El uso de la Palabra de Dios

Febrero 26

El uso de la Palabra de Dios

Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. (Deuteronomio 6:6-7)

El crecimiento espiritual no puede ocurrir sin el aprendizaje regular de la Palabra de Dios, así como el crecimiento físico no puede ocurrir sin la ingestión regular de alimentos. ¡Por eso comer es una necesidad diaria! Ir a la iglesia el domingo para oír un mensaje y luego esperar que eso sea suficiente para toda la semana es como cenar el domingo y esperar que eso lo sostenga a uno hasta el domingo siguiente. Usted necesita comer todos los días de la semana. Lo mismo puede decirse de lo espiritual: debe haber una alimentación diaria de la Palabra de Dios para el óptimo crecimiento.

Los cristianos de experiencia saben que hay incluso mayor gloria en dar la Palabra que en alimentarse de ella. Cuando usted predica la Palabra, la está cimentando en su propia vida. De esa manera, se vuelve realidad el dicho “Cuanto más se da, tanto más se tiene”. He descubierto que tiendo a recordar lo que enseño a los demás, pero olvido lo que leo y nunca enseño. Así que déle prioridad a enseñar a otros lo que está aprendiendo de la Palabra de Dios cada día.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Jesús sanó mi corazón

Martes 26 Febrero

(Jesús dijo:) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Juan 14:27

Jesús sanó mi corazón

Testimonio

«Nací en una familia cristiana y fui educada según las enseñanzas de la Biblia, aunque no las seguía ni las respetaba. Por el contrario, era muy rebelde con mis padres. Pero lo que yo no sabía era que Dios en su gran bondad y amor infinito tenía un plan para mí.

En el año 2010 contraje una rara enfermedad. Es una afección que ataca los músculos, ligamentos y articulaciones. Lo peor es que no existe ningún tratamiento, y los dolores persisten día y noche.

Una tarde fui a una reunión cristiana. A través de la predicación, Dios obró profundamente en mi corazón. Esa misma tarde supe que mi vida ya no me pertenecía: ahora era de Cristo. Me sentí liberada, transformada. La paz reinaba en mi corazón.

Hoy, después de años de sufrimiento, me doy cuenta de que una vida con Dios es un cambio radical y una gracia infinita. Nunca le he pedido a Dios que me sane de mi enfermedad; sé que si es su voluntad sanarme, lo hará, lo creo sinceramente. Todo lo que quiero es conocer cada día más a Jesús mi Salvador.

Dios me concede la gracia de poder dar testimonio de lo que él hizo por mí. Y les digo, una vida sin Dios, sin Jesús, es desdichada. Mi vida no es nada, yo no soy nada, solo por la gracia de Dios puedo ser lo que Cristo quiere que sea».

Suzanne P.

“He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación… Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11, 13).

2 Samuel 19:1-23 – Hechos 8:26-40 – Salmo 27:1-4 – Proverbios 10:19

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¿Cuál es la religión verdadera?

«¿Cuál es la religión verdadera?»

Respuesta: La religión puede ser definida como “la creencia en Dios o dioses, que deben ser adorados, usualmente expresada mediante conductas y rituales”, o “cualquier sistema específico de creencia, adoración, etc., que con frecuencia incluye un código de ética”. Más del 90% de la población mundial está adherida a alguna forma de religión. El problema es que hay demasiada diversidad de religiones. ¿Cuál es la religión correcta? ¿Cuál es la religión verdadera?

Los dos ingredientes más comunes en las religiones son, reglas y rituales. Algunas religiones son esencialmente solo una lista de reglas de hacer o no hacer, que una persona debe observar a fin de ser considerado como un fiel partidario de esa religión y, por lo tanto, justo ante el Dios de esa religión. Dos ejemplos de religiones basadas en las reglas son el Islamismo y el Judaísmo. El Islam tiene sus cinco pilares que deben ser observados. El Judaísmo tiene cientos de mandamientos y tradiciones que deben ser observados. Ambas religiones, hasta cierto punto, sostienen que, obedeciendo las reglas de la religión, una persona será considerada justa ante Dios.

Otras religiones se enfocan más en la observancia de rituales, en lugar de la obediencia a una lista de reglas. Mediante la ofrenda de este sacrificio, desempeñando esta tarea, participando en este servicio, consumiendo esta comida, etc., una persona es hecha justa ante Dios. El ejemplo más prominente de una religión basada en rituales es el Catolicismo Romano. El Catolicismo Romano afirma que, siendo bautizado con agua en la infancia, participando en la Misa, confesando los pecados al sacerdote, ofreciendo oraciones a los santos en el Cielo, siendo ungido por un sacerdote antes de la muerte, etc., etc., Dios aceptará a tal persona en el Cielo después de su muerte. El Budismo e Hinduismo también son religiones basadas principalmente en rituales, pero también pueden ser consideradas en menor grado como religiones basadas en reglas.

La verdadera religión ni está basada en reglas ni en rituales. La verdadera religión es una relación con Dios. Dos cosas que todas las religiones sostienen son, que, de alguna manera, la humanidad está separada de Dios y que necesita ser reconciliada con Él. Las religiones falsas buscan resolver este problema mediante la observancia de reglas y rituales. La verdadera religión resuelve el problema mediante el reconocimiento de que solo Dios puede restablecer esa separación, y que Él ya lo ha hecho. La verdadera religión reconoce lo siguiente:

• Todos hemos pecado y por tanto estamos separados de Dios (Romanos 3:23)

• Si esto no es rectificado, el justo castigo por el pecado es la muerte y la separación eterna de Dios después de la muerte (Romanos 6:23)

• Dios vino a nosotros en la Persona de Jesucristo quien murió en nuestro lugar, tomando el castigo que todos merecemos, y resucitando de entre los muertos para demostrar que Su muerte fue un sacrificio suficiente (Romanos 5:8; 1 Corintios 15:3-4; 2 Corintios 5:21).

• Si recibimos a Jesucristo como el Salvador, confiando en Su muerte como el pago completo por nuestros pecados, somos perdonados, salvos, redimidos, reconciliados, y justificados ante Dios (Juan 3:16; Romanos 10:9-10; Efesios 2:8-9).

La religión verdadera tiene reglas y rituales, pero hay una diferencia crucial. En la religión verdadera, las reglas y rituales son observados por gratitud a la Salvación que Dios proveyó – NO en un esfuerzo por obtener esa salvación. La religión verdadera, la cual es el Cristianismo Bíblico, tiene reglas que hay que obedecer (no matarás, no cometerás adulterio, no mentirás, etc.) y rituales que observar (el bautismo en agua por inmersión y la Cena / Comunión del Señor). La observancia de estas reglas y rituales no es lo que nos hace una persona justa ante Dios. Más bien, estas reglas y rituales son el RESULTADO de nuestra relación con Dios, por gracia a través de la fe en Jesucristo solamente como el Salvador. La religión falsa es hacer cosas (reglas y rituales) para tratar de ganar el favor de Dios. La religión verdadera es recibir a Jesucristo como Salvador y por ese medio obtener una correcta relación con Dios – y entonces hacer las demás cosas (reglas y rituales) por el amor a Dios y el deseo de acercarnos más a Él.

¿Ha hecho usted una decisión por Cristo, por lo que ha leído aquí? Si es así, por favor oprima la tecla “¡He aceptado a Cristo hoy!”

Usado con permiso del Ministerio Got Questions

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

Alabanza por las respuestas

Febrero 25

Alabanza por las respuestas

Orad sin cesar. Dad gracias en todo. (Tesalonicenses 5:17-18)

Cuando Dios contesta la oración acerca de determinada situación, tenemos el privilegio de ser parte de su obra y de alabarlo por ella. Cuando no participamos mediante la oración, perdemos la oportunidad de darle gloria.

Suponga que alguien fuera a una reunión de oración y dijera: “Ha ocurrido algo maravilloso: la señora a quien le he estado dando testimonio ha entregado su corazón a Cristo. Ahora es creyente y está aquí con nosotros esta noche. Gracias por orar por ella durante estos últimos meses”. Las personas presentes pueden alabar al Señor, en particular quienes habían estado orando por la conversión de esa mujer.

