EL ASESINO SILENCIOSO

16 mar 2016

EL ASESINO SILENCIOSO

por el Hermano Pablo

a1La noche estaba fría, como suelen ser las del otoño en Toronto, Canadá. Dentro de la casa el ambiente era grato. Había habido una rica cena, con diez personas alrededor de la mesa familiar. Habían disfrutado juntos de un buen programa de televisión, y ya era hora de ir a la cama. Así que todos —padre, madre y ocho hijos, entre los once y los veinticinco años de edad— se retiraron a dormir.

Encendieron el calentador de gas, apagaron las luces, se arrebujaron entre sus cobijas, y se durmieron. Hasta ahí, todo fue normal. Pero jamás volvieron a despertarse. El gas del calentador, asesino silencioso, dio cuenta de los diez durmientes. La familia entera pasó de un sueño al otro, sin sentir nada.

Muchos son los casos registrados de personas que mueren por el gas de los calentadores. Este caso en el Canadá es impresionante por tratarse de una familia entera, una familia seguramente amorosa y unida porque todos vivían juntos, incluso los hijos mayores de dieciocho años. Pero el gas se los llevó a todos sin darles tiempo de reaccionar o defenderse.

La característica más ominosa que tienen estos gases, especialmente el monóxido de carbono, es que primero producen un adormecimiento agradable, una sensación placentera de tranquilidad, de serenidad, de paz. Pero luego que adormecen a sus víctimas, las matan sin piedad.

Por esa característica del tal llamado asesino silencioso, al gas letal lo podemos comparar con el espíritu del mal que reina en este mundo. Es el espíritu que comienza adormeciendo la conciencia. Produce una sensación de bienestar, de calma. Da la impresión de que todo está bien, que la vida es buena y hay que disfrutarla. Y las víctimas se adormecen. Su conciencia entra en un estupor donde ya no reacciona con nada, y cuando la víctima se da cuenta, ya está atrapada.

Así es como toma auge el mal uso de las drogas, la inmoralidad sexual, la irreverencia, el materialismo y el descreimiento. Estos gases mortales se han infiltrado en la sociedad occidental y la tienen ya en sus garras.

Podríamos decir: ¿Qué importa? Lo que importa es que, sin saber por qué, sufrimos consecuencias desastrosas que poco a poco destruyen nuestra vida.

Pero todavía hay tiempo para reaccionar. El único remedio contra el gas letal es el aire puro, el oxígeno vital y renovador. Así mismo, el único remedio contra el adormecimiento espiritual es el Espíritu de Jesucristo. Abramos nuestro corazón a Cristo. Su doctrina es nuestra salvación, y su persona, nuestro Salvador.

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¿DE QUIÉN ES ESTE MUERTO?

15 mar 2016

¿DE QUIÉN ES ESTE MUERTO?

por Carlos Rey

a1La encomienda sólo decía «La Oroya», así que la terminal de autobuses de Huancayo, Perú, remitió la caja a esa localidad. Era una caja de cartón, bien envuelta. Pero como permaneció dos días en La Oroya sin que nadie la reclamara, la devolvieron a Huancayo.

Tampoco la reclamó nadie en Huancayo, así que, como olía mal, dieron aviso a la policía. Cuando por fin abrieron la caja, descubrieron que adentro estaba el cadáver descompuesto de un joven, muerto de un balazo en el rostro. Luego de considerar las opciones, decidieron publicar el siguiente aviso: «Encomienda con un muerto adentro se halla en la estación de policía. Quien se crea con derecho a ella, puede venir a reclamarla.»

He aquí uno de esos muertos pobres e ignorados que permanecerán en el anonimato, quizá para siempre, hasta que en el día final se aclaren todas las cosas. Sólo podía deducirse que aquel joven desconocido había sido asesinado, envuelto en una frazada y colocado de cuclillas en una caja de cartón, y que lo habían despachado a La Oroya porque tal vez era de esa localidad.

