Nuestra misión

Marzo 12

Nuestra misión

Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo. (2 Corintios 5:19)

Dios amó a un mundo perdido y procuró ganar a los pecadores para sí para su propia gloria. Cristo vino al mundo por amor y procuró ganar a los pecadores para la gloria del Padre. Como creyentes, también nosotros debemos ir al mundo con amor y procurar ganar a los perdidos para la gloria de Dios. Así que nuestra misión es igual que la de Dios.

Somos una extensión del ministerio de Dios el Padre y del Hijo al recibir gloria por la salvación de los perdidos pecadores. Jesús dijo: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:18). “Así como” expresa intención. Así como el Padre envió al Hijo al mundo irredento, así el Hijo ha enviado a los creyentes. ¡Lo maravilloso es que tenemos el privilegio de participar en la misión de Jesucristo para un mundo perdido!

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Saber decir no

Martes 12 Marzo

Hijo mío, si los pecadores te quisieren engañar, no consientas.

Proverbios 1:10

Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz.

2 Timoteo 2:22

Saber decir no

Es difícil decir no, y sobre todo hacerlo en voz alta, en contra de lo que dice la mayoría. Es difícil ser diferentes.

Sin embargo hay hombres que se animaron a decir no. Un no que cambió sus vidas y fijó su rumbo. Moisés tenía un porvenir trazado, era considerado como nieto del Faraón que reinaba en Egipto. Tenía el poder y las riquezas a disposición. Sin embargo, “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11:24-25).

Para usted también hay actividades en las cuales no puede participar, situaciones cuyos fines sabe que no son buenos. Diga no cuando quieran hacerlo pasar por alguien que usted no es en realidad. Diga no si quieren cambiar el sentido de las declaraciones divinas y sembrar dudas en su corazón respecto a la Palabra de Dios. Diga no si el diablo quiere arrastrarlo a pecar, o si quiere hacerle creer que puede hacerlo porque nadie se dará cuenta.

Diga no si algo es prohibido, por más inocente que parezca. Diga no si se burlan de sus reservas y lo tildan de ridículo. Diga no si quieren invitarlo a un lugar donde su Salvador no puede ir con usted. Diga no si hablan mal de otros delante de usted. Cierre sus oídos a las maledicencias y calumnias.

Pero nunca sea orgulloso o soberbio al decir no. Hágalo con sencillez pero claramente, con un corazón decidido.

Ezequiel 7 – Hechos 17:16-34 – Salmo 32:5-7 – Proverbios 11:13-14

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

LA ILUSIÓN ATEA

LA ILUSIÓN ATEA

 

Living Waters creadores del programa de televisión galardonado “Los Pasos del Maestro” y otras producciones tales como “180” y “Evolución vs. Dios”, ahora presentan una poderosa producción titulada “La Ilusión Atea”. Producida por el anfitrión de televisión y autor reconocido Ray Comfort (El Secreto Mejor Guardado del Infierno, Hechos Científicos en la Biblia). Tener que probar la existencia de Dios a un ateo, es como tener que probar la existencia del sol en un día despejado. Pero aun así millones están abrazando la idea del ateísmo. “La Ilusión Atea” abre la cortina y revela lo que está pasando por la mente de aquellos que niegan lo que es obvio. Te presentará a varios ateos a quien seguirás mientras ellos siguen a las evidencias, encuentran puntos de tropiezo, y luego entran a un lugar de honestidad rara vez es visto en estas producciones. Para más información visiten nuestra página web en: ESPAÑOL.LIVINGWATERS.com También nos pueden escribir a: email@aguasvivientes.com

ray comfort

Ray Comfort es un cristiano evangélico que maneja el ministerio Aguas Vivientes (Living Waters – www.livingwaters.com) en Bellflower, California. Nacido en Nueva Zelanda no se convirtió a cristiano hasta 1972 y poco después empezó a predicar al aire libre. “Después de establecerme en California del sur desde Nueva Zelanda a fines del 80, Ray introdujo una larga línea de pastores e iglesias a una enseñanza bíblica que él llamó ‘El Secreto Mejor Guardado del Infierno‘” (“Hell’s Best Kept Secret”).1 Ray Comfort es el co-anfitrión con Kirk Cameron del galardonado programa de televisión “El Camino del Maestro” (“The Way of the Master”), que se transmite en 70 países alrededor del mundo. Ray es un exitoso autor de más de 60 libros. Él y su esposa, Sue, vive en el sur de California, donde tienen tres hijos adultos.2

El motivo de la iglesia

Marzo 11

El motivo de la iglesia

A él sea gloria en la iglesia. (Efesios 3:21)

Si se fuera a entrevistar a un grupo de personas y pedirles que mencionen el propósito fundamental de la iglesia, es probable que se obtengan muchas respuestas diferentes.

