¡La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para guiar a nuestros hijos es urgente.!

Autor: Alimentemos El Alma

¡La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para guiar a nuestros hijos es urgente.!

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<<Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. (2 Ti 3.15).>> Timoteo jamás podría olvidar la instrucción de su abuela Loida y su madre Eunice, estos fueron los cimientos de su fe cuando niño recibía atentamente las enseñanzas de “las Sagradas Escrituras”, que le revelaron y le enseñaron el camino de la salvación, que es por medio de la fe en Cristo Jesús.

Leemos cuán importante y necesario es para nuestros hijos enseñarles desde su niñez “las Sagradas Escrituras”. Nuestro amor debe de estar centrado y dirigido hacia el amor de Cristo, <<por quien todas las cosas fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. Juan 1:3>>.

Debemos luchar con la negligencia de ser padres irresponsables en la formación de nuestros hijos. Vivimos confundidos creyendo que es suficiente el cumplimiento de las obligaciones o las reglas que este mundo secularizado y humanista nos imponen como modelo en nuestros hogares.

Conocer las Sagradas Escrituras es imperativo en la formación de nuestros hijos porque son las únicas que nos darán la sabiduría necesaria para amar a nuestros hijos y criarlos de acuerdo a su propósito, ya que estas serán las que “te pueden hacer sabio para salvación por fe que es en Cristo Jesús”.

<<Y aconsejar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, (Tito 2.4).>> Hoy desafortunadamente no preparamos a nuestras hijas para que sean la ayuda idónea del hombre. Nuestros prejuicios y nuestra total falta de conocimiento bíblico de como criar a nuestras hijas las convierte en víctimas del feminismo, dentro de un sistema perverso creado para destruir por completo la familia.

Guiamos negligentemente a nuestras hijas para que compitan con el hombre, para que lo superen y no se dejen doblegar ante el machismo irreverente del todopoderoso, abusivo,  manipulador y pervertido «hombre»; pasando a segundo plano las responsabilidades del hogar y de sus hijos. Son princesas con la corona del Rey dispuestas a asumir cualquier rol dentro de esta sociedad sin valores y sin temor a Dios, donde el único objetivo es dominar a la par que el hombre.

La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para saber guiar a nuestros hijos es urgente. <<Debemos volver a los tiempos bíblicos donde las costumbres de las mujeres mayores, especialmente la de las madres eran instruir a sus hijas (especialmente a ser buenas madres). Tanto el judaísmo como los moralistas antiguos subrayaban que las esposas debían amar a sus maridos y cuidar de sus hijos. Muchas inscripciones en las tumbas resaltan estas características como la virtud que corona a una mujer. Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, Nuevo Testamento, Craig S. Keener.>>

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Cómo Leer La Biblia

Autor: Charles Haddon Spurgeon

Cómo Leer La Biblia

«¿No habéis leído? … ¿No habéis leído? …Y si supieseis qué significa.» — Mateo 12: 3-7

a1Los escribas y los fariseos eran grandes lectores de la Ley. Ellos estudiaban continuamente los libros sagrados, escudriñando cada palabra y cada letra. Tomaban notas de muy escasa importancia, aunque algunas de ellas eran notas muy

curiosas como: cuál era el versículo colocado exactamente a la mitad de todo el Antiguo Testamento, cuál era el versículo colocado a la mitad de la mitad, y cuántas veces aparecía una palabra, e incluso cuántas veces aparecía una letra, y el tamaño de la letra, y su posición única. Nos han legado un cúmulo de observaciones maravillosas sobre simples palabras de la Santa Escritura. La misma cosa pudieran haber hecho con cualquier otro libro, y la información habría sido tan importante como los hechos que han recogido muy laboriosamente en relación a la letra del Antiguo Testamento.Sin embargo, eran esforzados lectores de la Ley. Ellos iniciaron una discusión con el Salvador sobre un asunto tocante a esta Ley, pues la conocían como la palma de su mano y estaban preparados para usarla como un ave de rapiña usa sus garras para destrozar y despedazar.

Los discípulos de nuestro Señor habían arrancado algunas espigas de trigo, y las habían restregado con sus manos. De acuerdo a la interpretación de los fariseos, restregar una espiga de trigo es una especie de trilla, y como es prohibido trillar en el día de reposo, es por tanto prohibido restregar una espiga de trigo o dos cuando se está hambriento en la mañana del día de reposo.

Ese era su argumento, y con él y con su propia versión de la Ley del día de reposo, vinieron a ver al Salvador. El Salvador generalmente llevaba la guerra al campo enemigo, e hizo lo mismo en esta ocasión. Se encontró con ellos en su propio terreno, diciéndoles: «¿No habéis leído?» Una pregunta cortante para los escribas y fariseos, aunque aparentemente inocente. Era una pregunta razonable y apropiada que muy bien se podía hacer; pero piensen que se las estaba planteando a ellos. «¿No habéis leído?» «¡Leído!» podrían haber respondido, «nosotros hemos leído ese libro muchísimas veces. Siempre lo estamos leyendo. Ningún pasaje se escapa a nuestro ojo crítico.»

Sin embargo, nuestro Señor vuelve a hacerles la pregunta una segunda vez: «¿No habéis leído?» como si después de todo no la hubieran leído, aunque eran los más grandes lectores de la Ley, en su tiempo. Él insinúa que ellos no han leído del todo; y luego Él les da incidentalmente la razón del por qué les había preguntado si la habían leído. Él dice: «Si supieseis qué significa,» que era tanto como decir: «ustedes no han leído, porque no han entendido.» Sus ojos han visto las palabras, y han contado las letras, y han identificado la posición de cada versículo y de cada palabra, y han dicho sabias cosas acerca de cada uno de los libros y sin embargo ustedes ni siquiera son lectores del volumen sagrado, pues no han adquirido el verdadero arte de la lectura. Ustedes no entienden, y por lo tanto ustedes no leen verdaderamente. Ustedes simplemente pasan las páginas de la Palabra y las contemplan. No la han leído pues no la entienden.

I. Ese es el tema de este sermón, o, por lo menos, su primer punto. PARA UNA VERDADERA LECTURA DE LAS ESCRITURAS, DEBEMOS ENTENDERLAS.

Creo que no necesito iniciar estos comentarios diciendo que debemos leer las Escrituras. Ustedes saben cuán necesario es que nos alimentemos con la verdad de la Santa Escritura. ¿Acaso necesito preguntarles si leen la Biblia? Me temo que esta es una época en la cual se leen revistas, periódicos, pero no se lee la Biblia como se debería leer. En los tiempos de los puritanos, los hombres contaban con un escaso suministro de otro tipo de literatura, pero ellos encontraron una biblioteca completa en ese único libro, la Biblia. Y ¡cómo leían la Biblia!

¡Cuán poco de la Escritura hay en los sermones modernos comparados con los sermones de esos maestros de la teología, los puritanos! Casi cada frase que ellos dicen parece arrojar luces desde diferentes ángulos sobre el texto de la Escritura. No sólo sobre el texto acerca del cual estaban predicando, sino muchos otros versículos son contemplados bajo una nueva luz en el desarrollo del sermón. Ellos introducen luces entremezcladas procedentes de otros versículos que son paralelos o casi paralelos al texto predicado, y de esta manera educan a sus lectores para comparar lo espiritual con lo espiritual.

Yo le pido a Dios que nosotros los ministros nos acerquemos más al grandioso Libro antiguo. Seríamos predicadores capaces de instruir, si así lo hiciéramos, sin importar si somos ignorantes del «pensamiento moderno,» o no estamos «al tanto de los tiempos.» Les garantizo que estaríamos muchas leguas de distancia por delante de nuestro tiempo, si nos mantuviéramos muy cerca de la Palabra de Dios.

Y en cuanto a ustedes, hermanos y hermanas míos, que no tienen que predicar, el mejor alimento para ustedes es la propia Palabra de Dios. Los sermones y los libros están muy bien, pero los ríos que recorren una gran distancia sobre la tierra, gradualmente recogen algo de basura del suelo sobre el que fluyen y pierden la frescura que los acompañaba al salir del manantial. La verdad es más dulce cuando acaba de salir de la Roca abierta, pues ese primer chorro no ha perdido nada de su vitalidad ni de su carácter celestial. Siempre es mejor beber agua del pozo, que del tanque de almacenamiento. Ustedes se darán cuenta que leer la Palabra de Dios por ustedes mismos, leer esa Palabras más que comentarios y notas acerca de ella, es la manera más segura de crecer en la gracia. Beban la leche sin adulteración de la Palabra de Dios, y no la leche descremada, o la leche mezclada con agua proveniente de la palabra del hombre.

Ahora, queridos hermanos, nuestro punto es que mucha lectura aparente de la Biblia, no es verdaderamente lectura de la Biblia. Los versículos desfilan ante el ojo, y las frases se deslizan por la mente, pero no hay una verdadera lectura. Un viejo predicador solía decir que la Palabra tiene un poderoso cauce sin interrupciones en muchas personas hoy en día, pues entra por un oído y de inmediato sale por el otro. Lo mismo parece suceder con algunos lectores: pueden leer muchísimo, pero es porque no leen nada. El ojo mira, pero la mente no descansa nunca. El alma no se posa sobre la verdad ni se queda allí. Revolotea sobre el paisaje como podría hacerlo un pájaro, pero no construye ningún nido allí, ni encuentra descanso para la planta de su pie.

Ese tipo de lectura no es lectura. Entender el significado es la esencia de la verdadera lectura. La lectura contiene su carne jugosa y la piel es de poco valor. En la oración hay algo que podríamos describir como «orar en oración» una forma de orar que constituye las entrañas de la oración. De la misma manera, en la alabanza hay un «alabar en el canto,» un fuego interno de intensa devoción que constituye la vida del aleluya. También con el ayuno: hay un ayuno que no es ayuno, y hay un ayuno interior, un ayuno del alma, que es el alma del ayuno. Lo mismo sucede con la lectura de las Escrituras. Hay una lectura interior, la esencia de la lectura, una lectura verdadera y viva de la Palabra. Es el alma de la lectura; y si no está presente allí, la lectura se convierte en un ejercicio mecánico, que no beneficia en nada.

Ahora, queridos hermanos, a menos que entendamos lo que leemos, no hemos leído nada. El corazón de la lectura está ausente. Comúnmente condenamos a los católicos romanos porque conservan la misa en latín; sin embargo, da lo mismo que sea en latín o en cualquier otro idioma, si la gente no puede entender.

Algunos se consuelan a sí mismos con la idea que han llevado a cabo una buena acción cuando han leído un capítulo, pero cuyo significado no han entendido del todo. Pero ¿acaso la propia naturaleza no rechaza esto como mera superstición? Si hubieras colocado el libro al revés, y hubieras dedicado el mismo tiempo a leer las letras en esa posición, te habrías beneficiado tanto como si lo leyeras en la posición normal sin entenderlo.

Si tuvieran el Nuevo Testamento en griego, para muchos de ustedes sería imposible de entender, pero se beneficiarían de igual manera leyendo eso como si leyeran el Nuevo Testamento en español, a menos que lo leyeran con un corazón capaz de entenderlo. No es la letra la que salva al alma; la letra mata en muchos sentidos, y nunca puede dar la vida. Si insistes en quedarte sólo con la letra, puedes ser tentado a usarla como un arma en contra de la verdad, como lo hicieron los fariseos antiguamente, y tu conocimiento de la letra puede engendrar orgullo en ti, para tu propia destrucción.

Es por medio del espíritu o sea, el significado interno real que es absorbido por el alma, que somos bendecidos y santificados. Nos saturamos de la Palabra de Dios, como el vellón de Gedeón, que estaba remojado del rocío del cielo. Y esto sólo puede suceder cuando recibimos la Palabra en nuestras mentes y en nuestros corazones, aceptándola como la verdad de Dios, y entendiéndola de tal manera como para gozarnos en ella. Entonces debemos entenderla, o de lo contrario no la hemos leído correctamente.

De verdad, el beneficio de la lectura debe llegar al alma por el camino del entendimiento. Cuando el sumo sacerdote entraba al lugar santo siempre encendía el candelero de oro antes de quemar el incienso sobre el altar, diríamos que como para mostrar que la mente debe tener iluminación antes que los afectos puedan elevarse de manera apropiada hacia su objeto divino. Debe haber conocimiento de Dios antes de que pueda haber amor a Dios: debe haber un conocimiento de las cosas divinas, como son reveladas, antes de que pueda existir el gozo de ellas. Debemos procurar entender, en la medida que nuestra mente finita pueda captarlo, lo que Dios quiere decir con esto y con aquello; de lo contrario, podemos besar el Libro y no sentir ningún amor por sus contenidos, podemos reverenciar la letra y sin embargo no sentir ninguna devoción por el Señor que nos habla por medio de estas palabras.

Amados hermanos, nunca van a obtener consuelo para sus almas de una fuente que no entienden, ni van a encontrar ninguna guía para sus vidas de algo que no comprenden; ni ninguna aplicación práctica para su carácter podrá venir de lo que no es entendido por ustedes.

Entonces, si debemos entender de tal manera lo que leemos ya que de lo contrario habremos leído en vano, así se muestra que cuando nos acercamos al estudio de la Santa Escritura, debemos tratar de que nuestra mente esté muy despierta para esa lectura. No siempre estamos en condiciones, me parece a mí, de leer la Biblia. A veces haríamos bien en detenernos antes de abrir el volumen. «Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.» Acabas de hacer a un lado tus cuidados y tus ansiedades acerca de tus negocios en el mundo, y no puedes tomar ese libro y entrar en sus misterios celestiales de manera inmediata.

De la misma manera que pides una bendición para tus alimentos antes de comer, también sería una buena regla que pidieras una bendición para la palabra, antes de que participes de su alimento celestial. Pide al Señor que fortalezca tus ojos antes de que te atrevas a mirar la luz eterna de la Escritura. Así como los sacerdotes se lavaban sus pies en la fuente de bronce antes de dedicarse a su trabajo santo, así también sería bueno lavarse los ojos del alma con los que ves la Palabra de Dios, y también lavarse los dedos, si puedo expresarlo así (los dedos de la mente con los que pasas las páginas) para que puedas tratar de manera santa a un libro santo. Di a tu alma: «Alma mía, despierta: no estás a punto de leer un periódico; no estás pasando las páginas escritas por un poeta humano para que seas deleitado por su brillante poesía; te estás acercando a Dios, que se sienta en la Palabra al igual que un coronado monarca lo hace en sus salones.

Despierta gloria mía; que despierte todo lo que está dentro mí. Aunque ahora mismo no esté alabando y glorificando a Dios, estoy a punto de considerar eso que me llevará a hacerlo, y por lo tanto es un acto de devoción. Por tanto, debes estar alerta, alma mía: debes estar alerta, y no estés cabeceándote de sueño ante el majestuoso trono de Dios.»

La lectura de la Escritura es para nosotros la hora de la comida espiritual. Toquen el timbre y convoquen a cada una de sus facultades para que se reúnan en la propia mesa del Señor, para tener un banquete con el precioso alimento que está disponible para nosotros ahora; o, más bien, toquen la campana de la iglesia, llamando a la adoración, pues el estudio de la Santa Escritura debe ser algo tan solemne como cuando entonamos un salmo en el día del Señor, en los atrios de la casa del Señor.

Siendo así las cosas, ustedes comprenderán de inmediato, queridos amigos, que, si van a entender lo que leen, necesitan meditar acerca de esa lectura. Algunos pasajes de la Escritura son muy claros para nosotros: benditas aguas poco profundas por las que las ovejas pueden atravesar; pero hay profundidades en las que nuestra mente podría más bien ahogarse, antes que nadar con placer, si se acercara a esas aguas sin la debida precaución. Hay textos en la Escritura que están hechos y construidos a propósito, para hacernos pensar. Nuestro Padre celestial utiliza estos medios, entre otros, para educarnos para el cielo: haciéndonos analizar el camino hacia los misterios celestiales. Por eso Él nos presenta Su palabra de forma un poco complicada, para forzarnos a meditar en ella antes que descubramos su dulzura.

Ustedes saben que Él habría podido explicarnos un concepto de tal manera que lo pudiéramos entender en un minuto, pero no quiere hacerlo así en cada caso. Muchos de los velos que cubren la Escritura no están diseñados para encubrir su significado para los diligentes, sino para forzar la mente para que sea activa, pues a menudo la diligencia de corazón que busca entender la mente divina hace más bien al corazón, que el conocimiento mismo. La meditación y la reflexión nos ejercitan y fortalecen nuestra alma para poder recibir verdades más elevadas aún. He escuchado la historia de las madres en las Islas Baleares, que en tiempos antiguos, queriendo que sus hijos llegaran a ser buenos honderos, colocaban su comida en alto, donde no la pudieran alcanzar, por lo que tenían que utilizar su honda y lanzar una piedra para bajar el alimento. Nuestro Señor desea que seamos buenos honderos, y coloca alguna preciosa verdad en alto, donde no la podemos alcanzar, excepto utilizando nuestra honda; y, finalmente, damos en el blanco, y encontramos alimento para nuestras almas.

Entonces tenemos el doble beneficio de aprender el arte de la meditación y de participar de la dulce verdad que ha sido puesta a nuestro alcance por medio ella. Hermanos míos, debemos meditar. Estas uvas no van a producir vino a menos que caminemos sobre ellas. Estas aceitunas deben ser trituradas por la prensa, y aplastadas una y otra vez, para que puedan darnos su aceite. En un plato de nueces, ustedes pueden saber cuál nuez ha sido comida, pues hay un hoyito que el insecto ha perforado en la cáscara; solamente un hoyito, y luego, dentro, encontramos al bicho, comiéndose la nuez. Pues bien, es una cosa grandiosa perforar la cáscara de la letra, para luego vivir dentro, alimentándonos de la nuez. Quisiera ser un gusanito así, que pudiera vivir dentro alimentándome de la Palabra de Dios, habiendo perforado el hoyito en la cáscara, y habiendo alcanzado el misterio más profundo del bendito Evangelio.

La Palabra de Dios es siempre más preciosa para el hombre que vive mayor tiempo en ella. El año pasado estaba sentado bajo un árbol de haya muy frondoso, y sentí placer al observar con mucha curiosidad, los hábitos singulares de ese árbol tan maravilloso, que parece poseer una inteligencia que otros árboles no tienen. Me sorprendía y me maravillaba la haya, pero luego pensé: yo no valoro tanto a esta haya como aquella ardilla. La veo brincar de rama en rama, y estoy seguro que la ardilla valora grandemente a esa vieja haya, porque tiene su hogar en un hoyo en algún lugar del árbol, y estas ramas son su abrigo, y la fruta que produce el árbol es su alimento. La ardilla vive en el árbol. Es su mundo, es el lugar donde juega, es su granero, es su hogar; ciertamente, el árbol es todo para la ardilla, en cambio para mí no lo es, pues yo tengo mi descanso y mi alimento en otro lado. Deberíamos de ser como ardillas en relación a la Palabra de Dios: vivir en ella, y vivir de ella. Ejercitemos nuestras mentes saltando en ella de rama en rama, encontrando nuestro alimento y nuestro descanso en ella, y haciendo de ella nuestro todo en todo. Nosotros seremos los que más nos beneficiaremos de ella, si la convertimos en nuestro alimento, nuestra medicina, nuestro tesoro, nuestra armadura, nuestro descanso, nuestra delicia. Que el Espíritu Santo nos lleve a hacer esto y que haga que la Palabra sea muy preciosa para nuestras almas.

Amados hermanos, a continuación quiero recordarles que para este propósito debemos ser forzados a orar. Es algo grandioso ser llevados a pensar, pero es más grandioso aún, ser guiados a orar después de haber sido llevados a pensar. ¿Acaso no me estoy dirigiendo a algunos de ustedes que no leen la Palabra de Dios, y acaso no estoy hablando a muchos más que la leen, pero no la leen con la fuerte voluntad de entenderla? Yo sé que así es. ¿Quieren empezar a ser verdaderos lectores? ¿Se van esforzar de ahora en adelante por entenderla? Entonces deben caer de rodillas. Deben implorar la dirección de Dios. ¿Quién es el que mejor entiende un libro? Su autor. Si quisiera estar seguro del verdadero significado de una frase más bien enredada, y su autor viviera cerca de mí y pudiera visitarlo, tocaría a su puerta y le preguntaría: «¿Sería tan amable de explicarme el significado de esa frase? No tengo ninguna duda que su frase es muy clara, pero yo soy tan ignorante que me resulta difícil interpretarla. No tengo ni el conocimiento ni el dominio del tema que usted posee, y por lo tanto sus alusiones y descripciones están fuera del alcance de mi conocimiento. Para usted no es difícil y es más bien un lugar común, pero es muy difícil para mí. ¿Sería tan amable de explicarme su significado?»

Un hombre de bien sería feliz de ser tratado así, y no tendría problemas en descubrir al lector honesto, lo que quiso decir. Así, tendría la certeza de haber entendido el significado correcto, pues habría ido al origen, es decir, habría consultado al propio autor.

Entonces, amados hermanos, el Espíritu Santo está con nosotros, y cuando tomamos Su libro, y necesitamos saber lo que quiere decir, debemos pedirle al Espíritu Santo que nos revele su significado. Él no hará un milagro, pero elevará nuestras mentes, y nos sugerirá pensamientos que nos van a guiar hacia delante, por medio de una mutua relación natural, hasta que al fin llegaremos a la esencia y al corazón de la instrucción divina. Busquen de verdad la guía del Espíritu Santo, pues si el alma verdadera de la lectura es el entendimiento de lo que leemos, entonces debemos implorar al Espíritu Santo que descubra los secretos misterios de la Palabra inspirada.

Si pedimos que el Espíritu Santo nos guíe y nos enseñe, se entiende, queridos amigos, que estaremos preparados para usar todos los medios y ayudas disponibles para entender la Escritura. Cuando Felipe le preguntó al eunuco etíope si podía entender la profecía de Isaías, él respondió: «¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?» Entonces Felipe subió y se sentó con él y le explicó la Palabra del Señor. Algunas personas pretenden ser enseñadas por el Espíritu de Dios y rehúsan recibir ninguna instrucción ni de libros ni de persona alguna. Esto no honra al Espíritu de Dios; es una falta de respeto hacia Él, pues Él da a algunos de sus siervos más luz que a otros (es claro que lo hace así) quienes a su vez tienen la obligación de dar esa luz a otros, y usarla para el bien de la iglesia. Pero si la otra parte de la iglesia rehúsa recibir esa luz, ¿con qué objeto entonces dio el Espíritu de Dios esa luz?

Esto implicaría que hay un error en algún punto en la economía de los dones y las gracias, administrada por el Espíritu Santo. Eso no puede ser. El Señor Jesucristo quiere dar más conocimiento de Su palabra y más profundidad de visión a unos de sus siervos más que a otros, y a nosotros nos corresponde aceptar gozosamente el conocimiento que Él da, de la manera que Él elija darlo. Sería muy perverso de parte nuestra decir: «No aceptaremos el tesoro celestial que está contenido en vasos de barro. Si Dios quiere darnos el tesoro celestial, directamente de Su mano pero no por medio de vasos de barro, lo aceptaremos; pero pensamos que somos demasiado sabios, nuestra mente es sumamente celestial, somos demasiado celestiales para que nos interesen esas joyas que están colocadas en vasijas de barro. No escucharemos a nadie, y no leeremos nada, excepto el propio Libro, ni tampoco aceptaremos ninguna luz, excepto la que se desliza por las hendiduras de nuestro propio techo. No queremos ver si tenemos que utilizar la vela de alguna persona, preferimos permanecer en la oscuridad.»

Hermanos, no caigamos en esa insensatez. Si la luz viene de Dios, aunque la traiga un niño, la aceptaremos con gozo. Si cualquiera de Sus siervos, ya sea Pablo o Apolos o Cefas, ha recibido luz que viene de Él, he aquí, «todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.» Por tanto, aceptemos la luz que Dios ha encendido, y pidamos la gracia para hacer brillar esa luz sobre la Palabra de tal forma que cuando la leamos, podamos entenderla.

No deseo decir nada más sobre esto, pero me gustaría recalcar esto para algunos de ustedes. Ustedes tienen la Biblia en su casa, yo sé; no les gustaría estar sin la Biblia, podría pensarse que son paganos si no tuvieran la Biblia. Tienen la Biblia muy bien encuadernada, y son volúmenes que se ven preciosos: no se ven muy usadas, no han sido leídas, y no es muy probable que sean leídas, pues sólo se sacan el día domingo para que les dé el aire, y permanecen en el guardarropa junto con el pañuelo del traje, todo el resto de la semana. Ustedes no leen la Palabra, no la escudriñan, y ¿cómo esperan recibir la bendición divina?