Pero también habría algunos que, aunque dando alabanza, no se sentirían como que han participado porque no habían orado por la señora. Hay que participar en lo que Dios está haciendo para que pueda alabar con sinceridad.

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Bienaventurados los misericordiosos

Lunes 25 Febrero

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Mateo 5:7

Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

Lucas 6:36

Las bienaventuranzas

Bienaventurados los misericordiosos (5)

En la Biblia, ser misericordioso significa identificarse con el sufrimiento del otro y actuar en consecuencia. Ella nos habla de “la entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lucas 1:78), que nos invita a comprender el sufrimiento de los demás, procurando aliviar la miseria de nuestro prójimo. Cristo realizó concretamente lo que expresa el nombre de Dios: “misericordioso y piadoso… grande en misericordia y verdad” (Éxodo 34:6).

Esta bienaventuranza parece simple de comprender, aun cuando no encaja con la imagen un poco egoísta que nos hacemos de la felicidad. No obstante, notemos que la misericordia de Dios hacia nosotros no depende de la nuestra hacia los demás. Varios versículos de la Biblia dicen claramente lo contrario. El amor de Dios, su gracia y su misericordia están siempre en primer lugar. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

No se trata de una especie de trato con Dios. No puedo hacer una demostración heroica de misericordia hacia los demás, esperando que, a cambio, Dios tenga misericordia de mí. Más bien, solo podré disfrutar de la misericordia divina al ser misericordioso, sensible a la miseria que me rodea.

La misericordia tuvo un lugar central en la vida y las enseñanzas del Señor Jesús. La ejerció continuamente hacia los que sufrían: se conmovía y los sanaba. Ahora invita a todos los que creen en él a seguir sus pisadas, mostrando así algo de lo que Dios es.

(continuará el próximo lunes)

2 Samuel 18 – Hechos 8:1-25 – Salmo 26:8-12 – Proverbios 10:17-18

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Asidos a Dios

Tozer.A.W

Asidos a Dios

Gustad y ved. Salmo 34:8

Fue el canónigo Holmes, de la India, quien allá por 1920, llamó la atención al carácter inferencial que tiene la fe de muchos hombres. Para la mayoría de la gente Dios es una inferencia, no una realidad. Es una deducción de evidencias que consideran adecuadas, pero El permanece desconocido para el individuo. “Debe haber un Dios —dicen— por lo tanto, creemos en él.” Otros ni llegan siquiera a tanto. Conocen a Dios por lo que oyen hablar de él. Nunca se han preocupado de dilucidar el asunto por ellos mismos, y han puesto la creencia en Dios en el fondo de sus mentes, junto con otra variedad de conocimientos que tienen. Para muchos otros Dios no es más que un ideal, impersonificado como lo bueno, lo bello, lo verdadero. O lo consideran como el principio vital o el impulso creador del fenómeno de la existencia. Las nociones acerca de Dios son muchas y variadas, y aquellos que las sustentan tienen todos una cosa en común: no conocen a Dios en una manera personal. Ni siquiera se les ha ocurrido que esto pueda ser posible. Aunque no niegan su existencia, no creen que sea posible conocerle como a cualquier otra persona o cosa.

Los cristianos, por supuesto, van más allá de esto, a lo menos en teoría. Su credo les exige creer en la personalidad de Dios, y se les ha enseñado a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Ahora bien, la personalidad y la paternidad de una persona, conllevan la idea de conocerle personalmente. Esto lo admiten millones de cristianos, sin embargo, Dios no es más personal para ellos que para millones de no cristianos. Viven tratando de amar un ideal y de ser fieles a un mero principio.

Contra toda esta nube de vaguedad e incertidumbre se destaca la clara luz de las Sagradas Escrituras que afirman que es posible conocer a Dios personalmente. Una amante Personalidad domina toda la Biblia, caminando entre los árboles del huerto y respirando la fragancia de cada escenario. Siempre está presente como persona viva, hablando, rogando, amando, trabajando, y manifestándose personalmente cuandoquiera y dondequiera su pueblo tiene la receptividad necesaria para recibir esa manifestación.

La Biblia asume como hecho indiscutible que el hombre puede conocer a Dios, con la misma facilidad conque puede conocer cualquier persona u objeto que cae dentro de la esfera de su experiencia. Al referirse al conocimiento de Dios emplea los mismos términos que usa al tratar del conocimiento de objetos físicos. “Gustad y ved que es bueno Jehová.” “Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos: en estancias de marfil te han recreado.”

”Mis ovejas oyen mi voz.” “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Estos son solo cuatro de los innumerables pasajes de esa clase que se hallan en la Palabra de Dios. Pero más importante que cualquier texto que citemos como prueba es el hecho de que todas las Escrituras conducen a esta creencia.

¿Qué otra cosa pueden significar estos versículos sino que en nuestro corazón tenemos órganos con los cuales podemos conocer a Dios con la misma facilidad conque conocemos las cosas materiales con los cinco sentidos? Conocemos el mundo físico por medio de las facultades naturales con que se nos ha provisto, y podemos conocer a Dios por medio de facultades espirituales, siempre que obedezcamos al Espíritu y sepamos usarlas.

Por supuesto, primeramente debe realizarse en el corazón una obra regeneradora. Las facultades del hombre no regenerado yacen dormidas en él. No las usa, y puede decirse que están muertas. Este es el castigo que cayó sobre el pecado. Al efectuarse la regeneración, el Espíritu reanima esas facultades, y este es uno de los grandes beneficios que recibimos en la obra de salvación realizada por Jesús en el Calvario.

Pero, ¿a qué se debe que los hijos e hijas de Dios sepan tan poco de esa habitual comunión conciente que se ofrece en las Escrituras? La respuesta puede ser: se debe a nuestra crónica incredulidad. La fe es lo que hace que nuestro sentido espiritual comience a funcionar. Cuando la fe es defectuosa el espíritu se cierra, y nos hacemos insensibles interiormente y ciegos para las cosas esperituales. Este es el estado en que se encuentran muchos cristianos de hoy en día. No es necesario presentar pruebas para apoyar esta declaración; basta que hablemos con cualquier cristiano por ahí o entremos a la primera iglesia que esté abierta.

Hay todo un mundo espiritual que nos rodea y nos ciñe, esperando que lo reconozcamos. Dios mismo está a la espera que reconozcamos su presencia. Ese mundo espiritual, eterno y gigantesco, se nos hará evidente y sustancial en el mismo momento que reconozcamos su realidad.

Acabo de emplear dos palabras que requieren explicación, si es que la hay. Ellas son “reconocer” y “realidad.”

¿Qué entendemos por “realidad”? Es aquello cuya existencia no depende de lo que yo, u otras personas, podemos pensar y concebir, algo que existe aunque no haya nadie que pueda pensar en ello. Algo real por sí mismo, que no depende del observador para su validez.

Sé muy bien que hay gente que hace chistes respecto al concepto de realidad. Son los idealistas, que urgen infinitas pruebas tratando de demostrar que fuera de la mente no hay realidad ninguna. Y son también los relativistas que dicen no haber en el universo ningún punto fijo a partir del cual se pueda medir algo. Ellos se ríen de nosotros, y nos califican con el mote, despectivo para ellos, de “absolutistas.” Pero el cristiano no pierde la serenidad por ello. Mas bien se ríe a su vez de los que lo tratan así, porque sabe que hay un Absoluto, y ese Absoluto es Dios. Y sabe también que ese Ser Absoluto ha creado el mundo para el uso del hombre, y aunque no hay nada fijo o real en el significado de las palabras (cuando aplicadas a Dios) para todos los fines de la vida humana se nos permite proceder como si lo hubiera. Y cada ser humano procede así, excepto los que están mentalmente enfermos. Estos seres infortunados también tienen problemas con la realidad; pero son tercos, y quieren vivir solo de acuerdo con sus propias ideas que se han formado de todas las cosas. Son sinceros, pero debido a esa misma sinceridad y honradez, se han creado un problema social.