¿Quién lo mató? ¿Quién envolvió su cuerpo en el paquete? ¿Quién lo despachó en Huancayo? ¿Quiénes eran su padre y su madre? ¿Tenía amigos, esposa, novia? Nada de esto llegó a saberse. Sólo se sabía que estaba muerto, y que tendría que ser enterrado en alguna tumba de misericordia.

Hay personas que pasan toda la vida solas, ignoradas, abandonadas, tristes, como si no tuvieran nombre ni destino que no fuera trágico. Forman parte de una gran compañía de seres humanos casi invisibles —entre ellos hombres, mujeres y niños— pobres, ignorantes, desvalidos, indefensos. Sufren viviendo porque viven sufriendo física, social y emocionalmente, y mueren en el misterio del anonimato.

¿Habrá alguien que tenga compasión de ellos? Sí, lo hay. Se trata de Jesucristo, el Hijo de Dios. Nadie los comprende como Él. Fue precisamente para identificarse con ellos que se hizo hombre y nació de la forma más humilde posible, en un pesebre, y murió de la forma más humillante posible, colgado semidesnudo en una cruz. Sintiéndose abandonado tanto por su Padre como por sus mejores amigos, dio su vida por todo el que alguna vez habría de sentirse abandonado.

Uno de esos amigos, Mateo, escribió en su biografía acerca de Cristo: «Jesús recorría todos los pueblos y aldeas… sanando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.»1 En el capítulo anterior Jesús se había identificado con esas multitudes desatendidas como Hijo del hombre: «Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —había declarado—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza.»2

De ahí que posteriormente nos hiciera la invitación a todos, y en particular a los que difícilmente soportan la vida que llevan: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso… Aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma.»3

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SEPARACIÓN ENTRE IGLESIA Y ESTADO

14 mar 2016

SEPARACIÓN ENTRE IGLESIA Y ESTADO

por el Hermano Pablo

a1El juicio estaba llegando a su fin. Toda la evidencia pesaba en contra del acusado. La sentencia de muerte sin duda caería sobre Carlos Chambers. Había matado a una mujer de setenta años para robarle. Seguramente lo condenarían a la cámara de gas.

El fiscal, a fin de reafirmar su tesis, tuvo la ocurrencia de citar la Biblia: «Dios dice que el que derrama sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.»

Ante esto el abogado defensor pidió que se anulara la sentencia, y el juez se vio obligado a conceder la petición. La ley dictaba que no se podía citar la Biblia para acusar a un hombre. Esto se debía a que en ese país había estricta separación entre Iglesia y Estado. Así que por referirse a la Biblia, el fiscal perdió su caso.

He aquí un caso interesante. Sucede en un país donde ocurren toda clase de argucias jurídicas extrañas, y se presta para una seria reflexión. Un asesino merece la pena de muerte. No debiera haber escape. Pero al citar la Biblia para condenarlo, se ponen en juego tretas jurídicas, y el hombre se salva.

Vale la pena preguntarnos: Al fin de cuentas, ¿en qué se basan las leyes humanas de todos los países del mundo para definir un delito? Si no puede citarse la Biblia en el juicio de un asesino, tampoco debe poder citarse para condenar a un adúltero, o a un mentiroso, o a un ladrón, o a quien sea culpable de cualquier delito.

Los Diez Mandamientos, que se encuentran en el Libro Sagrado, fijan y establecen la moral humana. Si no hubiera Biblia y no existiera ese Decálogo de Moisés, el hombre no tendría ley a la cual sujetarse. ¿Cuál sería el resultado? Se regiría sólo por la violencia y la fuerza. Su única ley sería su propio capricho personal.

En los días previos al diluvio universal, nadie obedecía a nadie. No había ley, no había moral, no había norma de vida. Regía sólo la violencia. Cada uno establecía su propia ley. Fue entonces que Dios envió el diluvio, para comenzar un nuevo pueblo.

Lo cierto es que aunque Dios jamás hubiera mandado a escribir sus mandamientos en tablas de piedra o en ninguna otra parte, el homicidio sería criminal, el adulterio sería inmoral, el robo sería ruin, y todo pecado sería maligno. Lo que no está escrito en tablas de piedra, está escrito en la conciencia humana. Y todos hemos violado la ley de la conciencia.

