Piense de manera diferente

Piense de manera diferente

6/4/2018

Ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente. (Efesios 4:17)

La salvación es, ante todo, un cambio de ma­nera de pensar. El apóstol Pablo les dice a los creyentes: “Vosotros no habéis aprendido así a Cristo” (Ef. 4:20). El cristianismo es cognoscitivo antes de que sea experimental. Una persona tiene que considerar el evangelio, creer en sus hechos históricos y en las verdades espirituales, y entonces recibir a Cristo como Salvador y Señor.

El primer paso en ese proceso es el arrepentimiento, que significa que se piensa de manera diferente de lo que se pensaba acerca del pecado, de Dios, de Cristo y de la propia vida de uno. La palabra griega para “arrepentirse” significa “cambiar la mente de uno”. Como se emplea en el Nuevo Testamento, siempre se refiere a un cambio de propósito, específicamente un abandono del pecado.

Ese cambio debe resultar en un cambio de conducta, que también se basa en la mente. En el versículo de hoy, Pablo dice que el no regenerado vive “en la vanidad de su mente”. Proverbios 23:7 dice: “Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”. Así que, cuando piensa de manera diferente, usted actuará de manera diferente.

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Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

4 JUNIO

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

Isaías 36–39 es menos una digresión histórica que la bisagra sobre la que gira el libro. Empleando otra metáfora, estos capítulos constituyen el vínculo que une las dos grandes partes del mismo. No solo proveen el escenario histórico de gran parte del libro (especialmente, de muchos de los primeros treinta y cinco capítulos), sino que plantean en forma histórica la pregunta fundamental que el libro hace: ¿En quién confiaremos? O, según la perspectiva del comandante de Senaquerib: “¿En quién confías?” (36:5). Isaías 36 comienza el relato.

El rey Ezequías había guiado a la nación en una rebelión contra Asiria, buscando después la ayuda de Egipto. Senaquerib de Asiria no estaba dispuesto a perdonar. Orgulloso de su serie inmaculada de triunfos (36:18–20), decidió destruir Jerusalén y darle una lección inolvidable. Capturó ciudad tras ciudad en Judá hasta que solo quedaron dos, Laquis y Jerusalén. Aquí, vemos a su comandante en jefe tratando de socavar el ánimo de los defensores restantes, hablándoles en hebreo, para que el pueblo de Jerusalén entendiese sus palabras, en lugar de su propio idioma arameo (36:11–12).

Lo que quizás debemos observar con más detenimiento en este capítulo es el ejemplo de las medias verdades de Satanás, los métodos para sembrar dudas y los argumentos calculados para disminuir la fe en el Dios viviente. Conozcamos a nuestro enemigo, en particular sus mentiras, y lo reduciremos y haremos menos creíble. Estas son sus armas:

Gran parte de su discurso es una pura tomadura de pelo. En este punto, Judá tenía tal carencia de guerreros que, aunque Senaquerib hubiese facilitado los caballos, Ezequías no hubiese podido aportar los hombres (36:8). El comandante en jefe declara que está allí porque el Señor se lo ha ordenado (36:10), lo cual es parcialmente cierto e incluso acorde con la propia enseñanza de Isaías (10:5). No obstante, era totalmente falso, en cualquier sentido, que presupusiese que Asiria era un siervo obediente de Dios en lugar de un instrumento utilizado en el misterio de su providencia. Un intento deliberado de minar la confianza del pueblo en Ezequías (36:13–15) sólo encuentra finalmente silencio (36:21), pero el daño psicológico debió ser considerable. El asirio hace que incluso la amenaza de la deportación a una tierra extraña suene como un agradable traslado a un lugar mejor (36:16–17), un poco como hacer del pecado algo delicioso y esconder la vergüenza, la soledad y la muerte. Por supuesto, si Jehová puede reducirse a la posición de las deidades paganas, será más fácil rechazarlo (36:18–19). Además, aunque el comandante en jefe malinterprete el significado de la destrucción de los altares paganos por parte de Ezequías (36:7), está claramente en lo cierto cuando siente la animadversión de muchos del pueblo.

¿Qué medias verdades parecidas repiten sin cesar voces reputadas de nuestra sociedad, para desmoralizar al pueblo de Dios?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 155). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Lo que enorgullece a Dios

JUNIO, 04

Lo que enorgullece a Dios

Devocional por John Piper

Pero en realidad, anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad. (Hebreos 11:16)

Anhelo mucho que Dios me diga lo que dijo de Abraham, Isaac y Jacob: «No me avergüenzo de ser llamado Dios de ellos».

