Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado
Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.
Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.
Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.
Gracia, Verdad y Vida es un ministerio radial con una visión radicalmente bíblica, reformada, no-ecuménica, calvinista, enamorada de la Gracia Soberana de Dios.
La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia James W. Alexander (1804-1859)
La adoración en familia, como el nombre lo indica, es la adoración conjunta que se rinde a Dios por parte de todos los miembros de una familia. Existe un impulso irresistible a orar por aquellos a quienes amamos y, no sólo a orar por ellos, sino con ellos. Existe una incitación natural, a la vez que benévola, de orar con aquellos que están cerca de nosotros. La oración es un ejercicio social. La oración que nuestro Señor les enseñó a sus discípulos lleva este sello en cada petición. Es este principio el que conduce a las devociones unidas de las asambleas de iglesias y que se manifiesta de inmediato en las familias cristianas. Aunque sólo hubiera dos seres humanos sobre la tierra, si tuvieran un corazón santifica- do, se verían atraídos a orar el uno con el otro. Aquí tenemos la fuente de la adoración do- méstica. Hubo un tiempo en el que sólo había dos seres humanos sobre la tierra y podemos estar seguros de que ofrecieron adoración en común. Fue la adoración familiar en el Paraíso. Que la religión deba pertenecer especialmente a la relación doméstica no es en absoluto maravilloso. La familia es las más antigua de las sociedades humanas. Es tan antigua como la creación de la raza. Los hombres no se unieron en familias por una determinación volun- taria o convenio social de acuerdo con la absurda invención de los infieles: Fueron creados en familias. No es nuestro propósito hacer ningún esfuerzo ingenioso por forzar la historia del Anti- guo Testamento para nuestro servicio o investigar la adoración familiar en cada era del mun- do. Que ha existido siempre, no lo ponemos en duda; que el Antiguo Testamento pretendía comunicar este hecho ya no está tan claro. Pero sin ninguna indulgencia de la imaginación, no podemos dejar de discernir el principio de la adoración familiar que aparece y reaparece como algo familiar en los tiempos más remotos. Aunque toda la iglesia de Dios estaba en el arca, la adoración era por completo una ado- ración familiar. Y, después de que las aguas retrocedieran, cuando “edificó Noé un altar a Jehová” se trataba de un sacrificio familiar (Gn. 8:20). Los patriarcas parecen haber dejado un registro de su adoración social en cada campamento. Tan pronto como encontramos a Abra- ham en la Tierra Prometida, le vemos levantando un altar en la llanura de More (Gn. 12:7). Lo mismo ocurre en el valle entre Hi y Betel. Isaac, no sólo renueva las fuentes que su padre había abierto, sino que mantiene sus devociones, edificando un altar en Beerseba (Gn. 26:25). El altar de Jacob en Bet-el era eminentemente un monumento familiar y así fue señalado por lo que él le dijo a su familia y a todos los que estaban con él en el camino: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros” (Gn. 35:1-2). El altar se llamó El-Bet-el. Esta herencia de ritos religiosos en el linaje de la familia correspondía con aquella declaración de Jehová con res- pecto a la religión de la familia que debería prevalecer en la casa de Abraham (Gn. 18:19). El servicio de Job en nombre de sus hijos era un servicio perpetuo: “Enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos… De esta manera hacía todos los días” como dice el hebreo, “todos los días” (Job 1:5). El libro de Deuteronomio está lleno de religión familiar y como ejemplo de esto podemos señalar de forma especial el capítulo seis. La Pascua, como veremos de forma más plena más adelante, era un rito familiar.