¿Habrá salvación para el pecador? Sí, la hay, con toda seguridad. Por eso dio su vida Jesucristo en la cruz del Calvario: para pagar el precio de nuestra redención. Podemos acudir a Él. Cristo murió por nuestra maldad. Por eso se llama Salvador. Rindámosle nuestra vida.

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«ME HA HECHO QUEDAR MAL»

12 mar 2016

«ME HA HECHO QUEDAR MAL»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Conocí a una señora, la cual era mi vecina, y le [dejé usar] mi nombre en varias ocasiones para que le prestaran plata…. La cuestión es que me ha hecho quedar mal. Me han dejado de hablar ella, su esposo y su hija, y yo me he ganado un problema con el dueño de la plata. Me han formado escándalo. ¡Estoy desesperada; no sé qué hacer!»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Su vecina es una estafadora y usted dejó que ella la engañara. Casi de seguro ha hecho lo mismo con otras personas, y por eso no podía pedir dinero prestado a nombre propio…. Ella la engañó al convencerla de que era una verdadera amiga necesitada. Y de la bondad de su corazón, usted quiso ayudarla.

»Jesucristo mismo enseñó que, si bien el mandamiento más importante es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, el segundo mandamiento es amar al prójimo como a uno mismo.1 Amar al prójimo significa ayudarlo de cualquier modo que podamos, así que usted pensó que estaba haciendo algo bueno. ¿En qué se equivocó?

»Al autorizar a la mujer a que usara el nombre suyo, usted estaba dando su aprobación a la falta de honradez. Ella mintió, y usted dejó que lo hiciera. Usted le dio permiso para engañar al prestamista.

»Ahora tiene miedo de dar parte a la policía porque sabe que procedió de forma ilegal cuando permitió que ella usara su nombre. De ahí que la policía pudiera acusarla a usted de un delito al mismo tiempo que la acusen a ella. Mi consejo es que usted necesita contratar a un abogado para que la ayude a determinar cómo proceder.

»A no ser que el abogado pueda hallar una forma legal de obligar a la mujer a que pague la deuda, me temo que sea usted quien tenga que pagarla. El abogado le dirá si le conviene tratar de llegar a un acuerdo con el prestamista.

»Lamentablemente ha aprendido por las malas que nunca es aconsejable permitir que otra persona use el nombre suyo para obtener un préstamo. Amar al prójimo no quiere decir pedir dinero prestado ni mentir a petición de él, como tampoco prestarle dinero si uno no está en condiciones de perder lo que ha prestado.

»Hay muchas personas buenas que creen que se justifica mentir o engañar con tal de hacerlo por lo que consideran una buena razón. Hasta emplean la expresión «mentira piadosa» para describir una de esas mentiras. Sin embargo, el mandamiento que Dios le dio a Moisés no contempla ninguna excepción.2 … De seguro que Dios la perdonará si se lo pide. Ojalá que el prestamista sea tan misericordioso como Dios.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 242.

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«MUCHO RENCOR EN CONTRA DE MI PADRE»

10 mar 2016

«MUCHO RENCOR EN CONTRA DE MI PADRE»

por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de una mujer que «descargó su conciencia» en nuestro sitio http://www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que la citáramos, como sigue:

«Guardo mucho rencor en contra de mi padre, pues él ha sido el hombre más cruel que he conocido. Hiere a mi madre tanto física como psicológicamente. Es alcohólico, y usa palabras hirientes y obscenas. Toda mi vida le he tenido odio y rencor por todo lo que nos ha hecho, llegando al punto de querer atentar contra su vida para que este sufrimiento pare.

»Mi madre es creyente en Dios, y yo he asistido a la iglesia desde pequeña. Creo que eso ha evitado que [yo trate de matar a mi padre]. Quisiera que me aconsejaran para poder perdonar y sacar todo esto que siento en mi corazón.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Su caso nos entristece mucho. ¡Con razón que siente tanto odio y rencor! …

»Ese deseo de hacerle daño a su padre ha sido el único modo que se le ha ocurrido a usted para actuar conforme a la angustia que ha sentido. Pero como usted ha asistido a una iglesia, sin duda ha estudiado la Biblia y sabe que el apóstol Pablo enseñó: “No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios”.1 Sin embargo, es muy difícil desprenderse de todo ese rencor y dejar que Dios mismo se encargue del castigo.

