Complacientes

19 Abril 2017

Complacientes
por Charles R. Swindoll

Hechos 12:25

Hechos 13:3

Tengo que hacer un par de observaciones en cuanto a la naturaleza del ministerio. Muchas veces nos resulta difícil comprender la manera cómo Dios decide dirigirlo. Es más fácil encontrar dirección en el mundo empresarial en donde está claramente definido el resultado esperado, los accionistas a quienes habrá que rendir cuentas y los mercados específicos que sirven de guía a las decisiones de la empresa.

Los asuntos del ministerio rara vez son tan obvios y concretos. Le servimos a una Cabeza que no podemos ver y escuchamos una voz que no podemos oír literalmente. Muchas veces sentimos como si se nos estuviera pidiendo seguir un plan que no entendemos. Y tengo que repetir aquí que, durante el proceso de descubrir la dirección de Dios, estamos sujetos a cambios enormes. Son cambios que tenemos que aceptar en el poder del Espíritu si vamos a obedecer la dirección del Señor. Aunque somos responsables ante las iglesias que servimos, en última instancia cada uno de los siervos de Dios le rinde cuentas a Él. Sin esa clase de decidida devoción al Señor corremos el riesgo de convertirnos en personas complacientes con los demás. Los líderes cristianos que se convierten en instrumentos al dedicarse sólo a complacer a los demás, son unos peleles dignos de lástima.

Sinceramente, cuando era más joven hubo ocasiones en las que fallé en ese sentido, y siento pesar cuando recuerdo las ocasiones en que lo hice. De un ministerio dedicado a complacer a la gente nunca sale nada bueno.

En vez de ser guerreros al servicio del Rey, es fácil que nos convirtamos en peleles inseguros, con la confianza puesta en las opiniones humanas y anhelando la aprobación de los hombres. Pero, con la ayuda de la gracia divina, no volveré a caer en eso. Mi responsabilidad es comunicar lo que las personas necesitan, no lo que ellas quieren. Al hacerlo, esa verdad me impacta a mí con la misma autoridad que impacta a las personas con quienes me comunico. Que el Señor libre a todo pastor honesto, a todo líder de la iglesia que esté buscando la verdad y a todo cristiano de la esclavitud que significa el solo complacer a las personas.

Mi responsabilidad es comunicar lo que las personas necesitan, no lo que quieren—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“fiestas que yo he establecido”

19 ABRIL

“fiestas que yo he establecido”

Levítico 23 | Salmos 30 | Eclesiastés 6 | 2 Timoteo 2

Levítico 23 ofrece una descripción de las principales “fiestas que yo he establecido” (23:2). Estas incluyen el Sábado, el cual no se podía observar si se hacía un peregrinaje a Jerusalén. Las fiestas que se mencionan, sin embargo, están estrechamente ligadas con el templo de Jerusalén. Hay tres fiestas de esta clase, junto con las celebraciones relacionadas con las tres principales. (Más adelante, los judíos añadieron una cuarta fiesta.)

Aparte del propio Sábado, la primera de las fiestas designadas (o par de fiestas) era la Pascua emparejada con la Fiesta del Pan Sin Levadura. “La Pascua de Yahvé” comenzaba al atardecer del día 14 del primer mes judío (Nisán), cuando se comían los alimentos de la Pascua, y el pueblo se reunía para rememorar su liberación espectacular de Egipto. El próximo día era el comienzo de la Fiesta del Pan Sin Levadura, que duraba una semana, un recordatorio no sólo de su fuga rápida de Egipto, sino también de la instrucción por parte de Dios de dejar al lado toda levadura durante aquel período – símbolo de la decisión de descartar toda mala conducta. El primer y el séptimo día tenían que quedar libres del trabajo y solemnizados por las asambleas sagradas.

La Fiesta de las Primicias (23:9–14), seguida por la Fiesta de las Semanas (23:15–22) – las siete semanas inmediatamente después de las Primicias, que culminaban en el día cincuenta en una asamblea sagrada – era una manera poderosa, especialmente en una sociedad profundamente agraria, de recordar que Dios es quien nos provee todo lo que nos haga falta para vivir. Era una forma de dar testimonio a nuestra dependencia de Dios, de expresar nuestra gratitud individual y colectiva a nuestro Hacedor y Sustento. Hay cierto paralelismo con la Fiesta de “la Cosecha” en Inglaterra y del “Agradecimiento” en Canadá (la Fiesta del “Agradecimiento” en los EE.UU. es sólo en parte una fiesta de la cosecha, a la vez está cargada de un simbolismo fundamental que tiene que ver con la búsqueda de libertad en la nueva tierra). Pero no hay ninguna fiesta de agradecimiento que tenga más valor que la calidad de la gratitud entre los que participaban.

