Sigamos Ardorosamente en Pos de Dios

Tozer, A. W.

Sigamos Ardorosamente en Pos de Dios

Mi alma sigue ardorosa en pos de ti;

tu diestra me ha sostenido. Salmos 63:8 V.M.

La teología cristiana enseña la gracia preveniente, que, dicho brevemente, significa que el hombre, antes que busque a Dios, Dios está buscándole.

Antes que el hombre pueda pensar bien acerca de Dios, debe haber en él una iluminación interior. Esta puede ser imperfecta, sin embargo, el hecho existe y es la causa de todos los anhelos, búsquedas y oraciones subsiguientes.

Buscamos a Dios porque él ha puesto en nosotros deseos de dar con él. “Nadie puede venir a mi —dijo el Señor Jesús— si mi padre celestial no le trajere.” Y es esa atracción de Dios lo que nos quita todo vestigio de mérito por haber acudido a él. El impulso de salir en busca de Dios emana del propio Dios, pero el resultado de dicho impulso es que sigamos ardorosamente en pos de él. Y mientras andamos en pos de él, estamos en sus manos. “Tu diestra me ha sostenido” Salmos 63:8 V.M.

En este sostén divino, y seguimiento humano no hay contradicción alguna, porque como dice von Hugel, Dios es siempre previo. Pero en la práctica (esto es, cuando el hombre responde a la obra de Dios) el hombre debe salir en busca de Dios. Debe haber de nuestra parte una respuesta recíproca a la atracción de Dios, si queremos disfrutar de la experiencia. Este interés, este anhelo ferviente, lo tenemos expresado en el Salmo 42, donde dice “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por tí, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré, y compareceré delante de Dios?” Este es un profundo llamado a lo profundo, y así lo entenderá el corazón anhelante.

La doctrina de la justificación por la fe —verdaderamente bíblica y bendita liberación del legalismo estéril y los vanos esfuerzos personales— ha caído en nuestros días en mala compañía. Muchos la han interpretado en manera tal que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Todo el procedimiento de la conversión religiosa ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejercer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma ni tenerle amor alguno. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Nosotros los cristianos corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través de un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

Toda relación social entre los seres humanos se origina en el trato personal de unos con otros. A veces comienza con un encuentro casual, pero con el trato continuo dicho encuentro fugaz se convierte en la más íntima amistad. La religión, siempre que sea genuina, es la respuesta que dan las personas creadas al Creador. “Esta, empero, es la vida eterna, que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”

Dios es persona, y en las profundidades de su poderosa naturaleza piensa, tiene deseos, goces, sentimientos, amor y padecimientos, como puede tenerlos cualquier otra persona. Para darse a conocer a nosotros se nos presenta como una persona. Se comunica con nosotros por medio de nuestra mente, nuestra voluntad y nuestras emociones. El intercambio continuo e ininterrumpido de amor y pensamiento entre Dios y el alma creyente, es el corazón palpitante de la religión del Nuevo Testamento.

Conocemos esta relación personal entre Dios y el alma por medio de la conciencia que tenemos de ello. Se trata de algo personal, que no nos llega por conducto de un grupo de creyentes, sino que cada persona, individualmente, sabe lo que es. El conjunto se entera de ello por medio de las personas que lo forman. Y la persona es bien conciente de ello, porque es imposible que el alma no se entere de ello, como ocurre con el bautismo de niños. Entra dentro de la esfera del conocimiento, de modo que el hombre “sabe” lo que es encontrarse con Dios, como sabe de cualquier otra cosa que le ocurre.

Usted y yo somos en pequeño (exceptuando nuestros pecados) lo que Dios es en grande. Habiendo sido hechos a la imagen suya, tenemos la facultad de conocerle. Cuando estamos en el pecado, carecemos de ese poder, pero cuando el Espíritu nos da vida en la regeneración, todo nuestro ser siente el parentesco con Dios. Y gozoso se apresura a reconocerlo. Este es el nacimiento celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios. Pero la regeneración, o nuevo nacimiento, no es el fin del proceso sino simplemente el principio. Es el mero momento cuando comenzamos la búsqueda, la feliz exploración que hace el alma en busca de las inescrutables riquezas de la Divinidad. Es ahí donde comenzamos, pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Unico, no tienen fin.

Mar sin límites, ¿quién podrá sondearte?

Tu propia eternidad ha de rodearte,

¡Divina Majestad!

