Nomofobia

Sábado 9 Marzo

Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado.

Salmo 37:25

En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación.

Salmo 62:1

Nomofobia

¿Es usted «nomófobo», es decir, padece esta adicción del siglo 21 que consiste en depender excesivamente del teléfono móvil? El miedo a estar solo en medio de un mundo indiferente, y a veces hostil, lleva a las personas a no poder separarse de su teléfono por temor a tener un ataque de ansiedad. A veces nos sentimos muy solos, incluso en medio de una multitud. La soledad es un drama para muchas personas que quisieran poder confiar en alguien.

En tiempos de Josué, Dios dijo a quienes confiaban en Él: “No te dejaré, ni te desampararé” (Josué 1:5); y cuando Jesús vino a la tierra, se acercó a las personas necesitadas y solas. En el momento de volver a su Padre, hizo una maravillosa promesa a sus discípulos: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Desde hace aproximadamente dos mil años, una multitud de creyentes se beneficia de esta promesa. ¿Es usted uno de ellos? ¿Ha puesto su confianza en Jesucristo?

Él tuvo que estar solo, clavado en una cruz: Dios lo abandonó durante tres horas terribles en las cuales expió nuestros pecados. Y desde entonces, todo aquel que le confiesa sus pecados y cree que Jesús pagó el precio en su lugar, es hecho un hijo de Dios. Y Dios afirma que nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39).

¡Qué felicidad saber que Dios me escucha siempre, incluso cuando mi oración es solo un pedido de socorro! ¡Qué alegría saber que él responde!

Ezequiel 4 – Hechos 15:36-16:10 – Salmo 31:14-20 – Proverbios 11:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

 

Mansedumbre y Reposo

Tozer, A. W.

Mansedumbre y Reposo

Bienaventurados los mansos, porque ellos

recibirán la tierra por heredad. Mateo 5:5

Para describir la condición actual de la humanidad uno podría valerse muy bien de las bienaventuranzas, pero tomándolas al revés. Porque las cualidades que distinguen al hombre de hoy son precisamente lo opuesto a las virtudes que ponderan las mismas.

No encontramos nada en la humanidad que se aproxime a las virtudes de que habló el Señor Jesús en el célebre Sermón de la Montaña. En lugar de la pobreza de espíritu hallamos el más vicioso de los orgullos; en lugar de los que lloran hallamos a los eternos buscadores del placer; en vez de mansedumbre, arrogancia; en vez de hambre y sed de justicia, oímos a la gente decir, “Soy rico, mis caudales aumentan, y no tengo necesidad de nada”; en vez de misericordia, vemos crueldad; en vez de pureza de corazón, corrupción general; en vez de pacificadores, resentidos y peleadores; en vez de perdón cuando se los maltrata, hallamos desquite y venganza con qualquier arma al alcance.

Esta es la clase de moral que predomina en la sociedad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respiramos en el aire y la bebemos en la leche de nuestras madres. La cultura y la educación refinan esas cosas solo ligeramente; en el fondo las dejan sin tocar. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Esto debiera asombrarnos, y mucho más al pensar que ese orden de cosas es lo que hace nuestra vida amarga y dolorosa. Todas nuestras penurias y la mayoría de nuestras enfermedades provienen directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malicia, maledicencia y codicia, causan más dolor al ser humano que todas las enfermedades que atacan su carne mortal.

En un mundo como este las palabras de Jesús suenan en una manera maravillosa y extraña, como una visitación de lo alto. Bueno es que El haya hablado, porque ningún otro podría haber hablado como El y bueno es que nosotros pongamos atención a lo que El dijo. Sus palabras son la esencia de la verdad. El no nos está ofreciendo una opinion; nunca expuso opiniones; jamás habló sin estar seguro de lo que decía. El sabía lo que decía, y lo sabe ahora. Sus palabras no son como las de Salomón, producto de la observación aguda. El habló con la plenitud de su naturaleza divina, y sus palabras son absoluta verdad. El es el único que puede decir “bienaventurado” con completa autoridad. Porque El es el solo Bendito, que bajó de las alturas para conferir bendiciones a la humanidad. Y sus palabras están sostenidas por los hechos poderosos que realizó, más que ningún otro sobre la tierra. Es sabio para nosotros escucharlas.

Como solía hacerlo a menudo, el Señor usaba la palabra “manso” en su sentido jovial, y no fue sino hasta tiempo más tarde que explicó lo que quería decir. En el mismo libro de Mateo nos dice algo más referente a esa palabra y cómo aplicarla a nuestra vida. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, que os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

Tenemos aquí dos cosas que contrastan la una con la otra, la carga y el descanso. La carga no se refiere solamente a sus oyentes de ese momento, sino que es la carga general que soporta todo ser humano. Esta carga no consiste de opresión política, o pobreza, o trabajo pesado. Es algo más profundo que eso. La siente el rico tan bien como el pobre, porque no es algo de lo que nos pueda librar la riqueza o la desidia.

La carga que lleva la humanidad es pesada y abrumadora. La palabra que usó Jesús significa una carga sumamente agobiadora, que se pone sobre una persona hasta quebrarle las fuerzas. Descanso es simplemente liberación de esa carga. No es algo que nosotros hacemos; es algo que viene a nosotros cuando dejamos de hacer. Su propia mansedumbre, ese es el descanso.

Examinemos lo que es nuestra carga. Es algo interior. Ataca el corazón, y la mente, cubre todo el cuerpo partiendo desde adentro. Primero, está la carga del orgullo. El trabajo de amarse a sí mismo es algo muy pesado. Pensemos en cuanto nos duele y como sufrimos cuando oimos a alguien decir algo despectivo de nosotros. Cuando hacemos un ídolo de nuestro “yo,” nunca faltan los que se deleitan en profanar nuestro idolillo. ¿Cómo podemos, entonces, pretender gozar de paz interior? El esfuerzo que hacemos para proteger nuestro yo de todo ataque y desdoro nunca puede producirnos el anhelado descanso. Y conforme pasan los años esta carga se hace más intolerable. Sin embargo, los hombres siguen llevando a cuestas este oneroso peso, tratando de defenderse de todo lo que se dice, quejándose de toda crítica, sufriendo las actitudes despreciativas, sufriendo insomnio si otro es preferido antes que nosotros.

