«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino, pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros».

3 de abril

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino, pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros».

Isaías 53:6 (LBLA)

Aquí tenemos una confesión de pecado que es común a todos los elegidos de Dios. Ellos han caído y, por tanto, dicen al unísono, desde el primero que entró en el Cielo hasta el último que lo hará: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas». La confesión, aparte de ser unánime, es también especial y particular: «Nos apartamos cada cual por su camino». Hay una pecaminosidad peculiar a cada individuo: todos son pecadores, pero cada uno tiene un agravante que no se encuentra en su prójimo. Esta es la señal del genuino arrepentimiento: que mientras el mismo se identifica naturalmente con los otros penitentes, asume también una posición de soledad. «Nos apartamos cada cual por su camino» es una confesión de que cada hombre ha pecado contra una luz particular o tiene un agravante que no ha podido ver en otros. Esta confesión es una confesión sin reservas. No hay una sola palabra que disminuya su fuerza, ni una sílaba que pueda pronunciarse a modo de excusa. La confesión es una renuncia a toda pretensión de justicia propia; es la declaración de hombres que son conscientemente culpables: culpables con agravantes, culpables sin excusas… Tienen sus armas rotas en pedazos, y claman: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino». Sin embargo, acompañando a esta confesión de pecados no oímos lamentos de dolor; muy al contrario, la siguiente frase convierte la misma casi en un cántico: «El Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Esta es, de las tres, la frase más triste, pero rebosa estímulo. Extraña cosa es que allí donde se concentró la desdicha reinó la misericordia; donde el dolor alcanzó su clímax, las almas fatigadas hallaron descanso. El Salvador herido es la medicina para los corazones lacerados: ve cómo el más hondo arrepentimiento da lugar a una segura confianza, simplemente con mirar a Cristo en la cruz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 102). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Engaño, Mentira!

¡Engaño, Mentira!

3 ABRIL

Levítico 6 | Salmos 5–6 | Proverbios 21 | Colosenses 4

Al comienzo de Levítico 6, el Señor establece, mediante Moisés, lo que ha de suceder en caso de que alguien de la comunidad haya mentido a su prójimo acerca de algo que le hubiese sido encomendado, o le haya engañado, o mentido acerca de alguna propiedad recuperada a fin de podérsela quedar, o haya cometido perjurio, o alguno de una serie de pecados. Hay dos observaciones que servirán para esclarecer lo que estos versículos (6:1–7) contribuyen a la estructura legal y moral que aquí se desarrolla.

(1) Los lectores de Levítico, especialmente los lectores de la versión NVI, estarán familiarizados con la distinción que se hace entre los pecados no intencionales y (una buena parte de Lev 4) y los intencionales. Algunos intérpretes han argumentado que no hay sacrificios para propiciar los pecados intencionales. Quien peque intencionalmente queda excluido de la comunidad.

Parte del problema tiene que ver con la traducción intencional y no intencional. La palabra intencional se usa a menudo para reflejar una expresión hebrea que significa “con mano levantada”; la palabra traducida no intencional significa “no con mano levantada”. Esta explicación preliminar será importante mientras reflexionemos en Lev 6:1–7. Los pecados que aquí se describen son todos ellos intencionales en el sentido moderno de la palabra; no puedes mentir, engañar ni cometer perjurio sin tener la intención de hacerlo. Hay un procedimiento a seguir mandado por Dios: la restitución allí donde sea posible (siguiendo los pasos prescritos en Éxodo 22), seguida por la confesión y los sacrificios.

Por supuesto que se adquiere cierta medida de culpabilidad no intencional aunque uno no sea consciente de haber cometido un delito (como en 5:3); sigue habiendo culpa, pues se trataba de un acto prohibido, aun cuando quien lo haya cometido no sea consciente de haber cometido un delito. Otra clase de culpa “no intencional” no se refiere a la culpa acumulada sin saber que uno actuaba mal, sino a la culpa acumulada conscientemente, aún cuando el delito no se cometió “con mano levantada”. Muchas veces pecamos al estar atraídos por algo impetuosamente, o al abrigar resentimientos hacia alguien, o por los riesgos que entraña decir la verdad. Pero esto dista mucho del pecado “con mano levantada”, cuando el pecador desafía a Dios y, abierta y descaradamente, elige el pecado buscando desafiar a Dios. En mi opinión, el antiguo pacto no prescribe propiciación en caso de semejante desafío, sino el juicio.

