempo regresan otros del exilio de vuelta a Jerusalén con Nehemías y Esdras logrando reconstruir las murallas de Jerusalén, un templo modesto (515 a.C.), e instituir el diezmo de nuevo, y cual parece volver a funcionar (Nehemías 10:37; 13:12). Sin embargo, no parece quedar claro en la practica si la institucionalizacion del diezmo es exitosa, es decir, si el diezmo continua funcionando para los Judios a partir de esta epoca, principalmente con la invasión de otros imperios exigiendo sus impuestos.

¿Es requerido el diezmo para los cristianos?

El segundo templo de Jerusalén se reconstruye por Herodes el Grande (recordemos que el primer templo fue destruido al tiempo que los judíos experimentan el exilio a Babilonia) ahora bajo la ocupación del Imperio Romano. Para el segundo templo se generan algunas nuevas clases de personal religioso como los fariseos, saduceos, etc. En estos tiempos se calcula que cerca de veinte mil personas servían en el Templo. Estos tiempos nos parecen mostrar un templo incapaz de cobrar una décima parte de la producción nacional, pues el Imperio se llevaba toda la riqueza para Roma. Por ello aparece cierta evidencia de un impuesto al templo, que Jesús mismo es confrontado a pagar (Mateo 17:24-27). A Jesús no se le exige que diezme, sino que pague el impuesto.

Los únicos pasajes que dan testimonio de la práctica del diezmo en el Nuevo Testamento se presentan como ejemplos ingratos. Jesús aparece exhortando a los fariseos a ver más allá de los detalles y ver la injusticia social que reinaba en ese entonces. Recordemos que los fariseos ponían la ley y no a Dios como el centro de su devoción, por ello su perspectiva carecía de una visión más macrosocial de la justicia. Estos diezmaban de sus hierbas y hortalizas y se jactaban de ello, pero en su legalismo habían descuidado lo macrosocial (Mateo 23:23; Lucas 18:10-14). De esta manera podríamos concluir que el Nuevo Testamento no proporciona evidencia alguna de la práctica del diezmo ni para los judíos, ni para los cristianos judíos ni gentiles de la época.

Hay mucha evidencia de ofrendas, pero nada de diezmos. Por tanto no existe algún mandato para diezmar en el Nuevo Testamento. No encontramos en el Nuevo Testamento instrucción u orden alguna para dar el diezmo a la congregación o iglesia. La razón por la cual no se indica en el Nuevo Testamento a que se diezme, puede ser porque Dios espera que los cristianos den todo lo que tienen de manera voluntaria en gratitud de corazón (1 Timoteo 6:18) para los que le sirven y no poseen bienes, y para los más necesitados. El apóstol Pablo presenta los principios del dar en la segunda carta a los Corintios, en cuanto a una ofrenda dada con gozo que es enviada a una congregación en Jerusalén que estaba experimentando tiempos difíciles (2 Corintios 8:7-15, 9:6). Las ofrendas son práctica comun en las iglesias primitivas cristianas, pero el diezmo no se menciona como práctica alguna.

El Caso de Hoy en las Iglesias

Una conclusión errónea y simplista sería decir que como el diezmo según el Nuevo Testamento no es una practica instituida, entonces debería eliminarse. ¿Si Dios instauro dicha practica para suplir las necesidades de los desposeídos de riqueza, como los pobres y los grupos religiosos que servían en el templo, por qué no practicar el espíritu de dicha (ley) practica hoy, en vez de su legalismo? Veamos que podemos considerar hoy para contextualizar esta práctica en nuestras iglesias:

Primeramente, las iglesias evangélicas están experimentando un materialismo y un endeudamiento entre las generaciones más jóvenes. Hoy estos jóvenes profesionales dan menos y menos a sus iglesias, y no solo a iglesias sino también a organizaciones de caridad. Es de suma importancia ayudar a nuestras nuevas generaciones a generar una mayordomía más sana de sus recursos financieros y humanos. Si no les ayudamos a salir de sus deudas y enseñarles a vivir de lo que ganan, la iglesia pronto empezará a sufrir las consecuencias.

Segundo, desde una perspectiva del Nuevo Testamento el creyente no está bajo la ley de Moisés sino bajo el espíritu de su ley. Decir que no se debe obligar a nadie a dar ofrendas ó diezmos, no es absolutamente cierto. Recordemos que toda persona en el Antiguo Testamento era llamada a ofrendar, pero no todos eran llamados a diezmar. ¿Qué tal si algunos desean contextualizar el diezmo como una practica para hoy, algo que en la tradición evangélica ya se ha dado en los últimos 200 años?  Veamos el caso de Abraham, quien no estaba bajo la ley de Moisés, y diezmó a Melquisedec (figura tipo Cristo). Podríamos adaptar este caso y contextualizarlo como un buen ejemplo de sumisión y mayordomía hacia Cristo, pues el Señor nos ha bendecido, y no damos para que nos bendiga más.

Tercero, tristemente hay que reconocer que usualmente las iglesias que más reciben diezmo son aquellas en las que se enseña a hacer trueque con Dios. “Siembre hoy y el Señor le prosperará más mañana.” Esta Teología de la Prosperidad es una herejía, pues enseña que Dios esta obligado a bendecir a aquellos que le tuercen el brazo. Recordemos que Dios es soberano y puede bendecir a quien quiera, cuando quiera, y como quiera, sin necesidad de intercambio de dinero u obras. Las bendiciones de Dios no son solo financieras, ni solo para los que dan con fines de obtener más lucro. Sumisión a la voluntad de Dios, y no manipulación de las bendiciones de Dios es lo que marca la diferencia para recibir y dar bendición.

