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«Todos nosotros somos como suciedad»

27 de octubre

«Todos nosotros somos como suciedad».

Isaías 64:6

El creyente es una nueva criatura que pertenece a una generación santa y a un pueblo peculiar. El Espíritu de Dios habita en él y, por tanto, está muy alejado, en todos los sentidos, del hombre natural; pero, con todo, por la imperfección de su naturaleza, sigue siendo un pecador y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal. Los negros dedos del pecado dejan manchas en nuestros vestidos más hermosos. El egoísmo profana nuestras lágrimas y la incredulidad se mezcla con nuestra fe. Las mejores cosas que en alguna oportunidad hemos hecho aparte de los méritos de Jesús, solo consiguieron aumentar el número de nuestros pecados. Pues, cuando a nuestros propios ojos hemos sido muy limpios, no lo hemos sido a los ojos de Dios, para quien «ni aun los cielos son limpios» (Job 15:15). Y como él «notó necedad en sus ángeles» (Job 4:18), mucho más la notará en nosotros, aun en los períodos de mayor consagración. El canto que conmueve los cielos y procura emular los seráficos acordes, contiene discordancias humanas. La oración que mueve el brazo de Dios es, con todo, una oración magullada y cascada, y la razón por que mueve ese brazo es porque Aquel que no pecó, el gran Mediador, ha entrado para quitar el pecado de nuestra oración. La fe más valiosa o la santificación más pura que un cristiano haya alcanzado alguna vez en este mundo, tiene tanta mezcla que, si la consideramos en sí misma, solo es digna de las llamas. Todas las noches que nos miramos en el espejo, vemos solamente a pecadores que tienen necesidad de hacer esta confesión: «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias, como trapos de inmundicia» (Is. 64:6). ¡Ah, cuán preciosa es la sangre de Cristo para unos corazones como los nuestros! ¡Qué inapreciable don constituye la justicia perfecta! ¡Y cuán viva es la esperanza de una perfecta santidad en el Más Allá! Aun ahora, aunque el pecado está en nosotros, su poder ha quedado destruido. Él ya no tiene el dominio: es una serpiente deslomada. Estamos en rudo conflicto contra el pecado; pero el enemigo con quien tenemos que habérnoslas es un enemigo vencido. No obstante, en breve, entraremos victoriosamente en la Ciudad donde nada hay que contamine.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 311). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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