(2) Incluso los pecados mencionados en este pasaje – todos los pecados cometidos contra otro ser humano – son considerados, en primer lugar, en relación con Dios: “Si alguien comete una falta y peca contra el Señor al defraudar a su prójimo” (6:2). La ofrenda es traída al sacerdote; el culpable debe no sólo hacer restitución a su prójimo, sino buscar ser perdonado por Dios. Una actitud de desafío contra Dios es lo que convierte una transgresión en pecado, y lo que hace que el pecado sea odioso.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 93). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cómo responder cuando flaqueamos

ABRIL, 03

Cómo responder cuando flaqueamos

Devocional por John Piper

Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico. (Romanos 7:19)

Los cristianos no vivimos solamente en derrota, pero tampoco vivimos solo en perfecta victoria sobre el pecado. Y en aquellas ocasiones en que no logramos triunfar sobre el pecado, Romanos 7:14-25 nos muestra la manera en que un cristiano sano debería responder.

Deberíamos decir lo siguiente:

1. Me deleito en la ley de Dios (versículo 22).

2. Aborrezco lo que acabo de hacer (versículo 15).

3. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? (versículo 24).

4. ¡Gracias a Dios! La victoria vendrá por Jesucristo Señor nuestro (versículo 25).

En otras palabras, ningún cristiano quiere vivir de esta manera —en derrota—. Ningún cristiano se siente cómodo viviendo de esa manera. Pero si vivimos de esa manera por un tiempo, no deberíamos mentir al respecto.

Nada de hipocresías, ni poses, ni alardeo de perfeccionismo. Tampoco mostremos sonrisas fingidas para la iglesia ni una superficialidad barata.

Dios, sálvanos de estar ciegos a nuestras propias faltas y de la consecuente rapidez en juzgar a otros.

Dios, ayúdanos a sentirnos peor acerca de nuestras propias faltas que por las deficiencias de otros.

¡Dios, danos la honestidad y el candor y la humildad del apóstol Pablo en este texto!

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Era un esclavo encadenado por Satanás (1)

 Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis. Romanos 6:16

Así que, si el Hijo (de Dios) os libertare, seréis verdaderamente libres. Juan 8:36

Testimonio

«En mi niñez no fui feliz, pues todo el ambiente familiar estaba ensombrecido por el alcoholismo de mi padre. Aspiraba a encontrar amor y consuelo. Cuando tenía alrededor de 18 años me uní a un grupo de jóvenes marginales. Vivíamos en una época llena de idealismo y pensábamos que era posible tener una vida diferente, pero la decepción estuvo a la altura de la esperanza. Me sentía profundamente infeliz, mi única aspiración era la esperanza egoísta de que los demás pudiesen responder a mis deseos.

Un día recibí una carta de mi hermano mayor en la que me decía que había descubierto a Jesús y que su vida había cambiado totalmente. También me envió una Biblia y me invitó a leerla. Me alegraba por él, pero durante un año, a pesar de algunos intentos por leer la Biblia, no sucedió nada. Me estaba sumiendo en una desesperación cada vez más profunda. Un día quise saber qué contenía ese libro. Me retiré de mi entorno durante tres semanas para leer la Biblia. Cada noche, antes de abrirla, oraba a Dios diciendo: «Si lo que mi hermano dice es cierto, no hay ningún motivo para que no sea cierto para mí también». Aconsejado por mi hermano, leí el Nuevo Testamento, pero no comprendí gran cosa.

Sin embargo, una noche mientras leía quedé como fulminado interiormente. El texto hablaba del diablo, fue como una revelación. Yo creía que era libre, pero Dios me mostró que no lo era».