Cuarto, el enseñar a nuestra congregación a dar un diez por ciento podría convertirse en una terrible herejía. Dios es nuestro Señor, y dueño de toda la creación. Nosotros, sus mayordomos, le debemos dar y consagrar a Dios el 100% de lo que somos y producimos. Así el 10% podría simbolizar esa entrega, siempre y cuando el espíritu de la ley, y el propósito de la ley del Antiguo Testamento se mantenga fiel. Es decir, si Ud. desea contextualizar la practica del diezmo en su iglesia, considere los siguientes principios:

  • Si su iglesia diezma, y parte de esos diezmos no se distribuyen hacia los más necesitados tanto fuera como dentro de la congregación, su iglesia le esta robando al Señor.
  • Si los pastores de su iglesia tienen otras fuentes de ingreso, y en vez de recibir un salario extra, se llevan el diezmo como pago a sus servicios, sus pastores le están robando a Dios.
  • Si en su iglesia es el pastor y su familia los únicos que a discreción hacen uso del diezmo, tenga cuidado. Ud. podría estar permitiendo que se den abusos con el dinero del Señor. Toda iglesia debe presentarse como un libro abierto al mundo. Todo pastor y líder eclesial debe dar cuentas abiertas, en cualquier momento que se le pida, de la mayordomía a la que se le ha encargado. Siempre es sano tener a dos personas sin relación de parentesco entre si ni con el pastor supervisando los fondos de la iglesia (entre ellos no debe haber ningún pastor ni ninguno de sus familiares).
  • Si su pastor dice que los diezmos son para él o ella, su pastor le esta robando al Señor, y al Estado al no pagar impuestos. En nuestra sociedad capitalista todo pastor debe gozar de un salario, pagar impuestos, y otros aportes de ley. Tal y como hemos visto, el diezmo no es para el pastor ni los pastores solamente.
  • Si algún medio de difusión masiva como canales de televisión, emisoras de radio, o prensa escrita solicita de un diezmo, primicias, u ofrenda, a cambio de una bendición particular, ellos están practicando una estafa. Una ofrenda o diezmo no se da para recibir. Se da porque hemos recibido, pero no con la intención de recibir más. Nadie puede asegurarle a nadie una bendición de Dios. Dios es soberano y a su tiempo dará buenas dadivas a los fieles de su pueblo.
  • Si en su iglesia le hacen, indirecta o directamente, sentir culpable si no diezma. Si en su iglesia es obligatorio diezmar. O si en su iglesia constantemente se explica que los que no diezman le están robando a Dios, y por tanto no reciben bendición financiera. Su iglesia esta practicando una estafa. El diezmo era una práctica obligatoria en el Antiguo Testamento, no así en el Nuevo Testamento. Si se desea contextualizar esta práctica del diezmo, recordemos que en el Antiguo Testamento solo los que poseían los medios de producción (los ricos) se les solicitaba diezmar (aunque si el ofrendar era para todos).
  • Si su iglesia ha contextualizado (o desea contextualizar) la práctica del diezmo sin considerar el espíritu y propósito de esta practica de la ley en el Antiguo Testamento, su iglesia entonces, no esta diezmando. Su iglesia esta haciendo algo que no debería llamarse diezmo, y hasta podría estar estafando a su membresía, todo por ignorancia teológica.

Finalmente, recordemos que el diezmo (además de las múltiples ofrendas) se daba al templo para cuidado de la infraestructura, y su personal que no poseía tierras ni herencias, y para los más necesitados (viuda, huérfano, extranjero, etc.). Si su iglesia local no cumple el rol de los antiguos templos en la distribución según los principios del diezmo, Ud. no esta en la obligación de diezmar, y aun menos si Ud. no produce riqueza alguna.

EL CONTENTAMIENTO

10350414_516436341790096_3737687015717083030_nPor Andrés Carrera

Noto cada vez más arraigado en el mundo cristiano (incluidos católico romano) el concepto de que un Dios bueno nos debe proteger de los problemas, y puesto que nos portamos bien según nuestra propia opinión, nada malo nos debería suceder; que Dios es injusto pues veo a personas “malas” que aparentemente están felices, contentos y realizados, principalmente porque tienen recursos económicos. 

Esto tiene mucho que ver con estos movimientos seudo-cristianos que hablan de prosperidad y de que si estamos con Dios nada malo nos va a suceder.

El daño que se hace con estas mentiras es tan grave, que la gente viene a Dios por las razones equivocadas, y lo que es peor, se retira de buscarlo de forma definitiva, ya que no le está cumpliendo lo que dijeron que “ofrecía”.

El resultado catastrófico es que estamos mandando personas a vivir resentidos con Dios y en otros casos irremediablemente a la condenación eterna, ya que, ellos quedan “vacunados” contra  cualquier otro mensaje que incluya a Cristo, ya que éste, según ellos, les falló.

Es necesario entonces que aclaremos este punto lógica y bíblicamente, más allá de toda duda razonable:

1.- Todos los escritores y personajes que nos trajeron la historia de Jesús pasaron por tremendas penalidades, y jamás dudaron de que Dios existe y que Jesucristo es el Señor y Salvador de cada ser humano. Para ellos los problemas de la vida jamás significaban que no había Dios. Basta con leer pasajes como Hebreos 11 y 2 Cor. 11 del 21 al 28 para comprobar esto.

2.- El concepto bíblico es que lo que Dios nos ofrece no es felicidad y tranquilidad aquí y ahora, sino que lo contrario es verdad, se nos asegura que aquí habrá aflicción: “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo (Jn. 16:33).

Vivimos en un mundo caído, donde los creyentes vivimos como extranjeros y peregrinos (1 Ped. 2:11), y entendamos bien, no estamos hablando de otro pasaporte, sino de un trato casi de esclavitud por no ser judío.

3.- El apóstol Pablo nos contó el secreto de cómo vivir en esta vida, y lo llamó el principio del contentamiento. Hagamos un poco de historia previa: Teniendo como 10 años en su ministerio, Pablo es arrestado, está esperando juicio y está a órdenes de Nerón, quien mataba creyentes por diversión y les echaba la culpa por todo. Parecía que todo estaba terminado: el líder cristiano preso, los creyentes muriendo víctimas de la persecución, y no se podía hacer nada de nada. Parecía que Roma ganó, y Jesús perdió.