»Debido a que el rencor y el resentimiento son casi exclusivamente internos, nos hacen daño de adentro hacia afuera…. Los sentimientos de rencor rondan una y otra vez en nuestra mente, haciendo cada vez peor nuestro estado emocional. El guardar rencor puede resultar en depresión y ansiedad. Puede privarnos del gozo aun en momentos que debieran ser alegres. Y hasta puede ser la causa de síntomas físicos tales como la presión arterial alta.

»… Si bien el padre suyo tiene la opción de portarse bien o mal y de hacerles daño o no a otras personas, usted y su mamá tienen así mismo la opción de sacarlo de la casa o alejarse de él. Dios promete protegernos, pero Él espera que cada uno de nosotros haga lo que esté a su alcance para protegerse. Él nunca quiere que ninguno de nosotros permanezca en una situación peligrosa si podemos evitarlo.

»El perdón es un acto sobrenatural. Usted debe pedirle a Dios que le dé la capacidad de perdonar a su padre. Determine, cada día, varias veces al día, decirle a Dios en oración: “Señor, yo lo perdono y estoy dispuesta a ceder el derecho que tengo de odiarlo y de guardarle rencor.” Siga orando de esa manera, y luego confíe en que Dios se encargará de su padre.

»Recuerde que el perdón no absuelve lo que ha hecho su padre, ni quiere decir que usted deba darle la oportunidad de seguir hiriéndola. Así que haga lo necesario para alejarse de él.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 380.

TOMAR LA VIDA EN VERSO

9 mar 2016

TOMAR LA VIDA EN VERSO

por el Hermano Pablo

a1Los versos estaban mal compuestos, pero de todos modos, eran versos. Es difícil lograr la rima y la cadencia de un Rubén Darío o de un Guillermo Valencia. Los versos decían así: «No debiste matar de noche / ni debiste matar de día. / Ahora debo sentenciarte / a prisión por toda tu vida. / Mataste a tu dulce esposa, / que tanto amor te tenía. / Ahora te han castigado: / ¡era lo que merecías!»

Los versos los compuso el juez Robert Fitzgerald para condenar a cadena perpetua a David Schoenecker, de cincuenta y un años de edad. Schoenecker había matado a su esposa. Es la primera sentencia en verso que se conozca.

Parece que el criminal había escrito también unos versos cuando mató a su esposa. Y aun después de oír la sentencia, escribió una cuarteta más: «Cuando yo escribí mis versos, / me encontraba muy enfermo. / Cuando el juez escribió los suyos, / no sufría de mal alguno.»

No tomar uno en serio sus ofensas, no sentirse avergonzado de sus agravios, no sentir remordimiento ante el daño que uno provoca, es añadirle mal al mal. Ponerle nombres bonitos a las cosas feas no las mejora en nada. Y escribir versos para constatar un asesinato no cambia en nada el horrendo acto. Incluso, los versos del juez, de amargo buen humor, no alivian tampoco la sentencia. Con todo y versos, el hombre habría de pasar el resto de su vida en la cárcel.

No hay que prodigar elogios al delito. No hay que cantarle loas a la muerte. No hay que pronunciar alabanzas al pecado. Algunos quieren hablarle con sarcasmo a la vida y proferir insultos al destino, pero no son más que pobres recursos del despecho que en nada aminoran el crimen.

Las palabras del rey David, confrontado por su pecado de tomar como mujer a Betsabé, esposa del soldado Urías, y de enviar a Urías al frente de batalla para que lo mataran, no eran palabras de un rey arrogante. Eran las de un pecador contrito y humillado. «Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor…. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu» (Salmo 51:1,10).

Y cuando Cristo quiso enseñarnos cómo debe un malhechor responder ante sus delitos, lo hizo poniendo una oración en labios de un desgraciado recaudador de impuestos. Las palabras son éstas: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lucas 18:13).

