¿Qué ídolos hay hoy?

lunes 30 octubre

(Dios el Padre) nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.

Colosenses 1:12-13

Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna. Hijitos, guardaos de los ídolos.

1 Juan 5:20-21

¿Qué ídolos hay hoy?

Un ídolo es todavía, en nuestros días y en numerosos lugares, una estatua o un objeto asimilado a una divinidad que el hombre teme. Un ídolo desvía al hombre de Dios y lo vuelve hacia los falsos dioses, a veces incluso hacia los poderes ocultos. Pero de forma más general, podemos llamar ídolo a todo aquello que se interpone entre el hombre y Dios.

Los ídolos modernos quizá no sean de madera, de plata o de piedra, pero son igual de reales. Pensemos en el lugar que ocupa el dinero, el poder o el placer en nuestras sociedades. Pensemos también en las personas a las que mucha gente llama ídolos: deportistas, cantantes, actores, que sirven de referencia y de modelo a muchas personas.

Dios quiere liberarnos de todo lo que nos hace esclavos de la opinión de la mayoría, de su manera de vivir, de su comportamiento frente a todos los aspectos de la vida. Si vamos a Jesús, él nos liberará. “Si vosotros permaneciereis en mi palabra”, dice Jesús, “seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32).

¿Cómo comprender esta última exhortación del apóstol a los creyentes: “Hijitos, guardaos de los ídolos”? Un cristiano la explicaba así: «Hijos míos, guárdense de todo aquello que puede tomar el lugar de Dios en sus corazones». Incluso un ser amado puede volverse un ídolo y alejarnos de Dios.

Servir a un ídolo es estar en un mundo ilusorio, pero servir a Dios significa estar en la realidad y la verdad.

Ester 3 – Juan 14 – Salmo 119:81-88 – Proverbios 26:15-16

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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LA PREVENCIÓN DEL DESEO

LA PREVENCIÓN DEL DESEO

10/29/2017

Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
2 CORINTIOS 10:4-5

Hay muchas cosas en nuestra corrompida sociedad que tratan de captar nuestra atención: el cine, la televisión, los libros, la música, la ropa, los anuncios, y ahora el Internet; todo está diseñado para captar las emociones. Por ejemplo, los expertos en publicidad saben que comprar es en definitiva una decisión emocional. Pocas personas conocen el funcionamiento mecánico del automóvil que se anuncia y ni se interesan en eso; pero les impresiona si se parece a un auto de carrera, si hay una linda muchacha detrás del volante, o si hay otras carnadas emotivas incluidas en el anuncio.
Tenemos que cuidar nuestra mente, nuestras emociones y nuestra voluntad. Tenemos que buscar la voluntad de Dios meditando en su Palabra y permitiendo que
 su voluntad sea la nuestra. Una mente indefensa, no controlada y obstinada va a llenarse de malos deseos que resultarán en malas acciones. Debemos controlar cómo reaccionan nuestras emociones y nuestra mente ante el anzuelo tentador con el que se encuentran.

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Enfermedad, pecado o sabotaje

OCTUBRE, 29

Enfermedad, pecado o sabotaje

Devocional por John Piper

Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. (2 Corintios 12:8)

Toda la vida, si se vive de todo corazón por la fe y en pos de la gloria de Dios y la salvación de otras personas, es como el caso del cristiano que va a una aldea azotada por una plaga. El sufrimiento resultante es parte del precio de vivir en el lugar al que usted fue en obediencia al llamado de Dios.

Al elegir seguir a Cristo del modo que él manda que lo sigamos, elegimos también todo lo que ese camino conlleva según su soberana providencia. Por lo tanto, todo el sufrimiento que resulta por seguir el camino de la obediencia es un sufrimiento con Cristo y por Cristo, ya sea que se trate de un cáncer o de otro tipo de conflicto.

