Nos gozaremos y alegraremos en ti – Cantares 1:4

Nos gozaremos y alegraremos en Dios. No abriremos las puertas del año a las lúgubres notas del tamboril, sino a los suaves sonidos del arpa del gozo y a los retumbantes címbalos de la alegría. «Venid, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación» (Sal. 95:1, LBLA).

Nosotros los llamados, los fieles, los elegidos, ahuyentaremos nuestros pesares y levantaremos nuestras banderas de confianza en el nombre de Dios. Dejemos que otros se lamenten de sus aflicciones; nosotros que tenemos para echar en el amargo lago de Mara el árbol que endulza, magnificaremos al Señor con gozo. ¡Oh Espíritu Eterno, nuestro eficiente Consolador, nosotros que somos los templos en que tú habitas, no cesaremos nunca de adorar y de bendecir el nombre de Jesús! Queremos que Jesús tenga la corona del deleite de nuestro corazón; no afrentemos a nuestro Esposo gimiendo en su presencia.

Estamos destinados a ser los cantores del Cielo; ensayemos, pues, nuestro cántico antes de entonarlo en los palacios de la nueva Jerusalén. Nos gozaremos y alegraremos, dos palabras con un significado: doble gozo, felicidad sobre felicidad. ¿Es necesario que nuestro gozo en el Señor tenga ahora algún límite? ¿No hallan los hombres piadosos que su Señor es aun ahora alheña y nardo, caña aromática y canela? ¿Pueden estas sustancias tener en los cielos una fragancia mejor? Nos gozaremos y alegraremos en ti.

Esta última palabra es como el meollo de la nuez, como el alma del texto. ¡Qué riquezas están atesoradas en Jesús! ¡Qué ríos de infinita felicidad hallan en él su manantial y cada gota de su plenitud! ¡Oh bondadoso Jesús, ya que tú eres la presente porción de tu pueblo, favorécenos este año con tal sentido de tu inmenso valor que desde el primer día hasta el último podamos gozarnos y alegrarnos en ti. Que enero comience con gozo en el Señor y diciembre concluya con alegría en Jesús. 2 de enero

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 9-10). Editorial Peregrino.

Un Antídoto Contra las Artimañas de Satanás

SERMÓN PREDICADO UN JUEVES POR LA NOCHE DURANTE EL INVIERNO DE 1858

POR CHARLES HADDON SPURGEON,

EN LA CAPILLA DE NEW PARK STREET, SOUTHWARK, LONDRES,

Y SELECCIONADO PARA LECTURA EL DOMINGO 30 DE DICIEMBRE DE 1900.

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Génesis 3: 1.

Por supuesto que entendemos que este versículo se refiere a “la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás”. En vez de la palabra “serpiente”, la Versión Samaritana usa: “engañador” o “mentiroso”. Aunque esta no fuera la lectura auténtica, con todo, declara ciertamente una verdad. Ese viejo engañador, de quien nuestro Señor Jesús les había dicho a los judíos: “Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”, era “astuto, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Agradó a Dios dar astucia a muchas bestias, -a algunas, astucia y artería combinadas con fuerza- con el objeto de que pudieran ser más destructivas para ciertas clases de animales cuyos números requieren ser controlados. A otras, que están desprovistas de mucha fuerza, le ha agradado darles instintos de la más maravillosa sabiduría para la autopreservación y la destrucción de su presa y para la procuración de su alimento; pero todos los sabios instintos y toda la astucia de las bestias del campo son sobrepasados grandemente por la astucia de Satanás. De hecho, yendo más lejos, el hombre tiene, tal vez, mucha más astucia que cualquier otra simple criatura, aunque pareciera algunas veces que el instinto animal en efecto aventajara a la razón humana; pero Satanás tiene una mayor astucia en su interior que cualquier otra criatura que el Señor haya creado, el hombre incluido.

Satanás posee abundantes artimañas y es capaz de vencernos por varias razones. Me parece que una suficiente razón para que Satanás sea artero es porque es malicioso; pues de todas las cosas, la malicia es lo más productivo de la artería. Cuando un hombre está resuelto a la venganza, es extraño cuán artero es para encontrar oportunidades para desfogar su malevolencia. Si un hombre siente enemistad contra otro y esa enemistad se posesiona enteramente de su alma y derrama veneno, por decirlo así, en su propia sangre, se volverá sumamente artero con los medios que usa para vejar y hacer daño a su adversario. Ahora, nadie puede estar más lleno de malicia contra el hombre que Satanás, tal como lo demuestra cada día; y esa malicia aguza su inherente sabiduría de manera que se vuelve sumamente astuto.

Además, Satanás es un ángel, aunque es un ángel caído. No dudamos, por ciertos indicios en la Escritura, que ocupara un lugar muy excelso en la jerarquía de ángeles antes de caer; y sabemos que esos poderosos seres están dotados de vastos poderes intelectuales que sobrepasan en mucho cualesquiera que hayan sido dados jamás a seres de molde humano. Por tanto, no hemos de esperar que un hombre, sin ayuda de lo alto, sea alguna vez un contrincante para un ángel, especialmente un ángel cuyo intelecto innato ha sido aguzado por una malicia sumamente malévola en contra nuestra.

Además, Satanás muy bien puede ser astuto ahora –puedo decir confiablemente que más astuto de lo que era en los días de Adán- pues él ha tenido largos tratos con la raza humana. Cuando tentó a Eva esa era su primera ocasión de tratar con la humanidad; pero aun entonces la serpiente era “astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho”. Desde entonces él ha ejercitado todo su diabólico pensamiento y grandes poderes para acosar y arruinar a los hombres. No hay ningún santo a quien no haya perseguido y ningún pecador al que no haya conducido a engaño. Juntamente con sus tropas de espíritus malignos él ha estado ejerciendo un terrible control sobre los hijos de los hombres; él es por tanto muy habilidoso en todas las artes de la tentación. Nunca un anatomista entendió tan bien el cuerpo humano como Satanás entiende el alma humana. Él no ha sido “tentado en todo”, pero él ha tentado a otros en todos los puntos. Él ha procurado atacar nuestra condición humana desde la corona de nuestra cabeza hasta la planta de nuestro pie; ha explorado cada obra exterior de nuestra naturaleza e incluso las cavernas más secretas de nuestras almas. Ha escalado la ciudadela de nuestro corazón, y ha vivido allí; ha explorado sus más íntimos recovecos y se ha sumergido en los más bajos abismos. Yo supongo que no hay nada de la naturaleza humana que Satanás no pueda desenmarañar; y aunque, sin duda, es el más grande tonto que haya existido jamás, como continuamente el tiempo lo demuestra, con todo, más allá de toda duda, él es el más astuto de los tontos, y puedo agregar que esa no es una gran paradoja, pues la argucia es siempre una insensatez y la astucia no es sino otra forma de apartarse de la sabiduría.

Y ahora, hermanos, durante unos cuantos minutos voy a ocupar su tiempo, primero, notando las argucias y la astucia de Satanás, y los modos en que ataca nuestras almas; y, en segundo lugar, voy a darles unas cuantas palabras de admonición con respecto a la sabiduría que debemos ejercitar contra él, y el único medio que podemos usar eficazmente para impedir que su astucia sea el instrumento de nuestra destrucción.

I. Notemos, en primer lugar, LAS ARGUCIAS Y LA ASTUCIA DE SATANÁS, como las hemos descubierto en nuestra propia experiencia.

Y puedo comenzar observando que Satanás descubre su artería y su astucia por los modos de su ataque. Hay un hombre que es calmado y tranquilo, y está en paz; Satanás no ataca a ese hombre con incredulidad o desconfianza; le ataca en un punto más vulnerable que eso; el amor propio, la confianza en uno mismo, la mundanalidad, estas cosas serán las armas que Satanás usará contra él. Hay otra persona que es notable por su abatimiento y por su falta de vigor mental; no es probable que Satanás se esfuerce por inflarlo con el orgullo, pero examinándolo, y descubriendo dónde está su punto débil, le tentará a dudar de su llamado, y se esforzará por conducirlo a la desesperación. Hay otro hombre de salud corporal fuerte y robusta, que tiene todos sus poderes mentales en pleno y vigoroso ejercicio, disfrutando de las promesas y deleitándose en los caminos de Dios; posiblemente Satanás no le atacará con la incredulidad, porque siente que tiene una armadura para ese punto en particular, pero le atacará con orgullo o con alguna tentación a la lujuria. Él nos examinará muy íntegra y cuidadosamente, y si nos encuentra que somos como Aquiles, únicamente vulnerables en nuestro talón, entonces disparará sus flechas a nuestro talón.

Yo creo que Satanás no ha atacado a menudo a un hombre en un lugar donde le vio que era fuerte; pero generalmente busca bien el punto débil, el pecado que asedia. “Allí”, -dice él- “allí voy a dar el golpe”; ¡y que Dios nos ayude en la hora de la batalla y en el tiempo del conflicto! Tenemos necesidad de decir: “¡Que Dios nos ayude!”, pues, ciertamente, a menos que el Señor nos ayude, este astuto enemigo puede encontrar fácilmente suficientes junturas en nuestra armadura, y pronto podría enviar la flecha mortal a nuestras almas, de manera que caeríamos heridos delante de él. Y sin embargo, he notado, y es muy extraño, que Satanás tienta algunas veces a los hombres con la propia cosa que supondrías que nunca les tentaría. ¿Cuál imaginan ustedes que fue la última tentación de John Knox en su lecho de muerte? Tal vez nunca hubo un hombre que entendiera más plenamente la gran doctrina de que “por gracia sois salvos”, que John Knox. La tronaba desde el púlpito; y si lo hubieras cuestionado sobre el tema él te la habría declarado osada y valientemente, negando con todo su poder la doctrina papal de la salvación por medio del mérito humano. Pero, ¿podrán creerlo, ese viejo enemigo de las almas atacó a John Knox con la justicia propia cuando yacía en su lecho de muerte? Vino a él y le dijo: “¡Cuán valientemente has servido a tu Señor, Juan! Nunca te has acobardado delante de la faz del hombre; te has enfrentado a reyes y a príncipes, y sin embargo, no has temblado nunca; un hombre como tú puede caminar para entrar al reino del cielo con sus propios pies, y vestir sus propios vestidos en la boda del Altísimo”; y aguda y terrible fue la lucha que John Knox tuvo con el enemigo de las almas por esa tentación.

Yo puedo darles un ejemplo similar de mi propia experiencia. Yo pensé para mí que, de todos los seres en el mundo, yo era el que más libre estaba de cuidados. Nunca había ejercitado mis pensamientos ni por un instante, así lo pienso, preocupándome por las cosas temporales; yo siempre tuve todo lo que había necesitado, y parecía que yo había sido trasladado más allá del alcance de la ansiedad acerca de tales asuntos; y sin embargo, es extraño decirlo, no hace mucho tiempo, una tentación sumamente terrible me sobrecogió, arrojándome en la mundanalidad del cuidado y del pensamiento; y aunque yacía y gemía en agonía y luchaba con todo mi poder contra la tentación, pasó mucho tiempo antes de que pudiera vencer esos pensamientos desconfiados con relación a la providencia de Dios, cuando, debo confesarlo, no había la menor razón, hasta donde podía verlo, del por qué tales pensamientos irrumpieran en mí. Por esa razón, y por muchas más, odio más y más al diablo cada día, y he hecho votos, de ser posible, mediante la predicación de la Palabra de Dios, de buscar sacudir los propios pilares de su reino; y yo pienso que todos los siervos de Dios sentirán que su enemistad contra el archienemigo de las almas aumenta cada día debido a los malevolentes y extraños ataques que continuamente está haciendo contra nosotros.

Los modos de ataque de Satanás, entonces, como aprenderán rápidamente si es que no lo han hecho ya, delatan su astucia. ¡Ah!, hijos de los hombres, mientras ustedes se están poniendo sus cascos, él está buscando enterrar su espada de fuego dentro de su corazón; o mientras ustedes están inspeccionando bien su coraza, él está levantando su hacha de combate para partir su cráneo; y mientras ustedes están inspeccionando tanto su casco como su coraza, él está buscando hacer tropezar su pie. Él está vigilando siempre para ver dónde no están viendo ustedes; él está alerta siempre cuando ustedes están dormitando. Mirad por vosotros mismos, por tanto; “Vestíos de toda la armadura de Dios”; “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe”; ¡y que Dios les ayude a prevalecer contra él!

Una segunda cosa en la que Satanás delata su astucia es, las armas que usará a menudo contra nosotros. Algunas veces atacará al hijo de Dios con el recuerdo de una canción obscena, o con un discurso licencioso que pudo haber oído en los días de su estado carnal; pero con mucha mayor frecuencia le atacará con textos de la Escritura. Es extraño que tenga que ser así, pero a menudo es el caso de que, cuando dispara su flecha contra un cristiano, la propulsa con la propia Palabra de Dios. Eso parecía ser, de acuerdo con el poeta, la intensa conmoción del dolor que el águila, cuando la flecha estaba sorbiendo la sangre de su corazón, vio que la pluma que le dio alas para volar hacia su pecho había sido arrancada de su propio pecho; y el cristiano tendrá con frecuencia una experiencia más o menos similar. “¡Ah!”, –dirá- “aquí hay un texto que yo amo, tomado del Libro que valoro, sin embargo, está vuelto contra mí. Un arma salida de la propia armería de Dios es constituida como el instrumento de muerte contra mi alma”. ¿No han encontrado que así sucede, queridos amigos cristianos? ¿No han probado que así como Satanás atacó a Cristo con un “Escrito está”, así también los ha atacado a ustedes? ¿Y no han aprendido a estar en guardia contra las perversiones en contra de la Sagrada Escritura, y los retorcimientos de la Palabra de Dios, para que no los conduzcan a la destrucción?

En otros momentos, Satanás usará el arma de nuestra propia experiencia. “¡Ah!”, -dirá el diablo- “en tal y tal día, tú pecaste de tal y tal manera; ¿cómo puedes ser un hijo de Dios?” En otro momento él dirá: “tú eres justo con justicia propia, por tanto no puedes ser un heredero del cielo”. Luego, otra vez, comenzará a desenterrar todas las viejas historias que hemos olvidado desde hace mucho tiempo de todas nuestras incredulidades pasadas, de nuestros pasados descarríos, y así sucesivamente, y nos reprocha eso. Él dirá: “¡Cómo! ¿Tú, TÚ un cristiano? ¡Un buen cristiano has de ser!” O, posiblemente comenzará a tentarte de alguna manera parecida a esta: “El otro día no querías hacer tal y tal cosa en el negocio; ¡cuánto perdiste por eso! Fulano de Tal es un cristiano; él lo hizo. Tu vecino, al otro lado de la calle, ¿no es él un diácono de una iglesia, y acaso no lo hizo? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo? Te iría muchísimo mejor si lo hicieras. Fulano de Tal lo hace, y le va bien, y es precisamente tan respetado como lo eres tú; entonces, ¿por qué no habrías de actuar de la misma manera?” Así, el diablo te atacará con armas tomadas de tu propia experiencia, o de la iglesia de la cual eres un miembro. ¡Ah!, ten cuidado, pues Satanás sabe cómo escoger sus armas. Él no está saliendo contra ustedes, si fueran grandes gigantes, con una honda y una piedra; sino que viene armado hasta los dientes para derribarte. Si él sabe que estás tan protegido por una cota de malla que el filo de su espada será doblegado por tu armadura, entonces te atacará con un veneno letal; y si sabe que no puedes ser destruido por esos medios, viendo que tienes un antídoto a la mano, entonces buscará tenderte una trampa; y si eres precavido de manera que no puedes ser sorprendido así, entonces enviará problemas de fuego contra ti, o una aplastante avalancha de dolor, de manera que pueda someterte. Las armas de su guerra, siempre malas, y a menudo espirituales e invisibles, son poderosas contra tales débiles criaturas como somos nosotros.

Además, la argucia del diablo es descubierta en otra cosa, en los agentes que emplea. El diablo no realiza él mismo todo su sucio trabajo; a menudo emplea a otros para que lo hagan por él. Cuando Sansón tenía que ser vencido, y sus nazareas guedejas tenían que ser cortadas, Satanás tenía a Dalila lista para tentarlo y conducirlo al descarrío; él sabía qué había en el corazón de Sansón, y dónde estaba su lugar más débil, y por tanto, le tentó por medio de la mujer que amaba. Un viejo teólogo dice: “Hay muchos hombres cuya cabeza ha sido quebrada por su propia costilla”, y ciertamente eso es cierto. Satanás algunas veces ha puesto a la propia esposa de un hombre para que lo derribe hasta la destrucción, o ha usado a algún querido amigo como el instrumento para obrar su ruina. Ustedes recuerdan cómo David se lamentaba por este mal: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios”. “¡Ah!”, -dice el diablo- “tú no pensaste que yo iba a poner a un enemigo a hablar mal de ti, ¿no es cierto? Vamos, eso no te habría lastimado. Yo sé cómo elegir a mis agentes de mejor manera; voy a elegir a un hombre que es un amigo o un conocido; él se te acercará, y luego te meterá el puñal debajo de los pliegues de tus vestidos”. Si un ministro ha de ser fastidiado, Satanás elegirá a un diácono que lo fastidie. Él sabe que no le importará tanto un ataque de cualquier otro miembro de la iglesia; así que algún diácono se levantará y dominará sobre él, de manera que tendrá noches sin dormir y días ansiosos. Si es un diácono el que Satanás quiere fastidiar, buscará poner a algún miembro o hermano diácono contra él; y si no hay ninguna otra persona que le importe, será su amigo más cercano y más querido el que desempeñe el acto villano.

El diablo siempre está listo a tomar en su mano la red en la que el pez es más probable que caiga, y a extender la trampa que es más probable que atrape al ave. Yo no sospecho, si tú eres un profesante de larga experiencia, que serás tentado por un sujeto borracho; no, el diablo te tentará por medio de un hipócrita mojigato. Yo no imagino que tu enemigo venga y te ataque y te calumnie; será tu amigo. Satanás sabe cómo usar y disfrazar a todos sus agentes. “¡Ah!”, -dice- “un lobo con piel de oveja será mejor para mí que un lobo que se mira como un lobo; y uno de la iglesia jugará mejor el juego y lo logrará más fácilmente, que uno fuera de ella”. La elección de los agentes de Satanás demuestra su artería y su ingenio. Fue algo astuto que eligiera a la serpiente para el propósito de tentar a Eva. Muy probablemente Eva estaba fascinada por la apariencia de la serpiente; probablemente admiraba su tonalidad brillante, y somos conducidos a creer que era entonces una criatura mucho más noble de lo que es ahora. Tal vez, entonces, se podía erguir sobre sus anillos, y muy probablemente a ella le complacía y le deleitaba; pudo haber sido la criatura familiar con la que jugaba –no dudo de que lo fuera- antes de que el diablo entrara en ella. Ustedes saben cómo, a menudo, el diablo entra dentro de cada uno de nosotros. Yo sé que él ha entrado en mí muchas veces, cuando ha necesitado que se diga una palabra hiriente contra alguien. “Nadie puede herir a ese hombre, o afligir a ese hombre” –dice el diablo- “tan bien como puede hacerlo el señor Spurgeon; vamos, lo ama como a su propia alma. Ese es el hombre”, dice el diablo, “que hará la herida más despiadada de todas, y él la hará”. Entonces, tal vez soy conducido a creer algo erróneo en contra de un algún precioso hijo de Dios, y posteriormente a hablar de ello; y luego me aflijo al pensar que pude ser tan necio como para prestar mi corazón y mi lengua al diablo. Por tanto puedo advertir a cada uno de ustedes, y especialmente a mí mismo, y a todos aquellos que tienen mucho amor derramado en ellos, a que pongan atención no sea que se conviertan en instrumentos de Satanás afligiendo los corazones del pueblo de Dios, y derribando a quienes tienen ya suficientes problemas que los pueden derribar, sin que necesiten ninguna ayuda de parte nuestra.

Y, una vez más, Satanás muestra su astucia por los tiempos en los que nos ataca. Yo pensaba, cuando estuve enfermo, que si podía levantarme de la cama otra vez y ser fortalecido, yo le iba a dar al diablo una paliza sumamente terrible por la manera en que me atacó cuando estaba enfermo. ¡Cobarde! ¿Por qué no esperó hasta que estuviera bien? Pero siempre encuentro que, si mi ánimo se abate, y me encuentro en una baja condición de corazón, Satanás elige especialmente ese tiempo para atacarme con la incredulidad. Que venga contra nosotros cuando la promesa de Dios está fresca en nuestra memoria, y cuando estamos disfrutando de un tiempo de dulce derramamiento de corazón en oración delante de Dios, y él verá cómo lucharemos contra él entonces. Pero, no; él sabe que entonces tendríamos la fuerza para resistirle; y, prevaleciendo con Dios, seríamos capaces de prevalecer contra el diablo también. Por tanto vendrá contra nosotros cuando haya una nube entre nosotros mismos y nuestro Dios; cuando el cuerpo está deprimido y el ánimo está débil, entonces nos tentará, y procurará conducirnos a la desconfianza de Dios. En otro momento, nos tentará al orgullo. ¿Por qué no nos tienta al orgullo cuando estamos enfermos y cuando tenemos el espíritu deprimido? “No” –dice- “no puedo lograrlo entonces”. Él escoge el tiempo cuando un hombre está bien, cuando está en el pleno disfrute de las promesas, y capacitado para servir a su Dios con deleite, y entonces lo tentará al orgullo. Es la oportunidad de sus ataques, el correcto ordenamiento de sus asaltos lo que hace que Satanás sea un enemigo diez veces más terrible de lo que sería de otra manera, y eso demuestra la profundidad de su artería. Verdaderamente, la antigua serpiente es más astuta que cualquier otra bestia del campo que el Señor ha creado.

