Defensa de la fe

4/15/2017

Defensa de la fe

Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. (1 Pedro 3:15)

Cuando la sociedad ataca, hay que estar preparado para hacer una defensa. El término griego para “defensa” a menudo se refería a una defensa formal en un juzgado. Pero Pablo también empleó la palabra para describir su capacidad de responder a cualquiera que le preguntara; no solo un juez, un magistrado o un gobernador (Fil. 1:16-17). Además, la inclusión de la palabra siempre en el versículo de hoy indica que hay que estar preparado para responder en todas las situaciones y no solo en la esfera jurídica.

Sea en el ámbito oficial o de manera informal a cualquiera que pregunte, usted tiene que estar preparado para dar una respuesta acerca de “la esperanza que hay en vosotros” (1 P. 3:15), es decir, dar una descripción de su fe cristiana. Debe estar preparado para dar una explicación racional de su salvación.

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«Susténtales para siempre»

15 de abril

«Susténtales para siempre».

Salmo 28:9

El pueblo de Dios necesita que lo sustenten. Es, por naturaleza, muy pesado. No tiene alas; o, si las tiene, son semejantes a aquella paloma echada entre los tiestos: necesita de la gracia divina para remontarse con alas «cubiertas de plata y sus plumas con amarillez de oro» (Sal. 68:13). Las chispas se elevan en el aire por naturaleza, pero las almas pecadoras de los hombres caen al suelo. ¡Oh Señor, «susténtales para siempre»! David mismo dice en otro lugar: «A ti, oh Señor, elevo mi alma» (Sal. 25:1, LBLA); y aquí siente la necesidad de que las almas de otros hombres se vean también elevadas como la suya. Cuando pidas esta bendición para ti mismo, no te olvides de solicitarla también para otros. Hay tres aspectos en que los hijos de Dios necesitan ser elevados. Necesitan ser elevados en carácter. Elévalos, Señor; no permitas que tu pueblo sea semejante a la gente del mundo. El mundo está bajo el maligno; elévalos de allí. La gente del mundo va tras la plata y el oro, buscando su propio placer y la satisfacción de sus codicias. Sin embargo, Señor, eleva tú a los tuyos por encima de todo esto. Líbralos de ser «rebuscadores de estiércol», como llama John Bunyan al hombre que siempre iba tras el oro. Pon sus corazones en el Señor resucitado y en la herencia celestial. Además, los creyentes necesitan verse prosperados en el conflicto. ¡Oh Señor, si en la batalla pareciera que van a caer, complácete en darles la victoria! Si por un momento el pie del enemigo estuviese sobre sus cuellos, ayúdalos a empuñar la espada del Espíritu y, finalmente, a ganar la batalla. Señor, levanta el espíritu de tus hijos en el día del conflicto: no permitas que se sienten en el polvo, llorando perpetuamente. No dejes que el adversario los acose cruelmente y los destruya. No obstante, si como a Ana los han perseguido, permíteles cantar de la gracia de un Dios que liberta. Podemos también pedir al Señor que los eleve al final de la jornada. Elévalos, Señor; llévalos al hogar. Levanta sus cuerpos de la tumba y haz subir sus almas a tu Reino eterno en gloria.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 114). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“Yo soy el Señor”

15 ABRIL

“Yo soy el Señor”

Levítico 19 | Salmo 23–24 | Eclesiastés 2 | 1 Timoteo 4

Tal vez la característica más destacable de Levítico 19 sea la afirmación, repetida varias veces, “Yo soy el Señor”. En cada caso, esta afirmación ofrece a los israelitas la razón por la cual deben obedecer un mandamiento determinado.