Y es «por elección», es decir, nosotros por voluntad propia optamos por el camino de la obediencia en el cual el sufrimiento nos espera, y no murmuramos contra Dios. Es probable que oremos, como Pablo, para que el sufrimiento nos sea quitado (2 Corintios 12:8); pero si está dentro de la voluntad de Dios, acabamos abrazándolo como parte del costo de ser discípulo en el camino de la obediencia que nos conduce al cielo.

Todos los sufrimientos que atravesamos en el camino de la obediencia cristiana, ya sea por persecución, enfermedad o accidente, tienen algo en común: todos amenazan nuestra fe en la bondad de Dios y nos tientan a abandonar este camino.

Por lo tanto, cada victoria de la fe y toda perseverancia en la obediencia dan testimonio de la bondad de Dios y del precioso valor de Cristo, sin importar si el enemigo es la enfermedad, Satanás, el pecado o un sabotaje. Eso significa que todo sufrimiento, de cualquier tipo, que soportamos en el camino de nuestro llamamiento cristiano es un sufrimiento con Cristo y por Cristo.

Con él en el sentido del sufrimiento que nos sobreviene a medida que vamos caminando con él por la fe, y en el sentido que es soportado con las fuerzas que él nos suple mediante su ministerio de sumo sacerdote quien se compadece de nosotros (Hebreos 4:15).

Por él en el sentido de que el sufrimiento prueba y demuestra nuestra lealtad a su bondad y poder, y en el sentido de que revela el valor de Cristo como compensación y recompensa totalmente suficiente.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 256–257

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«Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen»

29 de octubre

«Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen».

Lucas 24:16

Los discípulos debieran haber reconocido a Jesús. Habían oído su voz tan a menudo; habían mirado aquel rostro desfigurado tantas veces, que resulta asombroso que no lo hayan conocido. Sin embargo, ¿no pasa lo mismo contigo? Tú no has visto a Jesús en estos últimos días. Has estado en su mesa y no te has encontrado con él. Esta noche estás pasando por una dura prueba y, aunque él te dice claramente: «Yo soy, no temáis», no puedes reconocerlo. ¡Ay, nuestros ojos están velados! Conocemos su voz, hemos mirado su rostro, hemos reclinado nuestras cabezas sobre su pecho y, sin embargo, aunque Jesús se halla muy cerca de nosotros, decimos: «¡Ojalá supiese dónde hallarlo!». Nosotros debiéramos reconocer a Jesús, pues tenemos las Escrituras que reflejan su imagen; pero, sin embargo, ¡cuán fácil es abrir ese precioso libro y no tener una vislumbre del Bien Amado! Querido hijo de Dios, ¿te ocurre esto a ti? Jesús apacienta entre los lirios de la Palabra; y tú andas entre esos lirios y, sin embargo, no le ves. Él está acostumbrado a atravesar los claros de las Escrituras y departir con los suyos como el Padre lo hizo con Adán, «al aire del día»; sin embargo, tú, aunque te encuentras en el huerto de la Palabra de Dios, no puedes verlo, a pesar de que él esté allí. ¿Y por qué no lo vemos? Porque, como los discípulos, manifestamos incredulidad. Por lo visto, ellos no esperaban ver a Jesús y, por esa razón, no le reconocieron. Generalmente, en las cosas espirituales, obtenemos aquello que esperamos del Señor: solo la fe puede hacernos ver a Jesús. Haz tuya esta oración: «Señor, abre mis ojos para que vea que mi Salvador está conmigo». Querer verlo supone una bendición; pero, ¡ah, es mucho mejor contemplarlo! Él es amable para los que le buscan, pero para los que lo hallan es indeciblemente querido.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 313). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Hoy encontramos un estudio de dos abuelas.

29 OCTUBRE

2 Reyes 10–11 | 2 Timoteo 1 | Oseas 2 | Salmo 119:97–120

En los dos pasajes designados para hoy, encontramos un estudio de dos abuelas.