Por todas partes en el Antiguo Testamento, los hombres buenos tenían en cuenta la unión doméstica en su religión. Josué, aún ante el riesgo de quedarse solo con su familia, se aferra a Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). David, tras su servicio público en el tabernáculo, donde “bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos” regresa “para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Había aprendido a relacionar el servicio a Dios con los lazos do- mésticos en la casa de su padre Isaí “porque todos los de su familia celebran allá el sacrificio anual” (1 S. 20:6). Y, en las predicciones de la humillación penitencial12 que tendrá lugar cuando Dios derrame sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de súpli- cas, la idoneidad de tales ejercicios para la familia como tal no se pasan por alto: “Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí” (Zac. 12:12-14). En el Nuevo Testamento, las huellas de la adoración familiar no son menos obvias. Nos alegra tomar prestado el animado lenguaje del Sr. Hamilton de Londres y preguntar: “¿En- vidias a Cornelio, cuyas oraciones fueron oídas y a quien el Señor le envió un mensajero especial que le enseñara el camino de la salvación? Era un hombre “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” y que estaba tan ansioso por la salvación de su familia que reunió a sus parientes y sus amigos cercanos para que pudieran estar preparados para escuchar al Apóstol cuando éste llegara y, de esta manera, también beneficiarse (Hch. 10:2, 24 y 31). ¿Admiras a Aquila y Priscila, “cola- boradores [de Pablo] en Cristo Jesús” y tan diestros en las Escrituras que pudieron enseñarle más exactamente el camino de Dios a un joven ministro? Encontrarás que una razón de su familiaridad con las Escrituras era que tenían una iglesia en su casa (Hch. 18:26; Ro. 16:5). Sin lugar a duda, se reconocía con respecto a las cosas espirituales y también a las temporales, que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Ese espíritu de oración social que llevó a los discípulos a unirse en súplica o alabanza, en aposentos altos, en cárceles, y al borde del mar se manifestó en las devociones diarias de la familia (Hch. 1:13; 16:25; Gá. 4:12; 2 Ti. 1:3). Nuestros registros del cristianismo primitivo están tan distorsionados y contaminados por una tradición supersticiosa que no debe sorprendernos encontrar un culto sencillo y espiri- tual como éste bajo la sombra de los ritos sacerdotales13. A pesar de ello, discernimos lo bas- tante para enseñarnos que los creyentes de los primeros siglos no descuidaron la adoración familiar. “En general —dice Neander14 en una obra que no se ha publicado entre nosotros—, siguie- ron a los judíos en la observancia de los tres momentos del día, las nueve, las doce y las tres como horas especiales de oración; sin embargo, ellos no los usaron de forma legal, como en contra de la libertad cristiana; pues Tertuliano15 afirma, hablando sobre los tiempos para la oración, ‘no se nos exige nada excepto que oremos a toda hora y en todo lugar’. Los cristia- nos comenzaban y terminaban el día con la oración. Antes de cada comida, antes del baño, oraban, ya que, como dice Tertuliano, ‘el refresco y la alimentación del alma debe preceder a los del cuerpo; lo celestial antes que lo terrenal’. Cuando un cristiano del extranjero, tras la recepción y la hospitalidad fraternal en casa de otro cristiano se marchaba, la familia cristiana lo despedía con oración, ‘porque —decían— en tu hermano has contemplado a tu Señor’. Para cada asunto de la vida ordinaria se preparaban mediante la oración”. A esto podemos añadir las declaraciones de un hombre culto que convirtió las antigüe- dades cristianas en su peculiar estudio: “En lugar de consumir sus horas de ocio en hueca inactividad o derivando su principal diversión del bullicioso regocijo, el recital de cuentos de superstición o cantar las canciones profanas de los paganos, pasaban sus horas de reposo en una búsqueda racional y vigorizante; hallaban placer en ampliar su conocimiento religioso y su entretenimiento en cánticos dedicados a la alabanza de Dios. Esto constituía su pasa- tiempo en privado y sus recreos favoritos en las reuniones de su familia y sus amigos. Con la mente llena de la influencia inspiradora de estas, regresaban con nuevo ardor a sus escenarios de dura tarea y para gratificar su gusto por una renovación de ellas, anhelaban ser liberados de la labor, mucho más que apaciguar su apetito con las provisiones de la mesa. Jóvenes mu- jeres sentadas a la rueca16 y matronas que llevaban a cabo los deberes de la casa, canturreaban constantemente algunas tonadas espirituales. “Y Jerónimo17 relata sobre el lugar donde vivía, que uno no podía salir al campo sin escu- char a los labradores con sus aleluyas, los segadores con sus himnos y los viñadores cantando los Salmos de David. Los cristianos primitivos no sólo leían la palabra de Dios y cantaban ala- banzas a su Nombre al medio día y a la hora de sus comidas. Muy temprano en la mañana, la familia se reunía y se leía una porción de las Escrituras del Antiguo Testamento, a continuación se cantaba un himno y se elevaba una oración en la que se daba gracias al Todopoderoso por preservarlos durante las silenciosas vigilias de la noche y, por su bondad, al permitirles tener sanidad de cuerpo y una mente saludable y, al mismo