No miremos con impudencia nuestro pecado. No hay ni gracia ni perdón para el que no confiesa su mal. Reconozcamos nuestra rebeldía, admitamos nuestra indocilidad, confesemos nuestro pecado, y Dios en un instante nos perdonará y nos limpiará de toda maldad.

«BELLEZA Y DOCILIDAD DE LAS INDIAS YUCAYAS»

7 mar 2016

«BELLEZA Y DOCILIDAD DE LAS INDIAS YUCAYAS»

por Carlos Rey

(Víspera del Día Internacional de los Derechos de la Mujer)

a1A comienzos del siglo dieciséis, «había en Santiago [de los Caballeros, conocido entonces como Santiago de Jacagua,] “80 de a caballo”, que eran los vecinos principales, poseedores de caballos. Parece que pasear a caballo con una persona era gran prueba de amistad. Esta costumbre aún se conserva en Santiago.»1

«Por otra parte, el impacto de la belleza y docilidad de las indias yucayas en el elemento masculino español del Santiago de la época parece haber sido extraordinario. Así vemos que cuando Antonio Flores, Alcalde Mayor de la Vega, quiso quitarle a Pablo Hernández una india yucaya, “éste la trajo a Santiago y hasta se casó con ella…”

»Fue muy sonado el dramático caso del distinguido vecino de Santiago, Alonso de Sandoval, que, enamorado de una esclava de Bartolomé Rodríguez, de la Concepción de la Vega, fue acusado de mandarlo a acuchillar por un esclavo negro. Dicen los documentos textualmente “que aquella india le pesaba mucho”.

»También andaban detrás de las indias yucayas en Santiago el vecino de la villa Alonso Pérez Herrero, quien le cambió a Sancho de Salcedo una nombrada Olaya; Alonso García, minero de Ayllón, en Guaurabo, que le compró a Belalcázar, a Catalinilla; García Gallego, que obtuvo otra yucaya de Juan de Zamora y la traspasó, después, a Ruiz de Tapia; Diego Morales, que compró a Elvira; Marcos y Juan Méndez, que compraron a Juanica; Francisco de Ceballos, distinguido vecino, que compró a Leonorica; y Gonzalo Núñez, que compró a otra india yucaya de la que no se da el nombre.

»Para terminar, es interesante llamar la atención sobre que los españoles de Santiago convivieron maritalmente, y hasta se casaron, con estas indias yucayas, las cuales, por lo que puede deducirse de las noticias de la época, provocaron una gran conmoción en aquella “sociedad de hombres solitarios” que fue la de la Conquista.

»Abundante sangre de estas impresionantes mujeres debe correr por las venas de los santiagueros de hoy… Tal vez sea ésta la causa de que las “indias santiagueras” sean tan fascinantes… todavía.»2

¡Qué lamentable situación la que se vivía en la isla Española, hoy República Dominicana, durante la época de la Conquista que nos describe el historiador dominicano Carlos Dobal! Aquellos tal llamados «caballeros» de Santiago llegaban a poseer y a «conquistar» a sus mujeres o futuras esposas de igual forma en que poseían y domaban a sus preciados caballos. Al tal Alonso de Sandoval no le pesaba tomar como esclava a una mujer, privándola de su libertad y tratándola igual que a uno de sus caballos; por el contrario, lo que le pesaba era que esa indígena le perteneciera a otro hombre, tanto que mandó matarlo para poder quedarse con ella. Para él y sus «caballeros de armas», casarse con cualquiera de esas «indias» era hacerles un gran favor, ya que tenían el poder para obligarlas a vivir con ellos sin los beneficios del matrimonio. Y para colmo de males, todo eso lo hacían como presuntos «cristianos», a pesar de que fue Cristo quien nos dio la regla de oro, que nos manda que, en todo, tratemos a los demás tal y como queremos que nos traten a nosotros… lo cual incluye a toda mujer, cualquiera que sea su condición social.3

Gracias a Dios, ya hace bastante que no aprobamos, como sociedad, aquellos valores retrógrados de los conquistadores

SESENTA SÁBANAS HACIA LA LIBERTAD

4 mar 2016

SESENTA SÁBANAS HACIA LA LIBERTAD

por el Hermano Pablo

a1Se necesitó bastante paciencia hacer nudo tras nudo. También hizo falta paciencia para juntar habilidosamente tantas sábanas, sobre todo en ese lugar tan vigilado. Pero el hombre coleccionó sesenta sábanas e hizo ciento veinte nudos. Y deslizándose por esa cuerda de sábanas, bajó catorce pisos.