Los idealistas y los relativistas no están mentalmente enfermos. Demuestran su buen sentido viviendo de acuerdo a nociones verdaderas de la realidad, aunque teóricamente las están rechazando. Las ideas de estos pensadores serían mucho más dignas de respeto si ellos vivieran conforme a lo que dicen, pero se cuidan muy bien de hacerlo. Sus ideas surgen del cerebro, no de la vida. Cada vez que algo afecta su vida, repudian sus propias teorías y viven igual que los demás.

El cristiano es demasiado sincero para ponerse a jugar con las ideas por el puro gusto de hacerlo. No le agrada tejer telas solo para darse el placer de exhibirlas. Todas sus creencias son prácticas y están engranadas en su vida. Por ellas vive, o muere, está en pie, o cae, en este mundo y para la eternidad. El cristiano no encuentra placer en la relación con personas cuya sinceridad no le inspira confianza. Por eso prefiere alejarse de ellas.

El hombre sencillo y sincero sabe que el mundo es real. Cuando llega al uso de razón se da cuenta de que existe, y vive en él. El mundo lo estaba esperando cuando él nació, y el mundo le dirá adiós cuando él parta para la eternidad. Por su profunda sabiduría de la vida, es más sabio que millones de hombres que dudan. Parado sobre la tierra siente el viento y la lluvia golpearle el rostro, y sabe que estas cosas son reales. Durante el día ve el sol, y durante la noche contempla las estrellas. Ve el rayo brotar del vientre de las nubes de tormenta, y oye los sonidos de la naturaleza y los gemidos y quejidos del alma humana. Sabe muy bien que todo esto son cosas verdaderamente reales. Por las noches se acuesta en la mullida tierra sin temor de que ésta sea una ilusión, que podría desaparecer mientras duerme. Cuando amanezca, el firmamento azul seguirá sobre él, y la tierra seguirá siendo su cama, y las peñas y los árboles lo seguirán rodeando, como lo hacían cuando se acostó. Por eso vive y se regocija en un mundo real.

Por medio de sus cinco sentidos se relaciona con el mundo de la realidad, y las facultades que Dios le ha dado lo ayudan a utilizar todo lo que necesita para vivir en el mundo en que vive.

Bien. Por propia definición sabemos que Dios es real. Es real en el sentido único en que solo Dios puede serlo. Todas las otras realidades dependen de la de él. La Gran Realidad es Dios, de quien dependen todas las otras realidades inferiores, las cuales constituyen la suma de lo creado, incluyendo a nosotros mismos. La existencia de Dios no depende de lo que nosotros pensemos de él, porque él tiene una existencia objetiva, aparte de cualquier noción que nosotros tengamos. El corazón que lo adora no está creando el Objeto de su adoración. Lo encuentra aquí y ahora, cuando despierta de su sueño espiritual en la mañana de la regeneración.

Otra de las palabras que debemos aclarar es “reconocer.” Esta palabra no significa ver o imaginar algo. El imaginar no es un acto de fe. Las dos cosas no solo son diferentes sino que se oponen la una a la otra. La imaginación proyecta imágenes ficticias, y trata de asignarles realidad. La fe no crea nada: sencillamente reconoce lo que ya está allí.

Dios y el mundo espiritual tienen existencia real. Podemos contar con ellos con tanta seguridad como lo hacemos con el mundo familiar que nos rodea. Tenemos delante de nosotros las cosas espirituales invitándonos a que las reconozcamos.

Nuestra dificultad estriba en que tenemos malos hábitos de pensamiento. Por lo corriente pensamos del mundo visible como el único real, y ponemos en duda la realidad de cualquier otro. No negamos la existencia del mundo espiritual, pero nos cuesta aceptar que sea real en el pleno sentido de la palabra.

El mundo de los sentidos se introduce continuamente, y capta nuestra atención diaria a todo lo largo de nuestra vida. Es clamoroso, insistente y acaparador. No apela a nuestra fe. Asalta a nuestros cinco sentidos, y exige que lo reconozcamos como la cosa más real y definitiva. Y el pecado ha empañado de tal modo los cristales de nuestro corazón que no podemos ver la otra realidad, La Ciudad de Dios destellando alrededor nuestro. El mundo de los sentidos es el que triunfa. Lo visible se constituye enemigo de lo invisible; lo temporal se opone a lo eterno. Esa es la herencia que Adán dejó a sus descendientes.

En la raíz de la vida cristiana descansa la creencia en lo invisible. El objeto de la fe cristiana es la realidad invisible.

Nuestro erróneo modo de pensar, acuciado por la ceguera natural de nuestro corazón, y la ubicuidad intrusa de las cosas visibles, tienden a formar el contraste entre lo espiritual y lo real. Pero la verdad es que no hay tal contraste. La antítesis yace en otra parte: entre lo real y lo imaginario; pero nunca entre lo espiritual y lo real. Lo espiritual es real.

Si vamos a elevarnos a las regiones de la luz y el poder espiritual que nos marcan las Sagradas Escrituras, debemos perder el mal hábito de ignorar lo espiritual. Debemos trasladar nuestro interés de lo visible a lo invisible, porque la gran Realidad invisible es Dios. “Es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). Esto es fundamental en la vida de fe. Desde aquí podemos elevarnos a alturas inimaginables. El Señor Jesucristo dijo, “Creéis en Dios, ¡creed también en mí!” Sin lo primero no puede ocurrir lo segundo.

Si realmente deseamos seguir a Dios debemos procurar vivir en otro mundo. Digo esto sabiendo bien que las gentes del mundo han usado estas palabras en forma despectiva y las han aplicado a los cristianos en forma de reproche. Que así sea. Cada hombre tiene que elegir su propio mundo. Si aquellos que voluntariamente seguimos en pos de Cristo, elegimos deliberadamente el Reino de Dios, porque eso es lo único que nos interesa, no veo por qué hayan de oponerse a nuestra decisión. Si perdemos a causa de ello, la pérdida es solo nuestra; si ganamos, a nadie le robamos lo que es suyo. El “otro mundo,” que es el objeto del desdén de este mundo, y el canto de burla de los borrachos, es el punto de destino que hemos elegido y al cual nos dirigimos con santa pasión.

Pero debemos evitar el error común de poner ese mundo exclusivamente en el futuro. No es un mundo futuro, sino presente. Es paralelo a nuestro familiar mundo físico que conocemos, y las puertas de acceso para ambos están abiertas. El escritor de la carta a los Hebreos dice: “Os habéis allegado (y el verbo está en tiempo presente) al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogénitos que están alistados en los cielos, y a Dios el juez de todos y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el mediador del nuevo testamento, y a la sangre del esparcimiento, que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:22–24). Todas estas cosas están en contraste con “el monte que se podía tocar, el sonido de la trompeta y la voz de las palabras que se podían oir” (Hebreos 12:18–19). ¿No podemos concluir que así como el monte Sinaí podía ser aprehendido por los sentidos del cuerpo, podemos aprehender la realidad del monte Sión por medio de los sentidos del alma? Y esto no por ninguna artimaña de la imaginación, sino en un sentido real y verdadero. El alma tiene ojos que ven y oídos que oyen. Tal vez están débiles por el poco uso que les damos, pero por el toque del Espíritu Santo pueden recuperar su fuerza y ser capaces de poseer la vista más aguda y el oído más fino.

Cuando comenzamos a enfocar la mirada de Dios, las cosas del espíritu empiezan a cobrar forma en nuestra vista interior. La obediencia a la palabra de Cristo nos trae la revelación interior de la Deidad (Juan 14:21–23). Nos da una percepción espiritual más aguda, que nos permite ver a Dios tal cual él lo ha prometido a los limpios de corazón. Se apoderará de nosotros una nueva conciencia de Dios, y empezaremos a gustar y a oir y a sentir interiormente que Dios es el todo de nuestra vida. Veremos brillar constantemente la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Nuestras facultades internas se harán más y más perceptivas, y Dios vendrá a ser para nosotros el Gran Todo, y su presencia la gloria y la maravilla de nuestra vida.

