La Voz que Habla

Tozer.A.W

La Voz que Habla

En el principio era el Verbo,

y el Verbo era con Dios, y el

Verbo era Dios. Juan 1:1

Cualquier persona inteligente, aún no instruida en las enseñanzas del cristianismo, leyendo este texto llegaría a la conclusión que lo que Juan quiere decir es que Dios desea hablar, y comunicar sus pensamientos a otros. Y estaría en lo cierto. La palabra es el medio por el cual se expresan los pensamientos, y al aplicar este término al Hijo de Dios nos lleva a pensar que el deseo de expresarse es inherente a la Divinidad, y que Dios desea hablar con los seres que ha creado. Toda la Biblia apoya esta creencia. Dios está hablando. No solo que ha hablado, sino que está hablando. Habla continuamente por medio de la naturaleza; el mundo está lleno de su voz.

Una de las grandes realidades que debemos considerar es la Voz de Dios hablando en este mundo. La cosmología más breve y más satisfactoria es ésta: “Dios dijo, y fue hecho.” El por qué de la ley natural es la voz viviente de Dios inmanente a toda la creación. Y esta palabra de Dios que dio vida a todas las cosas no puede entenderse que es la Biblia, porque no es palabra escrita o impresa, sino la expresión de la voluntad de Dios hablando en la estructura de todas las cosas. Esa palabra de Dios es el aliento divino, que llena todo con potencia viva. La voz de Dios es la energía más poderosa en la naturaleza, pues toda energía parte del hecho de que Dios ha hablado.

La Biblia es la palabra escrita de Dios, y porque es escrita, está confinada a los límites del papel, tinta y cuero. En cambio la voz de Dios es viva, libre y soberana. “Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida.” La vida está en las palabras habladas. La palabra de Dios en la Biblia puede tener poder solo si corresponde con la palabra de Dios en el universo. Es su Voz presente, lo que hace a la palabra escrita tan poderosa. Si no fuera así, la palabra estaría encerrada entre las tapas de un libro.

Sería una concepción muy primitiva de Dios imaginarlo en la creación usando sierras, martillos y clavos a la manera de un carpintero que fabrica un mueble. La Biblia enseña otra cosa. “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmos 33:9). “Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos, por la palabra de Dios” (Hebreos 11:3). Tengamos en cuenta que Dios no se refiere aquí a su palabra escrita, sino a su palabra hablada. La voz de Dios que llena el mundo antecede a la Biblia por siglos incontables. Es una voz que no ha dejado de oirse desde los albores de la creación, y sigue resonando de un extremo a otro del universo.

La palabra de Dios es rápida y poderosa. En el principio de todas las cosas habló hacia la nada, y la nada se convirtió en algo. El caos oyó esa voz, y se convirtió en orden; la oscuridad la oyó, y nació la luz. “Y dijo Dios sea, y fue.” Estas palabras gemelas, como causa y efecto, ocurren a todo lo largo del relato bíblico de la creación. El dijo vale por el así. Y el así, es el dijo puesto en continuo presente.

Que Dios está aquí, y está hablando, son verdades que respaldan otras verdades bíblicas: sin ellas no podría haber revelación. Dios no escribió un libro y lo envió por medio de mensajeros a personas sin ayuda. Dios habló un Libro, y vive en sus palabras habladas, hablando continuamente sus palabras y haciendo que perduren a través de los años. Dios sopló sobre un muñeco de barro y ese vino a ser un hombre. El sopla sobre los hombres y vuelven a convertirse en barro. “Volveos, hijos de los hombres” —fue lo que Dios dijo después de decretar la muerte de todo hombre, y no fue necesario que dijera una sola palabra más. La triste procesión humana desde la cuna hasta la sepultura es prueba suficiente de que su primera palabra fue verdad.

Todavía no hemos dado la atención necesaria a esa profunda declaración en el evangelio de Juan que dice, “Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.” No importan los cambios de puntuación que se hagan, la verdad permanece firme: la palabra de Dios afecta el corazón de todo hombre, como la luz lo hace al alma. En el corazón de todos los hombres brilla la luz y resuena la palabra, y no hay manera de escapar. Algo así debe ser necesario, si es cierto que Dios vive y está en el mundo. Juan afirma que así es. Aun las personas que nunca han leído la Biblia han recibido en sus conciencias mensajes suficientemente claros, de manera que no pueden decir que no han oído su voz. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles, o defendiéndoles, sus razonamientos” (Romanos 2:15). “Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas, de modo que son inexcusables” (Romanos 1:20).

Los hebreos de la antigüedad le daban el nombre de Sabiduría a esa voz de que estamos tratando, pues decían que se oía en todas partes y que recorría la tierra en busca de respuesta de parte de los hijos de los hombres. El capítulo octavo del libro de Proverbios comienza así: “¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligencia?” Entonces describe la sabiduría como una hermosa mujer que “se para en las alturas y en las encrucijadas de los caminos; dirige su voz a todas partes, para que nadie deje de oírla y dice: ‘Oh, hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres.’ ” Seguidamente se dirige a los simples y faltos de cordura y les aconseja que escuchen lo que les dice. Lo que pide la sabiduría de Dios es atención espiritual, pero rara vez este pedido es escuchado. La tragedia consiste en que nuestro bienestar eterno depende de nuestro oir, y hemos enseñado a nuestros oídos a no escuchar.

