«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

13 ABRIL

«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

Levítico 17 | Salmo 20–21 | Proverbios 31 | 1 Timoteo 2

Había dos especificaciones, según Levítico 17, que constreñían a los antiguos israelitas que quisieran mantenerse fieles al pacto.

En primer lugar (17:1–9), los sacrificios estaban limitados a aquello que estuviese prescrito según el pacto mosaico. Parece ser que algunos israelitas ofrecían sacrificios en el campo abierto, allá donde estuviesen (17:5). Sin duda unos estaban ofreciendo genuinamente sacrificios a Yahvé; mientras otros se deslizaban hacia ofrendas sincretistas, consagradas a dioses paganos (17:7). Someter las prácticas sacrificiales a la disciplina del tabernáculo (y más adelante del templo) tenía como propósito eliminar el sincretismo y, al mismo tiempo, adiestrar al pueblo en las estructuras intrínsecas del pacto mosaico. Allí fuera, en el campo, era demasiado fácil dar por sentado que estas prácticas religiosas contaban con la aprobación de Dios (¡o de los dioses!), y asegurarse así unas buenas cosechas y unos hijos bien plantados. Idealmente, el sistema del tabernáculo/templo sujetó al pueblo al tutelaje de los levitas, que enseñaban al pueblo que había un camino mejor. Dios mismo había mandado este sistema. Únicamente serían aceptables los mediadores y los sacrificios prescritos por él. La razón de ser de la estructura en su conjunto era dar mayor énfasis a la trascendencia de Dios, establecer y poner de manifiesto en la mente del pueblo lo feo y vil que era el pecado y demostrar que sólo podían ser aceptables a ojos de Dios si este pecado era expiado. Además, el sistema tenía dos ventajas más. Servía para reunir al pueblo en las fiestas que se celebraban tres veces al año en Jerusalén, lo cual aseguraba la cohesión del pueblo del pacto; y mediante los sacrificios anuales, también preparó el camino hacia el sacrificio supremo, inculcando en la mente de generaciones de creyentes que el pecado debe ser confrontado y absuelto tal como Dios mismo manda, o de otra manera no queda esperanza para ninguno de nosotros.

La segunda limitación impuesta en este capítulo (17:10–16) es la prohibición de comer sangre. La razón que se da es muy específica: “Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo os la he dado sobre el altar, para que hagáis propiciación por vosotros mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre” (17:11). El texto no atribuye ningún poder mágico a la sangre. Al fin y al cabo, la vida no reside en la sangre aparte del resto del cuerpo, y esta prohibición estricta contra el comer sangre no podía ser ejecutada a la perfección (puesto que, por mucho que intentes drenar la sangre de un animal, siempre queda sangre en el cuerpo). Lo que el texto quiere subrayar es que no hay vida en el cuerpo sin sangre; es el elemento físico más obvio para simbolizar la vida misma. Para enseñar al pueblo que sólo el sacrificio de una vida podía servir como medio de propiciación – puesto que el castigo del pecado es la muerte –, es difícil imaginarse una prohibición más contundente y eficaz. Recordamos su significado cada vez que participamos de la Mesa del Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 103). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Háblenle a sus lágrimas

ABRIL, 13

Háblenle a sus lágrimas

Devocional por John Piper

Los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. El que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas. (Salmos 126:5-6)

No hay nada penoso en sembrar semillas. No toma más trabajo que cosechar. Los días pueden ser hermosos. Puede haber gran esperanza de una cosecha.

Sin embargo, el salmo habla de «sembrar con lágrimas». Habla de alguien «que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra». Entonces, ¿por qué está llorando?

Pienso que la razón no es que sembrar sea una tarea penosa o que cosechar sea difícil. Pienso que la razón no tiene nada que ver con sembrar. Sembrar simplemente es el trabajo que tiene que hacerse inclusive cuando haya cosas en la vida que nos hagan llorar.