Una hora después de su hazaña, Ahmad Shelton, de veintiséis años de edad, llamó por teléfono al periódico «Los Ángeles Times» y dijo: «Gracias por las sábanas. Sirvieron para escaparme. Se las dejé a la policía.» Quién sabe cómo logró conseguirlas del periódico, pero ahora que había escapado, las devolvía.

Cuando lo arrestaron en la sección de investigación de robos y lo detuvieron en la Comisaría de policía de Los Ángeles, California, batió un récord mundial. Nunca nadie antes se había escapado de una cárcel anudando semejante cantidad de sábanas: ¡nada menos que sesenta! Así había descendido catorce pisos hasta poner los pies en el suelo.

Si bien precisó de sesenta sábanas para conseguir la libertad de aquella cárcel, ¿cuántas sábanas más habría necesitado Ahmad Shelton para lograr una libertad absoluta?

Para una libertad completa no habría necesitado sábanas, pero sí le habrían hecho falta por lo menos sesenta páginas de descargos escritos por un buen abogado. Habría necesitado sesenta días para pensar bien cómo responderles a los jueces cuando lo volvieran a arrestar, o sesenta mil dólares para contratar al mejor abogado posible, y sesenta años para pensar seriamente en los delitos de su vida.

Sin embargo, ni con todo eso habría encontrado aquel joven la verdadera libertad. Porque la libertad verdadera —libertad de vicios arraigados, libertad de remordimiento de conciencia y libertad de pecados—, sólo se encuentra en el perdón de Cristo.

Ahmad podría pasar sesenta años haciendo penitencia, o seiscientos años vagando como alma en pena, o convertido en un fantasma que habita en castillos medievales. Podría derramar sesenta litros de lágrimas, o flagelarse sesenta veces con sesenta escorpiones, pero con todo eso no lograría la libertad del delito del alma, que es el pecado.

Estar libre de una cárcel de piedra y de cemento, de celdas y de rejas, de guardias y de jueces, no garantiza la libertad. Podemos estar fuera de una cárcel y sin embargo ser los reos más presos del mundo. La cárcel más cerrada que existe es la del pecado. Y de ésa sólo Cristo nos libra. Sesenta sábanas darán libertad de alguna celda, pero sólo Cristo puede dar libertad del pecado. Él quiere ser nuestro Libertador.

 

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«PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…»

2 mar 2016

«PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO…»

por el Hermano Pablo

a1El hombre se puso a recitar el padrenuestro: la oración modelo, la oración magistral, la oración cristiana por excelencia. «Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…» Y las palabras que nos enseñó Jesucristo fluyeron como fluyen las notas del órgano por sus tubos vibrantes.

Vez tras vez, a lo largo de setenta y dos interminables horas, David Nymann, montañero de Alaska, recitó esa oración reconfortante mientras vientos helados, de ciento treinta kilómetros por hora, azotaban el monte Johnson. Su amigo, James Sweeney, yacía a su lado, con ambas piernas quebradas, sin poder moverse.

La muerte los acechaba a ambos, por frío y por hambre. Al fin un helicóptero los avistó y los rescató. La oración había sido, para ambos hombres, calor, agua y alimento durante tres días.

Aun los hombres más rudos, cuando se ven en apuros, abren los labios para elevar una oración. Nymann y Sweeney, deportistas que querían escalar el monte Johnson de Alaska, sufrieron una caída. Sweeney se quebró ambas piernas; Nymann quedó muy golpeado. Ambos vieron acercarse la muerte. Pero la recitación constante del padrenuestro los mantuvo en vela, y la fuerza poderosa de la esperanza los ayudó a soportar la prueba.