EL primer día del séptimo mes, otra asamblea sagrada, la Fiesta de las Trompetas, que se conmemoraba con trompetazos (23:23–25), anticipaba el Yom Kippur – el Día de la Propiciación (23:26–33) – el cual caía en el décimo día del séptimo mes. Este era el día en el que el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo llevando la sangre prescrita, para cubrir con ella tanto sus propios pecados como los del pueblo (ver la meditación del 12 de abril). El día quince de aquel mes comenzaba la Fiesta de los Tabernáculos, que duraba ocho días (23:33–36), cuando el pueblo tenía que vivir en “barracas” o “tabernáculos”, chozas y tiendas, para recordar los años de peregrinaje antes de entrar en la tierra prometida.

¿Cómo debería el pueblo del nuevo pacto recordar y conmemorar las provisiones de gran Dios de la alianza?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 109). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Hay futuro después de los fracasos

ABRIL, 19

Hay futuro después de los fracasos

Devocional por John Piper

No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades. (1 Samuel 12:20-21).

Los israelitas tuvieron temor y arrepentimiento cuando se dieron cuenta de que habían pecado al exigirle a Samuel que les diera un rey. Pero luego llegaron las buenas noticias: «No temáis; aunque vosotros habéis hecho todo este mal, no os apartéis de seguir al Señor, sino servid al Señor con todo vuestro corazón. No os debéis apartar, porque entonces iríais tras vanidades que ni aprovechan ni libran, pues son vanidades» (1 Samuel 12:20-21).

Este es el evangelio: a pesar de que han pecado grandemente y de que han deshonrado terriblemente al Señor, a pesar de que ahora tienen un rey que fue pecado obtener, a pesar de que ese pecado no se puede deshacer, ni se pueden evitar las dolorosas consecuencias que han de venir, aun así hay futuro y esperanza.

¡No teman! ¡No teman!

Luego en el versículo 22 llega el gran fundamento del evangelio: «Porque el Señor, a causa de su gran nombre, no desamparará a su pueblo, pues el Señor se ha complacido en haceros pueblo suyo».

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El escudo del creyente

miércoles 19 abril

El Señor es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado.

Salmo 28:7

Tomad toda la armadura de Dios… Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno.

Efesios 6:13, 16

El escudo del creyente

El escudo, arma defensiva muy antigua, todavía es utilizado por las fuerzas policiales. La Biblia menciona frecuentemente este instrumento de defensa de los guerreros. Pero muy a menudo la palabra escudo es empleada en sentido figurado.

Dios se presenta como un escudo que asegura la protección del que confía en él. Fortaleció a Abraham mediante estas palabras: “No temas… yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Génesis 15:1). Para expresar su agradecimiento a Dios, quien lo libró de sus enemigos, David escribió este cántico: “Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo… mi alto refugio” (2 Samuel 22:3).

Para todos los creyentes, hoy Dios sigue siendo ese escudo que los protege. Pueden decir, al igual que el apóstol Pablo: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31).

El escudo forma parte de “toda la armadura de Dios” que está a disposición del creyente. Es llamado el escudo de la fe porque representa la confianza en Dios quien lo protege de los ataques del diablo, de sus “dardos de fuego”. En efecto, Satanás trata de desestabilizar al creyente para impedirle obedecer a la Palabra de Dios e introducir dudas en su mente. Esos “dardos de fuego” pueden ser pérfidas insinuaciones, burlas, calumnias, humillaciones…

Amigos cristianos, sepamos resistir al diablo estando “firmes en la fe” (1 Pedro 5:9). Recordemos que “mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).

Ezequiel 41 – 1 Pedro 4 – Salmo 45:10-17 – Proverbios 14:1-2

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Tranquilidad ante la crítica

4/18/2017

Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados. (1 Pedro 4:14)

Tranquilidad ante la crítica

Una buena conciencia da tranquilidad y lo vindica a usted cuando lo calumnian. Estará libre de la tarea de señalar cualquier pecado, y su vida demostrará que son falsas las críticas. Cuando usted tiene una buena conciencia, el maltrato verbal y los insultos contra usted avergüenzan a su acusador, no a usted.

El mundo condena hipócritamente al cristianismo cuando puede señalar a un cristiano que haya desacreditado la fe. A los incrédulos les encanta señalar a un cristiano que peca para justificar así su propia conducta pecaminosa. Por lo tanto, viva sin tacha para que las acusaciones de los incrédulos no tengan fundamento alguno.