tiempo, se imploraba su gracia para defenderlos de los peligros y las tentaciones del día, hacerles fieles a todo deber y capacitarlos en todos los aspectos para caminar dignos de su vocación cristiana. En la noche, antes de reti- rarse a descansar, la familia volvía a reunirse y se observaba la misma forma de adoración que en la mañana con esta diferencia: Que el servicio se alargaba considerablemente, más allá del periodo que se le podía asignar convenientemente al principio del día. Aparte de todas estas observancias, tenían la costumbre de levantarse a medianoche para entrar en oración y cantar salmos, una práctica de venerable antigüedad y que, como supone con razón el Dr. Cave, tomó su origen de las primeras épocas de la persecución cuando, no atreviéndose a juntarse durante el día, se veían obligados a celebrar sus asambleas religiosas de noche”
Cuando llegamos al avivamiento de la piedad evangélica en la Reforma, nos encontramos en medio de tal corriente de autoridad y ejemplo que debemos contentarnos con declaracio- nes generales. Cualquiera que pudiera ser la práctica de sus hijos degenerados, los Reforma- dores primitivos son universalmente conocidos por haber dado gran valor a las devociones familiares. Los contemporáneos de Lutero y sus biógrafos, recogen sus oraciones en su casa con calidez. Las iglesias de Alemania fueron bendecidas, en mejor época, con una amplia prevalencia de la piedad familiar. Se recogen hechos similares en Suiza, Francia y Holanda. Pero en ningún país ha brillado la luz hogareña con mayor resplandor que en Escocia. La adoración familiar en toda su plenitud fue simultánea con el primer periodo reformador. Es probable que ningún territorio tuviera jamás tantas familias orando en proporción a sus habi- tantes; tal vez ninguno tenga tantas hoy. En 1647, la Asamblea General19 emitió un Directorio para la adoración familiar en la que hablan como sigue: “Los deberes corrientes abarcados en el ejercicio de la piedad que deberían llevarse a cabo en las familias cuando se reúnen a tal efecto son estos: Primero, la oración y las alabanzas realizadas con una referencia especial, tanto a la condición del Kirk (la Iglesia)20 de Dios y su reino, como al estado presente de la familia y cada miembro de la misma. A continuación, la lectura de las Escrituras, con la instrucción en la doctrina de una forma clara para posibilitar de la mejor manera la com- prensión de los más simples y que se beneficien bajo las ordenanzas públicas y se les pueda ayudar a ser más capaces de entender las Escrituras cuando estas se lean; junto con conferencias piadosas que tiendan a la edificación de todos los miembros en la fe más santa; así también la amonestación y la reprensión por razones justas de quienes tengan la autoridad en la familia. El cabeza de fami- lia debe tener cuidado de que ninguno de los miembros se retire de ninguna parte de la adoración en familia y, viendo que el ejercicio ordinario de todas las partes de esta adoración le pertenecen al cabeza de familia, el ministro debe instar a los que son perezosos y formar a los que son débiles para que sean adecuados en la realización de estos ejercicios”. “Tantos como puedan concebir la oración, deberían hacer uso de ese don de Dios, aunque los que sean toscos y más débiles pueden comenzar con una forma establecida de oración; esto se hace con el fin de que no sean perezosos en despertar en sí mismos (según sus necesidades diarias) el espíritu de la oración que han recibido todos los hijos de Dios en cierta medida; a este efecto, deberían de ser más fervientes y frecuentes en la oración secreta a Dios para que capacite sus corazones para con- cebir y expresar peticiones legítimas a favor de sus familias”. “Estos ejercicios deberían llevarse a cabo con gran sinceridad, sin demora, dejando a un lado todos los asuntos mundanos o estorbos, a pesar de las burlas de los ateos y de los hombres profanos, teniendo en cuenta las grandes mercedes de Dios sobre esta tierra y las correcciones mediante las cuales Él nos ha disciplinado últimamente. Y, a este efecto, las personas de eminencia y todos los ancianos de la Iglesia, no sólo deberían esti- mularse ellos mismos y sus familias a la diligencia en todo esto, sino también contribuir de forma eficaz para que en todas las demás familias que estén bajo su influencia y cuidado, se realicen estos ejercicios mencionados con plena consciencia”. La fidelidad del cristiano individual con respecto a este deber se convirtió en cuestión de investigación por parte de los tribunales de la Iglesia. Mediante el Acta de Asamblea de 1596, ratificado el 17-18 de diciembre de 1638, entre otras estipulaciones para la visitación de las iglesias por parte de los presbíteros, se propusieron las siguientes preguntas para que les fue- ran formuladas a los cabezas de familias: “¿Visitan los ancianos a las familias dentro del barrio y de los límites que se les ha asignado a cada uno de ellos? ¿Son cuidadosos de que se establezca la adoración de Dios en las familias de sus zo- nas? Se le sugiere al ministro que también pregunte, en sus visitas pastorales, si se adora a Dios en la familia mediante oraciones, alabanzas y la lectura de las Escrituras. En cuanto a la conducta de los siervos hacia Dios y hacia los hombres, ¿se aseguran de que también participen de la adoración en familia y en público? ¿Catequizan a su familia?”