El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despectivamente algunos ministros que se satisfacen con poco, pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de corazón ardiente.

San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquellos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

Gustamos de tí, santo y vivo pan

y ansiamos seguir comiendo aún más;

Bebemos de tí, puro manantial

Sin querer dejar de beber jamás.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, ruégote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Exodo 33:13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria” (vs. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espirituales. En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo: “y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Nuestros himnarios tradicionales están llenos de himnos que expresan el gozo de los creyentes de antaño de haber hallado a Dios después de larga búsqueda. Pero actualmente se cantan muy pocos de esos himnos. Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros. Hacemos depender toda la vida cristiana del acto inicial de “aceptar” a Cristo (una palabra, de paso, que no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra revelación de Dios a nuestras almas. Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruído en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

Rehuyen así la teología del corazón que experimentaron y experimentan aún multitudes de santos, y aceptan una presunta interpretación de las Escrituras que habría asombrado a Jesús y los apóstoles.

Reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta general tibieza, que no se conforman con esa lógica superficial. Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, “¡Oh Dios, muéstrame tu gloria!” Es que quieren probar, tocar con sus corazones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

Mi deliberada intención es estimular este deseo de hallar a Dios. Es la carencia de ese deseo, de esa hambre, lo que ha producido la actual situación de desgano, tibieza y desinterés en que está sumida la iglesia. La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual. Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo nunca se manifestará a su pueblo. ¡El quiere que le deseemos! Y triste es decirlo, él nos está esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo. Y hasta ahora ha sido en vano.

Cada siglo tiene sus propias características. Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma. La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superficial conocimiento que tenemos de Dios. Y que es muy poco lo que sabemos acerca de su paz.

Si queremos hallar a Dios en medio de tanta aparatosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a él, para luego seguir en pos de él con toda sencillez. Hoy en día, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los “niños” y se oculta de los sabios y entendidos. Debemos allegarnos a él del modo más sencillo, y para ello, debemos valernos de medios esenciales, que son ciertamente muy pocos. Debemos evitar toda cosa que tienda a llamar la atención, y acercarnos a él con el candor y la sinceridad de la niñez. Si así lo hacemos, Dios no tardará en responder.

Cuando la religión ha dicho la última palabra, nada necesitamos sino a Dios mismo. La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide hallarle a él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing (“La Nube de lo Desconocido”), nos dice como podemos hacerlo: “Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a él, y no a sus dones. Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios.”

También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de todo, hasta de nuestra teología, pues “basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo únicamente de él.” Por debajo de estos pensamientos descansa la verdad del Nuevo Testamento, pues sigue explicando que “Dios te ha hecho, y te ha comprado, y movido por su tierna gracia, te llama.” Lo que él quiere es la sencillez. “Si queremos que se nos dé la religión envuelta y arrollada en una sola palabra, esta una palabra de dos sílabas, que por su misma pequeñez concuerda con la obra del Espíritu. Esta palabra es AMOR.”

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción. A esta tribu Dios le dijo simplemente “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo. Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento.

El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre.

¡Oh Dios! He probado tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado sediento por más. Reconozco que necesito más y más gracia. Estoy avergonzado de mi falta de interés. Oh Dios, Trino Dios, quiero tener más vivos deseos de tí; deseo que me llenes de esos deseos; quiero que me des más sed de tí. Te ruego que me hagas ver tu gloria, para que pueda conocerte mejor. Comienza dentro de mí una nueva obra de amor. Dile a mi alma, “¡Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y vente conmigo!” (Cantares 2:10 V.M.) Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de tí, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo. En el Nombre de Jesús, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 11–20). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Confiemos en Dios

Viernes 22 Febrero

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré.

Isaías 41:10

Confiemos en Dios

Los períodos más difíciles de la vida cristiana son quizá los tiempos de espera. Hay “valles” donde nos encontramos entre el temor y la esperanza, o entre la angustia y el socorro. No obstante, es en esos tiempos de crisis cuando la fe puede adquirir su verdadera madurez. Aprendamos a permanecer tranquilos, esperando en Dios (Salmo 37:7). A menudo solo vemos el giro de las circunstancias de la vida, en lugar de dirigir inmediatamente nuestras miradas hacia Él.