Algunas pudieran sugerir que la iglesia es un lugar para hacer amistades con personas espirituales. Es donde los creyentes se fortalecen los unos a los otros en la fe y donde se cultiva y se expresa el amor.

Otros pudieran sugerir que la misión de la iglesia es enseñar la Palabra, preparar a los creyentes para diversas responsabilidades e instruir a los niños y a los jóvenes con el propósito de ayudarlos a crecer en Cristo.

Aun otras pudieran decir que otro propósito de la iglesia es alabar a Dios. La iglesia es una comunidad de alabanza que exalta a Dios por lo que es y por lo que ha hecho. Algunas personas sugerirían que como la alabanza es la actividad principal del cielo, debe ser la responsabilidad primordial de los que están en la tierra.

Pero tan importante como son la comunión, la enseñanza y la alabanza, el motivo principal de la iglesia es glorificar a Dios. El apóstol Pablo describió la salvación como “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef. 1:6).

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Bienaventurados los pacificadores (7)

Lunes 11 Marzo

(Jesús dijo:) Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Mateo 5:9

El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.

Santiago 3:18

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los pacificadores (7)

Cuando Jesús se presentó a sus discípulos el día de su resurrección, les dijo: “Paz a vosotros”. Era el saludo habitual en aquellos tiempos, pero en boca del Señor Jesús era más que un simple deseo. Era una realidad concreta porque él es el “Señor de paz” (2 Tesalonicenses 3:16). Hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). Esta paz que el Señor Jesús hizo con Dios es la fuente de la paz interior prometida a los que creen en él. Dos aspectos la distinguen: la paz de la conciencia, es decir, la certidumbre de que Dios me ha perdonado, y la paz del corazón, ese sentimiento de confianza en Dios que conduce mi vida.

Cuando experimentamos esta paz personal, esto nos ayuda a superar los conflictos, y favorece la búsqueda de reconciliación y armonía.

“Bienaventurados los pacificadores…”. Esta felicidad abarca nuestras relaciones, en particular en la familia y en la vida social. Lo que permite que la paz permanezca entre los creyentes no es la ausencia de problemas, sino la capacidad para atravesarlos y resolverlos por la gracia del Señor.

Sin justicia no se puede encontrar una paz durable. “El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz” (Santiago 3:18). La justicia sin paz agobia… La paz sin justicia asfixia.

Amigos cristianos, solo tratando de vivir juntos esta paz y esta justicia seremos realmente hacedores de paz, a quienes Dios llama sus hijos, porque se asemejan a él.

(continuará el próximo lunes)

Ezequiel 6 – Hechos 17:1-15 – Salmo 32:1-4 – Proverbios 11:11-12

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La Suficiencia de las Escrituras

La Suficiencia de las Escrituras

Si hay algo que el pueblo de Dios ha necesitado hacer en cada período de la historia es confiar en Su Dios y Su Palabra solamente. Adán y Eva no lo hicieron y terminaron hundiendo la creación en pecado; Aarón, el hermano de Moisés, no lo hizo y terminó construyendo un becerro de oro; Los jueces de Israel no lo hicieron y terminaron en todo tipo de iniquidad; David no lo hizo cuando hizo el censo de Israel; Los reyes, los príncipes, los sacerdotes y los ancianos de Israel no lo hicieron y trajeron todo tipo de consecuencias sobre el pueblo; Los discípulos no lo hicieron al principio cuando no creyeron la resurrección anunciada por Cristo tres veces y Tomás no la creyó aún después que esta ocurrió.

En la actualidad, muchos hijos de Dios confían en sus finanzas, habilidades, la ciencia, la sociología o la sicología antes que en la Palabra de Dios. Necesitamos ver un grupo de creyentes comprometidos con Su Palabra por encima de cualquier otra cosa y comprometidos con la suficiencia de las Escrituras. Pero para ello, necesitamos un claro entendimiento de lo que significa dicha suficiencia.