Cuando la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de la Asamblea de Teólogos de Westminster, contenía esta estipulación que sigue siendo válida entre nosotros: “Dios ha de ser adorado en todo lugar, en espíritu y en verdad, en las familias privadas a diario y también en secreto, cada uno por sí mismo”. En conformidad con estos principios, la práctica de la adoración en familia se convirtió en algo universal por todo el cuerpo presbiteriano de Escocia y entre todos los disentidores23 de Inglaterra. Especialmente en Escocia, las personas más humildes de las chozas más lejanas honraban a Dios mediante la alabanza diaria y no hay nada más característico de las perso- nas de aquella época que esto. “En ocasiones he visto la adoración en familia en grandes casas —dice el Sr. Hamilton—, pero he sentido que Dios estaba igual de cerca cuando me he arrodillado con una familia que oraba, sobre el suelo de tierra de su choza. He conocido la adoración en familia entre los segadores en un granero. Solía ser algo común en los barcos de pesca en los estuarios24 y los lagos de Escocia. He oído que esto se observaba incluso, en las profundidades de un pozo de carbón”. Los padres de la Nueva Inglaterra, habiendo bebido del mismo espíritu, dejaron el mismo legado a sus hijos. La adoración en familia es altamente honorable, especialmente cuando el servicio espi- ritual languidece y decae en tiempos en los que el error y la mundanalidad hacen incursio- nes en la Iglesia. Éste ha sido el caso notable entre algunas comunidades protestantes del continente europeo. En términos generales, debemos decir que la adoración en familia no se practica tan extensamente allí y, por supuesto, no se le valora tan altamente como en las iglesias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto es cierto, incluso cuando se hace la comparación entre las que están en los respectivos países, cuyo apego al evangelio parece ser el mismo. Hay muchas, sobre todo en Francia y Suiza, que le dan tan alto valor y mantienen con regularidad la adoración diaria a Dios como muchos de sus hermanos en Inglaterra o en los Estados Unidos. Sin embargo, constituyen excepciones a la declaración anterior sin ser una refutación de la misma. Los viajeros cristianos observan, no obstante, que las mejores opiniones sobre este tema, como en la observancia del Día de reposo, están creciendo deci- didamente en Francia y Suiza, y, probablemente, en cierta medida también en Alemania y en otros países del Continente. Esto se le debe atribuir a la traducción de muchas obras excelen- tes del inglés al francés y a su circulación en esos países en los últimos años. De lo que se ha dicho, queda de manifiesto que, la voz universal de la Iglesia en sus mejores épocas, se ha pronunciado a favor de la adoración en familia. El motivo de esto también se ha manifestado. Es un servicio que se le debe a Dios con respecto a su relación abundante y mi- sericordiosa para con las familias como tales, algo que se ha hecho necesario por las carencias, las tentaciones, los peligros y los pecados del estado de la familia y, en los más altos niveles, es algo adecuado y correcto, dadas las oportunidades que ofrece la misma condición de la familia. Tomado de Thoughts on Family Worship (Pensamientos sobre la adoracion familiar), reeditada por Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Books, http://www.heritagebooks.org.
James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas instituciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Virginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.
El Salmo 42 es un salmo de un hombre piadoso que está atravesando pantanos y oscuridad. Y, aunque no encontramos la palabra depre- sión en la Escritura, podemos deducir fácilmente que el salmista estaba atravesando por ella. Tal vez tú te identificas con este salmo. Crees en el Señor, sa- bes que Él es suficiente para tu salvación, pero has pasado o estás pasando por un momento oscuro en tu vida. Tal vez sea por inse- guridad del futuro o tal vez sea por una crisis financiera. Una de las razones por las cuales este salmo es tan conocido, es porque el salmista es muy honesto en cuanto a su vulnerabilidad. Si le pre- guntas al salmista qué le sucede, él te lo dirá en este salmo. ¿Cuáles son los síntomas del salmista? Sequía (vv. 1-2), falta de apetito (vv. 3), confusión (vv. 5, 6, 11), nostalgia (v. 4), abandono (vv. 3, 9, 10) y opresión (vv. 3, 9-10). Al analizar lo que le sucede al salmista, es seguro deducir que lo que está experimentando es una fuerte y dura depresión espiri- tual—no come, está confundido, se siente abandonado, oprimido, nostálgico. En palabras propias del salmista, se siente como un ciervo que brama por agua en la sequía (v. 1). Aquí vemos a un hombre piadoso cuyo estado de ánimo es de- presivo, pero no lo vemos derrotado, sino luchando consigo mismo para poder apreciar la mano de Dios en su vida y para poder ver esperanza en medio de sus circunstancias. Si tú te encuentras en este día en una etapa oscura de la vida, estás en buena compañía, y el hecho de que estás leyendo este devocional me indica que estás luchando por ver esperanza en medio de tu oscuridad. El Dr. Martyn Lloyd-Jones solía decir que la mayoría de nuestras depresiones son causadas debido a que pasamos mucho tiempo escuchándonos a nosotros mismos, en vez de hablarnos a noso- tros mismos. ¿Te habías puesto a pensar en eso? Escucharse a uno mismo es dejar pasivamente que nuestra mente vaya a la deriva y comience a caer cada vez más profundo en el hoyo. Hablarse a uno mismo requiere diligencia activa; requiere hablarle a nuestra alma con las verdades que sabemos sobre Dios. En otras palabras, requiere predicarse a uno mismo. Eso es precisamente lo que el salmista hace en los versículos 5 y 11: «¿Por qué voy a inquietarme?
