En el camino seguro

lunes 24 abril

Plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido.

Romanos 4:21

Si tú le buscares, lo hallarás.

1 Crónicas 28:9

En el camino seguro

Desde su infancia, Roberto acompañaba a sus padres a las reuniones cristianas. A medida que el tiempo pasaba se sentía menos motivado; decía que había otras religiones, entonces cómo podía saber si la de sus padres era la buena. Además, decía que cuanto más fiel se es a una religión, más se practica, y más difícil es salir de ella. También pensaba que los líderes religiosos están tan seguros de tener la verdad, que a la mínima duda nos ponen en «el camino correcto» mediante explicaciones que no podemos contradecir, por falta de conocimiento, incluso si no nos satisfacen totalmente.

A pesar de ello, Roberto continuó leyendo la Biblia. El ejemplo de la conversión de Pablo le llamó la atención. Judío, seguidor de las enseñanzas de los maestros de la ley, fiel y activo para defender su fe, Pablo podía creer que estaba en el camino correcto. Pero un día el Señor Jesús se le reveló de manera tan clara que ya no hubo lugar a dudas (Hechos 9:1-22).

Este ejemplo puso fin a su confusión. Roberto quedó convencido de que si Dios está vivo, se da a conocer, según su promesa, a aquellos que lo buscan sinceramente. Comprendió que debía buscar no una religión, sino una verdadera relación con Dios. Solo su Palabra podía permitir que lo conociese, solo ella podía responder a las necesidades de su alma.

“Cercano está el Señor a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras” (Salmo 145:18).

“Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro” (Deuteronomio 4:39).

Ezequiel 46 – Marcos 1:1-20 – Salmo 48:1-8 – Proverbios 14:11-12

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La primavera es encantadora

24 de abril

La primavera es encantadora

«Se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola».

Cantares 2:12

La primavera es encantadora. El largo y triste invierno nos ayuda a apreciar su agradable calor, y el anuncio que ella hace del verano acrecienta sus actuales encantos. Después de algunos períodos de depresión de espíritu es placentero contemplar de nuevo la luz del sol de Justicia. Entonces nuestras adormecidas virtudes se levantan de su letargo como el azafrán y el narciso de sus lechos terrestres. Entonces el corazón se nos alegra con melodiosas notas de gratitud, mucho más melodiosas que los gorjeos de los pájaros; y la reconfortante seguridad de paz, mucho más agradable que la voz de la tórtola, se oye dentro del alma. Ahora es el tiempo cuando el alma debe buscar la comunión con su Amado; ahora debe levantarse de su natural bajeza y apartarse de sus antiguas compañías. Si no izamos las velas cuando la brisa es favorable, seremos dignos de reproche. Los tiempos de refrigerio no deben pasar sin que los aprovechemos. Cuando es Jesús mismo quien nos visita con ternura y nos ruega que nos levantemos, ¿seremos nosotros tan ruines como para denegar su súplica? Él mismo se ha levantado para atraernos a sí. Nos ha regenerado por su Espíritu para que podamos, en novedad de vida, ascender al Cielo y tener comunión con él. Para frialdad e indiferencia debe bastarnos ya nuestro estado invernal. Si el Señor produce una primavera dentro de nosotros, dejemos que nuestra savia suba con fuerza y nuestras ramas crezcan con vigor. ¡Oh Señor, si no ha llegado la primavera a mi frío corazón, haz que llegue; porque, sinceramente, estoy cansado de vivir lejos de ti. ¡Oh, cuándo pondrás fin al largo y deprimente invierno! Ven, Espíritu, y renueva mi alma. Avívame, restáurame y ten misericordia de mí. Esta misma noche te ruego ardientemente que te apiades de tu siervo y me concedas un feliz avivamiento en mi vida espiritual.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 123). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“Mía es la venganza; yo pagaré”

24 ABRIL

“Mía es la venganza; yo pagaré”

