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Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

3 JUNIO

Deuteronomio 7 | Salmo 90 | Isaías 35 | Apocalipsis 5

El escenario de Apocalipsis 4 deja paso al desenlace de Apocalipsis 5. En la mano derecha, la del poder, “del que estaba sentado en el trono”, el Dios trascendente e impresionante descrito en el capítulo 4, hay “un rollo escrito por ambos lados”. Este libro contiene todos los propósitos de justicia, juicio y bendición de Dios. La mayoría escribía solo en un lado de un rollo, el que contiene las líneas horizontales del papiro. Los que lo hacían en los dos lados eran quizás demasiado pobres para permitirse otro o, como en este caso, tenían mucho que decir pero querían ceñirse a un único manuscrito. Así pues, este libro en la mano del Todopoderoso engloba todos los propósitos de juicio y bendición de Dios. Esa es la razón por la que está escrito por ambos lados. No obstante, el libro está sellado, lo cual significa que las intenciones del Señor recogidas en él no se llevarán a cabo hasta que se rompan los sellos.

La pregunta solemne del ángel (5:2) es fundamental para toda religión: ¿Quién es el agente que posee atributos tan abundantes, una vida tan pura y habilidades insuperables como para poder acercarse a este Dios, ante el que incluso el orden más superior de ángeles esconde su rostro, y tomar el libro de su mano derecha a fin de ejecutar todos los propósitos del Todopoderoso? Juan no puede dejar de llorar cuando no se encuentra a nadie que sea digno de ello (5:3–4). Sus lágrimas no brotan de la frustración por ser incapaz de ver el futuro, sino porque es consciente de que, en el simbolismo de esta visión, los propósitos de Dios nunca se llevarán a cabo. No habrá justicia en el universo, ni salvación. El apóstol se desespera al llegar a la conclusión de que la historia no tiene sentido, de que Dios ha muerto.

Sin embargo, un anciano interpreta la visión y consuela a Juan (5:5). El León de la tribu de Judá ha “vencido” (5:5) para abrir el libro: el verbo indica una lucha horrible, pero el León ha triunfado. Es el rey del linaje davídico. Entonces, Juan mira hacia arriba y ve un Cordero, no el León anunciado. No es un animal distinto. La literatura apocalíptica se deleita en las metáforas mixtas. Aquí, el León es el Cordero, un animal muerto para el sacrificio, pero uno que posee la perfección del poder regio (los siete cuernos). Aquí está el Mesías, el que todo lo puede, que se da en sacrificio, emergiendo desde el mismo centro del trono. Sólo él hace realidad todos los propósitos de Dios. No es de extrañar que todo el universo estalle en un nuevo cántico, el de redención (5:9–14). El triunfo del Señor Dios y del Cordero está detrás de la transformación de Isaías 35.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 154). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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