¿Por qué me voy a angustiar?». Él se habla a sí mismo, se confronta y cuestiona. «¿Por qué me voy a angustiar?». ¡Conoces a Dios! ¡Es- pera en Él! ¡Él es tu roca, Él es tu salvación! ¿Por qué te angustias? Así que, este salmo está en la Biblia porque Dios lo diseñó así, y si escuchamos con cuidado y vemos cómo lucha este salmista, y si meditamos en esta instrucción día y noche, si meditamos en nuestras emociones por un lado y en lo que sabemos del otro, nuestro carácter será más piadoso, y seremos como un árbol que da fruto y su hoja no cae cuando es abofeteado por los vientos del desánimo y la opresión.
Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza
Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
Por Robert VanDoodewaardrobert
La falsa modestia es un pecado difícil de reconocer porque se presenta revestido de piedad. Puede introducirse en nuestras oraciones y en nuestra manera de hablar. Puede ser la razón por la que evadimos los cumplidos en lugar de simplemente dar las gracias. Puede ser la razón por la que nos sentimos tentados a hablar demasiado de nuestros sacrificios o fracasos. Tal vez la falsa modestia sea incluso un motivo para nuestro humor autocrítico. El reto es que algunos de estos patrones también podrían estar arraigados en nuestra forma de ser, la cultura o las costumbres. Sin embargo, debemos considerar si nuestros hábitos están arraigados en la humildad genuina. El peligro de la falsa modestia es que es profundamente engañosa y, en última instancia, no da gloria a Dios.
La Biblia advierte que las personas religiosas pueden construir una fachada de falsa humildad. El Señor Jesús habló de los hipócritas que ayunaban y ponían una cara triste para parecer piadosos (Mt 6:16). Expuso el orgullo de los fariseos, que pensaban que el ayuno y el diezmo eran logros dignos del favor de Dios (Lc 18:12). Estas prácticas revelaban que no estaban interesados en honrar a Dios, sino en honrarse a sí mismos. Es este tipo de falsa modestia farisaica la que conduce a varias trampas.
Primero, la falsa modestia es engañosa. Requiere emociones enmascaradas, pensamientos engañosos y una realidad tergiversada. Lleva a vivir una mentira al pretender ser más pobre, más triste, menos dotado o más sacrificado de lo que se es. Estos hábitos pueden tener cierta apariencia de religión, pero no pueden ayudar contra los apetitos de la carne (Col 2:23). Existe el peligro de que este engaño conduzca al egoísmo. Los que practican estos hábitos pueden convertirse en avaros, quizás no en lo económico, pero sí en otros aspectos de la vida. Su amor por el prójimo se atrofiará; fracasarán en compartir sus talentos. «Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).
La falsa modestia es también peligrosamente orgullosa. El apóstol Pablo advierte que los que se deleitan en la falsa humildad se han «hinchado sin causa» con sus mentes carnales (Col 2:18). No nos equivoquemos; la falsa modestia está centrada en sí misma y no en Dios. Olvida que caminamos delante del rostro de Dios y que Él conoce todos los pensamientos e intenciones de nuestros corazones. Aunque este orgullo puede estar bien escondido de los demás, sigue siendo una «abominación» ante el Señor (Pr 16:5). Dios no se deja engañar por las apariencias externas.
Lo peor de todo es que la falsa modestia le roba a Dios Su gloria. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros varios dones, talentos, circunstancias y posesiones. Un cristiano fuerte debería ser capaz de disfrutar incluso de las bendiciones de la prosperidad como un regalo de Su mano. Colosenses 2:20-23 nos da una pista de que los hábitos de falsa modestia pueden conducir a una especie de gnosticismo, la antigua herejía que enseñaba que la creación es intrínsecamente mala. Si nos involucramos en la falsa modestia, en algún lugar de la raíz de ella hay un problema con nuestra teología. Deberíamos alabar a Dios por las posesiones, los cuerpos y las habilidades que nos ha dado (Sal 139:14). Como el publicano, debemos presentarnos ante el Señor como humildes pecadores. Pero eso no excluye que también nos presentemos ante Él con profunda gratitud por todos Sus dones.