No es necesario llevar tal carga. Jesús nos invita al descanso, y la mansedumbre es su método. El hombre manso no se afana por las cosas del mundo, porque hace tiempo ha decidido que ellas no merecen el esfuerzo de conseguirlas. Y desarrolla dentro de sí un bondadoso sentido del humor, que le lleva a decir, “¡Ah …! ¿con que te han pasado por alto? ¿Con que han preferido a otro antes que a tí? ¿Has oído que dicen de tí que no vales mucho? ¡Válgame Dios! ¿Es que te inco modas porque otros dicen de tí las mismas cosas que tú dices de tí mismo? ¡Vaya! Si ayer mismo le decías a Dios que no eres nada, que eres un simple gusano. ¿En qué quedamos? Vamos, hombre, deja de preocuparte por eso y aprende a ser un poco más consecuente contigo mismo.”

El hombre manso no es una mosca muerta afligido por completo de inferioridad. Por el contrario, puede ser tan osado en su vida moral como un león y tan fuerte como Sansón. Lo que ocurre es que no se anda preocupando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado, pero al mismo tiempo sabe, paradójicamente, que ante los ojos de Dios él vale más que los ángeles. En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que realmente son. Entonces los justos resplandecerán en el Reino del Padre celestial.

Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la simulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben presentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su corazón como polilla. El hombre de cultura teme hallar algún día un hombre más culto que él. El que tiene algún dinero sufre la humiliación de ver a uno que tiene más que él. El hombre instruído padece el temor de enfrentarse con otro mejor instruído. La que se llama “sociedad” no es otra cosa que esto, y no tiene mejores motivaciones que estas. Las clases pobres son un poquito mejor.

Que nadie se sonría por esto. Estas cargas son reales, y están matando poco a poco a sus víctimas, presas de este modo de vida. Y la psicología creada por años de practicar estas cosas hace a la verdadera mansedumbre tan irreal como un sueño y tan lejana como una estrella. A todas las víctimas atormentadas por estos males Jesús les dice, “Debéis convertiros y ser como niños.” Porque los niños no hacen comparaciones; se gozan con lo que tienen, sin relacionarlo con lo que tienen otros. Solo cuando crecen y se hacen adultos es que el pecado se desarrolla en sus corazones y comienzan a sentir los celos y la envidia. Entonces se vuelven incapaces de gozar lo que ellos tienen si alguien tiene más que ellos. A partir de ese momento se les envenena la existencia, y nunca se ven libres hasta que viene Jesús y les quita la carga.

Otra fuente de cargas es la artificialidad. Yo sé que hay muchísima gente que vive bajo el perpetuo temor de que alguno de sus amigos pueden echar una mirada en su interior y comprobar cuan vacía está su alma. Por eso nunca aflojan su tiesura. Gente brillante vive tensa y alerta, en temor de ser pillados diciendo alguna cosa vulgar o estúpida. Gente que viaja mucho vive con el miedo de hallar algún día algún Marco Polo que ha viajado por donde ellos nunca han ido.

Esta condición antinatural es parte de la triste herencia de pecado que todos tenemos, pero que agravamos cada día por nuestra manera de vivir. La publicidad comercial se basa en este hábito de simulación. Se ofrecen cursos de aprendizaje para brillar en una fiesta o reunión. Se venden libros, y se mercan cosméticos, apelando siempre a este deseo insano de querer aparentar lo que no se es. La artificialidad es una cosa que desaparece en el momento que nos arrodillamos ante Cristo y le pedimos mansedumbre. Entonces ya no nos importa lo que la gente piensa de nosotros, sino solo agradar a Dios. Entonces somos lo que realmente somos, y lo que parecemos ser, nos importa un pepino.

El corazón de la gente se quiebra bajo esta carga de orgullo y simulación. Y no hay ningún alivio para esa carga, a menos que se la encuentre en la mansedumbre de Jesús. El sentido común y la sensatez pueden ocasionalmente ofrecer algún alivio, pero este vicio es tan fuerte que al echárselo de un lado reaparece en otro. Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, “Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os dare descanso.” El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación. Se necesita algún coraje al principio, pero pronto viene la gratia necesaria al comprender que estamos compartiendo el yugo con el fuerte y poderoso Hijo de Dios. El lo llamó “mi yugo,” y él lo toma de un lado cuando nosotros lo tomamos del otro.

Señor, hazme como un niño. Ayúdame a dejar de competir con otros por puesto y figuración. Deseo ser simple y sin artificios como es un niño. Líbrame de la simulación. Perdóname por pensar demasiado en mí mismo. Ayúdame a olvidarme de mí mismo y hallar mi verdadera paz en el hecho de pertenecerte a Tí. Contéstame esta oración que humildemente dirijo a Tí. Pon sobre mí tu yugo fácil de llevar, y haz que halle descanso al olvidarme de mí y de mis problemas, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 111–118). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Una esperanza viva

Marzo 8

Una esperanza viva

Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva. (1 Pedro 1:3)

Cuando Dios lo salvó y lo transformó a usted, le dio “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” (1 P. 1:4). Como resultado, los cristianos pueden vivir con la esperanza de esa herencia eterna.

¿Por qué es importante esa esperanza? Los incrédulos no confían en Él, de modo que no pueden esperar en Él. Pero como creyente usted ha visto que Dios ha sido fiel en el pasado y en el presente, y que le da la esperanza de que será fiel en el futuro. Y eso le da gloria.