Pablo en lugar de sentir pena por sí mismo, decide escribir unas cartas mientras estaba preso, algunas de las que han llegado hasta nosotros, entre ellas Filipenses. Estos escritos son hechos en medio de la adversidad. El decidió ser fiel cuando no parecía que la situación lo merecía, decidió seguir creyendo en Cristo, a pesar de que sus circunstancias parecían decirle que éste lo había abandonado.

En medio de esta locura externa, Pablo hace una declaración impresionante sobre el contentamiento en la más increíble adversidad: “Me alegro muchísimo en el Señor, de que al fin hayan vuelto a interesarse en mí. Claro está que tenían interés, sólo que no habían tenido la oportunidad de demostrarlo. No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”(Fil.4:10 al 13).

Pablo acaba de recibir un regalo de los filipenses que no se han olvidado de él, y deja ver que en lo interior está en paz a pesar del caos exterior, dejándonos ver el secreto del CONTENTAMIENTO.

La palabra griega que utiliza es una palabra que tiene connotaciones de vivir en un culto, en una especie de fraternidad secreta en la que APRENDIÓ (no le salió natural), a vivir con gozo interno a pesar de las circunstancias. En Cristo usted puede tener contentamiento a pesar de lo que suceda en el exterior. No es felicidad, ni masoquismo, es aprender que lo externo no cambia mi relación con Dios.

El secreto es aún más asombroso cuando consideramos lo ambicioso que era Pablo. Él no se quedaba quieto, quería ganar a todos para Cristo.

El secreto entonces enseña a no adiccionarse a tener, así que cuando no tengo no caigo en un foso, y puedo declarar el “todo lo puedo en Cristo” que no tiene nada que ver con conquistas o riquezas, sino con el encontrar paz en medio de la tormenta porque sabemos que Cristo está con nosotros. Puedo pasarlo todo e internamente estar bien a pesar del caos externo.

La fórmula es sencilla:

YO NO PUEDO

TU PUEDES

YO PUEDO A TRAVÉS DE TI.

La próxima vez que usted piense que Dios lo ha abandonado, acuérdese del secreto, y aprenda a vivir para Dios, único camino al gozo verdadero, y deje de envidiar a gente que parece tenerlo todo, pero que no tiene lo único que cambia vidas: CRISTO EN EL CORAZÓN.

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Por Andrés Carrera

Noto cada vez más arraigado en el mundo cristiano (incluidos católico romano) el concepto de que un Dios bueno nos debe proteger de los problemas, y puesto que nos portamos bien según nuestra propia opinión, nada malo nos debería suceder; que Dios es injusto pues veo a personas “malas” que aparentemente están felices, contentos y realizados, principalmente porque tienen recursos económicos. 

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LA CRUZ EN LA EVANGELIZACIÓN

a1Autor: Jorge A. León

LA CRUZ EN LA EVANGELIZACIÓN

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese
a sí mismo, tome su cruz y sígame”.
San Marcos 8:34

El imperativo con que encabezamos este capítulo está dirigido a todo aquel que pretende ser, o convertirse en, un discípulo de Jesucristo. La reconciliación con Dios se logra por medio de la cruz de Cristo. Como el Señor nos reconcilia en su doble humillación (Filipenses 2:1–11), debemos procurar la reconciliación entre neo–gnósticos y neo–fariseos por la crucifixión del orgullo. La evangelización del mundo exige la unidad de todos los cristianos, de ahí la perenne oración de Jesucristo: “que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21).

1. ¿Qué significa negarse a sí mismo?