Las cosechas no esperarán a que terminemos con nuestra pena o a que resolvamos todos nuestros problemas. Si queremos comer en el próximo invierno, deberemos salir al campo y plantar la semilla, estemos sufriendo o no. Si hacemos eso, la promesa del salmo es que segaremos «con gritos de júbilo» y volveremos «con gritos de alegría, trayendo [nuestras] gavillas». No es porque las lágrimas de la siembra produzcan el gozo de la cosecha, sino porque la simple siembra produce cosecha, y tenemos que recordar esto aun cuando nuestras lágrimas nos tienten a dejar de sembrar.

La lección es la siguiente: cuando haya tareas simples y claras que debamos hacer y nos encontremos llenos de tristeza, y las lágrimas fluyan fácilmente, sigamos adelante y hagamos el trabajo con lágrimas. Seamos realistas. Digamos a nuestras lágrimas: «Lágrimas, las estoy sintiendo. Ustedes hacen que quiera renunciar a la vida, pero hay un campo que debo sembrar (platos que lavar, auto que arreglar, sermón que escribir)».

Luego digamos, basándonos en la Palabra de Dios: «Lágrimas, sé que no se quedarán para siempre. El mismo hecho de que simplemente haga mi trabajo (con lágrimas y todo) traerá al final una cosecha de bendiciones. Entonces, continúen cayendo si deben hacerlo, pero yo creo (no lo veo ni lo siento completamente), creo que el simple trabajo de mi siembra traerá gavillas de cosecha». Y nuestras lágrimas se convertirán en gozo.

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Dios con nosotros

12 Abril 2017

Dios con nosotros
por Charles R. Swindoll

Marcos 15:37-38 – Juan 1:14 – 1 Corintios 3:16 – Hebreos 10:19-20 – Apocalipsis 21:22

El plan de Dios a través de los siglos ha sido que Su pueblo se acerque a Él mientras Él habita en ellos. Lo hizo primeramente en la tienda del Tabernáculo, luego en una sección del templo santo, después en la tierra, en la persona de Su Hijo Jesús y ahora viviendo en todos los creyentes en Cristo a través de Su Espíritu.

El primer templo de Jerusalén, visualizado por David y construido por Salomón, era el lugar escogido por Dios para que Su gloria habitara. Esa estructura hermosa se convirtió en un símbolo de la presencia de Dios en la tierra, un lugar donde la gente podía ir cuando querían estar cerca de Dios. Ese templo fue destruido en el año 586 a.C. Otro templo fue construido 70 años después por Zorobabel y luego Herodes el Grande, durante la época de Jesús, lo convirtió en una estructura monumental. Sin embargo, para entonces, la presencia de Dios ya había abandonado el templo debido a la incredulidad de Israel.

En la búsqueda incansable por tener una relación con Su pueblo, Dios provee una nueva y mejor alternativa. Sí, algo mejor que el templo. Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, para que fuese el «tabernáculo» en medio de nosotros (ver Juan 1:14). En ninguna otra parte de la Escritura esta imagen se muestra de una manera tan clara como en el templo mismo el día que Cristo murió: «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo». De esta forma dramática, Dios le mostró al mundo que Él había aceptado el sacrificio de Jesús por nuestros pecados. Ya no eran necesarios más sacrificios en el templo. Dios ilustró este nuevo plan al permitir que las personas tuvieran acceso directo hacia Él: “Tenemos confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir Su carne».

Para hacer este acceso aún más personal, Dios elige revelar Su presencia a través de Su Espíritu el cual vive en cada creyente. «¿Acaso no saben que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en ustedes?» Además, tenemos la promesa de que un día ya no necesitaremos ningún templo. El apóstol Juan escribió: «Y no vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor, el Dios todopoderoso, y el Cordero». ¡Podremos ver y moraremos con Dios, cara a cara!

No de motivo alguno

4/12/2017

No de motivo alguno

Si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. (1 Pedro 3:14)

No es probable pero, según el apóstol Pedro, hay una remota posibilidad de que usted sufra por ser justo. En realidad, muchos cristianos sufrieron por su obediencia a Cristo en la iglesia primitiva, pero otros sufrieron por su desobediencia. Cuando un cristiano desobedece la Palabra de Dios, el mundo siente una mayor justificación y una mayor libertad para la hostilidad. Ni los cristianos consagrados deben sorprenderse ni temer cuando el mundo los trata con hostilidad.