Hay algo acerca de los poderes del infierno que siempre me ha dejado asombrado. La Iglesia de Cristo siempre está disputando; pero, ¿oyeron alguna vez que el diablo y sus confederados alterquen? ¡Hay un vasto ejército de esos espíritus caídos, pero cuán maravillosamente unánime es! Son tan unidos que, si en algún momento en especial el gran príncipe negro del infierno desea concentrar todas las masas de su ejército en un punto particular, lo hace al tictac del reloj, y la tentación viene con su más plena fuerza justo cuando es más probable que prevalecerá. Ah, si tuviéramos una unanimidad como esa en la Iglesia de Dios, si todos nos moviéramos con la guía del dedo de Cristo, si toda la Iglesia pudiera, en este momento por ejemplo, moverse en una gran masa al ataque de un cierto mal, ahora que el tiempo ha llegado para el ataque sobre eso, ¡cuánto más fácilmente podríamos prevalecer! ¡Pero, ay! Satanás nos sobrepasa en artificio, y los poderes del infierno nos sobrepasan en mucho en unanimidad. Esto, sin embargo, es un gran punto en la astucia de Satanás, que él elige siempre los tiempos de sus ataques muy sabiamente.

Y todavía hay algo más, y habré concluido con este punto. La astucia de Satanás es muy grande en otra cosa, esto es, en sus retiradas. Cuando me uní a la Iglesia Cristiana por primera vez, no pude entender nunca un dicho que oí de un anciano, que no había ninguna tentación tan mala como la de no ser tentado, ni tampoco entendía entonces qué quiso decir Rutherford cuando dijo que le gustaba un diablo rugiente mucho más que un diablo durmiente. Ahora lo entiendo; y ustedes, que son hijos de Dios, y que han andado por algunos años en sus caminos, lo entienden también.

“Más temo la calma traicionera,

Que la tempestad que rueda sobre mi cabeza”.

Hay un estado tal de corazón como este: tú quieres sentir, pero no sientes. Si sólo pudieras dudar, lo considerarías un logro muy grande; sí, y aun si pudieras conocer la negrura de la desesperación, preferirías sentir eso que ser como eres. “¡Vaya!”, -dices- “no tengo ninguna duda acerca de mi condición eterna; de alguna manera pienso que puedo decir, aunque no podría hablar exactamente con certeza, pues me temo que sería presunción, sin embargo, en verdad confío que puedo decir que soy un heredero del cielo. Sin embargo eso no me produce ningún goce. Puedo involucrarme en la obra de Dios; en verdad siento que la amo, sin embargo, no puedo sentir que sea la obra de Dios; siento que me he metido en una ronda de deber, y sigo adelante, y adelante y adelante, como un caballo ciego que va porque tiene que ir. Leo la promesa, pero no veo ninguna especial dulzura en ella; de hecho, no parece como si necesitara alguna promesa. E incluso las amenazas no me aterrorizan; no hay ningún terror en ellas para mí. Oigo la Palabra de Dios; tal vez soy sacudido por lo que el ministro dice, pero no me siento impresionado por su denuedo como debería estarlo. Siento que no podría vivir sin oración, y sin embargo, no hay ninguna unción en mi alma. No me atrevo a pecar; confío que mi vida es externamente sin mancha; lo que tengo que lamentar todavía es un corazón de plomo, una falta de susceptibilidad al deleite espiritual o al cántico espiritual, una calma completa en el alma, como esa terrible calma de la cual el ‘Viejo Marinero’ de Coleridge decía:

“El fondo mismo se pudría,

¡Ay, quién lo hubiera pensado!

Sí, viscosas criaturas con patas

Se arrastraban por el viscoso mar”.

Ahora, querido amigo, ¿sabes algo acerca del estado de tu propio corazón justo ahora? Si es así, esa es la respuesta al enigma: que no ser tentado es peor que ser tentado. Realmente, ha habido tiempos, en la experiencia pasada de mi propia alma, cuando hubiera estado agradecido al diablo si hubiera venido y me hubiera sacudido; yo habría sentido que Dios le había empleado, contra su deseo, para hacerme un bien permanente, para despertarme al conflicto. Si el diablo simplemente hubiera entrado en la Tierra Encantada, y hubiera atacado a los peregrinos allí, ¡qué buena cosa habría sido para ellos! Pero, ustedes notarán que John Bunyan no lo puso allí, pues no tenía nada que hacer allí. Era en el Valle de la Humillación que había mucho trabajo hecho a la medida para Satanás; pero en la Tierra Encantada todos los peregrinos dormitaban, como hombres dormidos sobre la punta de un mastelero. Estaban ebrios por el vino, de manera que no podían hacer nada, y por tanto el diablo sabía que no le necesitaban allí; simplemente los dejó para que siguieran durmiendo. Madame Bubble y ‘modorra’ harían todo su trabajo. Pero fue en el Valle de la Humillación donde entró, y allí tuvo su severo combate con el pobre de cristiano. Hermanos, si van pasando a través de la tierra que es encantada con modorra, indiferencia y sueño, entenderán la astucia del diablo en mantenerse fuera del camino.

II. Y ahora, en segundo lugar, preguntémonos muy brevemente, ¿QUÉ HAREMOS CON ESE ENEMIGO? Ustedes y yo sentimos que tenemos que entrar en el reino del cielo, y no podemos entrar allí mientras nos quedamos inmóviles. La Ciudad de la Destrucción está detrás de nosotros, y Muerte nos está persiguiendo; debemos apretar el paso hacia el cielo; pero, en el camino, está este “león rugiente, buscando a quien devorar”. ¿Qué haremos? Él tiene gran astucia; ¿cómo le venceremos? ¿Buscaremos ser tan astutos como él? ¡Ah!, esa sería una tarea ociosa; en verdad sería pecaminosa. Buscar ser astuto, como el demonio, sería tan perverso como sería fútil. ¿Qué haremos, entonces? ¿Le atacaremos con sabiduría? ¡Ay!, nuestra sabiduría no es sino insensatez. “El hombre vano se hará entendido”; pero en su óptimo estado no es sino “un pollino de asno montés”. Entonces, ¿qué haremos?

La única manera de repeler la astucia de Satanás es adquiriendo verdadera sabiduría. Lo repito de nuevo, el hombre no tiene nada de eso en sí mismo. ¿Qué pues? En esto hay verdadera sabiduría. Si quieres luchar exitosamente contra Satanás, haz de las Santas Escrituras tu recurso diario. De esta sagrada revista extrae continuamente tu armadura y tu munición. Aférrate a las gloriosas doctrinas de la Palabra de Dios; haz de ellas tu comida y tu bebida diarias. Así serás fuerte para resistir al demonio, y estarás feliz al descubrir que huirá de ti. “¿Con qué limpiará el joven su camino?” ¿Y cómo se protegerá un cristiano contra el enemigo? “Con guardar tu palabra”. Combatamos siempre a Satanás con un “Escrito está”; pues ninguna arma afectará jamás al archienemigo tan bien como lo hará la Santa Escritura. Intenta luchar con Satanás con la espada de madera de la razón, y él te vencerá fácilmente; pero usa esta hoja de Jerusalén de la Palabra de Dios, con la cual ha sido herido muchas veces y le vencerás con prontitud.

Pero, sobre todo, si quisiéramos resistir exitosamente a Satanás, debemos mirar no meramente a la sabiduría revelada, sino a la Sabiduría Encarnada. ¡Oh, amados, aquí tiene que estar el principal punto de reunión para cada alma tentada! Debemos huir a Él “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”. Él tiene que enseñarnos, Él tiene que guiarnos, Él tiene que ser nuestro Todo en todo. Nosotros tenemos que mantenernos cerca de Él en comunión. Las ovejas nunca están tan protegidas del lobo como cuando están cerca del pastor. Nunca estaremos tan a salvo de las flechas de Satanás como cuando tenemos nuestra cabeza descansando en el pecho del Salvador. Creyente, camina de acuerdo a Su ejemplo; vive diariamente en Su comunión; confía siempre en Su sangre; y de esta manera serás más que vencedor aun sobre la sutileza y la astucia del propio Satanás. Tiene que ser un gozo para el cristiano saber que, a la larga, toda la astucia de Satanás estará decepcionada, y todos sus designios malignos contra los santos demostrarán que no tienen ningún efecto. ¿No esperan con ansia, mis muy queridos hermanos, el día cuando todas sus tentaciones acaben, y cuando lleguen al cielo? ¿Y no mirarán entonces hacia abajo a este archidemonio, con santa risa y escarnio? Yo creo en verdad que los santos, cuando piensan en los ataques de Satanás, “se alegran con gozo inefable”, y además de eso, sentirán un desprecio en sus propias almas por toda la astucia del infierno cuando vean cómo ha sido frustrada. ¿Qué ha estado haciendo el diablo estos miles de años? ¿Acaso no ha sido el siervo indispuesto de Dios y de Su Iglesia? Él ha estado buscando siempre destruir el árbol viviente; pero cuando ha estado intentando desenterrarlo, sólo ha sido como un jardinero cavando con su azada y aflojando la tierra para ayudar a las raíces a desparramarse más; y cuando ha estado con su hacha buscando podar los árboles del Señor y desfigurar su belleza, ¿qué ha sido, después de todo, sino una podadera en la mano de Dios, para quitar las ramas que no dan fruto, y para limpiar esas que sí producen algo, para que puedan dar más fruto? Hubo una vez, ustedes saben, cuando la Iglesia de Cristo era como un pequeño torrente, -justo un riachuelo pequeñito- y fluía a lo largo de un estrecho vallecito. Justo unos cuantos santos estaban reunidos juntos en Jerusalén, y el diablo pensó para sí: “Ahora voy a conseguir una gran piedra, y voy a detener este riachuelo para que no corra”. Entonces va y consigue esta gran piedra, y la arroja en el centro del riachuelo, pensando, por supuesto, que debía detenerlo para que no corriera más; pero, en vez de hacer eso, esparció las gotas sobre todo el mundo, y cada gota se convirtió en la madre de una fuente fresca. Ustedes saben qué era esa piedra; era persecución, y los santos fueron esparcidos por ella; pero entonces “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, y así la Iglesia fue multiplicada, y el demonio fue derrotado. Satanás, te lo digo en tu cara, tú eres el mayor necio que haya respirado jamás, y te lo voy a demostrar en el día cuando tú y yo estaremos como enemigos, enemigos jurados, como lo somos en este día, en el grandioso tribunal de Dios; y que eso, cristiano, se lo puedas decir siempre que te ataque. No le tengas miedo, sino resístele firme en la fe, y tú prevalecerás.

Traductor: Allan Román

18/Septiembre/2014

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¿Deberían las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

Tabernáculo Metropolitano de Londres

¿Deberían las Iglesias cumplir con las instrucciones del gobierno respecto al coronavirus?

Dr. Peter Masters

Es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias

Después de tantas semanas, puede parecer que es algo tarde para que se comente sobre esto, pero es ahora cuando las dudas comienzan a surgir y varias voces en el mundo cristiano comienzan a cuestionar el cumplimiento casi universal de las reglas de gobierno por parte de las iglesias.

Las actuales restricciones afectan profundamente nuestra adoración, nuestra comunión, nuestras escuelas dominicales y nuestro evangelismo en la comunidad. A nadie le gustan o las quiere. Recientemente, un periódico evangélico británico hizo las siguientes preguntas: “¿Deberíamos tener un debate respecto a esto? ¿Estamos haciendo lo correcto? ¿Deberían las iglesias, gobernadas por Cristo, someterse tan fácilmente al Estado – el reino de este mundo?”. El artículo no respondió a la pregunta, pero podría haberlo hecho fácilmente, si tan solo el escritor hubiera hecho referencia a las confesiones de Westminster o la Bautista como una guía en la posición escritural. La respuesta está ahí, en palabras con una simpleza desarmante pero cuidadosamente elaboradas.

El error del escritor fue simplificar demasiado el asunto de dos reinos opuestos: el de Dios y el del mundo. Ciertamente, parecía pensar, la iglesia no debería cambiar sus actividades por orden del mundo. El mundo no puede ser puesto por sobre el señorío de Cristo sobre su Iglesia.

Los lectores pueden estar al tanto de que hay una muy bien conocida iglesia en California que ha razonado en los mismos términos y ha reabierto los cultos de adoración sin mascarillas o distanciamiento social durante la cuarentena. Su pastor ha articulado el mismo argumento: ¿Acaso no hay dos gobiernos: el mundo y la iglesia?; y ¿no deberíamos nosotros afirmar la obediencia al gobierno de Cristo, y rehusarnos a permitir que nuestros cultos de adoración habituales sean interrumpidos?

En primer lugar, por favor permítanme leer una o dos frases de la Confesión Bautista de fe de 1689:

“Dios, el supremo Señor y Rey del mundo entero, ha instituido autoridades civiles para sujetarse a él y gobernar al pueblo para la gloria de Dios y el bien público… Habiendo sido instituidas por Dios las autoridades civiles con los fines ya mencionados, se les debe rendir sujeción en el Señor en todas las cosas lícitas que manden, no sólo por causa de la ira sino también de la conciencia; y debemos ofrecer súplicas y oraciones a favor de los reyes y de todos los que están en autoridad”.

Los dos textos clave que prueban estas palabras en la confesión son Romanos 13:1-7 y 1 Pedro 2:13-18, y hay otros también. Dios ha implementado el gobierno y el orden civil para que todos lo obedezcan, incluyendo su pueblo. Él ha puesto en los corazones de la raza humana, incluso en su estado caído, el desear gobierno y orden, y da poder a las autoridades civiles. En asuntos relacionados con el cuerpo, la ley y el orden, la defensa y bien público, incluyendo la salud pública, Dios gobierna a su pueblo redimido junto con todo el resto del mundo por medio del gobierno civil. Es un agente del gobierno de Dios. Por lo tanto, es una seria simplificación el decir: “solo existe la iglesia y el mundo”. Esto ignora los dos grandes textos. 

Hace muchos años, conocí a un hombre de negocios rico quien, a pesar de ser un cristiano, estaba bastante orgulloso del hecho de que pagaba menos impuestos. Me dijo que declaró inapropiadamente sus acciones para que sus contadores bajaran sus impuestos, y reconocía que esto era ilegal. Naturalmente, le desafié, pero estaba preparado con una defensa. “Me siento libre de hacerlo”, dijo, “porque los impuestos son la ley del César”. Se había convencido a sí mismo que los cristianos no están bajo el Estado, sino bajo Cristo. Este era un caso extremo, pero el punto está claro: para asuntos de orden público, bien público y salud pública, “toda persona”, dice Pablo en Romanos 13, está bajo el César.

Sí, por supuesto, en la Biblia está la imagen de dos reinos y nosotros creemos y defendemos esto. Cristo reina sobre su iglesia directamente en asuntos de creencias doctrinales, el contenido de la adoración, conducta moral, disciplina e ideología. Pero eso no es la imagen completa, pues también se nos enseña en las Escrituras que Dios gobierna los asuntos civiles a través de autoridades civiles, y los cristianos están sujetos a ellas.

Varias revistas recientemente han reimpreso la conocida «Pregunta 109» del puritano Richard Baxter (en Christian Ecclesiastics, 1665), la cual representa la postura tradicional cristiana. “¿Podemos omitir las asambleas eclesiásticas en el día del Señor si los magistrados las prohíben?”. En general, las respuestas son: «Si el magistrado, para lograr un bien mayor, prohíbe las asambleas de la iglesia en tiempos de peste, asalto de enemigos, o incendios, o una necesidad similar, es un deber obedecerle”. Por otro lado, «Si los príncipes prohíben profanamente las asambleas sagradas y el culto público… como una renuncia a Cristo y a nuestra religión, no es correcto obedecerlos formalmente”.

La suspensión de las reuniones públicas por parte del gobernante debe ser imparcial, aplicarse por igual a toda la sociedad, no solo a las iglesias, y debe ser sólo por un período de tiempo, o intuiremos que se restringe la fe y se persigue a la iglesia. Entonces tenemos que adoptar una actitud firme. Esta ha sido siempre la posición de la mayoría de los protestantes.

En Inglaterra actualmente hemos vuelto a reunirnos en las iglesias (desde el 5 de julio), pero estamos limitados porque no podemos cantar, usamos máscaras faciales y debemos mantener el distanciamiento social, pero esas reglas se aplican en toda la sociedad. De hecho, volvimos a reunirnos mucho antes de que se permitieran reuniones a algunos otros. Creo que el último fin de semana de agosto fue la primera vez que se permitió a una multitud asistir a un partido de fútbol, y eran sólo 2 500 personas. Esto, a pesar de que el gobierno obtiene un ingreso considerable por esa actividad, y se podría pensar que se esforzarían por apoyar el deporte nacional más que las iglesias.

Otros grupos también han tenido un trato aún más duro que las iglesias. El gobierno recientemente anunció que si la reanudación de la educación lleva a un «alza» en Covid-19, los pubs y bares tendrían que cerrar de nuevo para reequilibrar la lucha contra el virus. No hubo mención (en esta etapa) de que las iglesias también tendrían que cerrar. No parece haber una acción injusta hacia las iglesias y la proclamación del Evangelio.

Puede ser que los hermanos a los que se hace referencia en California hayan sufrido algún tipo de desigualdad o injusticia muy grandes en la forma de cuarentena, y por lo tanto tienen derecho a protestar (primero por acción legal). Pero no sería un argumento válido decir, como parecen decir, que estas restricciones son la ley de César y no tienen autoridad sobre la iglesia. La declaración de esta iglesia dice abiertamente, «Cristo, no César, es la cabeza de la iglesia”, lo cual deja de lado la postura histórica al respecto, sonando más como una idea anabaptista.

Como cristianos estamos sujetos a límites de velocidad, restricciones de construcción, e incluso cuarentenas de emergencia como el resto de la sociedad. Damos gracias a Dios que hay formas alternativas de proclamar la Palabra y ministrar a personas en el corto plazo.

Si las restricciones del coronavirus se vuelven poco razonables, o demasiado largas, o desiguales, ese sería el momento de protestar. Tal como están las cosas, las iglesias no deberían comportarse como una comunidad mimada. No estamos sufriendo un estado de guerra, como en la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los hombres menores de 41 años estaban fuera de casa hasta cinco años. No tenemos que ir en secreto a las catacumbas, como los creyentes de antaño, para adorar a Dios. Lo que estamos llamados a hacer, en común con todos los demás, es sostenible, y algo con lo que podemos trabajar, y alabamos y damos gracias a Dios.

Romanos 13:1 dice: «Sométase toda persona a las autoridades superiores». Se ha sugerido que este es un deber de los individuos, y no necesariamente de las iglesias, pero esta es una distinción imposible. «Toda persona», se aplica a todos, salvos y no salvos. Pablo dice del estado: «Porque no hay autoridad sino de parte de Dios”. Recordamos que en la época en que Pablo escribió, los gobernantes eran idólatras, déspotas y tiranos como Nerón. Sin embargo, él dice: «De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste”. Esto es muy serio, hemos de pensar dos, e incluso muchas veces, antes de ir contra el estado. Pablo va más allá, diciendo: » y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”. El griego dice juicio, disciplina o castigo (del Señor).

Un poco más adelante leemos (en el versículo 5), «Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo [por temor al castigo civil], sino también por causa de la conciencia». Nuestras conciencias deben estar afinadas de tal forma que nos demos cuenta de que estamos desobedeciendo a Dios si desobedecemos al Estado.

Hay excepciones en las Escrituras. Si las autoridades públicas tratan de detener completamente la proclamación de la Palabra, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Si intentan cambiar nuestras doctrinas y nos dicen que debemos abogar por el matrimonio entre personas del mismo sexo, o enseñar la evolución a los niños, entonces obedecemos a Dios en lugar de a los hombres. Y si interfieren con los estándares morales o las doctrinas de la Palabra o la proclamación del Evangelio, obedecemos a Dios en lugar de los hombres. En los capítulos 4 y 5 de Hechos, los apóstoles toman una postura muy clara respecto a tales asuntos.

En 1 Pedro 2:13 leemos: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana». Y luego Pedro dice (v 15): «Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos”. La gente de fuera de la iglesia está dispuesta a “saltarnos encima” si la iglesia no mantiene las restricciones. «Miren a esa gente egoísta», dirán, «no les importa cuánta gente esté infectada, o cuántos puedan morir”. El Señor dice, no debemos dar esa oportunidad a los que no son creyentes. Nosotros obedecemos. “Honrad a todos […] . Temed a Dios. Honrad al rey”.

Cuán sucintamente Calvino explica las cosas en su comentario sobre 1 Timoteo 2:1-2:

«Él [Pablo] menciona expresamente [la oración por] los reyes y otros magistrados, porque cristianos podrían llegar a odiarlos más que todos los demás. Todos los magistrados que existían en aquel tiempo eran enemigos jurados de Cristo; y por eso tal vez pensaban que no debían orar por los que dedicaban todo su poder y todas sus riquezas a luchar contra el reino de Cristo, cuya extensión está por encima de todas las cosas deseables. El apóstol se encuentra con esta dificultad, y encarece expresamente a los cristianos que oren también por ellos. Y, en efecto, la depravación de los hombres no es una razón por la que no debemos amar la ordenanza de Dios. Por consiguiente, viendo que Dios nombró magistrados y príncipes para la preservación de la humanidad, por mucho que no cumplan tal designio divino, no debemos por ello dejar de amar lo que pertenece a Dios, y más bien debemos desear que siga vigente. Por eso los creyentes, en cualquier país que vivan, no sólo deben obedecer las leyes y el gobierno de los magistrados, sino también en sus oraciones suplicar a Dios por su salvación».

PETER MASTERS

Peter Masters ha sido pastor de la iglesia Metropolitan Tabernacle en Londres desde 1970. Esta iglesia fue fundada a finales del siglo XIX por C.H. Spurgeon. En 1865, Spurgeon también fundó la revista The Sword and the Trowel, que sigue publicándose editada por el Dr. Masters. El programa de televisión del Metropolitan Tabernacle se emite dos veces por semana y tiene seguidores en todo el Reino Unido y Europa.

