Estoy iniciando una nueva serie de artículos en la que revisaremos una lista de términos teológicos para proporcionar una definición concisa y sencilla (eso espero) de cada uno de ellos. Al usar el término “elemental” no siempre me refiero a que las palabras son de uso común entre los cristianos (o que se encuentren en la Biblia), sino a que las cosas que representan comprenden algunos de los componentes centrales de la fe y la práctica cristiana.
El contenido de estos artículos procederá, en la mayoría de los casos, de uno o varios autores cuyas definiciones me han resultado especialmente útiles (aunque de vez en cuando también puedo aportar algún resumen o síntesis). Para comenzar, lo más apropiado es iniciar con una definición del término que ha unificado a todos los demás: teología. Millard Erickson, en su obra masiva Teología Sistemática, da una definición sencilla pero completa: [Teología es] aquella disciplina que intenta desarrollar una exposición coherente de las doctrinas de la fe cristiana, basándose principalmente en las Escrituras, situándose en el contexto de la cultura en general, expresándose en un idioma contemporáneo y relacionándose con los asuntos de la vida. (23)
Lo que Erickson llama simplemente “teología” otros lo denominan de forma más precisa como teología sistemática. Wayne Grudem, un teólogo que también ha escrito un libro enorme sobre el tema (casi obligatorio tenerlo en su biblioteca), hace esta distinción y define la teología sistemática como “cualquier estudio que responde a la pregunta ‘¿Qué nos enseña toda la Biblia hoy?’ respecto a cualquier tema” (21).
Aunque mucho más corta, la definición de Grudem es, en esencia, la misma que la de Erickson; ambas son buenas y útiles. Otra forma aún más sencilla, con menos calificaciones, sería decir que la teología se refiere a lo que pensamos que Dios piensa sobre algo.
¿Sugiere usted algunas otras definiciones para la teología?
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.
Un creyente nos cuenta la historia de uno de sus vecinos, a quien con frecuencia había hablado de la fe en Jesucristo.
Durante una excursión a los Alpes, la capa de hielo sobre la cual caminaba cedió bajo su peso, y casi se ahoga en un lago. En otra ocasión, su velero se volcó durante una tempestad, y fue rescatado por los socorristas en el mar. A sus cuarenta años fue sanado de una leucemia, y Dios le concedió todavía 15 años más de vida. Para terminar, una noche, en medio de una tormenta, un árbol cayó sobre su auto y él murió en el instante.
Este hombre era simpático. Conocía la Biblia, pero aparentemente nunca había sentido la necesidad de un Salvador.
Sin embargo, ¿había prestado atención a las múltiples advertencias de Dios? Su vida terminó bruscamente, ¡entró en la eternidad en un instante! Solo Dios sabe si se reconoció pecador y si recibió el perdón y la vida eterna por la fe en el Señor Jesús.
“En una o en dos maneras habla Dios; pero el hombre no entiende… Entonces revela al oído de los hombres, y les señala su consejo, para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia. Detendrá su alma del sepulcro, y su vida de que perezca a espada… Todas estas cosas hace Dios dos y tres veces con el hombre, para apartar su alma del sepulcro, y para iluminarlo con la luz de los vivientes” (Job 33:14, 16-18, 29-30).
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4).
La conciencia casi siempre es vista por el mundo moderno como un defecto que les roba a las personas su autoestima. Sin embargo, lejos de ser un defecto o un desorden, la capacidad que tenemos de sentir nuestra propia culpa es un magnífico obsequio divino. Dios diseñó la conciencia en el marco mismo del alma humana.
La conciencia, escribió el puritano Richard Sibbes en el siglo XVII, es el alma reflexionando sobre sí misma.[1] La conciencia es la esencia de lo que distingue a la criatura humana. Las personas, a diferencia de los animales, pueden contemplar sus propias acciones y hacer autoevaluaciones morales. Ésa es la función propia de la conciencia.
La conciencia es una habilidad innata cuya función es discernir lo correcto y lo incorrecto. Todos, incluso los paganos menos espirituales, tienen conciencia: “Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Ro. 2:14-15, énfasis agregado).
La conciencia nos suplica que hagamos lo que creemos que es correcto y nos impide hacer lo que creemos que es incorrecto. La conciencia no se debe equiparar con la voz de Dios o la ley de Dios. Es una facultad humana que juzga nuestras acciones y pensamientos a la luz del más alto nivel que percibimos. Cuando violamos nuestra conciencia, ésta nos condena, provocando sentimientos de vergüenza, angustia, arrepentimiento, consternación, ansiedad, desgracia e incluso miedo. Cuando seguimos nuestra conciencia, ésta nos elogia, trayendo alegría, serenidad, autoestima, bienestar y regocijo.
