Dos de nuestras necesidades más profundas

ABRIL, 01

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Dos de nuestras necesidades más profundas

Devocional por John Piper

A la iglesia de los tesalonicenses en Dios nuestro Padre y en el Señor Jesucristo. (2 Tesalonicenses 1:1)

Nosotros, como iglesia, estamos en un Padre y en un Señor. ¿Qué significa esto?

La palabra Padre implica principalmente cuidado y sustento y protección y provisión y disciplina. Entonces, estar en el Padre significaría fundamentalmente estar bajo su cuidado y protección.

El otro título es Señor: estamos en el Señor Jesucristo. La palabra Señor implica principalmente autoridad y liderazgo y posesión. Entonces, estar en el Señor significa fundamentalmente estar a su cargo, bajo su autoridad y en su posesión.

Pablo saluda a la iglesia de Tesalónica de una manera que les hace recordar que ellos son una familia (bajo el cuidado de un Padre) y que son siervos (bajo el cargo de un Señor). Estas dos descripciones de Dios como Padre y Señor, y de la iglesia como familia y siervos, corresponden a dos de nuestras necesidades más profundas.

Las dos necesidades que cada uno de nosotros tiene son la necesidad de rescate y ayuda, y la necesidad de un propósito y un sentido:

  1. Necesitamos un Padre celestial que se compadezca de nosotros y que nos rescate del pecado y la miseria. Necesitamos su ayuda a cada paso del camino porque somos muy débiles y vulnerables.
  2. Pero también necesitamos un Señor celestial que nos guíe en la vida y nos dé sabiduría, y que nos encargue una misión importante a llevar a cabo. No solo queremos estar a salvo bajo el cuidado del Padre. Queremos una gloriosa causa por la cual vivir.

Queremos un Padre misericordioso que sea nuestro protector, y queremos que un Señor omnipotente sea nuestro campeón y comandante y líder. Entonces, cuando Pablo dice en el versículo 1 que somos la iglesia «en Dios nuestro Padre y en el Señor Jesucristo», podemos recibir ayuda y descanso de uno, y coraje y significado del otro.

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No devuelva el golpe

No devuelva el golpe

4/1/2017

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. (Isaías: 53:7) 

Jesús muestra una humilde actitud ante quienes lo atormentan: “cuando le maldecían, no respondía con maldición” (1 P. 2:23). A pesar de la provocación constante, Jesús no dijo nada malo porque no había pecado alguno en su corazón.

Sin embargo, ante semejante provocación, nuestra reacción sería más como la del apóstol Pablo. Cuando estaba en el juicio ante el sanedrín, el sumo sacerdote Ananías ordenó que se le golpeara en la boca. Su inmediata respuesta a Ananías fue: “¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!” (Hch. 23:3). Pablo tuvo que disculparse de inmediato; tal exclamación contra un sumo sacerdote era contraria a la ley (vv. 4-5; cp. Éx. 22:28).

Pablo no era perfecto. Él no es nuestro modelo de justicia. Solo Cristo es un modelo perfecto de cómo afrontar la injuria de los enemigos.

Siguiendo el ejemplo de nuestro Maestro, nunca debemos maltratar a quienes nos maltratan.

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El sufrimiento y la gloria

El sufrimiento y la gloria

Una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. Mateo 17:5

Dos escenas de los evangelios presentan la persona de Jesucristo de manera muy diferente: su transfiguración y su crucifixión.

Jesús tomó a tres de sus discípulos y los llevó aparte a una montaña; allí se transfiguró delante de ellos, “resplandeció su rostro como el sol” (Mateo 17:2). Sin embargo, el profeta Isaías dijo con respecto a Cristo y su sufrimiento: “De tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Isaías 52:14).

En la montaña de la transfiguración, “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos” (Marcos 9:3). Pero en la cruz del Gólgota Jesús, despojado de sus vestiduras, coronado de espinas y clavado en un madero, quedó expuesto a las miradas de todos los que pasaban. “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Juan 19:24).

En la montaña apareció la nube de la presencia de Dios, pero en la cruz todo era tinieblas; el Hijo de Dios estaba solo.

En la montaña la voz del Padre se hizo oír: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:5). En la cruz se oyó el insondable clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46; Salmo 22:1).

¡La felicidad y la libertad de los creyentes costaron un precio muy alto! “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” (Lucas 24:26).

Ezequiel 25 – Gálatas 2 – Salmo 38:1-8 – Proverbios 12:21-22
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Nuestro Salvador inmaculado

Nuestro Salvador inmaculado

3/31/2017

[Cristo] no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición. (1 Pedro 2:22-23)

Jesucristo tiene que haber estado en el pensamiento de Pedro cuando escribió los versículos de hoy porque fue testigo del dolor de Jesús, aunque de lejos. A pesar de lo severo de su dolor, Cristo no cometió pecado alguno de palabra o de hecho.