Muchas personas viven confiadas en el mundo. Se acostumbran a la comodidad, olvidando que todo proviene de Dios, y que las riquezas son inciertas. Cuando las cosas visibles sobre las cuales nos apoyamos comienzan a tambalear, nos desesperamos. El único fundamento firme, el único refugio, es la fidelidad de Dios, Dios mismo. “Mi refugio eres tú en el día malo” (Jeremías 17:17).

Los pensamientos de Dios hacia nosotros no son negativos, son pensamientos de paz. “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3). Cuando creemos esto, podemos contar con Dios. Él quiere conducirnos hasta el fin con bondad. Abandonemos toda confianza en nosotros mismos. Dios, ¿no es nuestro Dios? Nuestra espera y nuestra confianza en él serán más eficaces que todo apoyo humano.

¡Cuán bueno es esperar la liberación del Señor!

“Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría” (Daniel 2:20).

2 Samuel 15 – Hechos 6 – Salmo 25:11-15 – Proverbios 10:11-12

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Vuelve a Dios y él te acercará

Vuelve a Dios y él te acercará

Catherine Scheraldi de Núñez

“Así dice el Señor de los ejércitos: ‘Volveos a mí’ —declara el Señor de los ejércitos— ‘y yo me volveré a vosotros’ —dice el Señor de los ejércitos.” (Zacarías 1:3).

Nuestro Dios no es solamente un ser santo, sino que él es tres veces santo y cohabita con nosotros. Cuando estamos en pecado es tan traumático para nosotros que, por nuestro bien, él se esconde. Él no se aleja, somos nosotros quienes nos alejamos y entonces nos es más difícil oír su voz.

Adán y Eva, antes de Génesis 3 tenían una relación cara a cara con Yahweh; sin embargo, tan pronto el pecado entró en ellos, su reacción fue esconderse. ¿Por qué? Por miedo (Gn. 3:10). La reacción de Isaías fue parecida como leemos: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos” (Is. 6:5).

La reacción de Pedro en Lucas 5 no fue diferente, cuando él había estado pescando toda la noche sin éxito, Jesús le mandó echar las redes de nuevo y la cantidad de peces fueron tantos que las redes estaban rompiéndose; leemos en Lucas 5:8: “Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!”. Esta es la razón por la cual Dios nos había dicho en Éxodo 33:20: “No puedes ver mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir”. La analogía o comparación más cercana en que puedo pensar es esta: si nos acercáramos al sol, su brillantez quemaría nuestros ojos produciendo una ceguera, y el calor nos quemaría hasta la muerte.

En nuestra naturaleza, hay cosas que son imposibles para nosotros, y estar en la presencia del Señor sin haber recibido perdón por nuestros pecados, ¡es una de ellas!

Hay otra razón por la cual sentimos alejamiento de Dios que también es beneficiosa para nosotros, y es para que su ausencia produzca en nuestros corazones el deseo de volver donde él. En Salmos 27:5 leemos: “Porque en el día de la angustia me esconderá en su tabernáculo; en lo secreto de su tienda me ocultará; sobre una roca me pondrá en alto”.

Vivimos en un mundo caído, en medio de una guerra espiritual y las fuerzas de las tinieblas, aunque no son visibles, son palpables. Sin la protección de Dios, viviríamos sobrecogidos de miedo, con preocupaciones, ansiedad y vergüenza. El único sitio donde estamos protegidos es cuando estamos caminando con él. Es como si fuéramos caminado bajo la lluvia, mientras estamos bajo el paraguas de Dios, quedamos secos. Sin embargo, tan pronto salimos del paraguas, la lluvia nos moja. La única forma de erradicar estas emociones es a través del perdón de pecado por la obra de Jesucristo en la cruz, para que seamos adoptados en la familia de Dios. Y como hijos podemos decir: “si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Ro. 8:31). Nuestra capacidad de tener éxito depende totalmente de nuestra caminar con él (Jn. 15:5), y cuando persistimos en pecado, no solamente perdemos su protección, más aún Dios mismo es quien nos entrega a nuestros enemigos, de nuevo para nuestro bien, con el propósito de que volvamos a él (Ez. 39:23), porque sin él, la vida no solamente se vuelve de mal y peor, sino que carece de propósito.