Si el oro del cielo no es digno de ser buscado, difícilmente va a ser encontrado por ustedes. Muy a menudo les he repetido que el acto de escudriñar las Escrituras no es el camino de la salvación. El Señor ha dicho: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.» Pero aun así, la lectura de la Palabra, lo mismo que el oírla, a menudo lleva a la fe, y la fe trae salvación; ya que la fe viene por el oír, y la lectura es una forma de escuchar. Mientras están investigando para saber qué es el Evangelio, puede agradar a Dios dar la bendición a sus almas. Pero qué pobremente leen la Biblia algunos de ustedes.

No quiero decir algo que sea muy severo, si no es estrictamente la verdad. Que hablen sus propias conciencias, pero quiero hacer una pregunta muy osada: ¿acaso no leen la Biblia, muchos de ustedes, de una manera muy apresurada, leen sólo un poquito y luego la hacen a un lado? ¿Acaso no olvidan pronto lo que han leído, y pierden el poco efecto que pudo haber tenido la lectura? Cuán pocos de ustedes están decididos a llegar hasta el alma de ella, hasta su vida, su esencia, y beber de su significado. Pues bien, si no hacen eso, les digo de nuevo que la lectura de ustedes es una lectura miserable, muerta, que no produce beneficio alguno; ni siquiera la podemos llamar lectura, ese nombre no podría aplicarse. Que el Espíritu bendito les dé el arrepentimiento en lo tocante a este tema.

II. Ahora, en segundo lugar, y de manera muy breve, observemos que EN LA LECTURA DEBEMOS BUSCAR LA ENSEÑANZA ESPIRITUAL DE LA PALABRA. Creo que eso está contenido en mi texto, porque nuestro Señor dice: «¿No habéis leído?»…Y luego, nuevamente: «¿No habéis leído?» y luego dice: «Y si supieseis qué significa» y el significado es algo muy espiritual. El texto que citaba es: «Misericordia quiero, y no sacrificio,» un texto tomado del profeta Oseas. Ahora, los escribas y los fariseos enfatizaban la letra: el sacrificio, degollar el ganado y rituales parecidos. Ellos pasaban por alto el significado espiritual del pasaje: «Misericordia quiero, y no sacrificio,» es decir, que Dios prefiere que nos preocupemos por nuestros semejantes más que por el cumplimiento de cualquier ceremonial de Su Ley, y que al dar prioridad a su observación, hagamos pasar hambre o sed o causemos la muerte a cualquiera de las criaturas que Sus manos han hecho. Deberían haber ido más allá de lo exterior hacia lo espiritual, y todas nuestras lecturas deben hacer lo mismo.

Observen que este es el caso cuando leemos los pasajes históricos. «¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre; cómo entró en la casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?» Este es un texto histórico que ellos deberían haber leído de tal manera que pudieran haber encontrado su enseñanza espiritual

He oído a algunas personas insensatas que dicen: «Pues a mí no me interesa leer las partes históricas de la Escritura.» Queridos amigos, no tienen la menor idea de lo que están diciendo. Les digo por experiencia que muchas veces he encontrado mayor profundidad espiritual en las historias, que la que he encontrado en los Salmos. Ustedes dirán: «¿Cómo es eso?» Yo afirmo que cuando se alcanza el significado íntimo y espiritual de una historia, uno se sorprendería a menudo de la maravillosa claridad, la fuerza viva con que la enseñanza penetra en el alma. Algunos de los más maravillosos misterios de la revelación, pueden entenderse mejor cuando son explicados de forma visual en las historias, que cuando son presentados en forma de una declaración verbal.

Cuando tenemos una definición que explica una ilustración, la ilustración expande y da vida a la definición. Por ejemplo, cuando el propio Señor quiso explicarnos qué es la fe, hizo referencia a la historia de la serpiente de bronce; y quién, que no haya leído alguna vez la historia de la serpiente de bronce, no ha sentido que ha comprendido mejor la fe por medio del cuadro de las personas que están muriendo por las mordeduras de las serpientes, pero que finalmente viven al contemplar la serpiente de bronce. Este cuadro tiene mayor fuerza que cualquier descripción que el propio Pablo nos haya dado, independientemente de cuán maravillosas son las definiciones y las descripciones de Pablo.

Les suplico que nunca desprecien las porciones históricas de la Palabra de Dios, sino que cuando no puedan derivar ningún bien de ellas, digan: «Esto se debe a mi cabeza dura y a mi corazón lento. Oh Señor, dígnate aclarar mi cerebro y limpiar mi alma.» Cuando Él responda esa oración, ustedes van a sentir que cada porción de la Palabra de Dios es dada por inspiración, y es y debe ser de utilidad para ustedes. Exclamen: «Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.»

Lo mismo es exactamente válido en lo relativo a todos los preceptos ceremoniales, porque el Salvador continúa diciendo: «¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?» No hay ni un solo precepto de la antigua Ley que no tenga un sentido y un significado profundos. Por lo tanto, no evitemos la lectura del libro de Levítico, ni digamos: «Yo no puedo leer estos capítulos de los libros de Éxodo ni de Números. Tienen que ver con las tribus y con sus estandartes, con las diversas etapas en el desierto y los correspondientes altos en la marcha, el tabernáculo y todo lo que contiene, o acerca de corchetes de oro y vasos de oro, y tablas, y basas, y piedras preciosas, y azul y púrpura y lino fino.» No, pero hay que buscar su significado íntimo. Escudriñen de manera exhaustiva; pues al igual que con el tesoro de un rey, lo más precioso es lo más protegido y difícil de encontrar. Lo mismo sucede con las Santas Escrituras.

¿Han ido alguna vez al la biblioteca del Museo Británico? Hay muchos libros de referencia allí, que el lector puede tomar cuando quiera. Hay otros libros para los que se necesita llenar una tarjeta, y no puede uno tomarlos si no la ha llenado previamente; pero hay allí un grupo selecto de libros que no podrán verse si no se obtiene una orden especial, y esto sólo después de quitar la llave de las puertas, de abrir cajones y ante la presencia de un vigilante que siempre está presente mientras se lleva a cabo la inspección del libro. Escasamente se te permite fijar tus ojos en el manuscrito, por temor de que se borre una letra mientras se la está mirando. Es un tesoro tan precioso. No hay ninguna otra copia en todo el mundo, y por lo tanto no es fácil su acceso. De la misma manera hay doctrinas de Dios, selectas y preciosas, que están encerradas en cajas que se llaman Levítico o el Cantar de los Cantares, y no puedes acercarte a ellos si no abres ciertas puertas; y el propio Espíritu Santo debe estar contigo, o de lo contrario nunca vas a encontrar el tesoro precioso.

Las verdades más elevadas están muy bien escondidas, como los tesoros reales de los príncipes; por lo tanto debes escudriñar cuando lees. No te quedes satisfecho cuando leas un precepto ceremonial hasta que no alcances su significado espiritual, pues esa es la verdadera lectura. No habrás leído mientras no hayas entendido el espíritu del tema.

Lo mismo sucede con las expresiones doctrinales de la Palabra de Dios. He observado con tristeza a algunas personas que son muy ortodoxas, y que pueden repetir su credo con mucha fluidez, y sin embargo el uso principal que dan a su ortodoxia es el de sentarse y observar detenidamente al predicador con el fin de encontrar un motivo de crítica en su contra. ¡Ha pronunciado una sola frase que es considerada como un mínimo desvío del estándar! «Este hombre no tiene sana doctrina. Ha dicho algunas cosas buenas, pero en el fondo está podrido, estoy seguro. Usó una expresión que no era categóricamente pura.» Para estos queridos hermanos a los que me refiero, la predicación tiene que tener algo más que el siclo del santuario. Algo menor, ya no es suficiente. Su conocimiento es utilizado como un microscopio para hacer grandes las pequeñas diferencias. No dudo en afirmar que me he encontrado personas que

«Pueden dividir un cabello
Y descubrir la línea que divide
Su parte oeste de la parte noroeste,»

en asuntos de teología, pero que no saben nada del verdadero significado de las cosas de Dios. Nunca las han bebido de tal manera que lleguen a sus almas, sino que sólo las han sorbido en sus bocas para luego escupirlas sobre otros.

La doctrina de la elección es una cosa, pero saber que Dios te ha predestinado a ti, y tener su fruto en buenas obras a las cuales has sido ordenado, es algo muy diferente. Hablar del amor de Cristo, hablar del cielo que ha sido destinado para Su pueblo, y cosas semejantes, todo eso está muy bien. Pero esto puede hacerse sin tener un conocimiento personal de esas cosas.

Por tanto, queridos hermanos, nunca debemos estar satisfechos si sólo poseemos una doctrina sana, sino que debemos anhelar tenerla grabada en las tablas de nuestro corazón. Las doctrinas de la gracia son buenas, pero es mejor aún la gracia de las doctrinas. Busquen obtenerla, y no estén contentos con la idea de que han sido instruidos hasta tanto no hayan entendido la doctrina de tal manera que hayan sentido su poder espiritual.

Esto nos hace comprender que, para lograr esto, necesitamos sentir que Jesús está presente con nosotros siempre que leamos la Palabra de Dios. Fíjense en ese versículo cinco, que ahora quiero presentar a ustedes como parte de mi texto, y que hasta ahora no había mencionado. «¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa? Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.» Ay, ellos tenían un alto concepto acerca de la letra de la Palabra, pero desconocían que Él estaba allí, el Señor del día de reposo, el Señor del hombre y el Señor de todo.

Oh, cuando hayan aprendido una doctrina, o una ordenanza, o cualquier cosa que sea externa en la letra, pidan al Señor que los haga sentir que hay algo más grande que el libro impreso, y algo mejor que la simple cáscara de esa doctrina. Hay una Persona que es más grande que cualquier otra, y a Él debemos clamar para que esté siempre con nosotros. «Oh, Cristo viviente, haz que esto sea una palabra viva para mí. Tu palabra es vida, pero no si el Espíritu Santo no está allí. Yo puedo conocer Tu libro de principio a fin, y repetirlo de memoria de Génesis a Apocalipsis, y sin embargo puede ser un libro muerto, y yo un alma muerta. Pero, Señor, te pido que estés presente aquí; entonces en el libro voy a mirar al Señor; en el precepto voy a verlo a Él que lo cumplió; en la ley voy a mirarlo a Él que la honró; en la amenaza voy a verlo a Él que la soportó por mí, y en la promesa lo miraré a Él que es el ‘Sí y el Amén.'»

Ah, entonces veremos el Libro de manera diferente. Él está aquí conmigo en mi habitación: no debo tomarlo con ligereza. Él se inclina sobre mí, señala con Su dedo las líneas, y puedo ver Su mano traspasada. Voy a leer el Libro como si estuviera en Su presencia. Voy a leerlo sabiendo que Él es su sustancia, que Él es la prueba de este libro y también su escritor. Él es la suma de esta Escritura y también su autor. ¡Esa es la forma en que los verdaderos estudiantes se vuelven sabios! Podrán encontrar el alma de la Escritura cuando puedan conservar a Cristo con ustedes mientras están leyendo.

¿Acaso no han oído nunca un sermón que les ha hecho sentir que si Jesús hubiera descendido a ese púlpito mientras el predicador estaba hablando, le habría dicho: «Deja el púlpito, deja el púlpito; no tienes nada que hacer aquí. Yo te envié para que predicaras acerca de Mí, y tú estás hablando acerca de una docena de cosas diferentes. Vete a casa y aprende de Mí, y ven después a predicar.» Un sermón que no lleve a Cristo, o del que Jesucristo no sea el principio y el fin, es un tipo de sermón que hará reír a los diablos en el infierno, y llorar a los ángeles del cielo, si fueran capaces de tales emociones.

Ustedes recuerdan la historia de ese hombre de Gales que escuchó predicar a un joven, un sermón muy bueno, un sermón grandioso, pomposo, muy elevado; y cuando hubo terminado de predicar, le preguntó al hombre de Gales qué le había parecido. El hombre le respondió que no le había parecido nada bueno. «¿Y por qué no?» «Porque Jesucristo no estaba allí.» «Bien,» dijo el predicador, «pero mi texto no parecía estar orientado a eso.» «No importa,» dijo el hombre de Gales, «tu sermón debía estar orientado a eso.» «No me parece así,» dijo el joven predicador. «No,» dijo el otro, «todavía no sabes cómo predicar. Así es como se debe predicar. Desde cada pequeño pueblo de Inglaterra, sin importar dónde se encuentre, ciertamente hay un camino que lleva a Londres. Puede ser que no haya ningún camino hacia otros lugares, pero con toda certeza hay un camino a Londres. Ahora, desde cada texto de la Biblia hay un camino que conduce a Jesucristo, y la forma de predicar es decir simplemente ‘¿cómo puedo ir desde este texto hasta Jesucristo?’ y luego predicar a lo largo de ese camino.» «Bien, pero,» replicó el joven predicador, «supongamos que encuentro un texto que no tiene un camino que conduce a Jesucristo.» «Yo he predicado durante cuarenta años,» dijo el viejo predicador, «y nunca me he encontrado con un texto así, pero si alguna vez me encontrara con uno, haría cualquier cosa pero llegaría a Él, pues nunca concluiría un sermón sin predicar a mi Señor.»

Tal vez ustedes piensan que he ido un poco lejos hoy, pero estoy persuadido que no es el caso, pues tenemos el versículo seis, que trae al Señor de manera sumamente dulce, poniéndolo al frente de ustedes, lectores de la Biblia, para que no piensen en leer sin sentir que Él está aquí, el Dios y Señor de todo lo que ustedes están leyendo, y que hará que estas cosas sean preciosas para ustedes si pueden verlo a Él en todas ellas. Si no pueden encontrar a Jesús en las Escrituras, no nos servirán de mucho, pues ¿qué fue lo que el propio Señor dijo? «Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna, y no queréis venir a mí para que tengáis vida»; por lo tanto el ejercicio de escudriñar, se convierte en nada; no encuentran ninguna vida, y permanecen muertos en sus pecados. Esperemos que esto no ocurra con nosotros.

III. Para concluir, UNA LECTURA DE LA ESCRITURA DE ESTA FORMA, que implica entender y penetrar en su significado espiritual, y descubrir la Persona divina que es el significado espiritual, ES PROVECHOSA, pues el Señor dice: «Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.»

Si llegáramos a entender la palabra de Dios, nos evitaríamos muchísimos errores, y entre otras cosas buenas, no condenaríamos a los inocentes. No dispongo de mucho tiempo para hablar de estos beneficios, pero sólo diré, resumiendo, que la lectura diligente de la Palabra de Dios, hecha con la firme intención de entender su significado, a menudo engendra la vida espiritual. Somos engendrados por la Palabra de Dios: es el instrumento de la regeneración. Por tanto, amen su Biblia. Manténganse cerca de su Biblia. Ustedes, pecadores que buscan, ustedes que están buscando al Señor, lo primero que deben hacer es creer en el Señor Jesucristo; pero mientras aún están en tinieblas y en oscuridad, ¡oh, amen su Biblia y escudríñenla!

Llévenla a la cama con ustedes, y cuando se despierten en la mañana, si aún es demasiado temprano para bajar y hacer ruidos que despierten a los demás, quédense arriba leyendo durante media hora. Digan: «Señor, guíame a ese texto que será de bendición para mí. Ayúdame a comprender cómo puedo ser yo, un pobre pecador, reconciliado contigo.» Recuerdo cómo, cuando yo estaba buscando al Señor, recurrí a mi Biblia, y al libro de Baxter «Llamado a los Incrédulos,» y al libro de Alleine «Alarma,» y al libro de Doddridge «Origen y Progreso,» pues me decía a mí mismo: «Tengo miedo de perderme, pero quiero saber por qué. Temo que nunca voy a encontrar a Cristo, pero no será porque no lo haya buscado.» Ese temor me perseguía constantemente, pero dije: «Lo voy a encontrar, si es que puede ser encontrado. Voy a leer. Voy a pensar.» Nunca ha habido un alma que haya buscado sinceramente a Jesús en la palabra, que no se haya encontrado pronto con la preciosa verdad que Cristo estaba disponible muy cerca, y que no necesitaba ser buscado; Él estaba realmente allí, sólo que ellos, pobres criaturas ciegas, estaban metidos en tal laberinto que no lo podían ver en ese momento. Oh, aférrate a la Escritura. La Escritura no es Cristo, pero es la clave que te conducirá a Él. Sigue fielmente su guía.

Cuando hayan recibido la regeneración y una nueva vida, sigan leyendo, porque les traerá consuelo. Verán más de lo que el Señor ha hecho por ustedes. Aprenderán que han sido redimidos, adoptados, salvados y santificados. La mitad de los errores del mundo se originan en la gente que no lee la Biblia. ¿Podría creer alguien que el Señor permitiría que uno de sus queridos hijos pereciera, habiendo leído un texto como éste: «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano»? Cuando leo eso, estoy seguro de la perseverancia final de los santos. Lean, pues, la Palabra de Dios y eso les traerá mucho consuelo.

También les servirá de alimento. Es su alimento a la vez que su vida. Escudríñenla, y se fortalecerán en el Señor y en el poder de Su fuerza.

También les servirá de guía. Estoy seguro que quienes más se apegan al camino recto, son los que se mantienen más cerca del libro. A menudo cuando no saben qué hacer, verán que un texto sale del libro diciendo: «Sígueme.» Algunas veces he visto una promesa que brilla ante mis ojos, de la misma manera que brillan las lámparas de un edificio público. A un toque de la llama, una frase o un designio resplandecen. He visto a un texto de la Escritura brillar de esa manera para alumbrar mi alma; entonces he sabido que ha sido la Palabra de Dios para mí, y he continuado mi camino lleno de gozo.

Oh, y tú encontrarías mil ayudas provenientes de ese libro maravilloso, si sólo lo leyeras; pues al entender mejor las palabras, lo valorarás más, y, conforme envejezcas, el libro crecerá contigo, y se convertirá en un manual de devoción de cabellos canos, como antes fue un dulce libro de historias para niños. Sí, siempre será un libro nuevo, una Biblia tan nueva como si hubiera sido impresa ayer, y nadie hubiera visto ninguna de sus palabras hasta este momento; y sin embargo será más preciosa por todos los recuerdos que se congregan a su alrededor. Conforme pasamos sus páginas, con qué dulzura recordamos pasajes de nuestra historia que nunca se olvidarán ni en la eternidad, sino que permanecerán entremezclados con las promesas llenas de gracia.

Amados hermanos, el Señor nos enseña a leer Su libro de la vida que ha abierto ante nosotros aquí abajo, para que podamos leer nuestros títulos claramente en ese otro libro de amor que todavía no hemos visto, pero que será abierto en el último gran día. Que el Señor esté con ustedes, y los bendiga.

La Biblia y la sexualidad

Autor: Juan Stam

Agradezco mucho la invitación de participar en este foro y felicito a las entidades que lo patrocinan.  Difícilmente habría un tema más urgente para la problemática de nuestra sociedad hoy.  Voy a organizar mis comentarios bajo dos temas: la teología del cuerpo físico y la teología de la sexualidad.La Biblia y la sexualidad[1]

 

La teología bíblica del cuerpo físico[2] 

a1Desde su primera página, la Biblia insiste en el valor positivo de toda la creación material.  Según el primer relato de la creación (Génesis 1:1-2:4a), siete veces Dios declara “bueno” el mundo material que va creando (la luz 1:3; tierra y mar 1:10; vegetación 1:12; astros 1:18; peces y aves 1:21; animales 1:25; humanidad 1:31).  La última, después de la creación del ser humano, califica “todo lo que había hecho” Dios como “bueno en gran manera”.  Frente a mitologías contemporáneas que atribuían el origen del mundo a pleitos y caprichos de los dioses, o filosofías antiguas que despreciaban la materia y el cuerpo, la tradición hebrea afirmaba enfáticamente lo bueno de la realidad creada.

Esta afirmación de la materia y del cuerpo se refleja a través de las escrituras hebreas en la franqueza y la naturalidad con que tratan los temas biológicos y las funciones fisiológicas, tanto que nuestros modernos traductores a veces lo encubren con eufemismos menos chocantes a la sensibilidad occidental.  Se expresa, también, en una muy simpática anécdota del Talmud.  Parece que un día el Rabí Hilel estaba enseñando a sus discípulos y se le vino la necesidad urgente de ir al baño.  Cuando pidió permiso de ausentarse, sus discípulos, un poco picarescos, le preguntaron, “¿Y a dónde te diriges?”  Su respuesta los sorprendió: “Voy a cumplir un precepto divino”.  “¿Eso es un precepto divino?”, le preguntaron.  Y contestó: “Sí, el de cuidar el cuerpo”, porque Dios lo creó y lo declaró bueno.[3]

Es importante recordar que el pensamiento hebreo no admitía ninguna dicotomía dentro de la persona humana.  El dualismo de cuerpo y alma, o la tricotomía de cuerpo, alma, y espíritu, no vinieron de la enseñanza bíblica sino de filosofías griegas.  Al traducir los términos hebreos de Ruach (viento, aliento) y Nefesh (vida) por pneuma y psujé, respectivamente, en las escrituras cristianas, el dualismo extra-bíblico invadió al cristianismo por la tendencia de entender los términos en su sentido griego en lugar de su original sentido bíblico.[4]  Esa infiltración condujo a una exaltación del espíritu o del alma racional y un desprecio al cuerpo. En la antropología hebrea, cuerpo y espíritu son inseparables y merecen igual respeto.

Un cántico a la vida del cuerpo es el libro de Cantares, en contraste con los constantes esfuerzos de espiritualizar su mensaje.  Describe detalladamente el cuerpo femenino (4:1-5) y masculino (5:10-16) con gran realismo y erotismo.  El libro respira “el placer de saberse cuerpo digno de ser cantado”.[5]  Bien comenta Elsa Tamez que sería imposible imaginar Cantares “sin cuerpos, caricias y besos, pero tampoco se puede deleitar la lectura del texto pasando por alto la fertilidad de la tierra, la frescura de las frutas y la belleza de los animales”.[6]  En las escrituras, la teología de la creación es de una sola pieza.

El cuerpo tiene central importancia también en las escrituras cristianas.  El anuncio de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret era que el Reino de Dios se había acercado.  Los discípulos llegaron a percibir que Dios mismo estaba presente en este extraordinario Galileo, presente de manera única en una vida humana y en un cuerpo físico.  El autor del cuarto evangelio lo describió como una encarnación (“El Verbo era Dios…y el Verbo fue hecho carne”, Jn 1:1,14).  Mucho de la actividad del Mesías consistía en sanar los cuerpos, alimentarlos, y dignificarlos.  En su cuerpo de carne y hueso, según el evangelio cristiano, nos redimió por la entrega de ese cuerpo en la Cruz (cf. Romanos 8:3-4).  Y con su cuerpo resucitó, se presentó a sus discípulos, caminaba con ellos y comía con ellos. San Pablo describe el cuerpo de los fieles como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 3:16-17; 6:19-20).  Y todo el Nuevo Testamento promete también la resurrección final del cuerpo como triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.  Después el libro de Apocalipsis termina con la promesa de una nueva creación, de cielo y tierra (Apoc 21-22).  Todas esas enseñanzas pueden ser muy discutibles, pero dejan más allá de toda duda la importancia decisiva del cuerpo en las escrituras cristianas.

 

     Especialmente significativo al respecto es el prólogo del cuarto evangelio (Juan 1:1-18).  El autor comienza con una terminología muy familiar y querida por los círculos filosóficos de la época en Asia Menor: la doctrina del Lógos.[7]  El Logos era la primera emanación de dios (theós), junto con sabiduría (sofía), virtud (areté) y otras.  Pero ni dios ni ninguno de ellos tenían la menor relación con la materia, mucho menos la habían creado.  La materia la creó una emanación muy inferior, mal nacida, llamada “el Demiurgo”.  Por eso, en esas filosofías (sobre todo neoplatonismo y después gnosticismo), el Logos servía precisamente para aislar a dios de todo lo material y físico.

 

Pero después de haber apropiado así el lenguaje del Logos, el autor refuta toda esa filosofía con dos contradicciones rotundas.  Primero, afirma que todo fue creado por el Logos (no por el despreciado Demiurgo); nada del mundo material fue creado sin él (Juan 1:3-4,10).  Segundo, y mayor escándalo, ese mismo Verbo no sólo creó todo lo material sino él mismo también se hizo carne, se hizo cuerpo físico y material (Juan 1:14).  Era la refutación más contundente del idealismo anti-materialista de esas filosofías.  Como mucho pensamiento bíblico, este enfoque tan realista podría llamarse una especie de “materialismo histórico”, pero jamás “idealismo anti-materialista”.  Aunque ese idealismo abstracto es en realidad lo más opuesto al enfoque bíblico, lamentablemente a través de los siglos ha dominado mucho de la teología cristiana.

