¡No fui yo!

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

Salmo 32:5

El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

Proverbios 28:13

No fui yo

Esta mañana Marta tomó sin mi permiso un hermoso bolígrafo que estaba en mi escritorio. Lo dejó caer y se rompió. Mientras comíamos interrogué a mis hijos uno por uno…

–¿Y tú, Marta?

–No fui yo, respondió ella, como los demás.

Pero su inquietud era evidente. Yo estaba triste, le pedí que se acercara a mí, pero ella se silenció. Los días pasaron y Marta persistió en su silencio. ¡Normalmente ella era muy cariñosa, pero ahora me evitaba! El tiempo me parecía interminable; solo quería perdonarla, ¡y lo único que ella tenía que hacer era reconocer sus hechos en vez de mentir!

Por fin, al cabo de una larga semana, escuché que alguien llamaba tímidamente a mi puerta. Marta entró en la habitación, empezó a llorar, se echó en mis brazos y reconoció su falta. ¡Por fin! ¡Qué felicidad sentí de poder reanudar una buena relación con mi pequeña!

Hijos de Dios, nuestro Padre celestial también espera que le confesemos nuestras faltas. Mientras guardemos en nuestra conciencia un pecado no confesado, nuestra relación con él está interrumpida. Seguimos siendo sus amados hijos, pero la comunión con él fue interrumpida por nuestra falta. Lo único que Dios desea es perdonarnos, pero quiere que esto se haga en la verdad, en la luz. Vayamos, pues, a él, y veremos que su amor no ha cambiado.

“Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones” (Salmo 51:2-3).

Ester 1 – Juan 13:1-20 – Salmo 119:65-72 – Proverbios 26:11-12Nehemías 11 – Juan 11:38-57 – Salmo 119:41-48 – Proverbios 26:5-6

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

 

EL NACIMIENTO DEL PECADO

EL NACIMIENTO DEL PECADO

10/27/2017

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

(Santiago 1:15)

La mayoría de las personas piensan que el pecado es un acto o comportamiento individual. Pero el versículo de hoy dice que el pecado no es un acto; es el resultado de un proceso.

El pecado comienza con deseo, que está relacionado con la emoción. Comienza cuando usted desea sentirse satisfecho al adquirir algo, cuando tiene un anhelo emotivo de poseer algo que ve. Entonces la tentación afecta su mente mediante el engaño. Usted comienza a justificar su derecho a tener lo que desea. Su mente es engañada al creer que la satisfacción de sus deseos satisfará sus necesidades.

Acto seguido, su voluntad comienza a planificar cómo va a obtener lo que quiere, y cuando la lujuria es seducida (como quien dice) por la carnada, queda preñada en el vientre de la voluntad de una persona. Por último, ocurre el acto del pecado.

El saber cómo nace el pecado debiera ayudarlo a huir de la tentación.

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Con Dios es posible

Octubre, 27

Con Dios es posible

Devocional por John Piper

Tengo otras ovejas que no son de este redil; a esas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz. (Juan 10:16)

Dios tiene hijos en todas las naciones. Los llamará con el poder Creador, ¡y ellos creerán! Cuánto poder hay en estas palabras para superar el desánimo en las difíciles zonas fronterizas.

La historia de Peter Cameron Scott es un buen ejemplo. Nació en Glasgow en 1867 y fue el fundador de Africa Inland Mission (que se traduce literalmente como «Misión del interior de África»). Pero sus comienzos en África fueron de lo menos prometedores.

Su primer viaje a África concluyó con un ataque agudo de malaria que lo obligó a regresar a su hogar. Decidió volver después de su recuperación. El regreso le resultó especialmente gratificante porque esta vez su hermano John lo acompañaba. Pero poco tiempo después, John contrajo la fiebre que acabó con su vida.

Totalmente solo, Peter enterró a su hermano y, en medio de la agonía de esos días, reafirmó su compromiso por la predicación del evangelio en África. No obstante, su salud volvió a flaquear y debió regresar a Inglaterra.