La pasión por hacer el bien no es ninguna garantía contra la persecución. El hacer lo bueno reduce esa probabilidad. Nadie hizo más bien que Jesús, pero un mundo adverso finalmente lo mató. No obstante, usted debe vivir de modo que los críticos no tengan justificación alguna para acusarlo de nada.

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«El huerto del rey»

12 de abril

«El huerto del rey»

Nehemías 3:15

La mención del huerto del rey por parte de Nehemías trae a nuestra mente el paraíso que el Rey de reyes preparó para Adán. El pecado arruinó completamente aquella hermosa morada de todos los placeres e hizo caer a los hijos de los hombres al suelo, el cual les produce espinos y cardos. Alma mía, recuerda la Caída, pues fue tu caída. Laméntate mucho de que el Señor de amor fuera tan ignominiosamente tratado por la cabeza de la raza humana, de la que tú eres un miembro tan indigno como cualquier otro. Mira cómo los dragones y los demonios residen en esta hermosa tierra, que una vez fuera un huerto de placer.

Mira más allá, a otro huerto del Rey que este riega con el sudor de su sangre: Getsemaní, cuyas amargas hierbas son para las almas regeneradas mucho más agradables que los sabrosos frutos del Edén. Allí se reparó el daño que la serpiente había causado en el primer huerto; allí se quitó la maldición de la tierra, con la cual cargó la simiente prometida de la mujer. Alma mía, piensa mucho en la angustia y en la Pasión; visita el huerto de la almazara y mira a tu gran Redentor, redimiéndote de tu estado de perdición. En realidad, este es el huerto de los huertos, donde el alma puede ver la culpa del pecado y el poder del amor: dos aspectos que sobrepasan a todos los demás.

¿No hay otro huerto más del Rey? Sí, corazón mío, tú eres ese huerto, o debieras serlo. ¿Cómo florecen en ti las flores? ¿Hay algunos frutos selectos? ¿Anda el Rey en ese huerto y descansa en los cenadores de mi espíritu? ¡Asegúreme yo de que las plantas estén podadas y regadas, y de que se cacen las dañinas zorras! Ven, Señor, y permite que el viento celestial sople con tu venida para que las fragancias de tu huerto lo llenen todo. Tampoco debo olvidar ese otro huerto del Rey que es la Iglesia. ¡Oh Señor, prospérala! Reedifica sus muros, nutre sus plantas, madura sus frutos, y del dilatado desierto desmonta el yermo estéril y conviértelo en «el huerto del Rey».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 111). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Autorrevelación!

12 ABRIL

¡Autorrevelación!

Levítico 16 | Salmo 19 | Proverbios 30 | 1 Timoteo 1

Dios es maravilloso en su autorrevelación. Ha sido generoso en las maneras en las que se ha dado a conocer, lo ha hecho por la naturaleza, por su Espíritu, por su Palabra, en los grandes acontecimientos de la historia redentora, por las instituciones que ordenó para desvelar sus propósitos y su naturaleza, e incluso por la manera como los seres humanos estamos hechos. (Somos portadores de la Imago Dei.) El Salmo 19 presenta dos vías de la autorrevelación de Dios.

La primera de estas vías es la naturaleza o, para ser más preciso, una parte de la naturaleza, es decir “las huestes celestiales”, observadas y disfrutadas por todos nosotros. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber” (19:1–2). Pero, de la misma manera que los pueblos de la antigüedad inventaron mitos complejos para explicar el sol, la luna y los astros, la vergüenza de nuestra cultura es que nos inventamos complejos mitos “científicos” para explicarlos también. Por supuesto, nuestro conocimiento de cómo son las cosas en realidad es mucho más avanzado y preciso que el de los antiguos. No obstante, su compromiso enraizado con la noción de una organización ciega, fortuita, sin propósito de un universo infinito es lamentablemente perversa – cualquier esquema funciona mientras excluya la conclusión más patente de un Dios supremamente inteligente, capaz de componer un diseño espectacularmente asombroso. La evidencia está aquí: “Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber”.