Masters ha escrito más de veinticinco libros, que han sido traducidos a al menos veintitrés idiomas. Anima a iglesias y pastores evangélicos a separarse de iglesias que se hayan desviad2o de las doctrinas básicas históricas del cristianismo.

En cuanto al movimiento carismático, mantiene una postura cesacionista, y considera la teoría de la evolución de Darwin como propaganda humanista.

https://www.metropolitantabernacle.org/Espanol/Informacion-de-la-Iglesia/Doctrina

¿Quiénes Necesitan El Evangelio?

Alimentemos El Alma

¿Quiénes Necesitan El Evangelio?

Por Charles H. Spurgeon sobre El Evangelio
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit

Traducción por Allan Aviles

«Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido para llamar a justos sino a pecadores.» Marcos 2:17
«Cristo murió por los impíos.» Romanos 5:6
«Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» Romanos 5:18

«Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.» 1 Timoteo 1:15

La noche del pasado jueves, con dificultad considerable, vine aquí para predicar el evangelio de Jesucristo, y usé en mi predicación uno de los textos más claros que pueda uno imaginar, completamente lleno de los más sencillos elementos del evangelio. En pocos minutos el sermón produjo una cosecha. La congregación era escasa debido al mal tiempo, y ustedes no esperaban que su pastor pudiera predicar. Pero, a pesar de todas esas circunstancias, tres personas pasaron al frente sin que nadie se los pidiera, para dar testimonio que habían encontrado la paz con Dios. Si el número de personas era mayor no lo sé, pero estos tres buscaron a los hermanos y confesaron de manera sincera y de todo corazón el hecho bendito de que, por primera vez en sus vidas, habían entendido el plan de salvación. Entonces me pareció que si un tema tan sencillo del evangelio fue de tan repentino provecho, me debería sujetar a temas de ese tipo.

Si un agricultor encuentra que una semilla determinada le ha resultado tan efectiva que produce una cosecha como nunca antes la había obtenido, usará nuevamente esa semilla, y sembrará más de ella. Esos procesos exitosos de producción agrícola deben mantenerse, y ser utilizados en mayor escala. Así pues, esta mañana voy a predicar simplemente el A B C del evangelio, los primeros rudimentos del arte de la salvación, y le doy gracias a Dios que esto no será nuevo para mí. Que Dios el Espíritu Santo, en respuesta a sus oraciones, nos conceda una recompensa el día de hoy, en la misma proporción que la del jueves pasado, y si es así, nuestro corazón estará muy feliz.

De un abundante número de textos, he seleccionado los cuatro arriba mencionados para proclamar la verdad de que la misión de nuestro Señor estaba relacionada con los pecadores. ¿Para qué vino Cristo al mundo? ¿Para quiénes vino? Estas son preguntas muy importantes, y la Escritura tiene las claras respuestas. Cuando los hijos de Israel encontraron por primera vez el maná fuera del campamento, se dijeron uno al otro, «¿Maná?» o ¿qué es esto? Porque no sabían lo que era. Allí estaba esa sustancia pequeña y redonda, tan diminuta como la escarcha en el suelo. No hay duda que la miraron, la frotaron con sus manos, la olieron, y cómo se alegraron cuando Moisés les dijo, «Es el pan que Jehovah os da para comer.» No pasó mucho tiempo antes que pudieran probar esa buena nueva, pues cada hombre recolectó su medida completa, la llevó a su casa, y la preparó a su gusto.

Ahora, en relación al evangelio, hay muchos que podrían exclamar ¿Maná? porque no saben lo que es. Muy frecuentemente también, se equivocan en lo que se refiere a su sentido y propósito y consideran que es algo así como una ley superior, o un sistema más fácil de salvación por obras; y por eso se equivocan también en su idea acerca de las personas a quienes está dirigido. Se imaginan que, seguramente, las bendiciones de la salvación están destinadas para las personas que lo merecen, y Cristo debe ser el Redentor de los que han acumulado méritos. Bajo el principio de «bien por bien» llegan a la conclusión que la gracia es para quien posee excelencia y Cristo es para el virtuoso. Por tanto es muy útil que recordemos continuamente a los hombres lo que es el evangelio, y para quiénes ha sido enviado al mundo; porque, aunque la mayoría de ustedes lo sabe muy bien, y no necesitan que se les diga, sin embargo hay multitudes a nuestro alrededor que persisten en graves errores, y necesitan ser instruidos una y otra vez en las más sencillas doctrinas de la gracia.

Hay menos necesidad de laboriosas explicaciones de los profundos misterios que de sencillas explicaciones de las más sencillas verdades. Muchos hombres solamente necesitan una simple llave para levantar el cerrojo y abrir la puerta de la fe, y tengo la esperanza que Dios, en su infinita misericordia, pondrá tal llave en sus manos en esta mañana.

Nuestra misión es mostrar que el evangelio está dirigido a los pecadores, y tiene puesto sus ojos en los culpables; que no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes, o para aquellos que piensan que tienen ciertas cualidades o que están preparados para el favor divino; sino que está destinado a los que incumplen la ley, a los indignos, a los impíos, a quienes se han extraviado como ovejas perdidas, o han abandonado la casa de su padre como el hijo pródigo. Cristo murió para salvar a los pecadores, y Él justifica a los impíos. La verdad es lo suficientemente clara en la Palabra, pero como el corazón da coces contra ella, debemos insistir en ella con mucha dedicación.

Primero, AUN UNA MIRADA SUPERFICIAL A LA MISIÓN DE NUESTRO SEÑOR BASTA PARA MOSTRAR QUE SU OBRA FUÉ PARA EL PECADOR. Porque, queridos hermanos, la venida del Hijo de Dios a este mundo como Salvador significó que los hombres necesitaban ser liberados de un mal muy grande por medio de una mano divina. La venida de un Salvador que mediante su muerte proporcionaría el perdón para el pecado del hombre, significó que los hombres eran sumamente culpables, e incapaces de procurarse el perdón por medio de sus propias obras. Ustedes nunca hubieran visto un Salvador si no hubiera habido una caída. El Edén marchito fue un prefacio necesario para las angustias de Getsemaní. Ustedes nunca hubieran sabido de una cruz ni de un Salvador sangrante en ella, si no hubieran escuchado primero del árbol de la ciencia del bien y del mal, ni de una mano desobediente que arrancó la fruta prohibida. Si la misión de nuestro Señor no se refiriera al culpable sería, hasta donde podemos entender, una tarea totalmente innecesaria. ¿Qué justifica la encarnación sino la ruina del hombre? ¿Qué puede explicar la vida de sufrimiento de nuestro Señor sino la culpa del hombre? Sobre todo, ¿qué explica su muerte y la nube bajo la cual murió sino el pecado del hombre? «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas. Pero Jehovah cargó en él el pecado de todos nosotros.» Ésa es la respuesta a un enigma que, de cualquier otra manera, no tendría respuesta.

Si echamos una mirada al pacto bajo el cual vino nuestro Señor, pronto percibimos que su orientación es hacia los hombres culpables. La bendición del pacto de obras tiene que ver con los que son inocentes, a quienes promete grandes bendiciones. Si hubiera existido una salvación por obras hubiera sido por medio de la ley, ya que la ley es íntegra y justa y buena; pero el nuevo pacto evidentemente trata con pecadores, porque no habla de recompensa al mérito, sino que, promete sin condiciones: «Seré misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamás me acordaré de sus pecados.» Si no hubieran existido pecados e iniquidades e injusticias no hubiera habido necesidad del pacto de la gracia, de la cual Cristo es el mensajero y el embajador. La más ligera mirada al carácter oficial de nuestro Señor como el Adán de un nuevo pacto debería ser suficiente para convencernos que su misión es para los hombres culpables. Moisés viene para mostrarnos cómo se debe comportar el hombre santo, pero Jesús viene para revelar cómo puede ser limpiado el impuro.

Siempre que escuchamos algo de la misión de Cristo, es descrita como una misiónde misericordia y gracia. En la redención que está en Cristo Jesús es la misericordia de Dios la que siempre es exaltada. Nos salvó por su misericordia. Él, por medio de Jesús, por su abundante misericordia, perdona nuestras ofensas. «La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.» «Cuánto más abundó para muchos la gracia de Dios y la dádiva por la gracia de un solo hombre, Jesucristo.» El apóstol Pablo, que fue el que explicó de manera más clara el evangelio, establece la gracia como la única palabra en que se apoyan los cambios: «En cuanto se agrandó el pecado, sobreabundó la gracia.» «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.» «Así también la gracia reine por la justicia para vida eterna, por medio de Jesucristo nuestro Señor.»

Pero, hermanos, la misericordia implica pecado: no se puede reservar ninguna misericordia para los justos, porque es la justicia misma quien les otorga todo lo bueno. Asimismo la gracia sólo puede otorgarse a los pecadores. ¿Qué gracia necesitan aquellos que han guardado la ley, y merecen el bien de las manos de Jehovah? Para ellos la vida eterna sería más bien una deuda, una recompensa muy bien ganada; pero si se toca el tema de la gracia, de inmediato hay que eliminar la idea de mérito y hay que introducir otro principio. Sólo se puede practicar la misericordia allí donde hay pecado, y la gracia no se puede otorgar sino a quienes no tienen ningún mérito. Esto es muy claro y, sin embargo, todo el contenido de la religión de algunos hombres está basado en otra teoría.

El hecho es que, cuando comenzamos el estudio del evangelio de la gracia de Dios, vemos que siempre vuelve su rostro hacia el pecado, de la misma manera que el médico mira hacia la enfermedad, o la caridad mira hacia la necesidad. El evangelio lanza sus invitaciones; pero ¿qué son las invitaciones? ¿No están dirigidas a quienes están cargados con el peso del pecado, y están fatigados tratando de escapar de sus consecuencias? Invita a toda criatura porque toda criatura tiene sus necesidades, pero especialmente dice «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos.» Invita al hombre que no tiene dinero, o dicho en otras palabras, sin ningún mérito. Llama a aquellos que están necesitados, y sedientos, y pobres, y desnudos y todas estas condiciones son figuras de estados equivalentes producidos por el pecado.

Los propios dones del evangelio implican pecado; la vida es para los muertos, la vista es para los ciegos, la libertad es para los cautivos, la limpieza es para los sucios, la absolución es para los pecadores. Ninguna bendición del evangelio es propuesta como una recompensa, y no se hace ninguna invitación a quienes reclaman las bendiciones de la gracia como algo a lo que tienen derecho; los hombres son invitados a venir y recibir dones gratuitamente de acuerdo a la gracia de Dios. ¿Y cuáles son los mandamientos del evangelio? El arrepentimiento. ¿Pero quién se arrepiente sino un pecador? La fe. Pero creer no es un mandamiento de la ley; la ley sólo habla de obras. Creer tiene que ver con los pecadores, y con el método de salvación por medio de la gracia.

Las descripciones que hace el evangelio de sí mismo usualmente apuntan hacia el pecador. El gran rey que hace una fiesta y no encuentra a ningún invitado que se siente a la mesa entre aquellos que naturalmente se esperaba que llegaran, pero que obliga a los hombres que van por los caminos y por los callejones a entrar a su fiesta. Si el evangelio se describe él mismo como una fiesta, es una gran fiesta para los ciegos, para los cojos, y para los lisiados; si se describe a sí mismo como una fuente es una fuente abierta para limpiar el pecado y las impurezas. En todas partes, en todo lo que hace y dice y da a los hombres, el evangelio se manifiesta como el amigo del pecador. El lema de su Fundador y Señor es «éste recibe a los pecadores.» El evangelio es un hospital para los enfermos, nadie sino el culpable aceptará sus beneficios; es medicina para los enfermos, los sanos y los que creen en su propia justicia nunca podrán gustar sus sorbos salvadores. Quienes imaginan que poseen alguna excelencia ante Dios nunca se preocuparán por ser salvos por la gracia soberana. El evangelio, digo yo, mira hacia el pecador. En esa dirección y sólo en esa dirección lanza sus bendiciones.

Y hermanos, ustedes saben que el evangelio siempre ha encontrado sus más grandes trofeos entre los más grandes pecadores: alista a sus mejores soldados no solamente de las filas de los culpables sino de los rangos de los más culpables. «Simón,» dijo nuestro Señor, «Tengo algo que decirte. Cierto acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como ellos no tenían con qué pagar, perdonó a ambos. Entonces, ¿cuál de éstos le amará más?» El evangelio se basa sobre el principio de quien ha tenido mucho que perdonársele, ése amará más, y así su Señor misericordioso se deleita buscando a los más culpables y manifestándose a ellos con amor abundante y sobreabundante, diciendo: «He borrado como niebla tus rebeliones, y como nube tus pecados.» Entre los grandes transgresores encuentra a los que más intensamente lo aman una vez que los ha salvado, de éstos recibe la bienvenida más cordial y en ellos obtiene a los seguidores más entusiastas. Una vez que son salvos, los grandes pecadores coronan a esta gracia inmerecida con sus diademas más ilustres. Podemos estar bien seguros que tiene sus ojos puestos en los pecadores puesto que encuentra su mayor gloria en los más grandes pecadores.

Hay otra reflexión que está muy cerca de la superficie, es decir, que si el evangelio no mira hacia los pecadores, ¿a quién más podría mirar? Parece que ha habido últimamente un resurgimiento del antiguo espíritu que presenta objeciones, de manera que los orgullosos Fariseos constantemente nos dicen que la predicación de la justificación por la fe se ha llevado más allá de sus límites, y que estamos conduciendo a la gente a valorar menos la moralidad al predicar la gracia de Dios. Esta objeción frecuentemente refutada está saliendo de su escondite otra vez, porque el Protestantismo está perdiendo su savia y su alma. La misma fuerza y columna vertebral de la enseñanza de los Reformadores fue esa gran doctrina de la gracia, que la salvación no es por obras sino por la sola gracia de Dios; y como los hombres se están alejando de la Reforma, y están dejándose influenciar por la Iglesia Católica Romana, están haciendo a un lado esta grandiosa verdad de la justificación por la fe solamente, y pretendiendo que le tienen temor. Pero, ¡oh, cuán miserables y tontos son muchísimos hombres en relación a este tema! Les propongo a todos ellos una pregunta: ¿A quien, señores, miraría el evangelio sino a los pecadores, porque qué cosa son ustedes sino pecadores? Ustedes que hablan que la moralidad es lastimada, que la santidad es ignorada, ¿qué tienen ustedes que ver con cualquiera de ellas?

La gente que usualmente recurre a estas objeciones, por regla general haría mejor en no tocar esos temas. En general estos fieros defensores de la moralidad y de la santidad son sumamente liberales, mientras que los creyentes en la gracia de Dios frecuentemente son acusados de Puritanismo y rigidez. El que más se adelanta para hablar en contra las doctrinas de la gracia es frecuentemente el hombre que más la necesita, mientras que quien se opone a las buenas obras como la base para confiar, es precisamente la persona cuya vida está cuidadosamente dirigida por los estatutos del Señor. Sepan, oh hombres, que no vive en la faz de la tierra un hombre a quien Dios pueda mirar con placer si considerara a ese hombre a la luz de Su ley. «Cada uno se había descarriado; a una se habían corrompido. No había quien hiciera el bien; no había ni siquiera uno.» Ningún corazón por naturaleza es sano o justo ante Dios, ninguna vida es pura o limpia cuando el Señor viene para examinarla con sus ojos que todo lo ven. Estamos encerrados en la misma prisión con todos los culpables; si no somos igualmente culpables, sí somos culpables en la medida de nuestra luz y de nuestro conocimiento, y cada uno es condenado justamente, porque nos hemos descarriado en nuestro corazón y no hemos amado al Señor. ¿A quien, entonces, podría mirar el evangelio si no dirigiera sus ojos hacia el pecador? ¿Por quién más pudo haber muerto el Salvador? ¿Qué personas hay en el mundo para quienes los beneficios de la gracia pudieran ser sido destinados?

II. En segundo lugar, ENTRE MÁS FIJAMENTE MIRAMOS MÁS CLARAMENTE VEMOS ESTE HECHO, porque, hermanos,la obra de salvación ciertamente no fue llevada a cabo en favor de ninguno de nosotros que somos salvos a causa de alguna bondad en nosotros. Si hubiera algo bueno en nosotros sería puesto por la gracia de Dios, y ciertamente no estaba ahí cuando, en el principio, las entrañas del amor de Jehovah comenzaron a moverse hacia nosotros. Si toman la primera señal distintiva de salvación que fue realmente visible en la tierra, es decir, la venida de Cristo, se nos dice que «Aún siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Difícilmente muere alguno por un justo. Con todo, podría ser que alguno osara morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores. Cristo murió por nosotros.» Así que nuestra redención, hermano mío, fue efectuada antes que naciéramos. Este fue el fruto del gran amor del Padre «que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados.» No había antes nada en nosotros que pudiera haber merecido esa redención, ciertamente la simple idea de merecer la muerte de Jesús es absurda y es una blasfemia. Sí, y cuando vivíamos en el pecado y lo amábamos, se hacían preparativos para nuestra salvación; el amor divino estaba ocupado en nuestro favor mientras nosotros estábamos ocupados en la rebelión. El evangelio fue traído cerca de nosotros, corazones sinceros se pusieron a orar por nosotros, se escribió el texto que nos convertiría; y como ya he dicho, se derramó la sangre que nos limpia, y fue dado el Espíritu de Dios, que nos regeneraría. Todo esto se hizo cuando todavía no buscábamos a Dios. ¿No es maravilloso el pasaje del libro de Ezequiel, donde el Señor pasó y miró al bebé indefenso lanzado al campo abierto cuando no estaba envuelto en pañales y no había sido lavado con agua, sino que estaba sucio y revolcándose en su sangre? Dice que era tiempo de amor, y sin embargo era un tiempo de impureza y desprecio. Él no amó al bebé elegido porque estuviera bien lavado y adecuadamente vestido, sino que lo amó cuando estaba sucio y desnudo. Que cada corazón creyente admire la liberalidad y compasión del amor divino.

«Me vio arruinado en la caída,
Pero me amó, a pesar de todo;
Me salvó de mi estado perdido,
¡Su misericordia, oh, cuán grande!

Cuando tu corazón era duro, cuando tu cuello era obstinado, cuando no te querías arrepentir ni someterte a Él sino que te rebelabas cada vez más y más, Él te amó a ti, sí, a ti, con afecto supremo. ¿Por qué una gracia tal? ¿Por qué habría de ser, sino es porque su naturaleza está llena de bondad y Él se deleita en la misericordia? ¿No se ve la misericordia claramente extendida hacia el pecador en vez de ser otorgada sobre la base de algo bueno?

Miren aún más detalladamente. ¿Qué vino a hacer nuestro Señor al mundo? Aquí está la respuesta. «Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados.» Él vino para ser quien cargara con el pecado: ¿y creen ustedes que vino para cargar sólo con los pecados pequeños, los pecados sin importancia del mejor tipo de hombres, si existen tales pecados? ¿Suponen que es un pequeño Salvador, que vino para salvarnos de las pequeñas ofensas? Amados míos, es el bien amado Hijo de Jehovah que viene a la tierra y lleva la carga del pecado, una carga que, cuando la lleva, encuentra que no es una carga ficticia, porque provoca en Él el sudor sangriento. Tan pesada es esa carga que inclina su cabeza a la tumba, y aún a la muerte bajo ella. Esa inmensa carga que estaba sobre Cristo era el cúmulo de nuestros pecados; y por tanto cuando miramos ese tema percibimos que el evangelio tiene que ver con los pecadores.

¡No hay pecado! Entonces la cruz es una equivocación. ¡No hay pecado! Entonces el lama sabactani fue sólo una queja contra una crueldad innecesaria. ¡No hay pecado! ¿Entonces, oh, Redentor, cuáles son esas glorias que nosotros tan ansiosamente te hemos atribuido? ¿Cómo puedes quitar tú un pecado que no existe? La existencia de un gran pecado está implícita en la venida de Cristo, y esa venida fue ocasionada y hecha necesaria por el pecado, contra el cual Jesús viene como nuestro Liberador. Él declara que ha abierto una fuente, llena con la sangre de sus propias venas. ¿Pero para qué? Una fuente que limpia implica suciedad. Debe ser, pecador, que de alguna manera u otra hay gente sucia, o si no, no hubiera existido una asombrosa fuente como ésta, llena del corazón de Cristo. Si tú eres culpable tú eres uno que necesita de esa fuente, y está abierta para ti. Ven con todo tu pecado y tu suciedad y lávate hoy, y sé limpio.

«Fue por los pecadores que sufrió
Inexpresables agonías;
¿Puedes dudar que eres un pecador?
Si tienes dudas, entonces adiós esperanza.»
 «Pero, al creer lo que está escrito:
‘Todos son culpables’, ‘muertos en el pecado,’
Mirando al Crucificado
La esperanza levantará tu alma.»

Hermanos, todoslos dones que Jesucristo vino a dar, o cuando menos la mayor parte de ellos, implican que hay pecado. ¿Cuál es su primer don sino el perdón? ¿Cómo puede perdonar a un hombre que no ha transgredido? Hablo con toda reverencia, no puede haber una cosa tal como perdón donde no hay ofensa cometida.

Propiciar por el pecado y borrar la iniquidad, ambas cosas requieren que haya un pecado para que pueda ser borrado ¿O si no, qué hay de real en ellas? Cristo viene para traer la justificación, y esto muestra que debe haber una falta de santidad natural en los hombres, porque si no, serían justificados por ellos mismos y por sus propias obras. ¿Y por qué todas estas expresiones acerca de la justificación por la justicia del Hijo de Dios, si los hombres están ya justificados por su propia justicia? Esas dos bendiciones, y otras del mismo tipo, son claramente aplicables solamente a los pecadores. Para nadie más pueden ser de utilidad.