¿Cómo podría superar la desolación y la depresión de ese tiempo? Tenía un compromiso con Dios, pero ¿dónde hallaría las fuerzas para volver a África? Para el hombre era imposible.

Halló las fuerzas en Westminster Abbey. El sepulcro de David Livingstone aún yace allí. Scott entró en silencio, encontró el sepulcro y se arrodilló delante de él a orar. Allí se puede leer una inscripción:

TENGO OTRAS OVEJAS QUE NO SON DE ESTE REDIL; A ESAS TAMBIÉN ME ES NECESARIO TRAERLAS.

Se puso de pie con una esperanza renovada. Volvió a África y, hoy en día, la misión que fundó es una fuerza vibrante y creciente para la expansión del evangelio en África.

Si su mayor gozo es experimentar cómo la superabundante gracia de Dios en usted se desborda para el bien de otras personas, entonces la mejor noticia de todo el mundo es que Dios hará lo imposible a través de usted para salvar a los pueblos que aún están perdidos.

Deseando a Dios


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 238-239

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

«Todos nosotros somos como suciedad»

27 de octubre

«Todos nosotros somos como suciedad».

Isaías 64:6

El creyente es una nueva criatura que pertenece a una generación santa y a un pueblo peculiar. El Espíritu de Dios habita en él y, por tanto, está muy alejado, en todos los sentidos, del hombre natural; pero, con todo, por la imperfección de su naturaleza, sigue siendo un pecador y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal. Los negros dedos del pecado dejan manchas en nuestros vestidos más hermosos. El egoísmo profana nuestras lágrimas y la incredulidad se mezcla con nuestra fe. Las mejores cosas que en alguna oportunidad hemos hecho aparte de los méritos de Jesús, solo consiguieron aumentar el número de nuestros pecados. Pues, cuando a nuestros propios ojos hemos sido muy limpios, no lo hemos sido a los ojos de Dios, para quien «ni aun los cielos son limpios» (Job 15:15). Y como él «notó necedad en sus ángeles» (Job 4:18), mucho más la notará en nosotros, aun en los períodos de mayor consagración. El canto que conmueve los cielos y procura emular los seráficos acordes, contiene discordancias humanas. La oración que mueve el brazo de Dios es, con todo, una oración magullada y cascada, y la razón por que mueve ese brazo es porque Aquel que no pecó, el gran Mediador, ha entrado para quitar el pecado de nuestra oración. La fe más valiosa o la santificación más pura que un cristiano haya alcanzado alguna vez en este mundo, tiene tanta mezcla que, si la consideramos en sí misma, solo es digna de las llamas. Todas las noches que nos miramos en el espejo, vemos solamente a pecadores que tienen necesidad de hacer esta confesión: «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias, como trapos de inmundicia» (Is. 64:6). ¡Ah, cuán preciosa es la sangre de Cristo para unos corazones como los nuestros! ¡Qué inapreciable don constituye la justicia perfecta! ¡Y cuán viva es la esperanza de una perfecta santidad en el Más Allá! Aun ahora, aunque el pecado está en nosotros, su poder ha quedado destruido. Él ya no tiene el dominio: es una serpiente deslomada. Estamos en rudo conflicto contra el pecado; pero el enemigo con quien tenemos que habérnoslas es un enemigo vencido. No obstante, en breve, entraremos victoriosamente en la Ciudad donde nada hay que contamine.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 311). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”

27 OCTUBRE

2 Reyes 8 | 1 Timoteo 5 | Daniel 12 | Salmo 119:49–72

Aunque no lo sabía, cuando estaba en mi último año de instituto, mis padres le hicieron una promesa silenciosa al Señor. Por razones muy complicadas para explicar aquí, decidieron que, a menos que sucedieran ciertas cosas, al concluir el curso mi padre renunciaría al cargo pastoral que había mantenido durante quince años.