(mañana continuará)

Ezequiel 27 – Gálatas 4 – Salmo 38:15-22 – Proverbios 12:25-26

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

«Verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará».

2 de abril

«Verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará».

Isaías 53:10 (LBLA)

Abogue por el rápido cumplimiento de esta promesa todo aquel que ama al Señor. Cuando nuestros deseos están fundados y cimentados en las promesas de Dios, orar es trabajo fácil. ¿Cómo podría Aquel que dio la palabra dejar de cumplirla? La Veracidad inmutable no puede envilecerse con una mentira, ni la eterna Fidelidad degradarse con un olvido. Dios tiene que bendecir a su Hijo: su pacto le obliga a ello. Lo que el Espíritu nos inspira a pedir por Jesús es lo que Dios decretó que le daría. Cuando ores por el Reino de Cristo, deja que tus ojos contemplen el amanecer de ese bendito día que se acerca, cuando el crucificado se verá coronado en el mismo lugar donde los hombres lo rechazaron. Ten ánimo, tú que con devoción trabajas y te afanas por Cristo con tan pobres resultados: ¡esto no siempre será así! Tienes por delante mejores días. Tus ojos no pueden ver el feliz futuro; pero pide prestado el telescopio de la fe, limpia del cristal el vaho de tus dudas, mira a través del mismo y contempla la gloria que se aproxima. Lector, permíteme preguntarte si haces de esto el objeto de tus constantes oraciones. Recuerda que el mismo Cristo, que nos mandó pedir el pan nuestro de cada día, nos enseñó a decir primero: «Santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Que no todas tus oraciones tengan que ver con tus pecados, tus necesidades, tus imperfecciones, tus pruebas… Suban por la estrellada escala hasta Cristo mismo. Entonces, acercándote al propiciatorio rociado con sangre, ofrece continuamente esta oración: «Señor, ensancha el Reino de tu querido Hijo». Tal petición, fervientemente presentada, elevará el espíritu de todas tus devociones. Y recuerda que demuestras la sinceridad de tu oración trabajando para promover la gloria del Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 101). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Una sociedad compleja y bien ordenada»

«Una sociedad compleja y bien ordenada»

2 ABRIL

Levítico 5 | Salmos 3–4 | Proverbios 20 | Colosenses 3

Imagínese una sociedad compleja y bien ordenada, hasta tal punto, que en todas las áreas de la vida hay actuaciones que ensucian a una persona, y otras prescritas que la vuelven a limpiar. Cuando te levantas por la mañana, debes ponerte ropa con un cierto tipo de tejido y no otro. Hay alimentos limpios y otros que no lo son. Si aparece una mancha de moho en una de las paredes de tu casa, hay procedimientos para tratarlo. Los hombres deben actuar de cierta manera tras un sueño húmedo, y las mujeres en todo lo relacionado con sus períodos. Ciertas cosas no limpias no se deben tocar si quiera. Y además, existe un complejo sistema religioso y de sacrificios al que todos deben conformarse y, en caso de no hacerlo en cualquier detalle, incurres en una clase u otra de suciedad. Y todo esto encaja dentro de un conjunto de restricciones más amplio a las que solemos llamar categorías morales: cómo hablamos, la verdad en lugar de la mentira, cómo tratamos a los demás, las cuestiones de propiedad, la integridad sexual, nuestras actuaciones en relación con el prójimo, la imparcialidad judicial, entre otras cosas. Téngase en cuenta también que, en esta sociedad, las reglas han sido establecidas por Dios mismo. No son las acciones de algún congreso o parlamento elegido, fáciles de derrocar por un público voluble o frustrado, y deseoso de cambios. Ignorar o desafiar estas normas es enfrentarse con el Dios viviente. ¿Cuáles son las lecciones que se aprenderían si viviéramos en una sociedad como esta?