Esta voz universal ha resonado siempre, y a menudo atribulado a los hombres, aun cuando estos no se daban cuenta de donde provenían sus temores. ¿No será esa voz que se cierne como niebla vital sobre los corazones de hombres y mujeres, lo que ha despertado sus conciencias y sus anhelos de inmortalidad en millones de seres humanos desde los albores de la historia? No tenemos por qué temer eso. La voz hablando es un hecho. Como los hombres han reaccionado ante ella, es algo que se debe observar.

Una vez que Dios habló a nuestro Señor desde el cielo, algunos que oyeron atribuyeron la voz a causas naturales. “Ha sido trueno,” dijeron. Este hábito de explicar la voz por causas naturales es la vera raíz de la ciencia moderna. En el soplo de vida del cosmos hay algo misterioso, algo sumamente pavoroso, que la mente humana no alcanza a comprender. El creyente no pretende comprenderlo, simplemente cae de rodillas y exclama “¡Dios!” El hombre común también cae de rodillas, pero no lo hace para adorar, sino para investigar, escudriñar, en su afán de hallar explicación natural a todas las cosas. Estamos viviendo en un siglo secularizado. Nuestros pensamientos y hábitos son los del científico, no los del adorador. Estamos más dispuestos a explicar que a adorar. “Es un trueno” decimos, y seguimos nuestro camino indiferentes. Pero todavía la Voz sigue resonando y escudriñando. El orden y la vida del mundo dependen de esa Voz, pero los hombres están demasiado ocupados, o demasiado obstinados para escuchar.

Cada uno de nosotros ha tenido alguna experiencia imposible de explicar: un súbito sentido de soledad, un sentimiento de maravilla o de pavor, al contemplar la vastedad del infinito. O tal vez un fugaz relámpago de luz, como venido de otro sol, que nos ha dejado la sensación de pertenecer a otro mundo, que nuestro origen es divino. Lo que hemos visto entonces, o sentido, o aprendido, es diferente a todo lo que enseñan las escuelas, y en una amplia gama, distinto de todas nuestras anteriores experiencias y opiniones.

Nos vimos entonces forzados a suspender nuestras dudas cuando, por un breve momento, las nubes se retiraron y pudimos ver y oir por nosotros mismos. Cualquiera sea la explicación que demos a estos casos, no seríamos justos si excluyéramos completamente a Dios, negando que nos estuvo hablando en ellos. Nunca tengamos tal petulancia.

Es mi propia creencia (y no me enojo si alguien opina de distinta manera), que todo lo bueno y bello que hay en el mundo, producido por el hombre, es el resultado de su falaz y pecaminosa respuesta a la Voz creativa que resuena por toda la tierra. Los filósofos moralistas, que soñaron sueños de virtud; los pensadores religiosos, que especularon acerca de Dios y la inmortalidad; los poetas y artistas, que crearon de la materia común obras de imperecedera belleza, ¿cómo se pueden explicar? No es suficiente con decir “Se trata del genio.”

¿Qué es el genio? El genio podrá ser un hombre perseguido por esa Voz, que trabaja afanándose como un poseído, por ver si logra alcanzar un fin que vagamente comprende. El hecho de que el genio, sea hombre o mujer, no crea en Dios, y aún hable o escriba en contra de él, no contradice lo que estoy diciendo. La revelación de la obra redentora de Dios que se halla en las Escrituras es necesaria para la obtención de la fe salvadora y la paz con Dios. La fe en el Salvador resucitado es necesaria para la obtención de paz y tranquilidad y para adquirir fe en nuestra propia inmortalidad. Para mí todo esto es una adecuada explicación de todo lo bueno que existe fuera de Cristo. Pero usted puede ser un buen cristiano sin aceptar mi tesis.

La voz de Dios es amistosa. Nadie necesita asustarse al oirla, a menos que antes haya hecho la decisión de no obedecerla. La sangre de Cristo ha cubierto no solo la raza humana, sino toda la creación también. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por él reconciliar todas las cosas consigo, así las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:19–20). Podemos predicar con toda confianza acerca de un cielo amistoso. Los cielos y la tierra están llenos de la buena voluntad de aquel que habitó en la zarza. La sangre perfecta del sacrificio expiatorio asegura esto para siempre.

Quienquiera que desee detenerse a escuchar oirá hablar a los cielos. Esta no es la hora en que los hombres están dispuestos a escuchar, porque el escuchar no es parte de la religión popular de hoy en día. Nos encontramos en el polo opuesto. La religión ha aceptado la monstruosa herejía de que el ruido, el tamaño, la actividad y el estrépito hacen estimable al ser humano delante de Dios. A un pueblo que está sumido en un clima de violencia Dios le dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” Hoy en día Dios quiere que aprendamos que nuestra fortaleza y seguridad no dependen del ruido, sino del silencio.

Es necesario que estemos tranquilos y en silencio para oir la voz de Dios. Lo mejor es que estemos con nuestra Biblia abierta ante nosotros. Entonces, si así lo deseamos, podemos acercarnos a Dios y escuchar lo que está hablando a nuestro corazón. Pienso que para la mayoría de las personas el procedimiento será algo como esto: primero un sonido, como de una Presencia caminando en el jardín. Después una voz, algo más inteligible, pero todavía algo lejos. Luego, el momento feliz cuando el Espíritu comienza a iluminar las Escrituras, y eso que al principio fue solo un sonido, y después una voz, llega a ser una palabra clara, cálida, íntima y amable como la del mejor amigo. Enseguida vendrá la vida y la luz, y lo mejor de todo, la capacidad de ver y descansar, abrazando a Cristo como el Salvador y Señor de todo.