Oh, Dios, aviva en mí todas mis facultades espirituales, para que pueda echar mano de las cosas eternas. Abre mis ojos, para que pueda ver; dame aguda percepción espiritual; dame la capacidad necesaria para gustar de Ti, y saber que eres bueno. Haz que el cielo sea más real para mí que ninguna cosa de la tierra, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 49–59). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La obediencia

Domingo 24 Febrero

(Jesús dijo:) Amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago.

Juan 14:31

La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?

Juan 18:11

La obediencia

Cuando salía a hacer las compras, pedí a Julia que ordenara su habitación. Al volver, un delicioso aroma a torta llenaba la casa. Julia había decidido sorprenderme. Sin embargo, su habitación estaba en el mismo estado que antes. Julia quería mostrar su cariño por su madre, pero en esto eligió no obedecer.

Antes de la cena, llamé a Gregorio para que pusiera la mesa. Me respondió refunfuñando y, aunque de mal humor, hizo el trabajo.

El día siguiente fue el turno de Paula. Llegó antes de la hora de la comida, puso la mesa y preguntó si podía ayudarme en otra cosa. Al igual que su hermano, ella puso la mesa… pero, ¡qué diferencia cuando el amor y la abnegación reinan en una familia! Nuestra naturaleza egoísta y orgullosa está al frente de esos duros combates para obedecer o hacerse obedecer. Solo el amor produce la obediencia gozosa.

Cuando Jesús vino al mundo, mostró su abnegación por su Padre en su vida de obediencia voluntaria. El amor era el motivo profundo. Hacer la voluntad de su Padre era su gozo. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado” (Salmo 40:8). Recibió de su Padre una aprobación sin reserva: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 17:5). Esa obediencia le costó caro: fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

Por su obediencia, Jesús abrió el camino de la salvación a todos, y “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9).

2 Samuel 17 – Hechos 7:30-60 – Salmo 26:1-7 – Proverbios 10:15-16

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Rasgando el Velo

Tozer.A.W

Rasgando el Velo

Teniendo libertad para entrar en el

santuario por la sangre de

Jesús. Hebrew 10:19

Entre los dichos famosos de los padres de la Iglesia ninguno es tan famoso como aquel de Agustín: “Tú nos hiciste para tí, y nuestros corazones no descansarán tranquilos hasta que no descansen en tí.”

El eminente santo expresa aquí, en pocas palabras, el origen y la vida interior de la raza humana. Dios nos hizo para sí, y esta es la única explicación que satisface el corazón del hombre que piensa, no importa lo que diga su razón. Si la falta de cultura y la perversidad hacen que alguien piense de otro modo, y llegue a otra conclusión, hay poco que algún cristiano pueda hacer por él. Para tal persona no tengo ningún mensaje. Me dirijo a los que han sido enseñados en secreto por la sabiduría de Dios; me dirijo a los corazones sedientos, que han sido despertados por el toque de Dios en su fuero íntimo, y que no necesitan pruebas para saber lo que ha ocurrido muy adentro de sus almas. La inquietud de su corazón es toda la evidencia que necesitan.

Dios nos hizo para sí. El Compendio de Catecismo “aprobado por la Sagrada Asamblea de Westminster,” según consta en los textos de la Nueva Inglaterra, contiene las antiguas preguntas qué y por qué, y contesta con una sola frase que difícilmente podría ser superada en obras no inspiradas. Pregunta: “¿Cuál es el fin principal de la existencia del hombre?” Respuesta “El fin principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios, y gozar de su presencia por siempre jamás” Concuerdan con esto los veinticuatro ancianos que cayeron sobre sus rostros y adoraron a aquel que vive y vivirá por los siglos de los siglos, diciendo, “Señor, digno eres de recibir gloria, y honra y virtud; porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas” (Apocalipsis 4:11).

Dios nos hizo para su placer, y nos hizo de tal manera que es posible para nosotros y él gustar de la dulce comunión de los seres afines. Esto significa para nosotros poder verle, caminar en compañía de él y gustar de su sonrisa. Pero nosotros nos hemos hecho culpables de esa “vil sublevación” de que habla Milton en El Paraíso Perdido respecto de Satán y sus ángeles. Nos hemos separado de Dios. Hemos dejado de obedecerle y amarle, y a causa de nuestra culpa y el miedo que se apoderó de nosotros, hemos huído de él cuan lejos pudimos.

Pero, ¿quién puede huir de su presencia cuando los cielos, y los cielos de los cielos no pueden contenerle? Cuando como lo dice el sabio Salomón “el Espíritu del Señor llena la tierra.” La omnipresencia de Dios es una cosa, y es un hecho solemne, necesario para su perfección. Pero la manifestación de su presencia es otra cosa muy distinta. Y hemos huído de la presencia de Dios, como huyó Adán cuando se ocultó entre los árboles del huerto, o hemos exclamado como Pedro, “¡Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador!”

Así es como el hombre vive en la tierra alejado de la presencia de Dios, y por consiguiente, sin disfrutar del sitio que le corresponde. La pérdida de ese estado y condición para que fue creado, es la causa de su incesante desasosiego.

La obra completa de Dios en la redención tiene por objeto desbaratar los efectos de aquella vil sublevación, y ponernos otra vez en correcta y eterna relación con él. Para eso es necesario que nos despojemos de nuestros pecados, que se efectúe la entera reconciliación con Dios y vivamos de nuevo en su presencia como antes. La gracia preveniente de Dios es la que nos induce a buscarle y volver a su presencia. Esta gratia la notamos cuando hay inquietud y hambre en nuestro corazón, y nos sentimos impulsados a decir, “Me levantaré, e iré a mi Padre, y le diré: Padre, he pecado.” Esta decisión es el primer paso, y como dijo el sabio chino Lao-Tsé, “La ruta de mil millas comienza siempre con un paso.”

El viaje interior del alma desde las malezas del pecado hasta la presencia de Dios lo tenemos ilustrado hermosamente en el Tabernáculo del Antiguo Testamento. Cuando el pecador se acercaba a Dios entraba primeramente al atrio, donde ofrecía una víctima, inmolada en el altar de bronce. Enseguida se lavaba en la fuente, también de bronce, que estaba al lado del altar. Luego entraba al lugar santo, que no tenía más luz que la del candelabro de siete brazos, emblema de Jesucristo, la luz del mundo. En el lugar santo se hallaban también la mesa de los panes, figura de Cristo, el Pan de vida, y el altar de oro, donde se quemaba el incienso continuamente, figura de las incesantes oraciones.

Aun cuando un creyente se goce estando en el culto, eso no quiere decir que ha entrado a la presencia de Dios. Hay otro velo que separa el lugar santo del santísimo. En el lugar santísimo se hallaba el arca del pacto, toda recubierta de oro, con los querubines de gloria, también de oro. Sobre la tapa del arca, llamada el propiciatorio, se manifestaba la gloria de Dios. Mientras el Tabernáculo estuvo en funciones, solo el sumo sacerdote, y una vez al año, podía entrar a este lugar santísimo, y no sin sangre, que ofrecía por sus propios pecados y los de todo el pueblo. Este velo espeso fue el que se rasgó en dos, de alto a abajo cuando Jesús murió en la cruz. El escritor sagrado nos dice que este velo rasgado indica que ahora está abierto y libre el camino al cielo, por medio del cuerpo de Cristo abierto en la cruz.

Todo lo que enseña el Nuevo Testamento concuerda con el Antiguo. Los redimidos de hoy no tienen por qué tener miedo de entrar al lugar santísimo. Dios quiere que nos abramos paso hasta su presencia, y que pasemos toda la vida allí. Y esto debe ser para nosotros una experiencia conciente. Una vida que se vive, cada día, más que una mera doctrina que se cree.