 

La teología bíblica de la sexualidad

 

Los dos relatos de la creación al inicio del Génesis (1:1-2:4a; 2:4b-25) dan un lugar prominente a la sexualidad.  Cuando el relato sacerdotal describe la creación humana a la imagen y semejanza de Dios, agrega que “hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27).  De eso entendemos que la condición sexuada, tanto de la mujer como del hombre, pertenece a la esencia de la imagen de Dios en el ser humano.  En seguida el Creador pronuncia su bendición sobre esa sexualidad y da un mandamiento sexual: “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla” (1:28).  Es obvio en estos textos que la práctica sexual, única manera de procreación humana, pertenece al plan de Dios y su perfecta voluntad para la humanidad.

Es importante insistir en que según este relato, la sexualidad existe antes del pecado y totalmente aparte del pecado.  Es más bien la intención pura y original del Creador.  Además, según la Biblia, el sexo no tuvo nada que ver con el origen del pecado en la humanidad. El relato de Génesis refuta dos de los “mitos” que creen muchas personas: que la sexualidad comenzó con la caída en pecado, y que el trabajo fue castigo por la desobediencia.  Al contrario, la bendición y mandamiento de Génesis 1:28 sitúa la procreación sexual dentro del mismo orden de la creación, y el contexto (1:26—30) implica que el trabajo también antecedía al pecado.  El segundo relato lo hace explícito: Adán, aun antes de desobedecer, está llamado a labrar la tierra y guardarla (2:15).

Ni el sexo ni el trabajo comenzaron con el pecado.  La sexualidad, en el estado de inocencia que describe el Génesis, era pura y perfecta; el sexo en sí, en todas sus dimensiones, es santo.  Lo que el pecado introdujo fue el desorden (3:13,16), el abuso del sexo, el usar la otra persona en vez de amarla.  En  forma parecida, la esencia del trabajo humano en el plan de Dios era creatividad y libertad, a la imagen del mismo Creador.  El pecado cambió el trabajo de creatividad a fatiga y carga pesada.

Mientras el primer relato de la creación relaciona la sexualidad con la procreación, el segundo lo enfoca en términos del amor, el compañerismo, y la solidaridad de la pareja.  En esta versión, muy diferente del primer capítulo, Yahvé crea primero a Adán de la tierra (hebreo Adamah) y le prepara un huerto (2:7-8).  Pero por primera vez en la Biblia se dice que algo no está bien: “No es bueno”, dijo Dios, “que el hombre esté solo” (2:18).  El ser humano es un ser social, creado para el compañerismo con otros seres humanos. Entonces, con un simbolismo curioso, frente a la soledad de Adán Dios crea los animales.  Dios los lleva a Adán, quien les da nombre (2:19).  “Sin embargo, no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre” (2:20).  A continuación, Yahvé crea a la mujer del mismo ser del hombre.  Igual que antes, Dios la lleva a Adán y Adán le da nombre (mujer, ishá).  Ahora ha aparecido la compañera para hacer completa la vida humana sobre la tierra, y Adán la declara “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (2:23).  En el perfecto designio de Dios, “los dos se funden en un solo ser” (2:24) y ninguno sentía vergüenza de su desnudez (2:25).  Llama la atención que todo este relato yahvista se concentra en la relación humana como realización y comunidad de la pareja, sin la menor referencia a la procreación de hijos e hijas.

Otro texto que destaca, mucho más eróticamente, la relación de pareja es Cantar de los Cantares.  Es un drama muy sensual, sin pudores ni tabúes, sobre el amor apasionado de la sulamita y su muy enamorado novio.  Los primeros renglones introducen el tono de intenso deseo físico que caracteriza todo el libro. Dice la sulamita a su amado:

 

Ah,, si me besaras con los besos de tu boca…

¡grato en verdad es tu amor, más que el vino!

Grata es también, de tus perfumes, la fragancia;

tú mismo eres bálsamo fragante.

¡Con razón te aman las doncellas!

¡Hazme del todo tuya!

Date prisa!

¡Llevame, oh rey, a tu alcoba!

 

Sucesivos pasajes describen con gran detalle la belleza del cuerpo femenino (4:1-5; 6:5-12; 7:1-9) y del masculino (5:10-16).  Hay invitaciones a encuentros amorosos en el jardín, en la alcoba, y en el campo.  Y lo sorprendente en todo este largo poema es que nunca relaciona el amor erótico con la familia ni con los hijos.  El amor sexual, con todos sus anhelos y deleites, se trata en Cantares como un valor en sí mismo, que no necesita ninguna otra justificación.

En ese aspecto, el Cantar de los cantares puede verse como un extendido comentario sobre la palabra “bueno” en el primer capítulo del Génesis.  Cuando Dios bendice la sexualidad humana, y ordena la práctica sexual de la pareja, está bendiciendo el mismo proceso de deseo y deleite que se experimenta también hoy.  El relato implica que todo el sistema fisiológico de la sexualidad fue creado bueno y santo por nuestro Dios, antes de que mediara el pecado.  Todo el sistema nervioso asociado con la experiencia sexual, las diversas zonas erógenas del cuerpo, las hormonas y las glándulas y todos los demás aspectos de esta maravillosa “máquina de placer” (por expresar así este aspecto de la fisiología sexual), no es un producto del pecado, ni una trampa maliciosa de Dios para probar nuestra resistencia, sino una parte esencial de la creación primigenia y de la imagen de Dios en los seres humanos.  Como tal, es “bueno en gran manera” (Génesis 1:27-31).

Algunas corrientes de ascetismo cristiano (p.ej. unos extremos del pietismo protestante) han enseñado que el sexo es necesario y bueno como medio de procreación, pero que cualquier placer sensual anexo al acto sería pecado.  Llama la atención que las escrituras hablan con mucha naturalidad del orgasmo femenino (“el deleite”, Génesis 18:12) y hasta emplea los mismos términos para el deleite del alma en Dios (Salmos 36:9; cf vocablos parecidos en Salmos 1:2; 16.11).  En ningún momento las escrituras separan el acto sexual (como bueno) del placer que conlleva (como malo).

En la larga historia de la teología cristiana, con lamentable frecuencia se ha denigrado el sexo y específicamente a la mujer como causa de pecado mediante el deseo erótico.  En ese contexto es muy interesante, y bastante sorprendente, un pasaje de la Suma Theologica, Parte Primera, cuestión 98, primera parte.  Aquí el “Doctor angelicus” plantea dos preguntas curiosas: Si en el estado de inocencia había procreación, y si dicha generación hubiera sido mediante el coito.  A la primera pregunta Aquino contesta que sí, porque el mandamiento de reproducción sexual fue dado a la pareja antes de pecar, y al contrario el pecado hubiera sido necesario para la bendición que Dios pronunció sobre la procreación humana. A la segunda pregunta, del coito, Santo Tomás explica que precisamente la dualidad sexual es en orden a dicho acto sexual.  Entonces sigue a preguntar si en el paraíso el coito se hubiera acompañado del placer sensual (el orgasmo).  Aquino reconce que la concupiscencia desordenada es consecuencia del pecado, pero en seguida afirma que “en el estado de inocencia el deleite sensual no hubiera sido menos sino tanto mayor en proporción a la mayor pureza de la naturaleza [humana] y la mayor sensibilidad del cuerpo”.[8]

Las escrituras cristianas afirman también el valor positivo del sexo y exhortan a “tener todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado” (Hebreos 13:2 BJ).  Aunque San Pablo, por situaciones pastorales y por sus perspectivas escatológicas, tiende más hacia cierto ascetismo, también afirma los valores del matrimonio y lo pone como figura de la relación de Cristo y la iglesia.  En el contexto de consejos pastorales, expresa la mutualidad corporal del sexo en términos de deberes y derechos: “El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa, e igualmente la mujer con su esposo.  La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo.  Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa” (1 Corintios 7:3-4).

 

Conclusión

 

Encontramos en las sagradas escrituras una valiosa teología de la sexualidad, y quizá aun más, una espiritualidad (o una mística) de la sexualidad humana.  Es desde el incio una valoración muy positiva del sexo, dentro de perspectivas humanizadoras de esta dimensión tan importante de la existencia.  Podemos resumir esta visión de la sexualidad bajo los tres propósitos del sexo que hemos encontrado en nuestro recorrido por la Biblia:

 

1) El fin primordial de la sexualidad humana es la unión y comunión de dos seres en amor (Génesis 2; Cantares).  Según Génesis 2 hemos sido creados para comunidad, con la tierra y con el reino animal pero sobre todo con el sexo opuesto.  Génesis 1 distingue la creación de los animales y su reproducción de la creación y la sexualidad humana.  Aunque los procesos fisiológicos son casi idénticos (aparte de los estros de muchas hembras animales), el sentido existencial y teológico es cualitativamente distinto.  Y es precisamente la profunda dimensión afectiva de la sexualidad humana, plasmada en una entrega total e incondicional, la que marca el carácter interpersonal de nuestra sexualidad como seres humanos.

 

Sin el amor genuino, la relación sexual se vuelve egoísta y frustrante, sin realizar su verdadero propósito y sentido.  Muchos pasajes bíblicos insisten en esta realidad.  Muy dramático es el relato de Amnón, hijo de David, que se enamoró locamente de su hermana Tamar (2 Samuel 13).  Como ella no respondió a sus avances, Amnón la engañó con un truco y después la violó a la fuerza.  Una vez logrado su vil propósito, dice el texto, “el odio que sintió por ella después de violarla fue mayor que el amor que antes le había tenido” (13:15). Sexo sin amor termina en desprecio y odio; sexo con amor sincero y compromiso mutuo, es la voluntad de Dios y trae bendición y vida.

 

2) Un segundo propósito del sexo, que debe reconocerse y respetarse, es el placer erótico.  En su sabiduría Dios ha asociado dos funciones fisiológicas humanas, el comer y la reproducción, con grandes estímulos sensuales.  El Creador no hubiera diseñado un sistema tan complejo de estímulos y respuetas, de anhelos y satisfacciones, si el placer que produce fuera contra su propia voluntad.  Dentro del debido compromise personal, este placer debe disfrutarse en su plenitud, con acción de gracias al Creador.

 

3) Un tercer propósito del sexo es, obviamente, la procreación.  Sin embargo, lejos de ser el definitivo “fin natural” que justificara los demás fines, es de hecho el menos importante.  Un matrimonio, debidamente casado y que produce cada año un niño, pero que no se aman ni disfrutan mutuamente del placer sexual, es un matrimonio que no está realizando la voluntad de Dios.  En cambio, una pareja por alguna razón impedida de tener hijos o que por razones justificadas planifica su procreación, pero que se aman sincera y profundamente, no sufre ningún desmedro debido sólo a la falta de los hijos.  Por otra parte, una pareja que se ama pero que se cierra al deleite mutuo que tanto ensalza el Cantar de Cantares, tengan o no hijos, no está realizando la visión bíblica del sexo.  Se les recomienda leer juntos el libro de Cantares, de noche en la cama, a la luz de una romántica candelita.

 

 

[1] ) Esta ponencia fue escrita para una consulta del Fondo de Poblacion (Naciones Unidas) y la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión (Universidad Nacional de Costa Rica) sobre «Espiritualidad y Sexualidad» (2002).

[2] ) Para este inciso remito al reciente artículo de la joven teóloga cubana, Cristina García Alfonso, “Lenguaje del Cuerpo, Lenguaje de Dios” en Journal of Hispanic/Latino Theology VII:3, febrero 2000, pp. 35-45.

[3] ) Jaime Barylko, El Talmud (BsAs: Ediciones Lumen, 1991), p.97.

[4] ) G.Bof en Nuevo Diccionario de Teología, eds. G. Barbaglio y S. Dianich (Madrid: Cristiandad, 1982), I:673-676; Hans Walter Wolff, Antropología del Antiguo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1975).

[5] ) Elsa Tamez, “Cuerpos para admirar, amar y cuidar”, Salud es salvación integral (Quito: CIEMAL-CLAI 1991) p.36; García Alfonso op.cit. p.39.

[6] ) Elsa Tamez, “Dador de Vida, Mantén tu Creación” en Ven Espíritu Santo, renueva tu creación (Quito: CLAI 1990), p.73.

[7] ) Debe tomarse en cuenta que todo este pasaje tiene raíces también en las escrituras hebreas, además del marco de referencia filosófico expuesto aquí.

[8] ) Para Tomás, el sexo era tan parte de la naturaleza humana como el comer.  Por eso, en el Edén todos se hubieran casado.  Ya que eso requería igual número de muchachos que de muchachas, Tomás afirmaba que los padres hubieran podido determinar el sexo de sus hijos; Walter Farrell, A Companion to the Summa (London: Sheed & Ward 1941) I:357.  ¡Pareciera que el “Doctor Angelicus” anticipaba, sin darse cuenta, la ingeniería genética de hoy!

http://www.juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryID/278/Default.aspx

AUTOESTIMA

Autoestima

Autor: W.J. Prost, M.D.


a1El material básico de este artículo fue dado originalmente en forma de cuatro conferencias para jóvenes en Lassen Pines, California, en agosto de 1991. Debido a que el material ha sido considerablemente retocado y revisado, no se ha retenido el formato original, sino que se ha dividido en varias secciones menores.


Prefacio

La cuestión de la «autoestima» es un tema de gran actualidad en el mundo en nuestros días, especialmente en América del Norte y en Occidente en general. Hace menos de veinte años, este tema apenas si se mencionaba. Ahora se nos bombardea con esté término por todas partes, e incluso se da a niños muy pequeños cursos de autoestima en las escuelas. Se supone que la carencia de la misma es la razón subyacente a casi cada mal humano, y se supone que la restauración de la autoestima es la curación para casi cada falta.

Hace un tiempo, mientras esperaba ser visitado, tomé un ejemplar de la revista Selecciones de la sala de recepción. Me llamó la atención un artículo titulado «Palabras que hacen milagros», y querría citar dos párrafos de aquel artículo.

Cada uno de nosotros tenemos una imagen mental de nosotros mismos, la propia imagen. Para que la vida sea razonablemente satisfactoria, esta propia imagen ha de ser tal que podamos convivir con ella, que nos pueda gustar. Cuando nos sentimos orgullosos de nuestra propia imagen, nos sentimos confiados y libres para ser nosotros mismos. Funcionamos de una manera óptima. Cuando nos avergonzamos de nuestra propia imagen, tratamos de ocultarla en lugar de expresarla. Nos volvemos hostiles y difíciles para la convivencia.

Es un milagro lo que le sucede a una persona a la que le ha subido su autoestima. De repente le gustan más los demás. Es más amable y cooperador con los que le rodean. La alabanza es el pulimento que ayuda a mantener su propia imagen brillante y resplandeciente.

Esta cita representa la manera actual de pensar en el mundo, y también entre muchos cristianos. Aunque en esas palabras hay ideas que son muy ciertas, también hay cosas erróneas.

Una parte del problema para afrontar esta cuestión reside en que hasta ahora no hay un verdadero acuerdo acerca de cuál es el significado de la «autoestima». Se han propuesto varias definiciones, pero incluso en círculos educados no hay un acuerdo general. Es evidente que este término significa cosas distintas para distintas personas.

Como sucede con todas las cuestiones morales y espirituales, los cristianos deben apartarse de la sabiduría humana, y escudriñar la Palabra de Dios. Pedro nos dice que «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder» [el de Dios] (2 Pedro 1:3). Pablo dijo a los corintios que «la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios» (1 Corintios 3:19). Con la ayuda del Señor querría acudir a la Palabra de Dios, donde encontramos la respuesta a todo lo que atañe a nuestro andar como cristianos en este mundo. La sabiduría del hombre no puede añadir nada a la Palabra de Dios.

Esta cuestión es difícil, y soy bien consciente de mi falta de una comprensión total del tema. El hombre es un ser complejo, y algunas de las consideraciones relativas a este tema tienen que ser experimentadas más que plenamente explicadas. Asimismo, 1 Corintios 13:12 nos dice: «Ahora vemos por espejo, oscuramente», y aquí la palabra «oscuramente» comunica el concepto de algo que es enigmático. En tanto que la Palabra de Dios nos da una perfecta luz para cada paso de nuestra senda, no siempre da satisfacción a nuestra curiosidad ni da respuesta a todas nuestras preguntas. Recordemos esto cuando encontremos aspectos de este tema que puedan estar más allá de nuestra comprensión.

Hay muchos temas que la Palabra de Dios nos presenta que están más allá de la comprensión humana. La mente del hombre puede solamente llegar hasta cierto punto, y luego nos damos cuenta de que estamos en el ámbito de lo infinito. Generalmente, esas cuestiones se componen de dos verdades que deben mantenerse en equilibrio, y que sin embargo la mente humana no puede conciliarlas de una manera plena. Creo que la dignidad humana en la creación y la depravación humana como resultado de la caída son dos de esas verdades. El hombre natural intenta reducir esas verdades a un nivel que podamos comprender, y con ello siempre cae en un error de un lado o del otro. Es triste tener que admitir que caen en ello incluso verdaderos creyentes, al tratar de imponer una estructura de factura humana sobre una verdad que Dios nos ha dado en Su Palabra. La respuesta correcta que debemos dar es adorar con humildad a Aquel que ha querido revelarnos tales cosas, dándonos cuenta de que nuestras mentes finitas no pueden abarcar lo infinito en su totalidad. Podemos apreciar esas verdades, y equilibrarlas en nuestras vidas, pero sólo en tanto que caminemos en comunión con Aquel que nos las ha querido revelar.

Para dar una cierta estructura al tema que vamos a tratar, querría considerar al hombre en tres posiciones o estados. Primero, el hombre en la creación antes de la caída; segundo, el hombre como criatura caída; y tercero, el hombre en Cristo. Según vayamos avanzando se desarrollarán otras consideraciones en relación con esas tres posiciones.


El hombre en la creación

En Génesis 1 tenemos la maravillosa historia de la creación, que culmina con la creación del hombre en el día sexto. El versículo 26 dice: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.» La palabra «imagen» tiene aquí el sentido de representante, de modo que el hombre debía ser el representante de Dios sobre la tierra. «Semejanza» comporta el sentido de parecido moral, en que el hombre estaba en relación directa con Dios y que tenía unos afectos en relación con el resto de la creación que eran consonantes con el hecho de ser la cabeza de la misma.

Al final del día sexto, leemos: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). En este contexto, debemos reconocer en el hombre a la obra de Dios, y el hecho de que Dios lo pronuncia como «bueno en gran manera». La elevación del hombre por encima del resto de la creación es sumamente pronunciada, y le fueron dadas unas cualidades que le hacían especialmente idóneo para una posición tan exaltada en la creación de Dios. En tanto que a causa de la caída el hombre ha perdido gran parte de la «semejanza» de Dios, sigue siendo el representante de Dios en la tierra. Sigue habiendo una dignidad inherente al hombre por su posición en la creación, incluso tras haber caído.

Parte de la dignidad y posición del hombre como cabeza de la creación incluye las diversas capacidades que Dios le ha dado, y que no han sido concedidas a la creación inferior. Una persona, por ejemplo, puede tener una enorme capacidad matemática. Es indudable que esto ha sido dado por Dios, y que estaría presente incluso si el hombre no hubiera pecado. Otro puede tener capacidad para la música, o quizá una gran destreza manual, cosas éstas que el hombre habría poseído sin la caída. Es apropiado y justo que se dé reconocimiento a esas cualidades, tanto por parte de la misma persona que las posee como por los demás. En este sentido, el término «autoestima» no es malo, pero quizá sería mejor el término «propia imagen» o «propia valoración». Decir que soy indigno con respecto a lo que Dios me ha hecho, o depreciar las cualidades que he recibido de parte de Dios, es encontrar falta en la obra de Dios, y viene a ser una acusación contra Él.

De nuevo, esto pone en evidencia la dificultad del término «autoestima», porque no significa lo mismo para todos. Me parece que se trata de un término deficiente, porque hace que nuestros pensamientos se centren en nosotros mismos. Como veremos más adelante, Dios quiere que volvamos nuestros pensamientos a un Objeto fuera de nosotros mismos: el Señor Jesucristo. Pero, si se usa el término en relación con el hombre en su creación, puede suceder que no comunique un sentido totalmente desacertado.

Pablo pensaba en algo parecido al escribir a los filipenses, cuando dijo: «No mirando cada uno por lo suyo propio [sus propias cualidades], sino cada cual también por lo de los otros [las cualidades de los demás]» (Filipenses 2:4). Solemos ser muy conscientes de nuestras propias cualidades, y a la vez muy propensos a no reconocer las que puedan poseer los demás. Por otra parte, los hay que no se dan cuenta ni siquiera de las propias cualidades con las que Dios les ha dotado.

En Mateo 25:14-30 encontramos la parábola de los talentos. Pone ante nosotros la soberanía de Dios al dar diferentes capacidades a diferentes personas. (En la parábola de las minas en Lucas 19 encontramos el equilibrio a esto, donde se nos presenta la responsabilidad del hombre.) En tanto que los talentos pueden incluir dones espirituales, creo que también nos presentan nuestras capacidades naturales con las que nos ha dotado Dios, y por cuyo uso cada uno será considerado responsable. Apocalipsis 4:11 dice: «Señor … tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.» Por esa causa fuimos creados y recibimos las capacidades que poseemos. El hombre con sólo un talento representa claramente a un alma que fue a una eternidad de perdición, pero Dios le consideró responsable por no usar para provecho aquello que le había sido encomendado. No había usado su energía y capacidad en la voluntad de Dios.

Resumiendo, vemos entonces que Dios ha creado al hombre para Su agrado, y que le ha dado una dignidad como cabeza de la creación. Asimismo, Él nos ha dado unas capacidades específicas, que no tenían nada que ver con la caída, y que somos responsables de reconocer y usar para Él. En este sentido, debemos tener de nosotros mismos la imagen que Dios tiene de nosotros. No hacerlo es menospreciar al mismo Dios y tener pensamientos erróneos acerca de Dios. Usar el término «autoestima» para describir esto no es algo totalmente erróneo, pero sugiero que hay un mejor lenguaje que podemos utilizar para comunicar este pensamiento. Esto nos lleva a la siguiente consideración.


Amor y comprensión

Todos hemos sido creados con unas ciertas capacidades que hemos recibido de Dios, y con una necesidad básica de amor y comprensión. Sin embargo, la mayoría de nosotros conocemos o hemos oído hablar de personas a quienes se ha dicho, quizá desde su más tierna infancia, que no valían para nada, que nunca podrían hacer nada bien, que no tenían nada que ofrecer. Esto sucede con frecuencia en el mundo en general, y, triste es decirlo, también con frecuencia entre los creyentes. Esta clase de actitud es claramente contraria a la Palabra de Dios, como hemos visto. Sabemos que las vidas de tales personas a menudo acaban de manera desastrosa, a no ser que se ponga remedio al mal.

En 1 Juan leemos: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:7, 8). La necesidad de ser amado y comprendido forma parte de cada uno de nosotros. Cuando una persona no recibe amor y comprensión, se suscitan dificultades en su vida. Algunas veces, esas dificultades se vuelven abrumadoras, de modo que la necesidad de amor llega a ser más importante que la vida misma.

En verano de 1980, una mujer llamada Judith Bucknell fue asesinada en Miami. Su asesinato hubiera podido llegar a ser un dato más de una larga estadística excepto por su diario. Aparentemente, era joven, atractiva y llena de éxitos, pero su diario se levanta como un monumento a la terrible soledad que experimentaba. «¿Quién va a amar a Judith Bucknell? —escribía ella—. Me siento tan vieja. No amada. No deseada. Abandonada. Utilizada. Quiero llorar y dormir para siempre.» Su apariencia externa era de felicidad; gozaba de un buen trabajo, de vestidos elegantes, y una hermosa vivienda: todos los accesorios de «una buena vida». Pero escribía: «Me encuentro sola, y quiero compartir algo con alguien.» El dolor de su corazón no podía quedar satisfecho con cosas materiales ni con relaciones superficiales, porque estaban ausentes el verdadero amor y la verdadera comprensión.

Sin duda alguna, este es el pensamiento que se expresa en el Salmo 63:3, donde se dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El salmista había aprendido que la misericordia, la inclinación favorable hacia uno, era más importante para él que la vida, y la había encontrado en el mismo Señor. Si reducimos la mayor parte de nuestros problemas a un común denominador, es probable que los ingredientes ausentes sean el amor y la comprensión. A veces se identifica la autoestima con la necesidad de ser amado y comprendido, pero de nuevo el término es deficiente. El término «propia imagen» es más preciso, pero también tiende a llevarnos a pensar en nosotros mismos.

Un joven, al crecer, debe darse cuenta de que Dios le ha dado capacidades que no estaban relacionadas con la caída. Por ejemplo, quizá un niño exhibe una capacidad con sus manos, y puede trabajar bien con herramientas. Unos padres sabios y amantes observarán esto, y alentarán esta capacidad. Quizá le comprarán herramientas y le facilitarán un medio donde pueda desarrollar sus capacidades. Elogiarán sus esfuerzos, incluso si inicialmente sus trabajos son algo burdos. Otro niño puede mostrar dotes para la música; unos buenos padres reconocerán esto y lo alentarán con unos medios adecuados. Todo esto es bueno y legítimo, y se encuentra en la Palabra de Dios.