Digámoslo de una manera sencilla: Dios es glorificado cuando usted confía en Él. Dios es glorificado cuando usted cree en Él. Y Él es glorificado cuando usted espera en su promesa futura. El Dios que le ha dado tan gran salvación es digno de su esperanza.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

Dios resiste a los soberbios

Viernes 8 Marzo

Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.

Eclesiastés 7:29

Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

1 Pedro 5:5

Dios, el Dios infinito y absoluto, creó al hombre a su imagen y lo puso en el huerto del Edén. Le confió la administración de la tierra, pero con una prohibición: no debía comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Respetando esta prohibición, el hombre debía mostrar su confianza en el Creador. Ese Dios bueno y sabio sabía que si Adán llegaba a conocer el bien y el mal, el resultado sería su desgracia.

Al mismo tiempo, Dios hacía un examen de obediencia a Adán. Al ser fiel en lo poco, Adán hubiera mostrado que lo sería también en las grandes cosas. Y era algo muy grande administrar la tierra para Dios, su legítimo dueño. Pero, Adán y Eva fueron infieles, se dejaron seducir por el diablo, quien les dijo: “Seréis como Dios” (Génesis 3:5). Sensible a la propuesta de Satanás, el hombre cayó en la trampa del tentador: el orgullo.

Esta fibra de orgullo y vanidad vibra aún muchas veces en nosotros, empujándonos a querer prevalecer y a envanecernos. Esta pretensión interior es la causa de muchos de nuestros sufrimientos y conflictos. Más grave aún, es la causa de nuestro alejamiento de Dios. Este orgullo, tan profundamente arraigado y encubierto en nuestro corazón, nos hace hipócritas y constituye una verdadera afrenta al amor infinito de Dios.

Aún hoy Dios ofrece la salvación a todos los que reconocen la gravedad de su pecado. Esta es su oferta hecha hace mucho tiempo: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros” (Ezequiel 36:26). Él continúa extendiendo su mano hacia nosotros.

Ezequiel 3 – Hechos 15:1-35 – Salmo 31:9-13 – Proverbios 11:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Tozer, A. W.

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Ensálzate sobre los cielos,

oh Dios; sobre toda la tierra

tu gloria. Salmo 57:5

Es casi una perogrullada decir que el orden en la naturaleza depende de la correcta relación de todas las cosas. Para lograr la armonía es indispensable que cada cosa esté en perfecta relación con respecto a otra cosa. En la vida humana, ocurre lo mismo.

He dicho en capítulos anteriores que la causa de todas nuestras miserias es nuestra radical dislocación moral que trajo enemistad con Dios y con cada uno de nuestros semejantes. Cualquiera haya sido la caída en el pecado, sus efectos han producido un trastorno en las relaciones del hombre con su Creador. El hombre adoptó una actitud equivocada con respecto a Dios, y con eso deshizo los medios de comunicación con su Creador, en la cual, sin que él se diera cuenta, descansaba su felicidad. La salvación es, esencialmente, la restauración de esas relaciones, es decir, el retorno a la relación normal del uno con el otro.

Una vida espiritual satisfactoria debe comenzar con un cambio completo en las relaciones entre Dios y el pecador. No meramente un cambio judicial, sino un cambio conciente y experimental que afecte toda la naturaleza del individuo. La propitiación por la sangre de Jesús hace posible ese cambio judicial, y la obra del Espíritu lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. El hijo más joven se había metido en una cantidad de problemas a causa de haber olvidado los privilegios que tenía como hijo de su padre. Su restauración no fue más que el reestablecimiento de esas relaciones, las cuales existían desde su nacimiento, pero que habían sido temporalmente interrumpidas por el pecado. La parábola pasa por alto el aspecto legal de la redención, para detenerse hermosamente en el aspecto experimental.

Para determinar las relaciones tenemos que comenzar en algún lugar. Debe haber un punto fijo desde el cual todo ha de comenzar a medirse, donde no intervenga la ley de la relatividad, y donde podamos decir “ES,” sin ninguna clase de concesiones. Tal punto fijo es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer su nombre a la humanidad no encontró otro mejor que “YO SOY.” Cuando él habla en primera persona dice, YO SOY; cuando nosotros nos referimos a él decimos EL ES; cuando nos dirijimos a él le decimos TU ERES. Todo lo demás parte de esta base. Dios dice, “Yo Soy el que Soy” o sea “jamás cambio.”

Así como el marino fija su posición en el mar por la altura del sol, nosotros podemos saber cuál es nuestra posición moral mirando a Dios. Debemos comenzar con Dios. Nosotros estamos bien solo cuando estamos en una correcta relación con Dios, y mal cuando estamos en cualquier otra.

Muchas de nuestras dificultades en la vida cristiana se deben a que no queremos tomar a Dios tal como él es, y ajustar nuestras vidas conforme a eso. Insistimos en modificar a Dios y en adaptarlo a nuestra imagen. La carne se resiste contra la inexorable sentencia de Dios, y como Agag, gime por un poco de misericordia, algo más de indulgencia para sus deseos y apetitos. Pero esto de nada sirve. Podemos comenzar bien solo cuando aceptamos a Dios tal como Dios es, y le amamos porque así es. Y cuando le vamos conociendo mejor hallamos una indecible fuente de gozo al darnos cuenta que no puede ser de otra manera. Algunos de los más sublimes momentos de nuestra vida han sido los que hemos pasado en reverente admiración de la Deidad. En estos solemnes momentos no hemos querido ni siquiera pensar en qué pasaría si Dios fuera de distinta manera.

Comencemos, pues, con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, y antes de todo, está Dios. Primero, en orden de secuencia; por encima, en orden de rango y condición; antes que todo, en dignidad y honor. Siendo el único que existe por sí mismo, él ha dado origen y existencia a todo, y todas las cosas existen por él y para él. “Señor, digno eres de recibir gloria, y honra, y virtud, porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas” (Apocalipsis 4:11).