Nuestro Señor Jesucristo vino ceñido también con poder divino. Él dice, «El espíritu del Señor Jehovah está sobre mí.» ¿Con qué fin fue cubierto con poder divino a menos que el pecado hubiera tomado todo el poder y la fuerza del hombre, y que el hombre estuviera en una condición de la cual no podía ser levantado excepto por la energía del Espíritu eterno? ¿Y qué implica esto sino que la misión de Cristo se dirige a aquellos que a través del pecado están sin fuerza y sin mérito ante Dios? El Espíritu Santo es dado porque el espíritu del hombre ha fallado: porque el pecado ha quitado la vida al hombre, y lo ha dejado muerto en transgresiones y pecados. Por tanto viene el Espíritu Santo para reanimarlo dándole una nueva vida, y ese Espíritu viene por Jesucristo. Por consiguiente la misión de Jesucristo es claramente para el culpable.

No dejaré de decir que, las grandes obras de nuestro Señor, si las miran cuidadosamente, todas tienen que ver con los pecadores. Jesús vive; es para que pueda buscar y salvar lo que está perdido. Jesús muere; es para que pueda hacer una propiciación por los pecados de los hombres culpables. Jesús resucita; resucita para nuestra justificación, y como lo he mostrado, no necesitaríamos la justificación a menos que hubiéramos sido naturalmente culpables. Jesús sube a lo alto y Él recibe dones para los hombres; pero observen esa palabra especial, «Aun de los rebeldes, para que allí habitase Jehovah Dios.» Jesús habita en el cielo, pero Él vive allí para interceder. «Por esto también puede salvar por completo a los que por medio de el se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos.» Así que tomen cualquier parte que quieran de sus gloriosos logros y encontrarán que hay una clara relación hacia aquellos que están inmersos en la culpa.

Y, amados míos, todos los dones y bendiciones que Jesucristo ha traído para nosotros derivan mucho de su brillo por su relación con los pecadores. Es en Jesucristo que somos elegidos y para mí la gloria de ese amor que elige descansa en esto, que fue dirigido hacia tales objetos sin mérito alguno. ¿Cómo pudo existir una elección si hubiera sido de acuerdo al mérito? Entonces los hombres se habrían clasificado por derecho propio de acuerdo a sus obras. Pero las glorias de la elección brillan con la gracia, y la gracia tiene siempre como su envoltura y como su contenido interno la falta de méritos de los objetos hacia los cuales se manifiesta. La elección de Dios no es de acuerdo a nuestras obras, sino una inmerecida elección de entre los pecadores. Adoremos y maravillémonos.

Vuélvanse a contemplar el llamamiento eficaz, y vean cuán delicioso es verlo como una llamada que vivifica a los muertos, y llama a las cosas que no existen como si existieran, como una llamada a los condenados para darles perdón y favor. Vuélvanse a continuación hacia la adopción. ¿Cuál es la gloria de la adopción, sino que Dios ha adoptado a aquellos que eran extraños y rebeldes para hacerlos sus hijos? ¿Cuál es la belleza especial de la regeneración, sino que aun de estas piedras Dios ha podido levantar hijos a Abraham? ¿Cuál es la belleza de la santificación, sino que ha tomado a criaturas tan impías como somos para hacernos reyes y sacerdotes para Dios, y para santificarnos completamente: espíritu, alma, y cuerpo? Pienso que es la gloria del cielo pensar que aquellos miembros del coro vestidos de blanco estuvieron alguna vez suciamente corrompidos; esos felices adoradores fueron en un tiempo rebeldes contra Dios.

Es un cuadro feliz ver a los ángeles que no cayeron y que conservaron su primer estado, perfectamente puros y para siempre alabando a Dios; pero la visión de los hombres caídos que fueron rescatados divinamente está más llena de la gloria de Dios. Por más que eleven los ángeles sus voces gozosas en corales perpetuos, nunca pueden alcanzar la dulzura especial de esa canción: «Hemos lavado nuestros vestidos y los hemos emblanquecido en la sangre del Cordero.» No pueden entrar experimentalmente en esa verdad que es la gloria que corona al nombre de Jehovah: «Tú fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios.»

De esta manera he demostrado abundantemente que entre más miremos más claro resulta que el evangelio está dirigido a los pecadores y está especialmente planeado para su beneficio.

III. Ahora, en tercer lugar, es evidente que ES NUESTRA SABIDURÍA ACEPTAR LA SITUACIÓN. Sé que para muchos esta es una doctrina de amargo sabor. Bien amigo, es mejor que cambies tu paladar, porque nunca serás capaz de alterar esa doctrina. Es la verdad del Dios eterno, y no puede ser cambiada. Lo mejor que puedes hacer, ya que el evangelio mira hacia los pecadores, es estar en el lugar hacia donde mira el evangelio; y puedo recomendarte esto, no solamente como política sino por honestidad, porque solamente estarás en el lugar correcto cuando estés allí.

Me parece escuchar que presentan objeciones. «No admiro este sistema. ¿Voy a ser salvo de la misma manera que un ladrón moribundo?» Precisamente así es, señor, a menos que sucediera que te es dada mayor gracia a ti que a él. «Pero tú no quieres decir que en el tema de la salvación ¿voy a ser colocado en el mismo nivel que la mujer que fue una pecadora? He sido puro y casto, y ¿voy a deber mi salvación a la absoluta misericordia de Dios tanto como ella?» Sí señor, digo eso, exactamente así. Sólo hay un principio bajo el cual Dios salva a los hombres, y es el de la gracia inmerecida. Quiero que entiendas esto. Aunque eso se mastique entre tus dientes como granitos de arena y te enoje; no lo lamentaré si llegas a saber qué es lo que quiero decir; porque la verdad todavía puede entrar en tu alma, y todavía te puedes inclinar ante su poder. Oh, hijos de padres piadosos, ustedes jóvenes de excelente moral y conciencias delicadas, a ustedes les hablo, sí, a ustedes. Alégrense de sus privilegios, pero no se jacten de ellos, porque ustedes también han pecado, han pecado contra la luz y el conocimiento, ustedes lo saben. Si no han caído en los pecados más terribles de obras y hechos, sin embargo en el deseo y en la imaginación ya se han extraviado lo suficiente, y en muchas cosas han ofendido terriblemente a Dios. Si, con estas consideraciones ante ustedes, toman su lugar como pecadores no serán deshonrados, sino que simplemente estarán en donde deben estar.

Y entonces recuerden, si obtienen la bendición de esta manera, la habrán obtenido de la manera más segura posible. Supongan que hay un número de salones para los invitados, y yo he ocupado uno de los mejores, pero pudiera ser que no tengo derecho de estar allí. Estoy comiendo y bebiendo de las provisiones para los invitados de mayor rango, y mi boleto no corresponde a esa categoría, y por lo tanto me siento muy incómodo. Cada bocado que doy pienso en mis adentros: «No sé si se me permitirá permanecer aquí, tal vez el Señor de la fiesta venga y me diga, «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin estar vestido de boda?» Y con mucha vergüenza debo proceder a tomar mi lugar en un salón de mucha menor categoría.»

Hermanos, cuando comenzamos desde abajo, y nos sentamos en el salón de menor categoría nos sentimos seguros, estamos satisfechos porque lo que tenemos es para nosotros, y no nos será quitado. Tal vez, cuando el rey venga nos pueda llevar a un salón de mejor categoría. No hay nada como comenzar en el lugar más bajo. Cuando me afirmo en la promesa como un santo, tengo mis dudas acerca de ella, pero cuando me agarro de ella como un pecador ya no me cabe ninguna duda. Si el Señor me pide que me alimente de Su misericordia como Su hijo lo hago, pero el diablo me susurra al oído que estoy presumiendo, porque nunca fui realmente adoptado por la gracia; pero cuando llego a Jesús como culpable, como un pecador sin méritos y tomo lo que el Señor libremente me presenta al creer, el diablo mismo no me puede decir que no soy un pecador, o si lo dice la mentira es demasiado clara, y no me ocasiona ninguna preocupación. No hay nada como tener un título irrevocable, y si la descripción de ustedes en el título es que son pecadores, eso es indisputable porque definitivamente lo son. De tal manera que el lugar del pecador es el lugar verdadero de ustedes y su lugar más seguro.

Otra bendición es que es un lugar al que puedes ir directamente, incluso en este mismo momento. Si el evangelio mirara hacia los hombres que tienen un cierto estado de corazón en el que haya virtudes dignas de elogio, entonces ¿cuánto tiempo me tomará elevar mi corazón a ese estado? Si Jesucristo viene al mundo para salvar hombres que tienen una cierta medida de excelencia, ¿entonces cuánto tiempo me tomaría alcanzar esa excelencia? Me puedo enfermar y morir en el lapso de media hora, y oír la sentencia del juicio eterno, y sería para mí un pobre evangelio el que me dijera que posiblemente obtuviera la salvación si alcanzara un estado que me tomaría varios meses para alcanzarlo. En esta hora yo, un moribundo, sé que puedo irme fuera de este mundo y más allá del alcance de la misericordia en el término de una hora; ¡qué consuelo es que ese evangelio venga a mí y se me dé justo ahora, aun en la situación en que me encuentro! Ya estoy en esa posición en la que la gracia comienza con los hombres, porque soy un pecador, y sólo tengo que reconocerlo. Ahora pues, pobre alma, siéntate ante el Señor y di: «Señor, ¿vino tu Hijo a salvar a los culpables? Yo lo soy y confío en Él para que me salve. ¿Murió Él por los impíos? Yo soy uno, Señor, confío en que su sangre me limpie. ¿Su muerte fue por los pecadores? Señor, asumo esa posición. Me confieso culpable. Acepto la sentencia de tu ley como justa, pero sálvame, Señor, pues Jesús murió.» Se ha cumplido; eres salvo. Ve en paz, hijo mío; tus pecados, que son muchos, te son perdonados. Ve, hija mía, sigue tu camino, y regocíjate: el Señor ha quitado tu pecado; no morirás, porque quien cree, está justificado de todo pecado.

Bendito es el hombre a quien el Señor no le culpa de iniquidad y en cuyo espíritu no hay engaño. Vete, entonces a tu verdadera posición, acepta la situación en que la gracia considera que debes de estar. No hables ni de justicia ni de mérito; sino apela a la piedad y al amor.

Cierto hombre había conspirado varias veces contra el primer Napoleón, y eventualmente, estando enteramente en las manos del emperador, se pronunció su sentencia de muerte. Su hija suplicó ardientemente por su vida, y finalmente, cuando obtuvo una audiencia con el emperador, cayó de rodillas ante él. «Hija mía,» dijo el emperador, «es inútil que supliques por tu padre, porque tengo la evidencia más clara de sus múltiples crímenes, y la justicia requiere que muera.» La muchacha le dijo, «Señor, no pido justicia, imploro misericordia. Yo confío en la misericordia de tu corazón y no en la justicia del caso.» La oyó pacientemente, y por su petición se salvó la vida de su padre. Imiten esa súplica y exclamen: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia.»

La justicia no te debe nada sino la muerte, sólo la misericordia puede salvarte. Haz a un lado cualquier idea de poder defenderte exitosamente: admite que no tienes defensa y declárate culpable. Confía en la misericordia de la corte y pide misericordia, misericordia por pura gracia, misericordia inmerecida, favor gratuito: esto es lo que debes pedir, y tal como en la ley hay una forma de juicio llamada in forma pauperis, es decir, en la forma de un indigente, adopta el método y como un hombre lleno de necesidades suplica el favor de las manos de Dios, in forma pauperis, y se te concederá.

IV. Ahora cierro este discurso con el siguiente punto el cual es, ESTA DOCTRINA TIENE UNA GRAN INFLUENCIA SANTIFICADORA. «Eso,» dice alguien, «no lo puedo creer. Seguramente has estado otorgando un valor al pecado al decir que Cristo vino a salvar solamente a los pecadores, y no llama a nadie al arrepentimiento sino a los pecadores.» Queridos señores, he oído ese tipo de comentarios tantas veces que ya me los sé de memoria; las mismas objeciones contra esta doctrina fueron presentadas por los seguidores del Papa en los días de Lutero, y desde entonces por todos los que obtienen beneficios especiales con la buena fe.

La opinión que la gracia inmerecida se opone a la moralidad, no tiene ningún fundamento. Ellos sueñan que la doctrina de la justificación por la fe conducirá al pecado, pero se puede demostrar por la historia que cada vez que esta doctrina ha sido magistralmente predicada, los hombres han sido más santos, y cada vez que esta verdad ha sido oscurecida, ha abundado todo tipo de corrupción. La doctrina de la gracia y la vida sustentada por la gracia encajan perfectamente, y la enseñanza de la ley y una vida sin ley, generalmente se encuentran asociadas.

Vamos a mostrarles el poder santificante de este evangelio. Su primera operación en esa dirección es ésta: cuando el Espíritu Santo hace penetrar la verdad del perdón inmerecido en un hombrecambia completamente sus pensamientos en lo que concierne a Dios. «Qué,» dice él, «¿me ha perdonado gratuitamente Dios de todas mis ofensas por causa de Cristo? ¿Y me ama a pesar de todo mi pecado? ¡Yo no sabía que Él fuera así, tan lleno de gracia y bueno! Pensé que Él era duro; lo llamé tirano, cosechando donde no había sembrado, pero, ¿así siente Él por mí?» «Entonces» dice el alma, «entonces yo lo amo por eso» Hay un cambio radical de sentimiento, en el hombre hay un giro completo tan pronto como él entiende la gracia redentora y el amor hasta la muerte. Al contemplar la gracia se produce la conversión.

Más aún, esta grandiosa verdad hace algo más que cambiar a un hombre, lo inspira, lo derrite, lo vivifica y lo inflama. Esta es una verdad que sacude a las profundidades del corazón y llena al hombre de vivas emociones. Le hablaste acerca de hacer el bien, y de lo justo, y de la justicia, y de la recompensa, y del castigo, y él oyó todo eso que pudo haber tenido una cierta influencia sobre él, pero no lo sintió profundamente. Una enseñanza así es demasiado fría para calentar al corazón. Pero la verdad que llega al corazón del hombre sí le parece nueva y excitante. Va más o menos así: Dios por su pura misericordia, perdona al culpable, y Él te ha perdonado a ti. Entonces, esto lo despierta, lo sacude, toca la fuente de sus lágrimas, y mueve todo su ser. Posiblemente, cuando oye el evangelio por primera vez, no le preocupa y hasta lo odia, pero cuando le llega con poder, tiene un control maravilloso sobre él. Cuando recibe su mensaje como realmente dirigido a él, entonces su frío corazón de piedra se convierte en carne; cálida emoción, amor tierno, humilde deseo, y un sagrado anhelo por el Señor se agitan en su seno. El poder vivificante de esta verdad divina, así como su poder de conversión, nunca pueden ser admirados en exceso.

Además, cuando esta verdad entra en el corazón da un golpe mortal a la arrogancia del hombre. Muchos hombres se hubieran hecho sabios, simplemente pensando que ya lo son; y muchos hombres se hubieran hecho virtuosos, simplemente concluyendo que ya han alcanzado la virtud. He aquí, esta doctrina golpea duramente al cráneo para quitarle la confianza en la propia bondad de ustedes, y hace que ustedes sientan su culpa; y al hacer eso arranca el gran mal del orgullo. Un sentido del pecado es el umbral de la misericordia. Una conciencia de la propia incapacidad, un dolor por todas las ofensas pasadas, es una preparación necesaria para una vida más elevada y más noble. El evangelio excava los cimientos, crea un gran vacío y de esa manera hace un espacio para poner las piedras gloriosas de un noble carácter espiritual, en el lugar debido.

Además, cuando se recibe esta verdad es seguro que brota en el alma un sentimiento de gratitud. El hombre a quien se le ha perdonado mucho con toda seguridad amará mucho a cambio. La gratitud hacia Dios es el grandioso resorte que mueve a la acción santa. Quienes hacen lo justo para ser recompensados por ello actúan de manera egoísta. El egoísmo está en el fondo de su carácter, se abstienen de pecar sólo para que su yo evite el sufrimiento y obedecen sólo para que su yo esté seguro y feliz. El hombre que hace lo justo no por el cielo o por el infierno, sino porque Dios lo ha salvado, y ama a Dios que lo salvó, es verdaderamente el hombre que ama lo justo. El que ama lo justo porque Dios lo ama, se ha levantado del pantano del egoísmo y es capaz de la virtud más elevada, sí, tiene en él una fuente viva, que fluirá y se desbordará en una vida santa mientras viva.

Y, queridos hermanos, pienso que todos verán que el perdón inmerecido para los pecadores promueve una parte del carácter verdadero, es decir, disposición para perdonar a otros, porque a quien se le ha perdonado mucho le resulta fácil perdonar las transgresiones de los demás. Si no lo hace, bien puede dudar si ha sido él mismo perdonado; pero si el Señor ha borrado su deuda de mil talentos él pronto perdonará los cien centavos que su hermano le debe.

Por último, algunos de nosotros sabemos, y quisiéramos que todos lo supieran por experiencia personal, que un sentimiento de favor inmerecido y libre perdón es el alma misma del entusiasmo, y el entusiasmo es para los cristianos lo que la sangre es para el cuerpo. ¿Alguna vez se entusiasmaron ante un discurso frío sobre la excelencia de la moralidad? ¿Sintieron que su alma se sacudía dentro de ustedes al escuchar un sermón sobre las recompensas de la virtud? ¿Alguna vez se entusiasmaron cuando se les habló acerca de los castigos de la ley? De ninguna manera, señores; pero prediquen las doctrinas de la gracia, dejen que el favor soberano de Dios sea exaltado, y observen las consecuencias.

Hay gente que está dispuesta a caminar muchas millas y aguantar juntos sin cansancio durante muchas horas para oír esto. He conocido a los que soportan duras caminatas de muchas millas para escuchar a esta doctrina. ¿Por qué?¿Porque el hombre era elocuente, o porque era buen orador? Nada de eso: algunas veces la predicación ha sido mala, presentada con un lenguaje sin educación, y sin embargo esta doctrina siempre ha movido a la gente. Hay algo en el alma del hombre que está buscando al evangelio de la gracia, y cuando viene, hay hambre para oírlo. Vean como en los tiempos de la Reforma, cuando existía la pena de muerte por oír un sermón: cómo se reunía la gente a medianoche; cómo caminaban largas jornadas hacia los desiertos y las cuevas para escuchar la enseñanza de estas viejas verdades grandiosas.

Hay una dulzura acerca de la misericordia, de la misericordia divina, graciosamente dada, que captura el oído del hombre y sacude su corazón. Cuando esta verdad penetra en el alma engendra entusiastas, mártires, confesores, misioneros, santos. Si hay cristianos serios, y llenos de amor a Dios y al hombre, son aquellos que saben lo que la gracia ha hecho por ellos. Si hay quienes permanecen fieles ante los reproches y llenos de gozo ante las penalidades y las cruces, son aquellos que están conscientes de su deuda hacia el amor divino. Si hay quienes se deleitan en Dios mientras viven, y descansan en Él cuando mueren, son los hombres que saben que son justificados por la fe en Jesucristo que justifica al impío.

Toda la gloria sea para el Señor que elevó al mendigo desde el montón de estiércol y lo puso en medio de los príncipes, los príncipes de Su pueblo. Él toma a los desechados por el mundo y los adopta como miembros de su familia y los hace herederos de Dios por Jesucristo. El Señor nos permite conocer el poder del evangelio sobre nuestro yo pecador. El Señor nos hace querer el nombre, la obra, y la persona del Amigo del Pecador. Ojalá que nunca olvidemos el agujero del pozo del que fuimos sacados, ni la mano que nos rescató, ni la inmerecida bondad que movió a esa mano. A partir de ahora y cada vez con mayor celo tenemos que hablar de la gracia infinita. «Gracia inmerecida y amor hasta la muerte.» Bien dice esa canción espiritual: «Suenen esas campanillas encantadoras.» ¡Gracia inmerecida y amor hasta la muerte, son las ventanas de esperanza del pecador! Nuestros corazones se gozan con esas palabras. Gloria a ti, Oh Señor Jesús, siempre lleno de compasión. Amén.

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

La Encarnación y el Nacimiento de Cristo

El Púlpito de la Capilla New Park Street

La Encarnación y el Nacimiento de Cristo

NO. 57
Sermón predicado la mañana del Domingo 23 de Diciembre, 1855

Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla de New Park Street, Southark, Londres

«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.» — Miqueas 5: 2.

Esta es la estación del año cuando, querámoslo o no, estamos obligados a pensar en el nacimiento de Cristo. Considero que es una de las cosas más absurdas bajo el cielo pensar que hay religión cuando se guarda el día de Navidad. No hay ninguna probabilidad que nuestro Salvador Jesucristo haya nacido en ese día, y su observancia es puramente de origen papal; sin duda quienes son católicos tienen el derecho de reverenciarlo, pero no puedo entender cómo los protestantes consistentes pueden considerarlo de alguna manera sagrado. Sin embargo, yo desearía que hubiese diez o doce días de Navidad al año; porque hay suficiente trabajo en el mundo y un poco más de descanso no le haría daño a la gente que trabaja.

El día de Navidad es realmente una bendición para nosotros; particularmente porque nos congrega alrededor de la chimenea de nuestra casa y nos reunimos una vez más con nuestros amigos. Sin embargo, aunque no seguimos los pasos de otras personas, no veo ningún daño en que pensemos en la encarnación y el nacimiento del Señor Jesús. No queremos ser clasificados con aquellos que:

«Ponen más cuidado en guardar el día de fiesta
De manera incorrecta,
Que el cuidado que otros ponen
Para guardarlo de manera correcta.»
Los antiguos puritanos hacían ostentación de trabajo el día de Navidad, sólo para mostrar que protestaban contra la observancia de ese día. Pero nosotros creemos que protestaban tan radicalmente, que deseamos, como descendientes suyos, aprovechar el bien accidentalmente conferido por ese día, y dejar que los supersticiosos sigan con sus supersticiones.