La oración es la única fuerza capaz de unir al hombre, en la tierra, con Dios, en el cielo. Cuando Jesús enseñó a orar a sus discípulos, les dijo: «Ustedes deben orar así: “Padre nuestro que estás en el cielo…”» (Mateo 6:9). Jesús enseñó que Dios es el Padre de toda la humanidad. Cuando sentimos que Dios es nuestro Padre, y cuando abrimos los labios en oración sincera, Dios el Padre acude en nuestra ayuda. Dios quiere ser el Padre de todos.

¿Por qué será, entonces, que tantas oraciones no son contestadas? Quizá sea porque no nos hemos relacionado previamente con Dios. Queremos su ayuda de un momento al otro sin haber establecido una amistad con Él. Dios quiere ayudarnos, pero para alcanzar su ayuda debemos estar en continuo contacto con Él.

Establezcamos, pues, esa comunicación con nuestro Creador y Salvador. La primera oración que Él oye es: «¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lucas 18:13). Ese reconocimiento, más la súplica de perdón por nuestros pecados, establece el contacto.

Démosle nuestra vida a Cristo, el divino Salvador. Él quiere ser nuestro Señor. Sometámonos a su señorío, y Él, con seguridad, escuchará nuestra oración.

 

 

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ENVIDIA DE LAS BODAS AJENAS

25 feb 2016

ENVIDIA DE LAS BODAS AJENAS

por Carlos Rey

 

a1En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net, autorizándonos a que la citáramos:

«Hace cinco años que tengo una relación de noviazgo. Tenemos dificultades económicas para casarnos. No puedo evitar tener envidia, desesperación y tristeza en mi corazón cada vez que alguien conocido anuncia su matrimonio. Yo sólo trato de disimular lo que siento y de asistir [a la boda] aunque me sienta mal. No sé cómo sacar la envidia de mi corazón y alegrarme con los que están alegres. No puedo sentirme feliz al ver que otros han obtenido esa bendición antes que yo, y que no sé cuánto tiempo más tendré que esperar.»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimada amiga:

»Nos alegramos de que reconozca que la envidia le hace daño. Al pensar vez tras vez en lo que usted tiene y que compara con lo que tienen los demás, se está condenando a la infelicidad. Los adultos que tienen madurez emocional aceptan el hecho de que la vida no es justa, nunca ha sido justa, y jamás será justa, y luego determinan sacarle el mayor provecho posible a lo que tienen. En cambio, los que se comparan con otros en cualquier esfera de la vida, convencidos de que debiera haber equidad o justicia de alguna manera, se decepcionan constantemente. Luego se enojan y se irritan, lo cual los aísla de sus amigos y de su familia, y eso los hace más infelices….

»Las bodas provocan la envidia de muchas mujeres en todo el mundo. Ven bodas hermosas por televisión y en las películas y cine, y terminan por convencerse de que el espléndido evento y el costoso vestido de novia son indispensables para casarse. Y ven cómo ciertas familias tratan de demostrar que tienen dinero y prestigio social al invitar a todos sus conocidos a una suntuosa cena después de la ceremonia. Y sin embargo los buenos matrimonios no dependen de nada de eso, como lo confirman tantos divorcios que se dan a los pocos años de las bodas.

»Cuando nuestra hija se casó hace algunos años, no teníamos el dinero para que ella y su prometido tuvieran una boda costosa…. Ellos decidieron casarse en un parque, y luego que unos cuantos familiares y amigos fueran a una casa para una pequeña fiesta…. Estuvimos orgullosos de ellos porque decidieron no desperdiciar una buena cantidad de dinero en una gran fiesta que sólo duraría unas cuantas horas.

»El escritor del libro a los Hebreos enseñó: “Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: ‘Nunca te dejaré; jamás te abandonaré.’”1En esas palabras encontramos el remedio para la envidia: estar satisfechos con lo que tenemos y depender de la ayuda de Dios para lo que de veras necesitamos. Pídale a Dios que la perdone por la envidia que tiene en el corazón y que le ayude a confiar en Él para el futuro.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso

378.http://audio.conciencia.net/2016/2016feb25.mp3