Tradicionalmente se ha hablado de que Las Escrituras tienen atributos de la misma manera que Dios tiene atributos. Los cuatro atributos que se han aplicado a las escrituras clásicamente son:

  • Claridad, lo cual implica que el camino de salvación es suficientemente explícito en la revelación de Dios para el hombre.
  • Autoridad: La Palabra de Dios es la última autoridad en cada una de las áreas donde la Biblia habla. Como decía R.C. Sproul, En las áreas donde la Biblia habla, la revelación de Dios está por encima de todo maestro, de toda otra autoridad, de toda ciencia y de toda razón humana.
  • Necesidad, lo cual implica que necesitamos la Biblia para ser salvos, crecer en santidad, saber cómo adorar a Dios y para saber cómo vivir (1 Corintios 2:6-13). La revelación de Dios en la creación no es suficiente para ninguna de esas cosas.
  • Suficiencia: Las Escrituras proveen todo lo que necesitamos conocer acerca de Dios, del hombre, de cómo ese hombre debe relacionarse con Dios, y de cómo adorar a Dios en su diario vivir de una manera que glorifique Su nombre.

Ahora, la suficiencia de Las Escrituras no implica que lo único que necesitamos es la Biblia. John MacArthur afirma que la Biblia es la máxima autoridad en todos los asuntos espirituales.1 Luego agrega que el mayor defensor de Sola Escritura tiene que admitir que La Biblia no dice nada acerca de las estructuras del ADN, de la microbiología, de la gramática del idioma chino o de la ciencia espacial.2 Las Escrituras no nos dicen todo lo que queremos saber, pero sí todo lo que necesitamos saber para nuestra vida de piedad. De ahí es que hablamos de que Las Escrituras son suficientes para hacer santo al hombre que nació de nuevo y para hacerlo perseverar en el camino de la salvación hasta que entre en gloria.

Quizás el mejor texto para comenzar a hablar de la suficiencia de las escrituras es el texto de 2 Timoteo 3:14-17:

14 Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; 15 y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. 16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.

Este texto forma parte de la segunda carta de Pablo a Timoteo donde Pablo está anticipando una muerte cercana, lo cual hace que sea una carta muy personal. En el texto, la enseñanza que Pablo está tratando de enterrar en la memoria de su pupilo es cuan suficiente ha sido para él La Palabra aprendida y por tanto para el resto de nosotros. La carta pone de manifiesto la necesidad de enseñar La Palabra, muestra el origen de Las Escrituras y nos enseña la suficiencia de las mismas Escrituras: desde el nuevo nacimiento hasta nuestra entrada en gloria.

Es interesante que Pablo no solo le dice a Timoteo que recuerde lo que ha aprendido, sino también, de quienes las aprendió. Timoteo tuvo a su abuela Loida y a su madre Eunice como sus primeras instructoras del Antiguo Testamente porque no tenían el Nuevo Testamento y, sin embargo, aún en el Antiguo Testamento había suficiente información para revelar el camino de salvación a través del Cristo que vendría. Timoteo tuvo el privilegio de aprender las sagradas escrituras de los labios y las vidas de tres personas piadosas.3 Quienes nos enseñan las escrituras, influyen en como las recibimos, y como las percibimos tiene una influencia monumental en la manera como ellas nos transforman. Lo que creamos o no acerca de Las Escrituras determinan si ellas terminarán transformándonos.

Si no creo que las escrituras representan la mera palabra de Dios, no me voy a someter a ellas. Si me someto selectivamente, así también será mi transformación, selectiva: áreas de mi vida sometidas y otras en rebelión al Señorío de Cristo. 1 Tesalonicenses 2:13 dice, “…cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis,”. El recibir La Palabra de Dios por lo que es, La Palabra de Dios, determina la clase de discípulo que llegamos a ser.

Pablo enseña que Las Escrituras son suficientes para el camino de salvación y santificación. Cada libro de la Biblia guarda un lugar especial en la historia de la redención y revela a Cristo en Su rol de redentor de tal forma que cada libro es como una pieza de un rompecabezas; cuando se unen todas las piezas, podemos ver el panorama completo. Quizás no entendamos la revelación de Dios por completo, pero no porque haga falta una pieza del rompecabezas, sino porque no tenemos toda la sabiduría, ni todo el discernimiento necesario. Pablo establece que las Sagradas Escrituras son suficientes para mostrar el camino de salvación por su origen ya que, “Toda Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16). Eso es lo que le da la autoridad a la palabra.