“Negarse a sí mismo”, parecería ser la emulación que Jesús desea de sus discípulos. Como El asume la cruz, negándose a sí mismo para cumplir los designios del Padre para realizar la redención de toda la humanidad, el creyente debe renunciar a su yo egoísta y orgulloso para cumplir su misión en el mundo.
El mandamiento a “negarse a sí mismo” no implica la aniquilación del yo, lo cual traería como lógica consecuencia la pérdida de la identidad propia. Lo que Jesús desea de cada uno de sus seguidores es la aceptación de la dependencia absoluta, de la sumisión y entrega a Dios. Cuando San Pablo dice “y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí (Gálatas 2:20) no quiere decir que su personalidad ha sido absorbida por el Ser divino. Pablo se encuentra en el clímax de su obra misionera y en el pleno ejercicio de su yo.
Negarse a sí mismo significa negarle al yo la posibilidad de convertirse en un absoluto, en un ídolo. En otras palabras: Negarse a ser un dios, aceptar la dependencia absoluta del Dios Verdadero en ejercicio de la libertad que confiere el Evangelio, y ser consciente de la responsabilidad inherente a esa libertad.
Cuando el yo se convierte en absoluto el individuo cae en idolatría. El orgullo es una de las claras manifestaciones de esa idolatría. El orgullo es el convencimiento que tiene un individuo de que es superior a los demás, pretendiendo colocarse en el centro del mundo. En su pecado se considera la medida de todas las cosas. La idolatría es siempre ofensiva a Dios, es justo lo primero que Dios coloca en sus Diez Mandamientos. Pero ninguna idolatría es tan ofensiva a Dios como la idolatría del yo. Hacer un ídolo con objetos o ideas es atribuirle a algo valores absolutos que no tiene. El que adora un pedazo de palo o de piedra –como si fuera un dios– es un ignorante; el que adora una ideología es alguien que no ha encontrado el camino; pero el que se adora a sí mismo desafía a Dios. Ya lo dice la Biblia: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón” (Proverbios 16:5). El orgullo es el peor de los pecados. Una de sus más sutiles manifestaciones es el “orgullo espiritual”. La única cura para este pecado refinado es la humildad. Por eso Pablo la aconseja tal como ha sido vivida en forma arquetípica por Jesucristo (Fil. 2:1–11). Por eso hemos ya señalado que no habrá reconciliación entre las tendencias polarizadas y polarizantes del cristianismo ni no relacionamos la evangelización y lo evangélico con la cruz.
Muchos desean evangelizar pretendiendo ser los legítimos intérpretes del Evangelio y rechazando a los que no comparten sus interpretaciones como falsos cristianos. Detrás de una falsa ortodoxia se esconde el orgullo, que nos muestra los dientes del terrible monstruo de la idolatría. Sí, “evangélicos” idólatras, que pretenden proclamar un Evangelio sin Cruz, o con cruz solo para los demás. Que predican la necesidad de arrepentimiento de los jóvenes por los horribles pecados de las chicas que se cortan el pelo y de los chicos que no se lo quieren cortar, y no aceptan que tienen que crucificar su prepotencia y su orgullo, su pecado de idolatría.
En el tercer capítulo nos hemos referido, con bastante extensión, a la actitud de Jesús hacia los fariseos. Una actitud dura, pero movida por el amor. Los que desean emular la actitud de Jesús hacia los escribas y los fariseos deben recordar que el Señor dio su vida en la cruz por ellos. Solo el que dio su vida por el pecador tiene el derecho a asumir esa actitud.
Es evidente que debemos respetar y amar a los hermanos que sostienen posiciones teológicas diferentes a las nuestras. Aun cuando no sea necesario dar la vida por ellos, bien podemos orar por ellos. Por lo general los grandes críticos no son precisamente hombres de oración. También debemos tener presente que compartimos con ellos la falta de completamiento de nuestra condición humana según el arquetipo que Dios nos ha dado en Jesucristo. ¿Quiénes somos nosotros –seres imperfectos– para criticar, condenar y despreciar a nuestros hermanos? Jesucristo puede hablar como lo hizo ante los fariseos, porque es imagen de Dios –hombre perfecto– y porque por amor dio su vida en la cruz por ellos. A nosotros, los cristianos de hoy, nos falta completamiento y también cruz.
En el volumen I nos referimos a la actitud cazadora y a la actitud pastoral para comparar el enfoque pastoral de Jesús hacia los pecadores y el de los fariseos. Ahora queremos expresar ideas similares con otras dos categorías: Los crucificadores y los crucificados. Los primeros son los que predican la cruz para los demás, pero no se aplican el mensaje. Los segundos son los que han crucificado su orgullo en la cruz del Calvario. Llama la atención el hecho de que es en su epístola más dura –a los Gálatas donde San Pablo se refiere a su propia crucifixión.136 Luego la humildad en San Pablo no es solo un concepto útil para la predicación, es una profunda vivencia personal.
Los “crucificadores” se parecen a aquel personaje de la mitología griega que andaba siempre con una escalera. Cuando podía capturar a un desdichado lo acostaba sobre la escalera para medirlo, si resultaba chico lo estiraba, si grande le cortaba lo que le sobraba y siempre lo mataba. Hay en las iglesias “crucificadores”, mentes enfermizas que pretenden tener el monopolio de la verdad y de su interpretación haciendo mucho mal, a pesar de su pretensión de ser “siervos del Señor”. Sin CRUZ no puede haber evangelización. Cuando nos comparamos con Jesucristo no hay lugar para el “orgullo espiritual”, porque siempre nos encontramos en déficit y nuestra meta es llegar a ser tan humanos como Jesús –la imagen de Dios– para la restauración de la imagen en nosotros que ha sido deteriorada por el pecado. El orgullo es una contribución eficaz para continuar deteriorando la imagen que en nosotros está. Las poses de altanera autosuficiencia y mojigatería son pruebas evidentes de la ausencia de cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí –que es lo mismo que ser discípulo del Señor– niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, dice el Señor.

2. ¿Qué significa tomar la cruz?