Como cristianos tenemos muchos enemigos, ¡incluyendo nuestro propio corazón! Isaías 64:7 nos enseña: “Y no hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse de ti; porque has escondido tu rostro de nosotros y nos has entregado al poder de nuestras iniquidades”. Gálatas 5:17 nos demuestra la razón: “el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis”. Los deseos naturales de nuestro corazón son pecaminosos y la única forma de dominarlo es “Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne” (Gá. 5:16). Es importante identificar que nuestros enemigos incluyen los principados y potestades, el sistema del mundo y nuestro propio corazón. Sin el poder del Espíritu Santo iluminando nuestras vidas, nuestro corazón nos engaña (Jer. 17:9) y empeoramos cada día hasta destruir nuestras propias vidas.

Sin embargo, servimos a un Dios misericordioso, quien renueva su misericordia diariamente. Esto requiere que nos humillemos y volvamos a él.  “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores; y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Stg. 4:8). Sin arrepentimiento, el rostro de Dios sigue escondido, pero cuando volvemos a él, él es fiel y nos sana (Jer. 3:22). Por su misericordia, aún su disciplina tiene el propósito de sanarnos y volvernos a él (Is. 54:8).  Aunque su rostro se esconda, su oído se mantiene inclinado para oír nuestras suplicas (Sal. 22:24). Él es fiel a los suyos y “está cerca de todos los que le invocan, de todos los que le invocan en verdad” (Sal. 145:18).

Cuando nos volvemos a él, suplicamos su perdón y obedecemos de nuevo a sus estatutos, su presencia de nuevo se hace real a nosotros (Mal. 3:7). Dios es un Dios bueno, misericordioso, lleno de compasión y su anhelo es tenernos cerca para recibir su protección y para completar los planes de bienestar que él tiene para nosotros. Y aún más, cuando nos mantenemos cerca de él, tenemos la garantía que “los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor” (Sal. 34:15).

Y “como todas las cosas cooperan para bien” (Ro. 8:28), la misma misericordia de Dios es lo que produce el vacío y dolor en nuestras vidas cuando estamos en pecado para crear nuevamente el anhelo de estar cerca de él. Él no es un juez malo, sino un juez justo que está dándonos una nueva oportunidad de obtener los beneficios que Él anhela darnos. Regresa a él, para que él te limpie y te dé un corazón nuevo.

Puedes encontrar más contenido de Catherine Scheraldi de Núñez en su programa Mujer para la Gloria de Dios, dirigido a mujeres con el fin de  orientarles acerca de cómo vivir su diseño para la gloria de Dios, en Radio Eternidad.

Lo fundamental del liderazgo es el carácter

Lo fundamental del liderazgo es el carácter

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado de Un líder de convicciones: 25 principios para un liderazgo relevante. Albert Mohler. B&H Publicaciones.

Los líderes no son máquinas y sus seguidores tampoco lo son. Somos seres humanos de carne y hueso que debemos realizar constantes juicios en relación con la confianza. Pareciera que existe un instinto dentro de nosotros que gravita hacia aquellos en quienes podemos confiar y que mira con cautela a los que no inspiran tal confianza. Dentro de nosotros, tenemos una especie de detector de confianza que funciona constantemente, y aprendemos a depender de él incluso desde pequeños. El liderazgo es tan antiguo como la humanidad y también lo es la preocupación por el carácter de los líderes.

Nuestra dificultad para tratar la cuestión de carácter está directamente relacionada con que no tenemos un concepto común de lo que verdaderamente implica el carácter. Este es el punto en el cual el líder cristiano debe tener un llamado al carácter mucho más profundo y urgente; un llamado al carácter que no se trate solo de una cuestión de personalidad pública, no una mera negociación con las confusiones morales de nuestra propia era. Como seguidores de Cristo, sabemos que la afirmación de que podemos tener una vida privada y una pública con diferentes términos morales no tiene legitimidad. Además, también sabemos que los términos morales a los que nos debemos no los establecemos nosotros; Dios los ha revelado en Su Palabra. «Pues como piensa dentro de sí, así es» (Prov. 23:7, LBLA).

La Biblia revela que el carácter es una condición de nuestro corazón. El Antiguo Testamento contiene las leyes mediante las cuales Israel debía aprender sobre el carácter, y el Nuevo Testamento presenta a la Iglesia como una comunidad de carácter. Jesús les dijo a Sus discípulos que debían vivir ante el mundo de modo que su carácter fuera tan evidente que la gente diera gracias a Dios.

Aquellos a quienes lideramos esperan que vivamos y lideremos en concordancia con nuestras convicciones.