Por último, la falsa modestia es un pecado complicado de discernir. Es un área particularmente peligrosa para tratar de identificar en otros cristianos. Puedes leer un artículo como este y pensar, «Conozco a una persona así; podría conducir fácilmente un Cadillac y en cambio conduce un Corolla». O «Conozco a un hombre que ora y habla de esta manera». Ten mucho cuidado con tratar de leer el corazón de los demás. Es posible que no conozcas sus razones, motivos o historias. Es genuinamente modesto evitar la jactancia o la exageración (Mt 6:2). Lo que puede parecerte una falsa modestia puede decir más sobre tu propio corazón que sobre el de ellos. La clave para combatir este pecado es caminar delante del rostro de Dios y saber que Él conoce tu corazón. Si ves este pecado en ti mismo, confiésalo ante Él y mira al Señor Jesucristo, quien se humilló hasta la muerte en la cruz (Flp 2:8). La verdadera humildad comienza en la cruz de Cristo y en la confesión de nuestra fe en Él. «Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará» (Stg 4:10).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Robert VanDoodewaard El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.
Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
Cada moneda tiene una cara detrás un sello, cada dado un seis detrás de un uno, cada estampilla un adhesivo detrás. Y del mismo modo, cada tecnología tiene una virtud detrás de un vicio, un beneficio y un inconveniente, algo beneficioso detrás de algo muy perjudicial. La televisión que suministra noticias importantes también promueve el entretenimiento vil; el motor que proporciona propulsión también produce contaminación; la energía nuclear que ilumina una ciudad también corre el riesgo de destruirla. Así es la vida y la tecnología en un mundo manchado por el pecado.
Y precisamente en ese sentido, las redes sociales pueden utilizarse para bien y para mal. Pueden mostrar lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más amable y lo más condescendiente, lo más humilde y lo más orgulloso. La mayor parte de la culpa no es de la tecnología en sí, sino de los que la utilizan, porque las redes sociales no hacen más que mostrar quiénes somos realmente y repetir lo que realmente creemos. Son nuestros corazones y nuestras mentes volcados al exterior en pequeños textos, elaborados vídeos y fotografías cuidadosamente filtradas.
Sin embargo, debemos tener cuidado de no simplificar demasiado, ya que las redes sociales han sido diseñadas deliberadamente para aprovechar nuestras debilidades más que nuestras fortalezas, para premiar el orgullo más que la humildad. Fomentan la lectura rápida más que la lectura profunda, la impulsividad más que la reflexión, la indignación más que la sabiduría. Salomón pregunta: «¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio que para él» (Pr 29:20). Pero Facebook pregunta a cada usuario en cada momento: «¿Qué estás pensando?». Salomón advierte que «En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente» (10:19), pero Twitter sugiere en todo momento y en todas las ocasiones: «Tuitea tu respuesta». Salomón dice que «El sabio heredará honra» (3:35), pero en la mayoría de las plataformas de redes sociales son los fanfarrones y combativos, los descorteses y lascivos los que son vistos y escuchados, los que son honrados y seguidos. El que gobierna su espíritu puede ser mejor que el que toma una ciudad, pero el vicio se convierte tan fácilmente en virtud en las plataformas que premian la indignación más que el autocontrol, la dureza más que la amabilidad, la arrogancia más que la mansedumbre.
Twitter y Facebook, Instagram y TikTok, un sinfín de tecnologías menores y aún por inventar: cada una de ellas proporciona un mecanismo ideal para la creación de plataformas y el engrandecimiento personal, para promocionarse a sí mismo mientras se desprecia a los demás, para mostrar todo tipo de altanería y toda clase de tonterías. Pero aunque veamos tan fácilmente los inconvenientes de estas nuevas tecnologías, también tienen muchos beneficios. Ninguna está tan lejos de la redención que no pueda ser utilizada de manera que bendiga a los demás y glorifique a Dios. Detrás de todos los vicios hay muchas virtudes genuinas, ya que a través de las redes sociales podemos decir palabras que sequen los ojos llorosos, podemos compartir citas que levanten las manos caídas, podemos subir vídeos que fortalezcan las rodillas debilitadas. Podemos comprometernos amablemente con los perdidos y los que sufren, podemos desafiar suavemente a los extraviados y a los descarriados, podemos apuntalar cuidadosamente a los inseguros y a los inexpertos. Podemos estar presentes y activos en estos foros donde se enseña a la gente, donde se discuten las ideas, donde se debaten las grandes preocupaciones de nuestra época. Podemos estar donde se reúnen las personas de este mundo para que podamos decir la verdad de Dios con nuestras bocas mientras mostramos el amor de Dios en nuestras vidas.
Sin embargo, si queremos ser humildes a través de las redes sociales, tendremos que ser humildes antes de aparecer en ellas. Tendremos que ser conscientes de sus ideologías arraigadas, conscientes de las muchas maneras en que premian lo que Dios desprecia, conscientes de sus muchas tentaciones de promover la necedad por encima de la sabiduría. Tendremos que acercarnos a ellas con cautela, con oración y siempre con humildad.