Así de arriesgado como suena, ¿acaso esto no significa que Dios en verdad podría sentirse «orgulloso» de ser llamado mi Dios? Afortunadamente esta maravillosa posibilidad se encuentra rodeada (en Hebreos 11:16) de razones: una antes y una después.

Consideremos primero la que viene después: «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad».

La primera razón que él da por la que no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho algo por ellos. Les preparó una ciudad: la ciudad celestial «cuyo arquitecto y constructor es Dios» (versículo 10). Por lo tanto, la primera razón por la que él no se avergüenza de ser llamado su Dios es que ha hecho una obra para ellos, no al revés.

Ahora pasemos a la razón que él da antes. Dice así: «Anhelan una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos».

El «por lo cual» indica que se acaba de dar una razón de por qué Dios no está avergonzado. La razón es el deseo de ellos. Anhelan una patria mejor, es decir, una patria mejor que la terrenal en la que viven: una patria celestial.

Cuando deseamos esa ciudad más de lo que deseamos todo lo que este mundo pueda ofrecernos, Dios no se avergüenza de ser llamado nuestro Dios. Cuando damos una gran importancia a todo lo que él promete ser para nosotros, él se enorgullece de ser nuestro Dios. Esa es una buena noticia.

Por lo tanto, abramos nuestros ojos hacia la mejor la patria, la ciudad de Dios, y deseémosla con todo nuestro corazón. Dios no se avergonzará de ser llamado nuestro Dios.

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Deseaba la vida eterna

Lunes 4 Junio

(Jesús dijo:) Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

Juan 10:14-15

Deseaba la vida eterna

«Nací en una familia feliz, muy religiosa. Era una niña obediente, mis padres me enseñaban buenos valores. En otras palabras, crecí en un entorno lleno de amor. Íbamos a la iglesia cada domingo, y continué yendo hasta que fui a la universidad. Como formaba parte de un grupo musical, debía ir todos los domingos. Apreciaba mucho las felicitaciones que recibíamos después de cada presentación.

Sin embargo, no conocía al Señor Jesús. Creía, sin ni siquiera haber reflexionado, que como era una «buena» persona, y «además» practicante, iba por el buen camino.

Varios encuentros me llevaron a hacerme preguntas sobre la vida eterna y cómo obtenerla. Deseaba tener esta vida eterna después de mi muerte. Entonces mi marido y yo empezamos unos pequeños estudios de la Biblia con un amigo cristiano. Descubrí que Jesús da la vida eterna gratuitamente a todo el que cree en él como su Salvador. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). También comprendí la importancia de seguirle por el resto de mi vida.

Hoy mi vida es diferente. El Señor está conmigo cada día. Me da la paz en los momentos difíciles, el gozo de cada día y la seguridad de la vida eterna».

Isabelle H.

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

Levítico 14:33-57 – Romanos 11:1-24 – Salmo 68:1-6 – Proverbios 16:23-24

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Conformados a Cristo

Conformados a Cristo

6/3/2018

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.

(1 Juan 2:15)

Como cristianos, somos nuevas criaturas y miembros de la iglesia de Jesucristo, y por tanto excepcionales. Como resultado, no debemos vivir como las personas del mundo. El mundo es orgulloso; nosotros somos humildes. El mundo está fragmentado; nosotros estamos unidos. El mundo es incapaz; nosotros estamos dotados. El mundo odia; nosotros amamos. El mundo no conoce la verdad; nosotros sí la conocemos. Si no andamos de manera diferente del mundo, no lograremos las metas de Cristo. Si vivimos como las personas del mundo, estamos esencialmente imitando a los muertos (Ef. 2:1-5), y eso no tiene sentido.

Los cristianos somos como una nueva raza. Tenemos una nueva simiente espiritual incorruptible, y debemos vivir de una manera que corresponda con ella. Somos nuevas criaturas que han sido preparadas para una existencia eterna. Como resultado, podemos abandonar nuestra antigua manera de vivir y ser conformados a la vida de Cristo.

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Fe para lo imposible

JUNIO, 03

Fe para lo imposible

Devocional por John Piper

Se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo. (Romanos 4:20-21)

Pablo tiene en mente una razón especial al decir que la fe glorifica la gracia venidera de Dios. Dicho de forma sencilla, esta fe que glorifica a Dios es una confianza —con miras hacia el futuro— en la integridad y el poder y la sabiduría de Dios para cumplir todas sus promesas.