Números 1 | Salmo 35 | Eclesiastés 11 | Tito 3

El Salmo 35 es uno de los salmos dedicados al tema de la vindicación (ver también la meditación del 10 de abril). Muchos creyentes se sienten incómodos con estos salmos. La línea que separa el deseo de la vindicación y el ansia de la venganza a veces parece muy fina. ¿Cómo encaja este razonamiento con la enseñanza de Jesús acerca de poner la mejilla (Mateo 5:38–42)? ¿No es un poco desagradable el tono del salmista? Después de todo, David no pide solamente que sea librado de los estragos infligidos por los que le atacan (por ejemplo, 35:17, 22–23), sino que demanda explícitamente que sus enemigos “Queden confundidos y avergonzados” (35:4), que “la ruina los tome por sorpresa; que caigan en su propia trampa, en la fosa que ellos mismos cavaron” (35:8).

Dos reflexiones:

(1) En algunas ocasiones David no habla sólo desde una sensación de estar sujeto a amenazas de tipo particular, sino también desde su sentido de responsabilidad como rey, como el siervo a quien Dios ha nombrado. Si está siendo fiel al pacto, entonces está en juego el nombre de Yahvé cuando el hijo de Dios, el rey que Dios mismo ha nombrado, corre peligro. Pues el Señor “se deleita en el bienestar de su siervo” (35:27), y David reconoce que su propia preservación está estrechamente vinculada al bienestar de “la gente apacible del país” (35:20). Lo que está en juego aquí entonces es la justicia pública, y no se trata en absoluto de una vendetta personal, contra la cual el Señor Jesús habla tan enérgicamente en las palabras ya citadas.

(2) Lo que es aún más importante, no obstante, es que aunque los creyentes ponen la otra mejilla, esto no quiere decir que sean indiferentes a la justicia. Mantenemos que Dios es absolutamente justo, y es él quien proclama: “Mía es la venganza; yo pagaré” (Deuteronomio 32:35). Por esta razón debemos dejar el castigo en manos de Dios (Romanos 12:19). Sólo él podrá ajustar las cuentas con absoluta transparencia y justicia, y si dudamos de que sea así, nos estamos creyendo capaces de ocupar el lugar de Dios en este aspecto. Lo único que David pide es que Dios haga lo que ha prometido hacer: ejecutar la justicia, vindicar a los justos y defender a los que se mantienen fieles al pacto.

El último capítulo de Job no es ningún anticlímax justamente por esta razón: Job salió vindicado. Los sufrimientos del Señor Jesús se conforman a la misma pauta. Él se hizo un nadie y sufrió el oprobio de la cruz en respuesta obediente a la voluntad del Padre (Filipenses 2:6–8), y salió supremamente vindicado (Filipenses 2:9–11). Puede que nosotros también padezcamos injusticia y reclamemos el perdón para nuestros atormentadores, igual que hizo Jesús – mientras, al mismo tiempo, imploremos que prevalezca la justicia, que Dios sea glorificado y su pueblo vindicado. Esto es la voluntad de Dios, y David acertó.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 114). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Oportunidades inesperadas

24 Abril 2017

Oportunidades inesperadas
por Charles R. Swindoll

Hechos 13:14-52

Pablo y Bernabé llegaron a Antioquía de Pisidia, cansados y doloridos de su azarosa marcha a través de las montañas. Pero no perdieron tiempo, sino que se dirigieron inmediatamente a la sinagoga, para encontrar un buen asiento y escuchar la lectura de la Palabra de Dios.

En la sinagoga le dijeron a Pablo: “¿Le gustaría predicar?” ¡Eso era lo que él estaba esperando! (Hasta puedo leer la mente del hombre: ¡Pensé que nunca iban a pedírmelo!). Sin vacilar, se puso a hablarles. ¡Comenzó en Génesis y les predicó hasta el ministerio de Cristo, totalmente de memoria! Sin notas, improvisadamente.