La conciencia está por encima de la razón y más allá del intelecto. Podemos racionalizar, tratando de justificarnos en nuestras propias mentes, pero una conciencia violada no se convencerá fácilmente. Es posible anular virtualmente la conciencia mediante el abuso repetido. Pablo habló de personas cuyas conciencias estaban tan pervertidas que su “gloria es su vergüenza” (Fil. 3:19; cf. Ro. 1:32). Tanto la mente como la conciencia pueden contaminarse a tal punto que dejen de distinguir entre lo que es puro y lo que es impuro (cf. Tit. 1:15). Después de tanta violación, la conciencia finalmente se calla. Moralmente, aquellos con conciencias contaminadas se quedan volando a ciegas. Las señales de advertencia molestas pueden desaparecer, pero el peligro ciertamente no; de hecho, el peligro es mayor que nunca.
Además, incluso la conciencia más contaminada no permanece en silencio para siempre. Cuando nos juzgamos, la conciencia de cada persona se pondrá del lado de Dios, el juez justo. El peor malhechor endurecido por el pecado descubrirá ante el trono de Dios que tiene una conciencia que testifica en su contra.
La conciencia, sin embargo, no es infalible. La conciencia está informada tanto por la tradición como por la verdad, por lo que los estándares que nos obligan no son necesariamente bíblicos (1 Co. 8:6-9). La conciencia puede estar condenando innecesariamente en áreas en las que no hay problema bíblico. La conciencia, para operar plenamente y de acuerdo con la verdadera santidad, debe ser instruida por la Palabra de Dios. La conciencia reacciona a las convicciones de la mente y, por lo tanto, puede ser alentada y agudizada en concordancia con la Palabra de Dios.
El cristiano sabio quiere dominar la verdad bíblica para que la conciencia esté completamente instruida y juzgue bien porque está respondiendo a la Palabra de Dios. Una dieta periódica de lectura de las Escrituras fortalecerá una conciencia débil o restringirá una hiperactiva. Por el contrario, el error, la sabiduría humana y las influencias morales erradas que llenan la mente corromperán o paralizarán la conciencia.
En otras palabras, la conciencia funciona como un tragaluz, no como una bombilla. Deje entrar la luz en el alma; no produzca la suya. Su efectividad está determinada por la cantidad de luz pura a la que la exponemos y por lo limpia que la mantenemos. Cúbrala o póngala en la oscuridad total y dejará de funcionar. Es por eso que el apóstol Pablo habló de la importancia de una conciencia limpia (1 Ti. 3:9) y advirtió contra cualquier cosa que contamine o enturbie la conciencia (1 Co. 8:7; Tit. 1:15).
La conciencia está al tanto de todos nuestros pensamientos y motivos secretos. Por lo tanto, es un testigo más preciso y formidable en la sala del tribunal del alma que cualquier observador externo. La conciencia es una parte indivisible del alma humana. Aunque puede estar endurecida, cauterizada o adormecida en latencia aparente, la conciencia continúa almacenando evidencia que algún día usará como testimonio para condenar el alma culpable.
La semana que viene veremos que debido a que la conciencia es el sistema automático de advertencia del alma, es ella misma la que inicia el juicio en el tribunal imaginario, en el consejo del corazón humano.
Atesorar el precio de la redención Por R.C. Sproul
La clave para entender el clamor de Jesús desde la cruz la encontramos en la carta de Pablo a los gálatas: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO)» (Gal 3:13).
Ser maldito es ser apartado de la presencia de Dios, ser colocado fuera del campamento, ser excluido de Sus beneficios. En la cruz, Jesús fue maldito. Es decir, Él representó a la nación judía que había violado el pacto y estaba expuesta a la maldición. Allí, Él recibió la medida completa de la maldición sobre Sí mismo. Como el Cordero de Dios, Aquel que cargó con el pecado, Él fue apartado de la presencia de Dios.
En la cruz, Jesús experimentó el abandono en lugar nuestro. Dios le dio la espalda y lo apartó de toda bendición, de todo cuidado, de toda gracia y de toda paz.
Dios es demasiado santo como para mirar la iniquidad. Dios el Padre le dio la espalda a Su Hijo, y lo maldijo hasta el abismo del infierno mientras colgaba en la cruz. Aquí estaba «el descenso al infierno» del Hijo. Aquí la furia de Dios se desató contra Él. Su grito fue el grito de los condenados. Por nosotros.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Reflexiona sobre lo que Jesús hizo por ti en el Calvario. Da gracias por el Cordero de Dios que cargó con tu pecado.
Para estudiar más a fondo Mateo 27:46 – Gálatas 3:13 – Gálatas 3:10
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Viernes 8 Julio Se espantaron grandemente. Marcos 5:42 En gran manera se maravillaban (hablando de Jesús), diciendo: bien lo ha hecho todo. Marcos 7:37 Se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él. Lucas 13:17 Admiración Todos nos hemos maravillado alguna vez ante el cielo estrellado, el esplendor de un atardecer, ante una hermosa flor o la belleza de un rostro… Quizás admiremos incluso un personaje célebre, ídolos de la canción, del espectáculo, de la política…
Entonces, si conocemos algo sobre la vida de Jesucristo, ¿cómo permanecer indiferentes? Él es incomparable: Dios nuestro Creador se hizo hombre entre los hombres. Los autores de los evangelios, que lo vieron, lo escucharon y lo tocaron nos lo muestran. Cuando era niño obedeció a sus padres sin dejar de someterse a Dios (Lucas 2:49). Más tarde trabajó como carpintero (Marcos 6:3). Luego, enviado por el amor de Dios, recorrió el país sirviendo a sus contemporáneos. Con humildad y gran bondad les habló de perdón, de reconciliación, de amor, de paz. Su mensaje era gracia y verdad; denunciaba el mal, para conducir al perdón a los que se arrepentían, consolaba a los que sufrían…
Pero la grandeza de Jesús, el Hijo de Dios, nos impresiona aún más cuando, siendo odiado, rechazado, traicionado, herido, aceptó llevar en la cruz, en nuestro lugar, el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. Dio su vida por nosotros, sus enemigos, pero tenía el poder para volverla a tomar. Jesús resucitó, venció a la muerte.