Toda alma pertenece a Dios y existe para complacerle a él. Siendo Dios quien es, y siendo nosotros quienes somos, la única relación que debe existir es de completo señorío por parte de él y de completa sumisión por parte de nosotros. Nosotros le debemos a él todo el honor de que somos capaces de darle. Darle algo menos es causa de nuestra desdicha.

La búsqueda de Dios debe incluir el afán de darle a él todo lo que somos. Y esto no solo judicialmente, sino real y positivamente. No me estoy refiriendo aquí al acto de justificación por la fe mediante Cristo. Estoy hablando de una voluntaria exaltación de Dios a su legítimo estrado sobre nosotros, y el deseo de someter nuestro ser entero al culto y adoración que corresponde a la criatura dar al creador.

No bien hacemos la decisión de exaltar a Dios por encima de todo, nos apartamos de la procesión del mundo. Nos damos cuenta que estamos en desacuerdo con el mundo, y ese desacuerdo se hará más evidente a medida que avancemos en el camino de la santidad. Veremos las cosas desde un nuevo punto de vista; una nueva psicología se formará dentro de nosotros; un nuevo poder vendrá a nuestras vidas.

Nuestro rompimiento con el mundo será el resultado directo de nuestra nueva relación con Dios. Porque el mundo de los hombres caídos no da honra a Dios. Millones hay sí, que se llaman a si mismos cristianos, y pagan algún respeto a su Nombre, pero una simple prueba demostrará cuan poco El es honrado entre ellos. Pregunte a cualquier cristiano nominal quién es el que predomina en su vida. Pídale que haga una elección entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y sus ambiciones personales, entre Dios y el yo humano, entre Dios y el amor humano, y Dios siempre tomará el segundo lugar. Todas esas otras cosas serán exaltadas por encima. No importa lo que el hombre diga, la prueba de su elección se verifica día tras día.

“Seas tú exaltado,” es el lenguaje de la vida espiritual victoriosa. Es la llavecita que abre la puerta de los tesoros de la gracia. Es el punto central de la vida de Dios en el alma. Dejad que el que busca a Dios pueda decir continuamente con la vida y con los labios, “Seas tú exaltado,” y habrá dado con la solución de mil de sus problemas. Su vida cristiana dejará de ser la cosa complicada que era antes, y vendrá a ser la misma esencia de la simplicidad. Por el ejercicio de su voluntad habrá marcado el curso que desea seguir, y lo seguirá como si fuera guiado por un piloto automático. Si por algún momento un viento contrario llegara a apartarlo de la ruta, no tardará en volver al buen rumbo por una inclinación secreta de su alma. Los impulsos internos del Espíritu luchan a su favor y “las estrellas en sus cursos” pelean por él. En su alma está resuelto el problema de su vida, y todos los demás se resuelven por el mismo camino.

Que nadie piense que la entrega absoluta de la voluntad a Dios rebaja la personalidad humana. El hombre no se degrada por esto, sino al contrario, se eleva a su verdadera y primitiva dignidad de ser hecho a la imagen de Dios. Su desgracia yace en el hecho de su descomposición moral, en haber usurpado, en forma antinatural, el lugar que le corresponde a Dios. Su honor será demostrado por devolver el trono usurpado. Al exaltar a Dios por sobre todas las cosas, el hombre vuelve a hallar su propio perdido pedestal.

Todo aquel que se resiste a entregar su voluntad a otro, debe recordar las palabras de Jesús, “Todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado” (Juan 8:34). Tenemos necesidad de ser siervos de alguien, o del pecado, o de Dios. El pecador se vanagloria de su independencia, sin darse cuenta que es un esclavo de los pecados que dominan sus miembros. El hombre que se entrega a Cristo cambia un amor cruel y despiadado por uno suave y gentil, un Maestro cuyo yugo es fácil y ligera su carga.

Habiendo sido hechos a la imagen de Dios, no debe sernos difícil reconocerle y aceptarle como nuestro dueño. Dios fue nuestra primera habitación, y nuestros corazones no podrán menos que sentirse en casa al retornar a nuestro antiguo recinto.

Espero que se entenderá fácilmente que es lógico que Dios reclame la preeminencia. Ese lugar es suyo por derecho propio en el cielo y en la tierra. Cada vez que nosotros ocupamos el sitio que a El le corresponde, toda la vida se desconcierta. Nada puede ponerse en orden mientras no hagamos, de puro corazón, la firme decisión de exaltar a Dios por sobre todas las cosas.

“Al que me honra, yo lo honraré” dijo Dios a un antiguo sacerdote en Israel. Y esa antigua ley espiritual ha permanecido inmutable, no importa el paso del tiempo o el cambio de las dispensaciones. Toda la Biblia y toda la historia proclaman la perpetuidad de esa ley. “Si alguno me sirve, mi padre le honrará,” dijo el Señor Jesús, enlazando lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de sus tratos con los hombres.

Muchas veces la mejor manera de entender una cosa es mirando su opuesto. Eli y sus hijos fueron colocados en el sacerdocio con la estipulación de que honrarían a Dios en su ministerio y en su vida. Ellos fallaron en hacerlo y Dios les envió a Samuel a anunciarles las consecuencias. Sin que Eli se diera cuenta esta ley de reciprocidad había estado siempre en vigor, y ahora había venido el tiempo para el castigo. Ofni y Finees, los sacerdotes depravados, cayeron en la batalla, la mujer de Ofni murió al dar a luz, el arca de Dios fue capturada por los filisteos, y el anciano Eli cayó hacia atrás y se quebró el cuello. Así cayó la tragedia sobre la casa de Eli por haber faltado en darle el honor a Dios.