Proverbios 22:6 dice: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» Para llevar esto a cabo, debemos reconocer que cada niño es diferente, y que no podemos tratarlos de manera idéntica. Esto involucra conocer «al niño» y reconocer el tenor de «su camino». Los padres deberían amar a todos sus hijos por igual, pero tratarlos como si fuesen iguales es un error, y es contrario a la sabiduría de la Palabra de Dios.

Los elogios forman una parte importante de este aliento, y a menudo nos olvidamos de la gran importancia que tienen para un niño. He conocido a padres que nunca elogiaban a sus hijos por miedo a que se volvieran orgullosos. Debemos recordar que los niños pequeños, como Samuel, pueden no conocer aun al Señor. Ellos contemplan el mundo con los ojos de aquellos que más significan para ellos, generalmente sus padres, y a veces otros adultos como parientes cercanos o maestros. La mayoría de nosotros podemos recordar cuán grande ha sido la influencia que han tenido estas personas sobre nosotros durante nuestros años formativos.

Así, podemos ver que todos hemos sido creados con una necesidad básica de amor y comprensión, y que es justo que se dé provisión de lo uno y de lo otro en cualquier esfera donde hay influencia y autoridad. Allí donde están ausentes el amor y la comprensión, hay siempre dificultades, y a menudo calamidades.

Algunos preguntarán de inmediato: «¿Y qué sucede con aquellos que no reciben este ingrediente tan importante en sus vidas? ¿Están acaso abocados a las dificultades y a las calamidades a las que hemos hecho referencia?» Antes de responder a esta pregunta, debemos considerar al hombre como una criatura caída.


El hombre como criatura caída

Hemos visto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, desconocedor del mal, y que Dios pudo declarar el producto de Su obra como «bueno en gran manera». Sin embargo, este hermoso estado de cosas persistió sólo por un tiempo muy breve, y el hombre introdujo el pecado en este mundo al transgredir la única prohibición que Dios le había puesto. El pecado se introdujo en la creación de Dios y estropeó todo lo que Él había hecho. Toda la creación ha padecido como resultado de la caída del hombre, su cabeza, pero el hombre, como ser más exaltado, ha sentido quizá el efecto de la misma más que el resto de la creación.

Es importante que cada uno de nosotros se dé cuenta de que hemos nacido en este mundo con naturalezas pecaminosas y caídas como resultado de la introducción del pecado en este mundo. David se refería a este hecho cuando dijo: «En pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). También leemos en Romanos 5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»

¿Qué relación tiene esta solemne verdad de la caída del hombre con nuestro tema? En el siglo pasado, un joven acudió a un cristiano mayor que había andado con el Señor durante muchos años. El joven le preguntó si tendría un consejo para un joven que estaba justo comenzando en la vida cristiana. Su respuesta fue breve y al punto, porque le dijo: «Aprende bien cinco palabras: ìLa carne para nada aprovechaî.» Esta cita, de Juan 6:63, presenta de manera muy sucinta una verdad de importancia capital. El pecado, habiendo entrado en este mundo, ha afectado a cada parte y parcela de nuestro ser.

Este efecto del pecado en todas las facetas de nuestras vidas se ilustra con lo que le sucedió a un hermano en Cristo que gestiona una vaquería y que tenía una excelente manada de vacas. Compraba su pienso a una gran compañía que también fabricaba pesticidas. Una vez algo del pesticida se mezcló en fábrica con el pienso, y esta mezcla la vendieron en una bolsa sencillamente etiquetada como pienso para ganado. Era un potente veneno, y el resultado fue que toda su manada de vacas tuvo que ser sacrificada y enterrada. Lo más perturbador fue que no hubo suficiente con librarse del pienso envenenado. Había afectado a la descendencia de las vacas que no habían muerto y había contaminado el granero y muchas cosas en el granero. Apenas si había algo que no hubiera quedado afectado por aquel tóxico, y se precisó de mucho tiempo para normalizar las cosas. El pecado en este mundo es algo parecido. No es algo que afecte aisladamente a algunas cosas, como quizá nos gustaría pensar. No, sino que ha afectado a todo, a cada parcela de nuestro ser.

Sabemos que todos hemos pecado y que tenemos una naturaleza pecaminosa, pero, ¿nos damos cuenta de que el pecado ha llegado a cada parte de nosotros, como personas individuales naturales?

Muchos de vosotros sois conscientes de que hay diferentes tipos de personalidad, y que de una manera general todos podemos encuadrarnos en uno de esos diferentes tipos (o en una combinación de ellos). Por ejemplo, hay algunos que son muy trabajadores, disciplinados y buenos organizadores. Esas son las personas que pueden dirigir cualquier cosa, y que generalmente hacen mucho en este mundo. Es indudable que esas cualidades les fueron dadas por Dios, y es correcto decir que habrían poseído esas cualidades incluso si no hubieran caído. Pero esas personas suelen tener un aspecto negativo, porque a menudo son arrogantes e intolerantes con los demás. Pueden ser sarcásticas, y a menudo no trabajan bien con otros. Puede que lleguen a la cima del mundo de los negocios y que accedan a posiciones directivas, pero a veces no son queridas por sus subordinados.

Luego hay aquellas personas mucho más abiertas y amistosas, y que son lo que podríamos designar como «personas orientadas a la gente». Son intuitivas, pueden sentir los sentimientos de los demás y reaccionar de una forma apropiada. Generalmente, tienen muchos amigos y caen bien. De nuevo, tenemos aquí un rasgo dado por Dios, y habría formado parte de ellos aparte de la caída. La faceta negativa es que esas personas suelen tener un problema de autodisciplina, y encuentran difícil disciplinar a otros. Encuentran mayores dificultades para mantener puntualidad en sus compromisos, para gestionar sus asuntos de una manera ordenada, y para tomarse sus responsabilidades en serio.

Lo que vemos en las personalidades humanas, incluyéndonos a nosotros mismos, es en parte lo que Dios creó en Su sabiduría, y en parte lo que el pecado ha introducido. Vemos belleza en la naturaleza, y reconocemos la obra de la mano de Dios, pero luego vemos la ruina que el pecado ha introducido. El hombre natural, sin la sabiduría de la Palabra de Dios, no puede relacionar esas dos cosas. Encuentra que el mundo es una mezcolanza inextricable de bien y mal. Sólo la Palabra de Dios puede hacernos ver cómo esas cosas pueden coexistir en el mundo.

Esos aspectos negativos de nuestras personalidades forman parte del efecto de la caída del hombre. Cuando tiene que ver con nosotros mismos, ¡cuántas veces presentamos excusas diciendo, «es que soy así»! La implicación es que se me tiene que aceptar como soy, porque así es como el Señor me ha hecho. Pero eso no es conforme a la Palabra de Dios. «Formidable y prodigiosamente he sido hecho» (Salmo 139:14, RVR97), y esto incluye nuestra constitución mental además de la física. Sin embargo, los efectos del pecado son demasiado evidentes en nosotros, mental y físicamente. Deberíamos reconocer las capacidades con las que Dios nos ha dotado, pero nunca atribuir a la mano de Dios aquellas cosas que el pecado ha introducido en este mundo.

El pecado no ha arruinado toda la creación por un igual. Mientras que la creación entera ha sentido los terribles efectos del pecado, Dios ha preservado este mundo de los plenos efectos de la caída del hombre. Recordemos al joven rico que acudió al Señor Jesús, queriendo conocer qué debía hacer para heredar la vida eterna. Cuando le dijo al Señor que había guardado todos los mandamientos desde su juventud, se registra que «Jesús, mirándole, le amó» (Marcos 10:21). Aquí no tenemos el mismo pensamiento que el amor de Dios hacia este mundo tal como se expresa en Juan 3:16. Es cierto que el amor de Dios se dirige a todos en este mundo, pero este versículo en Marcos 10 muestra más bien el amor que el Señor Jesús sintió por un hermoso carácter, uno que tenía un verdadero deseo de hacer lo recto. A veces nos encontramos con aquellos que de natural tienen una disposición muy atrayente, así como nos encontramos también con los que son lo muy contrario de esto. Aquí el Señor amó a este joven por lo que era de natural. Pero la conversación que siguió con él reveló lo que realmente estaba en su corazón.

Cuando el Señor le dijo claramente lo que le faltaba, quedó desvelado su verdadero estado delante de Dios. Pensaba él que podría alcanzar la vida eterna guardando la ley, pero las palabras del Señor pusieron en evidencia que estaba faltando a la misma esencia de la ley. Cuando le preguntaron al Señor Jesús cuál era el primer mandamiento de la ley, contestó:

«El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Marcos 12:29-31).

Si el joven rico hubiera amado a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, habría seguido gustoso al Señor Jesús. Si hubiera amado a su prójimo como a sí mismo, habría dado con agrado sus bienes a los pobres.

Es humillante darse cuenta de que a menudo Dios no escoge a las personalidades más agradables, sino más bien a aquellos que parecen más gravemente afectados por el pecado. Pablo nos dice en 1 Corintios 1:27, 28: «Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.» Nos sentimos atraídos a aquellos como el joven rico que presentan de natural las personalidades más atrayentes, pero a menudo los tales no sienten interés por el evangelio. Luego, quizá encontramos al Señor salvando a aquellos a los que de natural menospreciaríamos. Todo esto tiene el efecto de cumplir 1 Corintios 1:29, que dice: «A fin de que nadie se jacte en su presencia.» La gracia de Dios se magnifica al llevar a los peores de este mundo a Cristo y exhibirlos por toda la eternidad como trofeos de Su gracia.

Esto nos lleva a otro punto, de lo más importante. ¿Qué hay acerca de aquellos aspectos de nuestras personalidades que no son malos, de aquellas capacidades que hemos recibido de parte de Dios? ¿No podemos acaso ufanarnos algo por ellas, y en este sentido estimarnos a nosotros mismos? Podemos admitir que somos pecadores, y sin embargo sentir que hay cosas buenas en nosotros que podemos desarrollar.

Tenemos que darnos cuenta de que incluso aquellas capacidades que Dios nos ha dado están afectadas por el pecado, debido a que nuestra naturaleza pecaminosa, indudablemente bajo el control de Satanás, emplea esas capacidades para el mal. En tanto que las capacidades mismas no son malas, se les puede dar un mal uso.

Supongamos que alguien tenga capacidad para las matemáticas. Como hemos visto, no hay nada malo con esta capacidad, e indudablemente fue dada por Dios. Pero Satanás, usando el pecado como palanca, quiere tomar esta capacidad y usarla para un mal fin. Así, los hombres han empleado sus capacidades para la física y las matemáticas para construir bombas que tienen ahora la capacidad de destruir el mundo. Otro puede que tenga capacidad para la música, mientras que algunos que puedan no tener capacidad para la misma tienen sin embargo oído para apreciarla. Es indudable que esto es también parte de la bondad de Dios para con el hombre. Una vez más, el diablo usa la música para ocupar las mentes de los hombres con placer y para apartarlos de pensar acerca de cuestiones eternas. Es algo solemne que la primera mención de música en la Biblia tiene relación con la familia de Caín. Caín salió de delante de la presencia del Señor, edificó una ciudad y procedió a rodearse de todo lo que pensaba que le haría feliz, pero dejó a Dios fuera. Fue uno de los descendientes de Caín (Jubal) el que «fue padre de todos los que tocan arpa y flauta» (Génesis 4:21). Esto no significa que la música sea nada malo, pero subraya el hecho de que el pecado usurpa incluso aquellas cualidades que Dios ha dado, y nos lleva a usarlas para malos fines.

Vayamos un paso más allá. Supongamos que las capacidades de que Dios nos ha dotado son empleadas de una manera correcta. ¿Estamos entonces haciendo lo que agrada a Dios? ¿Podemos entonces recibir algún crédito nosotros mismos? No, porque incluso al hacer lo que es recto, como criaturas caídas sin Cristo, el motivo será siempre malo. Entrará el orgullo, incluso si uso mi capacidad con un buen propósito. Esto nos conduce a nuestra siguiente consideración.


Autoestima y orgullo

Hemos visto que cuando el hombre fue creado, Dios pudo decir del producto de su obra que era «bueno en gran manera». Así, el hombre era bueno, en el sentido de que era desconocedor del mal, y de que poseía una semejanza moral con Dios. Esto no significa que fuese santo, o siquiera justo, porque ambas cosas implican un conocimiento y aborrecimiento del pecado. Había una hermosura moral en el hombre en su inocencia, y hasta este punto había una semejanza moral con Dios, pero en ningún sentido era igual a Dios.

Soy consciente de que a muchos de vosotros os dan cursos en autoestima, tanto en la escuela como en el mundo laboral. En muchos casos, se mezcla con ello algo de filosofía de la Nueva Era. Para los que no estéis familiarizados con ella, todo el énfasis de la llamada filosofía de la Nueva Era es la ocupación con nosotros mismos, hasta el punto de declarar que todos somos dioses, y que la misma esencia de Dios está dentro de cada uno de nosotros. Se nos induce a pensar muy bien de nosotros mismos, diciéndonos que somos, de hecho, realmente dioses. Este es el trágico fin de mucho del actual pensamiento acerca de la autoestima. Cuando es el hombre, y no Dios, quien deviene el punto de referencia, el hombre acaba deificándose a sí mismo.

Cuando el hombre fue creado, todo era hermoso porque era la obra de Dios. El hombre no había hecho nada para producir el bien del que estaba rodeado, y en su estado de inocencia y de bondad moral no había orgullo. Es indudable que podría reconocer las cualidades y capacidades de que Dios le había dotado, pero en su comunión incólume con Dios no había todavía surgido el orgullo en su ser. Con la introducción del pecado, se ha introducido la soberbia, y la Palabra de Dios no nos deja lugar a dudas de que se trata de uno de los peores pecados. «Los ojos altivos» encabezan la lista de cosas que el Señor aborrece (Proverbios 6:17), y más adelante el mismo libro nos dice que «abominación es a Jehová todo altivo de corazón» (Proverbios 16:5). Luego, en el Nuevo Testamento leemos que «la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16). Muchos otros versículos de la Palabra de Dios nos muestran que la soberbia es un pecado de enorme gravedad.

El pensamiento erróneo básico que colorea la mayor parte de los actuales conceptos de la autoestima es que una apropiada autoestima incluye orgullo, y que el orgullo mismo es bueno. Nuestra anterior cita de la revista Selecciones hablaba de que debíamos estar «orgullosos de nuestra propia imagen» para poder sentirnos «confiados y libres para ser nosotros mismos». El espíritu del orgullo ha impregnado tanto de nuestro mundo actual que entra en casi todos los departamentos de la vida, quizá sin que nos demos demasiada cuenta de ello. Debemos comprender a la luz de la Palabra de Dios que cada forma de soberbia es mala, y un pecado contra Dios.

Para comprender el tema de la autoestima de una manera apropiada, debemos darnos cuenta de que el orgullo es una falsa respuesta al éxito. Tenemos tendencia a sentirnos orgullosos de nuestras capacidades naturales, pero debemos ser conscientes de que todas ellas las hemos recibido de Dios. Somos susceptibles al orgullo incluso de nuestros caminos de pecado, quizá creyendo que hay en ellos algo de bueno.

¡A menudo defendemos nuestra naturaleza pecaminosa y caída y sus acciones, en lugar de condenar la una y las otras! Si alguien me dice que tengo mal genio, probablemente lo negaré, o encontraré algún defecto en la persona que me lo dice, a fin de esquivar el intento de alcanzar mi conciencia. Si alguien me dice que exagero en lugar de decir la verdad, lo negaré vigorosamente, y quizá diré a otros que el que me ha dicho tal cosa es un calumniador y maldicente. Es una treta bien conocida en el mundo que cuando se nos acusa de algo, tratamos de desenterrar toda la «suciedad» que podemos acerca de nuestro acusador, para evitar hacer frente a algo que pueda ser cierto. Raras veces estamos dispuestos a admitir que estamos en un error, incluso ante nosotros mismos. Nos hiere en lo más vivo de nuestro orgullo. Creo que el mayor obstáculo para avanzar en nuestras vidas cristianas es nuestra mala disposición para admitir cuán malo es realmente el pecado en nosotros, mientras que el primer paso a la felicidad es darnos cuenta de la ruina que el pecado ha introducido, y con ello no tener confianza en nosotros mismos.

Yendo un paso más allá, somos aun más propensos a enorgullecernos de aquello que la gracia ha obrado en nosotros. Los corintios se habían hecho culpables de ello, de modo que Pablo les dice: «Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4:7).

Hablamos acerca de los que tienen una «deficiente autoestima» y de otros que tienen una «elevada autoestima». A menudo se trata de caras opuestas de la misma moneda, la moneda del orgullo. El que tiene una «deficiente autoestima» se siente deprimido y molesto porque su propia imagen no es la que él cree que debería ser. En realidad, tiene una autoestima muy elevada: lo que le sucede es que la realidad no se ajusta a sus ideales. No acepta la forma en que Dios le ha hecho. (Nos estamos refiriendo ahora a las aptitudes que ha recibido de Dios, no acerca del pecado.) ¡Cuántas veces no nos habremos mirado en el espejo y deseado de corazón ser más altos, con un color diferente de cabello, ser más listos, o quizá que tuviéramos otras cualidades que el Señor no nos ha dado! ¡Cuántas veces no he contemplado a otros participando en actividades deportivas, y he deseado poseer algo de su capacidad! Según proseguía la vida, descubrí que muchos de los que eran tan buenos en actividades atléticas deseaban una mejor actuación en los círculos académicos, donde quizá algunos de nosotros nos sentíamos algo más cómodos. Parece que siempre deseamos lo que no poseemos. Triste es decirlo, Satanás obra en nosotros a través de nuestras naturalezas pecaminosas para hacernos sentir desgraciados acerca de lo que Dios nos ha dado, y para consumirnos con deseos por talentos que Él no nos ha dado.

El que tiene una «elevada autoestima» cree que ha llegado a un cierto punto, cuando no ha llegado en absoluto. Tiene una propia imagen irreal, ¡mientras que otros lo evalúan de una manera generalmente mucho más realista! Ya conocéis a esta clase de persona: se trata de alguien que está siempre pensando en sí mismo y en lo que puede hacer. La encontramos inaguantable, y no queremos tenerla a nuestro alrededor.

Pero quizá me dirás: «Me siento satisfecho de mí mismo. Estoy justo en medio—no tengo una autoestima excesiva ni baja.» Esto es lo que está intentando comunicarnos el artículo deSelecciones: que debemos ser conscientes de cuál es nuestra propia imagen, y estar orgullosos de ella. Esto también es malo, porque el orgullo, como hemos visto, está siempre condenado en la Palabra de Dios. En tanto que debemos reconocer las capacidades que hemos recibido de Dios, debemos darnos cuenta de que nunca seremos felices si nos ocupamos con nosotros mismos, porque el orgullo siempre entrará. Se dice que en la actualidad hay una epidemia de deficiencia en autoestima en nuestra sociedad. Seamos sinceros, y reconozcamos que lo que hay es una epidemia de orgullo. Es el resultado de centrarse en el hombre, en lugar de en Dios.

La sabiduría de este mundo dice que tenemos que edificar la autoestima del individuo. Se nos dice que debemos tomar a las personas y mostrarles que tienen buenas cualidades, que son personas valiosas, que tienen capacidades que pueden desarrollar, y que pueden estar orgullosos de sí mismos. Que debemos mostrarles que son miembros útiles de la sociedad, que tienen algo que hacer en este mundo, y una contribución importante que dar. Esto está muy bien hasta cierto límite, porque muchos no llegan a ser conscientes de sus capacidades naturales debido a la carencia de un aliento, amor y comprensión apropiados. Pero si esta manera de actuar me lleva a centrarme en mí mismo, estaré siempre ocupado con mi yo, bien de una manera positiva, bien negativa. Y el orgullo siempre tendrá tendencia a introducirse, si yo soy el objeto de mi propio corazón.

Antes de abandonar mi práctica clínica, solía llevar a cabo muchas operaciones de cirugía. Y hubiera podido dejar que mi capacidad como cirujano llegase a ser mi fuente de autoestima: eso es lo que el mundo nos dice que hagamos. En tanto que cualquier capacidad que tuviera era dada por Dios, y por ello algo que reconocer y usar, hubiera sido un error que fuese una causa de orgullo. Un colega mío, que era anestesista y colaboraba mucho en mis operaciones, descubrió que yo tenía una motosierra, y que la usaba con frecuencia para cortar leña para nuestro hogar. Me dijo que era un insensato, que un solo desliz con aquella motosierra me podría arruinar una de las manos, o ambas, y poner fin a mi carrera. Esto era verdad, y si mi autoestima hubiera residido en mi capacidad como cirujano, entonces la pérdida de mis manos hubiera significado no sólo el fin de mi carrera como cirujano, sino también el fin de mi autoestima.

Todo lo que poseemos en este mundo, sea salud, capacidad, posesiones o cualquier otra cosa, es muy frágil, y podemos perderlo con suma facilidad. ¿Vamos a edificar sobre cosas temporales, y que se pierden tan fácilmente? Muchos hacen precisamente esto, y por esto se pone tanto énfasis en la autoestima. Pero el problema no desaparece con ello. Más bien, parece estar empeorando. Esto se debe sencillamente a que todo el concepto de autoestima tiende a basarse en lo que el hombre pecaminoso es, y en cosas que no sólo no pueden dar satisfacción en ningún caso, sino que además se pueden perder con facilidad.

¿Qué hay acerca del peligro de hacer un cumplido y que con ello la persona se enorgullezca? Algunos padres pocas veces dan ninguna alabanza a sus hijos, por temor a que se enorgullezcan de sí mismos. Todos hemos tenido a personas con autoridad sobre nosotros que nunca nos hablaban sino para decirnos que habíamos hecho algo mal. Los hijos en este tipo de hogares, o las personas que trabajan bajo supervisores así, no encuentran un buen ambiente en el que crecer o en el que trabajar. ¿Está mal entonces que un marido diga a su mujer que es hermosa, o a su hija que su nuevo vestido le sienta muy bien? ¿Es peligroso hacer una observación sobre el traje nuevo de alguien, o decirle que ha hecho un buen trabajo?

Aquí tenemos un punto de enorme importancia. Hemos visto que todos necesitamos amor y comprensión. Cuando decimos a alguien: «De veras me gusta tu cabello; te cae muy bien», o «has hecho un gran trabajo; no creo que nadie lo hubiera podido hacer mejor», ¿qué es lo que estamos comunicando? Sugiero que la persona a la que se le han dicho esas cosas se va complacida porque ha agradado a alguien a quien quería agradar. Los hijos buscan el amor y la aprobación de sus padres, y cuando sus padres los elogian, son conscientes de que han agradado a aquellos que más significan para ellos. No hay nada de malo en ello, y tenemos ejemplos de eso en la Escritura. Pablo elogia a los corintios cuando dice: «nada os falta en ningún don» (1 Corintios 1:7). En la segunda epístola, donde trata de la cuestión de las dádivas cristianas, les dice que se había jactado a los de Macedonia, «que Acaya está preparada desde el año pasado» (2 Corintios 9:2). Es indudable que esto significó un aliento para ellos, porque ellos habían complacido a su padre espiritual. El Señor mismo nos alienta de vez en cuando en la senda cristiana al dejar que otros nos digan que lo que hemos hecho por ellos ha tenido un efecto benéfico.

Quizá el ejemplo más hermoso del uso recto de los cumplidos aparece en el Cantar de los Cantares. Allí la esposa no tiene altos pensamientos acerca de sí misma, pero luego se regocija en la estima que el esposo tiene de ella. Él la inunda con su amor y con todo lo que ve en ella, mientras que ella, como respuesta, sólo tiene amor hacia él, y habla de él. El gozo de él reside en ella, y lo expresa de una manera plena, pero todo esto sólo hace que él sea más encantador para ella, y así ella habla sólo de él. La única queja que ella tiene es que no tiene una mayor capacidad para gozar de él. Todo esto es un ejemplo maravilloso del uso apropiado de los cumplidos, y de la reacción correcta ante ellos.

Satanás querría, usando nuestra naturaleza de pecado, corromper todo esto. Él toma este cumplido o aquella palabra de aliento, y nos sugiere: «¡Qué persona más maravillosa debes ser, para ser tan hermosa!», o «¡Qué personaje más notable debes ser, para poder hacer un trabajo como este!» Luego comienza a arder la llama de la soberbia, y todo queda estropeado, porque el orgullo es pecado. Agradar a alguien de una manera correcta no es malo, pero estar orgulloso de ello es nuestra naturaleza caída convirtiéndolo en pecado.