La Biblia no podrá nunca ser un libro vivo hasta que no reconozcamos que Dios habla en el universo. Saltar de un mundo impersonal y muerto a una Biblia dogmática es algo demasiado para muchas personas. Ellos pueden admitir que deberían aceptar la Biblia como la Palabra de Dios, pero de ahí a creer que cada palabra es para ellos, media un gran trecho. Un hombre puede decir, “Esas palabras son para mí,” pero todavía seguir pensando en su corazón que no lo son. El es víctima de una psicología dividida. Trata de pensar de que Dios está mudo en todas partes y que habla solo en un libro.

Creo que mucha de nuestra incredulidad religiosa se debe a que tenemos una equivocada concepción de las Escrituras de Verdad. Un Dios silencioso comienza a hablar súbitamente en un Libro, y cuando éste queda terminado, vuelve a guardar silencio por el resto de los siglos. Y ahora leemos el libro como si fuera solo el registro de lo que Dios dijo en los tiempos que hablaba. Con nociones como estas en nuestra cabeza, ¿cómo podemos creer? El hecho es que Dios no está mudo y silencioso, que nunca lo ha estado. Está en la naturaleza de Dios hablar. La segunda persona del Dios Trino es llamada la Palabra. La Biblia es el resultado del continuo hablar de Dios. Es la declaración infalible de su mente dicha para nosotros en palabras comprensibles y familiares.

Creo que un nuevo mundo surgirá de la actual niebla religiosa cuando nos acerquemos a la Biblia con la idea de que no solo es un libro que una vez ha hablado, sino uno que habla todavía. Los profetas decían habitualmente “Así dice el Señor.” Y daban a entender a sus oyentes que Dios estaba hablando siempre en tiempo presente. Podemos usar el tiempo pasado para hacer ver que en algún momento, en el tiempo pasado, Dios habló, pero lo que Dios dijo una vez, sigue repitiéndose, como la criatura que ha nacido sigue viviendo, y un mundo que fue creado, sigue existiendo. Pero estas ilustraciones son insuficientes, porque las criaturas mueren, y los mundos se consumen, mas la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre.

Si queréis proseguir en conocer a Dios, abrid vuestra Biblia, en la seguridad de que ella os hablará. No la leáis pensando que es una cosa que podéis desechar en cualquier momento, porque ella es algo más que una cosa; es una voz, una palabra, la palabra del Dios vivo.

Señor, enséñame a escuchar. Los tiempos son ruidosos, y mis oídos están hartos de griteria y sonidos estridentes. Dame el espíritu del niño Samuel, que dijo, “Habla, Señor, que tu siervo oye.” Permíteme que te oiga hablándome al corazón. Haz que me acostumbre al sonido de tu voz, y que lo oiga cuando todos los de la tierra hayan desaparecido; haz que los únicos sonidos que oiga en esos momentos sean los de la música de tu Voz, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 73–85). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Dispuestos a sufrir

Marzo 5

Dispuestos a sufrir

Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento. (1 Pedro 4:1)

Una de las bendiciones de ser cristiano es nuestra identificación con Cristo y sus privilegios resultantes. Sin embargo, para que no demos por sentado esas bendiciones, suponiendo que resultarán en que seamos amados y respetados por el mundo, Dios también permite que suframos. En realidad, el apóstol Pedro en su primera epístola muestra con toda claridad que quienes son más bendecidos en la fe sufren más.

La vida cristiana es un llamado a la gloria a través del sufrimiento. Eso es porque quienes están en Cristo están inevitablemente en pugna con su cultura y su sociedad. Todos los sistemas estimulados por Satanás están en pugna con las cosas de Cristo. El apóstol Juan dijo que una persona no puede amar a Dios y al mundo al mismo tiempo (1 Jn. 2:15). Y Santiago dijo: “Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4).

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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¿A quién quiere agradar?

Martes 5 Marzo

¿Busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Gálatas 1:10

¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?

Juan 5:44

¿A quién quiere agradar?

Un joven y talentoso músico, alumno de un renombrado violinista, se presentó en público por primera vez. Su brillante actuación desencadenó nutridos y merecidos aplausos. Sin embargo, el joven no parecía apreciarlos, ni siquiera notarlos, pues estaba demasiado ocupado observando la reacción de un anciano de cabellos blancos sentado en primera fila. Solo cuando este último se levantó para inclinar suavemente la cabeza hacia él, una enorme sonrisa iluminó el rostro del joven violinista. Su maestro acababa de darle su aprobación, y eso era lo único que contaba para él.

¿De quién esperamos la aprobación en nuestra vida? Cultivar nuestra imagen ante los demás hace que corramos el riesgo de descuidar la única calificación valedera: la de Dios. ¡Tendemos tanto a querer ser bien vistos y considerados por nuestro entorno! Damos demasiada importancia a la opinión de los demás. Si el mal que se dice de nosotros despierta nuestra susceptibilidad, y el bien, nuestro orgullo, ¿no es una prueba de que nos dejamos influenciar mucho por «el qué dirán»?

Cuando el Señor Jesús vivía en la tierra, no buscaba el reconocimiento. Al contrario de los que corren tras la popularidad, él decía la verdad antes que buscar complacer a su audiencia. Eso molestó de tal forma que motivó su crucifixión. Pero, ¡qué aprobación recibió de parte de su Padre! Dios lo resucitó y lo hizo sentar a la diestra de su propio trono.