La primera es Atalía (2 Reyes 11), la vil madre de Ocozías, el rey de Judá que fue asesinado por Jehú (como vimos ayer) en la locura precipitada por la insurrección en el reino del norte, Israel. Uno podría imaginar una variedad de reacciones que una reina madre podría tener al enterarse del asesinato de su hijo. La de Atalía fue matar a su propia familia. Así lo ordenó a los guardias del palacio, de manera que eliminaron a todos los hijos de su hijo asesinado y a sus nietos y, de esa manera, Atalía aseguró para sí el poder. Solamente se salvó Joás, un pequeño nietecito de Atalía que fue rescatado por su tía (a quien seguramente también mataron), quien lo escondió con su nodriza.

Varios años después, cuando Joás tenía apenas siete años de edad, el sacerdote Joiada hizo arreglos para sacar al niño y declararlo rey, protegido por unidades militares que eran fieles a Joiada y a su determinación de preservar el linaje davídico. Cuando Atalía descubrió el complot, sus gritos de “¡Traición! ¡Traición!” resultaron un poco huecos. Por amor al poder, esta mujer malvada estuvo dispuesta no sólo a asesinar (lo que no era muy raro), sino a matar a sus hijos y nietos, algo mucho menos común e infinitamente más cruel, y ahora acusa de traición a aquellos que le piden cuentas.

Contrastemos la madre y la abuela que se mencionan brevemente en 1 Timoteo 1:5. La abuela de Timoteo, Loida, y su madre Eunice eran mujeres de “fe sincera”, según Pablo, y transmitieron esta herencia a su hijo y a su nieto Timoteo. No se nos dice cómo hicieron esto, pero a juzgar por los patrones que vemos en otras partes de las Escrituras, lo menos que deben haber hecho fue modelar un ejemplo personal y suministrar instrucción concreta. Le pasaron tanto la enseñanza de las Escrituras como el modelo de su propia “fe sincera”: no el patrón de su propio caminar con Dios, sino la integridad que caracterizó sus vidas como consecuencia de ello. De hecho, en este pasaje se esconde una esperanza para hombres y mujeres en matrimonios mixtos. Según Hechos 16:1, la madre de Timoteo, Eunice, era judía y también cristiana; su padre era griego, aparentemente pagano. La influencia cristiana prevaleció.

No todas las mujeres son tan malvadas como Atalía; no todas son tan fieles como Loida y Eunice. No obstante, en el hogar, el trabajo y la iglesia hay hombres y mujeres a quienes les interesa más el poder que ninguna otra cosa. Puede que no lleguen a asesinar, pero están dispuestos a mentir, hacer trampa y a calumniar para ganar más autoridad. Ellos se enfrentarán al juicio de Dios. Pero dichosos aquellos cuya fe sincera deja huella en la siguiente generación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 302). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Pasando por el duelo

domingo 29 octubre

He visto sus caminos; pero le sanaré, y le pastorearé, y le daré consuelo a él y a sus enlutados.

Isaías 57:18

Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo.

Isaías 66:13

Pasando por el duelo

En la Biblia Dios da numerosas palabras de consuelo al creyente que ha perdido un ser querido. Es como si nos dijese: pienso en ti; fijé la duración de tu prueba; sé que estás muy triste a raíz de esta muerte inesperada. Quiero que tu fe cuente conmigo en las horas sombrías; acepta que no puedes comprender los misterios de mi voluntad.

El versículo de hoy nos dice que Dios ve, sana, conduce (pastorea) y consuela.

–Dios ve. Conoce todos los detalles de nuestra vida, y solo él puede juzgar la necesidad de la prueba. Conoce y seca las lágrimas de los creyentes que pasan por el duelo (Salmo 56:8).

–Dios sana. Da el consuelo y permite que la prueba vaya hasta cierto punto, pero no más allá. Da la paz después de tantas preguntas. Renueva nuestra confianza.

–Dios conduce. Incluso si todo parece sombrío, muestra la dirección y cubre las necesidades de los suyos que están afligidos (Isaías 58:11).