La luz que brillaba sobre el propiciatorio (Exodo 40:34–38) era la manifestación visible de la presencia de Dios y el emblema de la orden de los levitas. Sin ella todo el culto del Tabernáculo y todo el sistema sacerdotal levítico carecería de significado para Israel y para nosotros. Lo más importante del Tabernáculo era que la presencia de Jehová estaba allí. Allí, detrás del pesado velo, estaba Dios. Del mismo modo la presencia de Cristo en el alma del creyente es el hecho más importante del cristianismo. En el corazón del mensaje del evangelio está el propio Dios en persona, esperando que sus redimidos lo acepten y se den cuenta de su presencia. La clase de cristianismo actualmente de moda parece tener una noción solamente teórica de la presencia de Dios. Los que lo enseñan no parecen entender el privilegio que tiene el cristiano de saber que cuenta con la presencia de Dios. Se dice que estamos en la divina presencia posicionalmente, pero nada se menciona de la necesidad de estar en esa presencia experimentalmente. El fervor ardiente que inflamó a tantos hombres de Dios en el pasado parece haber desaparecido completamente. La actual generación de cristianos se mide a sí misma por esta medida imperfecta. Un contentamiento innoble ha reemplazado al celo ardiente. Nos declaramos satisfechos con nuestras posiciones legales y poco nos importa la presencia o no presencia de Dios en nuestra vida.

¿Quién es éste que brilla detrás del velo con llamas ardientes? No es otro que Dios mismo, “el Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles.” Y, “un solo Señor Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, que estuvo con el Padre antes de la creación de los mundos; Dios de dioses, luz de luces, el propio Dios, engendrado por el Padre, no hecho por él, pues es de la misma sustancia del Padre.” Y, “el Espíritu Santo, Señor y Dador de la vida, que procede del Padre y del Hijo, el cual juntamente con el Padre y el Hijo, es adorado y glorificado, constituyendo un solo Trino Dios, la Trinidad unificada; sin confundir las personas ni separar la sustancia. Porque el Padre constituye una persona, el Hijo otra, y otra el Espíritu Santo, con la misma gloria y la misma eterna majestad.” Así rezan los antiguos credos, y lo mismo declara la inspirada Palabra de Dios, la Biblia.

Detrás del velo está Dios. Ese Dios en pos del cual, con extraña inconsistencia, el mundo ha seguido en busca a ver si “por casualidad” daba con él. Dios se ha revelado en la naturaleza, y más perfectamente en la encarnación. Ahora quiere revelarse en plenitud a los humildes de alma y puros de corazón.

El mundo está pereciendo porque no conoce a Dios, y la iglesia languidece porque no goza de su presencia. La cura inmediata de todos nuestros males espirituales sería entrar a disfrutar de la presencia de Dios, y comprender que él está en nosotros y nosotros en él. Esto nos sacaría de nuestra lamentable estrechez y ensancharía nuestros corazones. Quemaría las impurezas de nuestra vida como quema los insectos y los hongos el fuego que estalla en el zarzal.

¡Cuán vasto mundo para recorrer y cuán inmenso mar para nadar es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! Es eterno, lo cual significa que su existencia es anterior a los tiempos y estos no lo afectan en nada. El tiempo comienza y termina con él. Es inmutable, lo cual quiere decir que nunca ha cambiado y que no puede cambiar en la más ligera medida. Para cambiar tendría que pasar de lo mejor a lo peor o de lo peor a lo mejor. El no puede pasar jamás por ningún cambio de esa clase, porque siendo como es, perfecto, no puede ser más perfecto; y si llegase a ser menos perfecto ya no sería Dios. Dios es omnisciente, y esto significa que sin esfuerzo alguno él ve y conoce todo lo que existe y todo lo que ocurre. Para él no hay pasado ni futuro. El es lo que es y no se le puede aplicar ninguna de las otras calificaciones que se aplican a los seres creados. El amor, la misericordia y la justicia son suyas en grado perfecto, y su santidad es tan inefable que es imposible compararla con nada más, ni hay palabras capaces de expresarla. El fuego es lo único que puede darnos remotamente una vaga idea de ello. En la zarza que vio Moisés apareció en forma de llamas; en el prolongado viaje por el desierto se mostró en forma de columna de humo de día y de fuego de noche. El fuego que ardía entre las alas de los querubines, recibía el nombre de shekinah, que significa “presencia.” Así se manifestó Dios durante los años prósperos y felices de Israel. Y cuando la antigua dispensación fué reemplazada por la nueva, en el día de pentecostés, descendió en forma de lenguas de fuego que se asentaron sobre los discípulos.

Spinoza habló acerca del amor intelectual de Dios. Pero el más alto grado del amor de Dios no es intelectual, sino espiritual. Dios es espíritu, y únicamente el espíritu del hombre puede llegar a conocerlo en realidad. El fuego divino debe arder en las profundidades del espíritu del hombre. Al no ser así, el amor del hombre no puede ser verdadero amor de Dios. Los grandes en el Reino de Dios son aquellos que lo han amado a El en el espíritu más que otros. Nosotros sabemos quiénes han sido éstos, y les rendimos el tributo de nuestra admiración. Basta que nos detengamos un minuto a pensar en ellos para que sus nombres desfilen ante nosotros con un perfume de mirra, casia y áloe.

Federico Faber fue una de esas almas que ansiaba conocer a Dios, y vivir cerca de él, como el corzo ansía las aguas para beber de ellas. Y la manera en que Dios se revela al corazón que le busca, inflama toda la vida del hombre, con un deseo tal de adorarle que rivaliza con el de los mismos serafines. El amor que siente por Dios se extiende a las otras personas del Dios trino, pero sabe sentir un amor especial por cada una de ellas. A Dios el Padre le canta:

Solo el pensar en ti, mi Dios,

¡cuánto placer me da!

Solo tu nombre mencionar,

trae felicidad.

Padre de Cristo, don de amor,

bien puedo imaginar

La dicha inmensa que dará

tu rostro contemplar.

Su amor por Jesucristo era tan intenso que amenazó con consumirlo; ardía en él como una dulce y santa locura, y fluía de sus labios como oro derretido. Dice en uno de sus sermones, “Dondequiera que miremos en la iglesia, allí está Jesús. El es el principio, el medio y el final de todo. No hay nada bueno, nada santo, nada hermoso, nada deleitable, que El no lo dé a sus siervos. Nadie necesita ser pobre, porque si él lo quiere, Jesús puede ser suyo. Nadie necesita abatirse, porque Jesús es el gozo del cielo, y lo que él más desea, es entrar en los corazones tristes. Podemos exagerar muchas cosas, pero jamás las obligaciones que tenemos para con él, ni la abundancia del amor que él tiene para nosotros. Podemos estar toda la vida hablando de Jesús, y aún no agotaríamos todo lo bello que podemos decir de él. La eternidad no bastará para llegar a conocerlo por completo, ni para alabarle por todo lo que ha hecho por nosotros. Pero eso no importa, porque de todos modos estaremos siempre con él, y no queremos hacer otra cosa.” Luego, dirigiéndose al Señor, dice:

Te amo tanto, Salvador,

prendado estoy de ti.

Tu amor es fuego abrasador

que me consume a mí.

El ardiente amor de Faber se extendía también al Espíritu Santo. No solo reconocía la igualdad del Espíritu con el Padre y el Hijo, sino que también lo celebraba en sus cantos y oraciones. Se inclinaba literalmente, hasta tocar el suelo con su frente cuando celebraba un férvido culto a la tercera Persona de la Trinidad. En uno de los grandes himnos que dedicó al Espíritu Santo, dice:

Espíritu Santo, sin par

tu incomparable amor

jamás podrélo yo explicar

al pobre pecador.

Aun a riesgo de cansar al lector, he hecho estas acotaciones para señalar que Dios es tan maravilloso, tan completamente deleitoso, que sin ninguna otra cosa mas que su presencia, puede satisfacer los más exigentes anhelos de la naturaleza humana, por más exigente que ésta sea. La adoración y el culto que Faber practicaba (y él pertenece a esa gran compañía que nadie puede contar) no es de las que se adquieren por el mero conocimiento intelectual. Los corazones capaces de quebrantarse hasta lo sumo, movidos por el amor al Dios trino y único, son aquellos que han estado en presencia de la Deidad, y la han contemplado con ojos despejados. Los hombres de corazón quebrantado son incomprensibles para la gente común. Ellos hablan habitualmente con autoridad espiritual. Han estado en la presencia de Dios, y hablan de lo que han visto allí. Son profetas, no escribas. El escriba habla de lo que ha leído; el profeta relata lo que ha visto.

