HUMILLACIÓN DE LOS RICOS

HUMILLACIÓN DE LOS RICOS

10/22/2017

El que es rico, en su humillación.

Santiago 1:10

Los cristianos que no tienen que pasar por las pruebas de la vida relacionadas con la pobreza pueden regocijarse en su “humillación”, como señala el versículo de hoy. Cuando las pruebas que sufren los ayudan a comprender que sus posesiones no pueden dar la verdadera felicidad ni el contentamiento, entenderán que dependen de las verdaderas riquezas de la gracia de Dios. El cristiano rico puede regocijarse cuando sabe que las bendiciones materiales son solo temporales y que las riquezas espirituales son eternas.

Las pruebas humillan a todos los creyentes al mismo nivel de dependencia de Dios. El dinero no saca a las personas de sus problemas, aunque pudiera resolver algunos problemitas económicos. Cuando se pierde a una hija, a un hijo, a una esposa o a un esposo, no importa cuánto dinero se tenga. Ninguna cantidad va a sacarlo a uno de semejante prueba.

Seamos pobres o ricos, sufrimos pruebas para que nos ayuden a reconocer humildemente que nuestros recursos están en Dios.

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Hedonismo para esposos y esposas

OCTUBRE, 22

Hedonismo para esposos y esposas

Devocional por John Piper

Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella. (Efesios 5:24-25)

Hay un modelo ordenado por Dios para el amor en el matrimonio.

Los roles del esposo y la esposa no son los mismos. El hombre debe seguir el ejemplo de Cristo, que es cabeza de la iglesia. La mujer debe seguir el ejemplo de la iglesia, que se somete a Cristo.

Al hacer esto, las consecuencias pecaminosas y dañinas de la Caída empiezan a revertirse. La Caída torció la autoridad afectuosa del hombre y la convirtió en una dominación hostil en algunos hombres y en una indiferencia perezosa en otros. La Caída pervirtió la sumisión inteligente y servicial de la mujer y la convirtió en un servilismo manipulador en algunas mujeres y en una insubordinación descarada en otras.

La redención que anticipamos en la venida de Cristo no es el desmantelamiento del orden creado de la autoridad afectuosa y la sumisión servicial, sino el restablecimiento de ese orden. Esposas, rediman su sumisión caída ajustándose a lo que Dios pensó para la iglesia. Esposos, rediman su autoridad caída ajustándose a lo que Dios pensó para Cristo.

En Efesios 5:21-33 encuentro las dos cosas: (1) la manifestación del hedonismo cristiano en el matrimonio, y (2) la dirección que sus impulsos deberían tomar.

Esposas, busquen su gozo en el gozo de sus esposos afirmando y honrando el rol que Dios les asignó como la autoridad en su relación. Esposos, busquen su gozo en el gozo de sus esposas asumiendo la responsabilidad de su posición de liderazgo, del mismo modo en que Cristo es cabeza de la iglesia y se dio a sí mismo por ella.

Me gustaría dar testimonio de la bondad de Dios en mi vida. Descubrí el hedonismo cristiano el mismo año que me casé, en 1968. Desde entonces, Noël y yo, en obediencia a Cristo Jesús, hemos buscado con tanta pasión el gozo más profundo y duradero como nos fue posible. A través de muchos errores, con mucho desgano en ocasiones, hemos buscado nuestro gozo personal en el gozo del otro.

Juntos podemos dar fe de que, para los que se casan, este es el camino hacia el deseo del corazón. Para nosotros, el matrimonio ha sido la matriz del hedonismo cristiano. A medida que cada uno busca su propio gozo en el gozo del otro y cumple con el rol que le fue asignado por Dios, el misterio del matrimonio como parábola de Cristo y la iglesia se vuelve manifiesto para su mayor glorificación y para nuestro mayor gozo.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 220–221

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Tomará de lo mío, y os lo hará saber

22 de octubre

«Tomará de lo mío, y os lo hará saber».

Juan 16:15

Hay ocasiones cuando, si una mano bondadosa no nos aplicara las promesas y doctrinas de la Biblia, estas no tendrían para nosotros valor alguno. Estamos sedientos, pero nos sentimos demasiado abatidos para arrastrarnos hasta el arroyo donde corre el agua. Cuando un soldado resulta herido en alguna batalla, de poco le vale saber que en el hospital hay quienes pueden vendar sus heridas, y que allí están las medicinas para aliviar los dolores que está sufriendo. Lo que él necesita es que alguien lo lleve a dicho hospital y allí le apliquen los remedios. Así sucede con nuestras almas; y existe alguien para satisfacer esta necesidad: el Espíritu de verdad, que toma de lo que pertenece a Jesús y nos lo aplica a nosotros. No pienses que Cristo haya colocado sus gozos en los estantes del Cielo para que nosotros subamos, por nuestros propios medios, hasta donde ellos están. No; al contrario: es Cristo el que se acerca a nosotros y derrama su paz en nuestros corazones. ¡Oh cristiano, si esta noche estás sufriendo bajo el peso de una angustia profunda, tu Padre no te hará promesas para dejar, luego, que tú las saques de la Palabra como se sacan los baldes de un pozo; sino que, así como él escribió en su Palabra dichas promesas, las escribirá también en tu corazón! Él te manifestará su amor y, por su bendito Espíritu, disipará tus ansiedades y aflicciones. Sabe esto, oh afligido creyente: que es prerrogativa de Dios enjugar toda lágrima de los ojos de su pueblo. El buen samaritano no dijo a quien había caído en manos de los ladrones: «Aquí tienes el vino y el aceite»; sino que se los derramó en las heridas. Así, también, no te da Jesús solamente el dulce vino de la promesa, sino que acerca el cáliz de oro a tus labios y derrama en tu boca la sangre que da vida. Al pobre, al enfermo, al cansado peregrino, no se le proporcionan solo las fuerzas para andar, sino que se le lleva sobre alas de águila. ¡Oh glorioso evangelio, que suples de todo al desvalido; que te acercas a nosotros cuando no podemos alcanzarte y nos traes la gracia antes de que la busquemos! Aquí vemos tanta gloria en el dar como en la dádiva. ¡Dichosos aquellos que cuentan con el Espíritu Santo para que los lleve a Jesús!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 306). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El pecado de la ociosidad

