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Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

4 JUNIO

Deuteronomio 8 | Salmo 91 | Isaías 36 | Apocalipsis 6

Isaías 36–39 es menos una digresión histórica que la bisagra sobre la que gira el libro. Empleando otra metáfora, estos capítulos constituyen el vínculo que une las dos grandes partes del mismo. No solo proveen el escenario histórico de gran parte del libro (especialmente, de muchos de los primeros treinta y cinco capítulos), sino que plantean en forma histórica la pregunta fundamental que el libro hace: ¿En quién confiaremos? O, según la perspectiva del comandante de Senaquerib: “¿En quién confías?” (36:5). Isaías 36 comienza el relato.

El rey Ezequías había guiado a la nación en una rebelión contra Asiria, buscando después la ayuda de Egipto. Senaquerib de Asiria no estaba dispuesto a perdonar. Orgulloso de su serie inmaculada de triunfos (36:18–20), decidió destruir Jerusalén y darle una lección inolvidable. Capturó ciudad tras ciudad en Judá hasta que solo quedaron dos, Laquis y Jerusalén. Aquí, vemos a su comandante en jefe tratando de socavar el ánimo de los defensores restantes, hablándoles en hebreo, para que el pueblo de Jerusalén entendiese sus palabras, en lugar de su propio idioma arameo (36:11–12).

Lo que quizás debemos observar con más detenimiento en este capítulo es el ejemplo de las medias verdades de Satanás, los métodos para sembrar dudas y los argumentos calculados para disminuir la fe en el Dios viviente. Conozcamos a nuestro enemigo, en particular sus mentiras, y lo reduciremos y haremos menos creíble. Estas son sus armas:

Gran parte de su discurso es una pura tomadura de pelo. En este punto, Judá tenía tal carencia de guerreros que, aunque Senaquerib hubiese facilitado los caballos, Ezequías no hubiese podido aportar los hombres (36:8). El comandante en jefe declara que está allí porque el Señor se lo ha ordenado (36:10), lo cual es parcialmente cierto e incluso acorde con la propia enseñanza de Isaías (10:5). No obstante, era totalmente falso, en cualquier sentido, que presupusiese que Asiria era un siervo obediente de Dios en lugar de un instrumento utilizado en el misterio de su providencia. Un intento deliberado de minar la confianza del pueblo en Ezequías (36:13–15) sólo encuentra finalmente silencio (36:21), pero el daño psicológico debió ser considerable. El asirio hace que incluso la amenaza de la deportación a una tierra extraña suene como un agradable traslado a un lugar mejor (36:16–17), un poco como hacer del pecado algo delicioso y esconder la vergüenza, la soledad y la muerte. Por supuesto, si Jehová puede reducirse a la posición de las deidades paganas, será más fácil rechazarlo (36:18–19). Además, aunque el comandante en jefe malinterprete el significado de la destrucción de los altares paganos por parte de Ezequías (36:7), está claramente en lo cierto cuando siente la animadversión de muchos del pueblo.

¿Qué medias verdades parecidas repiten sin cesar voces reputadas de nuestra sociedad, para desmoralizar al pueblo de Dios?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 155). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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