Cada uno debe respetar a su padre y a su madre, y debe observar los sábados de Dios: “Yo soy el Señor” (19:3). No deben sucumbir a la idolatría. En la cosecha, han de dejar sin recoger lo suficiente como para que los pobres encontrasen de qué alimentarse: “Yo soy el Señor” (19:10). No debían jurar falsamente en nombre de Dios: “Yo soy el Señor” (19:12). No debían gastar bromas viles a expensas de los minusválidos, como maldecir a los sordos o poner piedras de tropiezo delante de los ciegos: “Yo soy el Señor” (19:14). No debían cometer ninguna acción que pusiera en peligro la vida de un prójimo: “Yo soy el Señor” (19:16). No debían ni buscar vengarse ni guardar rencor contra ningún prójimo, sino que cada uno debía amar al prójimo como a uno mismo: “Yo soy el Señor” (19:18). Al entrar en la tierra prometida, después de plantar un árbol, no debían comer el fruto durante un período de tres años, y luego debían ofrecer todos los frutos de todos los árboles en el cuarto año, antes de comer de ellos a partir del quinto año: “Yo soy el Señor” (19:23–25). No debían ni manipular ni tatuar sus cuerpos: “Yo soy el Señor” (19:28). Debían respetar los sábados de Dios y reverenciar el santuario: “Yo soy el Señor” (19:30). No debían recurrir ni a médiums ni a espiritistas: “yo soy el Señor” (19:31). Debían levantarse en presencia de los ancianos, y tener temor a Dios: “Yo soy el Señor” (19:32). Los extranjeros y los residentes en la tierra debían ser tratados como si fuesen nativos: “Yo soy el Señor” (19:33–34). Los negocios debían ser transparentes: “Yo soy el Señor” (19:35–36).

Aunque es cierto que hay algunos mandamientos en este capítulo que no acaban con esta fórmula, no obstante todos quedan recogidos bajo la misma bendición, pues el último versículo resume el capítulo por completo: “Obedeced todos mis estatutos. Poned por obra todos mis preceptos. Yo soy el Señor” (19:37).

Además, a juzgar por el primer versículo del capítulo, la fórmula “Yo soy el Señor” es, de hecho, un recordatorio de otra afirmación más larga: “El Señor le ordenó a Moisés que hablara con toda la asamblea de los israelitas y les dijera: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (19:1). Ya hemos reflexionado en el significado de la palabra “santo” (ver 8 de abril). Aquí, lo que nos llama la atención es que muchos de los mandamientos son sociales en cuanto a sus efectos (honestidad, generosidad, integridad, entre otros); no obstante el verdadero fundamento de todos ellos es la santidad de Yahvé. Para el pueblo del pacto, las motivaciones más altas tienen que ver con agradar a Dios y temer su castigo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 105). Barcelona: Publicaciones Andamio.

No seamos como el mulo

ABRIL, 15

No seamos como el mulo

Devocional por John Piper

No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. (Salmos 32:9)

Imaginemos al pueblo de Dios como un corral con todo tipo de animales. Dios tiene cuidado de ellos, les muestra adónde necesitan ir y les provee un establo para protegerlos.

Sin embargo, hay uno de los animales que en verdad le hace pasar un mal rato: el mulo. Es estúpido y testarudo, tanto que es difícil decir qué viene primero—obstinación o estupidez—.

Ahora bien, la manera en que a Dios le gusta llevar a los animales al establo en donde reciben alimento y refugio es dándoles un nombre y llamando a cada uno por su nombre. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (Salmos 32:8).

Pero el mulo se resiste a escuchar este tipo de instrucción. No tiene entendimiento. Por eso, Dios sale al campo en su camioneta, pone el cabestro y el freno en la boca del mulo, lo amarra a la camioneta y lo lleva a rastras, mientras el mulo se resiste y va bufando todo el camino hasta el establo.

Esa no es la manera en que Dios quiere que los animales se acerquen a él para recibir su bendición.

Llegará el día en que será muy tarde para ese mulo. El granizo lo golpeará, le caerán rayos, y cuando vaya corriendo al establo se encontrará con que la puerta está cerrada.

Por lo tanto, no seamos como el mulo; al contrario, que todo santo ore a Dios en el tiempo en que pueda ser hallado (Salmos 32:6).

Si no queremos ser como un mulo debemos humillarnos, acudir a Dios en oración, confesar nuestros pecados y aceptar, como pequeños y vulnerables pollitos de corral, la dirección de Dios que nos conduce al establo de su protección.

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La crucifixión de Jesucristo (2)

sábado 15 abril

Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo… Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros… Fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Romanos 5:6-10

La crucifixión de Jesucristo (2)

Los hombres tienen una gran responsabilidad en la muerte de Jesucristo. Pero, ¿se puede reducir esta muerte a una decisión jurídica injusta?