Detengámonos contemplando la vida de Jesús y su carácter único, más que admirable. Recibamos este mensaje de Aquel que nos amó hasta tal punto, y digámosle, como Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).
Lo que significa y no significa ser «apto para enseñar»
Por Sam Emadi
«No creo que Colin deba ser pastor principal… tú sabes, él tiene una personalidad INTJ (por sus siglas en inglés)[1]». Quedé mudo, pues conocía a Colin por años y era un buen predicador, con sana teología, amaba a las personas y había demostrado tener agallas. No podía entender por qué mi amigo expresaba preocupación de que fuera pastor, particularmente a causa de cierto tipo prefabricado de personalidad.
Le pedí una aclaración. Mi amigo respondió: «bueno, él es un 4 y sabemos que los 4 luchan en su rol como pastores principales. Ellos sirven más para roles administrativos». Al ver mi confusión, mi amigo me explicó lo que significa una personalidad «4» según el eneagrama[2] y lo que podría decir sobre la idoneidad de alguien para el ministerio pastoral.
The boys in the back Comencé a preguntarme: «¿qué iniciales y números caracterizaban mi vida y capacidad para el ministerio?». Nunca he hecho un examen oficial de personalidad, pero, una vez, un test de Facebook arrojó que soy más como Charlie de El ala oeste de la Casa Blanca y según BuzzFeed, aparentemente, entre las princesas de Disney, Cenicienta y yo seríamos probablemente mejores amigos por siempre. Dejaré que otros decidan cómo eso debiera formar mis ambiciones en el ministerio.
Sin duda, pocos de nosotros equipararíamos tan confiadamente los tipos de personalidad con roles de ministerio específicos. Sin embargo, en cierto nivel, cada uno de nosotros es tentado a seguir la lógica del mundo cuando se trata de identificar a futuros pastores y ancianos: mirar la apariencia externa en lugar del corazón (1S 16:7). Podemos valorar los dones, el carisma y la presencia en el escenario por sobre la piedad, la claridad y la sensatez. La Escritura, no obstante, revisa nuestra perspectiva mundana, recordándonos que Dios quiere a su iglesia en manos cuidadosas, no necesariamente carismáticas. Cada requisito para el ministerio pastoral en 1 Timoteo 3 y Tito 1 se enfoca en el carácter, no en los dones.
A excepción de uno.
Pablo le dice a Timoteo que los ancianos deben ser «aptos para enseñar» (1Ti 3:2). También le dice a Tito que los ancianos «debe[n] retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea[n] capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen» (Tit 1:9).
El único don particular que los pastores deben demostrar es la aptitud para enseñar. Pero ¿qué significa exactamente? ¿Los pastores deben ser capaces de cautivar una audiencia? ¿Deben tener una buena presencia en el escenario? ¿Los pastores son solo cristianos fieles… con un poco de dosis extra de encanto y carisma? ¿Qué significa ser «apto para enseñar»?
«APTO PARA ENSEÑAR» NO SE TRATA PRINCIPALMENTE DE UNA HABILIDAD RETÓRICA Es fácil asumir que ser «apto para enseñar» debe tener algo que ver con la predicación. Dicho de manera simple, si quieres ser un anciano, tienes que ser capaz de predicar. Sin embargo, equiparar «apto para enseñar» con la predicación es una sobre-lectura de este requisito. Después de todo, Pablo no menciona la predicación en este pasaje. Tampoco él ni otro escritor en el Nuevo Testamento asume que la predicación sea el único contexto en el cual ocurre la enseñanza. De hecho, en otra parte de sus escritos, Pablo claramente se refiere a la «enseñanza» que ocurre en la iglesia fuera del ministerio de la predicación (Ro 15:14; Tit 2:3). Además, Pablo también reconoce que, aunque cada anciano debe poder enseñar, solo algunos de ellos dentro de la iglesia tienen ministerios de enseñanza pública significativa y consistente (1Ti 5:17).
Por lo tanto, si ser «apto para enseñar» no significa necesariamente «predicar sermones grandiosos», entonces, ¿qué significa?