A veces puede que sea muy fina la línea entre ambas cosas, pero esta línea está siempre ahí. Existe el peligro de hacer demasiados cumplidos y también el de no hacer ninguno. He conocido a los que nunca hacían un cumplido porque tenían miedo que resultase en orgullo en la persona a la que iba dirigido. El resultado era que la persona citada comenzó a pensar: «No puedo hacer nada bien, ¡porque siempre que intento alguna cosa, todo lo que consigo son críticas!» Esta no es la manera divina de actuar, porque la manera divina es la de alentarnos. Nos es necesario recibir la reacción del otro para saber cuando lo estamos haciendo bien, y cuando no. Por otra parte, es igualmente cierto que Dios quiere apartar el yo de mi centro de atención, de modo que me ocupe de agradarle a Él. Cuando hacemos algo agradable para el Señor, es sólo debido a que aquello que Él nos ha dado mana de nuestras vidas. Me gustó un comentario que me hizo una hermana mayor en Cristo hace algunos años: «Un poco de elogio para elevarte, pero no suficiente para hincharte.» Expresó muy bien con ello lo que enseña la Palabra de Dios.

Alguien me dio recientemente un folleto de Care Lines [Líneas Solícitas] para el mes de agosto de 1991, y su mensaje se ajusta mucho a nuestro tema. El versículo citado era: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Luego el comentario era como sigue:

La autoconfianza respecto a que puedo hacer cualquier cosa porque soy bueno no es un pensamiento escriturario. La confianza en Dios, porque Cristo me da precisamente lo que necesito para usarlo para Él y para Su gloria, es la forma que debería adoptar nuestra confianza. No se basa en nosotros mismos, sino en Dios. Él es la fuente que da el don, y el poder para llevar las cosas a cabo. No nosotros. Jesús es Aquel que murió para limpiarnos de nuestros pecados; no lo hicimos nosotros. Cerciorémonos de que otros ven que nuestra confianza es realmente confianza en Dios, y que yo, como persona, no tengo confianza en mí mismo.

El orgullo es siempre mencionado de manera negativa en la Palabra de Dios, y es siempre condenado; la confianza es casi siempre mencionada como algo positivo, por cuanto lo que se tiene a la vista es la confianza en Dios. ¡Pero esto se tratará más adelante!


Versículos mal empleados

A menudo es necesario desaprender conceptos errados antes que podamos aprender las cosas bien. En la actualidad se están enseñando muchos conceptos errados acerca de la autoestima, a veces incluso en un contexto escriturario. Antes que empecemos a tratar conceptos más positivos acerca de esta cuestión, es necesario mencionar dos versículos que han sido mal empleados, incluso por parte de creyentes, para dar unos conceptos erróneos acerca de la autoestima.

Efesios 5:28 dice: «Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.» Este versículo ha sido tomado por algunos como significando que uno no puede amar a su mujer (o a ninguna otra persona) de manera apropiada excepto si se ama a sí mismo. Pero no es este el sentido del versículo. Lo que se nos expone aquí es sencillamente la preciosa verdad de que cuando un hombre y una mujer están casados, Dios los contempla como una carne. Que un hombre ame a su mujer debería ser cosa tan natural como amarse a sí mismo. ¿Acaso Dios tiene necesidad de mandarnos que nos amemos a nosotros mismos? No, eso lo hacemos sin necesidad de que se nos impulse a ello. Todos de natural nos cuidamos bien a nosotros mismos, y Dios está sencillamente diciendo aquí que si amas a tu mujer, te amas a ti mismo, porque ambos sois una carne, y que si destruyes a tu mujer por cualquier medio —la crítica, la infidelidad o cualquier otra forma—, te estás destruyendo a ti mismo. Se debe decir de manera enfática: no tenemos aquí ninguna justificación escrituraria para el amor propio.

Luego tenemos Mateo 22:39: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», pasaje que ha sido tomado como una justificación escrituraria para el amor propio. Una vez más, el amor a uno mismo se da por supuesto, y lo que la ley ordenaba al hombre era amar a su prójimo como a sí mismo. No hay mandamiento a amarse a uno mismo. Este pensamiento no se encuentra en la Palabra de Dios.

Luego, Filipenses 2:3 dice: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.» He oído a algunos decir que está bien que uno se estime a sí mismo siempre y cuando estime a los demás como mejores que uno mismo. Si llevamos esto a su conclusión lógica, esta interpretación resultaría en los casos peores en una baja autoestima, porque en último término tendríamos que considerar que todos los demás son mejores en todas las formas que nosotros mismos. Una vez más, no me parece que éste sea el significado del versículo. El pensamiento es que todos nosotros, sean cuales fueren nuestras capacidades naturales, nuestros dones espirituales o nuestra fidelidad al Señor, podemos siempre contemplar a otro creyente y ver una cualidad, un don o un rasgo deseable de carácter que nosotros no poseemos. También podemos mirarnos a nosotros mismos y contemplar un pecado que nos acosa y que otros no tienen. Si estamos caminando con el Señor, veremos el bien en otros, y a la vez reconoceremos nuestras propias faltas. No tendremos problema alguno para estimar a otros como mejores que nosotros mismos, porque buscaremos lo mejor en los demás. Si pensamos en nosotros mismos, será más bien para juzgar nuestros fracasos que para hincharnos por lo que somos o por lo que hemos hecho. Este versículo, desde luego, no es la justificación escrituraria para la autoestima tal como este término está siendo actualmente interpretado. Deberíamos permanecer ocupados con Cristo y los demás, y no con nosotros mismos.


Cristo—Su amor y comprensión

Hasta este punto, hemos tratado mayormente acerca del aspecto negativo de la autoestima, señalando cómo la presencia del pecado lo ha arruinado todo en la creación de Dios. Hemos visto que incluso aquellas cosas que Dios ha dado se usan para un mal fin, y que el orgullo entra fácilmente y estropea incluso los sentimientos más rectos. ¿Cuál es entonces la respuesta para todo esto? ¿Hay alguna manera de poner todas estas consideraciones en una perspectiva correcta? Creo que sí la hay. Como con todas las otras cuestiones de la vida, tenemos que introducir a Cristo. En Él, mediante Su Palabra, encontramos la respuesta para todo. Como alguien me dijo: «La respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz.»

En nuestras observaciones bajo el encabezamiento «Amor y comprensión», hemos señalado que ser amado y comprendido son cosas esenciales para cada ser humano, y que la privación de esas cosas ha provocado graves dificultades, y ocasionalmente calamidades. ¿Qué sucede con aquellos que no han recibido esos importantísimos factores en sus vidas? Sabemos demasiado bien que el pecado ha arruinado incluso este aspecto de nuestras vidas en muchas ocasiones. Quizá algunos de nosotros proceden de hogares cristianos donde se daba el amor en gran medida, e incluso en hogares en los que Cristo no es conocido está presente con frecuencia el amor. Pero sabemos que tristemente está ausente de muchos hogares, haciendo las cosas muy difíciles para los niños que crecen en medio de tal ambiente. Éstos tienden a contemplarlo todo a través del color de sus experiencias.

He hablado con algunos que encontraban difícil creer que Dios les amaba, debido a que habían conocido tan poco amor en sus vidas. Habían buscado amor y comprensión en sus padres, y, al no recibirlo, encontraron difícil creer que nadie más les amase. A otros se les había dicho toda la vida que carecían de valía y que no eran buenos para nada, y con ello encontraron difícil creer que nadie pudiera apreciarlos, o que tuvieran capacidad alguna para hacer nada. Aun otros habían vivido tanto de sus vidas bajo la sombra de una terrible experiencia, quizá desde su infancia, y habían sido incapaces de recuperarse de aquello.

Hemos visto que la sabiduría humana propone una respuesta para este problema, e intenta convencer a la persona acerca de su propia valía, de su capacidad y de su importancia en este mundo. Este enfoque puede tener un cierto mérito al hacer consciente a la persona de sus capacidades que ha recibido de Dios. Sin embargo, no llega suficientemente lejos, porque el resultado lógico es sólo orgullo por una parte, o frustración por la otra.

El año pasado, mientras mi mujer y yo disfrutábamos de un viaje en automóvil por la costa occidental de los Estados Unidos, me volví a ella y le dije: «Sabes, una necesidad básica de cada ser humana es amor y comprensión.» Ella respondió: «¿Qué sucede si no lo recibes? ¿Qué sucede si creces en un ambiente duro?» Puede que algunos de los lectores de estas líneas procedáis de hogares así, y (¿me atreveré a decirlo?) algunos de vosotros podéis proceder de asambleas donde parece haber poco amor y comprensión. Puede que intentéis hacer algo de todo corazón, y sólo conseguís críticas por ello, bien en casa, bien fuera. ¿Habéis tenido la experiencia de intentar ayudar y que os hayan rechazado, diciéndoos que no podéis hacerlo bien? Quizá comencéis a preguntaros cuál es vuestro papel, y qué debierais estar haciendo.

Ya nos hemos referido al Salmo 63:3, que dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El versículo 1 dice: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.» Dios provee amor y comprensión a aquellos que han estado privados de lo uno y de la otra, no debido a lo que somos, ¡sino debido a lo que Él es! Es Su misericordia, Su disposición favorable, lo que necesitamos más que todo, ¡y Él nos la dará incluso si nadie más lo hace!

«Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos 12:2, 3).

Dios nos ha dado un ejemplo, y este ejemplo es el Señor Jesús. Aquí el énfasis recae en el andar práctico del creyente, y el Señor Jesús nos es presentado como un ejemplo. Hubo Uno, nuestro Señor Jesucristo que (lo digo con reverencia) estuvo satisfecho con la aprobación de sólo Uno. El Salmo 88:18 dice: «Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas.» El Salmo 69 es uno de los Salmos Mesiánicos, que hace referencia profética al Señor. El versículo 20 afirma: «El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé.»

¿Te sucede, nos sucede, que a veces nos encontramos diciendo: «Nadie me comprende; parece que nadie me ama ni se cuida de mí»? Creo que a veces el Señor Jesús nos lleva, a ti, a mí, al punto en nuestras vidas en el que nos pregunta si estamos dispuestos a seguir si tan sólo tenemos Su aprobación y Su amor. ¿Cuál fue el gozo que fue puesto delante de Él, en Hebreos 12:2? Creo que fue el gozo de hacer la voluntad del Padre, y Él es un ejemplo para nosotros. Dios le privó en la cruz de todo posible consolador. ¿Para qué? En parte, para mostrarnos que nuestro bendito Salvador podía pasar por todo aquello sin apoyos humanos. ¿Estamos dispuestos a ello? ¿Estás dispuesto a decir: «Señor, tu amor y tu aprobación son suficientes»? Yo no soy responsable de la falta de amor y comprensión que pueda haber experimentado en mi infancia, pero Dios me considera responsable como persona madura en lo que atañe a mi reacción ante tales experiencias, porque me ha dado todo lo necesario para capacitarme para vencerlas.

Me doy cuenta de que esto es más difícil para unos que para otros. Algunas personas son de natural más resistentes, y pueden capear las críticas con mayor facilidad. Otras parecen poder sobrevivir a la carencia de amor y comprensión, mientras que otras quedan totalmente devastadas. Que cada uno de nosotros aprenda a decir: «Señor, ayúdame a aprender viviendo a la luz de tu amor y comprensión.» Nunca seremos plenamente felices en nuestra vida cristiana hasta que podamos decir: «Me sentiré satisfecho si tan sólo gozo del amor del Señor en mi corazón, y tengo en mi alma la conciencia de que estoy haciendo Su voluntad.»

Cuando hemos alcanzado el punto de necesitar sólo de Su aprobación, de Su amor, de Su comprensión, sucede entonces una cosa maravillosa. Descubrimos que el Señor nunca nos deja del todo sin compañerismo, amor, cuidado y aliento. No: Él sabe que necesitamos la ayuda y el aliento mutuos, y nunca nos dejará totalmente a solas.

Ha habido ocasiones en mi vida en que he sido llevado al punto de decir: «Señor, tu amor es suficiente.» No me refiero a que haya jamás experimentado un rechazamiento total de parte de todos aquellos de los que esperaba amor y comprensión, pero ha habido tiempos en mi vida en los que he sentido que el problema que estaba experimentando difícilmente podía compartirlo con nadie más. Quizá hayas pasado por esta experiencia. Es maravilloso, bajo esas circunstancias, sentir al Señor casi tocando tu hombro con Su mano y alentándote a proseguir, diciéndote que Él comprende, que Él te ama y que se cuida de ti. Pero en cada una de esas situaciones, Dios ha enviado a alguien a darme ánimo, una palabra de aliento, un empujón, como solemos decir. A veces era sólo una palabra bondadosa, pero era precisamente lo que necesitaba. El Señor sabe cuánto necesitamos este impulso, y Él nos lo dará, justo en el momento adecuado. Luego nos ocupamos con Él, dándonos cuenta de que el estímulo, aunque haya venido de nuestros compañeros cristianos, procede en último término de Él mismo. Lo miramos a Él, no a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Al considerarlo a Él, y todo lo que Él padeció, nos ocupamos con Su perfección, y nos damos cuenta de que Él nos compensará por aquello de que el pecado nos haya privado.


«Un hombre en Cristo»

Hemos considerado al hombre en la creación, y al hombre como criatura caída. Consideremos ahora al hombre en Cristo. Ya hemos visto que el pecado entró en el mundo por la desobediencia del hombre, y que ha afectado a cada parte de nuestro ser. Debido a la entrada del pecado en este mundo, cada uno de nosotros tiene una naturaleza pecaminosa, caída. Hemos visto que el pecado toma incluso aquellas capacidades que hemos recibido de Dios y las usa en mal sentido. En la última sección hemos dicho que la respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz. A fin de comprender esta declaración, debemos considerar la verdad que se expone en Romanos, capítulos 6, 7 y 8.

En el libro de Romanos hasta el versículo 12 del capítulo 5 tenemos el examen de la cuestión de los pecados. Queda establecida la culpabilidad absoluta de todo el mundo, y luego se presenta la obra acabada de Cristo como el único remedio. Luego, desde Romanos 5:12 hasta el fin del capítulo 8, se presenta ante nosotros la cuestión del pecado en su raíz y principio. Debemos ver con claridad el problema del pecado si queremos ver la respuesta escrituraria a la cuestión de la autoestima.

Es importante ver que cuando Dios nos salva, Én no perdona nuestra naturaleza pecaminosa y caída, y tampoco la quita. El Señor Jesús dijo a Nicodemo: «Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:7). Cuando acudimos como pecadores culpables, Dios perdona nuestros pecados y nos da una nueva vida en Cristo. Ahora el creyente tiene dos naturalezas: una que es desesperadamente pecaminosa y que no puede agradar a Dios, y una nueva naturaleza que es verdaderamente vida en Cristo y no puede pecar. La presencia de estas dos naturalezas es causa de conflicto en nuestras vidas.

La vieja naturaleza de pecado nunca mejora a lo largo de toda nuestra vida. Está siempre con nosotros, y es igual de mala después que he sido salvo durante veinte años que como lo era antes de ser salvo. Dios quiere que yo exhiba mi nueva vida y su naturaleza en mi andar cristiano, pero, ¡cuántas veces intenta reafirmarse la vieja naturaleza! Por eso pecan los cristianos, y la ocupación en el yo y el orgullo son parte de esos pecados.

En Romanos 5 tenemos la verdad de que la sangre de Cristo ha quitado mis pecados. En Romanos 6 aprendemos la verdad adicional de que en la muerte de Cristo Dios vio la muerte de nuestro «viejo hombre». «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Romanos 6:6). Ahora, el mandamiento es: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Antes de la muerte de Cristo, nunca se mandó a nadie que se considerase a sí mismo (es decir, el viejo hombre) como muerto. Más bien, había sido puesto bajo la ley hasta la venida de Cristo. «La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). Ahora Cristo ha muerto y resucitado. El creyente, identificado con Cristo, puede decir que él también ha muerto al pecado, y con ello el pecado ya no tiene más dominio sobre él. Ahora Dios nos contempla no como pecadores caídos, sino como aquellos que tenemos nueva vida en Cristo. Debemos permitir que la nueva vida y naturaleza caractericen nuestro caminar cristiano, y debemos reconocer que hemos muerto al pecado.

El acto del bautismo nos expone esta nueva posición. Al pasar por el bautismo, el creyente confiesa su identificación con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Ya no está identificado con un mundo pecaminoso que ha rechazado al Señor Jesús, sino que forma parte ahora de la familia de Dios. Ha muerto al pecado. Ya no ha de andar más en sus antiguos caminos de pecado; ha de andar ahora «en novedad de vida» (Romanos 6:5). El pecado en mí —mi naturaleza vieja y pecaminosa— ya no tiene más derechos sobre mí. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

Este conflicto entre la naturalezas vieja y la nueva queda expuesto de una manera práctica en Romanos 7. Aquí tenemos al hombre verdaderamente renacido y gozando de una nueva vida, pero todavía no ha experimentado la liberación del pecado. Igual que en el caso de muchos de nosotros, el hombre en Romanos 7 descubrió que en tanto que tenía una nueva vida y quería hacer lo bueno, no tenía poder para ello. ¿Cuántos de nosotros hemos querido sinceramente vivir la vida cristiana, pero encontrando constantemente que pecábamos a pesar de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no hemos encontrado, en palabras de Romanos 7:15, que «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago»?

¿Cuál es la razón de que somos incapaces de conseguir la victoria? Encontramos la respuesta en el versículo 18. Debemos llegar a la conclusión escrituraria de que «en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien». Tantas veces estamos dispuestos a admitir que hemos pecado, pero no estamos dispuestos a admitir que no hay nada en nosotros que tenga mérito alguno delante de Dios. No estamos dispuestos a reconocer que no hay absolutamente nada en nosotros en la carne que Dios pueda aceptar —todo ha quedado arruinado por el pecado—. Más aún, debemos llegar a la triste conclusión a la que llega el Apóstol en el versículo 24, cuando dice: «¡Miserable de mí!» No sólo es la vieja naturaleza incorregiblemente mala, sino que nuestra condición es increíblemente desgraciada. Es penoso reconocer esta realidad, pero es esencial, si queremos ser liberados del pecado. Es sólo cuando esto se hace realidad en nuestras almas que dejamos de tener ninguna confianza en nuestra vieja naturaleza de pecado y que nos volvemos a Cristo. Por eso dice la última parte del versículo 24 y el versículo 25: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.» La liberación viene no mediante la ocupación con nuestro yo y tratando de mejorarnos a nosotros mismos, sino mirando fuera de nosotros mismos, a Cristo. Entonces encontramos liberación inmediata, porque estamos ocupados con lo que Cristo es, y no con lo que nosotros somos.

A menudo retrocedemos horrorizados al darnos cuenta de lo verdaderamente terrible que es nuestra naturaleza pecaminosa. No queremos admitirlo, de modo que defendemos nuestra vieja naturaleza de pecado, o la excusamos, en lugar de admitir que es tan mala como parece. El camino a la liberación es admitir plenamente lo que Dios ya nos ha dicho en Su Palabra, que «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jeremías 17:9). Que nuestra naturaleza sea tan mala como Dios declara que es: Dios la ha condenado en la cruz, y en la muerte de Cristo he muerto al pecado. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8:3).

Romanos 8 nos presenta la bendita posición del creyente que ha sido liberado del pecado. No sólo son lavados mis pecados, sino que he sido liberado de la ley (o, del principio) del pecado y de la muerte. Ya no estoy ante Dios como un pecador arruinado, sino que estoy «en Cristo Jesús» (Romanos 8:1), no andando «conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:4). En lugar de tratar de mejorar la naturaleza de pecado, sencillamente me aparto de ella, reconociendo que ante Dios estoy «en Cristo» y que tengo una nueva vida en Él.

Hace años había más gente que quemaba leña y carbón para calentar sus casas, y los deshollinadores eran muy numerosos. Como puede que sepáis, al quemar leña y carbón, se acumula en las chimeneas una sustancia que se llama creosota, y si no se limpia de manera periódica, finalmente el resultado es que la chimenea se enciende. Esos deshollinadores pasaban por las casas con regularidad y limpiaban chimeneas para ganarse la vida. A veces, las chimeneas eran lo suficientemente grandes como para que chicuelos y hombres entrasen en ellas para hacer la limpieza, y podemos imaginarnos cuánto se ensuciaban. Se quedaban cubiertos de hollín de la cabeza a los pies. Veías a esos hombres ir de casa en casa, todos ennegrecidos, con sus escobones y otros utensilios sobre el hombro.

Ahora, dejad que os haga una pregunta: «¿Cómo os ensuciaríais más: abrazando un deshollinador, o luchando con él a brazo partido?» Si reflexionáis un momento, estaréis de acuerdo en que no habría mucha diferencia: de una manera o de la otra os ensuciaríais sin remedio.

Si comparamos el deshollinador con nuestra vieja naturaleza pecaminosa, la aplicación se hace evidente. Al diablo no le preocupa si abrazamos el pecado o si estamos constantemente luchando con él, porque de una manera o de la otra quedamos contaminados. Lo que hemos de hacer es apartarnos del deshollinador, mantenernos bien lejos de él. Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios que debemos hacer cuando nuestra naturaleza pecaminosa intenta actuar: sencillamente, debo apartarme de ella, y dejar que el Espíritu de Dios ponga a Cristo ante mí. Cada verdadero creyente tiene al Espíritu de Dios morando en él, y el Espíritu de Dios es el poder de la nueva vida. Volveremos a esto más adelante.


«Vive Cristo en mí»

Hemos visto que la verdadera posición cristiana es la de estar muerto, sepultado y resucitado con Cristo. Por lo que atañe al pecado, Dios lo ha condenado en la cruz. En la muerte de Cristo, Dios vio la crucifixión de mi viejo hombre, y la cruz fue el fin de todo aquello que yo era como criatura pecaminosa de la raza de Adán. Ahora tengo derecho a asumir esta posición en la práctica, y a considerarme como «muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Con esta bendita verdad en mente, podemos pasar a ver la verdadera respuesta, la respuesta escrituraria, a la autoestima.

El título de esta sección procede de un versículo en Gálatas: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

La sabiduría de este mundo, como ya hemos visto, nos dice que debemos desarrollar nuestras buenas cualidades, y hacernos conscientes de nuestro potencial. Debemos darnos cuenta de que somos personas valiosas, y de que tenemos una contribución que hacer. Se nos dice que debemos tener fe en nosotros. Ya hemos comentado que hay un cierto mérito en llevarnos a reconocer aquellas capacidades que hemos recibido de Dios, pero si no se expone y trata de manera explícita el factor del pecado, esta enseñanza nunca resolverá el problema de la autoestima.

La ocupación con nuestro propio yo siempre acabará o bien en orgullo o en abatimiento. Todo ha quedado manchado por el pecado, y o bien nos hincharemos por lo que somos, o nos deprimiremos por lo que no somos. Es indudable que en algunos casos esa enseñanza desarrollará en alguna persona una cualidad o capacidad, de modo que la gente dirá que funciona. Sin embargo, este enfoque nunca puede llevarnos más allá del ámbito de nosotros mismos. La base para la autoestima es sumamente frágil y puede perderse con suma facilidad. El que se ocupa de sí mismo nunca es verdaderamente feliz.

Lo que necesitamos es dejar que Gálatas 2:20 se apodere de nuestras almas. Necesitamos ser conscientes de qué significa ser «crucificados con Cristo». El «yo» aquí es lo que yo era antes de ser salvo, el «yo» que yo era como hijo de Adán, y como miembro de una raza pecaminosa y caída. Al poseer una nueva vida en Cristo, tengo derecho a decir que el viejo «yo» ya no es más lo que yo realmente soy. Ante Dios, estoy «en Cristo», y debo dejar que la nueva vida que Cristo me ha dado sea el «yo» desde ahora en adelante. Por cuanto ésta es realmente la vida en Cristo, puedo decir con verdad que «vive Cristo en mí».

Dios puso a prueba al hombre a lo largo del Antiguo Testamento, y toda esta prueba demostró sólo la total ruina del hombre en su condición caída. Ahora Dios ha acabado con el «primer hombre», y comienza de nuevo con Su Hombre, el Señor Jesucristo. La maravillosa verdad es que cuando el primer hombre (Adán, y en último término nosotros) falló en todo lo que Dios le había encomendado, Dios presentó a Su Hombre, el Señor Jesucristo. Cristo fue fiel en cada una de las áreas en las que había fracasado el primer hombre, y todos los propósitos de Dios serán cumplidos en un hombre, Su propio Hijo amado. Este es el significado del Salmo 8:4-5, que dice: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.» ¡Con una maravillosa gracia, Dios ha querido asociarnos a ti y a mi con Él, y nos ha dado nueva vida en Él! En lugar de esperar algo de parte del hombre, Dios está poniendo algo en él. ¡La respuesta de Dios no es la autoestima, sino la «Cristo-estima»!