No hay ninguna época en la historia de la humanidad en la que haya sido fácil mostrar humildad y ninguna época en la que haya sido difícil mostrar orgullo. El reto de las redes sociales es nuevo solo por la rapidez con la que podemos mostrar esa locura y solo por el alcance del daño que podemos hacer con ella. Las redes sociales no han creado el orgullo, sino que solo han creado nuevas vías para expresarlo. Sin embargo, el Dios que se opone a los soberbios y da gracia a los humildes, ciertamente se deleita en concedernos la humildad que nos falta para que podamos ser luz cuando estamos rodeados de oscuridad, redimir lo que se ha roto, y aprovechar cada oportunidad para profesar las grandes verdades de nuestro gran Dios.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tim Challies (@Challies) es bloguero fundador de Challies.com y cofundador de Cruciform Press. Es autor de varios libros, entre ellos: Haz más y mejor, una guía práctica para la productividad y la próxima historia: fe, amigos, familia y el mundo digital.
Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.
Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.
El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.
En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».
En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:
Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.
La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Melton L. Duncan Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.
Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
La humildad es una cualidad, una actitud o un sentimiento de ausencia de importancia personal, que no hace que uno sea mejor que otro. Conlleva la idea de modestia, mansedumbre e incluso dulzura. La palabra tiene un pedigrí en francés antiguo y en latín. En el latín eclesiástico, encontramos algunas raíces de «tierra» o «terrenal». Sin embargo, debemos tener claro que la humildad no debe identificarse con alguien que camina con una apariencia abatida, que se estremece en cada encuentro. No es andar vestido con cilicio y ceniza.
Vivir la humildad bíblica comienza con el reconocimiento de la propia deuda con Dios como autor y consumador de nuestra fe. Para los pastores y ancianos, significa vivir con una conciencia aguda de que todo lo que tienen es un regalo de Dios y que todo lo que hacen depende de la gracia de Dios.
Vivir esta humildad implica imitar los buenos ejemplos. En la Biblia tenemos varios. Después de todos los logros de José en los altos niveles políticos, concluyó que los puntos bajos, así como los más destacados de su vida, eran singularmente atribuibles a Dios y a Su plan soberano y a la disposición de todas las cosas (Gn 50:19-21). Algún tiempo después de que David fuera ungido como sucesor de Saúl como rey, escuchamos la autodescripción de David mientras Saúl lo persigue: «¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?» (1 Sam 24:14). El rey David también se describió a sí mismo en toda su gloria real como un gusano (Sal 22).
Jesús llamó a Juan el Bautista el más grande de los profetas, y sin embargo Juan resumió su propia postura de esta manera: «Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). ¿Y el apóstol Pablo? Un hebreo de hebreos. Con respecto a la ley, intachable. Sin embargo, no reclamó ninguna fama, sino que se subordinó a la fama de Cristo Jesús (Flp 3). Con todo, Pablo nos recuerda que nuestro Salvador es el modelo a seguir y que, por tanto, cada uno de nosotros debe «[considerar] al otro como más importante que a sí mismo» (2:3). Eso es humildad.
Todo esto nos dice cómo debe afectarnos la vida bajo el plan soberano de Dios. No tenemos ninguna razón para ser orgullosos. La arrogancia nunca debe aferrarse a nosotros, sino la dulzura de nuestro Salvador. Después de todo, Pedro dijo que «todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» ha venido de Él (2 Pe 1:3). La nuestra debe ser la humildad del gran Rey Jesús, que se sometió a la humillación de este mundo lleno de pecado, incluso a una muerte injusta y cruel en la cruz. Vivir bajo la bandera del plan soberano de Dios para nuestras vidas produce la misma vida humilde.
¿Qué pasa cuando el orgullo surge en nosotros? Después de todo, todos luchamos con él. La respuesta, por supuesto, es el arrepentimiento. Así como Martín Lutero llegó a ver, el arrepentimiento no es un acto único u ocasional, sino una vida continua de contrición: el reconocimiento, el dolor y el abandono del pecado. Para los ministros y ancianos, esto seguramente incluirá la confesión a uno mismo, a los demás y a Dios de nuestros pecados de palabra, pensamiento y obra. Los ministros y ancianos se encontrarán pidiendo perdón a Dios y a aquellos a los que sirven cuando su pecado sea expuesto ante ellos. De hecho, debemos predicar con el ejemplo (1 Pe 5:3). Dios llama a nuestros feligreses a imitar nuestra fe (Heb 13:7). ¿Nos atreveremos a dejar que imiten nuestra arrogancia, orgullo y rudeza, en una palabra, nuestra pecaminosidad? Más bien, ¿qué tal si ponemos ante ellos el dulce aroma de nuestro Salvador? Cuando pecamos y el aroma se sustituye por un hedor, debemos arrepentirnos rápidamente; la humildad bíblica lo exige.