Como comunidad de carácter, los cristianos debemos reflejar los compromisos morales a los cuales se nos ha llamado. Tal como Jesús dejó en claro, la credibilidad moral del evangelio depende de aquellos que han sido transformados por la gracia y la misericordia de Dios, y que demuestran esa transformación en toda dimensión de la vida. Dentro de la iglesia, el liderazgo recae sobre aquellos cuya luz brilla con integridad y poder.

La Iglesia debe vivir de acuerdo a la Palabra de Dios y del evangelio de tal manera que los demás se queden rascándose la cabeza, preguntándose cómo es posible que la gente viva así. ¿Por qué se aman los unos a los otros? ¿Por qué son tan generosos? ¿Por qué siguen casados con su primer cónyuge? ¿Por qué viven con tanto esmero? El líder eficaz sabe que las expectativas con respecto al carácter comienzan desde arriba.

Aquellos a quienes lideramos esperan que vivamos y lideremos en concordancia con nuestras convicciones. No se quedarán satisfechos con el carácter que se presente solo en público, una simulación de algo que no somos. Tienen hambre y sed de un verdadero liderazgo y de verdaderos líderes. Han visto adónde conduce el liderazgo sin un carácter recto y no quieren saber nada con él. Una vez que declaramos nuestras convicciones, se esperará que vivamos de acuerdo a ellas en público y en privado. Las convicciones vienen primero, pero el carácter es el producto de esas convicciones. Si no, nuestro liderazgo se hará pedazos y se quemará.

El carácter es indispensable para la credibilidad y la credibilidad es esencial para el liderazgo. Los líderes de carácter producen organizaciones de carácter porque este, al igual que la convicción, es contagioso. Los seguidores se sienten atraídos a aquellos cuyo carácter es tal que lo desean para sí mismos.

El Dr. R. Albert Mohler Jr. es el presidente del Southern Baptist Theological Seminary(Lousville, Kentucky) y una de las voces de mayor influencia en el panorama evangélico de los Estados Unidos actualmente. El Dr. Mohler es conocido por su firme y clara defensa del evangelio y por su fidelidad a las Escrituras. Puedes seguir sus publicaciones mediante su sitio web, Twitter y Facebook.

Lo fundamental del liderazgo es el carácter

Promesas de Jesús para los suyos

Jueves 21 Febrero

El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Juan 14:26

Promesas de Jesús para los suyos

Leer el evangelio según Juan 14:15-31

Jesús iba a dejar a sus amados discípulos, pero no quedarían huérfanos. La primera promesa que les hizo fue que les enviaría una Persona divina para consolarlos, sostenerlos y ayudarlos: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16). El Espíritu Santo no solo estaría con los creyentes, sino en ellos, para instruirlos: “El Espíritu Santo… os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (v. 26). El Señor lo llama “otro Consolador”, porque él mismo sigue siendo el Consolador celestial, el Abogado que está junto al Padre (1 Juan 2:1).

Jesús hizo tres promesas más a los suyos: la vida nueva, que fluye de la suya (Juan 14:19); una cercanía particular en el amor del Hijo y del Padre, para quien muestre su afecto guardando sus mandamientos (v. 21, 23); y finalmente la paz, su propia paz: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (v. 27). ¡Cuán real es que él no la da “como el mundo la da”! El mundo ofrece poco y toma mucho, distrae y aturde la conciencia. Actúa como un tranquilizante engañando momentáneamente las inquietudes y los tormentos del alma. Pero esto es solo una paz ilusoria. La paz que Jesús da satisface el corazón, y es eterna.

Finalmente, el Señor dio a entender a sus discípulos que si tenían verdadero amor por él, no debían tratar de retenerlo egoístamente en la tierra, sino regocijarse con su gozo (v. 28).

Extracto de «Cada día las Escrituras»

2 Samuel 14 – Hechos 5:17-42 – Salmo 25:6-10 – Proverbios 10:9-10

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Clases de frutos espirituales

Febrero 20

Clases de frutos espirituales

Para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra. (Colosenses 1:10)

¿Qué clase de frutos glorifica a Dios? Filipenses 1:11 dice: “Llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios”. La justicia, que es hacer lo bueno, es el fruto que Dios desea en nuestra vida. Cuando hacemos lo bueno, glorificamos a Dios; cuando hacemos lo malo, no lo honramos. El fruto es sinónimo de justicia.

Hay dos clases de frutos espirituales: el fruto de la acción, que consiste en dar, guiar a otros a Cristo y expresar gratitud a Dios, y el fruto de la actitud. Gálatas 5:22-23 describe el fruto de la actitud: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”.