2 Samuel 24 – Hechos 13:1-25 – Salmo 30:1-5 – Proverbios 10:31-32

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La Presencia Universal

Tozer.A.W

La Presencia Universal

¿Adónde me iré de tu espíritu?

¿Y adónde huiré de tu

presencia? Salmo 139:7

En toda enseñanza cristiana hay ciertas verdades básicas, ocultas a veces, y más bien asumidas que afirmadas, pero que son necesarias a toda verdad como los colores primarios son necesarios para componer cualquier cuadro. La divina inmanencia es una de esas verdades.

Dios mora en su creación, y está indispensablemente presente en todas sus obras. Esto lo enseñan firmemente profetas y apóstoles y está aceptado por la teología cristiana general. Dicha verdad consta en los libros de teología, pero por alguna razón no ha entrado aun en el corazón de los creyentes, para que llegue a ser parte de su fe. Muchos predicadores y maestros cristianos hacen tímidas menciones de ella, y más bien parecen esquivarla para eludir sus implicaciones. Me imagino que proceden así por el temor de ser tildados de panteístas. Pero la doctrina de la divina inmanencia nada tiene que ver con el panteísmo.

El error panteísta es tan palpable que nadie debería dejarse engañar por él. Sostiene que Dios es la suma de todas las cosas creadas. La naturaleza y Dios son la misma cosa, de modo que cualquiera que toque a la una toca también al otro. Esto es una degradación de la gloria divina. Los panteístas, al atribuirle divinidad a todo, han hecho desaparecer del mundo toda divinidad.

La verdad es que aunque Dios habita en su mundo, está separado de él por un abismo infranqueable. Por mucho que Dios se identifique con la obra de sus manos, éstas son sus obras, y nunca pueden ser El. Dios es anterior a sus obras e independiente de ellas.

¿Qué significa, entonces, la divina inmanencia en la experiencia cristiana? Significa simplemente que Dios está aquí. Dondequiera estemos nosotros, Dios está. No hay lugar, ni lo puede haber, donde Dios no esté. Diez millones de inteligencias, situadas en igual número de puntos del espacio, separadas por incalculables distancias, pueden todas decir al mismo tiempo, “Aquí está Dios.” No hay un solo sitio del espacio que esté más cerca de Dios que cualquier otro. Ningún hombre está, en cuanto a distancia se refiere, más cerca o más lejos de Dios que otro hombre.

Hay ciertas verdades que cree todo cristiano medio instruído en la doctrina. A nosotros toca examinarlas y meditar en ellas, hasta que empiecen a resplandecer en nosotros.

“En el principio Dios.” Aquí no hay materia, porque lo material requiere siempre una causa que lo preceda. Dios es esa causa. No se trata de ninguna ley, porque ley es simplemente el nombre que le damos al curso que sigue todo lo creado. Ese curso ha sido planeado, y fue Dios quien lo planeó. Tampoco se trata de ninguna mente, porque la mente es también una cosa creada, y debe tener un creador que la respalde. En el principio Dios, la Causa de las causas, el principio originador de la materia, de la ley y de la mente. Por ahí debemos comenzar.

Adán pecó, y presa del pánico, trató de hacer lo imposible: ocultarse de la presencia de Dios. David también pensó un tiempo poder escapar de la presencia de Dios, pero tuvo que escribir, “¿Adónde me iré de tu espíritu, y adónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139:7). Y luego prosiguió, en uno de sus más preciosos salmos, alabando la divina inmanencia: “Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el abismo hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra.” Y él sabía que la existencia y la videncia de Dios eran una sola y misma cosa. Que Dios, que todo lo ve, había estado con él antes que naciera, y había observado el misterio del florecer de su vida. Salomón exclamó, “¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener, ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1 Reyes 8:27) Pablo les aseguró a los atenienses que “Dios no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:27, 28).

Si Dios está presente en todo punto del espacio, si no podemos ir a ningún lugar donde él no esté, si ni aun podemos concebir lugar alguno donde Dios no se encuentre, ¿por qué entonces dicha Presencia universal no es la más celebrada verdad del mundo? El patriarca Jacob, en la soledad del desierto, nos ha dado la respuesta a esta interrogación. El tuvo una visión de Dios, y asombrado por ella, exclamó, “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía” (Genesis 28:16). Jacob no había estado nunca, ni siquiera una fracción de segundo, fuera del círculo de esa Presencia que todo lo penetra, pero no se había dado cuenta de ello. A eso se debieron sus inquietudes, y a eso se deben las nuestras. Las gentes no saben que Dios está aquí. íQué diferente sería todo si lo supiesen!

La Presencia de Dios, y la manifestación de esa Presencia no son la misma cosa. La una puede ocurrir sin la otra. Dios está presente aunque estemos completamente inconcientes de él; Dios se manifiesta únicamente cuando estamos concientes de su presencia. Por nuestra parte debemos rendirnos al Espíritu de Dios, porque su obra es hacernos manifiesta la presencia del Padre y del Hijo. Si cooperamos con él y le obedecemos amorosamente, Dios se nos manifestará, y esa manifestación hará la diferencia entre un cristiano meramente nominal, y otro cristiano lleno de la luz que emana del rostro del Padre.

Dios está presente en todas partes, y siempre trata de darse a conocer. No solo revela su existencia, sino que pone de manifiesto lo que él es. No fue necesario persuadirle que se revelara a Moisés. “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová” (Exodo 34:5). Dios no solo hizo una declaración verbal de su naturaleza, sino reveló su propio Ser a Moisés, de modo que el rostro de Moisés brilló por el fulgor de la presencia divina. Para algunos de nosotros será un gran momento cuando comencemos a creer que es cierto que Dios revela su presencia, y que él ha prometido mucho, pero no más de lo que intenta cumplir.