Hace muchos años, Albert N. Martin escribió un folleto de una profunda convicción titulado Las implicaciones prácticas del calvinismo. Estaba repleto de puntos de sabiduría bíblica, pero uno que ha permanecido conmigo a lo largo de los años es este: no se puede creer en la soberanía de Dios y ser un cristiano orgulloso. Un cristiano es alguien que se ha encontrado cara a cara con el Dios vivo y tres veces santo. ¿La respuesta de Isaías en ese caso? Cayó sobre su rostro en humilde dolor por su pecado y solo después se levantó con la voluntad de servir a Dios. La arrogancia no tiene cabida en la vida cristiana. Mucho menos, entonces, el orgullo y la arrogancia no tienen buen lugar entre los ministros y ancianos cuando viven y dirigen. Apoyémonos todos en el Espíritu del Dios vivo mientras perseguimos la mansedumbre que conduce a una herencia inestimable de nuestro Señor y Salvador.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.
Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor9 fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particula- res) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación? En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secun- den también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más autoridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes. ¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipo- cresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren se- riamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno promete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.
Tomado de “The Family Altar” (El altar de la familia), The Works of Oliver Heywood (Las obras de Oliver Heywood), Vol. 4, reeditado por Soli Deo Gloria Publications, una división de Reformation Heritage Books.
Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood predicó principalmente en casas privadas después de la Gran Expul- sión. ¡Bienaventurada la familia que se reúne cada mañana para orar! ¡Bienaventurados los que no permiten que la tarde acabe sin unirse en súplicas! Hermanos, desearía que fuera más habitual, que fuera universal, que todos los que profesan la fe cristiana tengan la costumbre de orar en familia. En ocasiones oímos hablar de hijos de padres cristianos que no crecen en el temor de Dios y se nos pregunta por qué han acabado tan mal. En muchos, muchísimos casos, me temo que existe un descuido tan grande de la adoración familiar que es muy poco probable que a los hijos les impresione ninguna piedad que, supuestamente, posean sus padres. Charles Spurgeon
¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su Nombre. Matthew Henry
«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del SEÑOR se deleita, y de día y noche medita en ella». No existe mejor palabra para iniciar el Li- bro de los Salmos y este primer capítulo que la palabra «dichoso». Extremadamente feliz y afortunado, aquel cuya confianza y deleite no estuvo en el camino de los impíos, sino que encuentra su mayor placer y confianza en la ley del Señor. Son tiempos complicados y difíciles, tiempos donde el mundo corre de un lado para otro. No han encontrado refugio en el ejército, no han encontrado esperanza en la economía y no están encontrando soluciones en la medicina. El mundo corre y grita desesperado y el miedo y el pavor se van apoderando poco a poco del corazón de muchas personas alrede- dor del planeta. Vídeos con soluciones inefectivas, noticias que no auguran que en breve las cosas se solucionen, supermercados sin abastecimiento para suplir las necesidades de todos y los políticos y gobernadores de las naciones sin nada que decir porque no existen soluciones a la vista. Sin embargo, en medio de todo eso, en medio de toda esa oscu- ridad, existe un brillo especial, un pueblo que refleja paz, un pueblo que refleja confianza, un pueblo que consigue tener un corazón gozoso y lleno de fe en un Dios soberano y todopoderoso, el pueblo del Señor, la Iglesia de Cristo. Nuestros ojos no están en los sucesos, nuestros oídos no están en los consejos del hombre y nuestro corazón no se apoya en el cami- no del mundo, nuestros ojos están en la Palabra de Dios, nuestros oídos atentos a sus promesas y nuestros corazones practicando y poniendo por obra con cánticos y oraciones todo lo que hemos aprendido de las Sagradas Escrituras. No tenemos miedo, no estamos asustados, no corremos desespe- rados, sino que hemos encontrado, en la Palabra de Dios, en la cual nos deleitamos, en la cual meditamos de día de noche, una fuente de gozo y confianza, hemos obtenido una paz que sobrepasa todo en- tendimiento y la seguridad de que en todo Dios tiene un propósito. «Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera! En cambio, los malvados son como paja arrastrada por el viento» (vv. 3-4). Apoyados en la Palabra de Dios, poniéndola por obra, creyéndola de todo corazón, tenemos la seguridad de que el Señor conoce nuestro camino, traza la senda por la que debemos andar y va delante de nosotros. Tenemos la seguridad de que Dios va como poderoso gigante delante de Su pueblo, que lo guarda, que lo cuida, y por ello, por esa fe, sabemos que nuestro futuro está asegurado, está garantizado, porque el Dios de la historia ya se encuentra allí, trascendiendo el tiempo y el espacio, y en eso nosotros descansamos. Cobra ánimo, sigue poniendo tus ojos en las noticias que muestra la Escritura y no tanto en las que muestra la televisión; y recuerda, si pones tu corazón en ellas serás, aun en medio de la tormenta, una persona dichosa.
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