Procedo de inmediato al punto que tengo que comentarles. Vemos, en primer lugar, quién fue el que envió a Cristo. Dios el Padre habla aquí, y dice: «de ti me saldrá el que será Señor en Israel.» En segundo lugar, ¿dónde vino al momento de Su encarnación? En tercer lugar, ¿para qué vino? «Para ser Señor en Israel.» En cuarto lugar, ¿había venido ya antes? Sí, ya lo había hecho antes. «Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

I. Entonces, en primer lugar, ¿QUIÉN ENVIÓ A CRISTO? La respuesta nos es entregada por las propias palabras del texto: «De ti,» dice Jehová, hablando por la boca de Miqueas, «de ti me saldrá.» Es un dulce pensamiento que Jesucristo no vino sin el permiso, autoridad, consentimiento y ayuda de Su Padre. Fue enviado por el Padre, para que fuera el Salvador de los hombres. ¡Ay! Nosotros estamos inclinados a olvidar que, si bien es cierto que hay distinciones en cuanto a las Personas de la Trinidad, no hay distinción en cuanto al honor; y muy frecuentemente atribuimos el honor de nuestra salvación, o al menos las profundidades de Su misericordia y el extremo de Su benevolencia, más a Jesucristo que al Padre. Este es un gran error. ¿Y qué si Jesús vino? ¿Acaso no lo envió el Padre? Si fue convertido en un niño, ¿acaso no lo engendró el Espíritu Santo? Si habló maravillosamente, ¿acaso el Padre no derramó gracia en Sus labios, para que fuera un capaz ministro del nuevo pacto?

Si Su Padre lo abandonó cuando tomó la amarga copa de hiel, ¿acaso no lo amaba aún? Y después de tres días ¿no Lo levantó de los muertos y Lo recibió en lo alto, llevando cautiva la cautividad? ¡Ah!, amados hermanos, quien conoce al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo como debería conocerlos, nunca coloca a Uno por encima del Otro; no está más agradecido al Uno que al Otro; Los ve a todos en Belén, en Getsemaní y en el Calvario, Todos igualmente involucrados en la obra de salvación. «De ti me saldrá.» Oh cristiano, ¿has puesto tu confianza en el hombre Cristo Jesús? ¿Has colocado tu seguridad únicamente en Él? Y ¿estás unido a Él? Entonces debes creer que estás unido al Dios del cielo; puesto que eres hermano del hombre Cristo Jesús, y tienes una íntima relación con Él, entonces por esa razón estás ligado al Dios eterno, y «el Anciano de días» es tu Padre y tu amigo. «De ti me saldrá.»

¿Acaso nunca has visto la profundidad del amor que había en el corazón de Jehová, cuando Dios el Padre equipó a Su Hijo para la grandiosa empresa de misericordia? Había habido un día triste en el cielo una vez antes, cuando Satanás cayó, y arrastró consigo a un tercio de las estrellas del cielo, cuando el Hijo de Dios, lanzando de Su grandiosa diestra los truenos omnipotentes, arrojó al grupo rebelde al foso de perdición; pero si pudiéramos concebir una pena en el cielo, debe haber sido un día más triste cuando el Hijo del Altísimo dejó el seno de Su Padre, donde había descansado desde antes de todos los mundos. «Ve,» dijo el Padre, «¡con la bendición de Tu Padre sobre Tu cabeza! Luego viene el despojarse de Sus vestidos. ¡Cómo se reúnen los ángeles alrededor, para ver al Hijo de Dios quitarse Sus vestiduras! Puso a un lado Su corona; dijo «Padre mío, yo soy Señor de todo, bendito por siempre, pero voy a hacer mi corona a un lado, y voy a ser como los hombres mortales.» Se despoja de Su brillante vestimenta de gloria; «Padre,» dice «voy a ponerme un vestido de barro, justo el mismo que usan los hombres.» Luego se quita todas esas joyas con las que era glorificado; hace a un lado Sus mantos bordados de estrellas y Sus túnicas de luz, para vestirse con las simples ropas del campesino de Galilea. ¡Cuán solemne debe haber sido ese desvestirse!

Y en seguida, ¿pueden imaginarse la separación? Los ángeles sirven al Salvador a lo largo de las calles, hasta que se acercan a las puertas, cuando un ángel exclama: «¡Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y saldrá el Rey de gloria!» ¡Oh!, me parece que los ángeles deben haber llorado cuando perdieron la compañía de Jesús; cuando el Sol del Cielo les arrebató toda Su luz. Pero lo siguieron. Descendieron con Él; y cuando Su espíritu entró en la carne, y se volvió un bebé, Él fue servido por ese poderoso ejército de ángeles, quienes después de haber estado con Él en el pesebre de Belén, y después de verlo descansar en el pecho de Su madre, en su camino de regreso hacia lo alto, se aparecieron a los pastores y les dijeron que había nacido el Rey de los judíos. ¡El Padre lo envió! Contemplen ese tema. Sus almas deben aferrarse a ese tema, y en cada período de Su vida piensen que Él sufrió lo que el Padre quiso; que cada paso de Su vida fue marcado con la aprobación del grandioso YO SOY. Cada pensamiento que tengan acerca de Jesús debe estar conectado con el Dios eterno, siempre bendito; pues «Él,» dice Jehová, «me saldrá.» Entonces, ¿quién lo envió? La respuesta es, Su Padre.

II. Ahora, en segundo lugar, ¿ADÓNDE VINO? Una palabra o dos relativas a Belén. Se consideró bueno y adecuado que nuestro Salvador naciera en Belén, y eso debido a la historia de Belén, al nombre de Belén, y a la posición de Belén: pequeña en Judá.

1. En primer lugar, se consideró necesario que Cristo naciera en Belén, debido a la historia de Belén. Muy querida para todo israelita era la pequeña aldea de Belén. Jerusalén podía brillar más que ella en esplendor, pues allí estaba el templo, la gloria de toda la tierra, y «Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion;» sin embargo alrededor de Belén ocurrió un número de incidentes que la convirtieron siempre en un agradable lugar de descanso para la mente de cada judío. Inclusive el cristiano no puede evitar amar a Belén.

Creo que la primera mención que tenemos de Belén es triste. Allí murió Raquel. Si buscan en el capítulo 35 de Génesis, encontrarán que el versículo 16 dice: «Después partieron de Bet-el; y había aún como media legua de tierra para llegar a Efrata, cuando dio a luz Raquel, y hubo trabajo en su parto. Y aconteció, como había trabajo en su parto, que le dijo la partera: No temas, que también tendrás este hijo. Y aconteció que al salírsele el alma (pues murió), llamó su nombre Benoni; mas su padre lo llamó Benjamín. Así murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén. Y levantó Jacob un pilar sobre su sepultura; esta es la señal de la sepultura de Raquel hasta hoy.» Este es un incidente singular: casi profético. ¿No habría podido María haber llamado a su propio hijo Jesús, su Benoni?; pues Él iba a ser ‘el hijo de mi dolor.’

Simeón le dijo: «(y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.» Pero aunque ella pudo haberlo llamado Benoni, ¿cómo lo llamó Dios Su Padre? Benjamín, el hijo de mi mano derecha; Benjamín en cuanto a Su Divinidad. Este pequeño incidente parece ser casi una profecía que Benoni: Benjamín, el Señor Jesús, debía nacer en Belén.

Pero otra mujer hace célebre este lugar. El nombre de esa mujer era Noemí. Allí en Belén vivió en días posteriores otra mujer llamada Noemí, cuando tal vez la piedra que el amor de Jacob había levantado, ya estaba cubierta de musgo y su inscripción estaba borrada. Ella también fue una hija de gozo, pero una hija de amargura a la vez. Noemí fue una mujer a quien el Señor había amado y bendecido, pero tenía que marcharse a una tierra extraña; y ella dijo: «No me llaméis Noemí (delicia) sino llamadme Mara (amargo); porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso.» Sin embargo, ella no estaba sola en medio de todas sus pérdidas, pues se aferró a ella Rut la moabita, cuya sangre gentil se debía unir con el torrente puro y sin mancha del judío que debía engendrar al Señor nuestro Salvador, el grandioso Rey tanto de los judíos como de los gentiles.

El bellísimo libro de Rut tenía todo su escenario en Belén. Fue en Belén que Rut salió a recoger espigas en los campos de Booz; fue allí que Booz la miró, y ella se inclinó a tierra ante su señor; fue allí que se celebró su matrimonio; y en las calles de Belén, Booz y Rut recibieron una bendición que los hizo fructíferos, de tal forma que Booz se convirtió en el padre de Obed, y Obed el padre de Isaí, e Isaí engendró a David. Este último hecho ciñe a Belén con gloria: el hecho que David haya nacido allí: el héroe poderoso que mató al gigante filisteo, que libró a los descontentos de su tierra de la tiranía de su monarca y que después, con el pleno consentimiento de un pueblo que así lo quería, fue coronado rey de Israel y de Judá.

Belén era una ciudad real, porque reyes fueron engendrados allí. Aunque Belén era pequeña, tenía mucho para ser estimada; porque era como ciertos principados que tenemos en Europa, que no son celebrados por nada sino por haber engendrado a consortes de las familias reales de Inglaterra. Era un derecho, entonces, por la historia, que Belén debía ser el lugar del nacimiento de Cristo.

2. Pero además, hay algo en el nombre del lugar. «Belén Efrata.» La palabra Belén tiene un doble significado. Quiere decir «la casa del pan,» y «la casa de la guerra.» ¿No debía nacer Cristo en «la casa del pan?» Él es el pan de Su pueblo, de Quien recibe su alimento. Como nuestros padres comieron maná en el desierto, así nosotros vivimos de Cristo aquí abajo. Hambrientos frente al mundo, no podemos alimentarnos de sus sombras. Sus cáscaras pueden gratificar el gusto porcino de los mundanos, pues ellos son puercos; pero nosotros necesitamos algo más sustancial, y en ese bendito pan del cielo, hecho del cuerpo magullado de nuestro Señor Jesús, y cocido en el horno de Sus agonías, encontramos un alimento bendito. No hay alimento como Jesús para el alma desesperada o para el más fuerte de los santos. El más humilde de la familia de Dios va a Belén por su pan; y el hombre más fuerte, que come sólidos alimentos, va a Belén por ellos.

¡Casa de Pan! ¿De dónde podría venir nuestro alimento fuera de Ti? Hemos probado al Sinaí, pero en sus cumbres abruptas no crecen frutos, y sus alturas espinosas no producen el trigo que pueda alimentarnos. Hemos ido al propio Tabor, donde Cristo fue transfigurado, y sin embargo allí no hemos sido capaces de comer Su carne y beber Su sangre.

Pero tú Belén, casa de pan, correctamente fuiste nombrada; pues allí se le dio al hombre por primera vez el pan de vida. Y también es llamada «la casa de la guerra;» porque Cristo es para un hombre «la casa del pan,» o de lo contrario, «la casa de la guerra.» Mientras Él es alimento para el justo, hace la guerra al impío, según Su propia palabra: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.»

¡Pecador! Si tú no conoces a Belén como «la casa del pan,» será para ti una «casa de guerra.» Si de los labios de Jesús nunca bebes la dulce miel; si tú no eres como la abeja, que sorbe el dulce licor delicioso de la Rosa de Sarón, entonces de esa misma boca saldrá una espada de dos filos en tu contra; y esa misma boca de la que los justos sacan su pan, será para ti la boca de la destrucción y la causa de tu mal.

Jesús de Belén, casa de pan y casa de guerra, confiamos en que te conocemos como nuestro pan. ¡Oh!, que algunos que no están en guerra Contigo puedan oír en sus corazones, así como en sus oídos el himno:

«Paz en la tierra, e indulgente misericordia,
Dios y los pecadores reconciliados.»
Y ahora nos vamos a referir a esa palabra: Efrata. Ese era el viejo nombre del lugar, que los judíos conservaban y amaban. Su significado es, «fecundidad,» o «abundancia.» ¡Ah! Qué adecuado fue que Jesús naciera en la casa de la fecundidad; pues ¿de dónde vienen mi fecundidad y tu fecundidad, hermano mío, sino de Belén? Nuestros pobres corazones infecundos nunca produjeron ningún fruto, ni flor, hasta que fueron regados con la sangre del Salvador.

Es Su encarnación la que enriquece el suelo de nuestros corazones. Por toda su tierra había espinas punzantes, y venenos mortales antes que Él viniera; pero nuestra fecundidad viene de Él. «Yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto.» «Todas mis fuentes están en ti.» Si nosotros somos como árboles plantados junto a corrientes de aguas, dando fruto en nuestro tiempo, no es porque hayamos sido naturalmente fructíferos, sino a causa de las corrientes de aguas junto a las cuales fuimos plantados.

Es Jesús Quien nos hace fecundos. «El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.» ¡Gloriosa Belén Efrata! ¡Nombrada muy adecuadamente! Fecunda casa de pan; ¡la casa de abundante provisión para el pueblo de Dios!

3. A continuación notamos la posición de Belén. Se dice que es «pequeña para estar entre las familias de Judá.» ¿Por qué se dice esto? Porque Jesucristo siempre va en medio de los pequeños. Él nació en la pequeña aldea «para estar entre las familias de Judá.» No en la alta colina de Basán, ni en el monte real de Hebrón, ni en los palacios de Jerusalén, sino en la humilde pero ilustre aldea de Belén.

Hay un pasaje en Zacarías que nos enseña una lección: se dice que un varón que cabalgaba sobre un caballo alazán, estaba entre los mirtos que había en la hondura. Ahora, los mirtos crecen en las honduras; y el varón cabalgando el caballo alazán siempre cabalga allí. Él no cabalga en la cima de la montaña; Él cabalga entre los humildes de corazón. «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.»

Hay algunos pequeños entre nosotros hoy: «pequeña para estar entre las familias de Judá.» Nadie escuchó antes el nombre de ustedes, ¿no es verdad? Si los enterraran e inscribieran sus nombres en sus tumbas, pasarían desapercibidos. Quienes pasaran por allí dirían: «eso no significa nada para mí: nunca lo conocí.»

No sabes mucho de ti mismo, ni tienes una gran opinión acerca de ti mismo; tal vez a duras penas puedes leer. O si tienes algunas habilidades y talentos, eres despreciado por los hombres; o, si no eres despreciado por ellos, tú te desprecias a ti mismo. Tú eres uno de los pequeños. Bien, Cristo siempre nace en Belén entre los pequeñitos. Cristo nunca entra en los grandes corazones; Cristo no habita en los grandes corazones, sino en los pequeñitos. Los espíritus poderosos y orgullosos nunca tienen a Jesucristo, pues Él entra por puertas bajas, y nunca entrará por puertas elevadas.

Quien tiene un corazón quebrantado, y un espíritu humillado, tendrá al Salvador, pero nadie más. Él no sana ni al príncipe ni al rey, sino «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.» ¡Qué dulce pensamiento! Él es el Cristo de los pequeñitos. «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel.»

No podemos abandonar este tema sin otro pensamiento aquí, que es, ¡cuán maravillosamente misteriosa fue esa providencia que trajo a la madre de Jesucristo a Belén, en el mismo momento que iba a dar a luz! Sus padres residían en Nazaret; ¿y con qué motivo hubieran querido viajar en ese momento? Naturalmente, hubieran permanecido en casa; no es nada probable que Su madre hubiera hecho un viaje a Belén encontrándose en esa condición especial. Pero Augusto César promulga un edicto que todo el mundo debe ser empadronado. Muy bien, entonces que sean empadronados en Nazaret. No; le agradó a Él que todos debían ir a Su ciudad. ¿Pero por qué Augusto César pensó en eso precisamente en ese momento en particular? Simplemente porque mientras el hombre piensa su camino, el corazón del rey está en la mano de Jehová.

¡Mil variables se relacionaron entre sí, como dice el mundo, para producir este evento! Primero que nada, César tiene una disputa con Herodes; uno de la familia de Herodes fue depuesto. César dice: «voy a imponer impuestos a Judea, y voy a convertirla en una provincia, en vez de mantenerla como un reino separado.» Pues bien, tenía que hacerse así. Pero, ¿cuándo debe hacerse? Esta ley impositiva, se dice, se comenzó cuando Cirenio era gobernador. Pero, ¿por qué debe llevarse a cabo este censo en ese momento en particular, supongamos que en Diciembre? ¿Por qué no se hizo en el mes de Octubre anterior? Y ¿por qué la gente no hubiera podido ser censada en el lugar en que residía? ¿No era su dinero tan bueno en el lugar en que vivía como en cualquier otro? Era un capricho de César; pero era el decreto de Dios.

¡Oh!, amamos la doctrina sublime de la absoluta predestinación eterna. Algunos han dudado que sea consistente con el libre albedrío del hombre. Bien sabemos que es así y nunca hemos visto ninguna dificultad en el tema; creemos que los filósofos metafísicos son los que han creado las dificultades; nosotros no vemos ningún problema. Nos corresponde creer que el hombre hace lo que le parece, pero sin embargo siempre hace lo que Dios decreta. Si Judas traiciona a Cristo, «para eso fue destinado;» y si Faraón endurece su corazón, sin embargo, «Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.» El hombre hace lo que quiere; pero también Dios hace que el hombre haga lo que Él quiere. Más aún, no sólo está la voluntad del hombre bajo la absoluta predestinación de Jehová; sino que todas las cosas, grandes o pequeñas, son de Él. Bien ha dicho el buen poeta: «Sin duda, la navegación de una nube tiene a la Providencia como su piloto; sin duda la raíz de un roble es nudosa debido a un propósito especial, Dios rodea todas las cosas, cubriendo al globo como aire.» No hay nada grande o pequeño, que no sea de Él.

El polvo del verano se mueve en su órbita, guiado por la misma mano que dispersa a las estrellas a lo largo del cielo; las gotas de rocío tienen su padre, y cubren el pétalo de la rosa conforme Dios lo ordena; sí, las hojas secas del bosque, cuando son desparramadas por la tormenta, tienen una posición asignada donde caen, y no pueden modificarla. En lo grande y en lo pequeño, allí está Dios: Dios en todo, haciendo todas las cosas de acuerdo al consejo de Su propia voluntad; y aunque el hombre busca ir contra su Hacedor, no puede.

Dios le ha puesto un límite al mar con una barrera de arena; y si el mar levanta una ola tras otra, sin embargo no excederá su límite asignado. Todo es de Dios; y a Él, que guía las estrellas y le da sus alas a los gorriones, que gobierna a los planetas y también mueve los átomos, que habla truenos y susurra céfiros, a Él sea la gloria; pues Dios está en cada cosa.

III. Esto nos lleva al tercer punto: ¿PARA QUÉ VINO JESÚS? Él vino para ser «Señor en Israel.» Es algo muy singular que se dijera de Jesucristo que era «nacido el rey de los judíos.» Muy pocos alguna vez han «nacido reyes.» Algunos hombres nacen como príncipes, pero rara vez nacen como reyes. No creo que encuentren algún caso en la historia donde un niño haya nacido rey. Nació como príncipe de Gales, tal vez, y tuvo que esperar un número de años, hasta que su padre muriera, y entonces lo hicieron rey, poniéndole una corona en su cabeza; y un crisma sagrado, y otras cosas extrañas por el estilo; pero no nació rey. No recuerdo a nadie que haya nacido rey, excepto Jesús; y hay un significado enfático en ese verso que cantamos:

«Nacido para liberar a Tu pueblo;
Nacido niño, pero sin embargo, rey.»
En el instante que vino a la tierra Él era un rey. No tuvo que esperar su mayoría de edad para poder asumir Su imperio; pero tan pronto como Su ojo saludó a la luz del sol, era rey; desde el momento que Sus manos pequeñitas tomaron alguna cosa, tomaron un cetro: tan pronto latió Su pulso, y Su sangre comenzó a fluir, Su corazón latió con latidos reales, y Su pulso latió con una medida imperial, y Su sangre fluyó en una corriente de realeza. Él nació rey. Él vino para ser «Señor en Israel.» «¡Ah!», dirá alguien, «entonces vino en vano, pues muy poco ejerció Su gobierno; «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron;» vino a Israel pero no fue su rey, sino que fue más bien «despreciado y desechado entre los hombres,» rechazado por todos ellos, y abandonado por Israel, a quien vino.»

Ay, pero «no todos los que descienden de Israel son israelitas,» ni tampoco porque sean de la simiente de Abrahán son todos también llamados. ¡Ah, no! Él no es Señor de Israel según la carne, sino que es Señor de Israel según el espíritu. Muchos le han obedecido en Su carácter de Señor. ¿Acaso los apóstoles no se inclinaron ante Él, y le reconocieron como Rey? Y ahora, ¿no lo saluda Israel como su Señor? ¿Acaso toda la simiente de Abrahán según el espíritu, todos los creyentes, pues él es el «padre de los creyentes,» no reconoce que a Cristo pertenecen los escudos de los poderosos, pues Él es el Rey de toda la tierra? ¿No gobierna en Israel? Ay, verdaderamente sí reina; y aquellos que no son gobernados por Cristo no son de Israel. Él vino para ser Señor de Israel.

Hermano mío, ¿te has sometido al gobierno de Jesús? ¿Es Señor de tu corazón, o no? Podemos conocer a Israel por esto: Cristo ha venido a sus corazones, para ser Señor de ellos. «¡Oh!» dirá alguien, «yo hago lo que me dé la gana, nunca he estado bajo la servidumbre de nadie.» ¡Ah!, entonces odias el señorío de Cristo. «¡Oh!», dirá otro, «yo me someto a mi ministro, a mi clérigo, a mi sacerdote, y pienso que lo que me dice es suficiente, pues él es mi señor.» ¿Es así? ¡Ah!, pobre esclavo, no conoces tu dignidad; pues nadie es tu señor legal sino el Señor Jesucristo. «Ay,» dice otro, «he profesado Su religión, y soy Su seguidor.» Pero, ¿gobierna en tu corazón? ¿Tiene Él el comando de tu corazón? ¿Guía tu juicio? ¿Buscas en Su mano el consejo cuando experimentas dificultades? ¿Estás deseoso de honrarlo, y poner coronas sobre Su cabeza? ¿Es él tu Señor? Si es así, entonces tú eres uno de Israel; pues está escrito: «será Señor en Israel.»