¿Cómo puede usted asumir las actitudes correctas? El versículo 25 dice: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. Cuando le ceda al Espíritu Santo el control de su vida, Él impregnará su vida y producirá el debido fruto.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Usted podrá reproducir este contenido de Gracia a Vosotros sin fines comerciales de acuerdo con la política de Derechos de Autor de Gracia a Vosotros. Disponible sobre el Internet en: www.gracia.org

El Evangelio entre los indígenas

Miércoles 20 Febrero

El evangelio… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Romanos 1:16

Dios nuestro Salvador… quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

1 Timoteo 2:3-4

El Evangelio entre los indígenas

El joven misionero David Brainerd (1718-1747), yendo a una aldea indígena, se detuvo en un bosque para pasar la noche. Antes de acostarse oró fervientemente, sin darse cuenta de que algunos aldeanos lo habían seguido. En ese momento espiaban detrás de los árboles la misteriosa escena del «rostro pálido» que imploraba a Dios. Habían decidido matarlo, pues pensaban que los blancos emborrachaban a los indios para robarles sus pertenencias. Sin embargo, después de haber visto al misionero postrado en tierra, dirigiéndose al «Gran Espíritu», se retiraron discretamente.

Al día siguiente el joven, ignorando lo que había sucedido la noche anterior, siguió su camino y tuvo una inesperada recepción en la aldea. Los indígenas rodearon al misionero, quien les leyó el capítulo 53 de Isaías. Más tarde él escribió: «Muchos se emocionaron, y cuando les hablé de la salvación de sus almas, comenzaron a sollozar. Me escucharon atentamente hasta el fin. Les hablé del amor y de la compasión de Dios, quien envió a su propio Hijo para morir por los pecados de los hombres. Para mí fue una sorpresa ver cómo sus corazones parecían traspasados por el Evangelio».

Aún hoy el Evangelio del amor de Dios es anunciado. Con frecuencia la vida de los cristianos es el testimonio más poderoso. Aquí vemos cuán provechosa fue la actitud de oración del misionero para que todo el pueblo prestara atención al Evangelio. Y nosotros, ¿sabemos orar con la misma convicción?

2 Samuel 13 – Hechos 5:1-16 – Salmo 25:1-5 – Proverbios 10:7-8

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¿Qué tanta autoridad debería tener un pastor sobre la iglesia?

¿Qué tanta autoridad debería tener un pastor sobre la iglesia?

La iglesia es llamada «la grey de Dios» (1 Pedro 5:2), «la herencia de Dios» (1 Pedro 5:3), y «la iglesia de Dios» (Hechos 20, 28). Jesús es «cabeza de la Iglesia» (Efesios 5:23) y «el príncipe de los pastores» (1 Pedro 5:4). La iglesia pertenece a Cristo, y Él es la autoridad sobre ella (Mateo 16:18). Esto es verdad no sólo respecto a la iglesia local, sino al cuerpo universal de Cristo.

El modelo de Dios para edificar Su iglesia, incluye usar hombres con la función de pastor. El pastor es en primer lugar un anciano, y junto con los otros ancianos, el pastor es responsable de lo siguiente:

1) Supervisar la iglesia (1 Timoteo 3:1). El principal significado de la palabra obispo es «sobreveedor». La responsabilidad del pastor y de los otros ancianos, es la supervisión general del ministerio y el funcionamiento de la iglesia. Esto incluiría el manejo de finanzas dentro de la iglesia (Hechos 11:30).

2) Gobernar la iglesia (1 Timoteo 5:17). La palabra que se traduce como «gobernar», significa literalmente «comparecer ante». La idea es guiar o asistir, con un énfasis en ser una persona que cuida de manera diligente. Esto incluiría la responsabilidad de ejercer la disciplina en la iglesia y reprobar a aquellos que se han apartado de la fe (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:11-13).

3) Alimentar a la iglesia (1 Pedro 5:3). Literalmente, la palabra pastor significa «pastor de ovejas». El pastor tiene una tarea de «alimentar el rebaño» con la Palabra de Dios y de guiarlos en la forma adecuada.

4) Mantener la doctrina de la iglesia (Tito 1:9). La enseñanza de los apóstoles fue encomendada a «hombres fieles» que enseñarían también a otros» (2 Timoteo 2:2). Preservar la integridad del evangelio, es uno de los llamados más grandes del pastor.