El versículo 16 y 17 continúa diciendo, que la Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.” Estas palabras nos hablan claramente de cuan suficiente es la palabra de Dios para transformar al hombre o la mujer de Dios. La vida cristiana comienza por fe, pero esa fe viene por el oír la palabra de Cristo. Esa salvación es dependiente del mensaje del evangelio y eso está en la Palabra; de ahí en adelante comienza el trabajo de santificación o transformación. La razón por la cual las Escrituras tienen esa capacidad es porque tienen la autoridad para enseñar, reprender, corregir, e instruir en justicia.

Las escrituras explican el evangelio y el Espíritu Santo aplica ese evangelio a la mente y al corazón del inconverso; en ese entonces, la Palabra se convierte en suficiente para abrir los ojos del ciego espiritualmente y para reprender al que está en pecado y no lo está viendo: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón,” (Hebreos 4:12). Las Escrituras puedes penetrar a áreas del alma insondables para la capacidad humana y revelar cosas que nuestra sabiduría jamás podría.

Si todo eso es verdad, entonces, la palabra de Dios es suficiente para la santificación del hombre. Esto es como Cristo lo dijo, Padre, “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad,” (Juan 17:17). Jerry Bridges decía, “Es imposible practicar la piedad sin una ingesta constante, consistente y equilibrada de la Palabra de Dios en nuestras vidas.” ¿Por qué? Porque ese es el instrumento de santificación que Dios ha dispuesto y porque Dios impregnó su palabra de Su poder. La experiencia de Saulo camino a Damasco, es una muy buena ilustración. En una sola conversación con Saulo, Jesús demolió todas las creencias que lo habían convertido en un fiel perseguidor de la iglesia y lo llevó a ser un fiel proclamador del evangelio. No necesitamos de ninguna otra instrucción para completar lo que la Palabra enseña y saber cómo vivir. La palabra es suficiente.

Ahora, es necesario aclarar que la Palabra de Dios sin la acción del Espíritu de Dios no es suficiente porque “el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente” (1 Corintios 2:14). El Espíritu de Dios inspiró la palabra; el Espíritu de Dios aplica la palabra al hombre; el Espíritu de Dios es quien transforma al creyente. Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 1:5ª, “pues nuestro evangelio no vino a vosotros solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción…”

Quisiera terminar con este pensamiento anónimo acerca del valor de la Biblia: “La Biblia contiene la mente de Dios, la condición del hombre, el camino de salvación, la condenación de los pecadores, y la felicidad de los creyentes. Sus doctrinas son santas; sus preceptos son mandatorios, sus historias son verdaderas, y sus decisiones inmutables. Léela para hacerte sabio, créela para estar seguro, y practícala para ser santo”. Ella es el mapa del viajero, el cayado del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado, y la constitución del cristiano. En ella el paraíso es restaurado, los cielos abiertos y las puertas del infierno desenmascaradas. [En la Biblia] Cristo es el gran tema, nuestro bien es el diseño y la gloria de Dios, su meta.

Ella debe llenar tu memoria; gobernar tu corazón, y guiar tus pasos. Léela lentamente, frecuentemente y devocionalmente. Es una fuente de riqueza, un paraíso de gloria y un río de placer. Se te da en vida; se abrirá en el juicio y será recordada para siempre. Involucra la más alta responsabilidad; recompensará la más grande labor y condenará a todos aquellos que mofan su contenido sagrado.

[1] John MacArthur, The Sufficiency of the Written Word en Sola Scriptura, The Protestant Position on the Bible (Orlando, Reformation Trust, 2009), 79

[2] Ibid.

[3] R. Kent Hughes & Bryan Chapell, 1-2 Timothy and Titus, To Guard the Deposit; Preaching the Word (Wheaton: Crossway, 2012), 258.

 

El Dr. Miguel Núñez sirve como Pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo y es el presidente y fundador del Ministerio Integridad & Sabiduría, que tiene como visión impactar la generación de hoy con la revelación de Dios en el mundo hispano-parlante.