Acabé la escuela, me fui de casa y entré a la universidad. Pasado un mes aproximadamente recibí una carta de mis padres: mi padre había renunciado al puesto de pastor de esa iglesia.

Mi familia tenía muy poco dinero. No había otra iglesia de habla francesa que estuviera disponible para él. En esta coyuntura, mi padre se sentía muy viejo como para empezar otra iglesia en un lugar distinto. Se negó a considerar puestos de pastor en el Canadá inglés: tanto su llamado como su corazón estaban unidos a Quebec. Así que me enteré de lo que mis padres habían decidido: se iban a mudar a Hull, en el lado francés del río al otro lado de Ottawa, la capital de la nación. Ahí mi padre sostendría a su familia como traductor federal y le ofrecería la mayor cantidad de tiempo posible a la iglesia francófona de Hull.

No llegué a “casa” hasta la Navidad. En algún momento, hablé con mi padre para tratar de entender su razonamiento. Conociendo su convicción de permanecer en una zona francófona del Canadá, surgió la pregunta de cómo sostendría a su familia. Mi padre me explicó: “La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”: usó la versión King James de 1 Timoteo 5:8: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”.

Este texto obviamente tiene sus excepciones. Si un hombre está enfermo y no puede trabajar, por ejemplo, está exento. Y a juzgar por el tono de todo el capítulo, la iglesia misma debería asumir el apoyo que sea necesario si la familia no logra sostenerse. No obstante, lo que destaca sobre muchas de las instrucciones de este capítulo es la manera en que se establece la provisión de la iglesia a las necesidades sociales de su gente, pero con una sensibilidad extraordinaria de los peligros. Sin querer simplificarlo demasiado, el patrón que Pablo presenta se puede resumir de la siguiente manera: los que estén genuinamente necesitados, deberán ser cuidados por la iglesia, pero aquellos que tengan la capacidad de buscarse la vida y proveerse ellos mismos deberán hacerlo—para no ser una carga a la iglesia y por su propio bien—o serán acusados de abandonar la fe. La pereza no tiene la menor relación con la santidad.

No se me ocurren muchas ocasiones en las que haya tenido mayor respeto por la fe obediente de mi padre que en esta situación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 300). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Reforma social o arrepentimiento?

¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?

Mateo 16:26

¿Reforma social o arrepentimiento?

Si los problemas sociales nos conmueven, hay uno de orden moral al cual sería bueno estar atentos. Dimos la espalda a nuestro Creador, y esto atrajo la maldición sobre la tierra, los sufrimientos e injusticias que hallamos en ella, y finalmente la muerte, a la que nadie escapa.

Pero ¡aún hay más! Leamos atentamente el versículo del encabezamiento, las mismas palabras de Jesús, y dejémonos interpelar por él. ¿Cómo podemos ser sensibles a los peligros de la vida presente y permanecer indiferentes a los que amenazan nuestro porvenir eterno? ¿Cómo no preocuparnos por saber lo que ocurrirá cuando tengamos que rendir cuenta de nuestra vida? ¡Es urgente arreglar este asunto mediante una elección personal! No escuchar las advertencias de Dios también es hacer una elección, ¡pero mala! Y Dios no se contenta con advertirnos. Nos ofrece el único medio de salvación. No se trata de una reforma social decisiva. ¡No! Dios nos pide que nos arrepintamos, que reconozcamos sinceramente que no somos dignos de él, y que confiemos en él para que nos llene de la vida misma de Cristo.

Sí, el verdadero problema es de orden moral y no social. Concierne a nuestra relación con Dios, de la cual depende toda nuestra vida. ¿Por qué no preocuparnos por ello ahora? Al sacrificar a su Hijo, Dios nos tendió la mano. ¿Permaneceremos insensibles?

“Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:30-31).