El mandato a tomar la cruz no es una invitación al martirio, ni a asumir poses masoquistas. En el Nuevo Testamento no hay evidencias de que “llevar la cruz” sea una metáfora para el martirologio voluntario, Jesús no pretende que cada uno de sus seguidores muera en forma violenta, pero espera que cada cristiano cumpla el rol que corresponde al discípulo cristiano.
La cruz fue una maldición para los contemporáneos de Jesús. Era muy común ver a un hombre caminando lentamente hacia el patíbulo cargando su cruz, o por lo menos el travesaño. Cuando Judas se sublevó en el año 6 D.C., los romanos crucificaron a 200 judíos. Las ansias de liberación del yugo romano terminaban por lo general en la terrible muerte de cruz. La cruz se convierte en símbolo de una vida más noble solo después que Jesús muere en ella y resucita al tercer día. Es por esta razón que algunos eruditos en cuestiones bíblicas afirman que lo relativo a “tomar la cruz” es un fragmento de la predicación de la Iglesia Primitiva que fue incluido en el texto del Evangelio cuando éste fue escrito. San Pablo no conoció ninguno de los evangelios que disfrutamos los cristianos de hoy. Los primeros creyentes se manejaban con tradiciones orales.
Hace unos cuantos años fue descubierto un antiguo manuscrito conocido con el nombre de Códice Nº 2437 el cual omite las palabras: “y tome su cruz” en Marcos 8:34. Este documento parecería dar la razón a los eruditos que afirman que se trata de un fragmento de la predicación de la Iglesia Primitiva. Pero creo que no debemos dar a este asunto demasiada importancia. La idea de tomar la cruz –en el sentido que la interpretamos– está implícita en el mandato a “negarse a sí mismo”. Es interesante que San Pablo reúne las dos ideas en un solo verso: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20). La cruz, para Pablo, consiste en negarle al yo la posibilidad de convertirse en ídolo que desafíe al Dios Eterno.
Creo que hay mucha confusión en cuanto al significado de la cruz. San Pablo distingue entre cruz, espina y carga. Es bueno que veamos las diferencias con toda claridad. Afirma: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí, y me ha dicho: “Bástate mi gracia” (II Corintios 12:7–9). La palabra que se traduce por espina es skolops que significa: “Porción de madera puntiaguda, estaca clavada, espina”. La espina es la imagen de algo que se nos impone y que causa un dolor agudo. Por el contrario, la cruz es algo que uno asume voluntariamente. Luego no es correcto hablar de cruz para referirse a las calamidades que uno tiene que afrontar. No se trata de la resignación estoica ante el sufrimiento. Tomar la cruz significa asumir responsabilidades que nadie nos obliga a tomar.
Con relación al significado de carga reflexionamos en el volumen I. En la epístola a los Gálatas parecería que existe una contradicción: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros (6:2) y “Cada uno llevará su propia carga” (6:5). En castellano tenemos una misma palabra, pero en griego tenemos dos: báros y fortión La primera, utilizada en 6:2, significa la carga de la existencia humana, sin la cual la vida sería imposible. En ese sentido se utiliza en Mateo 20:12 y Hechos 15:28–29. La segunda, utilizada en 6:5, tiene más bien el significado de responsabilidad. Fortíon es usada en Hechos 27:10 en la ocasión en que el barco en que viajaba Pablo estaba a punto de naufragar, se dice que echaron al mar toda la carga (fortíon) que llevaba el barco. En el Evangelio se usa fortíon, en sentido negativo, para señalar las cargas que los escribas y fariseos colocaban sobre los hombros de los hombres a pesar de que ellos mismos no asumían esas responsabilidades (Mateo 23:4, Cf. Lucas 11:46). Jesús habla de cargas en sentido positivo cuando dice: “Mi yugo es fácil y ligera mi carga (fortíon), Mateo 11:30. En el Vol. I presentamos la imagen de un barco a fin de aclarar la diferencia entre estas dos palabras griegas traducidas por una misma palabra castellana. Báros sería el peso indispensable para la existencia del barco, para poder flotar, pues si le falta un pedazo se hunde. Solo cuando el barco tiene asegurada su existencia como tal, está en condiciones de llevar su cargamento (fortíon). Aplicando esta imagen a Gálatas 6:2, 5, debemos interpretar el verso dos en el sentido de que puede haber en la comunidad personas que no pueden mantener su báros y por lo tanto su vida cristiana corre serio peligro. En tal situación la Iglesia debe actuar como comunidad terapéutica: “sobrellevad los unos las cargas de los otros”. Pero toda nave tiene como finalidad llevar cargamento, en Gálatas 6:5 se nos indica que cada creyente tiene una responsabilidad que asumir. El cristiano está llamado a servir y no debe esperar ser servido, el Señor espera que cada uno lleve su propio fortíon.
Si alguno quiere venir en pos de mí, es decir, si alguno quiere convertirse en mi discípulo: a) Niéguese a si mismo, b) Tome su cruz y c) Sígame. El Señor nos invita a dar esos tres pasos. Estos imperativos son básicos para la profundización de la fe de cada creyente y para el fortalecimiento de las relaciones interpersonales en la comunidad cristiana, que haga posible el logro de la unidad necesaria para la evangelización del mundo. Los neo–fariseos, los neo–gnósticos y los evangélicos necesitan por igual negarle al yo toda posibilidad de idolatría. Una vez vencido el orgullo, síntoma de idolatría, y lograda la humildad, consecuencia de la dependencia divina, se puede encarar la realidad de la división y la unidad de los cristianos.
Es con humildad que debemos preguntarnos… ¿qué es para mí el hermano X? ¿Una espina en la carne que debo soportar porque no me queda más remedio? ¿Una carga en sentido de báros. ¿Una carga en sentido de fortíon. La respuesta estará determinada por nuestra actitud personal frente a la cruz. Si no se ha logrado la crucifixión del viejo hombre (Romanos 6:6) seguramente tal persona será para nosotros una desagradable espina que nos molesta permanentemente y que desearíamos expulsar de nuestra comunidad cristiana, si pudiéramos. Estar crucificado juntamente con Cristo (Gálatas 2:20) implica la muerte definitiva del orgullo y el crecimiento del amor por todo ser humano, por la dignidad que le confiere la imagen de Dios y porque por él murió el Señor. Si ese ser humano también confiesa su fe en Jesucristo –aunque según nuestra opinión tenga una teología errónea– con más razón ese hermano debe ser respetado y amado. El problema no está en el hermano supuestamente heterodoxo, el problema es nuestro. Depende de nuestra actitud ante la cruz. Muchas veces estamos condenando en el hermano lo que no somos capaces de reconocer en nosotros mismos.. San Pablo está inspirado divinamente cuando dice con toda claridad: “Tú que juzgas haces lo mismo” (Romanos 2:1). Es necesario abandonar la escalera de medir a los demás y medirnos con la cruz de Jesucristo. Necesitamos CRUZ para nosotros y no escalera para los demás. Solo después de haber asumido la cruz podemos predicar su mensaje con eficacia.
Solo de la cruz puede surgir amor por el opositor. El reconocimiento de la grandeza de nuestro pecado nos ayuda a ser comprensivos con nuestros hermanos. Solo cuando hemos sido liberados del pecado del orgullo podemos sentir un profundo interés en ayudar a nuestros hermanos a crecer en la fe y conocimiento del Señor. Muchas veces en lugar de condenar el pecado estamos expresando nuestro odio por el pecador, sobre todo si éste hace lo mismo que hemos hecho antes. Esto no ocurrirá si estamos crucificados con Cristo. El problema no está en el otro sino en nosotros. Una correcta actitud ante la cruz puede convertir la espina despreciada y odiada en carga (báros) que, sostenida por un genuino amor, puede resultar en el crecimiento espiritual que permita al hermano en conflicto asumir su ministerio responsable (fortíon) para la gloria de Dios y bendición de los hombres.