Los evangelios nos revelan otro aspecto: Jesús sabía por adelantado lo que le esperaba. Lo había dicho varias veces a sus discípulos: “El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán” (Mateo 17:22-23). Jesús, pues, sabía esto, sin embargo había decidido ofrecerse voluntariamente a Dios y dar su vida para salvar a la humanidad.

Dios es santo, absolutamente separado del mal, y el pecado (la desobediencia a Dios) es totalmente incompatible con su santidad. Pero Dios también es amor y se compadece de nosotros los pecadores. ¿Cómo pudo conciliar su santidad y su amor? La cruz de Jesucristo es la respuesta divina a esta pregunta. Jesús aceptó morir en una cruz por obediencia a Dios, quien lo había enviado, y por amor al pecador. Él, que no tenía pecado, tomó los nuestros sobre sí y sufrió el castigo. Jesús tomó el lugar de los culpables. El precio fue pagado y la justicia de Dios fue satisfecha. Dios es justo al perdonar totalmente a todos los que reconocen que Jesús murió para expiar sus pecados.

Cristo murió un viernes por la noche y fue puesto en la tumba, ¡pero la muerte no pudo retener al Hijo de Dios!

(mañana continuará)

Ezequiel 38 – 1 Pedro 1:13-25 – Salmo 44:9-16 – Proverbios 13:18-19

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Devoción a Cristo

4/14/2017

Devoción a Cristo

Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones. (1 Pedro 3:15)

A pesar de la oposición a la que pueda enfrentarse el creyente en este mundo, siempre debe afirmar en su corazón que Cristo es Señor. Debe aceptar y reconocer la soberanía y majestad del Señor, temiendo solo a Él.

El creyente que santifica a Cristo lo exalta como el objeto de su amor y su lealtad. Reconoce su perfección, ensalza su gloria y exalta su grandeza. Se somete a la voluntad de Dios, comprendiendo que su voluntad a veces implica sufrimiento. Vivir de esa manera es adornar en todo “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tit. 2:10).

Como cristiano, tiene que consagrarse a honrar a Cristo como Señor, aun en medio del sufrimiento. La sumisión a Él le dará valor y fortaleza en medio de la hostilidad.

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La crucifixión de Jesucristo (1)

viernes 14 abril

Jesús… anduvo haciendo bienes y sanando…

Hechos 10:38

(Pilato) les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho este? Ningún delito digno de muerte he hallado en él… Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado… Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían.

Lucas 23:22-24

La crucifixión de Jesucristo (1)

La crucifixión, «ese castigo de los más crueles y viles», según las palabras de Cicerón (autor latino del 1er siglo), era infligido por los romanos a los esclavos fugitivos y a los extranjeros criminales y rebeldes. Miles de condenados lo sufrieron, hasta que el emperador Constantino lo prohibió en el año 320.

Los evangelios relatan que Jesucristo fue condenado a esta muerte horrible. Pero, ¿qué crimen había cometido? Había manifestado compasión por los pobres, los abandonados, había alimentado a las multitudes, sanado a los enfermos, resucitado a muertos… Las multitudes se daban prisa para escuchar sus palabras de sabiduría y gracia. Pero Jesús también desenmascaraba las hipocresías y denunciaba el mal. Entonces, ¿por qué fue condenado? Las autoridades religiosas, celosas de su influencia, lo detuvieron y, después de un simulacro de juicio, lo acusaron de blasfemia porque había declarado que era el Hijo de Dios. Lo entregaron a la autoridad romana para que lo matasen. Pilato, aunque en tres ocasiones reconoció la inocencia de Jesús, cedió a su presión y lo condenó al suplicio de la cruz.

Pero, ¿fue esta la única razón de la muerte del Cristo? ¿Podemos considerarla solo como el resultado de un proceso inicuo, de un error jurídico voluntario? La Biblia nos señala otro aspecto sorprendente: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?” (Lucas 24:26).

(mañana continuará)

Ezequiel 37 – 1 Pedro 1:1-12 – Salmo 44:1-8 – Proverbios 13:16-17

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Oremos por su fama

ABRIL, 14

Oremos por su fama

Devocional por John Piper

Vosotros, pues, orad de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre…
(Mateo 6:9)

Decenas de veces las Escrituras dicen que Dios hace cosas «en honor a su nombre». Pero si nos preguntamos qué es lo que realmente mueve el corazón de Dios en esa declaración (y en muchas otras similares), la respuesta es que Dios se deleita en que su nombre sea conocido.