¡Bendito Señor Jesús! Tú eres Señor en los corazones de los que son de Tu pueblo, y siempre lo serás; no queremos otro señor salvo Tú, y no nos someteremos a nadie más. Somos libres, puesto que somos siervos de Cristo; estamos en libertad, puesto que Él es nuestro Señor, y no conocemos ninguna servidumbre ni ninguna esclavitud, porque sólo Jesucristo es el monarca de nuestros corazones. Él vino para ser «Señor en Israel;» y fíjense bien, esa misión Suya no está terminada todavía, y no lo estará hasta las glorias postreras. Dentro de poco verán a Cristo venir de nuevo, para ser Señor sobre Su pueblo Israel, y gobernar sobre ellos no sólo como el Israel espiritual, sino también como el Israel natural, pues los judíos serán restaurados a su tierra, y las tribus de Jacob cantarán en las naves de su templo; a Dios serán ofrecidos nuevamente, himnos hebreos de alabanza, y el corazón del judío incrédulo será derretido a los pies del verdadero Mesías.

En breve, Quien en Su nacimiento fue saludado como rey de los judíos por unos orientales, y de Quien en Su muerte un occidental escribió: Rey de los judíos, será llamado Rey de los judíos en todas partes; sí, Rey de los judíos y también de los gentiles; en esa monarquía universal cuyo dominio se extenderá por todo el globo habitable, y cuya duración será sin tiempo. Él vino para ser Señor en Israel, y con toda certeza será Señor, cuando reine gloriosamente en Su pueblo, con todos sus antepasados.

IV. Y ahora, el último punto es, ¿VINO JESUCRISTO ALGUNA VEZ ANTES? Respondemos que sí: pues nuestro texto dice: «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

Primero, Cristo ha tenido Sus salidas en Su divinidad. «Desde los días de la eternidad.» Él no había sido una persona secreta y silenciosa hasta ese momento. Ese niño recién nacido ha obrado maravillas desde hace mucho tiempo; ese bebé dormido en los brazos de Su madre, es bebé hoy, pero es el Anciano de la eternidad; ese niño que está allí no ha hecho Su primera aparición en el escenario de este mundo; Su nombre todavía no ha sido escrito en el registro de los circuncidados; pero aunque no lo sepas, «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.»

1. Desde tiempos antiguos, Él salió como nuestra cabeza del pacto en la elección, «según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.»

«Cristo sea Mi primer elegido, dijo,
Y luego eligió nuestras almas en Cristo nuestra Cabeza.»
2. Él salió por Su pueblo, como su representante ante el trono, aun antes que ese pueblo fuera engendrado en el mundo. Fue desde la eternidad que Sus poderosos dedos tomaron la pluma, y la estilográfica de las edades, y escribió Su propio nombre, el nombre del eterno Hijo de Dios; fue desde la eternidad que firmó el pacto con Su Padre, que pagaría sangre por sangre, herida por herida, sufrimiento por sufrimiento, agonía por agonía, y muerte por muerte, a favor de Su pueblo; fue desde la eternidad que Se entregó a Sí mismo, sin murmurar una palabra, que desde Su cabeza hasta la planta de Sus pies sudaría sangre, que sería escupido, traspasado, se burlarían de Él, sería partido en dos, sufriría el dolor de la muerte, y las agonías de la cruz. Sus salidas como nuestra garantía fueron desde la eternidad.

¡Haz una pausa, alma mía, y asómbrate! Tú has tenido salidas en la persona de Jesús desde la eternidad. No solamente cuando naciste en este mundo te amó Cristo, pero Sus deleites estaban con los hijos de los hombres antes de que hubieran hijos de los hombres. A menudo pensaba en ellos; desde la eternidad hasta la eternidad Él había puesto Su afecto en ellos. ¡Cómo!, creyente, Él ha estado involucrado en tu salvación desde hace tanto tiempo, y ¿no va a alcanzarla? ¿Desde la eternidad Él ha salido para salvarme, y va a perderme ahora? ¡Cómo!, ¿me ha tenido en Su mano, como Su joya preciosa, y dejará que resbale en medio de Sus preciosos dedos? ¿Me eligió antes que las montañas fueran colocadas, o fueran esculpidos los canales de las profundidades, y va a perderme ahora? ¡Imposible!

«Mi nombre de las palmas de Sus manos
La eternidad no puede borrar;
Grabado en Su corazón permanece,
Con marcas de gracia indeleble.»
Estoy seguro que no me amaría durante tanto tiempo, para luego dejar de amarme. Si tuviera la intención de cansarse de mí, ya se hubiera cansado de mí desde hace mucho tiempo. Si no me hubiera amado con un amor tan profundo como el infierno y tan inexpresable como la tumba, si no me hubiera dado todo Su corazón, estoy seguro que me hubiera abandonado desde hace mucho tiempo. Él sabía lo que yo sería, y Él ha tenido mucho tiempo para considerarlo; pero yo soy Su elegido, y eso es definitivo. Y a pesar de lo indigno que soy, no me corresponde refunfuñar, si Él está contento conmigo. Pero Él está contento conmigo: debe estar contento conmigo; pues Él me ha conocido lo suficiente para conocer mis fallas. Él me conoció antes que yo me conociera; sí, Él me conoció antes que yo existiera. Antes que mis miembros fueran formados, fueron escritos en Su libro: «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.» Sus ojos de afecto se enfocaron en esos miembros. Él sabía cuán mal me iba a portar con Él, y sin embargo ha seguido amándome:

«Su amor de tiempos pasados me impide pensar,
Que me dejará al fin en problemas que me hundan.»
No; puesto que «sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad,» serán «hasta la eternidad.»

En segundo lugar, creemos que Cristo ha salido desde tiempos remotos a los hombres, de tal forma que los hombres lo han visto. No me detendré para decirles que fue Jesús Quien se paseaba en el huerto del Edén, al aire del día, pues Sus deleites estaban con los hijos de los hombres; ni los voy a demorar señalándoles todas las diversas maneras en que Cristo salió a Su pueblo en la forma del ángel del pacto, el Cordero Pascual, la serpiente de bronce, la zarza ardiendo, y diez mil tipos con los que la historia sagrada está tan repleta; pero prefiero señalarles cuatro ocasiones cuando Jesucristo nuestro Señor ha aparecido en la tierra como un hombre, antes de Su grandiosa encarnación para nuestra salvación.

Y, primero, les ruego que vayamos al capítulo 18 de Génesis, donde Jesucristo apareció a Abraham, de quien leemos: «Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra. Pero, ¿ante quién se postró? Dijo: «Señor,» solamente a uno de ellos. Había un hombre en medio de los otros dos, de lo más conspicuo debido a Su gloria, pues se trataba del Dios-hombre Cristo; los otros dos eran ángeles creados, que habían asumido la apariencia de hombres temporalmente. Pero éste era el hombre Cristo Jesús. «Y dijo: Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestro pies; y recostaos debajo de un árbol.» Notarán que este hombre majestuoso, esta persona gloriosa, se quedó retrasado para hablar con Abraham. En el versículo 22 se dice: «Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma;» esto es, dos de ellos, como verán en el siguiente capítulo: «pero Abraham estaba aún delante de Jehová.» Notarán que este hombre, el Señor, sostuvo una dulce comunión con Abraham, y le permitió a Abraham interceder por la ciudad que estaba a punto de destruir. Estaba positivamente como un hombre. De tal forma que cuando caminó en las calles de Judea no era la primera vez que era un hombre; lo había sido antes, en «el encinar de Mamre, en el calor del día.»

Hay otra instancia; su aparición a Jacob, que tenemos registrada en el capítulo 32 de Génesis, en el versículo 24. Toda su familia se había ido, y «Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba. Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios.» Este era un hombre, y sin embargo era Dios. «porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.» Y Jacob sabía que este hombre era Dios, pues dice en el versículo 30: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.»

Encontrarán otro ejemplo en el libro de Josué. Cuando Josué atravesó la poco profunda corriente del Jordán, y entró en la tierra prometida, y estaba a punto de sacar a los cananeos, ¡he aquí!, este poderoso hombre-Dios se apareció a Josué. En el capítulo 5, en el versículo 13, leemos: «Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora.» Y Josué vio de inmediato que había divinidad en Él; pues se postró sobre rostro en tierra, y adoró, y le dijo: «¿Qué dice mi Señor a su siervo?» Ahora, si éste hubiera sido un ángel creado hubiera regañado a Josué, diciendo: «yo soy un siervo como tú.» Pero no; «el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo.»

Otra instancia notable es la que está registrada en tercer capítulo del libro de Daniel, donde leemos la historia cuando Sadrac, Mesac y Abed-nego son echados en medio de un horno de fuego ardiendo, y como lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que los habían alzado. Súbitamente el rey preguntó a los de su consejo: «¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?» Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey. Y él dijo: «He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.» ¿Cómo podía Nabucodonosor saber eso? Sólo porque había algo tan noble y majestuoso en la forma en que ese maravilloso Hombre se comportaba, y una terrible influencia lo circundaba que tan maravillosamente quebrantó los dientes consumidores de esa llama devoradora y destructora, de tal forma que ni siquiera podía chamuscar a los hijos de Dios. Nabucodonosor reconoció Su humanidad. No dijo: «veo a tres hombres y a un ángel,» sino que dijo: «veo positivamente a cuatro hombres, y la forma del cuarto es como el Hijo de Dios.» Ven, entonces, lo que significa que Sus salidas son «desde los días de la eternidad.»

Observen aquí por un momento, que cada una de estas cuatro ocurrencias, sucedieron a los santos cuando ellos estaban involucrados en deberes muy eminentes, o cuando estaban a punto de involucrarse. Jesucristo no se aparece a Sus santos cada día. Él no vino a ver a Jacob hasta que no estuvo en aflicción; Él no visitó a Josué antes de que estuviera a punto de involucrarse en una guerra santa. Es solamente en condiciones extraordinarias que Cristo se manifiesta así a Su pueblo.

Cuando Abraham intercedió por Sodoma, Jesús estaba con él, pues uno de los empleos más elevados y más nobles de un cristiano es ese de la intercesión, y es cuando él está ocupado de esa manera que tendrá la probabilidad de obtener una visión de Cristo. Jacob estaba involucrado en luchar, y esa es una parte del deber de un cristiano, que nunca han experimentado algunos de ustedes; consecuentemente, ustedes no tienen muchas visitas de Jesús. Fue cuando Josué estaba ejercitando la valentía que el Señor se encontró con él. Lo mismo con Sadrac, Mesac y Abed-nego: ellos se encontraban en los lugares altos de la persecución debido a su apego al deber, cuando Él vino a ellos, y les dijo: «estaré con ustedes, pasando a través del fuego.»

Hay ciertos lugares especiales en los que debemos entrar, para encontrarnos con el Señor. Debemos encontrarnos en grandes problemas, como Jacob; debemos estar en medio de grandes trabajos, como Josué; debemos tener una gran fe de intercesión, como Abraham; debemos estar firmes en el desempeño de un deber, como Sadrac, Mesac, y Abed-nego; de lo contrario no lo conoceremos a Él «cuyas salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.» O si lo conocemos, no seremos capaces de «comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.»

¡Dulce Señor Jesús! Tú, cuyas salidas fueron desde el principio, desde los días de la eternidad, Tú no has abandonado Tus salidas todavía. ¡Oh, que salieras hoy para animar al desmayado, para ayudar al cansado, para sanar nuestras heridas, para consolar nuestras aflicciones! ¡Sal, te suplicamos, para conquistar a los pecadores, para someter corazones endurecidos; para romper las puertas de hierro de las concupiscencias de los pecadores, y cortar las barras de hierro de sus pecados y hacerlas pedazos! ¡Oh, Jesús! ¡Sal; y cuando salgas, ven a mí! ¿Soy un pecador endurecido? Ven a mí; yo te necesito:

«¡Oh!, que tu gracia someta mi corazón;
Quiero ser llevado triunfante también;
Un cautivo voluntario de mi Señor,
Para cantar los honores de Tu palabra.»
¡Pobre pecador! Cristo no ha dejado de salir todavía. Y cuando sale, recuerda, va a Belén. ¿Tienes tú un Belén en tu corazón? ¿Eres pequeño? Él saldrá a ti todavía. Ve a casa y búscalo por medio de una oración sincera. Si has sido conducido a llorar a causa del pecado, y te sientes demasiado pequeño para que te vean, ¡ve a casa, pequeño! Jesús viene a los pequeños; Sus salidas son desde el principio, y Él está saliendo ahora. Él vendrá a tu vieja pobre casa; Él vendrá a tu pobre corazón desdichado; Él vendrá, aunque estés en la pobreza, y estés cubierto de harapos, aunque estés desamparado, atormentado y afligido; Él vendrá, pues Sus salidas han sido desde el principio, desde los días de la eternidad. Confía en Él, confía en Él, confía en Él; y el saldrá y habitará en tu corazón por toda la eternidad.

Charles H. Spurgeon (1834-1892) fue un predicador bautista británico que sigue siendo muy influyente entre los cristianos de diferentes denominaciones, entre los que todavía se le conoce como el «Príncipe de los predicadores». 
Predicó su primer sermón, de 1 Pedro 2: 7, en 1851 a los 16 años y se convirtió en pastor de la Iglesia en Waterbeach en 1852. Publicó más de 1.900 sermones diferentes y predicó a alrededor de 10.000.000 de personas durante su vida. 
Además, Spurgeon fue un autor prolífico de muchos tipos de obras, incluidas una autobiografía, un comentario, libros sobre oración, un devocional, una revista, poesía, himnista y más. 
Se transcribieron muchos sermones mientras hablaba y luego se tradujeron a muchos idiomas. 
Podría decirse que ningún otro autor, cristiano o no, tiene más material impreso que CH Spurgeon.

http://www.spurgeon.com.mx/indice.html

«Si y amén» en todo

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“El Amén” – Apocalipsis 3:14

Charles H. Spurgeon

La palabra «amén» confirma solamente lo que fue antes, y Jesús es el gran Confirmador, inmutable, para siempre es «el Amén» en todas todas sus promesas. Pecador, te consolaré con esta reflexión, Jesucristo dijo: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso»(Mateo 11:28). Si Tú vas a Él, te contestará «Amén en tu alma; su promesa será verdadera para tí. Él dijo de sí mismo en los días que estuvo en el mundo: «No acabará de romper la caña quebrada»(Isaias 42:3). Oh, tú, pobre, quebrantado y lastimado corazón, si vas a Él, te dirá «Amén», y eso será verdad en tu alma como lo fue para cientos de casos en los años pasados.

Cristiano, ¿no es de gran consuelo para ti también que no haya ni una palabra que haya salido de los labios del Salvador de la cual se haya jamás retractado? Las palabras de Jesús prevalecerán cuando el cielo y la Tierra pasen. Si has podido asirte aunque sea de media promesa, encontrarás que es verdadera. Guárdate de aquel que es llamado «anulador de la promesa», que destruirá mucho del consuelo de La Palabra de Dios.

Jesús es «sí y amén» en todos sus oficios. Él fue Sacerdote para perdonar y para lavar una vez, y es Amén como Sacerdote todavía. Él fue Rey para gobernar y reinar para su pueblo, y para defenderlo con su poderoso brazo; Él es un Rey Amén, el mismo todavía. Él fue Profeta en la antigüedad, para predecir las buenas cosas por venir; sus labios son muy dulces y todavía  destilan miel: Él es un Profeta Amén. Es Amén respecto a los méritos de su sangre, es Amén respecto a su justicia. Aquella vestidura sagrada permanecerá bella y gloriosa cuando la naturaleza se corrompa. Es el Amén en cada título que porta; tu Esposo, que nunca busca el divorcio; tu Amigo, un amigo más fiel que un hermano; tu Pastor, contigo en el valle de sombra de muerte, tu Ayudador y tu Libertador; tu Castillo y tu Alto Refugio, el Cuerno de tu fortaleza; tu confidente, tu gozo, tu todo y tu «si y amén» en todo.

Charles Spurgeon

“El Príncipe de los Predicadores”

Es considerado por muchos como uno de los predicadores más grandes de la historia. La vida y el ministerio de Charles Spurgeon realmente son inspiradores.

Predicó su último sermón en junio de 1891 y murió seis meses después.

En paz me acostaré_Charles H. Spurgeon_2da. Edición_ Peniel_2015

La oración con poder

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“Así hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol” – Exodo 17:12

Charles H. Spurgeon

Tan poderosa fue la oración de Moisés, que todo dependía de ella. Las peticiones de Moises desconcertaban al enemigo mucho mas que las batallas de Josue. Sin embargo, ambas eran necesarias.

Por ello, en el conflicto del alma, la fuerza y el fervor, la decisión y la devoción, el valor y la vehemencia deben unir sus fuerzas, y todo ira bien. Debes luchar por tu pecado, pero la mayor parte de la lucha debe hacerse a solas y de forma privada con Dios. La oración como la de Moisés levanta la señal del pacto ante el Señor. La vara era el emblema de Dios obrando con Moisés, el símbolo del gobierno de Dios en Israel. Aprende, tú, santo que suplicas, a levantar la promesa y el voto de Dios ante Él. El Señor no puede negar sus propias declaraciones. Levanta la vara de la promesa y tendrás lo que quieres.

Moises se cansaba, y entonces sus amigos lo ayudaban.

En cualquier momento en que tu oración decline en vigor, permite que la fe sostenga una mano y que la santa esperanza eleve la otra, y la oración, sentada sobre la roca de Israel, la roca de nuestra salvación, perseverará y prevalecerá. Cuídate de la debilidad en la devoción; si Moisés la sintió, ¿quién puede escapar? Es mucho más fácil luchar contra el pecado en público que orar contra él en privado. Es de notar que Josué nunca se cansaba en la batalla, pero Moisés sí se cansaba en la oración. Cuanto más espiritual el ejercicio, más difícil es para la sangre y la carne mantenerlo.

Clamemos, entonces, por fortaleza especial, y que el Espíritu de Dios, que nos ayuda en nuestras debilidades, como lo hizo con Moisés, nos capacite para continuar con nuestras manos firmes, hasta que se ponga el sol, hasta que la noche de la vida se termine, hasta que lleguemos al amanecer de un mejor sol en la tierra en la que la oración se consume en alabanza.

Charles Spurgeon: Vida y ministerio de “El Príncipe de los Predicadores”

Es considerado por muchos como uno de los predicadores más grandes de la historia. La vida y el ministerio de Charles Spurgeon realmente son inspiradores.

Predicó su último sermón en junio de 1891 y murió seis meses después.

En paz me acostaré_Charles H. Spurgeon_2da. Edición_ Peniel_2015

 

¿Quién guía tu vida?

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«Guíalos por siempre» – Salmo 28:9

Charles H. Spurgeon

El Pueblo de Dios necesita ser guiado. Es muy pesado por naturaleza. No tiene alas o, si las tiene, son como la paloma que se quedó a dormir entre los rebaños, necesita gracia divina para hacerlas volar en las cubiertas de plata y con plumas de oro resplandecientes. Por naturaleza, las chispas vuelan, pero las almas pecadoras de los hombres, caen. Oh, Señor, «guíalos por siempre».

El mismo David dijo: «A ti, Señor, elevo mi alma» (Salmo 25:1), y acá siente la necesidad de que las almas de otros hombres sean elevadas tanto como la suya. Cuando pides esta bendición para ti mismo, no te olvides de pedirla para otros también. Hay tres maneras en las cuales el pueblo de Dios necesita ser guiado: necesitan ser guiados en su carácter. Guíalos, Señor, ¡no permitas que tu pueblo sea como la gente del mundo! «El mundo entero está bajo el control del maligno»(1 Juan 5:19), ¡guíalos fuera de allí!. La gente del mundo va detrás del oro y la plata, buscando sus propios placeres y la satisfacción de sus deseos, pero, Señor, eleva a Tu pueblo por encima de esto, guárdalo de ser vituperador, como llama John Bunyan al hombre que está siempre tras del oro. ¡Establece sus corazones en el Señor resucitado en la herencia celestial!. Más aun, los creyentes necesitan ser prosperados en el conflicto.

Si en la batalla parecen desfallecer, oh Señor, complácete en darles la victoria. Si el pie del enemigo está sobre sus cuellos en algún momento, ayúdalos a tomar la espada del Espíritu y a la larga batalla. Señor, eleva el espíritu de tus hijos en el día del conflicto, no permitas que se sienten en el polvo, lamentándose para siempre. No permitas que el adversario los aflija con dolor y los preocupe, pero si han sido, como Ana, perseguidos, permíteles cantar de la misericordia de un Dios que libera.

También podemos pedir a nuestro Señor ¡que los guíe en el fin! Guíalos, Llevándolos a su hogar; levanta sus cuerpos de la tumba y eleva sus almas a tu eterno Reino en gloria.

Charles Spurgeon: Vida y ministerio de “El Príncipe de los Predicadores”

Es considerado por muchos como uno de los predicadores más grandes de la historia. La vida y el ministerio de Charles Spurgeon realmente son inspiradores.

Predicó su último sermón en junio de 1891 y murió seis meses después.