Al mirar el mismo requisito en Tito 1, vemos a Pablo además explicando que ser «apto para enseñar» es «retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza», instruir en «sana doctrina» y reprender las ideas no bíblicas (Tit 1:9). Este enfoque en la sana doctrina continúa a lo largo de las epístolas pastorales. El anciano no debe enseñar «doctrinas extrañas» (1Ti 1:3), sino que debe modelar y enseñar doctrina con el poder para salvar a sus oyentes (1Ti 4:16). Él debe manejar con precisión la Palabra de verdad (1Ti 2:15), evitando «palabrerías vacías» que «conducirán a más y más impiedad» (2Ti 2:16). Su enseñanza debe producir «arrepentimiento» en sus oyentes y «pleno conocimiento de la verdad» (2Ti 2:25).
En resumen, Pablo se enfoca más en el contenido y en el resultado de la enseñanza que en su ejecución. «Apto para enseñar» no es sencillamente el «don del habla». Podrías ser capaz de cautivar a una multitud, pero si tu enseñanza no es verdadera o no produce santidad, no eres «apto para enseñar».
El propio ministerio de Pablo modela estos compromisos. Él nunca se jactó de su elocuencia; al contrario, buscó prudencia por sobre el estilo; claridad por sobre el carisma: «Pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio, no con palabras elocuentes, para que no se haga vana la cruz de Cristo» (1Co 1:17).
«APTO PARA ENSEÑAR» TIENE UN POCO QUE VER CON LA HABILIDAD RETÓRICA «Apto para enseñar» se trata principalmente de integridad doctrinal, no de habilidad retórica. Después de todo, tienes que comunicar la sana doctrina para enseñarla. Pablo quiere que los pastores no solo dividan correctamente la Palabra, sino que puedan explicarla de una manera que produzca piedad (1Ti 4:16; 2Ti 2:25).
De este modo, ser apto para enseñar significa que puedes comunicar la sana doctrina de maneras que beneficien a la iglesia. No existe nada en el contexto del pasaje que sugiera que Pablo tiene en mente un formato particular de enseñanza. El punto es, ya sea en el púlpito, en una clase de Escuela Dominical, en un grupo pequeño o, incluso, en un discipulado uno a uno, que los pastores y ancianos sean capaces de usar palabras para clarificar, no para nublar, el significado de la Escritura.
Por lo tanto, ¿qué significa ser «apto para enseñar»? Este es mi resumen en una oración: ser «apto para enseñar» significa que una persona es capaz de enseñar y aplicar fielmente la Biblia a fin de que los oyentes crezcan en su conocimiento de la Escritura y la sana doctrina de una manera que produzca amor por Dios y por el prójimo.
UN PAR DE REFLEXIONES PASTORALES SOBRE SER «APTO PARA ENSEÑAR» A la luz de lo anterior, a continuación comparto un par de sugerencias sobre cómo este requisito pastoral único debe moldear tanto nuestra filosofía del ministerio como nuestros esfuerzos para entrenar pastores y ancianos.
En primer lugar, Pablo enfatiza la piedad en el liderazgo; nosotros debemos hacer lo mismo.
Como ya se mencionó, ser «apto para enseñar» es un requisito pastoral único, el cual se centra de manera excepcional en el don más que en el carácter. Es mejor un predicador promedio con un carácter impecable que un predicador «talentoso» con un carácter cuestionable. Los pastores deben ser piadosos. Después de todo, la predicación común y poco espectacular no arruinará un ministerio, pero un fracaso moral sí lo hará.
Si son una iglesia que busca un pastor o eres un pastor que busca más ancianos, no asuman que el mejor candidato es el mejor predicador. Algunos hombres que parecen impresionantes en el púlpito actúan como paganos en casa. Mira más allá de la apariencia externa a los asuntos del corazón (1S 16:7). Identifica hombres que amen a sus esposas, sirvan a sus familias, cultiven la unidad de la iglesia, prediquen el Evangelio, practiquen la hospitalidad y discipulen a otros. En algún lugar de ese conjunto de hermanos, encontrarás hombres que también puedan enseñar.
En segundo lugar, Pablo exige que los pastores y los ancianos sean «aptos para enseñar» y los pastores no deben esperar nada menos de sí mismos o de sus hermanos ancianos.
«Apto para enseñar» podría ser el único requisito respecto a dones para el ministerio pastoral, pero eso no significa que sea negociable. Pastores, consideren cómo pueden cultivar este don entre los hombres piadosos y maduros en sus iglesias. Hagan una revisión regular del servicio/sermón. Compren libros doctrinalmente sanos para tu congregación. Den retroalimentación sobre la enseñanza y la predicación de otros. Estén dispuestos a dar oportunidades de enseñanza para que otros puedan crecer y desarrollarse como maestros.
Independientemente de lo que escojan hacer en sus contextos, busquen maneras de animar a otros a desarrollar sus dones. Algunos miembros de sus congregaciones serán más naturalmente talentosos que otros, pero, de hecho, puedes enseñar a otros cómo enseñar. Después de todo, John Piper obtuvo un C- en su clase de predicación, pero parece que le ha ido bien.
En tercer lugar, que «apto para enseñar» se enfoque más en la integridad doctrinal que en la habilidad retórica debe recordarnos que el trabajo del pastor es pastorear a las ovejas, no atraer a una multitud.