Isaías 53:9 dice: “Nunca hizo maldad”. “Maldad” se traduce como “desobediencia” en la Septuaginta (la versión griega del Antiguo Testamento hebreo). Los traductores entendieron que “maldad” se refería a la desobediencia a la ley de Dios, o el pecado. A pesar del trato injusto que tuvo que soportar, Cristo no pecó ni podía pecar (cp. 1 P. 1:19).

Isaías 53:9 añade: “Ni hubo engaño en su boca”. Por lo general el pecado hace su primera aparición en nosotros por lo que decimos. En Jesús no había pecado alguno, ni externa ni internamente.

Jesucristo es el ejemplo perfecto de cómo debemos reaccionar ante el trato injusto porque Él soportó el peor trato que pueda soportar persona alguna, y sin haber pecado nunca.

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«Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche».

31 de marzo

«Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche».

2 Samuel 21:10

Si el amor de una mujer hacia sus hijos muertos pudo hacer que ella prolongase su triste vigilia por tan largo tiempo, ¿nos cansaremos nosotros de considerar los sufrimientos de nuestro bendito Señor? Ella ahuyentó las aves de rapiña. ¿No disiparemos nosotros de nuestras meditaciones los pensamientos mundanos y pecaminosos que manchan nuestras mentes y los sagrados temas en los cuales estamos ocupados? ¡Fuera, pájaros de maligno vuelo! ¡Dejad el sacrificio! Rispa soportó sola y sin refugio los calores del verano, el rocío de la noche y las lluvias. El sueño había huido de sus humedecidos ojos; su corazón estaba demasiado lleno como para dormitar. ¡Ved cómo amaba a sus hijos! ¡Así resistió Rispa! ¿Y nos retiraremos nosotros ante el primer inconveniente o la primera prueba? ¿Somos tan cobardes que no podemos resignarnos a sufrir con nuestro Señor? Rispa ahuyentó aun a las fieras con un coraje nada común para su sexo. ¿Y no estaremos nosotros prontos a hacer frente a cualquier enemigo por amor de Jesús? A estos hijos de Rispa los mataron manos extrañas, sin embargo ella lloró y veló. ¿Qué deberíamos entonces hacer nosotros, ya que por causa de nuestros pecados se crucificó a nuestro Señor? Nuestras obligaciones son ilimitadas: nuestro amor debiera ser ferviente y nuestro arrepentimiento completo. Velar con Jesús tendría que ser nuestra ocupación; permanecer cerca de la cruz, nuestro solaz. Aquellos horribles cadáveres bien podían espantar a Rispa, especialmente por la noche; pero en nuestro Señor, al pie de cuya cruz estamos sentados, no hay nada repugnante, sino que todo es atractivo. Nunca hubo una belleza viviente tan encantadora como la del Salvador agonizante. Jesús, nosotros velaremos contigo aún un poco más, y tú revélate benignamente a nosotros: entonces sobre nuestras cabezas no habrá tela de cilicio, sino que estaremos sentados en un pabellón real.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 99). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

“Señor, ¿y este, qué?”

“Señor, ¿y este, qué?”

31 MARZO

Levítico 2–3 | Juan 21 | Proverbios 18 | Colosenses 1

Tras el asombroso intercambio con el cual Pedro queda restaurado, Jesús le dice en voz baja que su discipulado acabará por costarle la vida: “cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir” (Juan 21:18). Si esta predicción contiene en sí cierta ambigüedad, cuando Juan lo deja escrito en este relato toda posible ambigüedad ya había desaparecido: “Esto dijo Jesús para dar a entender la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios” (21:19). Según la tradición, probablemente cierta, Pedro fue martirizado en Roma más o menos cuando ejecutaron a Pablo, ambos bajo Nerón, durante la primera mitad de la década de los 60 de siglo I.

Pedro observa al “discípulo a quien Jesús amaba” – ni más ni menos que el apóstol Juan – que les seguía mientras él y Jesús caminaban por la playa (20:20). El término “a quien Jesús amaba” no debería dar a entender que Jesús mantuviese ningún juego desagradable de favoritos de manera arbitraria. Hay ciertas indicaciones de que algunas de las personas que seguían a Jesús se sentían especialmente amadas por él. Por ejemplo, cuando Lázaro estaba gravemente enfermo, sus hermanas le hicieron llegar un mensaje diciendo: “Señor, tu amigo querido está enfermo” (11:3). Incluso después de la resurrección y ascensión, los seguidores de Jesús se deleitaron en su amor hacia ellos, su amor personal en particular, de modo que Pablo sólo necesita mencionar a Jesús y la cruz, para que brote espontáneamente la frase: “quien me amó y dio su vida por mí” (Gálatas 2:20).