Si logramos éxito en nuestra búsqueda de Dios se deberá a que él siempre quiere revelarse. La revelación de Dios al hombre no es una simple visita de tierras lejanas por un breve momento al alma humana. El que así cree equivoca toda la verdad. La aproximación de Dios al alma, o la del alma a Dios, no es algo intermitente y espaciado. No hay en ellos ningún concepto de distancia física. No es problema de kilómetros, sino de experiencia.

Hablar de estar cerca o lejos de Dios es emplear un lenguaje comprensible para todos. Un hombre puede decir: “Conforme mi hijo se va haciendo más grande, lo siento más allegado a mí.” Esto no obstante el hecho de que ha tenido su hijo pegado a él desde que nació. ¿Qué es lo que quiere decir ese padre al expresarse así? Obviamente está hablando de experiencia. Quiere decir que su hijo lo está conociendo más íntimamente, que ahora hay más afinidad entre ambos. Las barreras que antes existían, debido a las grandes diferencias en el modo de pensar y de sentir, van desapareciendo. Padre e hijo están ahora mucho más unidos en mente y corazón.

Cuando, pues, cantamos “Cerca, más cerca, oh Dios, de tí” no estamos pensando en la proximidad de lugar, sino en la proximidad de relación. Lo que pedimos al cantar es una más clara conciencia de relación íntima, de alma con alma; queremos estar más concientes de la Divina Presencia. No hace falta gritar a través del espacio llamando a un Dios lejano. El está más cercano a nosotros que nuestra propia alma, más íntimamente ligado a nosotros que nuestros mismos pensamientos.

¿Por qué algunas personas hallan a Dios en una manera que otros no pueden? ¿Por qué Dios manifiesta su Presencia a algunos pocos, y deja inmensas multitudes en la media luz de una experiencia cristiana imperfecta? Por supuesto, Dios desea lo mismo para todos. El no tiene favoritos dentro de su familia. Lo que hace por una de sus criaturas, puede hacerlo por cualquier otra. La diferencia no la hace Dios, sino nosotros.

Escojamos al acaso una veintena de grandes santos cuyas vidas son conocidas de todos. Estos pueden ser personajes bíblicos o de la historia de la iglesia. Nos llamará la atención el hecho de que siendo todos ellos santos, no todos son iguales. En algunos casos la diferencia es tan notable que llama poderosamente la atención. Por ejemplo, cuán diferente fue Moisés de Isaías, Elías de David, Pablo de Juan, San Francisco de Asís de Martín Lutero, Tomás de Kempis de Carlos Finney. La diferencia entre ellos es tan grande como la vida humana: diferencia de raza, de nacionalidad, de cultura, de temperamento, de costumbres, de cualidades personales. Sin embargo todos ellos, día tras día, anduvieron en la elevada senda de la vida espiritual, por encima del camino común de los demás.

La diferencia entre ellos era puramente incidental, y nada significaba a los ojos de Dios. En alguna cualidad vital, ellos eran idénticos. ¿Cuál era esa?

Me aventuraría a decir que la cualidad vital que los unía era la receptividad espiritual. Había en ellos algo que siempre estaba abierto para el cielo; algo que los impelía hacia Dios. Sin intentar hacer ningún análisis de ellos, diré únicamente que tenían comprensión espiritual, y que la cultivaron de tal modo que llegó a ser lo más grande de sus vidas. La diferencia entre ellos y el resto de los mortales consistió en su deseo de vivir en comunión con Dios, e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para lograrlo. Durante toda su vida tuvieron el hábito de responder a lo espiritual. No desobedecieron la visión celestial. Como lo dice el salmista David, “Mi corazón ha dicho de tí, Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová.”

Como en todo lo bueno de la vida humana, detrás de esa actitud receptiva está Dios. La soberanía de Dios está allí, y la sienten aun aquellos que le dan mayor importancia teológica.

Importante como es el hecho de que Dios está trabajando con nosotros, quiero advertir que no pongamos demasiada atención en ello. Puede conducir a una estéril pasividad. Dios no nos exige que comprendamos los misterios de la elección, predestinación ni la divina soberanía. La mejor manera de encarar estas verdades es levantar los ojos al cielo y decir: “¡Oh, Señor, tú lo sabes!” Son cosas que pertenecen a la profunda y misteriosa omnisciencia de Dios. La investigación de estos misterios podrá formar teólogos, pero jamás santos.

La receptividad no es una cosa simple, es más bien una cosa compleja, una mezcla de varios elementos dentro del alma humana. Es una afinidad con, una propensión hacia, una respuesta simpática a, y un deseo de tener tal cosa. Por eso se puede tener más o menos de ella, dependiendo de la calidad del individuo. Puede aumentar con el uso y debilitarse con el desuso. No es una fuerza irresistible que se nos impone desde arriba. Mas bien es un don de Dios, pero uno que debe ser reconocido y cultivado, como cualquier otro don, si va a realizar el propósito para el cual ha sido dado.