Esta distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una separación abismal. Hoy en día tenemos infinidad de escribas, pero muy pocos profetas. La voz estridente de los escribas aturde a los oídos de la iglesia, pero ¿dónde está la voz suave de los profetas que han pasado más allá del velo, y han echado un vistazo a esa Maravilla que es Dios? Y tengamos en cuenta, este privilegio de entrar adentro del velo hasta la santa presencia, es el derecho de cada hijo de Dios en el día presente.

Habiendo desaparecido el velo de separación, por el cuerpo desgarrado de Cristo, y no habiendo por parte de Dios ningún impedimento para acercarnos a él, ¿por qué es que nos mantenemos afuera? ¿Por qué nos conformamos con vivir en el atrio, cuando podemos entrar hasta el lugar santísimo?

Le oímos decir al novio, “Déjame ver tu rosto, déjame oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto” (Cantares 2:14). Nos damos cuenta que estas palabras se dirigen a nosotros, sin embargo, tardamos en responder a ellas. Pasan los años, nos envejecemos, y nos cansamos de merodear por el patio exterior. ¿Qué es lo que nos impide entrar?

La respuesta que se da generalmente es que “estamos fríos,” pero esto no explica la realidad de las cosas. Lo que ocurre es algo más grave que la frialdad del corazón.

Hay algo que está oculto y que provoca esa frialdad. ¿Qué es ese algo? No es otra cosa que el velo de separación que conservamos en el corazón. Este velo impide que veamos el rostro de Dios. Y no es otro que el velo de nuestra naturaleza humana caída, que aún no ha sido juzgada, crucificada y repudiada dentro de nosotros. Es el velo de la supervivencia de nuestro “yo,” que nunca hemos querido doblegar, y que no hemos sometido a la crucifixión. Este velo sombrío nada tiene de misterioso, ni es difícil identificarlo. Basta que echemos una mirada a nuestro corazón para que lo veamos, recosido y remendado y reinstalado, verdadero enemigo de nuestra vida y real impedimento de nuestro progreso espiritual.

Este velo no es bonito, y no nos gusta hablar de él. Pero me estoy dirigiendo a almas sedientas que se han determinado seguir a Dios, y yo sé que ellas no se volverán atrás porque el camino pasa a través de cerros sombríos. La urgencia de Dios que sienten en su interior los impulsará a seguir. Harán frente a los hechos, por desagradables que éstos sean, y soportarán la carga de la cruz por el gozo que les espera. Por eso me atrevo a mencionar los hilos con los cuales se ha tejido ese velo interior.

Está entretejido con los delicados hilos del egoísmo, cruzados con los pecados del espíritu humano. Esto no es algo que nosotros hacemos, sino algo que nosotros somos, y en esto reside su sutileza y poder.

Para ser específicos, estos pecados del ser interior son la justificación propia, la propia conmiseración, la autosuficiencia, la admiración de sí mismo y el amor propio. Y otra cantidad de pecados semejantes. Ellos están tan profundamente metidos en nuestra naturaleza, y son tan semejantes a nuestro modo de ser que es muy difícil verlos, hasta que la luz de Dios se enfoca sobre ellos. Las manifestaciones más groseras de estos pecados, egoísmo, exhibicionismo, autoalabanza, que exhiben aun grandes líderes cristianos, son tolerados en los círculos más ortodoxos, aunque parezca extraño que lo digamos. Muchas personas llegan hasta identificarlos con el evangelio. No es cinismo decir que dichas cualidades han llegado a ser requisito imprescindible para lograr popularidad y prestigio. La exaltación del individuo, más que la de Cristo, es tan común que a nadie le llama ya la atención.

Podría suponerse que la correcta enseñanza de la depravación humana y la justificación en Cristo, nos librarían de estos feos pecados, pero no es así. El pecado del yoísmo es tan presuntuoso que puede medrar al lado mismo del altar. Puede ver morir a la sangrante Víctima, sin inmutarse en lo más mínimo. Puede defender con calor las doctrinas fundamentales y predicar con elocuencia la salvación por gracia, y sentirse halagado por estos esfuerzos. Hasta el mismo deseo de buscar a Dios parece servir para que el yoísmo se afirme y crezca.

El “yo” es el velo opaco que nos oculta el rostro de Dios. Lo único que puede quitarlo es la experiencia espiritual, nunca la instrucción religiosa. Tratar de hacerlo así es como querer curar el cáncer con tratados de medicina. Antes que seamos librados de ese velo, Dios tiene que hacer una obra destructiva en nosotros. Tenemos que invitar a la cruz que haga su obra dentro de nosotros. Debemos poner nuestros pecados del “yo” personal delante de la cruz para que sean juzgados. Debemos estar dispuestos a sufrir cierta clase de sufrimientos, tales como los que sufrió Jesús cuando estuvo delante de Pilato.

Tengamos en cuenta que al hablar de rasgar el velo, estamos usando una figura poética que es placentera, pero la experiencia real en sí nada tiene de agradable. En la experiencia humana ese velo se forma de tejidos espirituales vivientes; está constituído de ese material sensible y vacilante que es nuestro ser. Cualquier cosa que lo toca nos hiere a nosotros con vivo dolor. Arrancar ese velo es hacernos daño, nos lastima y nos hace sangrar. Decir otra cosa es hacer que la cruz no sea cruz y la muerte no sea muerte. Nunca será divertido morir. Desgarrar la tela de que está compuesta la vida nunca dejará de ser doloroso. Pero eso es lo que la cruz significó para Jesús y es lo que debe significar para nosotros.

Tengamos cuidado de no tratar chapuceramente con nuestra vida interior con la esperanza de rasgar nosotros mismos el velo. Dios tiene que hacer eso. La parte nuestra debe ser entregarnos y confiar. Debemos confesar, desechar, resistir nuestros antojos y egoísmos, y darnos por co-crucificados con Cristo. Pero esta co-crucifixión no debe ser una laxa “aceptación” de Cristo, sino una verdadera obra hecha por Dios. No podemos conformarnos solamente con creer en una bonita y agradable doctrina de la crucifixión del yo. Si esto hiciéramos, estaríamos imitando a Saúl, que sacrificó algunas cosas, pero reservó para sí lo mejor del despojo.

Insistamos en que la obra sea hecha conforme a la mejor doctrina y también en la más completa realidad. La cruz es tosca, y mortal, pero es efectiva. No deja a las víctimas colgando indefinidamente de ella. Llega el momento cuando la obra queda consumada y la víctima muere. Es después de la muerte que viene el gozo de la resurrección y la alegría de ver rasgado el velo. Entonces olvidamos los dolores que ha costado, y disfrutamos de la gloria de la presencia del Dios vivo.

Señor, ¡cuán preciosos son tus caminos, y cuán inciertos y sombríos son los nuestros! Enséñanos a morir, para que nos levantemos después a novedad de vida. Rasga de alto a abajo el velo de nuestro egoísmo, como rasgaste en dos el velo del templo. Nosotros nos acercaremos a tí en plena certidumbre de fe. Moraremos diariamente contigo aquí en la tierra, para acostumbrarnos a la gloria del cielo cuando lleguemos allá, para estar eternamente a tu lado. En el nombre de Jesús, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 33–48). Camp Hill, PA: Christian Publications.

¿Qué hacer para ser fuerte?

Sábado 23 Febrero

(Dijo a Jesús:) Creo; ayuda mi incredulidad.

Marcos 9:24

Por fe… sacaron fuerzas de debilidad.

Hebreos 11:33-34

¿Qué hacer para ser fuerte?