No obstante, en el caso que nos ocupa, queda algo del Pedro antiguo. Sin duda, estaba gozoso al quedar restituido y que se le encargase la tarea de alimentar a los corderos y a las ovejas de Jesús (Juan 21:15–17). Por otro lado, la perspectiva de una muerte ignominiosa le resulta menos atrayente. Por tanto, cuando Pedro ve a Juan pregunta, “Señor, ¿y este, qué?” (21:21).

No tenemos derecho a criticar a Pedro. La mayoría de nosotros no cesamos de comparar nuestro historial de servicio con el de otros. ¡El color verde es frecuente entre los ministros del evangelio! Otra persona parece tener una vida más fácil, lo que nos permite explicar el aparente mayor éxito de su ministerio. Sus niños han salido mejores, su iglesia parece más próspera, su actividad evangelística más eficaz. O cuando logramos un cierto “éxito”, y miramos a los que siguen detrás, hacemos comentarios algo despectivos acerca de los que pronto nos sustituirán. “Después de todo, ellos han tenido más ventajas que nosotros, ¿verdad?”

Es un comportamiento tan patético, tan centrado en nosotros mismos, tan pecaminoso. Jesús dice a Pedro: “Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme” (21:22). La diversidad de los dones y de los tipos de gracia que Dios concede es enorme. Jesús es el único Maestro al que debemos complacer.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 90). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Lo que ata de manos al amor

MARZO, 31

Lo que ata de manos al amor

Devocional por John Piper

Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por vosotros, al oír de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis por todos los santos, a causa de la esperanza reservada para vosotros en los cielos, de la cual oísteis antes en la palabra de verdad, el evangelio. (Colosenses 1:3-5)

El problema de la iglesia hoy en día no es que haya demasiadas personas que estén apasionadamente enamoradas del cielo. El problema no es que las personas que profesan ser cristianos estén absteniéndose del mundo, pasando la mitad de sus días leyendo las Escrituras y la otra mitad cantando sobre el placer que tienen en Dios mientras que son indiferentes a las necesidades del mundo.

El problema es que personas que profesan ser cristianas están pasando diez minutos al día leyendo las Escrituras y después pasan la mitad del día ganando dinero y la otra mitad disfrutando y reparando las cosas en las que gastaron el dinero.

No es la disposición hacia las cosas del cielo lo que dificulta el amor; es la disposición hacia las cosas del mundo lo que obstaculiza el amor, inclusive cuando esté disfrazada con una rutina religiosa los fines de semana.

¿Dónde está aquella persona cuyo corazón está tan apasionadamente enamorado de la promesa de la gloria del cielo, que siente que es un exiliado y forastero en la tierra? ¿Dónde está la persona que ha saboreado tanto la belleza de la era venidera que ve los diamantes del mundo como canicas, y a los entretenimientos del mundo como un sinsentido, y considera que las causas morales del mundo son insignificantes porque no tienen en perspectiva la eternidad? ¿Dónde está esta persona?

Esta persona no está esclavizadas al Internet, ni a comer, ni a dormir, ni a beber, ni a las fiestas, ni a la pesca, ni a la navegación, ni a las tonterías. Es una persona libre en una tierra extranjera, y su única pregunta es esta: ¿Cómo puedo maximizar mi gozo en Dios por toda la eternidad mientras estoy en exilio en esta tierra? Y su respuesta es siempre la misma: haciendo obras de amor.

Una sola cosa satisface el corazón de la persona cuyo tesoro está en el cielo: hacer obras del cielo, ¡y el cielo es un mundo de amor!

No son cuerdas del cielo las que atan de manos al amor: es el amor al dinero, a los placeres del ocio, a las comodidades y a los elogios —esas son las cuerdas que atan las manos del amor—. Y el poder para cortar esas cuerdas es la esperanza cristiana.

Lo digo otra vez con toda la convicción que hay dentro de mí: no es la disposición hacia las cosas del cielo lo que dificulta el amor en esta tierra; es la disposición hacia las cosas del mundo. Por lo tanto, la gran fuente del amor es la poderosa confianza liberadora de la esperanza cristiana.

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Dios me tendió una emboscada

Dios me tendió una emboscada

Dios nuestro Salvador… quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. – 1 Timoteo 2:3-4

Dios… me llamó por su gracia. – Gálatas 1:15

Testimonio

«A los veintiséis años era un militar endurecido por la vida, sediento de todos los placeres, pero encerrado en mí mismo y haciendo infelices a mi mujer y a mis hijos debido a mi egoísmo e inmoralidad. En esta situación, Dios me tendió una emboscada.