El desconocimiento de este hecho es causa de graves fallas en el evangelismo moderno. La idea de cultivarlo y ejercitarlo, tan cara a los santos de antaño, ha desaparecido de los cristianos de hoy. Es demasiado lento, demasiado común. Ahora reclamamos brillo y acción dramática. La generación de cristianos que ha crecido entre botones eléctricos y computadoras se impacienta cuando se le pide que emplee métodos más lentos. La verdad es que hemos estado tratando de emplear métodos mecánicos en nuestras relaciones con Dios. Leemos apresuradamente la porción bíblica marcada en el cuaderno, y luego salimos corriendo a la reunión evangélica para escuchar a un aventurero religioso venido de lejanas tierras, pensando que eso aliviará nuestros problemas espirituales.

Los resultados trágicos de estas cosas los vemos en todas partes: en la vida superficial que viven muchas personas tituladas cristianas, en la filosofía hueca que sostienen y el elemento frívolo y burlesco que predomina en las reuniones evangélicas; en la exaltación del hombre y en la fe que se pone en los actos puramente externos; en los “compañerismos” religiosos y parecería con enemigos del evangelio, y en los medios comerciales que se emplean para hacer la obra de Dios. Todos estos son síntomas de una grave enfermedad, una enfermedad que afecta la misma alma del cristiano.

Ninguna persona es responsable directa de esta enfermedad. Mas bien, todos somos un poco culpables de ella. Todos hemos contribuído, directa o indirectamente, a este estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para hablar, o demasiado egoístas para no desear otra cosa que esa pobre dieta con la cual otros parecen quedar satisfechos. Para decirlo de otro modo, aceptamos las ideas de unos y otros, imitamos las vidas de otros, y aceptamos lo que ocurre a otros como el modelo para nosotros. Por toda una generación hemos estado descendiendo. Nos encontramos ahora en un sitio bajo y arenoso, donde solo crece un pasto pobre, y hemos hecho que la Palabra de Dios se ajuste a nuestra condición, y todavía decimos que este es el mejor alimento de los bienaventurados.

Se requiere firme determinación, y bastante esfuerzo, para zafarse de las garras de nuestro tiempo y volver a los tiempos bíblicos. Pero es posible hacerlo. Los cristianos del pasado tuvieron que hacerlo así. La historia relata algunos de esos regresos en gran escala, encabezados por hombres tales como San Francisco, Martín Lutero y Jorge Fox. Desgraciadamente, en estos días no parece vislumbrarse ningún varón de la talla de estos. Si vendrá o no vendrá un hombre de estos, es algo en que los cristianos no están bien de acuerdo, pero eso no importa.

No pretendo saber todo lo que Dios hará con este mundo, pero creo saber lo que hará con el hombre o la mujer que individualmente le busca, y puedo decirlo a otros. Dejad a cualquier hombre volverse a Dios, dejadle que se ejercite en la santidad; que trate de desarrollar sus facultades espirituales con fe y humildad, y ya veréis los resultados, mucho mayores que en los días de flaqueza y debilidad.

Cualquier cristiano que sinceramente se vuelve a Dios, rompiendo el molde en el cual ha estado encerrado, y recurre a la Biblia con el objeto de hallar en ella sus normas espirituales, será dichoso con sus hallazgos.

Digámoslo otra vez: la Presencia Universal es un hecho. Aquí está. No se trata de un Dios extraño y desconocido, ¡se trata de nuestro Padre! Padre nuestro y del Señor Jesucristo cuyo amor se ha manifestado siempre, a través de los siglos, a todos los pecadores. Y Dios siempre está tratando de llamar nuestra atención, de revelarse a nosotros y de establecer comunión con nosotros. Tenemos dentro de nosotros las facultades suficientes para comunicarnos con él. Basta que oigamos su voz. A esto llamamos la búsqueda de Dios. Y lo reconoceremos a él en un grado creciente, a medida que nuestras facultades se afinan y perfeccionan y nuestra receptividad mejora acuciada por la fe y el amor.

¡Oh Dios y Padre! Me arrepiento de mi excesiva preocupación por las cosas materiales. He estado demasiado enredado en las cosas del mundo. Tú has estado aquí, y yo no me he dado cuenta de ello. He estado ciego, y no te he visto. Abre mis ojos, para que pueda verte en mí y alrededor de mí. Por amor de Jesús, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 61–71). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Madurez en el sufrimiento

Marzo 4

Madurez en el sufrimiento

El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. (1 Pedro 5:10)

Un llamado del cristiano a la gloria tiene que ir por la senda del sufrimiento. El versículo de hoy explica por qué. El sufrimiento es el método de Dios para que su pueblo madure espiritualmente. Lo complace cuando soportamos con paciencia la prueba que afrontamos en el camino. El sufrimiento es parte del plan de Dios a fin de preparar a su pueblo para la gloria.

El apóstol Pedro dijo esto respecto al valor del sufrimiento: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Dios permite el sufrimiento como una confirmación de nuestra fe. También produce paciencia, aunque la paciencia es una virtud que no necesitaremos en la eternidad; no habrá razón alguna para la impaciencia allí. Pero además de esos beneficios, el sufrimiento aumenta nuestra capacidad de alabar, honrar y glorificar a Dios, y eso es algo que usaremos por toda la eternidad.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Bienaventurados los de limpio corazón (6)

Lunes 4 Marzo

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Mateo 5:8

Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.

Ezequiel 36:26

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los de limpio corazón (6

En la Biblia, el corazón designa nuestro ser moral, interior, en contraste con el cuerpo. En el corazón se forman los pensamientos, los sentimientos y las motivaciones. Allí se toman las decisiones.

Un corazón impuro nos aleja de Dios. Nos lleva a tomar malas decisiones, nos conduce a la miseria, a la amargura y a la muerte. Por ello podemos orar, como David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10).