22 OCTUBRE

2 Reyes 3 | 2 Tesalonicenses 3 | Daniel 7 | Salmos 114–115

El pasaje en 2 Tesalonicenses 3:6–13 es único en el Nuevo Testamento. En ningún otro lugar encontramos tantas líneas dedicadas al pecado de la ociosidad.

Ciertamente, es posible convertir el trabajo mismo, o a las recompensas que brotan del trabajo, en un ídolo. Esto suele ser lo que la gente tiene en mente cuando hablan con tono despectivo acerca de la “ética protestante del trabajo”. Aún así, debemos insistir en que la respuesta adecuada al pecado de idolatrar el trabajo no es el ocio: esto podría sencillamente hacer un ídolo del tiempo libre y del hedonismo. La respuesta correcta es el arrepentimiento, la fe en Dios y la obediencia a él. Así que, es necesario ubicar al trabajo en el lugar que le corresponde dentro de un mundo enmarcado por Dios y su palabra.

Los lectores de la Biblia no pueden evitar darse cuenta de que Dios habla mucho más del trabajo que del ocio. La muy difamada “ética protestante del trabajo” comenzó de manera muy sencilla: los cristianos devotos creían que debían ofrecerle todo su trabajo a Dios. Esto garantizaba que, en términos generales, trabajaban más arduamente y de manera bastante más honesta que otros. Sucedió lo inevitable: muchos prosperaron. Por supuesto, dos o tres generaciones más tarde, comenzaron a centrarse en el trabajo en sí, ya como la señal esencial de la piedad, o como un medio para ganar prosperidad, o ambas cosas. A Dios, a veces se le desplazaba hacia la periferia. No obstante, aunque hacemos bien en condenar la idolatría del trabajo, debemos tener mucho cuidado de ir al otro extremo. Podemos cometer el error de ver el trabajo meramente como algo que tenemos que hacer para dedicarnos luego a lo verdaderamente importante: la diversión y servirnos a nosotros mismos. En términos bíblicos, es difícil ver esta postura como mejor, en algún sentido, que la otra.

No sabemos exactamente qué fue lo que instó a muchos creyentes tesalonicenses a ser vagos. Tal vez, algunos sencillamente estaban aprovechándose de la generosidad de los cristianos. Seguro que a algunos no les interesaba trabajar, pero sí se ocupaban de lo que no les importaba (3:11). Pablo no piensa tolerarlo. La situación aquí no es que hay cristianos que necesitan mostrar compasión a los verdaderamente necesitados. Más bien se trata de cristianos que necesitan enfrentarse firmemente a los que alegan ser cristianos pero desobedecen los mandatos explícitos del apóstol (3:12) e ignoran su impresionante conducta personal (3:7–9). Él trabajó (en su oficio, por ejemplo) precisamente para darles la enseñanza: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (3:10). Ahora, Pablo va un paso más allá: los cristianos responsables deben rechazar a estos sinvergüenzas, alejarse por completo de ellos (3:6). De esa manera no podrán corromper a la iglesia. Más importante: los de afuera no confundirán la conducta de esas personas con la de los cristianos que siguen con alegría la instrucción apostólica.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 295). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El Espíritu nos ayuda para orar

El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.

Romanos 8:26-27

El Espíritu nos ayuda para orar

Hemán, un creyente agobiado por las dificultades, escribió: “He estado medroso” (Salmo 88:15). Sí, incluso un creyente serio y celoso puede turbarse y no saber qué pensar, a veces ni siquiera puede orar.

Sin embargo, a pesar de hallarse en una situación tan extrema, el creyente sabe que no está solo. Su espíritu puede estar agitado y deprimido, pero el Espíritu que mora en él presenta a Dios, mediante “gemidos indecibles”, sus verdaderas necesidades. Esos “gemidos” unidos a nuestra debilidad son escuchados por Dios y están acordes con su voluntad. La intercesión del Espíritu va más allá de nuestra inteligencia, es una gracia de Dios. Toma el lugar de nuestro espíritu agobiado para conducirnos por una senda de paz.

Da vida a la esperanza del cristiano. En la prueba, las lágrimas y la duda traducen nuestro dolor, pero ahí también apreciamos los cuidados especiales del Señor.

La oración es el centro de nuestra relación con Dios. Es el medio para renovar nuestra confianza en él. A menudo no sabemos pedir como conviene, no comprendemos la magnitud de nuestras necesidades, y no vemos que Dios puede y quiere ayudarnos.

¡Qué gozo tener la seguridad de que el Espíritu Santo está ahí para ayudarnos y conducirnos en nuestras oraciones! Recordemos también que Jesús, desde el cielo, intercede por cada uno de los que salvó (Romanos 8:34).

Nehemías 8 – Juan 10 – Salmo 119:17-24 – Proverbios 25:27-28

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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