Pablo ilustra esta fe recordándonos la respuesta de Abraham a la promesa de Dios de que sería padre de muchas naciones. En Romanos 4:18, dice: «Él creyó en esperanza contra esperanza», es decir, tuvo fe en la gracia venidera de la promesa de Dios.

Y sin debilitarse en la fe contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto puesto que tenía como cien años, y la esterilidad de la matriz de Sara; sin embargo, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo (Romanos 4:19-21).

La fe de Abraham fue una fe en la promesa de Dios de hacerlo padre de muchas naciones. Esta fe glorificó a Dios porque estaba centrada en todos los recursos de Dios necesarios para cumplirla.

Abraham era demasiado viejo para tener hijos, y Sara era estéril. No solo eso: ¿Cómo un hijo o dos podrían llegar a ser las «muchas naciones» que Dios le había dicho a Abraham que le daría por descendencia? Todo parecía totalmente imposible.

Por lo tanto, la fe de Abraham glorificó a Dios porque él estaba plenamente convencido de que Dios podía hacer lo imposible y de hecho lo haría.

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

3 JUNIO

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

El escenario de Apocalipsis 4 deja paso al desenlace de Apocalipsis 5. En la mano derecha, la del poder, “del que estaba sentado en el trono”, el Dios trascendente e impresionante descrito en el capítulo 4, hay “un rollo escrito por ambos lados”. Este libro contiene todos los propósitos de justicia, juicio y bendición de Dios. La mayoría escribía solo en un lado de un rollo, el que contiene las líneas horizontales del papiro. Los que lo hacían en los dos lados eran quizás demasiado pobres para permitirse otro o, como en este caso, tenían mucho que decir pero querían ceñirse a un único manuscrito. Así pues, este libro en la mano del Todopoderoso engloba todos los propósitos de juicio y bendición de Dios. Esa es la razón por la que está escrito por ambos lados. No obstante, el libro está sellado, lo cual significa que las intenciones del Señor recogidas en él no se llevarán a cabo hasta que se rompan los sellos.

La pregunta solemne del ángel (5:2) es fundamental para toda religión: ¿Quién es el agente que posee atributos tan abundantes, una vida tan pura y habilidades insuperables como para poder acercarse a este Dios, ante el que incluso el orden más superior de ángeles esconde su rostro, y tomar el libro de su mano derecha a fin de ejecutar todos los propósitos del Todopoderoso? Juan no puede dejar de llorar cuando no se encuentra a nadie que sea digno de ello (5:3–4). Sus lágrimas no brotan de la frustración por ser incapaz de ver el futuro, sino porque es consciente de que, en el simbolismo de esta visión, los propósitos de Dios nunca se llevarán a cabo. No habrá justicia en el universo, ni salvación. El apóstol se desespera al llegar a la conclusión de que la historia no tiene sentido, de que Dios ha muerto.

Sin embargo, un anciano interpreta la visión y consuela a Juan (5:5). El León de la tribu de Judá ha “vencido” (5:5) para abrir el libro: el verbo indica una lucha horrible, pero el León ha triunfado. Es el rey del linaje davídico. Entonces, Juan mira hacia arriba y ve un Cordero, no el León anunciado. No es un animal distinto. La literatura apocalíptica se deleita en las metáforas mixtas. Aquí, el León es el Cordero, un animal muerto para el sacrificio, pero uno que posee la perfección del poder regio (los siete cuernos). Aquí está el Mesías, el que todo lo puede, que se da en sacrificio, emergiendo desde el mismo centro del trono. Sólo él hace realidad todos los propósitos de Dios. No es de extrañar que todo el universo estalle en un nuevo cántico, el de redención (5:9–14). El triunfo del Señor Dios y del Cordero está detrás de la transformación de Isaías 35.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El lugar donde Dios habita

Domingo 3 Junio

Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.

Isaías 57:15

El lugar donde Dios habita

Solo de Dios se puede decir que es “Alto y Sublime”. Su grandeza sobrepasa lo infinito del cielo.

Dios “habita la eternidad”: esta expresión es insondable para los seres humanos, quienes estamos de paso por esta tierra, como llevados por el tiempo. ¡Qué magnífica dignidad para el Señor vivir en la eternidad!

Su nombre es “el Santo”: en la pureza perfecta, es ajeno a todo mal y está por encima de todo, es el Dios bendito (1 Timoteo 1:11).

¿En qué lugar habita un Dios así? Vive “en la altura y la santidad”, por encima de las concepciones humanas, en un lugar santo, separado de todo mal.