La Suficiencia de las Escrituras

Prioridades correctas

Marzo 10

Prioridades correctas

Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. (Colosenses 3:2)

¿Dónde están sus prioridades? ¿Se está concentrando en las cosas de este mundo o en las cosas espirituales? ¿Si Cristo viniera mañana se estropearían los planes de usted? Lamentablemente, muchos cristianos esperan que Él no se aparezca por algún tiempo.

¡Qué comentario tan triste! Si prefiere estar en la tierra que estar en el glorioso hogar de Cristo en el cielo, entonces usted no ama su venida. Dios se aflige cuando no vivimos esperando su gloriosa presencia y estamos más interesados en las cosas efímeras de este mundo.

¿Dónde está su corazón? Es tiempo de hacer un examen minucioso de sus prioridades. Cuando verdaderamente se está agradecido por la salvación que Dios ha dado, se vive con la esperanza de la plenitud de esa salvación aun por venir. Haga suyo el deseo de Juan: “Sí, ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20).

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Suprema humillación

Domingo 10 Marzo

(Jesucristo) se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo.

Filipenses 2:7-9

Suprema humillación

Jesucristo es el ejemplo perfecto de humildad. Su humillación, cada vez más profunda, nos es mostrada de modo muy sobrecogedor en ese texto de Filipenses 2:5-8:

– Siendo Dios “se despojó a sí mismo”, se hizo hombre. Era el Hijo unigénito junto al Padre, el Creador, y se hizo hombre entre los hombres para poder ser nuestro Salvador, sin dejar nunca de ser Dios.

– Como hombre “se humilló a sí mismo”, tomando el último lugar: se hizo siervo. Hubiese podido ser un rey colmado de honores y riquezas. Pero eligió la humildad y la pobreza.

– Jesús se hizo “obediente hasta la muerte”. Como siervo obedeció perfectamente, y esto hasta la muerte. Fue la voluntad de su Padre que diera su vida. La muerte de Jesús mostró su amor, y también su obediencia perfecta.

– Obedeció hasta la “muerte de cruz”. Esta era una muerte denigrante reservada solo para los malhechores. Traía la maldición sobre quien era sometido a este suplicio (Gálatas 3:13), el “tropiezo” (Gálatas 5:11). “Jesús… sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2), aunque él era el “glorioso Señor” (Santiago 2:1).

La humillación total del Señor Jesús corresponde al lugar de honor supremo al cual Dios lo exaltó. Pronto, en el nombre del Señor Jesús, toda rodilla se doblará, y cada uno tendrá que reconocerlo como Señor (Filipenses 2:9-11). Desde ahora los creyentes reconocemos su gloria y le adoramos, conmovidos por su sumisión voluntaria y su inmenso amor.

Ezequiel 5 – Hechos 16:11-40 – Salmo 31:21-24 – Proverbios 11:9-10

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El Sacramento de la Vida

Tozer, A. W.

El Sacramento de la Vida

Si pues, coméis, o bebéis,

o hacéis otra cosa, hacedlo todo a la

gloria de Dios. 1 Corintios 10:31

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantenerlas separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos desequilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir entre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfrutamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de comunión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departamentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfacción, y con la seguridad de que con ellas estamos agradando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reconocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mostrara otro mundo, “una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.”

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre estamos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativamente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pierden las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

El Señor Jesucristo mismo es nuestro perfecto ejemplo. El nunca dividió la vida en dos partes. El vivió toda su vida, desde la cuna hasta la cruz, en la Presencia de su Padre sin esfuerzo alguno. Dios aceptó la ofrenda total de su vida, y no hizo distinción entre un acto y otro. La síntesis de la vida de Jesús podría hacerse con sus mismas palabras,”Yo hago siempre las cosas que le agradan” (8:29” Juan 8:29). Su paso entre los hombres fue siempre tranquilo y reposado. Todo lo que sufrió se debió a su decisión de llevar sobre sí la carga de pecado del mundo, nunca fue resultado de moral incertidumbre o desajuste espiritual.

La exhortación de Pablo de “haced todo para la gloria de Dios” es algo más que un piadoso idealismo. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser aceptada como todo el resto de la verdad revelada. Ella nos abre la oportunidad de hacer que cada acto de nuestra vida sirva para la gloria de Dios. A fin de que no tengamos miedo de incluir todo en la declaración, el apóstol menciona específicamente el comer y el beber. Este humilde privilegio lo compartimos con las bestias que perecen. Si estos bajos y prosaicos menesteres pueden ser hechos para la gloria de Dios, ¿qué no podemos decir de los demás?

