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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

El pecado de la ociosidad

22 OCTUBRE

2 Reyes 3 | 2 Tesalonicenses 3 | Daniel 7 | Salmos 114–115

El pasaje en 2 Tesalonicenses 3:6–13 es único en el Nuevo Testamento. En ningún otro lugar encontramos tantas líneas dedicadas al pecado de la ociosidad.

Ciertamente, es posible convertir el trabajo mismo, o a las recompensas que brotan del trabajo, en un ídolo. Esto suele ser lo que la gente tiene en mente cuando hablan con tono despectivo acerca de la “ética protestante del trabajo”. Aún así, debemos insistir en que la respuesta adecuada al pecado de idolatrar el trabajo no es el ocio: esto podría sencillamente hacer un ídolo del tiempo libre y del hedonismo. La respuesta correcta es el arrepentimiento, la fe en Dios y la obediencia a él. Así que, es necesario ubicar al trabajo en el lugar que le corresponde dentro de un mundo enmarcado por Dios y su palabra.

Los lectores de la Biblia no pueden evitar darse cuenta de que Dios habla mucho más del trabajo que del ocio. La muy difamada “ética protestante del trabajo” comenzó de manera muy sencilla: los cristianos devotos creían que debían ofrecerle todo su trabajo a Dios. Esto garantizaba que, en términos generales, trabajaban más arduamente y de manera bastante más honesta que otros. Sucedió lo inevitable: muchos prosperaron. Por supuesto, dos o tres generaciones más tarde, comenzaron a centrarse en el trabajo en sí, ya como la señal esencial de la piedad, o como un medio para ganar prosperidad, o ambas cosas. A Dios, a veces se le desplazaba hacia la periferia. No obstante, aunque hacemos bien en condenar la idolatría del trabajo, debemos tener mucho cuidado de ir al otro extremo. Podemos cometer el error de ver el trabajo meramente como algo que tenemos que hacer para dedicarnos luego a lo verdaderamente importante: la diversión y servirnos a nosotros mismos. En términos bíblicos, es difícil ver esta postura como mejor, en algún sentido, que la otra.

No sabemos exactamente qué fue lo que instó a muchos creyentes tesalonicenses a ser vagos. Tal vez, algunos sencillamente estaban aprovechándose de la generosidad de los cristianos. Seguro que a algunos no les interesaba trabajar, pero sí se ocupaban de lo que no les importaba (3:11). Pablo no piensa tolerarlo. La situación aquí no es que hay cristianos que necesitan mostrar compasión a los verdaderamente necesitados. Más bien se trata de cristianos que necesitan enfrentarse firmemente a los que alegan ser cristianos pero desobedecen los mandatos explícitos del apóstol (3:12) e ignoran su impresionante conducta personal (3:7–9). Él trabajó (en su oficio, por ejemplo) precisamente para darles la enseñanza: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (3:10). Ahora, Pablo va un paso más allá: los cristianos responsables deben rechazar a estos sinvergüenzas, alejarse por completo de ellos (3:6). De esa manera no podrán corromper a la iglesia. Más importante: los de afuera no confundirán la conducta de esas personas con la de los cristianos que siguen con alegría la instrucción apostólica.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 295). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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