–Dios consuela. Actúa como una madre que muestra su amor a su hijo cuando está enfermo o herido, y lo cuida con paciencia, amor y celo. ¡El consuelo que Dios nos promete es precisamente así! (Isaías 66:13).

Que aquel que llora, incluso en medio de la soledad y la inquietud, diga con certeza: “El Señor pensará en mí”, él es “mi ayuda y mi libertador” (Salmo 40:17).

Ester 2 – Juan 13:21-38 – Salmo 119:73-80 – Proverbios 26:13-14

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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UN GOLPE MORTAL A LOS DESEOS PECAMINOSOS

UN GOLPE MORTAL A LOS DESEOS PECAMINOSOS

10/28/2017

Amados hermanos míos, no erréis.
SANTIAGO
1:16

¿En qué punto se enfrenta usted al pecado? No en el punto de la conducta, porque entonces es demasiado tarde, sino en el punto del deseo. La persona que puede dominar sus reacciones emocionales puede enfrentarse con el pecado. Cuando se le está bombardeando con reacciones emocionales negativas, una persona con una mente santificada puede desactivar los deseos antes que ellos sean activados por la voluntad. Pero una vez que dominan la voluntad, su nacimiento es inevitable.


Tiene que enfrentarse a las emociones lujuriosas si quiere enfrentarse con éxito al pecado en su vida. Si expone sus emociones al anzuelo, puede quedar atrapado a menos que tome medidas inmediatas.

DERECHOS DE AUTOR © 2017 Gracia a Vosotros
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Una recompensa radical

OCTUBRE, 28

Una recompensa radical

Devocional por John Piper

En verdad os digo: No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o tierras por causa de mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna. (Marcos 10:29-30)

Lo que Jesús quiere decir en este pasaje es que él mismo es la compensación por todos los sacrificios.

  • Si usted renuncia al cariño, cercanía y cuidado de una madre, recibirá cien veces el cariño y cuidado de Cristo siempre presente.
  • Si usted renuncia a la afectuosa camaradería de un hermano, recibirá cien veces el afecto y la camaradería de Cristo.
  • Si usted renuncia a la sensación de estar en su hogar que tenía en su casa, recibirá cien veces el consuelo y la seguridad de saber que al Señor le pertenecen todas las moradas.

A los futuros misioneros, Jesús les dice: «Prometo trabajar para ti y estar contigo hasta el punto que no podrás decir que nada de lo que has hecho fue un sacrificio».

¿Cuál fue la actitud de Jesús hacia el espíritu «sacrificial» de Pedro? Pedro dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Marcos 10:28). ¿Es ese el espíritu de abnegación ordenado por Jesus? No, sino que lo reprende.

Jesús dijo: «Nadie jamás hace ningún sacrificio por mí que yo no le retribuya cien veces; sí, en un sentido incluso en esta vida, sin mencionar la vida eterna de los siglos venideros».

Deseando a Dios


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 240-241

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo

28 de octubre

«Su cabeza como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo».

Cantares 5:11

Todas las comparaciones para describir al Señor Jesús fracasan, pero la Esposa utiliza para ello la mejor analogía que tiene a su alcance. Por la cabeza de Jesús entendemos su deidad: porque «la cabeza de Cristo es Dios»; entonces, el lingote de oro purísimo es la mejor metáfora que se pueda concebir. Sin embargo, todo resulta demasiado pobre para hablar de un ser tan precioso, tan puro, tan querido y tan glorioso. Jesús no es solo una pepita de oro, sino un mundo inmenso del rico metal: una incalculable masa de tesoro que ni la tierra ni el Cielo pueden superar. Las criaturas son mero hierro y barro; todas ellas perecerán como madera, heno y hojarasca; pero la eterna Cabeza de la creación de Dios resplandecerá por siempre jamás. En él no hay mezcla, ni la más pequeña señal de aleación. Él es por siempre infinitamente santo y enteramente divino. Los cabellos crespos representan su vigor varonil. En nuestro Amado no hay ningún afeminamiento: él es el más viril de los hombres. Valiente como un león, laborioso como un buey, veloz como un águila. Aunque una vez se viera despreciado y desechado entre los hombres, en Jesús se halla toda belleza concebible e inconcebible.