A quien cree en el Señor Jesús, Dios le da un corazón nuevo con nuevas motivaciones y un nuevo amor. Él nos invita a vivir esta nueva vida, purificándonos de todo lo que se opone a su voluntad: celos, orgullo, resentimientos, excesos, adulterios, codicia… Un corazón puro es un corazón que se vuelve a Dios en una feliz relación con él, en su amor y su luz.

Cuán hermosa es la promesa para “los de limpio corazón”: ¡“verán a Dios”! Aquí no se trata de una mirada fugaz o superficial. Además, Dios es invisible. Pero Jesús, Dios hecho Hombre, nos lo ha revelado. Lea los evangelios y dirá con gozo, como los discípulos de Cristo en Emaús: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32). Esto es ver a Dios, no solamente con un corazón puro, sino también con un corazón feliz, que arde de amor por Jesús, ahora y para siempre: “Ellos verán a Dios”. ¡Qué felicidad!

(continuará el próximo lunes)

2 Samuel 23 – Hechos 12 – Salmo 29:7-11 – Proverbios 10:29-30

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

“Líbrele… si le quiere”

Domingo 3 Marzo

He entregado lo que amaba mi alma en mano de sus enemigos.

Jeremías 12:7

(Dios) no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Romanos 8:32

Siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Romanos 5:10

“Líbrele… si le quiere”

El Señor Jesús estaba clavado en la cruz, y los que asistían a este “espectáculo” se burlaban de él sin discreción. Los jefes religiosos lanzaron un desafío a Dios: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios” (Mateo 27:43).

El Señor Jesús confiaba en Dios. Sus enemigos lo sabían. Él era el Hijo de Dios. Sus obras lo demostraban. Dios declaró dos veces que hallaba complacencia en él (Mateo 3:17; 17:5).

“Líbrele… si le quiere”. ¿No respondería Dios inmediatamente a este reto? ¿Dejaría suponer que no quería a su amado Hijo?

Pero Jesús permanecía colgado en la cruz. Ninguna voz se hizo oír desde el cielo. Las burlas continuaban; Dios permitió que actuaran libremente… Luego la oscuridad cubrió la tierra durante tres horas, y Jesús clamó a gran voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46; Marcos 15:34). Así Jesús proclamó a oídos de todos que ese Dios santo en quien él confiaba lo había abandonado. Pero seguía siendo su Dios, a quien no dejó de amar, incluso durante esas terribles horas. Nada puede explicar esta escena, salvo estas verdades: “Dios es amor” (1 Juan 4:8); “tú eres santo” (Salmo 22:3).

Este fue el precio que el Dios de amor pagó para ofrecer la salvación a hombres culpables y rebeldes contra él. En esas horas tenebrosas, Jesús cargó nuestros pecados. El Dios santo lo hirió, lo abandonó, pero solo así puede perdonar a todos los que creen en él.

2 Samuel 22:31-51 – Hechos 11 – Salmo 29:1-6 – Proverbios 10:27-28

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¿Soy Evangélico o soy Legalista?

¿Soy Evangélico o soy Legalista?

Los herbívoros comen hierbas; los carnívoros, carne; los Evangélicos comen evangelio y los Legalistas comen leyes o reglas religiosas. Hay, pues, una gran diferencia en la lucha espiritual contra el pecado entre el Evangélico y el Legalista. Dicho de otra manera, que uno y otro difieren en los principios espirituales de donde proceden.

El apóstol lo revela con meridiana claridad, nótese: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). La vida Cristiana es sustentada por el Espíritu de Gracia: “Si por el Espíritu hacéis”, no por una obediencia a las obras de la ley o normas religiosas. En cambio, la lucha contra el pecado del Legalista se sustenta en principios legales, tales como el aplauso y alabanza de los hombres. Obedecen por miedo al infierno, o por los impulsos de una conciencia no regenerada, o por el buen ejemplo de otros. Siendo así, no sería extraño que sean tan celosos por las tradiciones de su denominación, o por los dictados de sus líderes, sean estos modernos o pertenezcan al pasado.

¿Cómo diferenciar al Evangélico del Fariseo?

Tanto uno como el otro están sintonizados en esto: luchar con el pecado y hacer el bien. La diferencia se vería en lo que los energiza. A saber, en sus armas, su objeto, sus razones, y motivaciones.

Sus armas de lucha

El Evangélico lucha contra el pecado con las armas de la gracia, esto es, la Sangre de Cristo, la Palabra de Dios, las promesas del Pacto, y en el poder de la Cruz. Oigámoslo: “Jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal. 6:14). En cambio, el Legalista parece sacar fuerzas de normas y amenazas de la Ley. En eso él piensa que vivirá mejor haciendo esto o aquello, o que fortalece su esperanza haciendo así. Le parece que su obediencia le libraría del infierno al cumplir ciertos requisitos. En breve: Sus armas surgen de su propio poder, votos o resoluciones, y eso le hace sentir seguro. La seguridad del Legalista nace en su mente al leer o recordar ciertos versículos, no de la confianza en la obra de la Cruz.

Su objeto

Es cierto que el Fariseo lucha contra su pecado, y le molesta el pecado ajeno, pero su lucha es contra los pecados de su conducta. En cambio, el verdadero Creyente lucha contra los impulsos carnales de su corazón. Uno cuida su imagen; el otro su corazón. El Creyente no ve tanto si su pecado es grande o pequeño, sino que son contra su Rey y Salvador, a quien ama fielmente. Enfoquemos este caso: “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24). Pablo no miraba su conducta, sino las corrupciones dentro de su pecho. Ya no más Fariseo, sino Cristiano. No sería la obediencia a las normas de la ley que le librarían del cuerpo de pecado, sino que el Capitán de nuestra Salvación, Cristo Jesús, es el Único que podía librarle. El Fariseo se esforzaría aún más para librarse, como si la letra de la ley tuviese algún poder liberador.