3. La cruz y la división en el siglo I

Juan 17 y Efesios 4 presentan un llamado a la unidad de los cristianos. Antes de que surgiera la herejía gnóstica ya la Iglesia Primitiva tenla que esforzarse por conservar la unidad (Efesios 4:3). ¿Cómo logró conservar el grado de unidad alcanzado? Es necesario reconocer el gran aporte de Pablo en este sentido.
Desde los comienzos de la Iglesia se produjo la división entre los cristianos que provenían del judaísmo y los paganos convertidos. El tema de discusión era la ley mosaica. ¿Debían los pagano–cristianos someterse a los ritos de la ley mosaica: circuncisión, sábado, etc.? Los judeo–cristianos lo hacían… ¿por qué no los otros cristianos? Ante esta dificultad la Iglesia decidió celebrar su primer Concilio Ecuménico a fin de armonizar los grupos en pugna. Hechos 15 y Gálatas 2 presentan dos puntos de vista sobre ese Concilio. Hay coincidencia en que los cristianos se pusieron de acuerdo en que no debían exigir a los gentiles que se convertían a la fe cristiana la observancia de la ley.
Lamentablemente los problemas no siempre se resuelven en un Concilio, siempre hay una minoría disconforme que bajo cuerdas hace su trabajo destructor. Entonces surge un tercer grupo constituido por aquellos que quieren quedar bien con unos y con otros. Parece que en esa posición se colocó Pedro, por lo cual Pablo le fustigó duramente en Antioquía: “Le resistí en la cara porque era de condenar” (Véase Gálatas 2:11–13). Un hombre capaz de hablar en los términos de este pasaje que acabamos de citar es lógicamente discutido y resistido. No es difícil creer que Pablo había sido presentado en Roma como alguien que despreciaba la herencia espiritual del pueblo judío, de la cual la Iglesia es heredera. Es quizás por eso que en la Epístola a los Romanos dedica tres capítulos (9–11) a tratar el tema de los judíos y los gentiles. Parecería que Pablo –en el calor de la disputa– fue acusado de ser un mentiroso, pues en varias epístolas afirma que no miente. En Romanos 9:1 comienza sus reflexiones diciendo: “Verdad digo en Cristo, no miento”. La misma afirmación hace en Gálatas 2:10 y en el mismo contexto. El propósito de la epístola a los Gálatas es evidente, desea contrarrestar la influencia del grupo judeo–cristiano en las Iglesias de Galacia.
En Romanos 9 Pablo confiesa con honestidad que esta división le produce una gran tristeza por cuanto ama a sus hermanos de raza. Pablo no cree que la división se evita tratando de quedar bien con todos y restando importancia a los conflictos, como hacía Pedro. El creía que era necesario encarar las dificultades pero manteniendo el amor por todos los hermanos: “Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis parientes según la carne (Rom. 9:3). Además existía otra división entre los judíos: Los convertidos y los no convertidos al cristianismo.
En el momento en que escribe la carta a los Romanos –está a punto de embarcarse para Jerusalén con una gruesa ofrenda que ha recogido entre las iglesias del mundo gentil para los hermanos necesitados entre los judeo–cristianos. Parece que Pablo esperaba que esta acción de amor sería una –demostración de afecto lo suficientemente explícita como para limar las asperezas que existían entre ambas ramas del cristianismo. Según Gálatas 2:10, en el Concilio de Jerusalén, Pablo se había comprometido a realizar esa tarea. A pesar del peligro que significaba ir a Jerusalén –por el odio que le tenían los judíos no convertidos– por causa del amor que tenía a sus hermanos con opiniones diferentes prefiere afrontar los riesgos y llevar personalmente el importe de las ofrendas colectadas.
Encontramos en Pablo tres cualidades en la polémica que dividía la Iglesia: 1. – Es un extrovertido que dice con honestidad lo que piensa; 2. – Ama a sus opositores y 3. – Tiene la humildad que solo puede venir de la cruz y lo dice justo en su epístola más polémica (Gálatas 2:20; 6:14). Solo la cruz pudo ayudar a Pablo a ubicarse en la posición justa, en la verdad, el amor, y la humildad. Cuando dos partes están en pugna no es posible la reconciliación sin cruz, pues la responsabilidad nunca está de un solo lado, siempre es compartida. No he conocido un solo caso de conflicto en que el 100% de la culpa estuviera en una de las partes. Por lo general una de ellas es más responsable que la otra, pero si ambas asumen actitudes arrogantes y prepotentes jamás habrá reconciliación. Solo después de crucificar el orgullo puede surgir la humildad. Solo en humildad, amor y respeto por el hermano podemos encontrar soluciones a la división de la Iglesia. La evangelización efectiva necesita de la unidad de la Iglesia.

4. Un testimonio personal

Deseando que estas páginas tengan calor humano a fin de que expresen plenamente la autenticidad cristiana, me veo obligado a hacer una confesión al lector. Confieso que durante los últimos años vividos en Cuba y los primeros en la Argentina, algunos hermanos con tendencia neo–gnóstica eran para mí como una espina en la carne, una espina muy dolorosa. Confieso que el odio se anidó en mi corazón. Confieso que he hecho todo lo posible por desprestigiarlos y dañarlos. Creo que no es una excusa decir que lo hacía sinceramente y creyendo servir a Dios. Muchos crímenes e injusticias son cometidos por personas que sinceramente creen que no hay otra alternativa. La sinceridad o las buenas intenciones no son suficientes para el cristiano que tiene a Jesucristo y a su Evangelio como única norma de fe y de conducta. Por eso me he arrepentido de mi pecado.
Debo confesar, además, que mi cambio se debe a las siguientes razones:

1. Mi nueva actitud hacia la cruz. Antes la usaba para crucificar a los neo–gnósticos –lo cual no resulta difícil– ahora que reconozco todo lo que había de orgullo en mi actitud, ahora que he crucificado mi eg idólatra puedo comprender cuanto de agresividad y falta de amor había en mi actitud hacia ellos. Por lo menos a nivel consciente he crucificado mi agresividad y el deseo de desquitarme por todo lo que he sufrido por causa de la ideología que algunos de mis hermanos consideran buena, instrumento de Dios, etc. Mi padre murió en Cuba a los 81 años, cinco años de gestiones no fueron suficientes para obtener un permiso de salida. Qué grande es la Palabra de Dios cuando dice: “El amor todo lo puede”, con el amor de Cristo todo es posible, por mí mismo no puedo perdonar.