Ese odoi al cuerpo y el aspecto físico de la vida, que era característico de los monjes y preeminente en los escritos de algunos místicos cristianos, no tienen ningún apoyo en la Palabra de Dios. En la Biblia se hace referencia a la modestia, sí, pero de ninguna manera se alienta la mojigatería y los remilgos. El Nuevo Testamento asume claramente la posición de que nuestro Señor, en su encarnación, tomó perfectamente la naturaleza humana en su totalidad, y no se preocupa de evitar las implicaciones de este hecho. El vivió dentro de ese cuerpo humano, y nunca realizó un acto que no fuera sagrado. La presencia de Jesús en carne humana anula para siempre la perversa idea de que en el cuerpo humano hay algo ofensivo para la Deidad. Dios ha creado nuestros cuerpos, y no lo ofendemos a El por poner la responsabilidad de su creación en quien corresponde. El no se avergüenza de la obra de sus manos.

La perversión de nuestros instintos y el mal uso que hagamos de nuestro cuerpo, eso sí hace que nos avergoncemos de él. Los actos corporales hechos contra la naturaleza, nunca podrán honrar a Dios. En cualquier momen to que la voluntad humana introduce el pecado, entonces perdemos la inocencia conque fuimos dotados en el principio. Habremos desvirtuado y distorsionado las facultades perfectas que Dios nos dio, y lo que hacemos es solo para vergüenza y condenación.

Pero supongamos que no hay ni perversión ni abuso. Pensemos en un cristiano que se ha arrepentido y ha nacido de nuevo. Está viviendo conforme a la voluntad de Dios, así como la entiende en la Palabra escrita. Podemos decir que cada acto de su vida es, o puede ser, tan sagrado como la Santa Cena, o el bautismo, o la oración. Al decir esto, no queremos poner todos los actos de la vida al nivel de la muerte, sino elevar todos esos mismos actos a las alturas del Reino, y transformar toda la vida humana en un sacramento.

Si un sacramento es la expresión externa de una gracia interior, no podemos vacilar en aceptar la tesis expresada arriba. Por un solo acto de consagración de nuestra vida entera a Dios, podemos hacer que cada acto de esa vida sea algo sagrado. Ya no hace falta que estemos avergonzados de nuestro cuerpo —ese siervo material que nos conduce por la existencia— como Jesús no se avergonzó del asnillo sobre el cual entró montado a Jerusalén. “El Señor lo ha menester,” dijeron los mensajeros acerca del asno. Lo mismo podemos decir de nuestro cuerpo. Si Cristo mora en nosotros, bien podemos conducirlo, como lo hizo el pollino de antaño, y dar ocasión a las multitudes para que digan, “Hosana en las alturas.”

El hecho que veamos esta verdad no es suficiente. Si queremos escapar de ese dilema de lo sagrado-secular, debemos sentir esta verdad correr en nuestras venas y condicionar todos nuestros pensamientos. Debemos acostumbrarnos a vivir para la gloria de Dios. Meditando en esta verdad, hablando a menudo con Dios en nuestras oraciones, acordándonos de ella cuando estamos entre la gente, se apoderará de nosotros la potente sensación de que estamos viviendo para la gloria de Dios. La penosa sensación de dualidad desaparecerá, y dará su lugar a una placentera sensación de reposo debido a la esencial unidad de nuestra vida. La convicción de que somos totalmente de Dios, que él lo ha recibido todo y no ha rechazado nada, unificará nuestra vida interior, y hará que para nosotros todo sea sagrado.

Pero esto no es todo. Los hábitos adquiridos de largo tiempo no se abandonan así nomás. Se necesita mucha inteligencia, y mucha reverente oración para despojarse de la psicología sagrado-secular. Por ejemplo, le costará trabajo comprender al cristiano común que todos los actos de su vida diaria pueden convertirse en actos de adoración a Dios. La vieja antítesis volverá una y otra vez sobre su cabeza para robarle la paz mental. Tampoco la serpiente antigua, el diablo, nos dejará tranquilos. Nos atacará cuando viajamos en auto, o estamos en el taller, o en la oficina, para decirnos que no estamos consagrando a Dios lo mejor de nuestra vida. Y si nos descuidamos este astuto diablo nos creará confusión y desaliento.