La reacción fue impresionante. Lucas nos dice que el día de reposo siguiente toda la ciudad vino para escuchar el mensaje que Pablo iba a predicar. Lo mismo sigue siendo cierto hoy en día: La gente tiene hambre de la Palabra de Dios. Cuando uno encuentra corazones hambrientos y se les sirve buena comida, no hay ningún problema para que la gente venga al banquete espiritual. Encontrar personas con el deseo de alimentarse con carne nutritiva de la verdad de Dios no es problema.

Por tanto, mi consejo es sencillo: Cuando tenga la oportunidad inesperada de compartir las buenas nuevas, hágalo. Pero tenga cuidado de no decirlo todo hasta el más mínimo detalle. Si está sentado en un avión y se presenta la oportunidad, no predique todo el Antiguo Testamento antes de llegar al corazón del Evangelio. Dígale a esa alma hambrienta cómo encontrar un pedazo de pan. Cuando usted le presente a Cristo, háblele de su propia peregrinación espiritual. Si lo hace de manera cortés e interesante, la persona estará pendiente de cada palabra, como sucedió en el caso de Pablo. Y la respuesta fue impresionantemente positiva.

Como lo prometió el Señor: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo” (Juan 12:32).

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Una verdadera muerte

4/24/2017

Una verdadera muerte

Siendo a la verdad muerto en la carne. (1 Pedro 3:18)

El versículo de hoy indica que terminó la vida física de Jesucristo. Algunos niegan la resurrección de Cristo de los muertos afirmando que nunca murió, sino que se desmayó. Presuntamente se reanimó con la frialdad del sepulcro, se levantó y salió caminando. Pero Pedro es claro: “Jesús murió como la víctima de un asesinato jurídico”.

Los romanos que ejecutaron a Cristo se cercioraron de que estaba muerto. Quebraron las piernas de los ladrones crucificados junto a Él a fin de apresurarles la muerte. (Un crucificado podía atrasar la muerte mientras pudiera levantarse sobre sus piernas.) Sin embargo, no se preocuparon por quebrar las piernas de Cristo porque pudieron ver que ya estaba muerto. Para comprobar su muerte, le abrieron el costado con una lanza, del que salió sangre y agua; solo sangre, no agua, habría salido si Jesús hubiera estado vivo (Jn. 19:31-37). Sin duda, Cristo estaba muerto. Y eso significa que su resurrección fue verdadera.

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Llevados a Cristo

4/23/2017

 

Llevados a Cristo

Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. (Juan 6:44)

Jesucristo es el que presenta a los hombres y a las mujeres a Dios. Aquellos a quienes Él lleva a la presencia del Padre todos tienen repugnancia de su pecado, deseo de ser perdonados y anhelo de conocer a Dios. Esas actitudes son la obra de Dios al llevarnos a Cristo. De modo que una respuesta al mensaje del evangelio comienza con un cambio de actitud hacia el pecado y hacia Dios.

Más allá de ese cambio inicial en la actitud está la transformación efectuada en cada creyente en el momento de la salvación. Cristo no murió solamente para pagar el castigo del pecado: murió para transformarnos.

Abandonado por casi todos sus discípulos, Cristo sufría en las tinieblas y la agonía de la cruz mientras clamaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Esos fueron momentos en los que Jesús sintió gran rechazo y hostilidad. Pero por esas mismas circunstancias Cristo triunfó al expiar por el pecado y proporcionar una manera de que hombres y mujeres sean presentados a Dios y transformados. Era un triunfo que Él mismo pronto proclamaría (1 P. 3:19-20).

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«Y vi que en medio del trono […] estaba en pie un Cordero como inmolado»

23 de abril

«Y vi que en medio del trono […] estaba en pie un Cordero como inmolado».