Leí una historia hace algo de tiempo, que creo que ilustra muy bien este extremo. Había una mujer joven que había tenido una infancia y juventud muy dura. Algunos de vosotros tendréis una experiencia de esto. Sus padres y otros le habían dicho continuamente que no podía hacer nada a derechas; como resultado, tuvo problemas graves cuando llegó a las primeras etapas de la vida adulta. Para un observador casual, todo parecía venirle de cara. Era atractiva, tenía buenas capacidades naturales y era una verdadera cristiana, pero sencillamente parecía no poderse quitar de la cabeza la idea de que no valía para nada. Acudió a psiquiatras y a toda especie de grupos de autoayuda, pero parecía que nada le servía. Finalmente acudió a un cristiano que estaba dispuesto a escuchar su historia y a tratar de ayudarla. Le contó su situación, cómo parecía que nunca podía hacer nada bien, y acabó diciendo: «Sencillamente, tengo constantemente la sensación de que no valgo nada.»

Después de escucharla atento durante largo rato, la miró y le dijo con voz suave y gentil: «Quizá es que no vale nada.» Él se estaba refiriendo, naturalmente, a su naturaleza pecaminosa, no a las capacidades de que Dios la había dotado. Podréis imaginaros su reacción. Lo miró de hito en hito con los ojos llameantes, y le dijo: «¡Nadie me ha hablado nunca antes de esta manera! Mi psiquiatra me dice siempre que soy una persona valiosa, que debo creer en mí misma, que …» Entonces él la interrumpió con esta pregunta: «¿Y ha funcionado?» «¡No!,» le repuso ella, «¡pero no estoy dispuesta a desistir de mí misma, todavía!»

Debemos estar dispuestos a desistir de nosotros mismos en cuanto a nuestra naturaleza pecaminosa, si ha de vivir Cristo en nosotros. Para ser salvos, tuvimos que llegar a desistir de nosotros mismos, y tenemos que hacernos conscientes de la ruina total del «viejo hombre» si vamos a caminar como cristianos en el camino derecho. En tanto que nos centremos en nosotros mismos, las cosas nunca estarán bien. Dios quiere que nuestra nueva vida en Cristo tenga una expresión práctica en nosotros.

Quizá digamos: «¡Oh, lo he intentado, pero no me ha valido. Sencillamente, parece que no me es posible!» Entonces somos como el hombre de Romanos 7, que estaba intentando hacerlo con sus propias fuerzas. Siempre habrá una lucha, y siempre perderemos hasta que nos apropiemos de lo que Cristo ha hecho por nosotros en la cruz. Así como tuvimos fe de que la sangre de Cristo fue suficiente para quitar nuestros pecados, así debemos tener fe de que nuestro «viejo hombre» fue crucificado con Cristo. En ambos casos, la fe cuenta con la estimación por parte de Dios de la obra acabada de Cristo. La fe cree aquello que, a la vista de Dios, es un hecho ya consumado: que en la muerte de Cristo yo morí al pecado. Entonces tengo poder para actuar sobre la base de Romanos 6:9, y me considero como muerto en la práctica. Entonces adopto la perspectiva que Dios tiene de mí mismo, que el «yo» real es ahora el nuevo hombre, la nueva vida que poseo en Cristo.

Si tengo una nueva vida en Cristo, ¿es posible que yo pueda fracasar en algo que Dios dé al nuevo «yo» para llevarlo a cabo? No, porque todos los recursos de Dios están a disposición de quien esté andando por el camino de la obediencia, y dejando que la nueva vida de Cristo se exprese. Esto parece algo elemental, y sin embargo es algo asombroso. La nueva vida, que siempre actúa para agradar a Dios, no puede fallar en nada de lo que haga.

Pero el reto de dejar que la nueva vida se exprese en nuestras vidas es probablemente la mayor dificultad con que se encuentra cada cristiano. Lo mismo que la joven a la que he hecho referencia, no estamos dispuestos a desistir de nosotros mismos y a reconocer que nuestra naturaleza pecaminosa no puede hacer nada para agradar a Dios. Queremos ser más como Cristo. Hablamos acerca de ello, quizá cantamos acerca de ello, pero la realidad subyacente es que nos gustamos demasiado tal como somos. No es amor propio lo que necesitamos, porque esto sólo me llevará a ocuparme con lo que soy por naturaleza. El antídoto es estar ocupados con Cristo y gozar de Su amor en nuestros corazones. Entonces mi ocupación será con lo que Él es y no con lo que yo soy.

En la vida de Gedeón vemos un ejemplo de aprender a apartar la mirada de uno mismo para fijarla en el Señor. El Señor había liberado a los hijos de Israel en manos de los madianitas debido a sus pecados. Cuando el ángel del Señor acudió a Gedeón y le dijo que el Señor iba a usarlo para liberar a Israel, su respuesta fue: «Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre» (Jue. 6:15). Pero estaba dispuesto a ser obediente, y el Señor le condujo gentilmente. Cuando todavía no podía ser persuadido de ir adelante, el Señor le respondió bondadosamente cuando puso el vellón de prueba en dos ocasiones separadas. Luego, para mostrar que la misión debía llevarse a cabo en Su poder, el Señor redujo su ejército a sólo trescientos hombres. Finalmente, mandó a Gedeón que descendiera al campamento de los madianitas, y allí al acecho oyó una conversación dentro de una de las tiendas que le convenció de que el Señor iba a darle la victoria. Gedeón obtuvo la victoria, pero de una manera que el Señor recibió toda la gloria. Gedeón no tenía nada de qué jactarse, porque era evidentemente la mano del Señor. Con esto ilustró la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10).

Después de la victoria, cuando los hombres de Efraín mostraron su enfado con él porque pensaban que no les había dado el puesto de honor, la actitud recta de Gedeón se manifestó en su respuesta a ellos. En lugar de exhibir orgullo, la gracia les dio crédito por lo que habían hecho, mientras que Gedeón adoptaba el puesto inferior. Los malos sentimientos quedaron anulados porque Gedeón no quería fama para sí, y estaba dispuesto a dársela a otros. Más tarde, cuando los hombres de Israel quisieron que Gedeón fuera rey sobre ellos, rehusó, diciendo que era el Señor quien debía reinar sobre ellos.

Contrastemos esto con Jefté unos años después, que evidentemente tenía un verdadero problema con su orgullo. Rehusó acaudillar al pueblo en batalla contra los hijos de Amón, a no ser que prometieran hacerle su jefe si los libraba. Luego, cuando los mismos hombres de Efraín volvieron a molestarse, Jefté les respondió con dureza, y siguió una guerra civil en la que murieron cuarenta y dos mil. El mundo diría que tanto Jefté como los hombres de Efraín tenían una deficiente autoestima, pero la palabra correcta a usar aquí es orgullo.

«Oh,» dirás quizá, «pero es que si no tengo un cierto orgullo en mí mismo, no me preocuparía por mi apariencia, por cumplir bien en mi trabajo, por cuidar de mi casa, etc.» Mi difunto suegro me contó una vez que de joven le había hecho a su padre esta misma pregunta. La respuesta de su padre fue: «Hijo, si cada vez que sales de la puerta y vas a la calle, cada vez que vas a trabajar, cada vez que te relacionas con otros en cualquier manera, te acuerdas de que eres un hijo de Dios, y que todo lo que haces y dices afecta a Aquel a quien perteneces, esto se cuidará de todas las cosas como tu apariencia, trabajo, etc., pero sin dejarte lugar alguno para el orgullo. Si recuerdas que has sido enviado al mundo para agradar al Señor, harás todas estas cosas bien, pero con un Objeto fuera de ti mismo.»


Ocupación con Cristo

El verdadero cristianismo hace todo de Cristo, y nada del yo, y es en el yo donde está la esencia de cada problema en la vida cristiana. ¿Por qué hay (y lo digo avergonzado) tantas divisiones en la actualidad entre los cristianos? ¿Por qué no se mantuvo la Iglesia unida como al principio? Se debe a que el hombre quería tener un puesto, en lugar de dejar que Cristo lo fuera todo. Cada falsa enseñanza, sin excepción alguna, da alguna gloria al hombre y resta de la gloria de Cristo.

Traducción del inglés:
Santiago Escuain

http://www.sedin.org/propesp/Autoest.html

http://www.recursosteologicos.org/Apologetica-posmodernismo.htm

 

Confusión e impaciencia en el matrimonio cuando se conversa acerca de las diferencias

a1Autor: David Hormachea

Confusión e impaciencia en el matrimonio cuando se conversa acerca de las diferencias

Todos sufrimos confusión y muchos actuamos inadecuadamente, cuando nos damos cuenta de que nos hemos casado con alguien inmensamente diferente. El problema no es lo que sentimos, sino cómo actuamos por lo que sentimos.
Hay momentos en que enfrentar la realidad es realmente difícil. Sin embargo, es mucho más lamentable y peligroso vivir tratando de ignorarla. Si usted ha elegido el matrimonio para poder vivir en el mundo de la fantasía o muy pronto terminará su fantasía o lamentablemente terminará su matrimonio. Es verdad que generalmente somos atraídos por personas diferentes, pero la historia es totalmente diferente cuando tenemos que vivir con ellas. Esa es una razón por la que la mayoría de las parejas tienen serios conflictos cuando descubren lo diferentes que son.

Muy pronto terminará su fantasía o lamentablemente terminará su matrimonio.
Todo cónyuge en determinado momento comenzará a vivir temporadas de antagonismo al notar lo diferente que es la persona con quien eligió casarse. Todo matrimonio tarde o temprano tendrá uno de esos diálogos que en vez de traer esperanza, nos deja con un sabor amargo y que en vez de ayudarnos a encontrar respuestas, nos crea un sinnúmero de signos de interrogación. Es posible que alguna vez usted haya escuchado algunas de la siguientes declaraciones: «Somos tan diferentes que lo mejor sería separarnos», «Somos demasiado diferentes, y aunque no creo que es bueno separarse, creo que de aquí en adelante debes hacer las cosas a tu manera porque yo las haré a la mía», «Cuando yo pienso blanco, tú piensas negro», «Estas diferencias nunca terminarán». Por supuesto que no son palabras fáciles de escuchar y mucho menos si éstas salen de los labios de aquella persona con quien nos comprometimos a permanecer juntos para toda la vida.
Por dolorosas que sean estas palabras, sin duda, expresan grandes verdades. Lo desagradable es que nos anuncian que vienen consecuencias que ningún ser racional desea. Separarse o divorciarse por las diferencias, es tan ridículo como querer casarse con alguien que sea igual a uno. Resentirse y no aceptar las diferencias es como querer tener a su lado un robot. Alguien que hable, piense, haga y diga todo lo que uno le mande. Pero, ¿es realmente eso lo que busca el cónyuge que está haciendo estas declaraciones? Mi respuesta enfática a esta pregunta es un rotundo no. Lo que generalmente la persona busca es ser entendida, y en medio de su frustración expresa su desaliento. Obviamente este cónyuge siente que sus puntos de vista, sus formas de hacer las cosas, sus anhelos, sus deseos, no se están tomando en cuenta en la medida que espera.
Hoy, a diferencia de lo que pensaba antes, y después de muchos años de matrimonio, pienso que tras estas declaraciones se encuentra oculto un buen mensaje que se está entregando con el propósito de que sea comprendido. Debo reconocer que no siempre he pensado tan positivamente, pues hubo momentos en que al escuchar estas declaraciones de preocupación de mi esposa, sentí que todo mi mundo familiar se desmoronaba. Cada vez que escuchaba estas palabras me parecía oír el anuncio de una separación, sobre todo cuando concluíamos que no valía la pena seguir hiriéndonos. Era amenazante pensar que no tenía sentido seguir juntos si cada vez que yo hacía algo que a ella no le agradaba, o cada vez que ella hacía algo que a mí no me agradaba, volvíamos a discutir acaloradamente acerca del problema, y una vez más, después de conversar y expresar cada uno sus puntos de vistas, llegaríamos a la repetida y decepcionante conclusión: «Somos demasiado diferentes».

Cada vez que escuchaba estas palabras me parecía oír el anuncio de una separación.
En determinados momentos y queriendo entender nuestras diferencias, tanto mi esposa como yo, tomamos el tiempo para pensar en el pasado y estudiar los antecedentes familiares de cada uno. Después de analizar las respectivas familias, llegamos a la conclusión de que una de las razones por la cuales somos tan diferentes es por la forma tan diferente en que fuimos criados. Creo que todos estamos de acuerdo con esta conclusión, pero una conclusión no es una solución, sobre todo cuando sabemos que tal vez nuestras diferencias nunca terminen y que algunas de ellas nos acompañarán toda la vida. El resultado de este frío análisis ha sido la frustración de mi esposa, su desesperanza y su respectiva declaración comunicándome que ella no podía vivir tranquila con estas diferencias. Precisamente en aquellos momentos aparecía en mi mente una gran incógnita. Si no podemos vivir tranquilos con nuestras diferencias, ¿cuál debería ser la solución o cuál debería ser el siguiente paso? Me pregunté muchas veces, ¿qué debe hacer una pareja que no sabe cómo vivir con sus diferencias?
Soy de las personas que piensan que determinaciones tan importantes como estas de ninguna manera deben ser producto de una decisión emocional, abrupta y sin profunda meditación. Esa es la razón por la que, cuando tuvimos estas dificultades en nuestro matrimonio, decidí pensar seriamente sobre el asunto. Tomé la decisión de investigar lo que Dios desea que todos nosotros hagamos cuando nos encontremos en esas circunstancias. Me repetí constantemente a mí mismo: Si Dios nos creó diferentes y permitió que con diferentes antecedentes, deseos, costumbres, anhelos y metas lleguemos a ser un matrimonio que está supuesto a convivir en la relación interpersonal más cercana e íntima de este mundo, es imposible que Él no tenga una respuesta, no es posible que no haya dejado un camino para poder convivir. Mi conclusión una vez más me daba esperanza pues Dios es el autor del matrimonio, Él creó la familia y sin duda tiene respuestas a nuestras más grandes interrogantes.
Creo que la mayoría de los cristianos, cuando buscamos el consejo divino, actuamos de la misma manera. Generalmente estamos esperando que Su consejo coincida con nuestras expectativas, pero muy pronto me di cuenta de que las respuestas que yo esperaba no eran las que la Biblia me entregaba. Una vez más tenía que ser recordado que las respuestas divinas no siempre son las que los orgullosos y egoístas seres humanos esperamos. Si las respuestas hubieran sido lo que mi esposa y yo esperábamos, Dios habría tenido que darnos dos respuestas diferentes y al aplicar sus consejos, en vez de terminar nuestros conflictos más bien nos habríamos metido en otros mayores porque tanto mi esposa como yo, esperábamos que la Biblia nos diera la razón.
La fórmula divina que descubro en las páginas de la Biblia realmente me resulta paradójica porque rompe los ideales humanos de la misma forma que lo hacen muchos de sus principios. En la historia podemos notar que cada vez que una sociedad ha encontrado una desarmonía entre sus valores y los valores divinos, ésta ha tratado de ridiculizar los categóricos principios y mandamientos divinos. A través de los siglos, los hombres han rechazado los altos valores divinos, porque sin duda, éstos se salen de las expectativas humanas. Las fórmulas divinas no son fácilmente aceptadas por nosotros los humanos. Es difícil aceptar que si nos humillamos, seremos exaltados y si sufrimos seremos bienaventurados. Estas son fórmulas que no encajan en nuestro orgulloso corazón. Pero, Dios no se ha equivocado. Estos fueron los principios que rigieron la vida de Jesucristo, y aunque a los ojos de sus contemporáneos puede haber terminado como un perdedor, ante los ojos de Dios-Padre, su humillación le llevó a la exaltación y su actitud de siervo a la posición de Rey.

Es difícil aceptar que si nos humillamos, seremos exaltados.
Después de pensar en todo lo expuesto, creo que fundamentalmente el éxito de la relación conyugal radica en aceptarnos tal como somos. Ninguno debe intentar cambiar a su cónyuge, más bien cada uno por sí solo debe determinar hacer todos los cambios que sean indispensables para la adecuada relación matrimonial.
Estos cambios serán efectivos siempre y cuando se tome en cuenta las necesidades de la persona amada y cuando nuestra determinación de cambiar no esté basada exclusivamente en la opinión humana sino en el consejo divino, aunque éste vaya en contra de los anhelos humanos.

 
Hormachea, D. (1994). Para matrimonios con amor (pp. 8–14). Miami, Florida: Editorial Unilit.

Una Sociedad En Crisis

a1Samuel Pérez Millos, es pastor en la Iglesia Evangélica Unida de la ciudad de Vigo, España, desde el 26 de septiembre de 1981.

Cursó los estudios de Licenciatura en Teología, en el Instituto Bíblico Evangélico, graduándose el 10 de junio de 1975.

Master en Cristología y Espiritualidad Trinitaria.

Autor de más de 45 libros de teología, comentarios bíblicos y vida cristiana.

Actualmente está produciendo el Comentario Exegético al Texto Griego del Nuevo Testamento, obra en veinte volúmenes, (ver apartado Literatura).

Colaborador en programas de Radio y Televisión, tanto en España como en Hispanoamérica.

En el Ministerio Exterior es conferenciante en distintos países de Europa, Hispanoamérica, Estados Unidos y Australia.

Profesor en el Instituto Bíblico «Escrituras» (AA.HH.), profesor en la Escuela Evangélica de Teología (Fieide), profesor en la Facultad Internacional de Teología (IBSTE) de Barcelona.

 

 

 

http://perezmillos.com.april.arvixe.com/es-es/

COSAS QUE EL PADRE NO DEBE HACER

a1Autor: Taylor, G. D

COSAS QUE EL PADRE NO DEBE HACER

No conmine a su hijo si no tiene intenciones de cumplir su amenaza. Tal falta de palabra socavará su autoridad. Si ha prometido castigarle si repite alguna maldad, hágalo sin vacilación alguna. Probablemente él quería probar si usted hablaba en serio.

No le ofrezca premios a cambio de su obediencia. Esos caramelos o juguetes cada vez serán más costosos. La obediencia no se obtiene con propinas; viene como resultado de una actitud tan razonable como firme.

No se enfade por sus travesuras. Si pierde el control de sus emociones, lo pierde también sobre su hijo. Puede ser que, atemorizado por su enojo, le obedezca; pero tal obediencia es forzada, no producto del respeto y el amor. Su enfado lo disminuye a los ojos de su hijo.

No descuide las explicaciones. Los niños pequeños tienen siempre mil preguntas. Apenas están descubriendo el mundo y su curiosidad es natural. Si no tiene respuestas para su hijo, él las buscará en otra parte. En este caso, existe el peligro de que obtenga información errónea o inadecuada que deforme sus procesos mentales. Protéjalo de ese peligro siendo usted el que le explique los misterios de la naturaleza y de la vida.

Evite destruir sus sueños dorados. Es cierto que debe ayudarlo a ir enfrentándose a la realidad. Pero ello no implica que ridiculice sus ilusiones infantiles. Soñar no le hará daño. Deje que el tránsito de la ilusión a la realidad lleve su tiempo. Recuerde a José, el hijo de Jacob; soñaba tanto con grandezas que sus hermanos lo apodaron «el soñador». Y mire hasta dónde llegó José.

No descuide su educación espiritual. Con frecuencia los padres piensan equivocadamente que esto es responsabilidad exclusiva de la madre o de la iglesia. Por el contrario, es principalmente del padre. La fe en Cristo es un concepto masculino y varonil. Dios es el Padre eterno; Jesús la más elevada expresión de hombre que el mundo haya conocido. Enseñe a su hijo a andar en los caminos de Cristo y a respetar la iglesia.

¿Qué más le podré decir? Dios fue quien le hizo esposo y padre. Gloríese en este privilegio y esta vocación. Consciente de la responsabilidad que descansa en usted, cumpla su deber como conviene. Con la ayuda de Dios, tendrá una familia feliz en un hogar de armonía y de paz.

Taylor, G. D. (2003). Y ¿QUÉ DE LA RECREACIÓN?: GOCÉMONOS EN LA RECREACIÓN FAMILIAR. En La familia desde una perspectiva bíblica (pp. 115–116). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

Lo que es Hecho en Jesucristo

10350414_516436341790096_3737687015717083030_nAutor: Samuel Pérez Millos

 “Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Co. 1:30). 

       Hay muchos creyentes que no saben realmente lo que Jesucristo les ha sido hecho por Dios. Estos no experimentan la completa paz y el perfecto descanso por este desconocimiento. El apóstol Pablo llama nuestra atención a una consideración sobre cinco aspectos de lo que Jesucristo es para nosotros, y que resumen todo el orden de la gracia. 

       Cuando rechazamos nuestros valores, ponemos a un lado nuestros caminos y cancelamos nuestra opinión personal, que son malos consejeros y peores guías, porque solo Cristo es el camino, sólo Él es la verdad, y sólo Él es la luz que alumbra nuestros pasos, descubrimos que Jesucristo nos fue hecho por Dios, el lugar de seguridad. Pablo dice Dios nos ha puesto“en Cristo Jesús”. Es la posición espiritual de todo aquel que ha nacido de nuevo. Nadie se salva por estar cerca de Jesús, solo se salva quien está en Él. En esa posición tenemos vida eterna, que se alcanza por conocer, en sentido de relación íntima y vivencial, al Padre y al Hijo, de modo que en unión vital con Cristo, la vida divina comunicativa en su naturaleza (2 P. 1:4), fluye a nosotros por el único mediador entre Dios y los hombres que es Jesucristo hombre (1 Ti. 2:5). Algunos se sienten firmes en su fe, en sus prácticas religiosas, en su historia o en las victorias del pasado, pero no deben engañarse porque sólo hay vida y victoria “en Él”. Algunos religiosos oirán del Señor aquellas solemnes palabras: “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mt. 7:23). 

       Cristo es el único a quien debemos escuchar, el único con autoridad sobre nuestras vidas y sobre la Iglesia. Cuando dejamos llegar a nosotros Su palabra, sin prejuicios ni condicionante alguno, descubrimos que Jesucristo nos es hecho por Dios sabiduría. Sabio no es el que almacena conocimiento, sino aquel que lo aplica a la vida. Leyendo la Escritura aprendemos a conocer la miseria de nuestro corazón. En el encuentro diario con ella hacemos limpio nuestro camino. En un reflexionar continuo sobre lo que leemos, alcanzamos victoria sobre el pecado, como dice el salmista: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal. 119:11). Es en una continua experiencia de vivir a Cristo, que dejamos de ser necios para ser sabios. No es sabio el que puede enunciar la doctrina sobre Cristo, sino aquel en quien Cristo se hace vida y descubre que le es hecho por Dios sabiduría. 

       Pablo añade un tercer elemento: Cristo nos ha sido hecho por Dios justicia. Ningún creyente duda que la salvación se alcanza por gracia mediante la fe y que, esta fe, depositada en el Salvador es la que nos justifica delante de Dios (Ro. 5:1). Pero, lo que en ocasiones no entendemos es que Jesucristo es también la razón, causa y motivo de la justicia de vida cristiana. Aquella forma de comportamiento concordante con la voluntad de Dios, que hace que nuestras vidas sean un canto de alabanza a Él por quienes nos observan y conocen (Mt. 5:16). Algunos habiendo comenzado por la fe, pretenden vivir por obras, buscando alcanzar con sus esfuerzos personales la justicia de vida que Dios demanda. Estos se ven obligados a exclamar: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. La justicia conforme a Dios solo es posible para quien vive a Cristo. 

       También se descubre que “Jesucristo nos ha sido hecho por Dios santificación”. Sin duda tiene mucho que ver con vivir justamente. El apóstol Pablo dice que debemos ocuparnos en nuestra salvación “con temor y temblor” (Fil. 2:12). La santidad no es una opción de vida cristiana, sino la única forma de vida. No es posible renunciar a la santidad, sin la cual ninguno verá al Señor. La santidad no es negociable, porque es la demanda bíblica: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”(1 P. 1:15-16). Pero, también se da cuenta que la santificación no es posible por el esfuerzo humano. Que no se trata de hacer o no hacer, gustar o no gustar, tocar o no tocar,  descubriendo que la santidad no tiene nada que ver con limitaciones, duro trato al cuerpo, porque siendo esto carne no tiene ningún valor contra los apetitos de ella (Col. 2:23) Alcanza una nueva dimensión de vida cuando se da cuenta que Dios es el que produce en él “tanto el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Las cargas legalistas que los hombres imponen para imitar la vida santa, caen en una verdadera liberación y nos damos cuenta que somos santos en la medida en que Cristo sea hecho vida por su Espíritu en nosotros. Sólo somos santos cuando podemos decir: “Para mí, el vivir es Cristo”. 

       Finalmente Jesucristo nos ha sido hecho por Dios… redención. Somos verdaderamente libres. La obra del Salvador nos ha liberado de la esclavitud del pecado. Éste ya no tiene autoridad sobre nosotros. La redención trae como consecuencia una vida de plena libertad en Jesús. Él mismo dijo: “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”(Jn. 8:36). En cada momento de la vida tenemos que vivir a Cristo para ser verdaderamente libres. Desde el momento que hemos sido puestos en Él, ya no vivimos nosotros, sino que Él vive y trabaja en nosotros. Experimentamos la verdadera libertad cuando descubrimos que Dios es el que está “haciendo en nosotros lo que es agradable delante de Él por Jesucristo”(He. 13:21). La obra de Jesucristo prosigue hasta la liberación de nuestro cuerpo en la glorificación. Entonces esta grande obra de nuestro rescate será consumada y coronada. Nuestras vidas, tomadas desde la más profunda miseria, terminarán para siempre en la gloria que Él tiene preparada para nosotros.

