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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

“La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”

27 OCTUBRE

2 Reyes 8 | 1 Timoteo 5 | Daniel 12 | Salmo 119:49–72

Aunque no lo sabía, cuando estaba en mi último año de instituto, mis padres le hicieron una promesa silenciosa al Señor. Por razones muy complicadas para explicar aquí, decidieron que, a menos que sucedieran ciertas cosas, al concluir el curso mi padre renunciaría al cargo pastoral que había mantenido durante quince años.

Acabé la escuela, me fui de casa y entré a la universidad. Pasado un mes aproximadamente recibí una carta de mis padres: mi padre había renunciado al puesto de pastor de esa iglesia.

Mi familia tenía muy poco dinero. No había otra iglesia de habla francesa que estuviera disponible para él. En esta coyuntura, mi padre se sentía muy viejo como para empezar otra iglesia en un lugar distinto. Se negó a considerar puestos de pastor en el Canadá inglés: tanto su llamado como su corazón estaban unidos a Quebec. Así que me enteré de lo que mis padres habían decidido: se iban a mudar a Hull, en el lado francés del río al otro lado de Ottawa, la capital de la nación. Ahí mi padre sostendría a su familia como traductor federal y le ofrecería la mayor cantidad de tiempo posible a la iglesia francófona de Hull.

No llegué a “casa” hasta la Navidad. En algún momento, hablé con mi padre para tratar de entender su razonamiento. Conociendo su convicción de permanecer en una zona francófona del Canadá, surgió la pregunta de cómo sostendría a su familia. Mi padre me explicó: “La Escritura dice que si un hombre no sostiene a su propia familia, es peor que un infiel”: usó la versión King James de 1 Timoteo 5:8: “El que no provee para los suyos, y sobre todo para los de su propia casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”.

Este texto obviamente tiene sus excepciones. Si un hombre está enfermo y no puede trabajar, por ejemplo, está exento. Y a juzgar por el tono de todo el capítulo, la iglesia misma debería asumir el apoyo que sea necesario si la familia no logra sostenerse. No obstante, lo que destaca sobre muchas de las instrucciones de este capítulo es la manera en que se establece la provisión de la iglesia a las necesidades sociales de su gente, pero con una sensibilidad extraordinaria de los peligros. Sin querer simplificarlo demasiado, el patrón que Pablo presenta se puede resumir de la siguiente manera: los que estén genuinamente necesitados, deberán ser cuidados por la iglesia, pero aquellos que tengan la capacidad de buscarse la vida y proveerse ellos mismos deberán hacerlo—para no ser una carga a la iglesia y por su propio bien—o serán acusados de abandonar la fe. La pereza no tiene la menor relación con la santidad.

No se me ocurren muchas ocasiones en las que haya tenido mayor respeto por la fe obediente de mi padre que en esta situación.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 300). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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