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tanto tener una fe más grande!». Si consideramos la calidad de nuestra fe terminaremos desanimados. Sin embargo, el Señor Jesús dice que Dios responderá incluso a quien tenga una fe tan pequeña “como un grano de mostaza” (Mateo 17:20). Dios no espera necesariamente grandes cosas de nosotros. Él ama la fidelidad en las pequeñas cosas (Lucas 16:10; 19:17). Después de poner nuestra confianza en Jesús, crecemos en la fe viviendo cerca de él, orando y leyendo la Biblia.

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tener una fe más sólida!». Cada día es una ocasión para darnos cuenta de que somos inconstantes. Lo que considerábamos adquirido, todavía está por aprenderse. Aun los siervos más fieles a Dios tuvieron sus dudas. El profeta Elías era un hombre con “pasiones semejantes a las nuestras” (Santiago 5:17). Después de haber obtenido extraordinarias liberaciones, dudó y huyó. Pero Dios continuó ocupándose de él (1 Reyes 17 al 19).

–«Yo creo, ¡pero me gustaría tener una fe más viva!». Después de haber creído que Jesús es el Hijo de Dios, que murió en la cruz por nosotros, tenemos tendencia a volver a nuestra rutina. Los discípulos de Jesús lo acompañaron durante tres años, y creyeron sus palabras. Sin embargo, después de Su crucifixión, muchos volvieron a sus antiguos trabajos. Entonces Jesús resucitado se les apareció y les habló (Juan 21:1-14).

Cuidemos diariamente nuestra comunión con el Señor, hablándole y escuchando sus palabras. Esta relación permanente hará que nuestra fe sea viva.

2 Samuel 16 – Hechos 7:1-29 – Salmo 25:16-22 – Proverbios 10:13-14

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La Bienaventuranza de no Poseer Nada

 

Tozer.A.W

La Bienaventuranza de no Poseer Nada

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque

de ellos es el reino de Dios. Mateo 5:3

Antes que Dios creara al hombre, preparó para él un mundo lleno de cosas hermosas para su sustento y deleite. Todo lo que Dios creó fue para el bienestar del hombre, pero era indispensable que todo estuviera subordinado a él. El Génesis las llama simplemente “cosas.” Fueron creadas para su uso y siempre debían ser externas a él. Allá en lo profundo del corazón del hombre debía haber un sitio ocupado únicamente por Dios; afuera, podían estar los mil dones conque Dios lo había bendecido.

Pero el pecado introdujo complicaciones, e hizo que los dones de Dios se convirtieran en instrumentos dañinos para el alma.

Nuestros infortunios comenzaron cuando Dios fue forzado a salir de su santuario, y las “cosas” ocuparon su lugar. Por eso no tenemos paz, porque hemos quitado a Dios del trono de nuestro corazón, y tenaces y agresivos usurpadores pelean por el primer lugar.

Esto no es una simple metáfora, sino el análisis de nuestra verdadera condición espiritual. Dentro del corazón humano hay una raíz de mala naturaleza que le insta a poseer más, y siempre más. Codicia “cosas” con fiera y desenfrenada pasión. Los pronombres posesivos “mi” y “mío” parecen inocentes en letra impresa, pero son de un terrible significado en la vida. Ellos expresan, mejor que mil volúmenes de teología, lo que es la verdadera naturaleza del hombre. Son los síntomas verbales de la más profunda enfermedad humana. Las cosas materiales han echado raíces tan hondas en nuestro corazón que no queremos arrancarlas por temor a morir. Las “cosas” han llegado a sernos indispensables, lo que nunca debió haber ocurrido. Los dones de Dios han llegado a ocupar el lugar de Dios y esto ha trastornado todo el orden de la naturaleza. Nuestro Señor Jesucristo se refería a la tiranía de las cosas cuando dijo a sus discípulos, “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque cualquiera que quiere salvar su vida, la perderá, y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará.” (Mateo 16:24, 25)

Dividiendo en fragmentos esta verdad, a fin de entenderla mejor, vemos que hay dentro de nosotros un enemigo cuya presencia toleramos con grave peligro. Jesús lo denominó “vida” o “nuestra vida,” o como diríamos nosotros, nuestro propio ser, cuya principal característica es el deseo de poseer. Así lo demuestran las palabras “ganancia” y “provecho.” Permitir a este enemigo vivir, terminará al final con todo. En cambio repudiarlo, y con él repudiar el mundo de las cosas, dará como resultado final la vida eterna con Cristo. Se insinúa también cual es la única manera de acabar con este enemigo: por medio de la Cruz. “Tome su cruz cada día, y sígame.”

La mejor manera de adquirir mayor conocimiento de Dios es pasando por valles sombríos de tristeza y soledad. Los bienaventurados que poseen el reino son aquellos que han repudiado todo lo externo, y han desarraigado del corazón todo deseo de poseer cosas. Estos son los verdaderos “pobres en espírtitu.” En su vida interior han llegado a ser semejantes a los mendigos que deambulaban por las calles de Jerusalén. Ese es el significado de la palabra “pobre” en labios de Cristo. Esos bienaventurados pobres han dejado de ser esclavos de la tiranía de las cosas. Han roto el yugo del opresor, hallando la liberación, no por medio de luchas, sino por medio de la rendición. No teniendo deseos de poseer nada, llegan a poseerlo todo. “De ellos es el reino de los cielos.”

Permitidme que os exhorte a tomar esto seriamente. No lo toméis como una simple enseñanza bíblica más, para alojarla en un rincón de vuestra mente junto a otra masa inerte de doctrinas. Lo que digo es un indicador del camino hacia los verdes pastos, es una senda labrada en la empinada cuesta de la montaña de Dios. Si queremos continuar en la sagrada búsqueda, no debemos tomar otro camino fuera de este. Y debemos ascender paso a paso. Si nos negamos a dar un paso, dejamos de subir.

Como ocurre a menudo, este principio neotestamentario de vida espiritual tiene su ilustración en el Antiguo Testamento. En la historia de Abraham e Isaac tenemos una descripción dramática de lo que es la vida completamente rendida, y al mismo tiempo un comentario a la primera bienaventuranza.

Cuando Isaac nació Abraham ya era un hombre bien entrado en años. Tenía edad suficiente para ser el abuelo del que ahora era su hijo. El niño no tardó en convertirse en el ídolo y el deleite de su padre. Desde el primer momento que Abraham lo alzó en sus brazos, se constituyó en el esclavo de amor de su hijo. Dios no tuvo a menos comentar este intenso amor paternal, y esto es fácil de comprender. El niño representaba todo aquello que más amaba y reverenciaba el anciano patriarca: las promesas de Dios, los pactos, las esperanzas acariciadas durante años y los sueños mesiánicos tantas veces soñados. A medida que el niño iba creciendo de la infancia a la juventud, el corazón de Abraham se ligaba más y más con él, hasta que esta estrecha relación llegó a hacerse peligrosa. Fue entonces que Dios intervino en las vidas del padre y el hijo para salvar a ambos de las consecuencias de un amor demasiado humano.

Dios le dijo a Abraham, “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré” (Génesis 22:2). El escritor sagrado no nos dice de la agonía de aquel padre, en la noche que pasó junto a las colinas de Beerseba, cuando estuvo a solas con Dios. Pero podemos imaginarla respetuosamente. Es posible que esta agonía no volvió a producirse en ningún otro hombre, hasta aquella noche en el huerto de Getsemaní, cuando Uno, mucho más grande que Abraham, luchó también con Dios. Hubiera sido mucho más preferible que el propio anciano fuera el que tenía que morir. Hubiera sido mucho más soportable, porque ya era muy viejo, y la muerte no hubiera sido penosa para uno que estaba acostumbrado a caminar con Dios. Además Abraham se hubiera sentido dichoso de contemplar por última vez a su hijo, en quien habían de cumplirse las antiguas promesas de Dios.