La segunda vía es “La ley del Señor, es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre. Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas. Son más deseables que el oro, más que mucho oro refinado; son más dulces que la miel, la miel que destila del panal. Por ellas queda advertido tu siervo; quien las obedece recibe una gran recompensa” (19:7–11). Aquí también logramos recortar y minar lo que Dios ha revelado. Teólogos académicos desperdician sus vidas socavando su credibilidad. Mucha gente escoge secciones y temas aquí y allá, y con ellos construyen planteamientos que sirven para excluir el conjunto. Las tendencias de la cultura hacen que se construyan nuevas epistemologías que relativizan las palabras de Dios de modo que estas solo sean consideradas al mismo nivel que documentos originales de cualquier otra religión. Y peor aún, los creyentes invierten tan poco tiempo y energía para aprender lo que dicen que es la Palabra de Dios, que va perdiendo influencia por defecto. No obstante, sigue siendo una revelación inimaginablemente gloriosa.

Levítico 16 nos muestra otra vía de revelación. Dios, movido por la gracia, instituyó un rito anual, bajo el antiguo pacto, que sirvió para reflejar algunos principios fundamentales de su naturaleza, y de lo que le es aceptable. Los pecadores culpables pueden acercarse a él gracias a un mediador y un sacrificio sangriento que él ha prescrito: el Día de la Propiciación es tanto un ritual como una profecía (ver Hebreos 9:11–10:18).

Respondamos con el salmista: “Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, “roca mía y redentor mío” (19:14).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, pp. 102–103). Barcelona: Publicaciones Andamio.

No podemos perder al final

ABRIL, 12

No podemos perder al final

Devocional por John Piper

Llévense una guardia de soldados —les ordenó Pilato—, y vayan a asegurar el sepulcro lo mejor que puedan. (Mateo 27:65)

Cuando Jesús estaba muerto y enterrado, con una gran roca que fuera rodada contra la tumba, los fariseos le pidieron permiso a Pilato para sellar la roca y cuidar la tumba.

Hicieron lo más que pudieron… en vano.

Era inútil entonces, es inútil hoy día y siempre será inútil. No importa cuánto traten de hacer, nadie podrá mantener a Jesús derrocado. No lo podrán mantener enterrado.

No es difícil darse cuenta: Él puede salir porque no fue forzado a entrar. Él mismo se dejó difamar y acosar y votar en su contra y despreciar y patear y matar.

Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy de mi propia voluntad. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para tomarla de nuevo (Juan 10:17-18).

Nadie puede mantenerlo caído porque nadie jamás lo tumbó. Él dio su vida cuando estaba listo.

Cuando parece que estará enterrado para siempre, Jesús está haciendo algo maravilloso en la oscuridad. «El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe» (Marcos 4:26-27).

El mundo cree que Jesús ya no está —que está fuera del camino— pero Jesús está trabajando en los lugares donde hay oscuridad. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Juan 12:24). Él se dejó enterrar —«Nadie me quita la vida»— y vendrá en poder cuando a él le plazca —«tengo autoridad para tomarla de nuevo»—.

«…a quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella» (Hechos 2:24). Jesús tiene su sacerdocio hoy día «según el poder de una vida indestructible» (Hebreos 7:16).

Durante veinte siglos, el mundo ha hecho lo imposible —en vano—. No lo pueden enterrar. No lo pueden controlar. No lo pueden callar o limitar. Jesús está vivo y totalmente libre para ir y venir adonde le plazca.

Confiemos en él y vayamos con él, sin importar adónde. No podemos perder al final.

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¿Cómo podemos creer?

miércoles 12 abril

(Jesús dijo:) ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?

Juan 5:44

Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.

Juan 12:46

¿Cómo podemos creer?

Algunas preguntas de la Biblia

Jesús da este consejo: leer atentamente las Escrituras (la Biblia), pues “ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

Y añade: “No queréis venir a mí para que tengáis vida” (v. 40). Es a él a quien debemos ir. Pero nuestra propia voluntad puede ser el primer obstáculo que nos impide aceptar su oferta. Ir a Jesús para tener la vida es aceptar un verdadero acercamiento, sin sombras, porque Jesús es la verdad. ¿Esto va a orientar nuestra decisión? Sea como sea, la invitación del Salvador es generosa, liberal, gratuita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados…” (Mateo 11:28). Pero Dios no fuerza a nadie, pues respeta al hombre. Cada uno está invitado a responder: «¡Sí, voy!».