Apocalipsis 5:6

¿Por qué tenía nuestro exaltado Señor que aparecer con sus heridas en la gloria? Las heridas de Jesús son sus glorias, sus joyas y sus sagrados ornamentos. Para el ojo del creyente, Jesús es muy hermoso porque es «blanco y sonrosado» (Cnt. 5:10, RVR 1977); blanco por su inocencia y sonrosado por su propia sangre. Lo vemos como el lirio de incomparable pureza y como la rosa enrojecida con su sangre misma. Cristo es hermoso en el monte de los Olivos y en el Tabor, y cuando está en el mar, pero nunca fue tan incomparable como cuando pendía de la cruz. Allí contemplamos todas sus bellezas en perfección, todos sus atributos revelados, todo su amor manifestado, todo su carácter expresado. Querido amigo, las heridas de Jesús son mucho más hermosas a nuestros ojos que todos los esplendores y las pompas de los reyes. La corona de espinas es más que una diadema imperial. Es cierto que él ya no empuña el cetro de caña; sin embargo, en ese cetro hubo una gloria que no tuvo jamás el cetro de oro. Como traje de corte, Jesús utiliza el del Cordero inmolado, con el cual corteja a nuestras almas y las redime por su perfecta expiación. Y no son solo estos los ornamentos de Cristo. Están también aquellos trofeos de su amor y su victoria: él ha repartido despojos con los fuertes; ha redimido para sí a una gran multitud, la cual ninguno puede contar; y esas cicatrices son los recuerdos de la batalla. ¡Ah, si Cristo se complace en conservar el recuerdo de sus sufrimientos por su pueblo, cuán preciosas deberían ser sus heridas para nosotros!

De sus heridas la viva fuente

de pura sangre veo manar;

y salpicando mi impura frente,

la infame culpa logra borrar.

Veo su angustia ya terminada,

hecha la ofrenda de expiación;

su noble frente mustia, inclinada,

y consumada la redención.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 122). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Bendeciré al Señor en todo tiempo

23 ABRIL

Bendeciré al Señor en todo tiempo

Levítico 27 | Salmo 34 | Eclesiastés 10 | Tito 2

Una de las características de los que genuinamente adoren a Yahvé es que quieren que los demás se unan a ellos en su adoración. Reconocen que, si Dios es la clase de Dios que sus alabanzas proclaman, debería ser reconocido como tal por los demás. Además, una de las razones por las que adoran a Dios es para agradecerle la ayuda que ha provisto. Por tanto, si vemos que hay otros que tienen la misma necesidad de ayuda por parte de Dios, ¿no es natural que queramos compartir nuestra propia experiencia de la provisión de Dios con la esperanza de que ellos también la busquen? ¿Y esto no tendrá como consecuencia que el círculo de la alabanza vaya ampliándose?

Es maravilloso escuchar decir a David: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; mis labios siempre lo alabarán” (Salmo 34:1). Pero también invita a los demás, en primer lugar a que compartan la bondad de Yahvé, y luego a que participen en su adoración. También leemos: “Mi alma se gloría en el Señor; lo oirán los humildes y se alegrarán” (34:2). Los que están afligidos necesitan aprender de las respuestas a la oración que David recibió, y que ahora miraremos con más detalle. Segundo, vemos la amplia invitación a engrandecer el círculo de alabanza: “Engrandeced al Señor conmigo; exaltemos a una su nombre” (34:3).

En las líneas siguientes David da testimonio de su propia experiencia de la gracia de Dios (34:4–7). La sección que sigue es una exhortación a los demás a que pongan su confianza en el mismo Dios y se comprometan a seguirle. (34:8–14), y el resto del salmo se dedica a enaltecer la justicia de Dios, la cual garantiza que el Señor prestará atención a los gritos de los justos y volverá su rostro en contra de los que hacen mal (34:15–22).

Dios, insiste David, le rescató de sus aflicciones (34:6). Esto es un hecho objetivo. Sea visible o no, “El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen; a su lado está para librarlos” (34:7). Pero, además de la adversidad que podamos atravesar, lo que a veces resulta más amenazador, y no menos dañino, son los temores que la acompaña. El miedo nos hace perder la perspectiva de las cosas, dudar de la fidelidad de Dios y cuestionar el valor de la lucha. El miedo induce al estrés, la amargura, la cobardía y la necedad. Pero el testimonio de David constituye una fuente enorme de aliento: “Busqué al Señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores” (34:4).

