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«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo»

26 de octubre

«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo».

Eclesiastés 1:7

Todas las cosas terrestres están en movimiento; el tiempo no descansa jamás. La sólida tierra es una esfera que rueda, y el gran sol mismo una estrella que describe obedientemente su órbita en torno a un astro mayor que él. Las mareas sacuden el mar; los vientos agitan el altanero océano y la fricción desgasta la roca. El cambio y la muerte imperan por doquier. El mar no almacena codiciosamente su caudal de aguas; pues, si bien esas aguas entran en él por un cauce, por otro se elevan de él. Los hombres nacen para morir. Todas las cosas producen confusión, ansiedad y aflicción de espíritu. Amigo del inmutable Jesús, ¡cuán gozoso te sientes al pensar en tu herencia inmutable y en tu mar de felicidad, mar que estará lleno por siempre, pues Dios mismo verterá en él ríos eternos! Nosotros buscamos una ciudad permanente que está más allá del firmamento, y no nos veremos defraudados en nuestra esperanza.

El pasaje que tenemos delante bien puede enseñarnos a ser agradecidos. El padre Océano es un gran receptor, pero también es un generoso repartidor. Aquello que los ríos llevan al mismo, él lo devuelve a la tierra en forma de nubes y lluvia. El que lo recibe todo y no devuelve nada está desligado del universo. Dar a otros no es sino sembrar para nosotros mismos; y al que demuestra ser tan buen mayordomo que voluntariamente utiliza sus bienes para la obra del Señor, se le concederán más. Amigo de Jesús, ¿estás dando a tu Salvador según los beneficios que recibes? Mucho se te ha dado, ¿cuál es tu fruto? ¿Lo has hecho todo? ¿No puedes hacer algo más? Ser egoísta significa ser malvado. Supón que el océano no compartiese nada de sus abundantes aguas: eso llevaría a la ruina a nuestra raza. Quiera Dios que ninguno de nosotros siga la política cicatera y fatal de vivir para sí mismo. Jesús no se agradó a sí mismo; toda la plenitud habita en él, pero de su plenitud tomamos todos. ¡Ojalá pudiésemos tener el espíritu de Jesús para, de aquí en adelante, no vivir para nosotros mismos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 310). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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