Otro obstáculo puede presentarse a la fe: el hecho de buscar la gloria que viene del hombre. Esto consiste en decir: «¿Qué van a pensar si acepto el Evangelio? ¿Podré conservar mis amigos, mi reputación, la consideración de los demás?».

¡Sin embargo, la verdad es mucho más valiosa que la reputación! Jesús nos enseña que debemos buscar “la gloria que viene del Dios único”, es decir, buscar su aprobación, tratar de agradarle humildemente y cueste lo que cueste. Así experimentaremos la verdadera libertad y una profunda paz. Jesús también dijo: “Todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla” (Mateo 7:8). El Señor va al encuentro de todo el que lo busca.

Ezequiel 35:1-36:12 – 2 Tesalonicenses 2 – Salmo 42:7-11 – Proverbios 13:12-13

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Pasión por hacer el bien

4/11/2017

Pasión por hacer el bien

¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? (1 Pedro 3:13)

A la mayoría de las personas les resulta difícil maltratar a quienes son fervientes en hacer el bien. Aquellos a quienes les encanta hacer el bien a menudo son generosos, desinteresados, bondadosos, amorosos y atentos. Pero no se tolera a los engañadores que roban a las viudas y a los huérfanos. Aun los inconversos condenan a quienes se hacen ricos a expensas de los demás.

Una persona que es generosa y atenta con los demás por lo general no es objeto de hostilidad. Eso es lo que quiere decir Pedro en el versículo de hoy. Pedro quería que todos sus lectores procuraran fer­vo­ro­sa­mente hacer el bien. La pasión por hacer el bien resulta en una vida limpia, que debe ser la meta y el deleite de todo creyente. Cuando se está apasionado por la vida espiritual, se pierde cualquier apetito por las atracciones profanas del mundo.

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«Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados»

11 de abril

«Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados».

Salmo 25:18

Es beneficioso para nosotros cuando las oraciones por nuestras aflicciones van unidas a las súplicas por nuestros pecados; cuando, hallándonos bajo la mano de Dios, no somos completamente absorbidos por nuestros padecimientos, sino que recordamos nuestras ofensas contra él. Es un bien, asimismo, llevar las aflicciones y los pecados al mismo lugar. David llevó su aflicción a Dios, y a él confesó su pecado. Observemos, entonces, que nosotros también debemos llevar nuestras aflicciones a Dios. Aun tus pequeños pesares puedes echarlos sobre Dios, pues él cuenta los cabellos de nuestras cabezas; pero también puedes confiarle tus grandes pesares, ya que él encierra el océano en el hueco de su mano. Ve a él, cualquiera que sea tu presente dificultad, y lo hallarás capaz y deseoso de socorrerte. Sin embargo, también debemos llevarle a él nuestros pecados. Debemos llevarlos a la cruz, para que la sangre caiga sobre ellos y borre su culpa, eliminando su poder corruptor.

La lección especial del versículo es esta: que nosotros debemos ir al Señor con pesares y pecados en un espíritu recto. Observa que todo lo que David pide para su aflicción es: «Mira mi aflicción y mi trabajo». No obstante, la otra petición es mucho más expresiva, definida, categórica y clara: «Perdona todos mis pecados». Muchos pacientes se expresan así: «Quita mi aflicción y mi trabajo, y mira mis pecados». Sin embargo, David no habla de ese modo; sino que dice: «Señor, en cuanto a mi aflicción y mi trabajo no daré órdenes a tu sabiduría. Míralos; te los entrego a ti. Será motivo de gozo para mí el ver mi dolor eliminado; pero haz como tú quieras. Empero, en cuanto a mis pecados, necesito que me sean perdonados. No puedo resistir un momento más bajo su maldición». Un cristiano considera más llevaderas las aflicciones que el pecado. Puede tolerar que sus enfermedades continúen, pero no es capaz de soportar la carga de sus transgresiones.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 110). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.