En paz me acostaré_Charles H. Spurgeon_2da. Edición_ Peniel_2015

El Libre Albedrío: Un Esclavo

 

El Púlpito de la Capilla New Park Street

El Libre Albedrío: Un Esclavo

NO. 52

Sermón predicado el Domingo 2 de Diciembre de 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En La Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

«Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» — Juan 5:40

Este es uno de los poderosos cañones de los arminianos, colocado sobre sus murallas, y a menudo disparado con un terrible ruido contra los pobres cristianos llamados calvinistas Yo pretendo silenciar ese cañón el día de hoy, o, más bien, dispararlo en contra del enemigo, pues nunca les perteneció a ellos. El cañón no fue construido en la fundición de los arminianos, y más bien su objetivo era la enseñanza de una doctrina totalmente opuesta a la que los arminianos sostienen.

Usualmente, cuando se explica este texto, las divisiones son: primero, que el hombre tiene voluntad. Segundo, que es enteramente libre. Tercero, que los hombres deben decidir venir a Cristo por ellos mismos, de lo contrario no serán salvos.

Pero nosotros no lo dividiremos de esa manera, sino que nos esforzaremos por analizar de manera objetiva este texto, sin concluir apresuradamente que enseña la doctrina del libre albedrío, simplemente porque contiene palabras tales como «querer» y «no querer.»

Ya se ha demostrado más allá de toda controversia, que el libre albedrío es una insensatez. La voluntad no tiene libertad como tampoco la electricidad tiene peso. Son cosas completamente diferentes. Podemos creer en la libertad de acción del individuo, pero el libre albedrío es algo sencillamente ridículo. Todo mundo sabe que la voluntad es dirigida por el entendimiento, que es llevada a la acción por motivos, que es guiada por otras partes del alma, y que es una potencia secundaria.

Tanto la filosofía como la religión descartan de inmediato la pura idea del libre albedrío; y yo estoy de acuerdo con la rotunda afirmación de Martín Lutero que dice: «Si algún hombre atribuye una parte de la salvación, aunque sea lo más mínimo, al libre albedrío del hombre, no sabe absolutamente nada acerca de la gracia, y no tiene el debido conocimiento de Jesucristo.» Puede parecer un concepto duro, pero aquel que cree con plena convicción que el hombre se vuelve a Dios por su propio libre albedrío, no puede haber recibido esa enseñanza de Dios, pues ese es uno de los primeros principios que aprendemos cuando Él comienza a trabajar en nosotros: que no tenemos ni voluntad ni poder, sino que ambos los recibimos de Él; que Él es «el Alfa y la Omega» en la salvación de los hombres.

Nuestras consideraciones el día de hoy serán las siguientes: primero: todos los hombres están muertos, porque el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Segundo: que hay vida en Jesucristo: «Y no queréis venir a  para que tengáis vida.» Tercero: que hay vida en Jesucristo para todo aquel que viene por ella: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida,» implicando que todos los que vengan, tendrán vida. Y cuarto: la sustancia del texto radica en esto, que ningún hombre por naturaleza vendrá jamás a Cristo, pues el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Lejos de afirmar que los hombres por su propia voluntad harán alguna vez eso, lo niega de manera abierta y categórica, diciendo: «Y NO QUERÉIS venir a mí para que tengáis vida.» Entonces, queridos hermanos, estoy a punto de gritar: ¿Acaso los que creen en el libre albedrío no están conscientes que se están atreviendo a desafiar la inspiración de la Escritura? ¿No tienen ningún entendimiento, aquellos que niegan la doctrina de la gracia? Se han apartado tanto de Dios que retuercen el texto para demostrar el libre albedrío; en cambio, el texto dice: «Y NO QUERÉIS venir a mí para que tengáis vida.»

I. Entonces, en primer lugar, nuestro texto indica QUE LOS HOMBRES ESTÁN MUERTOS POR NATURALEZA. Ningún ser necesita buscar la vida si tiene vida en sí mismo. El texto habla de manera muy fuerte cuando afirma: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Aunque no lo dice con las palabras, efectivamente está afirmando que los hombres necesitan otra vida que la que tienen. Queridos lectores, todos nosotros estamos muertos a menos que seamos engendrados a una esperanza viva.

Todos nosotros, por naturaleza, estamos legalmente muertos: «el día que de él comieres, ciertamente morirás,» le dijo Dios a Adán; y aunque Adán no murió en ese momento físicamente, murió legalmente; es decir, su muerte quedó registrada en su contra. Tan pronto como en Old Bailey (famosa corte criminal de Londres) el juez se cubre la cabeza con una gorra negra y pronuncia la sentencia, el reo es considerado muerto según la ley. Aunque pueda transcurrir todavía un mes antes de que sea llevado al cadalso para que se cumpla la sentencia, la ley lo considera un hombre muerto. Es imposible que ese hombre realice ninguna transacción. No puede heredar nada ni puede hacer un testamento; él no es nada: es un hombre muerto. Su país considera que no tiene ninguna vida. Si hay elecciones, él no puede votar porque está considerado como muerto. Está encerrado en su celda de condenado a muerte, y es un muerto vivo.

¡Ah! Ustedes, pecadores impíos, que nunca han tenido vida en Cristo, ustedes están vivos hoy, por una suspensión temporal de la sentencia, pero deben saber que ustedes están legalmente muertos; que Dios los considera así, que el día en que su padre Adán tocó el fruto, y cuando ustedes mismos pecaron, Dios, el Eterno Juez, se puso una gorra negra de Juez y los ha condenado.

Ustedes tienen opiniones muy elevadas acerca de propia posición, y de su bondad, y de su moralidad. ¿Dónde está todo eso? La Escritura dice que «ya han sido condenados.» No tienen que esperar el día del juicio para escuchar la sentencia (allí será la ejecución de la sentencia) ustedes «ya han sido condenados.» En el instante en que pecaron, sus nombres fueron inscritos en el libro negro de la justicia; cada uno ha sido sentenciado a muerte por Dios, a menos que encuentre un sustituto por sus pecados en la persona de Cristo.

¿Qué pensarían ustedes si entraran en la celda de un condenado a muerte, y vieran al reo sentado en su celda riéndose muy feliz? Ustedes dirían: «Ese hombre es un insensato, pues ya ha sido condenado y va a ser ejecutado; sin embargo, cuán feliz está.» ¡Ah! ¡Y cuán insensato es el hombre del mundo, quien, aunque tiene una sentencia registrada en su contra, vive muy contento! ¿Piensas tú que la sentencia de Dios no se cumplirá? ¿Piensas tú que tu pecado, que está escrito para siempre con una pluma de hierro sobre las rocas, no contiene horrores en su interior? Dios dice que ya has sido condenado. Si tan sólo pudieras sentirlo, esto mezclaría gotas amargas en tu dulce copa de gozo; tus bailes llegarían a su fin, tu risa se convertiría en llanto, si recordaras que ya has sido condenado. Todos nosotros deberíamos llorar si grabáramos esto en nuestras almas: que por naturaleza no tenemos vida ante los ojos de Dios; que estamos en realidad, positivamente condenados; que tenemos una sentencia de muerte en contra nuestra, y que somos considerados por Dios tan muertos, como si en realidad ya hubiésemos sido arrojados al infierno. Aquí ya hemos sido condenados por el pecado. Aun no hemos sufrido el correspondiente castigo, pero la sentencia ya está escrita y estamos legalmente muertos. Tampoco podemos encontrar vida a menos que encontremos vida ante la ley en la persona de Cristo, de lo que hablaremos más adelante.

Pero además de estar legalmente muertos, también estamos muertos espiritualmente. Porque además de que la sentencia fue registrada en el libro, también se registró en el corazón; entró en la conciencia; obró en el alma, en la razón, en la imaginación, en fin, en todo. «El día que de él comieres, ciertamente morirás,» se cumplió, no solamente por la sentencia que fue registrada, sino por algo que ocurrió en Adán. De la misma forma que en un momento determinado, cuando me muera, la sangre se detendrá, cesará de latir el pulso, los pulmones dejarán de respirar, así el día que Adán comió del fruto, su alma murió. Su imaginación perdió su poder maravilloso de elevarse hacia las cosas celestiales y ver el cielo, su voluntad perdió el poder que tenía para elegir siempre lo bueno, su juicio perdió toda la habilidad anterior de discernir entre el bien y el mal, de manera decidida e infalible, aunque algo de eso fue retenido por la conciencia; su memoria quedó contaminada, sujeta a recordar lo malo y olvidar lo bueno; todas sus facultades perdieron el poder de la vitalidad moral. La bondad, que era la vitalidad de sus facultades, despareció. La virtud, la santidad, la integridad, todas estas cosas, eran la vida del hombre; pero cuando desaparecieron, el hombre murió.

Y ahora, todo hombre, está «muerto en sus delitos y pecados» espiritualmente. En el hombre carnal el alma no está menos muerta de lo que está un cuerpo cuando es depositado en la tumba; está real y positivamente muerta: no a la manera de una metáfora, pues Pablo no está hablando de manera metafórica cuando afirma: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»

Pero, queridos lectores, nuevamente quisiera poderles predicar a sus corazones en relación a este tema. Ha sido algo penoso tener que recordarles que la muerte ya está registrada; pero ahora tengo que hablarles y decirles que la muerte ya ha ocurrido, efectivamente, en sus corazones. Ustedes no son lo que antes eran; ustedes no son lo que eran en Adán, ni son lo que eran cuando fueron creados. El hombre fue creado puro y santo. Ustedes no son las criaturas perfectas que algunos presumen ser; ustedes están completamente caídos, completamente extraviados, llenos de corrupción y suciedad. ¡Oh! Por favor no escuchen el canto de la sirena de quienes les hablan de su dignidad moral, o de su elevada capacidad en los asuntos de la salvación. Ustedes no son perfectos; esa terrible palabra «ruina,» está escrita en sus corazones; y la muerte está sellada en su espíritu.

No pienses, oh hombre moral, que tú serás capaz de comparecer ante Dios sólo con tu moralidad, pues no eres otra cosa que un cadáver embalsamado en legalidad, un esqueleto vestido elegantemente, pero finalmente putrefacto a los ojos de Dios. ¡Y tampoco pienses tú, que posees una religión natural, que tú puedes hacerte aceptable ante Dios mediante tu propia fuerza y poder! ¡Vamos, hombre! ¡Tú estás muerto! Y tú puedes maquillar a un muerto tan gloriosamente como te plazca, pero no dejará de ser una solemne burla.

Allí está la reina Cleopatra: con una corona sobre su cabeza, vestida con sus mantos reales, siendo velada en la sala mortuoria. ¡Pero qué escalofríos recorren tu cuerpo cuando pasas junto a ella! Aun en su muerte, se ve bella. ¡Pero cuán terrible es estar junto a un muerto, aun si se trata de una reina muerta, muy celebrada por su belleza majestuosa! Así también tú puedes tener una belleza gloriosa y ser atractivo, amable y simpático; te pones sobre tu cabeza la corona de la honestidad, y te vistes con los vestidos de la rectitud, pero a menos que Dios te haya dado vida ¡oh, hombre! a menos que el Espíritu haya obrado en tu alma, tú eres a los ojos de Dios tan desagradable, como ese frío cadáver es desagradable para ti.

Tú no elegirías vivir con un cadáver para que comparta tu mesa; tampoco a Dios le agrada tenerte ante sus ojos. Él está airado contigo cada día, pues tú estás en pecado: tú estás muerto. ¡Oh! Debes creer esto; deja que penetre en tu alma; aplícalo a ti, pues es muy cierto que estás muerto, tanto espiritualmente como legalmente.

El tercer tipo de muerte es la consumación de las otras dos. Es la muerte eterna. Es la ejecución de la sentencia legal; es la consumación de la muerte espiritual. La muerte eterna es la muerte del alma; tiene lugar después que el cadáver ha sido colocado en la tumba, después que el alma ha salido de él. Si la muerte legal es terrible, es debido a sus consecuencias; y si la muerte espiritual es espantosa, es debido a todo lo que viene después. Las dos muertes de las que hemos hablado son la raíz, y esa muerte que vendrá es la flor que nace de esa raíz.

¡Oh! quisiera tener las palabras apropiadas para poder describirles lo que es la muerte eterna. El alma se ha presentado ante su Hacedor; el libro ha sido abierto; la sentencia ha sido pronunciada: «Apartaos de mí, malditos» ha sacudido el universo y ha oscurecido a los astros con el enojo del Creador; el alma ha sido arrojada a las profundidades donde permanecerá con otros en muerte eterna. ¡Oh! cuán horrible es su condición ahora. ¡Su cama es una cama de fuego; los espectáculos que contempla son de tal naturaleza que aterran a su espíritu; los sonidos que escucha son gritos sobrecogedores, y quejidos y gemidos y lamentos; y su cuerpo sólo conoce un dolor miserable! Está sumido en un dolor indecible, en una miseria que no conoce el descanso.

El alma mira hacia arriba. La esperanza no existe, se ha ido. Mira hacia abajo llena de terror y miedo; el remordimiento se ha adueñado de su alma. Mira hacia la derecha y las paredes impenetrables del destino la mantienen dentro de sus límites para torturarla. Mira hacia su izquierda y allí los muros de fuego ardiente descartan la menor posibilidad de colocar una escalera para poder escapar. Busca en sí misma el consuelo, pero un gusano que muerde dolorosamente ha penetrado en su alma. Mira a su alrededor y no encuentra a ningún amigo que le pueda ayudar, ni a ningún consolador, sino sólo atormentadores en abundancia. No tiene a su disposición ninguna esperanza de liberación; ha escuchado la llave eterna del destino girar en su terrible cerradura, y ha visto que Dios toma la llave y la lanza al fondo del abismo de la eternidad donde no podrá ser encontrada nunca. No tiene esperanza, no tiene escape, no hay posibilidad de liberación; desea ardientemente la muerte, pero la muerte es su encarnizada enemiga y no vendrá; anhela que la no-existencia lo trague, pero esta muerte eterna es peor que la aniquilación. Anhela la exterminación como el trabajador ansía el día de descanso. Espera ser tragado por la nada de la misma manera que un preso anhela su libertad. Pero nada de esto sucede: está eternamente muerta.

Cuando la eternidad haya recorrido muchísimas veces sus ciclos eternos, estará todavía muerta. La eternidad no tiene fin; la eternidad sólo puede deletrearse con la eternidad. Y después de todo eso, el alma verá un aviso escrito sobre su cabeza: «Tú estás condenada para siempre.» Escucha aullidos que durarán por toda la eternidad; ve llamas que no se pueden extinguir; sufre dolores que no pueden mitigarse; oye una sentencia que no retumba como los truenos de la tierra, que pronto se desvanecen, sino que va en aumento, más y más, sacudiendo los ecos de la eternidad, haciendo que miles de años se sacudan nuevamente con el horrible trueno de su terrible sonido: «¡Apartaos de mí! ¡Apartaos de mí! ¡Apartaos de mí! ¡Malditos!» Esta es la muerte eterna.

II. En segundo lugar, EN CRISTO JESÚS HAY VIDA, pues Él dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» No hay vida en Dios Padre para un pecador; no hay vida en Dios Espíritu Santo para un pecador, aparte de Jesús. La vida de un pecador está en Cristo. Si piensas que en el Padre puedes encontrar la vida aparte del Hijo, aunque Él ame a Sus elegidos, y decrete que vivirán, no es así; la vida está solamente en el Hijo. Si tomas a Dios el Espíritu Santo aparte de Jesucristo, a pesar de que es el Espíritu quien nos da vida espiritual, sin embargo la vida está en Cristo, la vida está en el Hijo. Ni nos atreveríamos ni podríamos pedir la vida espiritual a Dios el Padre o a Dios el Espíritu Santo. Lo primero que se nos ordena hacer cuando Dios nos saca de Egipto es comer la Pascua. Eso es lo primero. El primer medio por el que recibimos la vida es comiendo la carne y la sangre del Hijo de Dios; viviendo en Él, confiando en Él, creyendo en Su gracia y Su poder.

Nuestra segunda consideración es: hay vida en Cristo. Les mostraremos que hay tres tipos de vida en Cristo, de la misma manera que hay tres tipos de muerte.

En primer lugar hay vida legal en Cristo. De la misma manera que todos los hombre considerados en Adán tenían una sentencia de condenación dictada contra ellos en el momento que Adán pecó, y más especialmente en el momento de su propia primera trasgresión, así también, yo, si soy un creyente, y tú, si confías en Cristo, hemos recibido una sentencia legal absolutoria, dictada a nuestro favor por medio de la obra de Jesucristo.

¡Oh, pecador condenado! Tú puedes estar aquí hoy, condenado como el prisionero de Newgate (famosa prisión de Londres para los condenados a muerte); pero antes de que pase este día, tú puedes estar tan libre de culpa como los ángeles del cielo. Hay vida legal en Cristo, y, ¡bendito sea Dios! algunos de nosotros la tenemos. Sabemos que nuestros pecados son perdonados porque Cristo sufrió el castigo merecido por esos pecados; sabemos que nosotros mismos no podremos ser castigados, pues Cristo sufrió en lugar nuestro. La Pascua ha sido sacrificada por nosotros; el dintel y los postes de la puerta han sido rociados y el ángel exterminador no puede tocarnos jamás. Para nosotros no hay infierno, aunque esté ardiendo con terribles llamas. No importa que Tofet esté preparado desde hace mucho tiempo, y tenga un buen suministro de leña y mucho humo, nosotros nunca iremos allí: Cristo murió por nosotros, en nuestro lugar. ¿Qué importa que haya instrumentos de horrible tortura? ¿Qué importa si hay una sentencia que produce los más horribles ecos de sonidos atronadores? ¡Sin embargo, ni los tormentos, ni la cárcel, ni el trueno, son para nosotros! En Cristo Jesús hemos sido liberados. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.»

¡Pecador! ¿Estás tú, legalmente condenado esta mañana? ¿Sientes que es así? Entonces déjame decirte que la fe en Cristo te hará saber que has sido absuelto legalmente. Amados hermanos, no es una fantasía que estamos condenados por nuestros pecados, es una realidad. Tampoco es una fantasía que hemos sido absueltos, es una realidad. Si un hombre va a morir en la horca, pero recibiera un perdón de última hora, sentiría que es una grandiosa realidad. Diría: «he sido perdonado completamente, ya no pueden condenarme otra vez.» Así me siento yo.

«Libre de pecado ahora, camino en libertad,
La sangre del Salvador es mi completo perdón,
A sus amados pies me arrojo,
Para rendirle homenaje, siendo un pecador redimido.»

Hermanos, hemos ganado una vida legal en Cristo, y no podemos perder esa vida legal. La sentencia fue dictada en contra nuestra una vez: pero ahora ha sido anulada. Está escrito: «AHORA, PUES, NINGUNA CONDENACIÓN HAY,» y esa anulación es tan válida para mí dentro de cincuenta años, como lo es ahora. No importa cuántos años vivamos, siempre estará escrito: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.»

Continuando, en segundo lugar, hay vida espiritual en Cristo Jesús. Como el hombre está muerto espiritualmente, Dios tiene una vida espiritual para él, pues no hay ninguna necesidad que no pueda ser suplida por Jesús, no hay ningún vacío en el corazón, que Cristo no pueda llenar; no hay ningún lugar solitario que Él no pueda poblar, no hay ningún desierto que Él no pueda hacer florecer como una rosa.

¡Oh, ustedes pecadores que están muertos! que están muertos espiritualmente, hay vida en Cristo Jesús, pues hemos visto ¡sí! estos ojos lo han visto, que los muertos reviven; hemos conocido al hombre cuya alma estaba totalmente corrompida, pero que por el poder de Dios ha buscado la justicia; hemos conocido al hombre cuya visión era completamente carnal, cuya lujuria lo dominaba plenamente, y cuyas pasiones eran muy poderosas, pero que, de pronto, por un irresistible poder del cielo, se ha consagrado a Cristo, y se ha convertido en un hijo de Jesús.

Sabemos que hay vida en Cristo Jesús de un orden espiritual; sí, y más aún, nosotros mismos, en nuestras propias personas, hemos sentido esa vida espiritual. Recordamos muy bien cuando estábamos en la casa de oración, tan muertos como el propio asiento en el que estábamos sentados. Habíamos escuchado durante mucho, mucho tiempo el sonido del Evangelio, sin que surtiera ningún efecto, cuando de pronto, como si nuestros oídos fuesen abiertos por los dedos de algún ángel poderoso, un sonido penetró en nuestro corazón. Creímos escuchar a Jesús que decía: «El que tenga oídos para oír, oiga.» Una mano irresistible apretó nuestro corazón hasta arrancarle una oración. Nunca antes habíamos orado así. Clamamos: «¡Oh Dios!, ten misericordia de mí, pecador.»

¿Acaso algunos de nosotros no hemos sentido una mano que nos apretaba como si hubiésemos sido sorprendidos en un vicio, y nuestras almas derramaban gotas de angustia? Esa miseria era el signo de una nueva vida. Cuando una persona se está ahogando no siente tanto dolor como cuando logra sobrevivir y está en proceso de recuperación. ¡Oh!, recordamos esos dolores, esos gemidos, esa lucha encarnizada que nuestra alma experimentaba cuando vino a Cristo. ¡Ah!, podemos recordar cuando recibimos nuestra vida espiritual tan fácilmente como puede hacerlo un hombre que ha resucitado de su sepulcro. Podemos suponer que Lázaro recordaba su resurrección, aunque no recordara todas las circunstancias que la rodearon. Así nosotros también, aunque hayamos olvidado mucho, ciertamente recordamos cuando nos entregamos a Cristo. Podemos decir a cada pecador, sin importar cuán muerto esté, que hay vida en Cristo Jesús, aunque esté podrido y lleno de corrupción en su tumba. El mismo que levantó a Lázaro nos ha levantado a nosotros; y Él puede decir, aún a ti pecador: «¡Lázaro!, ven fuera.»