2. Mi descubrimiento del hombre como imagen de Dios. He llegado a comprender que esta doctrina es el alfa y la omega, el fundamento y el objetivo de la evangelización. Todo hombre tiene una dignidad especial por ser imagen de Dios. El pecado ha deteriorado esa imagen, pero mediante la cruz de Cristo al hombre se le ha abierto la posibilidad de alcanzar el completamiento de su condición humana según el arquetipo que es Jesucristo (Efesios 4:13). Debo confesar que había leído, reflexionado y aún predicado sobre esta doctrina bíblica, pero todo a nivel que llamaría filosófico, como una especie de calistenia intelectual. Pero cuando pude vivenciar la realidad de quien era yo –imagen de Dios– y que mi prójimo era igual que yo, un pecador con la imagen por restaurar, ya no pude ser la misma persona. Debo también confesar que el impacto de esta convicción del Señor lo recibí mientras predicaba sobre el tema en mi Iglesia local. Al comprender que mi hermano neo–gnóstico o neo–fariseo tiene mi mismo problema. Al darme cuenta de la necesidad de verdadero arrepentimiento, por haberlo vivenciado, ahora me puedo acercar a mis hermanos opositores con amor y humildad. Quizás ellos también necesiten arrepentirse y es posible que mi ejemplo les lleve a esa convicción. Es mediante el arrepentimiento de pecado –sobre todo del pecado del orgullo– que Dios convierte en realidad subjetiva, en vivencia, el hecho objetivo de la cruz de Cristo.
Fue para mí motivo de alegría el poder comprobar que el Congreso Internacional de Evangelización Mundial, celebrado en Lausana, ratificó en el llamado Pacto de Lausana, conceptos fundamentales a los cuales el Señor me había conducido y que reproducimos a continuación: “La humanidad fue hecha a la imagen de Dios; consecuentemente, toda persona, sea cual sea su raza, religión color, cultura, clase, sexo o edad tiene una dignidad intrínseca a causa de la cual debe ser respetada y servida, no explotada. Expresamos además nuestro arrepentimiento tanto por nuestra negligencia como por haber concebido a veces la evangelización y la preocupación social como cosas que se excluyen mutuamente. Aunque la reconciliación con el hombre no es lo mismo que la reconciliación con Dios, ni el compromiso social es lo mismo que la evangelización, ni la liberación política es lo mismo que la salvación, no obstante afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano”.

3. Mi nueva comprensión de la evangelización. Antes creía que la evangelización estaba limitada a los inconversos. Ahora he llegado a comprender que evangélico no es aquel que ha ingresado en una determinada comunidad cristiana, sino aquel que vive bajo la autoridad de todo el Evangelio, tratando que éste se convierta en carne de su carne y sangre de su sangre. No en una perspectiva individualista, sino participando en una comunidad cristiana con una clara visión de que la misión de la Iglesia es colaborar con Dios para lograr la redención de todo el hombre y de todos los hombres. Luego yo definiría la evangelización como el proceso de introyección paulatina de la totalidad del Evangelio en la totalidad de nuestro ser. Es por eso que en el Vol. II me refiero a la conversión como un proceso. Yo tuve mi primera experiencia de conversión el 2 de Octubre de 1946, en Aguada de Pasajeros, Cuba, pero ahora me doy cuenta que me estoy convirtiendo en evangélico un poquitito cada día. Creo que desde 1946 he sido un cristiano, pero no necesariamente un cristiano evangélico en toda su integridad. Estoy en proceso de convertirme en evangélico integral. Sin mirar lo que queda atrás –como decía Pablo– prosigo al objetivo de lograr el completamiento de mi condición humana en Jesucristo, autor y consumador de la fe. La evangelización es necesaria para todos los hombres, creyentes o incrédulos. Para los primeros la evangelización consiste en mostrar la necesidad de continuar avanzando en el proceso. Para los segundos consiste en una invitación a dar los primeros pasos en el mismo proceso de completamiento en Cristo.
Para terminar este capítulo debo confesar que el Señor me ha utilizado como agente de evangelización durante más de veinte años y que los resultados han sido bastante buenos, pero a pesar de esa realidad considero que solo a partir de la vivencia de la cruz, en genuino arrepentimiento de pecado, se puede lograr la unidad que la Iglesia necesita hoy para emprender la tremenda tarea de la evangelización del mundo.

León, J. A. (1974). La comunicación del evangelio en el mundo actual (pp. 100–108). Buenos Aires, Argentina: Ediciones Pleroma.

 

Sinopsis

la-comunicacion-del-evangelio-en-el-mundo-actualEn esta obra el Dr. Jorge León abarca el tema de la comunicación del Evangelio en toda su integridad. Somos conscientes de que vivimos en una etapa de la historia de la iglesia que se caracteriza por la confusión y en la cual la iglesia misma es víctima inconsciente de una creciente secularización. Es necesario en este contexto, propone el Dr. León, que reconozcamos que vivimos en un mundo diferente y si bien el mensaje sigue siendo el mismo, la forma de comunicarlo debe adecuarse a las nuevas situaciones en que nos encontramos en nuestro tiempo. Señala también como el contexto de la Iglesia afecta sus actividades fundamentales para el logro de una evangelización efectiva.

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Detalles del Producto

  • Título: La comunicación del evangelio en el mundo actual
  • Autor: Jorge A. León
  • Publicadora: Ediciones Plemora
  • Fecha de Publicación: 1974

Una perspectiva bíblica del laicado.