Eso es todo; esa es la reflexión.
Finalmente, pastores, cobren ánimo si son predicadores promedio (¡incluso bajo el promedio!). Dios no requiere elocuencia, sino que valentía y fidelidad.
Predicar y enseñar es desalentador; es una guerra espiritual. Conozco a más de un pastor que cada lunes escribe una nueva carta de renuncia, abrumado por sus deficiencias retóricas en el púlpito.
No obstante, si somos honestos, todo cristiano preferiría tener un predicador fiel que ocasionalmente masculla palabras y se pierda en sus notas que uno superficial y cautivador. Mi amigo Matt Smethurst a menudo me recuerda que los sermones son como las comidas: no recordamos la mayoría de ellas, pero estamos vivos solamente porque las consumimos. Si la cadena de abastecimiento de comida colapsara, ¿preferirías que te dieran un perro caliente en un plato de cartón cada día o un plato gourmet en porcelana fina una vez al mes? Un hombre que es «apto para enseñar» sabe cómo entregar comidas nutritivas a su congregación, incluso si no todas saben increíbles.
Pastor, recuerda, Dios requiere claridad, no inteligencia; fidelidad doctrinal, no florecimiento retórico. Como se ha dicho, otros podrían ser capaces de enseñar mejor el Evangelio, pero no pueden predicar un mejor evangelio. Podrías no ser elocuente o efectivo según los estándares del mundo, pero Dios aún podría considerarte «apto para enseñar».
[1] Introversión, Intuición, Racional, Calificador. Sigla según el Indicador de tipo de Myers-Briggs.
[2] Según el eneagrama el tipo 4 es una personalidad individualista, sensible, introspectivo, expresivo, dramático, ensimismado y temperamental.
Sam Emadi es miembro de la Iglesia Bautista Third Avenue en Louisville, KY y se desempeña como Editor Principal en 9Marks.
El Catecismo de Westminster define el pecado como «cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o la transgresión de la misma». Aquí vemos que el pecado se define tanto en términos negativos como positivos. El aspecto negativo se indica por las palabras «falta de conformidad». Apunta a una falla o fracaso en el desempeño moral. En términos populares se le llama pecado de omisión. Un pecado de omisión ocurre cuando fallamos en hacer lo que Dios nos ordena.
El aspecto positivo de la definición de pecado en el catecismo se refiere a traspasar abiertamente los límites de la ley de Dios. Es un pecado de comisión.
A veces Dios expresa Sus leyes en términos negativos (no hagas tal cosa) y a veces en términos positivos (haz tal cosa). Los Diez Mandamientos contienen ambas formas (no robarás; honra a tu padre y a tu madre).
Tanto los pecados de omisión como los de comisión son pecados reales. Incurren en culpa real. Cuando hacemos lo que Dios prohíbe, somos culpables del pecado de comisión. Cuando fallamos en hacer lo que Dios ordena, somos culpables del pecado de omisión. En ambos casos la ley de Dios es violada.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Examina tu vida en oración para identificar pecados de omisión o de comisión.
Para estudiar más a fondo Santiago 4:17 – Salmos 51:1-3
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Jueves 7 Julio ¡Tierra, tierra, tierra! oye palabra del Señor. Jeremías 22:29
Declaración de los derechos de Dios (1)
“Yo soy el Señor tu Dios… No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:2-3).
“No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano; porque no dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano” (v. 7).
“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor tu Dios te da.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No hurtarás.
No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (v. 12-17).
“Al extranjero no engañarás ni angustiarás” (Éxodo 22:21).
“No hagáis conmigo dioses de plata, ni dioses de oro os haréis” (Éxodo 20:23).
“No admitirás falso rumor… No seguirás a los muchos para hacer mal” (Éxodo 23:1-2).
Podríamos seguir enumerando lo que Dios ordena que no hagamos. Cada uno de estos mandamientos nos muestra lo que debemos a nuestro creador y a nuestro prójimo. Los recibimos de un Dios que ama a su criatura.
El mundo sería muy diferente si escucháramos estas instrucciones a no hacer lo que desagrada a Dios. Y la Biblia va más lejos, porque nos da además otros mandamientos, esta vez positivos, en cuanto a lo que Dios espera de nosotros.
(continuará el próximo jueves) Números 17 – Lucas 1:1-25 – Salmo 79:8-13 – Proverbios 18:23-24
Por varias razones, últimamente he estado pensando acerca de cómo los cristianos deben relacionarse entre sí en torno a las doctrinas secundarias. ¿Qué tipo de asociaciones y alianzas son apropiadas entre los cristianos de diferentes denominaciones, redes, y/o tribus? ¿Qué clase de sentimientos y prácticas debe caracterizar nuestra actitud hacia aquellos en el cuerpo de Cristo con quienes tenemos desacuerdos teológicos significativos? ¿Qué aspecto tiene el manejar con integridad y transparencia las diferencias personales de convicción que pueden surgir con una iglesia, jefe, o institución?