Las razones del combate.

El Evangélico o Creyente, a quien la Gracia le enseña a renunciar a la impiedad y deseos mundanos, lucha contra el pecado porque deshonra a Dios, se opone a Cristo, contrista el Espíritu Santo, y le separa de Su Salvador. En cambio el Fariseo o Legalista lucha contra el pecado porque le roba su paz, atribula su conciencia y afecta su reputación religiosa. Mientras la gloria del Creyente es la Cruz, el Fariseo se gloría en su obediencia, o lo que él llama pureza de vida; nótese: “El Fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Luc. 18:1). Su vida es obedecer la Ley. No así el Creyente, ya que su vida es Cristo.

Sus motivaciones

El Creyente o Evangélico no sirve al pecado, porque está vivo para Dios y muerto al pecado: “Nuestro viejo hombre fue crucificado con El, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido” (Ro. 6:6). En cambio, el Fariseo o Legalista renuncia al pecado, no porque esté espiritualmente vivo, sino para poder vivir por su obediencia a la ley. El Evangélico mortifica al pecado porque Dios lo ama, pero el Legalista abandona al pecado para queDios lo ame, para ganar aprobación divina. Enfoquemos de nuevo al Fariseo: “El Fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”, esto es, que obedecía para que Dios le amara. Su obediencia a la Ley es el fundamento de su gloria, confort y esperanza. Su íntimo pensamiento fue que Dios le aprobara su conducta.

Otra diferencia entre el Evangélico y el Legalista es cómo atacan contra el pecado. enfoquemos este verso: “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”   (Gal. 5:24). El Creyente empieza a luchar contra el pecado en el mismo lugar donde el Espíritu le indica, “en las pasiones y deseos del corazón”. En cambio el Legalista inicia tal obra cuando se asoma o puede salir en su conducta externa. Este signo no solo es como individuo, sino también de manera colectiva. Nuestro Salvador lo reveló así: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mt. 15:28). Como congregación adoraban a Dios correctamente en lo que se veía o en lo externo, pero no de corazón. Eran Legalistas: la norma que motorizaba su adoración era sustentada en principios legales, tales como el aplauso y alabanza de los hombres. Así fue Pablo antes de su conversión.

En conclusión

El poder de Cristo para renunciar al mal y hacer el bien no viene por una mera obediencia a las normas bíblicas, o Ley, como pretendería un Fariseo o Legalista, sino por medio de la fe o confianza en las promesas del Nuevo Pacto, como hacen todos los Creyentes o Evangélicos: “Por la fe… siendo débiles, fueron hechos fuertes”  (He. 11:34). ¡Dios nos ayude! Amén.

Una muestra de obediencia

Marzo 2

Una muestra de obediencia

Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. (Mateo 28:20)

No se puede ser discípulo sin una vida de obediencia y un deseo de seguir a Cristo como Señor. Una de las maneras más importantes de obedecer es enseñando a otros a obedecer sus mandamientos.

Respecto al Espíritu Santo, Jesús dijo: “Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14:26). Mediante la Palabra de Dios, el Espíritu ha puesto esa enseñanza a disposición de todos los creyentes. Y todo creyente debe someterse a ella en obediencia.

Solo un verdadero convertido obedecerá a Cristo. Solo cuando usted se presenta “a Dios como [vivo] de entre los muertos, y [sus] miembros como instrumentos de justicia” (Ro. 6:13) muestra usted fe obediente.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Buscando la verdadera vida (2)

Sábado 2 Marzo

(Jesús dijo:) De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 5:24

Buscando la verdadera vida (2)

«En el transcurso del viaje le expliqué al cristiano, que tan gentilmente me llevó en su vehículo, que yo conocía un poco la Biblia pero que mis preguntas seguían sin respuesta. Entonces me citó algunos versículos de la Biblia, me habló del problema del pecado y me mostró claramente lo que me impedía encontrar el camino de la vida eterna: Entre tú y Dios hay un muro, es todo el mal que has hecho. Lo que Dios te pide es que te arrepientas.

Entonces comencé a confesar mis pecados a Dios. Eso duró aproximadamente una semana. Mientras tanto oí hablar de condenación, y eso me angustió mucho debido a todo el mal que había hecho… ¡No sería perdonado! Poco después volví a ver al cristiano que me había anunciado las buenas nuevas de salvación. Me dijo: Jesucristo fue crucificado por nuestros pecados, mas resucitó, y todo aquel que cree en él es perdonado y recibe gratuitamente la vida eterna… ¡De gozo no podía creerlo!

Al día siguiente, después de leer un pasaje de las Escrituras, oré y entregué mi vida al Señor. Por la fe me refugié en sus promesas divinas, especialmente en esta: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). En ese momento nací de nuevo (cap. 3:7), es decir, comencé una nueva vida con el Señor Jesús en mi corazón. Sé que Dios es mi Padre y que nada me puede separar de él. Pasaré la eternidad con él, en una felicidad perfecta, en compañía de todos los que han puesto su confianza en Jesús, nuestro único Salvador».

Según P. Danis

2 Samuel 22:1-30 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

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