Nehemías 13 – Juan 12:27-50 – Salmo 119:57-64 – Proverbios 26:9-10

Nehemías 11 – Juan 11:38-57 – Salmo 119:41-48 – Proverbios 26:5-6Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

10/26/2017

Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

(Santiago 1:14)

La tentación no viene de Dios, sino de adentro. El vocablo tentado se empleaba en contextos de cacería para describir animales que se atraen a las trampas, y se emplea seducido para describir pescar con una carnada. Toda persona es tentada cuando la trampa del pecado tiene una carnada que apela a su lujuria. La lujuria de una persona que responde a la seducción de la trampa la atrae engañosamente hasta el punto que es atrapada.

¿Qué nos impulsa tanto hacia la carnada? No es Dios. Y tampoco lo son Satanás, ni sus demonios, ni el sistema malvado del mundo el que nos seduce para que mordamos el anzuelo. Es nuestra naturaleza lujuriosa la que nos impulsa a morderlo. Nuestra carne, nuestra naturaleza caída, tiene un deseo de lo malo.

Desde una perspectiva espiritual, el problema es que, aunque hemos sido redimidos y hemos recibido una nueva naturaleza, tenemos todavía un enemigo dentro. La pasión interior de la carne, no Dios, es la culpable de que seamos tentados a pecar.

DERECHOS DE AUTOR © 2017 Gracia a Vosotros
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El remedio para el misionero

Octubre, 26

El remedio para el misionero

Devocional por John Piper

Todas las cosas son posibles para Dios. (Marcos 10:27)

La gracia soberana es el manantial de vida del hedonista cristiano, ya que lo que el hedonista cristiano más ama es la experiencia de la gracia soberana de Dios llenándolo y desbordándose por el bien de otras personas.

Los misioneros hedonistas cristianos aman experimentar lo que Pablo describe en 1 Corintios 15:10: «no yo, sino la gracia de Dios en mí». Se deleitan en la verdad de que el fruto de su labor misionera le pertenece enteramente a Dios (1 Corintios 3:7Romanos 11:36).

No sienten más que alegría cuando el Maestro dice: «separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). Se regocijan como niños en la verdad de que Dios ha quitado el peso abrumador de la nueva creación de sus hombros y lo carga él mismo sobre sus espaldas. Sin resentimientos, dicen: «no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Corintios 3:5).

Cuando vuelven a su casa bajo licencia, nada les da más gozo que decir a las iglesias: «No me atreveré a hablar de nada sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles» (Romanos 15:18).

«Todas las cosas son posibles para Dios»: las primeras palabras nos dan esperanza, las últimas producen humildad. Son el antídoto para la desesperación y el orgullo: el remedio perfecto para el misionero.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 235–236

Todos los derechos reservados ©2017 Soldados de Jesucristo y DesiringGod.org

«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo»

26 de octubre

«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo».

Eclesiastés 1:7

Todas las cosas terrestres están en movimiento; el tiempo no descansa jamás. La sólida tierra es una esfera que rueda, y el gran sol mismo una estrella que describe obedientemente su órbita en torno a un astro mayor que él. Las mareas sacuden el mar; los vientos agitan el altanero océano y la fricción desgasta la roca. El cambio y la muerte imperan por doquier. El mar no almacena codiciosamente su caudal de aguas; pues, si bien esas aguas entran en él por un cauce, por otro se elevan de él. Los hombres nacen para morir. Todas las cosas producen confusión, ansiedad y aflicción de espíritu. Amigo del inmutable Jesús, ¡cuán gozoso te sientes al pensar en tu herencia inmutable y en tu mar de felicidad, mar que estará lleno por siempre, pues Dios mismo verterá en él ríos eternos! Nosotros buscamos una ciudad permanente que está más allá del firmamento, y no nos veremos defraudados en nuestra esperanza.