En contraste con este cuadro tomemos cualquier otro personaje bíblico que procuró honrar a Dios en su vida terrenal. Veremos que Dios pasó por alto sus flaquezas, y derramó sobre ellos gracia y bendición. Ya se trate de Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o cualquier otro, el honor sigue al honor como la cosecha sigue a la siembra. El hombre de Dios se propone exaltar a Dios sobre todo; Dios acepta su intención como un hecho, y actúa de acuerdo con eso. No es la perfección, sino la santa intención lo que hace la diferencia.

El cumplimiento de esta ley se pudo ver en el Señor Jesucristo con toda perfección. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y dio la gloria a su Padre en los cielos. Nunca buscó su propia gloria, sino la de Dios que lo había enviado. Dijo en cierta ocasión, “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica.” Los fariseos se habían apartado tanto de esta ley que no podían comprender a una persona que buscaba solo la gloria de Dios. “Yo honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado” (Juan 8:49).

Otro de los dichos de Jesús, y uno de los más perturbadores, fue puesto en forma de pregunta: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que solo de Dios viene?” Si entiendo bien lo que Jesús quiso decir, fue que el deseo de recibir honores que domina a los hombres les impide creer lo que dice Dios. ¿Será este pecado la raíz de toda incredulidad? ¿Podría ser que esas “dificultades intelectuales” que alegan algunos, sean solo una cortina de humo para disimular la causa real de su incredulidad? ¿Será este codicioso deseo de recibir honor de los hombres lo que hizo a los hombres fariseos, y a los fariseos deicidas? ¿Es este el secreto que está detrás de toda autojustificación y hueca religiosidad? Yo creo que sí. Todo el curso de la vida se altera cuando fallamos en poner a Dios en el primer lugar. Nos exaltamos a nosotros mismos, en lugar de a Dios, y el resultado es maldición.

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hombres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cristo Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede rezagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la decisión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfacción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Nadie que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Ninguno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que a mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodidades. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exdltate sobre mi reputación. Hazme ambicioso solo de agradarte a Tí, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma. Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mí, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un pollino, hijo de asna, y permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, “¡Hosana en las alturas!”

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 99–109). Camp Hill, PA: Christian Publications.

¿Qué ama usted en realidad?

Marzo 7

¿Qué ama usted en realidad?

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:26-27)

Aparte de Dios, nadie pudo haber sido más amado para Abraham que su hijo Isaac. Pero esa era la prueba: “Averiguar si amaba a Isaac más que a Dios”. Si amamos a Dios sobre todas las cosas, le daremos gracias por lo que está logrando a través de nuestras pruebas y de nuestros sufrimientos. Pero si nos amamos a nosotros mismos más de lo que amamos a Dios, pondremos en tela de juicio la sabiduría de Dios y nos enojaremos y amargaremos. Si hay algo para nosotros más amado que Dios, entonces Él tiene que quitar eso para que crezcamos espiritualmente.

En el versículo de hoy, Jesús no dijo que debemos odiar a todo el mundo. Más bien quiso decir que si no se ama a Dios hasta el punto de que se esté dispuesto, si fuera necesario, a separarse del padre, de la madre, del cónyuge, de los hijos, del hermano, de la hermana, o incluso de la propia vida, entonces no se le ama sobre todas las cosas. Usted debe decidir hacer la voluntad de Dios ante todo, sin que importe cuánto pueda amar a los demás.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

Responsables de nuestra elección

Jueves 7 Marzo

Te encarezco… que prediques la palabra; que instes… porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina.

2 Timoteo 4:1-3

Responsables de nuestra elección

–Usted me cansa con su evangelio. No me hable más de eso.

–No le hablaré más de ello, solo tengo que decirle que no es mi evangelio, sino el “evangelio de Dios… acerca de su Hijo…” (Romanos 1:1-3). “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Hebreos 12:25).

–De todos modos, si Dios me manda al infierno, no estaré solo allí.

–No hable así. No es Dios quien lo envía a un lugar de tormentos. Al rechazar la salvación que él le ofrece gratuitamente, y para la cual fue necesario el sacrificio de su Hijo, es usted quien permanece en el camino que lleva a la perdición, acéptelo o no. Es cierto que allá no estará solo, pero ¿es ese su consuelo? En 1940 éramos un millón de prisioneros, pero eso no aliviaba mi situación. El enfermo que ingresa al hospital, ¿acaso siente alivio pensando que allí hay centenares de enfermos sufriendo?

Dios quiere salvar a todos los hombres, y Cristo murió por todos. Él manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan. Pero no obliga a nadie. Él pone delante de usted el camino de la vida y el de la muerte. Usted debe escoger.

“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos… ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron” (Hebreos 2:1-3).

Ezequiel 2 – Hechos 14 – Salmo 31:1-8 – Proverbios 11:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La Mirada del Alma

Tozer, A. W.

La Mirada del Alma

Puestos los ojos en el autor y consumador

de la fe, en Jesús. Hebreos 12:2

Pensemos en el hombre sencillo e inteligente que mencionamos en el capítulo seis, que se detiene por primera vez a leer las Sagradas Escrituras. Se acerca a la Biblia sin ningún conocimiento previo de lo que contiene. No tiene ningún prejuicio; nada tiene que probar, nada que defender.

Este hombre no leerá por mucho tiempo sin darse cuenta que algunas verdades comienzan a destacarse nítidamente. Son los principios espirituales con que Dios ha tratado a los hombres, que aparecen entretejidos en los escritos de varones santos que fueron “movidos por el Espíritu de Dios.” Según prosiga en la lectura deseará hacer un resumen de las verdades que está entendiendo. Estos resúmenes vendrán a ser los principios de su credo bíblico. Y si lee por más tiempo, las nuevas lecturas no afectarán estos principios; por el contrario los aumentarán y fortalecerán. Nuestro hombre está descubriendo lo que la Biblia enseña.