Este tipo de preguntas ha sido una parte significativa de mi propio viaje denominacional y teológico durante la última década, y es un tema práctico que siempre estará con nosotros, así que pensé que sería útil compartir dos convicciones que han estado desarrollándose en mí mientras que he ido luchado en el camino.
Mis comentarios aquí no son un tratamiento completo de todo este asunto, y reflejan un poco de mi propio contexto e historia. Pero mi propia historia puede tener similitudes con otras, así que puede ser útil compartirla.
En el nivel conceptual más amplio, veo dos peligros opuestos: el minimalismo doctrinal y el separatismo doctrinal.
El peligro del minimalismo doctrinal La trayectoria general de nuestra cultura parece tender hacia el minimalismo doctrinal y la indiferencia doctrinal (especialmente en mi generación). Hace 400 años, si usted tomaba una opinión diferente sobre el bautismo, puede que hubiera sido ahogado. Hoy nos asustamos con esa postura, pero a menudo vamos al extremo opuesto y decimos, en efecto: “¿A quién le importa?”.
No puedo recordar cuántas veces, al hablar de doctrinas secundarias, he oído a la gente decir: “No es un tema del evangelio; es un tema secundario”. Ahora, por supuesto, debemos distinguir entre el evangelio y las cuestiones secundarias, pero si no presionamos más allá de esta distinción básica, este tipo de declaración puede a menudo ocultar la importancia de varias cuestiones secundarias. A veces sospecho que lo que la gente realmente quiere decir cuando hacen esta distinción es algo así como: “Es una cuestión secundaria; por lo tanto no importa realmente”. O cuando decimos: “No peleemos por este tema”, a veces lo que realmente queremos decir es: “No he estudiado lo suficiente para saber o preocuparme sobre por qué es importante”.
Las doctrinas pueden ser “no esenciales” y, sin embargo, muy importantes, y las diferentes doctrinas tienen diferentes tipos de importancia. A menudo considero útil, en mi propio pensamiento, pensar en términos de tres tipos de doctrinas, con una categoría subsiguiente para cuestiones sobre las que no se requiere ni se prohíbe ninguna postura:
Doctrinas primarias Doctrinas secundarias Doctrinas terciarias Adiaphora (“cosas indiferentes”) Por supuesto, un esquema de 4 categorías como este es algo arbitrario, también (ya que se pueden elegir tres o cinco o diez en su lugar). Pero esta manera de enmarcar las cuestiones nos permite reconocer un espectro de importancia a varias doctrinas no evangélicas, mientras que al mismo tiempo sigue siendo relativamente simple (una categorización de diez unidades sería difícil de manejar).
Por ejemplo, la mayoría de nosotros reconocería que la autoridad bíblica es una doctrina importante, sin afirmar que es un tema de evangelio en el sentido de que si lo niegas, te conviertes en un hereje. Por lo tanto, si la Trinidad está en la categoría 1, y el color de la alfombra en el santuario está en la categoría 4, tener dos agrupaciones distintas entre estas dos nos permite no colapsar la autoridad bíblica y, digamos, la naturaleza del rapto en la misma categoría.
Hay varias razones por las que creo que no debemos equiparar “secundario” con “indiferente”, agrupando todo lo que está en las categorías 2-4:
A) Una visión elevada de la Escritura nos llama a atesorar todo lo que Dios ha dicho. Imagina que recibes una larga carta de tu amor platónico. Apreciarías cada palabra de esa carta; no hay nada que pasarías de largo. Así también, si nos aferramos a la inspiración y perspicuidad de la Escritura, no deberíamos desestimar ninguno de los contenidos. Incluso cuando no vemos personalmente la consecuencia inmediata de cierto pasaje, nuestro amor por el Señor que nos lo inspiró, y nuestra reverencia a ella como su Palabra inspirada, debe obligarnos a estudiar diligentemente y esforzarnos por entenderla. Toda la Escritura, desde las oscuras leyes ceremoniales en Levítico a las extrañas imágenes de Apocalipsis, desde el momento de las 70 semanas en Daniel 9 hasta la identidad del hombre de perdición en 2 Tesalonicenses 2, debe ser precioso alimento y bebida para nosotros.
B) El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon. Cuando visitamos un monumento conmemorativo, o un museo dedicado a un acontecimiento histórico, debemos respetar los sacrificios que otros han hecho. Por ejemplo, cuando visitamos el Cementerio y Memorial de Normandía, recordamos lo costosas que han sido algunas de nuestras libertades de hoy en día.
El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon.
Así es con la historia de la Iglesia: si tenemos un respeto por los grandes líderes cristianos del pasado, desde los padres de la Iglesia hasta la era moderna, debemos escuchar cuidadosamente por qué lucharon tan apasionadamente sobre ciertas doctrinas secundarias. Por ejemplo, aquellos que quieren restar importancia a las diferencias entre católicos y protestantes hoy en día, pueden verse algo sacudidos de esta mentalidad al considerar el ejemplo de los obispos anglicanos Hugo Latimer, Nicolás Ridley, y Tomás Cranmer, quienes estuvieron dispuestos a ser quemados en la hoguera debido a sus convicciones en cuestiones como la transubstanciación y la naturaleza de la misa.