Algunos pastores consideran el título de «supervisor», como si fuera un mandamiento para estar haciendo de todo. Si se trata de manejar el sonido, de escoger algunas canciones para el domingo, o de recoger los cobertores para la sala cuna, algunos pastores sienten que su responsabilidad es estar involucrados en cada decisión. Esto no sólo es agotador para el pastor, quién además asiste a cada reunión del comité, sino que además obstaculiza a otros para que puedan usar sus dones en la iglesia. Un pastor puede supervisar y delegar al mismo tiempo. Así mismo, el modelo bíblico de una pluralidad de ancianos, junto con los diáconos nombrados para ayudar al pastor y los ancianos, evita que el pastorado sea controlado por una sola persona.

El mandamiento de «gobernar» la iglesia, a veces se lleva al extremo. Una responsabilidad oficial del pastor es gobernar la iglesia junto con los ancianos, y su enfoque principalmente debe ser espiritual, atendiendo asuntos tales como edificar a los creyentes y equipar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4:12). Hemos escuchado de pastores que parecen más dictadores que pastores que tienen sus ovejas, exigiéndoles a las personas que están bajo su autoridad que deben solicitar su permiso antes de realizar una inversión, o irse de vacaciones, etc. Parece que estos hombres simplemente desean control y no son aptos para gobernar la iglesia de Dios (ver 3 Juan 9-10).

1 Pedro 5:3 contiene una descripción maravillosa de un ministerio pastoral equilibrado: «No como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey». La autoridad del pastor no es para que él se «enseñoree» de la iglesia; más bien, un pastor debe ser un ejemplo de verdad, de amor y de piedad, para que el rebaño de Dios lo pueda seguir. (Ver también 1 Timoteo 4:12). Un pastor es un «administrador de Dios» (Tito 1:7), y él es responsable ante Dios por su liderazgo en la iglesia.

Usado con permiso del Ministerio Got Questions

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

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Llevar frutos

Febrero 19

Llevar frutos

El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto. (Juan 15:5)

Teníamos un melocotonero en el traspatio, y un año tuvo muchísimos melocotones. ¡Tuvimos suficientes como para alimentar a todo el vecindario! Otro año, no pudimos encontrar ni un melocotoncito. Algunos cristianos pueden ser así, mostrando poca evidencia de ser de Dios; pero Dios quiere que crezcamos y produzcamos mucho fruto para su gloria.

El fruto que usted lleva es la manifestación de su carácter, y la única forma de que las personas sepan que usted es un hijo de Dios. Él quiere presentarse al mundo por medio de lo que produce en usted, de modo que su carácter está en juego en el fruto de usted. Él quiere que usted produzca mucho más de lo que puede producir el mundo o la carne.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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¿Hábil o experto?

Martes 19 Febrero

Ninguno… podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás).

Salmo 49:7-8

¿Hábil o experto?

Hay personas habilidosas a quienes les gusta reparar las cosas que se les averían. Sin embargo, a veces se empeñan en intentarlo durante horas, pero sin éxito. Finalmente deben recurrir a expertos en la materia.

Nuestra situación en el plano moral es análoga. Tratamos de reparar, pero nuestros esfuerzos son inútiles, y a menudo caemos en las mismas cosas. En cuanto a quitar nuestra culpa, somos totalmente incapaces de hacerlo. Fácilmente nos convencemos de que el pecado no es tan terrible, y que podemos eliminarlo con «remiendos»: recubriendo el óxido con una capa de pintura, ¡todo brilla otra vez como antes!

¡Qué error! La solución es ir directamente al experto, volvernos hacia nuestro Creador. ¿Quién mejor que él conoce nuestra vida y sus secretos más íntimos? “El Señor… aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones” (1 Corintios 4:5). ¿Y quién, sino él, puede reparar todo?

Dios mismo nos invita a volvernos a él: “Mirad a mí, y sed salvos” (Isaías 45:22). Él nos ofrece, por la fe en Jesucristo, el perdón de nuestros pecados y una vida nueva.

No tratemos de reparar nuestra alma. Si vamos a Jesús sin rodeos, nos evitaremos muchas penas y decepciones. Vayamos pues a Aquel que dijo: “Venid luego… y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).

2 Samuel 12 – Hechos 4 – Salmo 24:7-10 – Proverbios 10:5-6

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