Cierto día un oficial de mi unidad me invitó a una reunión, sin darme detalles. No esperaba oír hablar de Dios, y si él hubiese hecho alguna alusión al tema, seguro que yo hubiese rechazado la invitación. Al oír el Evangelio me di cuenta de toda mi miseria. Comprendí la justicia de Dios y acepté el perdón que me ofrecía por medio de la crucifixión de Cristo. Fui consciente de la afrenta que hacía a Dios con mi manera de vivir. Le pedí que cambiara mi corazón y me ayudara a reparar mis faltas. Jesucristo se convirtió en mi Salvador.

Hoy, después de haber vivido veinte años con él, puedo afirmar que la vida espiritual es una realidad. La fidelidad y la bondad de Dios nunca me defraudaron. Aprendí (y sigo aprendiendo) a obedecer, a veces con gozo pero también en medio del sufrimiento, y descubro su inmensa compasión hacia mí. En mi debilidad, su amor es para mí un poderoso sostén.

Estos últimos años el Señor me condujo, junto con mi esposa, a visitar las cárceles. Allí vemos cómo la gracia de Dios interviene en el corazón de personas que cayeron muy bajo, y tenemos el privilegio de estar a su lado para comunicarles las palabras restauradoras de Dios».

Pierre-Antoine

Ezequiel 24 – Gálatas 1 – Salmo 37:35-40 – Proverbios 12:19-20

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Siga el ejemplo de Cristo

Siga el ejemplo de Cristo

3/30/2017

También Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. (1 Pedro 2:21)

Jesús nos dio el ejemplo supremo del sufrimiento. La palabra griega traducida “ejemplo” se refiere a un modelo que se coloca debajo de un pedazo de papel para ser trazado. Al igual que los niños que aprenden sus letras trazando en un papel sobre un modelo, nosotros debemos trazar nuestra vida según el modelo que Cristo nos dejó.

Copiamos su modelo al seguir “sus pisadas”. Debemos seguir las pisadas de Cristo porque Él anduvo por la senda recta. Fue también una senda de injusto sufrimiento, que es parte de la senda de justicia. Algunos sufren más que otros, pero si verdaderamente usted quiere seguir a Cristo, practicará siguiendo su ejemplo.

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«Examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al SEÑOR».

30 de marzo

lecturas-vespertinas

«Examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al SEÑOR».

Lamentaciones 3:40 (LBLA)

La esposa que tiernamente ama a su esposo ausente ansía su regreso; una prolongada separación de su señor es para su espíritu como media muerte. Así acontece con las almas que aman mucho al Salvador: tienen que ver su faz; no pueden soportar que él esté en los montes de Beter y las deje privadas de su comunión. Una mirada de reproche, un dedo levantado, será penoso para los hijos amantes que temen ofender a su tierno padre y que solo son felices con su sonrisa. Querido amigo, así sucedió una vez contigo. Un texto de las Escrituras, una amenaza, un toque de la vara de la aflicción y, enseguida, fuiste a los pies de tu Padre clamando: «Muéstrame por qué pleiteas conmigo». ¿Pasa lo mismo ahora o estás contento con seguir a Jesús de lejos? ¿Puedes contemplar sin alarmarte que se ha interrumpido tu comunión con Cristo? ¿Eres capaz de tolerar que tu Amado ande en dirección contraria a la tuya, porque tú caminas en dirección opuesta a la de él? ¿Han hecho tus pecados separación entre ti y tu Dios y tu corazón está tranquilo? ¡Oh, permíteme exhortarte cariñosamente!, porque es penoso que podamos vivir en paz sin el presente disfrute del rostro del Salvador. Esforcémonos por sentir lo malas que son estas cosas: el poco amor a nuestro agonizante Salvador, el poco gozo en nuestro precioso Jesús, el poco compañerismo con el Amado… Celebra una verdadera Cuaresma en tu alma mientras te lamentas por la dureza de tu corazón. ¡No detengas el lamento! Recuerda dónde recibiste la salvación. Ve enseguida a la cruz: allí, y solo allí, puedes lograr que tu espíritu se aliente. No importa cuán duros, cuán insensibles, cuán muertos hayamos llegado a estar. Vayamos otra vez con todos los andrajos, la pobreza y la contaminación de nuestra condición natural. Abracemos aquella cruz; fijémonos en aquellos lánguidos ojos; bañémonos en aquella fuente llena de sangre: esto nos hará volver al primer amor; esto restaurará la sencillez de nuestra fe y el afecto de nuestro corazón.

 
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 98). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.