C) Muchas doctrinas secundarias tienen una relación vital con el evangelio. Algunas lo representan. Algunas lo protegen. Algunas fluyen lógicamente de él (o en él). Rara es una doctrina que puede ser herméticamente aislada del resto de la fe cristiana. Por lo tanto, minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.
Minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.
D) Toda verdad forma cómo pensamos y vivimos de manera sutil pero importante. No creo que mi comprensión de la soberanía divina, por ejemplo, sea un “asunto del evangelio” en todas sus matices, y con agrado acojo como mis hermanos y hermanas en Cristo a aquellos que sostienen un punto de vista arminiano/wesleyano. Al mismo tiempo, mi comprensión de la soberanía de Dios tiene implicaciones masivas para el cristianismo práctico y cotidiano. Por ejemplo, afecta profundamente mi vida de oración. Por lo tanto, es muy problemático ignorar estos temas como “no esenciales” y, por lo tanto, básicamente insignificantes. Uno podría estudiar la disputa entre calvinistas y arminianos diligentemente durante cincuenta años y no desperdiciar un instante por hacerlo.
El peligro del separatismo doctrinal Hay, sin embargo, un peligro opuesto al minimalismo doctrinal. Para plantear esto déjeme compartir parte de mi propia historia. Los últimos diez años han sido muy solitarios para mí en lo denominacional. Me he sentido como un nómada denominacional. Crecí en la Iglesia Presbiteriana de América (PCA, por sus siglas en inglés), y estoy muy agradecido a esa maravillosa denominación por la experiencia formativa que tuve en ella. Pero terminé a favor del credobaptismo después de un estudio intensivo sobre esa cuestión, y por lo tanto me convirtió en “no apto para ser ordenado” en la PCA. Posteriormente llegué a descubrir que tampoco era yo un ajuste ideal en algunos círculos bautistas con B mayúscula, porque aunque afirmo el credobaptismo, no creo que debamos exigirlo para la membresía en la iglesia o la participación en la cena del Señor. (Creo que la membresía en la iglesia y la cena del Señor son expresiones de unidad en el evangelio, no expresiones de unidad en el bautismo). Así también me volví inaceptable en muchos círculos bautistas.
Después de haberme aislado efectivamente del más del 98% de la cristiandad, me distancié de la mayoría de las iglesias libres y no confesionales por aterrizar yo fuera del campamento premilenial (soy amilenial, aunque no lo enfatizo particularmente). Mientras tanto, resueno con el ethos y la liturgia de muchos servicios de adoración orientados más históricamente, por ejemplo, dentro de algunas iglesias anglicanas que he visitado.
Todo esto me ha dejado bastante aislado y fuera de lugar. Ahora, por supuesto, esa es mi culpa, de alguna manera. Pero ninguno de estos temas eran cambios particularmente emocionales para mí; no es como si tuviera algún deseo de salir, por ejemplo, del presbiterianismo. Simplemente aterricé en un lugar a nivel intelectual y teológico.
Y creo que es importante ser transparente en cuanto a dónde aterrizan nuestras convicciones, incluso cuando esto nos lleva a perder oportunidades de trabajo o financiamiento, a tristes separaciones, o transiciones inconvenientes. Algunas personas parecen ser capaces de “ajustar” sus convicciones para encajar en su contexto actual o futuro; pero no entiendo cómo eso no transgrede el noveno mandamiento. Yo entiendo la lucha y el dolor que conlleva; y entiendo la necesidad de tener tacto y ser cuidadosos, sobre todo cuando uno todavía no se ha decidido por completo. Pero al final del día, debemos ser honestos.
Agradezco haber aterrizado en la CCCC (Conferencia de Congregaciones Cristianas Conservadoras), que es un grupo conservador y pequeño de iglesias congregacionales (la Iglesia Lake Avenue en Pasadena y la Iglesia Park Street en Boston son probablemente las dos iglesias CCCC más conocidas). CCCC ha sido un buen ajuste para mí: son sólidamente evangélicos, pero permiten diferentes puntos de vista sobre temas como el milenio, o los días de la creación, o dispensacionalismo; y me gusta ser parte de una denominación protestante específica, reconocible, cuyas raíces pueden remontarse a lo largo de la historia de la Iglesia (Harold John Ockenga, Jonathan Edwards, John Owen, Declaración de Saboya, etc.).
Mirando hacia atrás a mi migración denominacional, reconozco que algunas de las particiones de caminos han sido inevitables. Por ejemplo, puedo entender por qué no puedo ser ordenado en un contexto presbiteriano, dada mi posición sobre el bautismo. Pero a veces se trazan líneas de división en lugares que no me parecen necesarios.