Por:Van Engen

a1Tanto se ha escrito sobre el laicado que nos limitaremos a mencionar su importancia en relación a las congregaciones misioneras. Es aquí donde las ideas de David Watson nos son de mucha ayuda. Él dedica más de cincuenta páginas, en su libro Creo En La Iglesia, para hablar sobre el ministerio, la membresía y el liderazgo. Watson señala que la idea de dos clases de miembros en la iglesia no se puede justificar a través del Nuevo Testamento: «Todos los cristianos son sacerdotes y ministros, y esto es sumamente crucial si es que deseamos redescubrir los verdaderos conceptos de ministerio y liderazgo dentro de la iglesia».
El vocablo «laico» debe usarse en su sentido bíblico como «el Pueblo (griego laos) de Dios»; con distinción en cuanto a dones, función y manera de ministrar, pero sin distinción en cuanto a la santidad, el prestigio, el poder, el compromiso o la actividad misionera de los miembros. Hoy en día se usa con frecuencia el vocablo «laico» como un concepto opuesto al de «profesional». Si lo tomamos en ese sentido, el «laico» es la persona que solamente es un aficionado, un aprendiz, alguien que trata de hacer lo que puede pero que en verdad carece de conocimiento y experiencia. En cambio, el profesional es el que sabe, es el experto, la persona dedicada a ser competente en tal o cual vocación. No existe base bíblica para esta clase de distinción en la Iglesia. El uso de la palabra «laico» en ese sentido erróneo sólo ha servido para colocar al ministro «profesional» en un pedestal, como si estuviera «más cerca de Dios», más allá de los límites de santidad y de la actividad del Espíritu. La distinción entre el laico y el clero comenzó en el Siglo III, continuó durante la Reforma Protestante, y sigue aún vigente en las denominaciones protestantes hoy en día. Este es uno de los principales motivos de la reducción, la secularización y la pecaminosidad de la Iglesia.
El Nuevo Testamento insiste en que todo el pueblo de Dios es la Iglesia. Todos los miembros se unen para madurar hasta llegar a la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:15). Esa plenitud no es posible si sólo el 10 por ciento o unos cuantos miembros ejercen los dones y los ministerios a los cuales han sido llamados. Esa plenitud se logrará cuando el otro 90 por ciento ejerza también su ministerio. El verdadero significado del laicado es que todos los que están en Cristo sean nuevas criaturas. Las cosas viejas (distinciones de género, profesión, raza, cultura y economía) pasaron. Las barreras de separación se han destruido (2 Cor. 5:17). Todo aquel que cree en su corazón y confiesa con su boca que Jesús es el Señor es en verdad parte del laos de Dios. El Concilio Vaticano II enfatizó esta perspectiva de la Iglesia; una visión que ha causado gran impacto en toda la Iglesia Cristiana.

Van Engen, C. (2004). El pueblo misionero de Dios (pp. 165–166). Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío.

Necesidad del Evangelio

Autor: Antonio Cruz

a1El ser humano siempre ha tenido necesidad del mensaje evangélico. Sin embargo, en nuestros días lo precisa con más intensidad que nunca, aunque no sea consciente de ello. El ambiente de secularismo que ha forjado el mundo occidental, y que se vislumbraba como el marco ideal de la sociedad moderna, ha contribuido a desarraigar a las personas, porque ha provocado que éstas se olviden de su origen y que su destino individual o colectivo se disuelva en un mar de dudas e incertidumbres. Cuando no se cree en la existencia del Dios creador que está detrás del tiempo histórico y del espacio cósmico; cuando no se acepta que el universo tuvo un principio y tendrá un fin en el momento en que este Sumo Hacedor lo decida, el sentido profundo de la vida humana empieza a perderse poco a poco.

De manera que el secularismo, robándole al hombre su origen y su destino, le despoja de las principales coordenadas de referencia y le empuja al vacío infinito de la nada. Por el contrario, el Evangelio provee de identidad, arraiga a las criaturas en el mundo dando sentido y finalidad a su existencia.

De ahí que hoy, en los albores del siglo XXI, los seres humanos continúen necesitando a Dios a pesar de todas las apariencias. Como escribe González-Carvajal: “tal vez sea necesario ahondar un poco bajo la superficie, pero al final descubriremos que también el hombre actual tiene sed de Dios y languidece lejos de sus fuentes” porque, en realidad, las grandes preguntas de la condición humana siguen ahí sin que nadie aporte soluciones satisfactorias.

El hombre es por naturaleza un ser religioso porque, tal como se deduce de la revelación, fue diseñado así desde el principio. No ha existido nunca una gran civilización que no haya sido religiosa. Esto hace que cualquier experimento que pretenda mutilar la dimensión espiritual esté, de antemano, condenado al fracaso. La sociedad moderna intentó realizar la vieja utopía de crear la “ciudad secular”, en la que no tuviese cabida la fe ni la inquietud religiosa, pero tal ensayo se malogró. Harvey Cox, el profesor de teología de la Harvard Divinity School, escribió en 1965 un libro titulado: “La Ciudad Secular”3 en el que sostenía que la religión había dejado de ser necesaria para el habitante de las modernas tecnópolis. Si a Dios se le necesitaba en la tribu e incluso en la ciudad ahora, en el seno de las complejas tecnópolis, Dios había muerto para el hombre.

Sin embargo, casi veinte años más tarde, Cox se vio obligado a rectificar su opinión y escribir: “… el mundo de la religión en decadencia, al que se dirigía mi primer libro, ha empezado a cambiar de un modo que muy pocas personas podían prever.

Ha comenzado a hacer su aparición una nueva era que algunos llaman “postmoderna”. Nadie está absolutamente seguro de cómo será esta era postmoderna, pero una cosa parece estar clara: más que de una era de secularización rampante y decadencia religiosa, parece tratarse de una era de resurgimiento religioso y de retorno de lo sacro.”

La sinceridad de Cox viene a confirmar que la idea de la muerte de Dios es como una pesada carga que el ser humano no puede soportar. El hombre no puede vivir sólo de pan sino que necesita también la Palabra que le acerca a Dios.

Cruz, A. (1996). Postmodernidad: El Evangelio ante el desafío del bienestar (pp. 186–188). TERRASSA (Barcelona), España: Editorial CLIE.