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Un suave codazo

18 Abril 2017

Un suave codazo
por Charles R. Swindoll

Hechos 12:25;13:3

Mientras ministraban al Señor, ayunando, alabando, enseñando, testificando y orando, el Espíritu Santo dijo: “¡Muy bien, amigos, amarren los vagones a los caballos. . . y hacia el oeste! Necesito a Bernabé y a Saulo para el trabajo que los he llamado”. ¿Puede usted imaginar cómo reaccionarían algunos hoy? “No puedes estar hablando en serio. ¿Vas a tomar a dos de nuestros cinco chefs para enviarlos a otro restaurante? ¡Nos vamos a morir de hambre! ¿Nos vas a quitar dos de los mejores maestros que tenemos para llevártelos a un campo misionero distante? Ellos son las dos quintas partes de nuestro liderazgo. ¡No podemos dejar que estos hombres se nos vayan!”

Pero nada de eso sucedió en Antioquía. Tan pronto como estos hombres entendieron que era el Espíritu de Dios quien los estaba enviando, los dejaron ir. Y el cambio ocurrió (¡observen bien esto!) “mientras ministraban”. No sucedió en medio de la quietud, cuando dejar ir a alguien era fácil o durante un período de transición de liderazgo. Dios sacó a esos hombres de ese magnífico ambiente cuando la iglesia estaba en su cima a toda marcha. ¡La gente llegaba por montones, las necesidades más profundas eran solucionadas, las almas estaban siendo salvadas, las vidas eran transformadas, las familias estaban siendo sanadas y el lugar era electrizante! Sin embargo, el Espíritu dijo: “Llegó el momento de un cambio”. ¿Quién lo habría imaginado? Pero Dios está lleno de sorpresas porque Él ve todo el panorama, mientras que nosotros nos enfocamos principalmente en el aquí y el ahora.

Era la manera como Dios les estaba diciendo a Bernabé y a Saulo que había llegado el momento de marcharse. A propósito, fue el Señor quien habló. En aquellos días el Señor se revelaba de varias maneras. Hoy, creo que Él nos habla por medio de Su Palabra, a través del suave codazo del Espíritu y a través del testimonio colectivo de su pueblo. Entonces, pudo haber ocurrido durante una visión nocturna o durante el tiempo en que los discípulos estaban orando, meditando en las Escrituras o ayunando. Un par de los líderes sintieron que el Señor los estaba guiando en una nueva dirección. Otros confirmaron la veracidad de la voz. El Señor había dicho, en realidad: “Tengo trabajo para ustedes dos en otro lugar. No para todos ustedes, solo para dos, y mi plan es el mejor. Dejen ir a Bernabé y a Saulo. Son a ellos a quienes estoy llamando”.

Así que ¡al oeste!

Él ve todo el panorama, mientras que nosotros nos enfocamos en el aquí y ahora.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Dios, toca nuestro corazón

ABRIL, 18

Dios, toca nuestro corazón

Devocional por John Piper

También Saúl se fue a su casa en Guibeá, y con él fueron los valientes cuyos corazones Dios había tocado. (1 Samuel 10:26)

Solo pensemos en lo que dice este versículo. Dios los tocó. No una esposa, ni un hijo, ni un padre, ni un consejero, sino Dios.

El Único en el universo con poder infinito; el Único con autoridad infinita y sabiduría infinita y amor infinito y bondad infinita y pureza infinita y justicia infinita. Ese Único Dios fue el que tocó los corazones.

¿Cómo hace la circunferencia de Júpiter para tocar el borde de una molécula? Ni hablemos de cómo haría para penetrar su núcleo.

El toque de Dios es impresionante por el hecho de que es un toque. Es un contacto real. El hecho de que afecte al corazón es asombroso; que sea Dios quien lo toca es maravilloso; y que se trate de un toque real es increíble.

A estos hombres valientes no solamente se les habló. Ellos no solamente fueron movidos por influencia divina. Ellos no solamente fueron vistos y conocidos. Dios, con infinita condescendencia, les tocó el corazón. Se acercó a ellos hasta ese punto. Y no fueron consumidos.

Amo ese toque. Lo anhelo más y más, para mí mismo y para todos ustedes. Ruego que Dios me toque nuevamente para su gloria, oro para que nos toque a todos nosotros.

¡Oh el toque de Dios! Si viene con fuego, que así sea. Si viene con agua que así sea. Si trae consigo viento, déjalo venir, Oh Dios. Si viene con truenos y relámpagos, postrémonos ante él.

¡Oh Dios ven! Acércate más a nosotros. Quema y empapa y sopla e impacta. O como susurro apacible, ven. Ven directo hacia nosotros, toca nuestro corazón.

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Nuestras familias

martes 18 abril

Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.

Hechos 16:31

Yo y mi casa serviremos al Señor.