Bienvenidos al mundo del libro de Levítico. Este también forma parte de la herencia del monte Sinaí, al formar parte del pacto mosaico. Aquí se tratará de que el pueblo de Dios aprenda que Dios prescribe lo que está bien y lo que está mal, y que tiene todo el derecho de hacerlo; que la santidad abarca toda la vida; que debe haber una diferencia fundamental entre la conducta del pueblo de Dios y la de las naciones paganas alrededor suyo, y eso no sólo en las creencias abstractas. Aquí, el Señor mismo señala los sacrificios que son necesarios, junto con la confesión de pecado (Lev 5:5), cuando alguien se ensucia; e incluso cuando el sistema no ofrece ninguna respuesta definitiva, puesto que uno caía constantemente bajo un tabú u otro, y tenía que ir repitiendo de continuo los mismos sacrificios que se habían realizado antes, uno comienza a preguntarse, si en algún momento habrá un sacrificio final y suficiente para el pecado.

Pero a esto volveremos más adelante. Aquí, en Levítico 5, los lectores cristianos se deleitan al observar que, mientras Dios forma a su pueblo en el pensamiento religioso más básico, provee la manera cómo aun los más pobres de la sociedad puedan volverse limpios a sus ojos. Quien no se pueda permitir un cordero puede traer un par de palomas; quien ni siquiera las tenga, puede traer una cierta cantidad de harina. Las lecciones continúan; siempre hay esperanza y una manera de librarse del castigo que la rebeldía conlleve.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 92). Barcelona: Publicaciones Andamio.

No amenace

No amenace

4/2/2017

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. (Lucas 23:24)

Jesús “no amenazaba” a pesar de un increíble sufrimiento (1 P. 2:23). Lo escupieron, le tiraron de la barba, le pusieron en la cabeza una corona de espinas y atravesaron con clavos su carne para asegurar su cuerpo a una cruz. En cualquier otra persona, semejante tratamiento injusto habría provocado sentimientos de venganza, pero no en Cristo. Él era el Hijo de Dios, Creador y Sustentador del universo, santo e inmaculado, con el poder de enviar a quienes lo atormentaban al fuego eterno.

Pero Jesús nunca amenazó a sus verdugos con juicio inminente; más bien los perdonó. Cristo murió por los pecadores, incluso por quienes lo perseguían. Sabía que la gloria de la salvación podía alcanzarse solamente por la senda del sufrimiento, de modo que aceptó su sufrimiento sin amargura, sin enojo y sin espíritu de venganza. Que pueda reaccionar usted de igual modo ante su propio sufrimiento.

Disponible en Internet en: http://www.gracia.org
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Mejor que el Everest

ABRIL, 02

Mejor que el Everest

Devocional por John Piper

Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. (Romanos 8:28)

Si vivimos dentro de esta magnífica promesa, nuestra vida será más sólida y estable que el monte Everest.

Nada puede tumbarnos cuando estamos dentro de las murallas de Romanos 8:28. Fuera de Romanos 8:28, todo es confusión, ansiedad, miedo e incertidumbre. Fuera de esta promesa de la gracia venidera de Dios que todo lo abarca, hay casas de paja de drogas y de pornografía y de decenas de distracciones vanas. Hay paredes de tablas y techos de lata de estrategias de inversión frágiles y de coberturas de seguro pasajeras y de planes de jubilación insignificantes. Hay refuerzos de cartón de cerrojos y de sistemas de alarma y de sistemas de defensa contra proyectiles. Afuera hay miles de sustitutos para esta promesa de Romanos 8:28.

Una vez que hemos cruzado la puerta del amor hacia la estructura masiva y sólida de Romanos 8:28, todo cambia. Entonces viene a nuestra vida la estabilidad y la profundidad y la libertad. Simplemente, no podemos ser derribados otra vez. La confianza de que un Dios soberano gobierna para nuestro bien todo el sufrimiento y todo el placer que experimentaremos es un refugio incomparable y una seguridad y una esperanza y poder en nuestra vida.

Cuando el pueblo de Dios verdaderamente viva en la gracia para el futuro de Romanos 8:28 —desde el sarampión hasta la morgue— será la gente más libre y fuerte y generosa del mundo.

Su luz brilla y las personas dan gloria a su Padre que está en el cielo (Mateo 5:16).