Por ejemplo, a medida que los crecientes desafíos asociados con nuestra cultura secular se elevan alrededor nuestro, me parece inútil seguir dividiéndonos unos de otros en la iglesia con respecto a las perspectivas milenarias. Los cristianos piadosos pueden no estar, y a veces no están, de acuerdo en esta cuestión, la cual no está directamente relacionada, por lo que yo percibo, con gran parte de la vida cristiana diaria o de la vida de la iglesia. Y se refiere (principalmente) a un muy controversial y altamente simbólico pasaje al final de la Biblia. Sé que hay preocupaciones acerca de la “trayectoria hermenéutica” de las interpretaciones alternativas de Apocalipsis 20, pero ¿por qué no trazar las líneas de asociación en torno a esas trayectorias en lugar de su aplicación en este texto? Los argumentos de la “pendiente resbaladiza” son siempre un poco resbaladizos: empiezas a usarlos, y ¿cuándo te detienes? Me siento de manera similar acerca de la opinión de la membresía de la iglesia y la cena del Señor entre los llamados “bautistas estrictos”, pero probablemente sea un tema demasiado grande para abordarlo aquí.
Entonces, ¿cómo decidimos cuándo asociarnos con otros cristianos? Sé que toda esta área es demasiado complicada para abordarla en una publicación, pero aquí hay un par inicial de preguntas guía que pueden ser útiles:
A) ¿Qué tipo de asociación o unidad está siendo considerada? Hay diferentes tipos de asociación: la pertenencia a la iglesia no es lo mismo que la ordenación, que no es lo mismo a hablar en una conferencia juntos. Es obviamente problemático esperar el mismo nivel de acuerdo teológico para estos diferentes tipos de asociación/unidad en el evangelio. Y por supuesto, hay otras expresiones de asociación o unidad, así como el asociarnos en esfuerzos sociales (como la formación de una organización contra la trata de personas) donde no creo que debamos exigir ningún tipo de compromiso cristiano.
B) ¿Qué tipo de asociación o unidad servirá más para promover el evangelio? Por supuesto, responder a esa pregunta no es fácil, y sé que algunos “bautistas estrictos”, y aquellos que solo aceptan a premileniales, creen que sus opiniones protegen el evangelio. Pero por lo menos sigamos haciendo esta pregunta, y estemos abiertos a ver dónde podemos estar errando, en una dirección u otra. A veces se siente como que algunos cristianos ven la doctrina de minimizar las cosas como el único error, por lo que no prestamos suficiente atención al daño que resulta de la separación innecesaria. El separatismo no es en principio inferior al minimalismo, ni en su culpabilidad ni en sus consecuencias, hasta donde yo puedo ver.
C) Incluso cuando debo formalmente dividirme de otros cristianos, ¿es la actitud de mi corazón una de gracia, humildad, e invitación hacia ellos? Los peligros asociados con el separatismo doctrinal, en mi opinión, no son ante todo separaciones formales, sino actitudes del corazón. Es fácil que los sentimientos de autojustificación se junten con con nuestros distintivos secundarios. Sabemos que esto está sucediendo cuando nos sentimos superiores a los cristianos de otras tribus y grupos.
Por lo tanto, cuando debamos separarnos formalmente de otros cristianos, debemos tener especial cuidado de que no haya en nuestro corazón desprecio, condescendencia, o sospecha indebida hacia ellos. Si ellos son el pueblo de Dios, ellos tienen Su favor y afecto, y por lo tanto deben tener los nuestros también. “Miren que no desprecien a uno de estos pequeñitos, porque les digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de Mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18:10).
Publicado originalmente por Gavin Ortlund. Traducido por Jacquie Tolley. Imagen: Lightstock.
Gavin Ortlund (PhD, Fuller Theological Seminary) es esposo, padre, pastor y escritor. Es pastor principal en First Baptist Church of Ojai, Ojai, California. Gavin escribe de manera regular en Soliloquium, y es autor de Theological Retrieval for Evangelicals: Why We Need Our Past to Have a Future (Crossway, 2019) y Finding the Right Hills to Die on: The Case for Theological Triage (Crossway/TGC, forthcoming). Puedes encontrarlo en Twitter.
Serie: Cómo aprender las leyes de Dios Por R.C. Sproul Continuemos el experimento que iniciamos en la última meditación. Estudia los pasajes del apóstol Pablo que acompañan esta lectura. ¿Crees que este hombre diría que la ley de Dios no tiene lugar en la vida del cristiano? Lee los escritos de Pablo cuidadosamente y encontrarás a un hombre cuyo corazón anhelaba la ley de Dios tanto como David.
La ley nos conduce al evangelio. El evangelio nos salva de la maldición de la ley, pero al mismo tiempo nos dirige de vuelta a la ley para que escudriñemos su espíritu. La ley de Dios sigue siendo una lámpara a nuestros pies. Sin ella nos tropezamos y andamos a tientas en la oscuridad.
Para el cristiano, el mayor beneficio de la ley de Dios es su carácter revelador. La ley nos revela al Dador de la ley. Nos enseña lo que es agradable en Su presencia. Necesitamos buscar la ley —suspirar por ella— y deleitarnos en ella. Cualquier otra cosa sería una ofensa contra el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Haz esta oración: «Gracias por tu ley, que es lámpara a mis pies. Dame un corazón que anhele tu ley y se deleite en ella».
Para estudiar más a fondo Romanos 7:8 – Romanos 7:12 – Romanos 7:22
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.