Josué 24:15

Nuestras familias

Con razón muchas personas se conmueven al ver que la célula familiar se desintegra, pues la familia es la estructura sobre la cual está fundada toda la sociedad.

La Biblia habla mucho de la familia. Nos dice que Dios conoce a cada familia: “… el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:15). La casa del creyente tiene una posición privilegiada, pero también una gran responsabilidad.

–Privilegiada porque el deseo de Dios es salvar la familia del creyente. Es cierto que cada miembro de esta familia tendrá que creer personalmente en Jesucristo para ser salvo, pero el plan de Dios es bendecir tal casa. Noé “preparó el arca en que su casa se salvase” (Hebreos 11:7), de manera que él y los suyos escaparon del diluvio.

–Una gran responsabilidad, porque los padres deben enseñar a sus hijos las preciosas verdades de la fe y ponerlas en práctica ante ellos. ¡Feliz el hogar donde padres e hijos acostumbran reunirse un momento cada día para leer la Biblia, orar y cantar himnos juntos! Los hijos serán criados “en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Quizás usted diga que este cuadro idílico no se parece al de su casa… ¿Le gustaría que eso cambiase? ¡Entonces deje a Jesucristo entrar en su hogar y llenarlo con su presencia! Como a Zaqueo, el Señor nos dice: “Hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19:5).

Ezequiel 40:24-49 – 1 Pedro 3 – Salmo 45:6-9 – Proverbios 13:24-25

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Una buena conciencia

Una buena conciencia

4/17/2017

Teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo. (1 Pedro 3:16)

La conciencia acusa o excusa a una persona, obrando como fuente de convicción o afirmación. Una buena conciencia no acusa a un creyente de pecado porque está llevando una vida de santidad. Más bien, una buena conciencia confirma que todo anda bien, mientras que una mala conciencia indica pecado.

Un creyente debe vivir con la conciencia tranquila para que el peso de la culpa no lo abrume cuando se enfrenta a la crítica hostil. Sin embargo, si no tiene pasión por hacer el bien y servir a Cristo, conocerá el tremendo peso del merecido sentido de culpa. Una conciencia manchada no puede estar tranquila ni soportar el ataque furioso de las pruebas. Pero una conciencia tranquila lo ayudará a no estar ansioso ni atribulado durante sus pruebas.

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«Quisiéramos ver a Jesús»

17 de abril

«Quisiéramos ver a Jesús».

Juan 12:21

El clamor del mundano es siempre: «¿Quién nos mostrará el bien?». Él busca satisfacción en las comodidades, los goces y las riquezas terrenales. No obstante, el pecador transformado conoce un solo bien: «¿Quién me diera dónde hallarlo?». Cuando el pecador está realmente tan despierto como para sentir su pecado, si volcases a sus pies el oro de la India, diría: «Quítalo de mi vista. Yo quiero hallarle a él». El enfocar los deseos en un punto, de suerte que estos se concentren en determinado objeto, es una bendición. Cuando el hombre tiene cincuenta deseos, su corazón se parece a un lago de aguas estancadas convertidas en pantano, las cuales producen miasmas y pestilencia. Sin embargo, si se llevan todos esos deseos a un canal, el corazón de la persona se transforma en un río de aguas puras que corren rápidamente para fertilizar los campos. Dichoso el que tiene un solo deseo, si el mismo está centrado en Cristo, aunque dicho deseo quizá aún no se haya cumplido. El que Jesús sea el deseo de nuestra alma es buena señal de la obra divina interior. Tal persona nunca estará satisfecha con meras ceremonias, sino que dirá: «Yo necesito a Cristo, y debo tenerlo; las simples ceremonias no me servirán de nada. Yo lo necesito a él mismo. No me ofrezcáis, pues, estas cosas. Vosotros me ofrecéis el cántaro vacío, cuando yo me estoy muriendo de sed. Dadme agua o me muero. Jesús es el deseo de mi alma. Yo quisiera ver a Jesús».

¿Es esta, lector, tu condición en este momento? ¿Albergas tú un solo deseo y este tiene por objeto a Cristo? Entonces no estás lejos del Reino de los cielos. ¿Hay solamente un deseo en tu corazón, y es el de ser lavado de todos tus pecados en la sangre de Jesús? ¿Puedes decir realmente: «Daría cuanto tengo por ser cristiano; renunciaría a todo lo que poseo y a cada cosa que espero, si tan solo pudiese sentir que tengo parte en Cristo»? Entonces, a pesar de todos tus temores, anímate: el Señor te ama y pronto llegarás a la luz del día, y te regocijarás en la libertad con que Cristo hizo libres a los hombres.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 116). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.