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¿Quieres ser sano?

¿Quieres ser sano?

Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado… le dijo: ¿Quieres ser sano?… Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado. – Juan 5:5-9

Algunas preguntas de la Biblia

Esta pregunta nos sorprende. Todos deseamos ser curados, entonces, ¿por qué Jesús hizo esta pregunta a un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años?

Traslademos la situación al plano moral:

–¿Quiero ser sano de mi tendencia a hacer el mal, ser liberado de mi culpabilidad, de ese vacío que siento desde hace tanto tiempo? La pregunta es muy pertinente: ¡para ser sanado primero hay que desearlo!

–Este hombre deseaba ser sanado. Pero no sabía qué hacer, pues era paralítico y no tenía quién le ayudase… Era consciente de que su situación no tenía solución.

–Yo también traté de mejorar, pero debo reconocer que soy incapaz. ¿Cómo puedo liberarme del mal que hay en mí? ¡Nadie puede ayudarme!

–Jesús vio la desesperación de ese paralítico y le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. ¡Al momento el paralítico fue curado y empezó a caminar!

–La curación moral que Jesús me ofrece es igual de repentina y maravillosa. Él llevó en la cruz esa culpabilidad que me agobiaba, las dudas que me carcomían, la condenación que merecían mis pecados y mi naturaleza opuesta al bien. ¡Me ofrece el perdón! Es como si me dijese: «Levántate y anda. Mira, puedes orar a Dios como a un Padre, eres libre. ¡Ven, sígueme!». Que mi respuesta sea: ¡Sí, Señor Jesús, voy a ti tal como soy!

Ezequiel 26 – Gálatas 3 – Salmo 38:9-14 – Proverbios 12:23-24
© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Un aguijón en la carne

1 Abril 2017

Un aguijón en la carne
por Charles R. Swindoll

2 Corintios 12:2-10

Los marineros en alta mar saben lo importante que es sujetarse a algo resistente cuando soplan vientos fuertes. Uno aprende a agarrarse a algo seguro durante una tormenta. Saulo aprendió a aferrarse a lo que él sabía que era cierto en cuanto a sí mismo y al Señor que le tenía en Su mano.

Aquí veo una tensión interesante. Mientras Satanás lanzaba golpes contra la firmeza del Apóstol, el propósito del Señor era volverlo humilde, para evitar que se exaltara a sí mismo. El orgullo no reside en el corazón del quebrantado, del destrozado, del herido o del angustiado de alma.

Hace muchos años leí estas palabras: “El dolor planta la bandera de la realidad en la fortaleza de un corazón rebelde”. Los padres y las madres que hacen vigilia en el pabellón de leucemia de un hospital de niños no tienen problemas con el orgullo, porque han aprendido a ser humildes hasta el punto de la desesperación.

No estoy calificado para darle los detalles íntimos de cómo afectó el aguijón a Pablo. Sin embargo, sí confiesa que le imploró al Señor en tres ocasiones distintas que se lo quitara (v. 8). ¿Y sabe una cosa? Nosotros habríamos hecho lo mismo. Usted y yo habríamos orado, y orado y suplicado que nos diera alivio. “Señor, Ilévate por favor el aguijón. Te ruego que me lo quites. Líbrame de este dolor”. Así fue cómo respondió Pablo.

Veo una transparencia admirable en esas palabras. El mundo necesita más vestidores de Cristo que acepten el dolor y los sufrimientos, en vez de negarlos. ¡Qué útil es para nosotros que veamos todo esto como el plan de Dios para mantenernos humildes! Eso no se puede enseñar en los seminarios o en las universidades. Son lecciones que se aprenden en las trincheras de la vida. ¡En qué personas de oración nos convertiríamos! Nos volveríamos al Señor con más frecuencia. Nos apoyaríamos totalmente en Él. Y serían valiosísimas las nuevas percepciones que obtendríamos.

Esto fue precisamente lo que sucedió con Saulo cuando se volvía a su Señor una y otra vez; y Dios le dio una respuesta que él jamás esperaba.

Adaptado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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