Muy arriba en las enseñanzas de la Biblia se encuentra la doctrina de la fe. Es tanta la importancia que la Biblia asigna a la fe, que es imposible que pase desapercibida. El tendrá que reconocer muy pronto que la fe es de vital importancia para la vida del alma. “Sin fe, es imposible agradar a Dios.” Por la fe es posible adquirir cualquier cosa; ir a cualquier parte en el reino de Dios, pero sin fe nadie puede allegarse a Dios, ni ser librado de sus culpas, ni tener libertad, ni salvación, ni comunión, ni nada. Nunca tener vida espiritual.

Cuando nuestro amigo haya llegado al capítulo once de la Epístola a los Hebreos, no le será extraño el elocuente encomio que se hace allí de la fe. Antes de eso habrá leído la brillante defensa de la fe que hace Pablo en Romanos y en Gálatas. Más adelante, si lee la historia de la iglesia, podrá ver el asombroso poder espiritual que tenían los reformadores debido a su fe inalterable en la religión cristiana.

Pues bien, si la fe es algo tan importante en la vida cristiana, si es algo imprescindible en la búsqueda de Dios, es perfectamente natural que deseemos cerciorarnos si en verdad tenemos este don. Y siendo nuestra mente como es, tarde o temprano ha de querer investigar cual es la naturaleza de la fe. ¿Qué es fe? Junto a esta pregunta viene enseguida otra. ¿Tengo yo fe? Y debemos encontrar alguna respuesta dondequiera esta se halle.

Casi todos los que predican o enseñan acerca de la fe dicen más o menos lo mismo. Nos dicen que es creer en una promesa, que es aceptar lo que Dios dice, que es reconocer la verdad de la Biblia, y actuar conforme a ella. El resto de lo que ellos dicen en sermones o en libros son relatos acerca de personas que por fe hallaron respuesta a sus oraciones. Esas respuestas son por lo general bendiciones materiales, tales como sanidad, dinero, protección física o éxito en los negocios. O si el maestro es un filósofo, nos llevará en excursión por los ámbitos de la metafísica, o nos sumergerá en los hielos de la jerga psicológica, definiendo y redefiniendo conceptos, partiendo delgados pelillos hasta hacerlos desaparecer por completo. Cuando finaliza la exposición nos damos cuenta que hemos salido por la misma puerta por la cual entramos. Sin duda, debe haber algo mejor que eso.

La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe. Aparte de una breve definición en la Epístola a los Hebreos, en la cual se emplean diecinueve palabras (Hebreos 11:1), yo no sé de ninguna otra definición bíblica, y si la hay, la fe no es definida filosóficamente, sino en manera funcional. Se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Es bueno y sabio llegar hasta aquí, y no pretender saber más. Se nos dice de dónde procede, y por qué medios viene. “La fe es un don de Dios” y “la fe viene por el oir, y el oir por la Palabra de Dios.” Hasta aquí todo va claro, y parafraseando a Tomás de Kempis, “Prefiero ejercer la fe, antes que definirla.”

De aquí en adelante, cada vez que en este capítulo aparezca la palabra “fe” debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre verdaderamente creyente. Dejamos de lado la idea de definir la fe, y vamos a pensar en ella como se la siente cuando se pone en acción. La naturaleza de nuestros pensamientos será pues práctica, y no teórica.

En una dramática narración que se halla en el libro de Números se le va fe en acción. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. “Estas mordían a las gentes, y muchos murieron.” Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enroscada en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. “Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá.” Así lo hizo Moisés. “Y fue que cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía” (Números 21:4–9).

En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor Jesucristo. El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15).

El hombre inteligente que lee esto no tardará en hacer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra “mirar” que se emplea en el Antiguo Testamento tiene idéntico significado que la palabra “creer.” Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cristo. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israelitas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón. La conclusión es que la fe es la mirada del alma que se dirige a un Dios Salvador.

Después de haber entendido esto, habrá de recordar otros pasajes cuyo significado comenzará a serle más claro. Por ejemplo, “A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no se avergonzaron” (Salmo 34:5). “A tí, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que haya misericordia de nosotros” (Salmo 123:1–2). He aquí el hombre que busca misericordia, y mira rectamente al Dios de misericordia hasta que halla la misericordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, “Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos” (Mateo 14:19). La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre estaba con su mirada interior puesta en su Padre (Juan 5:19–21).

El tenor de toda la Biblia está en completo acuerdo con lo que dejamos dicho. Y todo se resume en la exhortación de la Epístola a los Hebreos cuando nos dice que corramos la carrera “puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús.” Todo lo cual enseña que la fe no es un acto que se realiza una sola vez, sino una actitud continua del corazón que se mantiene mirando a Dios.

Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada a “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo,” y nunca dejar de mirar por el resto de nuestra vida. Al principio podrá parecer difícil, pero dicha actitud se hace más fácil con el contínuo mirar a la maravillosa personalidad de Cristo. Podremos distraernos a veces, pero al haber encomendado nuestro corazón a él, cada vez que nos apartemos un poco, sentiremos el fuerte deseo de retornar al igual que un pajarillo que vuelve a su nido.

Insisto en que es necesaria esta entrega personal y voluntaria a Cristo, que hace que el alma fije para siempre su mirada en Jesús. Dios acepta esta intención como la elección nuestra, y tolera las distracciones que sufrimos al vivir en este mundo malo. Dios sabe que hemos encaminado nuestro corazón a Jesús, y nosotros también lo sabemos, y nos consolamos al saber que nuestra alma está adquiriendo un hábito que no tardará en formar parte de nuestra naturaleza, de modo que pronto no ha de requerir ningún esfuerzo de nuestra parte.

La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente conciente de que existe. Igual que el ojo, que ve todo lo que tiene delante de sí, pero él no se ve nunca, la fe se ocupa del Objeto sobre el cual ella descansa, y no pone nunca atención en sí misma. Mientras estamos mirando a Dios, no nos estamos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Unico que es perfecto. Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de él todas aquellas cosas que deseó por tanto tiempo. Dios estará dentro de él, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad.