El pasaje que tenemos delante bien puede enseñarnos a ser agradecidos. El padre Océano es un gran receptor, pero también es un generoso repartidor. Aquello que los ríos llevan al mismo, él lo devuelve a la tierra en forma de nubes y lluvia. El que lo recibe todo y no devuelve nada está desligado del universo. Dar a otros no es sino sembrar para nosotros mismos; y al que demuestra ser tan buen mayordomo que voluntariamente utiliza sus bienes para la obra del Señor, se le concederán más. Amigo de Jesús, ¿estás dando a tu Salvador según los beneficios que recibes? Mucho se te ha dado, ¿cuál es tu fruto? ¿Lo has hecho todo? ¿No puedes hacer algo más? Ser egoísta significa ser malvado. Supón que el océano no compartiese nada de sus abundantes aguas: eso llevaría a la ruina a nuestra raza. Quiera Dios que ninguno de nosotros siga la política cicatera y fatal de vivir para sí mismo. Jesús no se agradó a sí mismo; toda la plenitud habita en él, pero de su plenitud tomamos todos. ¡Ojalá pudiésemos tener el espíritu de Jesús para, de aquí en adelante, no vivir para nosotros mismos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 310). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza”

26 OCTUBRE

2 Reyes 7 | 1 Timoteo 4 | Daniel 11 | Salmo 119:25–48

Cuando aún era muy joven, comencé a pastorear una iglesia relativamente pequeña en Canadá. Las personas eran muy amables conmigo y mucho más pacientes con mis defectos y errores que lo que yo merecía.

Había una mujer en esa iglesia que a veces me resultaba particularmente exasperante. Casi todos los domingos por la mañana me daba las gracias enfáticamente por el sermón y luego añadía: “Pero eres tan joven”. Esto sucedió durante muchas semanas, hasta convertirse en poco más que una fórmula. Finalmente, mi celo excedió a mi sensatez. Tras escuchar una vez más su exclamación trillada (“Eres tan joven”), sonreí con dulzura y le respondí (citando una versión antigua): “Sí, pero la Biblia dice que ‘ninguno tenga en poco tu juventud’. ¡Ninguno!” Si bien es cierto que mi arrebato fue desmedido, funcionó, porque nunca volvió a decirme algo parecido.

No obstante, al reflexionar me di cuenta de que había citado la primera parte de 1 Timoteo 4:12 pero no la última. La primera parte dice: “Que nadie te menosprecie por ser joven”. Supongo que, si esa línea estuviera sola, una de las maneras de evitar que otros te menospreciaran sería atacarles con este versículo. Pero Pablo escribe: “Que nadie te menosprecie por ser joven. Al contrario, que los creyentes vean en ti un ejemplo a seguir en la manera de hablar, en la conducta, y en amor, fe y pureza”. En otras palabras, si eres un creyente joven, particularmente uno que está en posición de liderazgo como Timoteo, la manera de evitar que los demás te menosprecien es dar ese ejemplo “en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” para que tu piedad transparente les haga callar.

Si eres diligente con los dones y la gracia que Dios te ha dado, Pablo añade, todos verán tu progreso (4:15). Tu diligencia debe ser exhaustiva y así las áreas en las que los demás detecten tu progreso también serán integradoras: “Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza” (4:16). El resultado no sólo incluye que tu propia perseverancia produzca la salvación de la consumación, sino también la salvación de muchos de aquellos a quienes les ministres (4:16).

En este consejo un joven encuentra una gama de enseñanza moral cristiana. Las acciones suelen decir más que las palabras. Los líderes cristianos deben liderar, no sólo mediante palabras, sino con acciones que sean conformes con esas palabras. La autoridad que le corresponde a un líder cristiano no se obtiene con el oficio en sí, sino que se gana con el tiempo por la calidad de su vida cristiana. No sorprende entonces que gran parte del próximo capítulo se dedica a dar instrucciones específicas sobre cómo tratar a los hermanos en Cristo durante diversas etapas de vida. Cómo tratar a la gente siempre se halla cerca del centro del discipulado cristiano.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 299). Barcelona: Publicaciones Andamio.