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http://www.unidavigo.es/index.htm

El Compromiso Del Liderazgo

Samuel Pérez Millos

Modelo eclesial y relaciones intereclesiales

1. DEFINICIÓN DE IGLESIA

Al hacer cualquier reflexión bíblico-práctica sobre determinados aspectos de la iglesia, será necesario y conveniente establecer primeramente una definición del concepto iglesia, a la luz de la Escritura.

La Biblia no es un libro de definiciones. Toda definición limita y, en cierta medida, segrega. Sin embargo, seis grandes proposiciones bíblicas permiten establecer las características que definen la iglesia. En primer lugar, se trata de un pueblo de formación divina, es decir, surge del propósito divino para este tiempo, en el que Dios busca entre las gentes un pueblo para sí (Hch. 15:14).
Además, la iglesia es un pueblo sin limitación de raza o condición; las paredes que establecían una división en la antigua dispensación han sido derribadas en Cristo y por Cristo (Ef. 2:14-16). La iglesia es, por posición, relación y esperanza, un pueblo de condición celestial (Fil. 3:20). Siendo formada por aquellos a quienes Dios redime, es decir, compra y libra de la esclavitud en que se encontraban para trasladarlos a una esfera de libertad (Col. 1:13), es un pueblo de propiedad divina llamado por Cristo «mi iglesia» (Mt. 16:18). Ese pueblo es el don que el Padre da al Hijo (Jn. 6:37 y 39), entregándole aquellos que son suyos, tomados del mundo (Jn. 17:6, 9, 11 y 12). Finalmente, la iglesia es un cuerpo en Cristo del cual Él es cabeza (Ef. 1:22 y 23).
1.1. Énfasis en la unidad de la iglesia
El concepto bíblico inducido por las seis proposiciones anteriores, conduce indefectiblemente a una unidad en la diversidad. Es decir, la iglesia es una, formada por una diversidad de miembros integrados en un solo y único cuerpo. El sentido de unidad estaba en la mente del Señor, cabeza de la iglesia, que lo presenta al Padre como su deseo personal en la oración inmediatamente anterior a su agonía y muerte. Reiteradamente pide que ese pueblo sea uno para que el mundo crea en el Enviado (Jn. 17:21). La idea de unidad expresada por Jesucristo es de un alcance sobrenatural e, incluso, sobrehumano, que supera en todo cualquier otro tipo de unidad que el pueblo de Dios haya podido alcanzar a lo largo del tiempo histórico de los hombres.
La unidad de la iglesia se establece en identidad con la unidad de hipóstasis [rmm1]en el Seno Trinitario, según el Señor manifiesta: «que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (Jn. 17:21). Por identificación con Cristo, cada creyente viene a ser participante de la «naturaleza divina» en la experiencia de la vida eterna (2 P. 1:4), que es común a cada una de las Personas Divinas. La presencia plena de la unidad está vinculada, por tanto, a la presencia trinitaria en cada creyente, de modo que la inmanencia –que es consecuencia de la unidad de naturaleza en perfecta compatibilidad con la distinción real de las Personas Divinas– alcanza la expresión en la vida de cada creyente por la presencia de Dios, como Jesús pide en su oración.

El Señor enseñó que cualquiera que le amase sería también honrado por el Padre y ambos, Padre e Hijo, vendrían a hacer morada en el creyente: «El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él» (Jn. 14:23). Esta verdad debe ser unida también a la presencia real del Espíritu Santo en el cristiano, ya que quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Ro. 8:9). Tal verdad nunca podrá ser comprendida en la dimensión que alcanza, por cuanto se está refiriendo a la inhabitación de la Trina Deidad en el cristiano y, por extensión, en toda la iglesia como cuerpo de creyentes unidos y vinculados a Cristo. De esa manera, el creyente viene a estar en comunión con las Personas Divinas, para pensar, desear, sentir, querer y actuar a la semejanza de Dios, de modo que como Él es, así nosotros en el mundo.

La unidad absoluta, perfecta e indisoluble del Ser Divino, hace posible, no sólo en realidad existencial, sino en afecto de deseo como expresión natural de vida comunitaria, en cada creyente y, por tanto, en la iglesia.[rmm2] Esa comunión vertical, se hace necesariamente horizontal en cada creyente (1 Jn. 1:3). De ahí que la rotura de comunión entre creyentes y colectivamente entre iglesias produzca la rotura de la comunión con Dios excepto que se origine por pecado sin confesar. De otro modo, cuando un creyente rompe su comunión con un hermano con quien Cristo no la ha roto, está poniendo a Cristo fuera de la comunión de su vida. Tal situación genera una abierta oposición al plan divino para esta dispensación y se opone directamente a la voluntad de Cristo. Es por ello, que no sea de extrañar que Pablo exhorte, como objetivo prioritario para la iglesia, el «guardar solícitamente la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4:3).
El efecto de la unidad espiritual genera la relación en comunión de creyentes entre sí. Los primeros cristianos, inmediatamente después de Pentecostés, eran perseverantes en la comunión los unos con los otros. La bendición de Dios sólo es posible en una correcta relación con Su propósito y voluntad, por tanto, la fragmentación espiritual de los creyentes y la división de las iglesias no pueden acarrear sino la oposición de Dios, ya que es una acción de soberbia contra Él y no pueden manifestarse las bendiciones celestiales pues «Dios resiste a los soberbios» y solamente «da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).
Para el mantenimiento operativo de la unidad, Dios ha dado a su iglesia siete bases unitarias (Ef. 4:4-6). Las primeras son constituyentes: «un cuerpo, un Espíritu,… una esperanza»; la iglesia es un cuerpo, morada de Dios en Espíritu y afirmada en una misma esperanza que es Cristo (Col. 1:27). Las tres siguientes son fundantes: «un Señor, una fe, un bautismo»; la única autoridad soberana sobre la iglesia como Cabeza es Cristo, la fe común para la iglesia es la única y autoritativa Palabra de Dios; la formación de un cuerpo se alcanza por la acción bautizadora del Espíritu en Cristo (1 Co. 12:13). La última base es trascendente, por cuanto es Dios mismo, que es soberano, «sobre todos», es inmanente, «por todos»y es trascendente «en todos». Capacitada la iglesia para la unidad no tiene disculpa alguna para originar divisiones, escisiones y fracciones.

2. ANÁLISIS Y AUTOCRÍTICA

El análisis de la verdad bíblica exige necesariamente una formulación autocrítica sobre el lugar en donde nos encontramos las Asambleas en relación con la demanda bíblica. Conveniente es el recuerdo de la historia, no para añoranza sino para enseñanza.
2.1. Pincelada histórica
Las Asambleas nacen en una acción del Espíritu conduciendo a creyentes a la integración y a la práctica de la unidad. Creyentes procedentes de distintos grupos denominacionales comenzaron a reunirse, en una notable sencillez evangélica, con el propósito de mantener la comunión unos con otros, perseverar en la oración y estudio de la Palabra y obedecer al Señor en la ordenanza del partimiento del pan. La solicitud en la unidad y la obediencia a la Palabra, trajo como consecuencia la bendición de Dios, en el poder del Espíritu, que permitió extender por todos los continentes este principio espiritual y este estilo de vida.

Se trata, en síntesis, de un movimiento que el Espíritu Santo, hace unos doscientos años, inició en Inglaterra y otros lugares, recuperando el aire fresco de la Escritura para orientar, por medio de ella, en el poder del Espíritu, un nuevo camino del compromiso con Cristo y de la obediencia a la Palabra, sin condiciones y sin concesiones. El resultado no pudo ser otro. Miles de congregaciones reunidas en la sencillez evangélica tomada de la Palabra se fueron estableciendo, por creyentes de muchas denominaciones que deseaban, simplemente, vivir a Cristo y estudiar la Palabra, no tanto para saber más de ella, sino para vivir conforme a lo que ella establecía.
El resultado de este volver a la Palabra trajo como consecuencia un movimiento misionero espectacular, como jamás antes se había conocido. La evangelización alcanzó todas las áreas geográficas del mundo, entre ellas España e Hispanoamérica. Es notable observar que en el año 1945 había más de 1000 misioneros de los Hermanos que representaban nada menos que el 5% del total de misioneros de las iglesias llamadas protestantes o reformadas, en todo el mundo. Instituciones sociales complementaban el servicio a la sociedad, sin límites de condición, como una clara comprensión de que el evangelio de la gracia tenía necesariamente que ir acompañado de la atención a los pobres y necesitados del mundo. De esta manera, asilos para niños, leproserías, sanatorios, escuelas, centros de atención social, etc., se levantaron en todo el mundo. Los Hermanos, habían alcanzado en cien años una posición tan relevante en el mundo evangélico, que eran considerados, respetados, consultados y admirados por muchos fuera de su propio ámbito.

Poco después de que comenzaron las fracciones entre las Asambleas –especialmente notable en la primera división de «cerrados y abiertos»– supuso simplemente la llave que ha generado en el tiempo una enorme cantidad de grupos que, llamándose todos «Asambleas de Hermanos», no han sido capaces de mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Si queremos ser honestos delante del Señor, tendremos que confesar que la unidad espiritual y la comunión deja mucho que desear por la gran diversidad e incluso oposición violenta, de sentimientos, de pareceres y de enfoque, que generan una manifiesta división entre nosotros.

3. NECESIDADES

Frente a esta situación es necesario un cambio de rumbo, una nueva reorientación que necesariamente ha de ser siempre bíblica. Es preciso crear un espacio de libertad entre las Asambleas que haga posible la reflexión teológica desde un absoluto respeto a la Palabra y que sea el motor que conduzca a un cambio en la situación actual. Una de las reflexiones en este aspecto, tiene que ver con el liderazgo. En los últimos tiempos, el liderazgo de muchas de nuestras iglesias está en manos de hermanos de avanzada edad. No deja de ser importante, como simple referencia, que la edad media de los obreros a pleno tiempo en las Asambleas en España supere los 60 años.
Una de las razones en la no renovación del liderazgo obedece a ignorar la distinción entre don y oficio. Los dones son dados a cada creyente para edificación del cuerpo de Cristo, sin condiciones personales, sociales, familiares, etc. Los oficios –instaurados por necesidad operativa de las congregaciones– están estrechamente relacionados con condiciones personales. Cuando estas condiciones varían, necesariamente se hace preciso la suspensión en el ejercicio del oficio.
En las listas de los dones (cf. Ro. 12; 1 Co. 12; Ef. 4) no aparece, en ninguna de ellas, el don de anciano, obispo o presbítero. Sí en cambio el de pastor y maestro. El hecho de que en el Nuevo Testamento se hable de pastorear, en relación con los ancianos, tiene que ver especialmente en el ejercicio de liderazgo que conduce, al rebaño del Señor. No debe olvidarse que en el Antiguo Testamento se llamaba pastores a los reyes en Israel. ¿De qué modo se reconocen los ancianos en las iglesias? ¿Hasta dónde participa la congregación en esto? ¿No existe, en algunos casos, una transmisión de ancianos a ancianos sin la participación de la congregación en aceptación o rechazo?
¿Por qué causa no se reconocen los líderes de servicio, esto es, los diáconos y se establece una radical oposición al reconocimiento de diaconisas (Ro. 16:1), a pesar de estar incluidas en la normativa para el diaconado (1 Ti. 3:11)?3. 1. El liderazgo
Otro grave problema consiste en el ejercicio de la autoridad. Claramente se enseña en la Palabra que, en la iglesia, no hay sino tres Autoridades, todas ellas divinas: Cristo, la única Cabeza; el Espíritu Santo, Vicario de Cristo que conduce la marcha de la iglesia; y la Palabra, única norma de fe y conducta. Cuando en un uso de autoridad se establecen normas que determinen comportamientos a los que los creyentes queden sujetos, sin una firme base bíblica, se está ejerciendo un abuso de autoridad. No hay determinación que sea de obediencia, más que aquella que descansa en la autoridad aplicada de la Palabra desde una correcta exégesis del texto bíblico.3.2. El sacerdocio universal del creyente y sus consecuencias
Un nuevo elemento de reflexión viene también determinado por el ejercicio del ministerio del sacerdocio universal del creyente. Cada convertido a Cristo es sacerdote espiritual para ofrecer sacrificios espirituales para alabanza y gloria de Dios (1 P. 2:4, 5, 9 y 10). El sacerdocio no hace distinciones en el plano social, ni cultural, ni étnico, ni de género, tan sacerdote es un hombre como una mujer y, tiene el mismo derecho espiritualmente hablando para ejercer su ministerio sacerdotal en la iglesia. Quiere decir que los cinco sacrificios espirituales [rmm3]deben poder ser ofrecidos por todos los que son creyentes. Limitar el ejercicio sacerdotal en alguna medida a unos o a otros, es contravenir el propósito y determinación de Cristo para la iglesia.3.3. Dones espirituales y ejercicio de los mismos
Una situación semejante está en orden al ejercicio de los dones espirituales o dones del Espíritu. La necesaria reflexión bíblico-teológica tiene que abrirse a una sincera investigación sobre los dones que están operativos y los que no están. Ya no debe hablarse de dones vigentes y no vigentes, porque la vigencia o no-vigencia sólo es posible definirla y limitarla por quien soberanamente da los dones, que es el Espíritu Santo.
El ejercicio de los dones y su operatividad ha de ser un elemento de reflexión teológica que permita establecer las pautas para el ejercicio de estos en la iglesia del tiempo actual. Pero lo que sin duda es necesario entender es que los creyentes en la iglesia tienen el derecho y la obligación moral de ejercer sus dones para edificación del cuerpo (1 P. 4:10). Unido a esto está también el derecho a servir al Señor en la congregación. Es evidente que no se puede hablar de salvación sin hablar de servicio, como es el testimonio que Pablo da de la iglesia en Tesalónica (1 Ts. 1:9). En muchas ocasiones, hay un gran número de espectadores en la iglesia local y muy pocos actores.
Generalmente esto produce un cansancio y desgaste en el servicio por estar sobrecargado sobre unos y no sobre todos. La iglesia actual debe buscar vías o canales por los que todos puedan servir, si así lo desean, en la congregación. Limitar el servicio o el ejercicio de los dones por condiciones personales –sin que esa limitación esté acompañada del ejercicio de disciplina bíblica por desorden en la vida individual del creyente– es ir contra el propósito de Dios para la vida de la congregación local.3.4. Ministerio femenino en la iglesia
De la misma forma, la reflexión bíblico-teológica ha de ir orientada a definir la participación y alcance del ministerio femenino en la iglesia. Por sistema tradicional se ha determinado que las hermanas deben hacer todo cuanto tenga que ver con servicio material pero se les prohíbe la participación en el culto eclesial. Esta prohibición que se establece en la interpretación, no concordante con otros muchos textos en los que se tratan problemas concretos de iglesias concretas (como es el caso de la congregación en Corinto, 1 Co. 14:34), desconociendo las causas que el mismo contexto establece (que eran la de formular preguntas de manera indebida en el culto público de la iglesia), es fragmentar la contextualización natural del pasaje, tomando un texto fuera de contexto para convertirlo en un pretexto. Ese tomar un determinado texto para sustentar un principio bíblico de actuación ignorando otros muchos que evidencian el ministerio femenino en el culto público –como era la oración y la profecía (1 Co. 11:5; Hch. 1:14)–, es una falta de consideración a la sana exégesis de la Palabra.

4. FORMACIÓN BÍBLICO-TEOLÓGICA

Si la misión de la iglesia tiene que ver con una actuación al interior y otra al exterior, en el primer sentido, crecimiento espiritual y, en el segundo, crecimiento numérico, debe considerarse como prioritario dotar a las iglesias de creyentes preparados y capaces de enseñar a otros (2 Ti. 2:2).
La absurda idea –por no decir antibíblica idea– de que la formación de los maestros debe producirse en el seno de cada congregación local haya en ella maestros capaces o no, ha traído como consecuencia gravísimas deficiencias que se suplen acudiendo a la respuesta fácil de «esto se hace así porque así se hizo siempre y así fuimos enseñados». Tal posición revela una absoluta incapacidad bíblica de responder a las necesidades del pueblo de Dios mediante la interpretación y aplicación correcta de la Escritura.
La formación de maestros para las Asambleas en España, requiere una reorientación, de manera que, bajo la supervisión de las iglesias, se establezcan lugares y se busquen maestros capaces para enviar a quienes deben ocuparse del ministerio de la enseñanza de modo que se levante un sólido cuerpo de maestros en la Palabra, espirituales y capacitados para el ministerio. No puede olvidarse que la formación bíblico-teológica pasa por un conocimiento de los idiomas bíblicos, especialmente por el griego, que permita una exégesis correcta dentro de una hermenéutica también correcta. Esta formación bíblica sólo será posible en la unidad coordinada de todas las iglesias que juntas provean los recursos necesarios para llevarla a cabo. Éstas debieran encomendar a un grupo de hermanos que estén involucrados en el ministerio de la enseñanza –en el ámbito académico y con experiencia en el manejo de este servicio– para que establezcan un programa que se desarrolle conforme a las necesidades, con la mayor brevedad posible, que permita la capacitación bíblico-teológica de creyentes para el ministerio de enseñanza, de manera que se puedan desarrollar en el menor tiempo posible creyentes capacitados en cada congregación local para ese servicio.
De igual manera, la evangelización, aunque es responsabilidad individual –ya que todos estamos llamados a predicar el evangelio a todas las naciones (Mt. 28:18-20)– es también misión colectiva de las iglesias locales.
La evangelización ha de contextualizarse en relación con el tiempo actual y con el contexto social en que se desarrolla. Las tradicionales reuniones evangelísticas en los locales al estilo de los años 30 al 40 han dejado de ser eficaces, no por el mensaje, sino por el modo de comunicarlo a la sociedad altamente diferente en el momento actual. Las Asambleas en España deberán buscar vínculos unitarios para apoyarse mutuamente y hacer eficaces los métodos de evangelización en nuestra sociedad.
Esa unidad en el propósito de la evangelización lleva aparejado el compromiso eclesial de asistencia y colaboración mediante la aportación de recursos económicos y de recursos didácticos para el discipulado de los nuevos convertidos a Cristo (Mt. 28:20). El desarrollo de la formación integral en la iglesia requiere materiales adecuados y planes establecidos convenientemente para llevarla a cabo. Todo esto sólo será posible en la unidad del pueblo de Dios y en la capacidad espiritual de los líderes de entregar sus propias parcelas de individualidad sometiéndolas, en una verdadera visión de entrega en amor, al servicio de todo el pueblo de Dios.

5. REFLEXIONES NECESARIAS SOBRE EL DECLIVE DE LAS ASAMBLEAS

5.1. Razones generalesEs necesario reflexionar sobre el declive experimentado por las asambleas desde hace bastantes años para poner remedio a la situación.A través de los años, los hermanos se consideraron fuertes y, por tanto, vivían confiados. Estaban convencidos de ser el grupo más bíblico y más espiritual, puestos para preservar la verdad bíblica frente a un mundo evangélico que se desviaba en muchas cosas de la Escritura, y era de esperar que a medida que avanzase el tiempo, muchos creyentes de otros grupos denominacionales abandonarían sus iglesias para unirse a las Asambleas.Sin embargo, el movimiento no sólo no avanzó en esa medida, sino que, en la actualidad, está atravesando por una profunda crisis en la mayoría de los países del mundo. En ciertos lugares, los jóvenes han abandonado las congregaciones y se han pasado a otros grupos, dejando las iglesias pobladas por gentes de edad.
Con tremenda sorpresa para algunos dentro de las Asambleas, han visto que Dios obraba poderosamente con otros miembros de otros grupos en la evangelización del mundo, especialmente desde el tiempo siguiente al final de la Segunda Guerra Mundial. Muchos líderes de las Asambleas, están desorientados sin saber qué rumbo tomar. ¿Podría establecerse un camino que condujese a la vitalización de las Asambleas? Creemos sinceramente que es posible si somos capaces de entender los fallos que deben subsanarse.5.2. El problema de la formación bíblica en las iglesias
En primer lugar, es necesario abordar con absoluta rapidez y decisión, la formación bíblica tanto de las iglesias como, especialmente, de los que son llamados a enseñar a otros. Los primeros maestros en la historia de las Asambleas, formaron a otra generación al mismo nivel que ellos. Estos, a su vez, fueron los maestros que capacitaron a quienes salían a la obra misionera.
Los misioneros tienen la tarea de fundar iglesias y enseñar la doctrina fundamental de la fe a los recién convertidos y consolidar en ella a quienes han de liderarlas luego de su partida, pero no han sido llamados a formar teólogos –en el sentido bíblico de la palabra– esto es, maestros capacitados y conocedores profundos de las verdades bíblicas. Los hermanos que se vieron con la responsabilidad de las iglesias, especialmente en el mundo hispano, no eran mayoritariamente personas de alta cultura académica, sino, valiéndose de la frase bíblica, «hombres del vulgo, y sin letras». Estos hermanos han sido además influidos en muchos lugares por corrientes neo-pietistas, que se extendieron bajo la influencia de exclusivistas y cerrados, de comunión abierta, que enseñaron formas dándoles el valor y rango de doctrinas. Estos hermanos han sentido un abierto rechazo a la formación teológica de los maestros bíblicos en grados elevados, entre lo que figura el conocimiento de las lenguas bíblicas para una correcta exégesis del texto de la Escritura. Una seria aversión contra instituciones académicas, doctrinalmente sanas, que formen a los maestros, se puso de manifiesto y cualquiera que deseaba ir a algún lugar para capacitarse más, era considerado como un rebelde y sospechoso del que ya no se podía confiar. Eso trajo como consecuencia la marcha de muchos hermanos con dones y capacidades a otros grupos. Líderes influidos por pietismo no bíblico consideraron que era suficiente con la autoformación del maestro bíblico, sin darse cuenta que por falta de herramientas bien utilizadas se ha ido cayendo en un bajo nivel formativo en detrimento de las congregaciones. ¿Se está revisando si todo cuanto se enseña y de la forma en que se enseña corresponde a una buena exégesis literal-histórico-gramatical del texto?
Para suplir este problema han surgido como hongos después de la lluvia, algunos que se consideran a ellos mismos como maestros bíblicos y que dedican en sus sermones un espacio considerable a explicar palabras griegas, cuando no conocen el griego o tienen, en el mejor de los casos, ligeras ideas tomadas y copiadas de otros. La exposición bíblica sistemática de la Palabra no es la norma habitual en las congregaciones, por lo que muchos hermanos mueren si haber oído en su iglesia exponer Malaquías, o Hageo, o Levítico, o Cantar de los Cantares. Esto impide llevar a cabo la ordenanza apostólica de que maestros espirituales e idóneos enseñen a otros que serán a su vez maestros de la siguiente generación (2 Ti. 2:2).

Una falta de enseñanza sistemática y sólida trae consigo el infantilismo espiritual de los creyentes, produciendo las consecuencias que Pablo advierte: niños espirituales que son llevados de un lado para otro, arrastrados por todo viento de doctrina (Ef. 4:14).

Es verdaderamente urgente, no sólo la fidelidad a la Palabra, sino la formación de quienes puedan enseñarla con garantía y formar maestros para las congregaciones.5.3. Determinación en el mantenimiento de la unidad
Una segunda necesidad urgente es entender la unidad de la iglesia y vivirla en la comunión del Espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4:3). Las divisiones de nuestras iglesias por supuestos problemas doctrinales, el distanciamiento entre congregaciones dentro de un mismo espacio geográfico que ni siquiera se conocen entre ellas, el rechazo a cualquier vínculo que coordine y cohesione actividades entre las iglesias –no como una estructura sobre ellas sino como elementos de servicio supervisados por los líderes de las congregaciones– es una triste realidad.
Son lamentables y gravemente deshonestos los chismes y críticas infundadas hacia los maestros bíblicos que están en el mundo de las Asambleas y que, de alguna manera, impide a congregaciones el ministerio de gente formada que ha sido cuestionada por quienes, muchas veces dan crédito a la rumorología sin verificar la verdad de los rumores que son mantenidos vivos por quienes sienten envidia humana contra los maestros de la Palabra, temiendo perder la importancia que ellos mismos se suponen en la obra del Señor y procurando derribar a quienes consideran que les pueden hacer sombra.5.4. La renovación espiritual
Una tercera necesidad es la renovación espiritual. Nadie confunda esta expresión con renovación carismática o neo-pentecostal, que se trata de una revolución, pero no de una renovación. Sin embargo, es evidente que tenemos necesidad de una renovación de nuestro entendimiento a la luz de la Palabra (Ro. 12:2).
Es preciso un acercamiento a la doctrina del Espíritu Santo para entender que el Espíritu no es el Dios para la teología sino para la vida. Es necesaria una renovación espiritual que nos permita un cambio de las formas, de modo que la iglesia pueda estar presente en la sociedad actual, no como una pieza de museo, sino como un conjunto de creyentes que brillan en las tinieblas y que entran en la sociedad con el mensaje del evangelio en la forma en que puede ser comprendido por quienes viven en el siglo XXI y no en el XIX. Una renovación espiritual que nos permita amar a nuestros hermanos y poder mantener una sana discusión sobre cosas generales sin claudicar un ápice en la doctrina fundamental. Una renovación espiritual que nos permita buscar como esencial la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4:3), comprendiendo otras formas de hacer las cosas que otros hermanos puedan entender como correctas. Una renovación espiritual que permitiera unir esfuerzos para abordar las tareas con excelencia, apoyando lo que hay y emprendiendo lo que sea necesario. Una renovación espiritual que nos haga ver la necesidad de la oración en un tiempo de tremendo humanismo y crisis en la sociedad.Sólo el poder de Dios podrá hacernos recorrer nuevamente los caminos de victoria en Cristo Jesús.