La primera oración, y la más importante que puede decirse, es: «santificado sea tu nombre». Es una oración a Dios para que él haga que las personas santifiquen su nombre.

Dios ama el hecho de que más y más personas «santifiquen» su nombre, y por eso su Hijo enseña a los cristianos a decir sus oraciones en línea con la gran pasión del Padre.

«Señor, haz que cada vez más personas santifiquen tu nombre», es decir, que lo estimen, lo admiren, lo respeten, lo honren, lo alaben, y se deleiten en su nombre. Es básicamente una oración misionera.

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Un destino incomparable

Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás, y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle.

Mateo 26:2-4

Un destino incomparable

Nadie sabe de antemano lo que le reserva la vida; nadie, excepto el Hijo de Dios. Jesús sabía perfectamente todo lo que le iba a suceder. Sabía que iba a nacer en medio de la pobreza, que poco después de su nacimiento un rey trataría de matarlo, que durante toda su vida sería incomprendido y odiado por sus conciudadanos, que finalmente sería condenado a morir crucificado. Anunció su suplicio incluso antes de que los jefes religiosos decidiesen qué hacer con él. Él prosiguió su camino hasta aceptar la muerte en la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

¡Su actitud es un misterio para la razón! Solo la fe puede apreciar el amor de Jesús, que lo hizo seguir un camino tan duro para salvar al hombre. Esta vida de sufrimiento hasta la cruz hizo resaltar la obediencia de un hombre totalmente consagrado a la obra que Dios le había encomendado, de un hombre que, con pleno conocimiento de lo que le iba a suceder, nunca dio marcha atrás. Solo él, el hombre sin pecado, tuvo que soportar el juicio de Dios contra nuestros pecados: “El castigo de nuestra paz fue sobre él… El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

Jesús también sabía que la muerte no podía retenerlo, y que debido a su perfección de hombre obediente, Dios lo resucitaría de entre los muertos, lo llevaría al cielo y lo glorificaría: ¡qué final tan glorioso!

Ezequiel 36:13-38 – 2 Tesalonicenses 3 – Salmo 43 – Proverbios 13:14-15

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«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya»

13 de abril

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya».

Levítico 1:4

La verdad de que nuestro Señor fue hecho «pecado por nosotros» se enseña aquí por medio de la muy significativa transferencia del pecado sobre el buey, llevada a cabo por los ancianos del pueblo. El poner la mano no suponía meramente hacer contacto, porque en algunos otros pasajes de las Escrituras la palabra original tiene el significado de apoyarse pesadamente, como en la expresión «sobre mí reposa tu ira» (Sal. 88:7). Sin duda, esta es la misma esencia y naturaleza de la fe: que no solo nos pone en contacto con el gran Sustituto, sino que nos enseña a apoyarnos en él con toda la carga de nuestro pecado. El Señor reunió sobre la cabeza del Sustituto todas las ofensas del pueblo de su pacto, pero a cada uno de los elegidos se le conduce personalmente a ratificar ese solemne pacto cuando, por gracia, mediante de la fe, se le permite poner la mano sobre la cabeza del «Cordero inmolado desde la fundación del mundo». Creyente, ¿recuerdas aquel glorioso día cuando experimentaste el perdón por medio de Jesús, que es quien quita el pecado? ¿No puedes hacer una alegre confesión y unirte al escritor diciendo: «Mi alma recuerda con placer el día de su liberación. Cargado de pecado y lleno de temores vi a mi Salvador como mi Sustituto y puse mi mano sobre él»? ¡Oh, cuán tímidamente hice yo esto al principio! Sin embargo, mi valor fue creciendo y mi confianza se fue afirmando, hasta que apoyé mi alma entera sobre él. Ahora mi incesante gozo es saber que no se me imputan más mis pecados, sino que él ha cargado con ellos. Y, a semejanza de las deudas del que cayó en manos de ladrones, Jesús, como el buen samaritano, ha dicho de mis futuras caídas: «Ponlas a mi cuenta». ¡Bendito descubrimiento! ¡Eterno solaz de un corazón agradecido!

Confieso que culpable soy,

confieso que soy vil;

empero por ti salvo estoy,

seguro en tu redil.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 112). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.