Cabeza ensangrentada, / herida por mi bien,

de espinas coronada, / por fe mis ojos ven.

La gloria de su cabeza no está rapada; al contrario, nuestro Amado se ha visto coronado para siempre con incomparable majestad. El cabello negro indica hermosura juvenil: pues Jesús tiene sobre sí el rocío de la juventud. Otros decaen con los años, pero él es Sacerdote para siempre como lo fue Melquisedec. Otros aparecen y desaparecen; mas él permanece por los siglos de los siglos como Dios sobre su Trono. Esta noche lo contemplaremos y lo adoraremos. Los ángeles lo contemplan; por tanto, sus redimidos no deben apartar de él la mirada. ¿En qué lugar hay un Amado como el nuestro? ¡Ah, si pudiésemos tener con él un momento de comunión! ¡Afuera, preocupaciones intrusas! Jesús me atrae hacia sí, y yo corro en pos de él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 312). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Unción de David

28 OCTUBRE

2 Reyes 9 | 1 Timoteo 6 | Oseas 1 | Salmo 119:73–96

Vale la pena comparar la unción de David (1 Samuel 16) con la de Jehú (2 Reyes 9) o, mejor, comparar lo que sigue a ambas.

La historia de David es la más conocida (1 Samuel). Cuando Samuel le ungió para ser rey, David todavía era joven, un pastorcito. La unción no cambió en nada su situación inmediata. A su debido tiempo, ganó dimensiones heroicas al derrotar a Goliat y luego maduró hasta llegar a ser un oficial eficiente y leal del rey Saúl. Cuando este se llenó de amargura y paranoia, obligando a David a esconderse en los montes de Judea, parecía que David estaba muy lejos del trono. La providencia le ofreció dos asombrosas oportunidades de matar a Saúl, pero David se contuvo; de hecho, incluso se lo prohibió a algunos de sus propios hombres que estaban muy dispuestos a realizar el acto que David rehusaba cometer. Su razonamiento era sencillo. Aunque sabía que sería rey, también sabía que en ese momento, el rey era Saúl. Matarlo, por tanto, sería matar al ungido del Señor. Él no estaba dispuesto a arrebatar la herencia que el Señor le había prometido, si el precio a pagar era un acto inmoral. Dios le había prometido el trono; Dios mismo, entonces, tenía que destituir al rey actual, porque David no se rebajaría a la intriga y el asesinato. Este fue uno de los mejores momentos de David.

¡Qué diferente es Jehú! Cuando lo ungen, se le asigna la tarea de castigar y destruir el malvado hogar de Acab. Pero no espera recibir ninguna señal providencial: en cuanto a él se refiere, haber sido ungido es suficiente incentivo para embarcarse inmediatamente en una insurrección sangrienta. Más aún, a pesar de sus palabras piadosas sobre eliminar la idolatría de la casa malvada de Acab (9:22, por ejemplo), su propio corazón delata dos realidades malvadas. Primero, no sólo asesina a quien actualmente está en el trono de Israel, sino que, al tener la oportunidad, mata también a Ocozías, rey de Judá (9:27–29), pero sin la autorización del profeta. ¿Acaso Jehú soñaba con un reino unido y restaurado mediante el asesinato y el poder militar? Segundo, aunque Jehú redujo el poder de la adoración a Baal, promovió otros tipos de idolatría igualmente repugnantes para Dios (10:28–31). Al revés que David, no era “un hombre conforme al corazón de Dios” (cf. 1 Samuel 13:14). Para nada: “no se apartó de los pecados de Jeroboam, el que había hecho pecar a Israel” (10:31).

La lección es importante. Ni siquiera la profecía divina libra a la persona de la obligación de moralidad, integridad y una fe leal y obediente hacia Dios. El fin no justifica los medios.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 301). Barcelona: Publicaciones Andamio.