Es cierto que la palabra temores se podría referir a su propio miedo psicológico, o bien a lo que le atemorizaba: y sin duda Dios le libró de ambas cosas. Pero, sea cual sea el caso, que su propia perspectiva fue transformada queda claro en el próximo versículo: “Radiantes están los que a él acuden; jamás su rostro se cubre de vergüenza” (34:5).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 113). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

ABRIL, 23

Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

Devocional por John Piper

Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: «Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto… Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar». (Jeremías 29:4-7)

Si esto era cierto para los desterrados de Dios en Babilonia, cuánto más cierto será para los exiliados cristianos de este mundo «babilónico». ¿Qué se supone que hagamos entonces?

Debemos hacer las tareas ordinarias que hacen falta llevar a cabo: edificar casas, vivir en ellas, plantar huertos. Nada de esto nos contamina si uno lo hace para el verdadero Rey y no solo para que los demás lo vean, como hacen los que quieren agradar a los hombres.

Procuremos el bienestar del lugar adonde Dios nos envió. Pensemos que somos enviados de Dios a ese lugar, porque en verdad lo somos.

Oremos al Señor por nuestra ciudad. Pidamos que cosas grandes y buenas sucedan ahí. Es evidente que Dios no es indiferente respecto al bienestar de ese lugar. Una razón para creerlo es que, en el bienestar de la ciudad, su pueblo también halla bienestar.

Esto no significa que debemos dejar de vivir como exiliados. De hecho, le hacemos más bien a este mundo al mantenernos libres de sus atracciones y deseos, perseverando en nuestra posición. Servimos más a nuestra ciudad tomando nuestros valores de la ciudad «que está por venir» (Hebreos 13:14). Le hacemos el mayor bien cuando llamamos a tantos ciudadanos como nos sea posible a convertirse en ciudadanos de «la Jerusalén de arriba» (Gálatas 4:26).

Vivamos de un modo que haga que los habitantes de nuestra ciudad deseen conocer a nuestro Rey.

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¿Qué es la verdad?

domingo 23 abril

Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.

Juan 18:37-38

¿Qué es la verdad?

Algunas preguntas de la Biblia

La comparecencia de Jesús ante Pilato es el juicio más conocido de todos los tiempos. Jesús era inocente y Pilato lo sabía muy bien porque ya lo había interrogado. Además, su mujer le había dicho: “No tengas nada que ver con ese justo” (Mateo 27:19). Pilato estaba perplejo, y los roles se invirtieron. Entonces fue el acusado quien advirtió a su juez, pues Jesús declaró a Pilato que si él era recto, y si “era de la verdad”, escucharía a aquel a quien juzgaba. Pilato respondió con esta pregunta, que era una escapatoria: ¿Qué es la verdad? Pilato era un escéptico: para él toda verdad era relativa. Pero si no existe la verdad absoluta, entonces la verdad no existe. En vez de escuchar la respuesta de Jesús, Pilato puso fin al diálogo y salió.

Quería liberar a Jesús y al mismo tiempo complacer a la multitud. ¡Eso era imposible! Entonces decidió condenar a muerte a quien sabía que era inocente. ¡Su habilidad política no le impidió cometer un crimen!

Si tenemos dudas sobre la verdad, debemos escuchar las respuestas que nos da la Biblia. Ella nos dice que la verdad está en Jesús (Efesios 4:21). Y Jesús mismo afirma: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

No hay nada más grave que oír las palabras de Jesús y no creerlas. Esto endurece la conciencia, y luego, como Pilato, podemos llegar a cometer el mal que no queríamos hacer, y a desviarnos del camino que conduce a la vida eterna.

Ezequiel 45 – 2 Pedro 3 – Salmo 47 – Proverbios 14:9-10

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