6. CONCLUSIÓN

¿Es esto una novedad que tenemos que descubrir y establecer juntos? No, sólo es volver a los valores esenciales que dieron forma y fuerza a las Asambleas, no por lo que eran, sino porque Dios bendice la obediencia a su Palabra y eso y nada más que eso, fue lo que llevó a la victoria espiritual a aquel pequeño grupo de hermanos que se reunían para orar juntos, mantener la comunión, partir el pan y estudiar la Palabra para vivir conforme a ella, tanto en el plano individual, como en el familiar y el eclesial. Oremos juntos con una oración renovada que es bíblica y necesaria: «Señor, ¿qué quieres que hagamos? » y en la respuesta de Dios estemos dispuestos a asumir la responsabilidad, a entregar la obra a la voluntad del Señor de la iglesia y a pagar el precio que todo compromiso espiritual exige siempre.

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¿EXISTE DIOS?

10350414_516436341790096_3737687015717083030_nPREGUNTAS ACERCA DE DIOS
La existencia de un Dios personal y moral es el fundamento de todo lo que creen los cristianos. Si no hay un Dios moral no hay un ser moral contra quien pecar; por lo tanto, no se necesita salvación. Más aún, si no hay Dios, sus actos (milagros) no pueden existir, y los relatos acerca de Jesús solo pueden entenderse como ficción o mitos. Por lo tanto, la primera pregunta a tratar en la preevangelización es: «¿Existe Dios?» La segunda está muy relacionada con la anterior: «Si existe, ¿qué clase de Dios es?»
En este capítulo contestamos ambas preguntas. En el tres, revisaremos las cuestiones referentes a otros dioses.

¿EXISTE DIOS?

ARGUMENTOS A FAVOR DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Tradicionalmente se usan cuatro argumentos básicos para probar la existencia de Dios: cosmológico, teleológico, axiológico y ontológico; vocablos técnicos que definimos así: argumento a partir de la creación (cosmos significa creación); argumento a partir del diseño o propósito (telos significa propósito); argumento a partir de la ley moral (axios significa juicio); y, el argumento a partir del ser (ontos significa ser).

Historia del argumento a partir de la creación

Pablo dijo que todos los hombres conocen acerca de Dios «porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:19–20). Platón es el primer pensador conocido que desarrolló todo un argumento basado en la causalidad. Aristóteles siguió su línea. Los filósofos musulmanes Al Farabi y Avicenna también recurrieron a este tipo de razonamiento, al igual que el pensador judío Moisés Maimónides. En el pensamiento cristiano, Agustín, Santo Tomás, Anselmo, Descartes, Leibniz, y otros hasta nuestros días, lo hallaron valioso y lo han hecho el argumento más ampliamente conocido de la existencia de Dios.

El argumento a partir de la creación

La idea básica de este argumento es que, así como hay un universo, este debió ser causado por algo más allá de él mismo. Esto se basa en la ley de la causalidad, la cual dice que todo objeto finito es causado por otro diferente a él. Este argumento asume dos formas distintas que trataremos por separado. La primera indica que el universo necesita una causa inicial; la segunda, que necesita otra causa actual para continuar existiendo.

El universo fue causado en el principio

Este argumento afirma que el universo es limitado porque tuvo un principio, y que tal principio fue originado por algo más allá del universo mismo. Esto puede formularse de la siguiente manera:

1. El universo tuvo un comienzo.
2. Lo que tiene un comienzo debe haber sido causado por otra cosa.
3. Por lo tanto, el universo fue causado por otra cosa, y esa causa fue Dios.

Para evitar esa conclusión algunos dicen que el universo es eterno; que nunca tuvo comienzo, que siempre existió y nada más. Carl Sagan señaló: «El cosmos es todo lo que es, fue alguna vez, o será». Pero tenemos dos respuestas a esa objeción. La primera de ellas es que la prueba científica respalda fuertemente la idea de que el universo tuvo un comienzo. El punto de vista que casi siempre sostienen quienes proclaman que el universo es eterno —llamada teoría del «estado constante» conduce a algunos a creer que el universo está produciendo constantemente átomos de hidrógeno a partir de la nada.2 Sería mucho más sencillo creer que Dios creó el universo a partir de la nada.
Además, el consenso de los científicos que estudian el origen del universo es que éste se formó de una manera súbita y cataclísmica, lo que llaman teoría del Big-bang o la Gran Explosión. La prueba principal de que el universo tuvo un comienzo es la segunda ley de la termodinámica, que afirma que el universo se está quedando sin energía utilizable. Es decir, que si está agotándose, no puede ser eterno. «Alguien tuvo que darle cuerda para que se esté acabando». Otra prueba del Big-bang es que todavía podemos encontrar radiación de esa explosión y ver el movimiento que ha causado (véase capítulo diez para más detalles). Robert Jastrow, fundador y director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, dijo: «Debe haber una explicación lógica del explosivo nacimiento de nuestro universo; y si existe, la ciencia no puede hallar cuál es esa explicación. La pesquisa científica del pasado termina en el momento de la creación».
Más allá de la evidencia científica que demuestra que el universo empezó, hay una razón filosófica para creer que el mundo tuvo un punto de partida. Este argumento muestra que el tiempo no puede regresar a la eternidad pasada. Se ve que es imposible pasar por una serie infinita de momentos.
Uno puede imaginarse que pasa por un número infinito de puntos sucesivos en el vacío, moviendo el dedo de un punto a otro, pero el tiempo no tiene dimensiones ni es imaginario. Es real, y cada momento que pasa consume tiempo que no podemos recuperar; es más que pasar el dedo a través de un número interminable de libros en una biblioteca. Uno nunca llega al último libro. Aunque piense que lo ha hecho, siempre puede agregarse uno más, otro y otro … Uno nunca puede terminar una serie infinita de objetos materiales.
Si el pasado es infinito (lo cual es otra manera de decir: «Si el universo siempre hubiera existido sin un comienzo»), nunca habríamos podido pasar por el tiempo para llegar a hoy. Si el pasado es una serie infinita de momentos y justo ahora es donde termina, habríamos pasado por una serie infinita, y eso es imposible. Si el mundo nunca hubiera tenido un principio, no habríamos podido llegar a hoy. Pero llegamos a hoy; de modo que el tiempo debe haber empezado en algún punto particular del pasado y hoy ha llegado a un tiempo definido desde entonces. Por lo tanto, el mundo es un hecho finito, después de todo, y necesita una causa para su comienzo.

Dos clases de series infinitas

Hay dos clases de series infinitas: una es abstracta y otra concreta. La serie infinita abstracta es un infinito matemático. Por ejemplo, como cualquier matemático sabe, hay un número infinito de puntos en una línea entre el extremo A y el B, no importa cuán corta o larga sea la línea. Digamos que los puntos son dos sujetalibros separados por un metro. Ahora, como todos sabemos, aunque haya un número infinito de puntos matemáticos abstractos entre los dos sujetalibros, no podemos poner un número infinito de libros entre ellos, ¡no importa cuán delgadas sean las páginas! Tampoco importa cuántos metros de distancia pongamos entre los sujetalibros, pues, de todos modos, no podemos poner un número infinito de libros entre ellos. De manera que si las series infinitas matemáticas abstractas son posibles, no lo son las series infinitas reales.

Ahora que sabemos que el universo necesitó una causa para su comienzo, prosigamos con la segunda forma del argumento, la cual muestra que también necesita una causa para continuar existiendo.
El universo necesita una causa para su existencia continua

Algo nos mantiene existiendo precisamente ahora, en este momento, para que no desaparezcamos sin más ni más. Algo ha causado no solo que el mundo sea (Génesis 1:1) sino que también continúe y conserve su existir en el presente (Colosenses 1:17). El mundo necesita tanto una causa originadora como una causa conservadora. En cierto sentido, es la pregunta más elemental que podemos hacer: «¿Por qué hay algo en vez de nada?» Eso puede plantearse de la siguiente manera:

1. Las cosas finitas, cambiantes, existen. Por ejemplo, yo. Debo existir para negar que existo; de modo que, de una u otra manera, debo existir realmente.

2. Cada cosa finita, cambiante, debe ser causada por otra cosa. Si es limitada y cambia, no puede existir independientemente. Si existiera independiente o necesariamente, debería haber existido siempre sin ninguna clase de cambio.

3. No puede haber un regreso infinito de estas causas. Es decir, uno no puede seguir explicando cómo esta cosa finita causa esta otra, la que a su vez causa otra cosa finita, y continuar con lo mismo. En realidad, eso es posponer indefinidamente la explicación. Eso no explica nada. Además, si hablamos de por qué existen cosas finitas en el presente, no importa cuántas causas finitas pueda uno alinear como explicación puesto que, a su debido momento, habrá una causa que origine su propia existencia, lo que es simultáneamente efecto de esa causa. Eso carece de sentido. Por lo tanto, ningún regreso infinito puede explicar por qué existo hoy.

4. En consecuencia, debe haber una primera causa incausada de toda cosa finita cambiante que existe. Este argumento muestra por qué debe haber una causa conservadora, presente, del mundo pero no nos dice mucho sobre qué clase de Dios existe. ¿Cómo sabemos que esta causa es realmente el Dios de la Biblia?

DOS ASPECTOS DE LA CREACIÓN

Argumento a partir del propósito (diseño)

Este argumento, como otros que mencionaremos brevemente, razona a partir de un aspecto específico de la creación, para ir luego al Creador que lo puso ahí. Argumenta a partir del diseño al Diseñador inteligente.

1. Todo diseño implica un diseñador.
2. Hay un gran diseño en el universo.
3. Por lo tanto, debe haber un Gran Diseñador del universo.

Conocemos la primera premisa por experiencia. Cada vez que vemos un diseño complejo sabemos, por esa experiencia, que provino de la mente de un diseñador. Los relojes implican relojeros, los edificios suponen arquitectos, las pinturas implican pintores, los mensajes codificados presuponen un emisor inteligente. Siempre tenemos esa expectativa porque la vemos ocurrir una y otra vez. Esta es otra manera de establecer el principio de la causalidad.
Además, mientras mayor el diseño, mayor su diseñador. Los castores construyen represas con troncos pero nunca han hecho una como la de Hoover, en Colorado, E.U.A. De igual manera, si sentamos mil simios ante una máquina de escribir nunca escribirán un Hamlet. No obstante, Shakespeare lo hizo en el primer intento. Mientras más complejo el diseño, mayor la inteligencia requerida para producirlo.

Historia del argumento a partir del diseño

«Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmo 139:13–14). William Paley (1743–1805), en respuesta al nacimiento de la «Ilustración» y del método científico, insistía que si alguien encontraba un reloj en un campo, concluiría correctamente que hubo un relojero, debido al claro diseño. Lo mismo debía decirse del diseño encontrado en la naturaleza. El escéptico David Hume llegó a aseverar ese argumento en su libro Dialogues Concerning Natural Religion [Diálogos acerca de la religión natural], como hicieron otros pensadores. Sin embargo, hubo tanto oponentes como defensores de esta teoría. El clásico defensor fue William Paley, y el oponente más famoso, David Hume.

Aquí debemos mencionar que hay una diferencia entre los patrones sencillos y el diseño complejo. Los copos de nieve o los cristales de cuarzo tienen patrones sencillos, repetidos una y otra vez, aunque se debe a causas naturales por completo. Por otro lado, no encontraríamos frases escritas en piedras si no existieron seres inteligentes que las escribieran. Eso no ocurre de manera natural. La diferencia radica en que los copos de nieve y los cristales de cuarzo tienen un simple patrón repetido. Pero el lenguaje comunica información compleja, no la misma cosa una y otra vez. Esta información compleja acontece cuando se dan condiciones definidas a los elementos naturales. Por lo tanto, un minero no se sorprende cuando ve pequeñas piedras redondas en un arroyo, porque la erosión natural las redondea de esa manera. Pero si encuentra una punta de flecha, deduce que un ser inteligente modificó deliberadamente la forma natural de la piedra. Advierte aquí cierta complejidad que las fuerzas naturales no explican. Ahora bien, el diseño del cual hablamos en este argumento es uno complejo y no simples patrones; mientras más complejo sea el diseño, mayor la inteligencia requerida para producirlo.
Aquí es donde entra la siguiente premisa. El diseño que captamos en el universo es complejo. El universo es un intrincado sistema de fuerzas que obran en conjunto para el beneficio integral del todo. La vida es un desarrollo muy complejo. Una sola molécula de ADN, el «ladrillo» elemental de toda vida, lleva la misma información que un tomo de una enciclopedia. Nadie que vea una enciclopedia tirada en un bosque, dudaría en pensar que tuvo una causa inteligente, de modo que cuando encontramos una criatura viva compuesta de millones de células construidas por ADN, debemos presuponer que, de igual manera, tiene una causa inteligente detrás. Aun más claro es el hecho que algunas de estas criaturas vivas son inteligentes también. Hasta Carl Sagan reconoce que:

«El contenido de información que hay en el cerebro humano, expresado en bits, puede ser comparable con el número total de conexiones entre las neuronas: aproximadamente cien trillones, o sea 100.000.000.000.000, de bits. Si esa información se escribiera, digamos en español, llenaría unos veinte millones de tomos, tantos como hay en las bibliotecas más grandes del mundo. Ese equivalente a veinte millones de libros yace en la cabeza de cada uno de nosotros. El cerebro es un lugar muy grande en un espacio muy pequeño … La neuroquímica del cerebro, asombrosamente activa, es el circuito de una máquina mucho más maravillosa que cualquiera que los seres humanos hayan diseñado».

Algunos objetan este argumento basándose en el azar. Dicen que cuando se lanzan los dados, puede darse cualquier combinación. Sin embargo, esto no es muy convincente por varias razones. Primero, el argumento del diseño no es en verdad un argumento a partir del azar sino, precisamente, del diseño mismo, que sabemos tiene una causa inteligente por nuestras repetidas observaciones. Segundo, la ciencia se basa en la observación repetida, no en el azar; por lo cual esta objeción planteada al argumento del diseño o propósito no es científica. Finalmente, aunque hubiera un argumento aleatorio (probabilístico), las posibilidades indican que es mucho más probable que haya un diseñador. Un científico calculó la probabilidad de que una sola célula animal surgiera por pura casualidad en 1 en 1040000. Las probabilidades de que un ser humano, infinitamente más complejo que una célula, surja al azar son demasiado bajas para calcularlas. La única conclusión razonable es que hay un Gran Diseñador tras el diseño del mundo.

El argumento a partir de la ley moral

Pueden plantearse argumentos similares basados en el orden moral del universo, más que en su orden físico. Estos postulan que la causa del universo debe ser moral, además de poderosa e inteligente.

1. Todos los hombres son conscientes de una ley moral objetiva.
2. Las leyes morales suponen un Legislador de ellas.
3. Por lo tanto, debe haber un supremo Legislador moral de la ley.

Este argumento sigue también el principio de la causalidad en un sentido, pero las leyes morales son diferentes a las naturales que ya examinamos. Las leyes morales no describen lo que es, prescriben lo que debe ser. No son sencillamente una descripción de la manera en que se comportan los hombres, ni se conocen observando lo que ellos hacen. Si lo fueran, nuestro concepto de moralidad sería, por cierto, diferente. Las leyes morales nos dicen, en cambio, lo que los hombres deben hacer, háganlo o no. Así que, todo «deber» moral procede de más allá del universo natural. No se puede explicar con nada de lo que sucede en el universo, ni se puede reducir a lo que hacen los hombres en el universo. Trasciende el orden natural y requiere una causa trascendente.

Historia del argumento moral

Este argumento no ganó prominencia sino hasta comienzos del siglo diecinueve, luego que se publicaran los escritos de Emanuel Kant. Este insistía en que no había forma de acceder al conocimiento absoluto de Dios, y rechazaba todos los argumentos tradicionales sobre su existencia. Sin embargo, aprobó el planteamiento moral, no como prueba de la existencia de Dios, sino como forma de mostrar que es un postulado necesario para la vida moral. En otras palabras, no podemos saber que Dios existe, pero debemos actuar como si existiera para que la moral tenga sentido. Pensadores posteriores a Kant, refinaron el argumento para demostrar que hay cierta base racional de la existencia de Dios en la moralidad. También se ha intentado refutar la existencia de Dios basándose en la moral e ideas procedentes de Pierre Bayle y Albert Camus.

Algunos alegarán que esta ley moral no es realmente objetiva; que es solo un juicio subjetivo que procede de los postulados sociales. No obstante, este punto de vista no considera el hecho de que todos los hombres reconozcan las mismas cosas malas (como el asesinato, la violación, el robo, la mentira). Además, la crítica que este criterio plantea se parece mucho a un juicio subjetivo porque dice que nuestros juicios de valor son erróneos. Ahora bien, si no hubiera una ley moral objetiva, entonces no podría haber juicios de valor correctos ni erróneos. Si nuestras perspectivas acerca de la moralidad son subjetivas, entonces las de ellos también lo son. Pero si afirman efectuar una declaración objetiva sobre la ley moral, entonces presuponen que hay una ley moral en el acto mismo de tratar de negarlo. Quedan así atrapados en ambos sentidos. Hasta su declaración «nada sino» exige conocer «más que», lo que muestra que se adhieren, secretamente, a alguna norma absoluta que trasciende los juicios subjetivos. Por último, hallamos que aun aquellos que dicen que no hay orden moral, esperan ser tratados con equidad, cortesía y dignidad. Si uno de ellos planteara esta objeción y le replicáramos con un: «¡Cállese! ¿A quién le interesa lo que usted piensa?», comprobaríamos que cree que hay algunos «deberes» morales. Cada uno espera que los otros sigan algún código moral, hasta aquellos que pretenden negarlos. La realidad es que la ley moral es un hecho innegable.

¿Igual, diferente o similar?

¿Cuánto nos parecemos a Dios? ¿Cuánto puede decirnos un efecto acerca de su causa? Algunos dicen que el efecto debe ser exactamente el mismo que su causa. Las cualidades del efecto, tales como la existencia o la bondad, son las mismas que las de su causa. Si eso fuera cierto, todos deberíamos ser panteístas, porque todos somos Dios, eternos y divinos. Otros, reaccionan diciendo que somos diferentes de Dios totalmente, que no hay similitud entre lo que Él es y lo que somos nosotros. Pero eso significaría que no tenemos conocimiento positivo de Dios; solo podríamos decir que Dios es «no esto» y «no aquello», y jamás qué es Él. Lo equilibrado es afirmar que somos similares a Dios: lo mismo, pero en una manera diferente. La existencia, la bondad, el amor, todo eso significa lo mismo para nosotros y para Dios. Nosotros lo tenemos en forma limitada, en cambio Él es ilimitado. De modo que podemos decir qué Dios es, aunque en algunas cosas debamos también decir que no es limitado como nosotros: es «eterno», «inmutable», «incorpóreo», etc.
Argumento a partir del ser

Un cuarto argumento intenta demostrar que Dios debe existir por definición, y señala que cuando accedemos a la noción de qué es Dios, la idea supone necesariamente la existencia. Hay varias formas de este argumento, pero veamos solo la idea de Dios como Ser perfecto.

1. Toda la perfección que se pueda atribuir al ser más perfecto posible (concebible) debe atribuírsele a Él (de otro modo, no sería el ser «más perfecto posible»).
2. La existencia necesaria es una perfección atribuible al Ser más perfecto.
3. Así que, debe atribuirse la existencia necesaria al Ser más perfecto.

Historia del argumento a partir del ser

Cuando Dios le reveló su nombre a Moisés, dijo: «YO SOY EL QUE SOY», dejando muy en claro que la existencia (el ser) es su principal atributo (Éxodo 3:14). Anselmo de Canterbury, monje del siglo XI, usó esta idea para formular una prueba de la existencia de Dios a partir de la noción de Dios, sin tener que buscar la evidencia en la creación. Anselmo se refirió a ella como «prueba a partir de la oración», porque pensaba en ella mientras meditaba en la idea de un ser perfecto; de aquí, el nombre del tratado donde se expone esta prueba: el Monologium, que significa orar en un solo sentido, En el Proslogium, otra de sus obras, Anselmo dialoga con Dios sobre la naturaleza, y también desarrolla un argumento a partir de la creación. Este argumento, en filosofía moderna, se encuentra en las obras de Descartes, Spinoza, Leibniz y Hartshorne.

Par responder la primera cuestión, la existencia necesaria significa que algo existe y no puede no existir. Cuando decimos esto de Dios, significa que para Él es imposible no existir. Esta es la clase más perfecta de existencia porque no puede dejar de ser.
Este argumento logra demostrar que nuestra idea de Dios debe incluir la existencia necesaria, pero no comprueba que Dios exista de modo real. Demuestra que debemos pensar en Dios como existente necesariamente; pero no prueba que exista necesariamente. Este es un error que ha confundido a mucha gente, por el que uno no debe sentirse mal. El problema es que solo habla de la manera en que pensamos acerca de Dios, y no existe o no, en realidad. Debería reformularse de esta manera:

1. Si Dios existe, lo concebimos como un Ser necesario.
2. Por definición, un ser necesario debe existir sin poder no existir.
3. Por lo tanto, si Dios existe, debe existir sin poder no existir.

Es como decir: Si hay triángulos, deben tener tres lados. Por supuesto, puede que no haya triángulos. El argumento jamás supera ese «si» inicial. Nunca llega a probar la gran cuestión que afirma responder. La única manera de hacer que ese argumento pruebe que Dios existe es introducir subrepticiamente el argumento a partir de la creación, lo cual puede ser útil porque demuestra que si hay Dios, existe en forma necesaria. Eso hace diferente esta noción de Dios en cuanto a otras maneras de concebirlo, como veremos más adelante.

Todos los caminos conducen a una causa

Hemos visto que todos los argumentos tradicionales se apoyan, en última instancia, en la idea de la causalidad. El argumento a partir del ser necesita la confirmación de que algo existe y que en ese algo se encuentra la perfección y el ser. El argumento a partir del diseño presupone que el diseño fue causado. Igualmente, la moralidad, la justicia y la verdad, son propios de argumentos que creemos tuvieron una causa como recurso básico que demuestra la existencia de Dios, pues, como dijera un estudiante, es el argumento «causamológico».

Ahora la pregunta del millón: Si todos estos argumentos tienen alguna validez pero se apoyan en el principio de causalidad, ¿cuál es la mejor manera de probar que Dios existe? Si responde: «El argumento a partir de la creación», está en la pista correcta. Pero, ¿y si combinamos estos argumentos en un todo uniforme que pruebe qué clase de ser es Dios, y asimismo su existencia? A esto nos dedicaremos en las siguientes páginas.
Geisler, N., & Brooks, R. (1997). Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe (pp. 17–31). Miami, FL: Editorial Unilit.

 

Reseña

apologetica-herramientas-valiosas-para-la-defensa-de-la-feAntes de compartir el evangelio con otros, tenemos que allanar el camino, remover los obstáculos, y responder las preguntas que les impidan aceptar al Señor.

Las objeciones que presentan los incrédulos no suelen ser triviales.

Calan muy hondo en el corazón de la fe cristiana y desafían sus fundamentos mismos.

Si los milagros no son posibles, ¿cómo creeremos que Cristo es Dios?

Si Dios no puede controlar el mal, ¿será realmente digno de adoración?

Si no respondemos a esas y otras objeciones, nuestra fe es vana.

Son preguntas inteligentes que requieren respuestas razonables.

Afortunadamente, los pensadores cristianos han respondido a esas cuestiones desde los días de Pablo; por lo tanto son ellos -además de la Palabra de Dios misma- la fuente a la que recurrimos para tratar los asuntos que hoy nos acosan.

Detalles del producto

  • Título: Apologética: Herramientas valiosas para la defensa de la fe
  • Autor: Norman Geisler, Ron Brooks
  • Editorial: Unilit
  • Fecha de publicación: 1997