¡Cómo podría sacrificar al muchacho, aun cuando pudiese apaciguar su corazón y realizar el sacrificio! ¿Y cómo habría de cumplirse la promesa de Dios, “en Isaac te será llamada descendencia”? Esta fue la prueba de fuego para Abraham y él no falló en el momento crucial. Mientras las estrellas todavía brillaban sobre la tienda en que dormía Isaac, y antes que la cenicienta luz del alba comenzara a clarear por el oriente, el viejo santo había hecho su decisión. Ofrecería su hijo en holocausto, tal como Dios le había dicho, plenamente convencido que Dios lo haría resucitar de entre los muertos. Esta, dice la carta a los Hebreos, fue la solución que halló aquel adolorido corazón en la hora más negra de su vida. Y “muy de mañana” se levantó para cumplirla. Es precioso ver como, aunque Abraham había errado en comprender los métodos de Dios, estaba acertado en la comprensión de las intenciones de su corazón. La solución concuerda con lo que dice el Nuevo Testamento: “El que perdiere su vida por amor de mí, la hallará.”

Dios dejó que el afligido anciano fuese hasta el punto en que no había retorno. Luego, impidió que hiciera daño al muchacho. En efecto, le está diciendo al patriarca, “Nunca fue mi intención sacrificar al muchacho. Lo que yo quería era quitarlo del templo de tu corazón para poder reinar yo en él, sin que nada, ni nadie, pueda disputarme ese lugar. Quise corregir la dirección de tu amor. Ahora puedes contar con tu hijo sano y bueno. Regresa con él a la tienda; ya sé que temes a Dios, pues no me has rehusado tu hijo, tu único.”

Después de esto se abrieron los cielos, y se oyó una voz que dijo: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único, bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz” (Génesis 22:16–18)

El anciano varón de Dios levantó la cabeza para responder a la voz y se detuvo allí sobre el monte, fuerte, puro y grande; un hombre a quien Dios había elegido para un fin especial, el amigo preferido del Altísimo. Abraham era pues un hombre totalmente rendido a Dios, completamente sometido a él, y sin nada que pudiera llamar suyo. Había puesto todo en su amado hijo, y Dios se lo había quitado. Dios pudo haber comenzado de a poco, trabajando en la periferia de la vida de Abraham, pero prefirió ir derechamente al corazón y hacer la separación con un solo tajo. Así economizó tiempo y dolor, y la acción fue efectiva.

He dicho que Abraham no tenía nada que pudiera llamar suyo. Pero, ¿no era rico este hombre? Tenía siervos, ovejas, camellos, ganado y bienes de toda clase.

Además tenía a su esposa, y sus amigos, y lo que era mejor aún, tenía a Isaac, su hijo.

Tenía de todo, pero nada era suyo. Este es el secreto espiritual, la dulce teología del corazón que se aprende en la escuela del renunciamiento. Los libros de teología sistemática no hablan de esto, pero los entendidos lo comprenden.

Después de esta amarga, pero bendita experiencia, creo que las palabras “mi” y “mío,” adquirieron otro significado para Abraham. El sentido de posesión que ellas conllevan había desaparecido de su corazón. Las cosas se habían ido para siempre. Era algo externo al hombre. Ya no tenían lugar alguno en el corazón de Abraham. El mundo podía decir, “Abraham es rico,” pero el anciano por dentro sonreía. No podía explicárselos a ellos, pero él sabía que nada poseía. Sus tesoros verdaderos eran internos y eternos.

Sin duda ninguna que el hábito de apegarse a las cosas materiales es uno de los más dañinos de la vida. Hábito que por ser tan natural, pasa tantas veces desapercibido. Pero sus resultados son desastrosos.

Con harta frecuencia negamos dar nuestros bienes al Señor por el temor de perderlos, especialmente cuando dichos tesoros son miembros de nuestra familia, o amigos queridos. Pero no tenemos razón para abrigar tales temores. Nuestro Señor no vino para destruir sino para salvar. Todo lo que encomendamos a su cuidado está seguro. La verdad es que no hay nada que esté realmente seguro si no se lo encomendamos a él.

También debemos entregarle nuestros dones y talentos. Debemos reconocer que son simplemente préstamos que Dios nos ha hecho, y no debemos suponer que son propiedad nuestra. No debemos reclamar méritos por talentos o habilidades como no debemos alabarnos por el color de nuestro pelo o nuestros ojos. “Porque, ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7)

El cristiano suficientemente despierto reconocerá esta maligna tendencia de su corazón, y le apenará el hecho de que ella exista. Si su anhelo de conocer más profundamente a Dios es lo bastante fuerte, querrá hacer algo para remediar el mal. La pregunta es, ¿qué es lo que puede hacer?

Lo primero de todo es poner aparte todo intento de defensa y no hacer ningún intento de justificarse ante sus propios ojos o los ojos de Dios. Quien quiera que trate de defenderse a sí mismo, no tendrá quién acuda en su defensa, pero si se presenta indefenso delante de Dios, su defensor será el propio Dios. El cristiano deseoso de mejor vida espiritual debe olvidarse de cualquier treta resbaladiza que imagine su corazón, y presentarse franca y humildemente delante de Dios.

También debe tener presente que este es un asunto santo. Ningún tratamiento superficial o descuidado arreglará la situación. El que quiera recibir la ayuda y bendición de Dios, debe acercarse a él con la plena y absoluta determinación de que él le oiga. Debe insistir en que Dios acepte todo, y tome todas las cosas que hay en su corazón, y que el Señor mismo venga a ser el rey. Tal vez sea necesario que mencione cada cosa y cada persona por nombre. La persona que lo haga así, con franqueza, con sinceridad, sin reservas de ninguna clase, acortará el tiempo de su agonía, reduciéndolo de años a minutos, y entrará a la tierra prometida mucho antes que los que creen que a Dios hay que tratarlo con mucha precaución.

No debemos olvidar que estas verdades espirituales no se aprenden por repetición, como se aprenden las reglas de la física y otras ciencias. Las verdades divinas se aprenden por experiencia, sintiéndolas antes de poder saber lo que son. Si queremos conocer las bendiciones de Abraham debemos sentir en carne propia sus mismas angustias y agonías. La antigua maldición no desaparece sin producir dolores. El viejo miserable que hay dentro de nosotros no se rinde, ni muere, acatando nuestras órdenes. Ha de ser arrancado de nuestro corazón como se arranca una mala hierba fuertemente adherida a la tierra. Es necesario extraerlo con dolor y derramamiento de sangre, igual que una muela que se extrae de la mandíbula. Debe ser expelido fuertemente del alma, de la misma manera que Jesús echó a los mercaderes del templo. Por nuestra parte debemos resistir la tentación de tener lástima de nosotros mismos, uno de los pecados más reprensibles de la naturaleza humana.

Si deseamos conocer a Dios en una creciente intimidad, debemos renunciar a todo deseo de propia complacencia. Tarde o temprano, Dios nos someterá a esta prueba. Cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac, el patriarca no sabía que Dios lo estaba probando. Si él hubiera asumido otra actitud diferente de la que asumió, la historia del Antiguo Testamento hubiera sido muy diferente. Dios hubiera hallado otro hombre como el que buscaba, y Abraham se hubiera hundido en el anonimato. De igual modo a cualquiera de nosotros puede llegarnos la prueba en cualquier momento, quizás sin que nos demos cuenta de que es una prueba. En el momento de prueba no habrá más que una sola alternativa, y todo nuestro porvenir dependerá de la elección que hagamos.

Padre, ansío conocerte, pero mi cobarde corazón teme dejar a un lado sus juguetes. No puedo deshacerme de ellos sin sangrar interiormente, y no trato de ocultarte el terror que eso me produce. Vengo a tí temblando, pero vengo. Te ruego que arranques de mi corazón todo eso que ha sido tantos años parte de mi vida, para que tú puedas entrar y hacer tu morada en mí sin que ningún rival se te oponga. Entonces harás que tu estrado sea glorioso; no será necesario que el sol arroje sus rayos de luz dentro de mi corazón, porque tú mismo serás mi luz, y no habrá más noche en mí. Te lo imploro en el nombre de Jesús, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 21–31). Camp Hill, PA: Christian Publications.