En tercer lugar, hay vida eterna en Cristo Jesús. ¡Oh!, y si la muerte eterna es terrible, la vida eterna es bendita; pues Él ha dicho: «Y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor.» «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria.» «Yo les doy vida eterna; y no perecerán para siempre.» Entonces, cualquier arminiano que quiera predicar acerca de ese texto debe comprar algo que le ayude a estirar sus labios de manera especial; nunca podría decir toda la verdad sin retorcerla de una manera muy misteriosa. La vida eterna: no una vida que se pueda perder, sino la vida eterna. Si perdí mi vida en Adán, la recobré en Cristo; si me perdí a mí mismo eternamente, me he encontrado a mí mismo en Jesucristo. ¡Vida eterna! ¡Oh pensamiento bendito! Nuestros ojos brillan de gozo y nuestras almas se encienden en un éxtasis al pensar que tenemos vida eterna.

¡Estrellas, apáguense!, dejen que Dios ponga Su dedo sobre ustedes: pero mi alma vivirá en el gozo y la bienaventuranza. ¡Oh sol, oscurece tu ojo!, mi ojo verá «al Rey en su hermosura» mientras que tu ojo no hará sonreír más a la verde tierra. ¡Y tú, oh luna, enrojece de sangre! Pero mi sangre nunca dejará de ser; este espíritu vivirá cuando tú hayas dejado de existir. ¡Y tú, grandioso mundo!, tú puedes desaparecer por completo tal como la espuma desaparece sobre la ola que la transporta; sin embargo, yo tengo vida eterna. ¡Oh tiempo!, tú puedes ver a las gigantes montañas morir y esconderse en sus tumbas; puedes ver a las estrellas como higos remaduros caer del árbol, pero nunca, nunca, verás morir mi espíritu.

III. Esto nos lleva al tercer punto: LA VIDA ETERNA ES DADA A TODO AQUEL QUE VENGA BUSCÁNDOLA. Nunca hubo nadie que haya venido a Cristo buscando la vida eterna, la vida legal, la vida espiritual, que no la haya recibido antes, en algún sentido, habiéndole sido manifestado que la tenía tan pronto como vino. Tomemos uno o dos textos: «por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios.» Todo hombre que venga a Cristo encontrará que Cristo puede salvarle: no solamente puede salvarlo un poco, liberarlo de un pequeño pecado, librarlo de un pequeño juicio, llevarlo por un trecho para luego soltarlo: sino que puede salvarlo completamente de todo pecado, protegerlo durante todo el juicio, hasta las mayores profundidades de sus aflicciones, durante toda su existencia.

Cristo le dice a todo el que viene a Él: «Ven, pobre pecador, no necesitas preguntar si tengo poder para salvar. Yo no te voy a preguntar qué tan hundido estás en el pecado; Yo puedo salvarte plenamente.» Y no hay nadie en la tierra que pueda traspasar ese «plenamente.»

Ahora, otro texto: «El que a mí viene (noten que las promesas son casi siempre para los que vienen) no lo echo fuera.» Todo aquel que venga encontrará abierta la puerta de la casa de Cristo, y la puerta de Su corazón también. Todo aquel que venga (lo digo en el sentido más amplio) encontrará que Cristo tiene misericordia de él. La cosa más absurda del mundo es querer tener un Evangelio más amplio que el que está contenido en la Escritura. Yo predico que todo hombre que cree será salvo: que todo hombre que viene hallará misericordia.

La gente me pregunta: «Pero supongamos que un hombre que no es elegido viene, ¿será salvo?» Tú estás suponiendo una cosa sin sentido y no te la voy a responder. Si un hombre no es elegido, nunca vendrá. Cuando en efecto viene, esa es la mejor prueba de su elección. Alguien dice: «Supongamos que alguien viene a Cristo sin ser llamado por el Espíritu.» Detente, hermano mío, esa no es una suposición válida, pues algo así no puede suceder; dices eso sólo para enredarme, y no lo vas a lograr. Yo afirmo que todo aquel que viene a Cristo será salvo. Puedo decir eso como calvinista o como hipercalvinista, tan sencillamente como tú. Yo no tengo un Evangelio más limitado que el tuyo; mi único Evangelio está colocado sobre un cimiento sólido, mientras que el tuyo está construido sobre arena y podredumbre. «Todo aquel que venga será salvo; porque ninguno puede venir a mí si el Padre no le trajere.»

«Pero,» objeta alguien, «supongamos que todo el mundo quisiera venir, ¿los recibiría Cristo a todos?» Ciertamente sí, si vinieran todos; pero no quieren venir. Les digo que a todos los que vengan, ay, aun si fueran tan malos como los diablos, Cristo los recibirá; si todo tipo de pecado y de suciedad fluyera de sus corazones como de un sumidero común utilizado por todo el mundo, Cristo los recibirá. Otro dice: «Quiero saber acerca del resto de la gente. ¿Puedo salir y decirles: Jesucristo murió por cada uno de ustedes? ¿Puedo decir: hay justicia para cada uno de ustedes, hay vida para cada uno de ustedes?» No; no puedes. Puedes decir: hay vida para todo el que viene. Pero si tú dices que hay vida para alguno de esos que no creen, estarías diciendo una mentira muy peligrosa. Si les dices que Jesucristo fue castigado por sus pecados, y sin embargo se pierden, estarías diciendo una vil falsedad. Pensar que Dios pudo castigar a Cristo y luego castigarlos a ellos: ¡me sorprende que te atrevas al descaro de decir eso!

Un buen hombre predicaba una vez que había arpas y coronas en el cielo para toda su congregación; y luego concluyó de la manera más solemne: «Mis queridos amigos, hay muchos para quienes están preparadas estas cosas que nunca llegarán allá.» De hecho, inventó esa historia lamentable, y pudo haber sido cualquier otra historia. Pero les diré por quiénes debió haber llorado. Debió haber llorado por los ángeles del cielo y por todos los santos, pues eso arruinaría al cielo completamente.

Tú sabes cuando te reúnes en Navidad, que si has perdido a tu hermano David y su asiento está vacío, dirás: «Bien, siempre disfrutamos de la Navidad, pero ahora no es igual; ¡el pobre David está muerto y enterrado!» Imagínense a los ángeles diciendo: «¡Ah!, este es un cielo hermoso, pero no nos gusta ver todas esas coronas que están allá cubiertas de telarañas; no podemos soportar esa calle deshabitada: no podemos contemplar aquellos tronos vacíos.» Y entonces, pobres almas, tal vez comenzarían a hablar entre sí, diciendo: «ninguno de nosotros está seguro aquí pues la promesa fue: ‘Yo doy vida eterna a mis ovejas,’ y hay muchas de esas ovejas en el infierno a las cuales Dios dio vida eterna. Hay muchas personas por las que Cristo derramó su sangre que están ardiendo en el abismo, y si ellos pueden ser enviados allí, nosotros también podemos ir. Si no podemos confiar en una promesa, tampoco podemos confiar en la otra.» Así el cielo perdería sus cimientos, y caería. ¡Largo de aquí con ese evangelio que no tiene sentido! Dios nos da un Evangelio seguro y sólido, construido sobre un pacto sellado con hechos y bien ordenado en sus relaciones, sobre eternos propósitos y cumplimientos seguros.

IV. Llegamos ahora al cuarto punto, QUE POR NATURALEZA NINGÚN HOMBRE VENDRÁ A CRISTO, pues el texto dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.» Yo afirmo con base en la autoridad de la Escritura por medio de este texto, que no quieren venir a Cristo para que puedan tener vida. Les digo, podría predicarles por toda la eternidad, podría pedir prestada la elocuencia de Demóstenes o de Cicerón, pero ustedes no querrían venir a Cristo. Podría pedirles de rodillas, con lágrimas en mis ojos, y mostrarles los horrores del infierno y los gozos del cielo, la suficiencia de Cristo, y su propia condición perdida, pero ninguno de ustedes querría venir a Cristo por ustedes mismos a menos que el Espíritu que descansó en Cristo los traiga. Es una verdad universal que los hombres en su condición natural no quieren venir a Cristo.

Pero me parece que escucho a uno de estos charlatanes que hace una pregunta: «Pero, ¿no podrían venir si quisieran?» Amigo mío, te voy a responder en otra ocasión. Ese no es el tema que estamos analizando hoy. Estoy hablando de si quieren, no acerca de si pueden. Ustedes se darán cuenta, siempre que hablan acerca del libre albedrío, que el pobre arminiano en dos segundos comienza a hablar acerca del poder, mezclando dos conceptos que deben mantenerse separados. Nosotros no vamos a tratar esos dos temas conjuntamente; rehusamos tener que pelear con dos a la vez, si me lo permiten. En otra ocasión voy a predicar sobre este texto: «Ninguno puede venir a mí si el Padre no le trajere.» Pero hoy sólo estamos hablando acerca del querer; y es un hecho que los hombres no quieren venir a Cristo, para que puedan tener vida.

Podríamos demostrar esto por medio de muchos textos de la Escritura, pero sólo vamos a tomar una parábola. Ustedes recuerdan la parábola en la que un cierto rey preparó una fiesta para su hijo, e invitó a un gran número de personas para que vinieran; los bueyes y los animales engordados fueron preparados y envió a sus mensajeros para invitaran a muchos a la cena. ¿Fueron a la fiesta los invitados? Ah, no; sino que todos ellos, como si se hubieran puesto de acuerdo, comenzaron a poner pretextos. Uno dijo que se había casado, y por lo tanto no podría asistir, aunque muy bien pudo haber traído a su esposa con él. Otro había comprado una yunta de bueyes y quería ver cómo trabajaban; pero la fiesta era en la noche, y no podía probar a sus bueyes en la oscuridad. Otro había comprado un pedazo de terreno, y quería verlo; pero es difícil pensar que fue a verlo con una linterna. Así que todos pusieron pretextos y no quisieron asistir. Pero el rey estaba decidido a tener la fiesta; por eso dijo: «Vé por los caminos y por los vallados e» invítalos; ¡alto! no invítalos; fuérzalos a entrar;» pues ni aun los mendigos harapientos en los vallados habrían querido venir si no hubieran sido forzados.

Tomemos otra parábola: Un cierto hombre tenía una viña; y en el momento oportuno envió a uno de sus siervos para cobrar su renta. ¿Qué le hicieron? Golpearon al siervo. Entonces envió a otro siervo; y lo apedrearon. Todavía envió a otro y lo mataron. Y, finalmente, dijo: «Enviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él, le tendrán respeto.» Pero ¿qué hicieron? Dijeron: «Éste es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra.» Y así lo hicieron. Lo mismo sucede con todos los hombres por naturaleza. Vino el Hijo de Dios, y sin embargo los hombres lo rechazaron. «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.»

Nos tomaría mucho tiempo mencionar más pruebas de la Escritura. Sin embargo, nos vamos a referir ahora a la gran doctrina de la caída. Cualquiera que crea que la voluntad del hombre es enteramente libre, y que puede ser salvo por medio de esa voluntad, no cree en la caída. Como se los he repetido a menudo, muy pocos predicadores de la religión creen en verdad completamente en la doctrina de la caída, o bien creen que cuando Adán cayó se fracturó su dedo meñique, y no se rompió el cuello arruinando a toda su raza. Pues bien, amados hermanos, la caída destruyó al hombre enteramente. No dejó de afectar ni una sola potencia; todos fueron hechos pedazos, fueron contaminados y envilecidos; como si en un grandioso templo, los pilares todavía están allí, partes de la nave, alguna pilastra y una que otra columna todavía permanecen allí; pero todo está destruido, aunque algunos elementos todavía retienen su forma y su posición.

La conciencia del hombre algunas veces retiene mucho de su sensibilidad, pero eso no significa que no esté caída. La voluntad tampoco se escapó. Y aunque es el «Alcalde de Alma-humana,» como Bunyan la llama, el Señor Alcalde se ha descarriado. El Señor «Obstinado» ha estado continuamente haciendo lo malo. La naturaleza caída de ustedes no funciona; su voluntad, entre otras cosas, se ha apartado claramente de Dios. Pero les diré la mejor prueba de ello; es el grandioso hecho que nunca han conocido en la vida a un cristiano que les haya dicho que vino a Cristo sin que mencionara que Cristo vino primero a él.

Me atrevería a decir que ustedes han oído muchos buenos sermones arminianos, pero nunca han oído una oración arminiana, pues cuando los santos oran, son una misma cosa en palabra, obra y mente. Un arminiano puesto de rodillas oraría desesperadamente igual que un calvinista. No puede orar sobre el libre albedrío: no hay espacio para eso. Imagínenlo orando así: «Señor, te doy gracias porque no soy como esos pobres calvinistas presumidos. Señor, yo nací con un glorioso libre albedrío; yo nací con el poder de ir a ti por mi propia voluntad; yo he aprovechado mi gracia. Si todos hubieran hecho lo mismo con su gracia como lo he hecho yo, todos podrían haber sido salvos. Señor, yo sé que Tú no puedes hacernos querer si nosotros mismos no lo queremos así. Tú das la gracia a todo mundo; algunos no la utilizan, pero yo sí .Hay muchos que irán al infierno a pesar de haber sido comprados con la sangre de Cristo al igual que yo; a ellos les fue dado el Espíritu Santo también; tuvieron una muy buena oportunidad, y fueron tan bendecidos como lo he sido yo. No fue tu gracia lo que hizo la diferencia; acepto que sirvió de mucho, pero fui yo el que hizo la diferencia; yo hice buen uso de lo que me fue dado, en cambio otros no lo hicieron así; esa es la diferencia principal entre ellos y yo.»

Esa es una oración diabólica, pues nadie más que Satanás podría orar así. ¡Ah!, cuando están predicando y hablando cuidadosamente, puede entrometerse la doctrina errónea; pero cuando se trata de orar, la verdad salta, no pueden evitarlo. Si un hombre habla muy despacio, puede hacerlo muy bien; pero cuando se pone a hablar rápido, el viejo acento de su terruño, donde nació, se revela.

Les pregunto otra vez, ¿han conocido alguna vez a algún cristiano que haya dicho: «Yo vine a Cristo sin el poder del Espíritu?» Si en efecto alguna vez han conocido a un hombre así, no deben dudar en responderle: «Mi querido señor, yo verdaderamente lo creo, pero también creo que saliste también sin el poder del Espíritu, y que no sabes nada acerca del tema del poder del Espíritu, y que estás en hiel de amargura y en prisión de maldad.» ¿Acaso escucho a algún cristiano diciendo: «Yo busqué a Jesús antes que Él me buscara a mí?» No, amados hermanos; cada uno de nosotros debe poner su mano en su corazón y decir:

«La gracia enseñó a orar a mi alma,
Y también hizo que mis ojos derramaran lágrimas;
Es la gracia la que me ha guardado siempre,
Y nunca me abandonará.»

¿Hay aquí alguien, alguien solitario, hombre o mujer, joven o viejo, que pueda decir: «Yo busqué a Dios antes que Él me buscara a mí?» No; y aun tú que eres un poco arminiano vas a cantar:

«¡Oh, sí!, verdaderamente amo a Jesús,
Sólo porque Él me amó primero.»

Y ahora otra pregunta. ¿Acaso no nos damos cuenta, aun después de haber venido a Cristo, que nuestra alma no es libre, sino que es guardada por Cristo? ¿Acaso no nos damos cuenta, aun ahora, que el querer no está presente en nosotros? Hay una ley en nuestros miembros, que está en guerra contra la ley de nuestras mentes. Ahora, si quienes están vivos espiritualmente sienten que su voluntad es contraria a Dios, ¿qué diremos del hombre que está «muerto en delitos y pecados»? Sería una cosa maravillosamente absurda poner ambos al mismo nivel; y sería aun más absurdo poner al que está muerto antes del que está vivo. No; el texto es verdadero, la experiencia lo ha grabado en nuestros corazones. «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.»

Ahora, debemos decirles las razones por las que los hombres no quieren venir a Cristo. Primero, porque ningún hombre por naturaleza considera que necesita a Cristo. Por naturaleza el hombre considera que no necesita a Cristo; considera que está vestido con sus ropas de justicia propia, que está bien vestido, que no está desnudo, que no necesita que la sangre de Cristo lo lave, que no está rojo ni negro, y que no necesita que ninguna gracia lo purifique. Ningún hombre se da cuenta de su necesidad hasta que Dios no se la muestre; y hasta que el Espíritu Santo no le haya mostrado la necesidad que tiene de perdón, ningún hombre buscará el perdón. Puedo predicar a Cristo para siempre, pero a menos que sientan que necesitan a Cristo, jamás vendrán a Él. Puede ser que un doctor tenga un consultorio muy bueno, y una farmacia bien surtida, pero nadie comprará sus medicinas a menos que sientan la necesidad de comprarlas.

La siguiente razón es que a los hombres no les gusta la manera en que Cristo los salva. Alguien dice: «No me gusta porque Él me hace santo; no puedo beber o jurar si Él me ha salvado.» Otro afirma: «Requiere de mí que sea tan preciso y puritano, y a mí me gusta tener mayor libertad.» A otro no le gusta porque es tan humillante; no le gusta porque la «puerta del cielo» no es lo suficientemente alta para pasar por ella con la cabeza erguida, y a él no le gusta tener que inclinarse. Esa es la razón principal por la que no quieren venir a Cristo, porque no pueden ir a Él con las cabezas erguidas; pues Cristo los hace inclinarse cuando vienen. A otro no le gusta que sea un asunto de la gracia desde el principio hasta el final. «¡Oh!» dice:»si yo pudiera llevarme algo del honor.» Pero cuando se entera que es todo de Cristo o nada de Cristo, un Cristo completo o sin Cristo, dice: «no voy a ir,» y gira sobre sus talones y se va. ¡Ah!, pecadores orgullosos, ustedes no quieren venir a Cristo. ¡Ah!, pecadores ignorantes, ustedes no quieren venir a Cristo, porque no saben nada acerca de Él. Y esa es la tercera razón.

Los hombres desconocen Su valor, pues si lo conocieran, querrían venir a Él. ¿Por qué ningún marinero fue a América antes de que Cristóbal Colón fuera? Porque no creían que América existiera. Colón tenía fe, y por tanto él sí fue. El que tiene fe en Cristo viene a Él. Pero ustedes no conocen a Jesús; muchos de ustedes nunca han visto su hermosísimo rostro; nunca han visto cuán valiosa es su sangre para un pecador, cuán grande es su expiación; y que Sus méritos son absolutamente suficientes. Por tanto «no queréis venir a Él.»

Y ¡oh!, queridos lectores, mi última consideración es muy solemne. He predicado que ustedes no quieren venir. Pero algunos dirán: «si no vienen es su pecado.» ASÍ ES. Ustedes no quieren venir, pero entonces esa voluntad de no venir es una voluntad pecaminosa. Algunos piensan que estamos tratando de poner «colchones de plumas» a la conciencia cuando predicamos esta doctrina, pero no hacemos eso. Nosotros no afirmamos que es parte de la naturaleza original del hombre, sino que decimos que pertenece a su naturaleza caída.

Es el pecado el que te ha sumido en esta condición de no querer venir. Si no hubieras caído, querrías venir a Cristo en el momento en que te es predicado; pero no vienes por tus pecados y crímenes. La gente se excusa a sí misma porque tiene un corazón malo. Esa es la excusa más débil del mundo. ¿Acaso el robo y el hurto no vienen de un corazón malo? Supongan que un ladrón le dice a un juez: «No pude evitarlo, tenía un mal corazón.» ¿Qué diría el juez? «¡Bandido!, si tu corazón es malo, voy a darte una mayor sentencia, pues tú eres ciertamente un villano. Tu excusa no sirve para nada.» El Todopoderoso «se reirá de ellos, se burlará de todas las naciones.» Nosotros no predicamos esta doctrina para excusarlos a ustedes, sino para que se humillen. La posesión de una mala naturaleza es tanto mi culpa como mi terrible calamidad.

Es un pecado que siempre será achacado a los hombres. Cuando no quieren venir a Cristo es el pecado lo que los aleja. Quien no predica eso, me temo que no es fiel a Dios ni a su conciencia. Vayan a casa, entonces, con este pensamiento; «soy por naturaleza tan perverso que no quiero venir a Cristo, y esa perversidad impía de mi naturaleza es mi pecado. Merezco ir al infierno por eso.» Y si ese pensamiento no te humilla, a pesar de que el Espíritu lo está usando, ninguna otra cosa podrá hacerlo. Este día no he ensalzado la naturaleza humana, sino que la he humillado. Que Dios nos humille a todos. Amén.

 

Charles Spurgeon: Vida y ministerio de “El Príncipe de los Predicadores”

Es considerado por muchos como uno de los predicadores más grandes de la historia. La vida y el ministerio de Charles Spurgeon realmente son inspiradores.

Charles Spurgeon fue llamado “el príncipe de los predicadores”, llegó a predicar a audiencias de más de 20,000 personas sin micrófono, fue uno de los hombres más importantes de su tiempo, y su pensamiento e influencia llegan hasta nuestros días. Se le considera hoy el predicador más extraordinario de su época.

Podríamos decir que, como predicador, Spurgeon lo tenía todo, excepto buena salud. Sufría constantemente de diversas dolencias y a veces sufría de graves episodios de depresión. También tenía gota reumática, lo que finalmente le quitó la vida a la edad de 57 años.

Cuando se considera el gran corazón de Spurgeon, su exposición bíblica del evangelio, su relevancia cultural, su estilo apasionado y la elocuencia de su predicación, no es de extrañar que se le llame hoy “el príncipe de los predicadores”.

Predicó su último sermón en junio de 1891 y murió seis meses después.

Cuando Charles Spurgeon murió en enero de 1892, Londres se puso de luto. Cerca de 60,000 personas vinieron a rendirle homenaje en el Tabernáculo Metropolitano. Alrededor de 100,000 salieron a las calles mientras un desfile fúnebre de dos millas de largo siguió a su carroza fúnebre desde el Tabernáculo hasta el cementerio. Las banderas ondearon a media asta y las tiendas y los pubs estuvieron cerrados.