La única manera de tener éxito es ejerciendo una fe dinámica. Debemos ofrecer todos nuestros actos a Dios, y creer que él los acepta. Después, hacer firme la decisión, y mantener clara la idea de que todos los actos del día y de la noche están incluídos en la dedicación. No cesemos de decirle a Dios, cada vez que oramos, que deseamos que todos los actos de nuestra vida sean para su gloria y honra. Y añadir, a cada hora del día muchos pensamientos como estos mientras estamos ocupados en el trabajo de vivir. Practiquemos el arte fino de hacer de cada acto de nuestra vida un acto sacerdotal. Creamos que Dios está aun en los más simples actos de nuestra vida, y aprendamos a verle a El en ellos.

Otro error concomitante con la antítesis sagradosecular es cuando hacemos diferencias entre lugar y lugar. Nada hay en el Nuevo Testamento que enseñe acerca de lugares santos o no santos. Este error está tan generalizado que uno se siente muy solo cuando empieza a combatirlo. Ha teñido de tal manera el pensamiento de la gente, y coloreado de tal modo sus ojos, que resulta casi imposible hacerles entender lo contrario. Aunque el Nuevo Testamento enseña precisamente lo contrario, los cristianos han hablado y cantado a lo largo de los siglos acerca de lugares santos y edificios santos. Según lo que yo sé, únicamente los cuáqueros se han dado cuenta de este error, y han tenido el coraje de denunciarlo.

He aquí los hechos, según yo los veo. El pueblo de Israel había vivido en Egipto por cuatrocientos años en medio de la más crasa idolatría. Por la mano de Moisés Dios los sacó de allí y los puso en camino de la tierra prometida. Esa gente no tenía la más remota idea de lo que era santidad. Para corregir este estado de cosas, Dios comienza desde abajo. Se presentó a ellos en forma de columna de humo de día y columna de fuego de noche, y más tarde, cuando ya el tabernáculo estuvo concluído, se manifestó en forma de luz brillante, la shekinah, en medio del lugar santísimo. Dios se valió de numerosos medios para enseñar a Israel lo que es santo, y lo que no lo es. Les dio días santos, vasos santos, vestidos santos. Les dio lavamientos, sacrificios y ofrendas de muchas clases. Por todos estos medios Israel aprendió que Dios es santo. Esto era lo que él quería enseñarles. No la santidad de cosas y de lugares, sino la santidad de Jehová era lo que él quería que aprendieran.

Entonces vino el gran día de la aparición de Cristo. Inmediatamente él comenzó a decir, “Oísteis que fue dicho a los antiguos, mas yo os digo.” La enseñanza del Antiguo Testamento había pasado. Cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos, de alto a abajo. El verdadero lugar santísimo, el cielo, quedaba abierto para todos los que quisieran entrar por fe. Entonces recordaron las palabras del Señor, “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:21–23).

Poco después el apóstol Pablo levantó el grito de libertad, y dijo que todas las cosas son santas, todos los días son santos, todas las comidas santas y todos los creyentes santos, y cada acto de la vida aceptable a Dios. La santidad de tiempos y lugares, una media luz necesaria para los tiempos primitivos pasó de largo, y comenzó a brillar la plena luz de la adoración en el espíritu.

La iglesia mantuvo bastante tiempo la bendición de la adoración espiritual, hasta que con el paso de los años se fue perdiendo. Fue entonces cuando el legalismo, tan propio de los corazones no regenerados, introdujo de nuevo las distinciones de antaño. Reaparecieron los días santos, los lugares santos y los objetos santos. Los dos primeros sacramentos (y únicos) el bautismo y la santa cena, fueron aumentados a tres, a cuatro, a cinco, a seis y a siete. Con el triunfo del romanismo fue el acabóse. Todo se volvió santo, menos el verdadero santo.

Con toda caridad, y sin deseo de herir los sentimientos de nadie, tengo que decir que la iglesia católica romana representa hoy en día la herejía sagrado-secular llevada a su máxima perfección. El efecto mortal de esta herejía es hacer una división completa entre religión y vida. Sus maestros intentan disimular esta trampa por medio de muchas notas y explicaciones, pero la lógica irrebatible está ahí. En la vida práctica del católico, la diferencia entre la vida diaria y la religión es evidente.