La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Dios. El pecado ha torcido nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios, y se halla peligrosamente cerca del pecado de Lucifer, que dijo, “Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:14). La fe mira hacia afuera, y no hacia adentro, y sobre esto reposa la vida entera.

Todo esto podrá parecer demasiado sencillo. Pero no pedimos disculpa por ello. A aquellos que quieren subir al cielo en busca de ayuda, o descender al infierno, Dios les dice, “Cercana está la palabra de fe” (Romanos 10:8). La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo, y allí comienza la bendita vida de fe.

Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos estar seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ver a los que tienen corazón perfecto para con él. La grata expresión de la experiencia es, “Tú, oh Dios, me ves.” Cuando los ojos del alma se encuentran con el Señor a quien buscan, se puede decir que el cielo ha comenzado a existir en la tierra.

Nicolás de Cusa en su obra “Visión de Dios,” escribió esto hace más de quinientos años: “Cuando todo mi afán es dirigirme hacia ti, porque tú haces todo para dirigirte hacia mí; cuando solo miro hacia tí con entera atención, sin despegar de tí los ojos de mi mente, porque tú me abrazas con tu constante cariño; cuando dirijo mi amor únicamente a tí, porque tú que eres amor, te has tornado hacia mí, ¿qué es mi vida, Señor mío, sino todo dulzura por tu amoroso abrazo?”

Me gustaría decir más de este antiguo varón de Dios. El es muy poco conocido entre los cristianos corrientes, y entre los fundamentalistas, menos. Creo que ganaríamos mucho si nos relacionáramos un poco con hombres de la escuela cristiana de la que Nicolás de Cusa es uno de los representantes más genuinos. Pero para que los líderes denominacionales de hoy aprueben la literatura que el pueblo ha de leer, esta debe ser enteramente del gusto partidista de ellos. Medio siglo transcurrido en América con esta misma actitud nos ha hecho a todos presumidos y satisfechos con nosotros mismos. Nos imitamos unos a otros, y repetimos los unos las frases de los otros, y buscamos excusas pueriles para disimular nuestra falta de originalidad.

Nicolás fue fiel seguidor de Cristo; amaba a nuestro Señor, su devoción era brillante y radiante. Su teología era ortodoxa, pero fragante y dulce como todo lo que emana de Jesús. Por ejemplo, su concepto de la vida eterna no podía ser más encantador. Si no me equivoco, era lo más parecido posible a Juan 17:3, que es lo corriente entre nosotros hoy en día. “La vida eterna —decía Nicolás— no es otra cosa que la manera bendita en que miras constantemente, penetrando hasta lo más secreto de mi alma. Tu mirada imparte vida, incesantemente; imparte tu amor; me alimentas inflamándome; y mientras me alimentas, despiertas en mí mayores deseos de tí; me das a beber del rocío de la felicidad, y al mismo tiempo abres en mí una fuente de vida cuya corriente tú abasteces y haces permanente.”

Pues bien, si la fe es la mirada que el corazón dirige a Dios, y si dicha mirada no es otra cosa que el levantar los ojos del alma para que se encuentren con los de Dios, que todo lo ve, se comprenderá que dicha operación es bastante fácil. Dios siempre hace fácil el desempeño de las cosas vitales, y las pone al alcance de los más débiles y pobres de nosotros.

De todo esto se pueden sacar varias conclusiones. Su simplicidad, por ejemplo. Desde que creer es mirar, eso se puede hacer sin necesidad de ninguna aparatosidad rereligiosa. Dios ha dispuesto que lo esencial para la vida o para la muerte esté sujeto al capricho o al accidente. El mobiliario puede romperse o perderse; el agua puede escurrirse, los registros consumirse por el fuego, el pastor puede tardar en llegar o el edificio incendiarse. Todas estas cosas son externas y pueden sufrir accidentes. Pero el mirar es una actitud del corazón que puede asumirla cualquiera, ya sea de pie, de rodillas, o reclinado en su última agonía, aunque se encuentre a miles de millas de cualquier templo.

En vista que el creer es mirar, dicha mirada se puede efectuar en cualquier momento. Ningún instante es mejor que otro para realizar el más noble de los actos. Nadie se encuentra más cerca de Cristo el domingo de resurrección que lo está el sábado 3 de agosto o el lunes 4 de octubre. Mientras Cristo esté sentado en el trono como Mediador, un día es tan bueno como cualquier otro, y todos los días son días de salvación.

Tampoco tiene importancia, en esta obra bendita de salvación, el lugar en que estemos cuando creemos en Dios. Levantad vuestro corazón a Cristo, e inmediatamente os sentiréis en un santuario, sea que estéis en un coche de ferrocarril, en una fábrica o en una cocina. Podéis ver a Dios en cualquier parte, con tal que vuestro corazón haya decidido amarle y obedecerle.

Tal vez alguno preguntará: “¿No es esto cosa propia de monjes o de ministros, que de por sí están acostumbrados a tener momentos reposados de meditación? Yo soy obrero, y dispongo de poco tiempo para eso.” Me alegra poder decir que esta clase de vida es accesible a cualquier hijo o hija de Dios. De hecho, es practicada diariamente por miles de personas muy ocupadas, y no está fuera del alcance de cualquiera.

Muchos han hallado el secreto de lo que vengo diciendo, y sin preocuparse demasiado por lo que ocurre dentro de ellos, practican continuamente el hábito de mirar a Dios desde su templo interior. Ellos saben que algo muy profundo en sus almas contempla a Dios. Aun en los momentos cuando exigencias terrenales les obligan a apartar la vista de ello, no por eso interrumpen la comunión con Dios. No bien se ven libres de lo que impedía vuelven a concentrarse en él. Este es el testimonio de muchísimos cristianos, y mientras escribo, tengo la sensación de estar simplemente transcribiendo lo que ellos me han dicho.