¡Qué impacto tienen estas declaraciones en nosotros, que por nosotros mismos somos indignos de entrar en su presencia! Sin embargo, Dios no se detiene ahí. Cosa sorprendente, ¡él habla de morar “con el quebrantado y humilde de espíritu”! ¡Sí, así es nuestro Dios! Vive desde ahora en el creyente humilde, arrepentido y que confía en Dios. Pero el cristiano pronto tendrá el privilegio de estar con él en su casa, “la casa de mi Padre”, dijo el Señor Jesús (Juan 14:2).

El que es humilde de espíritu sabe que es indigno de la gloria infinita del Señor, pero ¡qué gozo cuando está en su presencia! Sí, Dios vive realmente con nosotros los creyentes, “para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”. ¡Qué maravillosa gracia!

Levítico 14:1-32 – Romanos 10 – Salmo 67 – Proverbios 16:21-22

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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La nueva naturaleza

La nueva naturaleza

6/2/2018

Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. (1 Pedro 1:23)

1 Pedro 1:23

Cuando nos hacemos cristianos no se nos remodela ni se nos añade nada; somos trans­for­ma­dos. Los cristianos no tenemos dos naturalezas diferentes; tenemos una nueva naturaleza, la nueva na­tu­raleza en Cristo. La vieja muere y la nueva vive; no coexisten. Jesucristo es justo, santo y santificado, y tene­mos ese principio divino en nosotros; lo que Pedro llamó la simiente “incorruptible” (1 P. 1:23). Así que nues­tra nueva naturaleza es justa, santa y santificada porque Cristo vive en nosotros (Col. 1:27).

Efesios 4:24 nos dice que nos vistamos “del nuevo hombre”, una nueva conducta que es apropiada a nuestra nueva naturaleza. Pero para hacer eso tenemos que eliminar las normas y las prácticas de nuestra vieja vida. Por eso Pablo nos dice que hagamos morir “lo terrenal en [nosotros]: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia” (Col. 3:5).

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¿Quiénes son los hijos de Abraham?

JUNIO, 02

¿Quiénes son los hijos de Abraham?

Devocional por John Piper

En ti serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 12:3)

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

Dios le dijo a Abraham en Génesis 17:4: «En cuanto a mí, he aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones». Sin embargo, Génesis deja en claro que Abraham no fue padre de una multitud de naciones en un sentido físico o político. Por lo tanto, es probable que el significado de la promesa de Dios fuera que una multitud de naciones de alguna namera disfrutaría de las bendiciones de ser hijo aunque no tuvieran un vínculo sanguíneo con Abraham.

No hay duda de que eso es lo que Dios quiso decir en Génesis 12:3 cuando le dijo a Abraham: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Desde el principio, Dios tuvo en mente que Jesucristo sería descendiente de Abraham y que todo el que creyera en Cristo se convertiría en un heredero de la promesa de Abraham.

Por eso es que Gálatas 3:29 dice: «Si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa».

Por lo tanto, cuando Dios le dijo a Abraham 4000 años atrás: «He aquí, mi pacto es contigo, y serás padre de multitud de naciones», estaba abriendo el camino para que cualquiera de nosotros, sin importar a qué nación pertenezca, pueda convertirse en hijo de Abraham y heredero de las promesas de Dios. Todo lo que tenemos que hacer es tener la misma fe de Abraham —es decir, depositar nuestra esperanza en las promesas de Dios al punto que, si la obediencia lo requiere, podamos renunciar a nuestra posesión más preciada del mismo modo que Abraham entregó a Isaac—.

No nos volvemos herederos de las promesas de Abraham por servir a Dios sino por confiar en que Dios obra a nuestro favor: « [Abraham] se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, y estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo» (Romanos 4:20). Por eso es que Abraham pudo obedecer a Dios incluso cuando la obediencia se veía como un callejón sin salida. Confiaba en que Dios haría lo imposible.

La fe en las promesas de Dios —o como diríamos hoy en día, la fe en Cristo, quien es la confirmación de las promesas de Dios— es la forma de convertirse en un hijo de Abraham. La obediencia es la evidencia de que la fe es genuina (Génesis 22:12-19). Esa es la razón por la que Jesús dice en Juan 8:39: «Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais».

Los hijos de Abraham son las personas de todas las naciones que ponen su esperanza en Cristo y, como Abraham en el monte Moriah, por tanto no permiten que su posesión terrenal más preciada les impida obedecer.

Ustedes quienes tienen su esperanza en Cristo y lo siguen en la obediencia a la fe son descendientes de Abraham y herederos de las promesas de su pacto.

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