Los reformadores, los puritanos y los místicos han luchado para librarnos de esta servidumbre. Pero hoy en día en muchos círculos conservadores existe la tendencia de volver a ella. Se dice que un caballo, cuando es librado de un edificio en llamas, puede tener la absurda obstinación de volver a él para quemarse. Debido a una obstinación parecida, algunos cristianos conservadores están regresando otra vez a la esclavitud espiritual. Se están celebrando, con demasiada insistencia “semana santa,” “viernes santo,” “pentecostés,” “navidad” y etc. La verdad es que no sabemos cuando nos vamos a poner bien del todo.

Con el fin de que me entiendan bien, y no me juzguen mal, quiero explicar las implicaciones prácticas de la doctrina que estoy enseñando, es decir, la cualidad sacramental de la vida diaria. Sin dejar de lado su significación positiva, quiero señalar algunas cosas que ella no es.

Por ejemplo, no quiero decir que todo lo que hacemos es de igual importancia. Un hecho en la vida de un buen hombre puede diferir de otro hecho en la vida de ese hombre. Cuando Pablo cosía lonas, hacía un acto agradable a Dios y aceptado por él, pero era bien diferente de cuando escribía la carta a los Romanos. Pero ambas tareas fueron aceptadas por Dios como actos de adoración por sí mismas. Por cierto que es más importante guiar un alma a Cristo que cultivar un jardín, pero cultivar un jardín puede ser un acto tan santo como ganar un alma.

Tampoco quiero decir que un hombre es tan útil como otro. El conserje analfabeto de una iglesia no es de comparar con Billy Graham, pero ambos están haciendo un trabajo que Dios acepta con placer.

El “laico” no debe pensar que su humilde tarea es inferior al ministerio del pastor. Que cada hombre se quede en la vocación en que fue llamado, y haga su trabajo como el más puro acto de adoración a Dios. No es lo que un hombre hace lo que determina si su trabajo es sagrado o secular, sino el por qué lo hace. El motivo es todo. Dejen a un hombre que santifique al Señor Dios en su corazón, y despreocúpense de lo que hace, ya no podrá hacer ningún trabajo común. Todo lo que él haga será aceptable a Dios por medio del Señor Jesucristo. Para ese hombre la vida misma será un sacramento, y el mundo entero un santuario. Toda su vida será un ministerio sacerdotal. No importa cuan simples sean las tareas que desempeñe, siempre oirá a los serafines cantando, “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Señor, yo confiaré en Tí completamente, y seré completamente tuyo. Te exaltaré a Tí por encima de todo. Quiero sentir que, aparte de Tí, no poseo nada. Quiero sentir que me encuentro continuamente bajo la sombra de tu presencia, y que escucho tu voz y que Tú eres el que me habla. Deseo vivir tranquilo, seguro de la sinceridad de mi corazón. Quiero vivir tan lleno del Espíritu que todos mis pensamientos sean como incienso de olor suave para Tí, y que cada acto de mi vida sea un acto de adoración. Por eso oro con las palabras de tu gran siervo de la antigüedad, “Te ruego que purifiques mi corazón con el don inefable de tu gracia, que pueda amarte y ensalzarte como Tú eres digno.” Tengo la seguridad de que me concederás todo esto, porque te lo pido por los méritos de tu Hijo Jesucristo. Amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 119–130). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La emoción de la gracia

Marzo 9

La emoción de la gracia

Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. (Juan 1:16)

¿Es la experiencia de la gracia de Dios en su vida algo emocionante? ¡Lo es para mí! Es conmovedor el solo pensar en el hecho de que Dios, por su propio plan soberano, decidió tener misericordia conmigo.

Él derramó su gracia sobre mí. Él perdonó todos mis pecados. Me dio la presencia interior del Espíritu Santo. Me dio el entendimiento de su Palabra. Me llamó al ministerio espiritual. Todos los días me da abundante comunión con los santos, y me gozo en ser parte de su pueblo redimido. Él me permite ver el mundo como la obra de sus manos. Soy su hijo, y Él me ama de una forma personal.

No hay nada mejor que recibir gracia sobre gracia. Pido a Dios que esa sea la experiencia de usted.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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