No quiero dejar la impresión de que los medios comunes de gracia son de poco valor. Ciertamente, ellos valen mucho. La oración privada debe ser practicada por todo cristiano. Largos períodos de lectura de la Biblia y meditación purificarán nuestra vista interior, y la dirigirán; la asistencia a la iglesia amplía nuestros conocimientos, y nos mantiene en comunión con los hermanos. Servicio, trabajo, actividad, todos son buenos, y debieran ocupar a todo cristiano. Pero en el fondo de todas estas cosas, y dándoles verdaderamente significado, debe estar el hecho de mirar constantemente a Dios. Un nuevo par de ojos (para hablar así) han de desarrollarse dentro de nosotros, capacitándonos para contemplar a Dios, mientras los ojos físicos siguen mirando el mundo que pasa ante nosotros.

Tal vez haya alguno que diga que estamos magnificando la religión privada, que el “nosotros” del Nuevo Testamento está siendo desplazado por un egoísta “yo.” ¿Se les ha ocurrido pensar alguna vez que cien pianos afinados todos con el mismo sintonizador, están automáticamente sintonizados unos con otros? Tienen el mismo tono, no porque hayan sido sintonizados unos con otros, sino porque todos fueron sintonizados por el mismo sintonizador. Del mismo modo cien personas, que están todas adorando a Dios con la mirada fija en Cristo, están perfectamente unidas unas con otras, mucho más que otras cien que al parecer adoran “unidas” pero cada una con sus pensamientos puestos en cualquier parte. La religión social se perfecciona al purificarse la religión individual. El cuerpo se hace fuerte cuando todos sus miembros están en perfecta salud. La iglesia de Dios gana cuando todos y cada uno de sus miembros tratan de vivir mejor y más elevadamente.

Todo lo que antecede presupone sincero arrepentimiento y entrega completa a Cristo. Apenas es necesario decir esto, porque solamente personas muy consagradas habrán seguido la lectura hasta aquí.

Cuando hayamos adquirido el hábito de mirar interiormente a Dios nos sentiremos llevados a un nivel de vida espiritual más alto, en conformidad con las promesas de Dios y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El Dios Trino y Unico será nuestra morada, aun cuando nuestros pies pisen el prosaico sendero de los deberes cotidianos. Habremos hallado en verdad el summun bonum de la existencia. “Hay una fuente de deseos que podemos codiciar. Son estos de la clase que ni los ángeles ni los hombres pueden comprar, pero pueden adquirirlo aquellos que posean las cualidades que dejamos expuestas, pues ellas satisfacen plenamente todos los deseos racionales, y no puede haber mayor satisfacción que esa” (La Visión de Dios).

¡Oh, Señor! He oído una buena palabra invitándome a que mire a tí, y me asegura que si así lo hago, hallaré satisfacción. Mi alma anhela esa satisfacción, pero el pecado ha nublado mi visión a tal punto que apenas puedo distinguirte. Te ruego que me purifiques con tu preciosa sangre, limpiándome interiormente para que pueda mirarte sin velo ninguno, todos los días de mi peregrinaje. Solo así podré contemplarte en todo tu esplendor el día que aparezcas para ser glorificado con tus santos y admirado por todos aquellos que te esperan, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 85–98). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Llamados a sufrir

Marzo 6

Llamados a sufrir

Para [el sufrimiento] fuisteis llamados. (1 Pedro 2:21)

Aunque el versículo de hoy parece indicar que se nos llama a sufrir, en realidad se refiere a la última parte del versículo 20, que dice: “Si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios”. Cuando los cristianos soportan con paciencia el sufrimiento, eso agrada a Dios.

Eso no debiera sorprendernos. Al comienzo de este capítulo de Primera Pedro, el apóstol afirma que los cristianos “sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (v. 9). Nuestro mundo sombrío se resiente y a menudo es hostil con quienes representan al Señor Jesucristo. Ese resentimiento y esa hostilidad pueden sentirse en determinados momentos y lugares más que en otros, pero siempre está allí en cierto modo como parte del privilegio de ser suyos.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

La vid verdadera

Miércoles 6 Marzo

(Jesús dijo:) Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

Juan 15:1-2, 5

La vid verdadera

Los que viven en las regiones vitícolas saben que la vid (la planta) vive durante años, pero los pámpanos (las ramas) deben ser podados en invierno y necesitan cuidados durante todo el año. Su poda permite obtener racimos de mejor calidad.

En la Biblia, la vid y los pámpanos son una imagen del Señor Jesús y de los cristianos. Jesús es la fuente de vida, y los creyentes deben permanecer unidos a él para llevar fruto. Dios, el Padre, es el labrador, quien se ocupa de los creyentes a fin de que lleven más fruto.

Todo creyente es objeto de ese trabajo de poda. Las pruebas de la vida son instrumentos que el Padre emplea para aumentar nuestra capacidad de llevar fruto para su gloria. El Señor anima a sus discípulos a permanecer cerca de él, orando y escuchando su Palabra, la Biblia. Es la única forma de ser productivos para Dios.

¿Por qué el Señor dice que él es la “vid verdadera”? En el Antiguo Testamento está escrito: “Hiciste venir una vid de Egipto” (Salmo 80:8). Esta vid era Israel, el pueblo que Dios sacó de la esclavitud y eligió para que produjera fruto. Ese pueblo no escuchó a Dios. No podía ser llamado “la vid verdadera”. Este título fue reservado solo para el Señor Jesús. Él declaró ser esa vid cuando estaba a punto de ofrecerse a sí mismo en la cruz. Iba a dar su vida para poder ser la fuente de “savia” de vida para todos los que creen en él.

Ezequiel 1 – Hechos 13:26-52 – Salmo 30:6-12 – Proverbios 11:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch