Hacer el balance

Hacer el balance

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Aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 1 Corintios 4:4

Dios es el que justifica. Romanos 8:33

Hacer el balance sobre nuestra vida significa juzgar entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso, lo útil y lo inútil… ¡suponiendo que seamos capaces de hacer esa evaluación!

En cada uno de nosotros hay un indicador que puede ayudarnos, es nuestra conciencia. En el origen latino de esta palabra está la idea de «saber». Pero como no sabemos todo, nuestra conciencia es obligatoriamente limitada. Por lo tanto es difícil hacer el balance, es difícil estar en paz, pues sería muy pretencioso creer que aquel que lo sabe “todo”, es decir, Dios, tiene la misma manera de ver las cosas que yo.

La Biblia habla mucho del bien y del mal, de justicia y de injusticia. Ella es la Palabra del Dios vivo; estemos, pues, atentos a sus advertencias. Ella revela algunas exigencias de Dios, entre las cuales hallamos: “Temerás a Dios”, “amarás a tu prójimo”, “no codiciarás”, “no cometerás adulterio”, etc. Nadie puede pretender haber respetado íntegramente sus exigencias. Para Dios todos somos culpables, pero también todos podemos ser absueltos, justificados, liberados definitivamente de toda acusación. Dios mismo dio el medio para salvarnos, a Jesucristo, quien fue condenado en nuestro lugar. El castigo que merecían nuestros pecados cayó sobre él (Isaías 53:5), entonces al fin podemos tener buena conciencia ante Dios. Y ahora nos invita, con bondad, a confiar en él y agradecerle.

“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú” (Deuteronomio 30:19).

2 Samuel 21 – Hechos 10:1-24 – Salmo 28:1-5 – Proverbios 10:24-25

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Final y totalmente justificados

FEBRERO, 28

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Final y totalmente justificados

Devocional por John Piper

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. (Romanos 8:33)

Pablo podría haber dicho: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» y luego responder: «¡Nadie! Estamos justificados». Eso es cierto, pero no es eso lo que dijo. Su respuesta, en cambio, fue: «Dios es el que justifica».

El énfasis no está en el acto sino en el Actor.

¿Por qué? Porque en el mundo de las cortes y leyes —de donde este lenguaje proviene— la absolución dada por nuestro juez puede ser anulada por uno superior.

¿Y qué pasaría en caso de que un juez local nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que un gobernador tiene el derecho de presentar un cargo en nuestra contra? ¿Y qué pasaría si un gobernador nos absolviera siendo nosotros culpables, si tenemos en cuenta que el emperador puede presentar un cargo en nuestra contra?

El punto es el siguiente: por encima de Dios, no existe una corte superior. Si Dios es el que nos absuelve —nos declara justos ante sus ojos— nadie puede buscar a otra corte a la que apelar en contra nuestra. La sentencia de Dios es final y total.

Escuchen esto, todos aquellos que creen en Jesús, y están unidos a Cristo, y se muestran entre los elegidos: Dios es el que los justifica. No lo hace un juez humano, ni un gran profeta, ni un arcángel del cielo. Lo hace Dios, el Creador del mundo y el Dueño de todas las cosas y el Soberano del universo y de cada molécula y persona que hay en él. Dios es el que los justifica.

El punto es este: tenemos una seguridad inamovible frente a un sufrimiento terrible. Si Dios es por nosotros, nadie podrá lograr nada en nuestra contra. Si Dios dio a su Hijo por nosotros, él nos dará todo lo que sea bueno para nosotros. Si Dios es el que nos justifica, ningún cargo en nuestra contra prevalecerá.

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“Les debemos algo”

“Les debemos algo

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28 FEBRERO

Éxodo 11:1–12:20 | Lucas 14 | Job 29 | 1 Corintios 15

Las plagas devastadoras han seguido su curso predeterminado. Una y otra vez, el faraón endurece su corazón; no obstante, por muy culpable que sea este hombre, Dios está moviendo soberanamente los hilos, advirtiendo al faraón de hecho; implícitamente invitándole a que se arrepienta. Por ejemplo, mediante Moisés Dios ya había dicho al faraón: “Pero te he dejado con vida precisamente para mostrarte mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra. Tú, sin embargo, sigues enfrentándote a mi pueblo y no quieres dejarlo ir.” (9:16–17). Pero ahora la paciencia del faraón finalmente se viene abajo. Advierte a Moisés de que no vuelva a aparecer ante él: “El día que vuelvas a verme, puedes darte por muerto” (10:28).

Está preparado el escenario para la última plaga, la más grande y más terrible de todas. Tras las nueve catástrofes anteriores, sería de esperar que la descripción ofrecida por Moisés de lo que sucedería (Éxodo 11) haría que el faraón se lo pensara antes de decir que no otra vez. Pero se niega a escuchar (11:9); y todo esto ocurre para que, como Dios mismo dice, “las maravillas del Señor se multiplicaran en Egipto” (11:9).

En Éxodo 11–12, encontramos otra descripción, casi circunstancial, de la provisión soberana por parte de Dios. Éxodo 11 nos informa, casi parentéticamente, que “el Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas” (11:3). Luego se relata, en Éxodo 12, cómo los egipcios apremian a los israelitas a que abandonen el país (12:33). No es difícil entender las razones: ¿cuántas más plagas de este tipo serían capaces de soportar? Al mismo tiempo, los israelitas pidieron ropa, plata y oro. “El Señor hizo que los egipcios vieran con buenos ojos a los israelitas, así que les dieron todo lo que les pedían. De este modo los israelitas despojaron por completo a los egipcios” (12:36).

Desde el punto de vista psicológico, y mirándola retrospectivamente, esta reacción parece lógica. Además del miedo que provocaron los israelitas entre los egipcios, tal vez también había sentimientos de culpa. ¿Quién sabe? “Les debemos algo.” También desde el punto de vista psicológico, uno podría, por supuesto, imaginarse un escenario completamente diferente: en un ataque de rabia, los egipcios podrían haber masacrado a la gente cuyo líder, Moisés, y cuyo Dios les ha traído tanta devastación y tanta muerte.

En realidad, sin embargo, este desenlace se produce, por la mano poderosa de Dios: el Señor mismo inclinó los afectos del pueblo egipcio hacia ellos.

A menudo, este hecho se les escapa a los sociólogos y a quienes tratan la cultura en su conjunto como si fuese un sistema. Se olvidan de que Dios puede intervenir y dirigir los corazones y las mentes de las personas. La posibilidad de un reavivamiento masivo capaz de transformar los sistemas de valores de Occidente ya no es tomado en serio por los que sólo piensan en términos de sistemas cerrados. Pero, si Dios interviene y hace que los corazones de la gente estén dispuestos a recibir la predicación del evangelio…

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 59). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Humíllese ahora

28 Febrero 2017

Humíllese ahora
por Charles R. Swindoll

Job 42:1-11

Fíjese bien en las palabras de Job. Él no responde diciendo: “Eso es discutible”, sino que, por el contrario dice: “Me retracto y me arrepiento”. No hay ninguna presión divina. No hay una amenaza de parte de Dios. “¡Job, si no te pones de rodillas y me pides misericordia, te voy a destruir!”

No, sino que con sumisión blanda y resignada Job deja su caso en manos de Dios. “Tú me instruyes, y como resultado de tu instrucción me someteré gozosamente y aceptaré tu voluntad”. ¿Sabe lo que me encanta de esta actitud de Job? No habla para nada de “mis derechos”. No hay ningún indicio de prerrogativa personal. No hay ninguna expectativa o exigencia. No hay siquiera la petición de que Dios lo comprenda o lo defienda delante de sus conflictivos amigos. Asimismo, no hay un espíritu de autocompasión o de irritabilidad o depresión. Job está completamente tranquilo. Su ser íntimo está, por fin, en paz.

Usted podría decir: “Bueno, si Dios me hubiera bendecido a mí como bendijo a Job, yo también diría lo mismo”. Pero, espere un momento. Él todavía no ha recibido alivio ni una recompensa. El hombre sigue cubierto de llagas. Todavía no tiene una familia. Sigue sin un techo. Continúa en la ruina. Sin que nada externo haya cambiado, Job dice tranquilamente: “Señor, soy tuyo”.

Concéntrese en el momento. Humíllese en el momento, no después de que Dios lo exalte, sino ahora mismo. No espere. Retroceda, deje de discutir y descanse en Él. Es admirable la manera como el Señor tranquilizará su espíritu y le transportará a una esfera de contentamiento que usted nunca había conocido antes, a pesar de que la mayoría de las respuestas están faltando. Los filósofos de este mundo exigen respuestas. El creyente que aprende ahora a confiar por medio de esta clase de catastrófica experiencia, cueste lo que cueste, no exige nada. Y las angustias desaparecen lentamente, una tras otra.

“Humillaos delante del Señor, y Él os exaltará” (Santiago 4:10).

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 los por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿A mí no me hablas?

¿A mí no me hablas?

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(Pilato dijo a Jesús): ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba.

Juan 19:10-11

Algunas preguntas de la Biblia

Esta fue la pregunta hecha por un juez a un acusado que comparecía ante su tribunal. El juez era Pilato, el gobernador romano de Jerusalén que tenía autoridad para decidir si el acusado debía vivir o morir. El acusado era Jesús, detenido como malhechor. A Pilato le sorprendió que Jesús no respondiese a todas sus preguntas y que no hablase para defenderse, e insistió: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte?”. Entonces Jesús le respondió que no tendría ningún poder si Dios no se lo hubiese dado.

La actitud de Jesús nos muestra en qué casos hay que callar o responder cuando alguien nos interroga. Jesús no habló para defenderse, sino más bien para llevar a su juez a reconocer la verdad. Cumplió la profecía que dice: “Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció” (Isaías 53:7), y al mismo tiempo “dio testimonio de la buena profesión” (1 Timoteo 6:13).

Fácilmente nos inquietamos cuando somos interrogados sobre nuestra fe. Jesús lo sabe muy bien, por eso nos dice: “No os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo” (Marcos 13:11). Hablemos de nuestra fe en el momento adecuado y experimentaremos la ayuda del Señor en las situaciones difíciles.

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).

2 Samuel 20 – Hechos 9:23-43 – Salmo 27:9-14 – Proverbios 10:22-23

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Resultados radicales de la resurrección

FEBRERO, 27

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Resultados radicales de la resurrección

Devocional por John Piper

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. (1 Corintios 15:19)

Pablo concluye, a raíz de los peligros que vive a cada hora, de su diario morir, y de luchar contra las bestias, que la vida que él ha escogido al seguir a Jesús es una necedad y es digna de lástima si él no fuera a ser resucitado de entre los muertos.

Si la muerte fuera el final del asunto, dice él, «comamos y bebamos porque mañana moriremos». Esto no significa «convirtámonos todos en glotones y borrachos», porque ellos son dignos de lástima también —con o sin resurrección—. Él se refiere a lo siguiente: Si no hay resurrección, lo que tiene sentido es una moderación intermedia para maximizar los placeres terrenales.

Sin embargo, no es eso lo que Pablo escoge. Él escoge el sufrimiento, porque escoge la obediencia. Cuando Ananías vino a él en su conversión con las palabras del Señor Jesús, «porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre» (Hechos 9:16), Pabló aceptó esto como parte de su llamado.

¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cuál fue la fuente de su obediencia radical? La respuesta se da en 1 Corintios 15:20: «Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron». En otras palabras, Cristo fue levantado y nosotros seremos levantados con él. Por lo tanto, ningún sufrimiento por Jesús es en vano (1 Corintios 15:58).

La esperanza de la resurrección cambió radicalmente la manera en que Pablo vivió. Lo liberó del materialismo y el consumismo. Le dio el poder para vivir sin muchas de las cosas que mucha gente siente que necesita tener en esta vida. Por ejemplo, a pesar de que él tenía derecho a casarse (1 Corintios 9:5), renunció a este placer porque él fue llamado a padecer mucho sufrimiento.

Jesús dijo que esta era la forma en que se supone que la esperanza de la resurrección cambiara nuestro comportamiento. Por ejemplo, nos dijo que invitáramos a nuestra casa a quienes no podrían devolvernos el favor en esta vida. ¿Cómo podemos ser motivados a hacer esto? «Tú serás recompensado en la resurrección de los justos» (Lucas 14:14).

Este es un llamado radical a examinar en detalle nuestra vida actual para ver si está moldeada de acuerdo con la esperanza de la resurrección. ¿Tomamos decisiones basándonos en la ganancia en este mundo o la ganancia en el mundo que sigue? ¿Tomamos riesgos en honor al amor que solo se entendería como una decisión sabia si es que hubiera una resurrección?

Que Dios nos ayude a volver a dedicar nuestro compromiso de por vida para que la resurrección siempre tenga en nosotros resultados radicales.

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“De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”

“De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”

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27 FEBRERO

Éxodo 10 | Lucas 13 | Job 28 | 1 Corintios 14

Pilato era un hombre débil y malévolo. El relato que encontramos en Lucas 13:1–5 es, por tanto, perfectamente creíble. Quizá los detalles sean algo oscuros, pero el marco general queda muy claro. Algunos galileos habían ofrecido sacrificios: si eran judíos, debieron hacerlo en el templo de Jerusalén. Tal vez estaban involucrados en alguna ala del movimiento nacionalista zelote, de modo que Pilato los veía como amenaza. Los hizo matar, y su sangre se mezclaba con la sangre de los animales que ellos mismos habían traído para ser sacrificados. Si lo de mezclar su sangre con la de los animales es literal, esto significa que Pilato los hizo matar en los atrios del templo – el sacrilegio mezclado con el asesinato.

Cuando se le pide su opinión a Jesús acerca de este suceso, su respuesta toma un rumbo que debió sorprender a sus interlocutores. Tal vez algunos esperaban que denunciase a Pilato; otros querían que se pronunciase acerca del movimiento zelote; unos cuantos querían oírle condenar a estos rebeldes, diciendo que recibieron lo que se merecieron. Jesús no escoge ninguna de estas opciones. “¿Pensáis que esos galileos, por haber sufrido así, eran más pecadores que todos los demás? ¡Os digo que no! De la misma manera, todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis.” (13:2–3).

Lo que quería decir con esto se estaba perdiendo en medio de las sensibilidades políticas que esta tragedia suscita, por lo cual Jesús se refiere a otro incidente, en este caso sin galileos, ni Pilato, ni templo, ni sacrificios ni sangre mezclada. Dieciocho personas murieron cuando una torre se derrumbó. Jesús insiste en que esta gente no era en absoluto peor que cualquier otro habitante de Jerusalén. Más bien, se trata de aprender la misma lección: “todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis.” (13:5).

Este análisis sorprendente por parte de Jesús sólo tiene sentido si son verdad tres cosas: (a) Todos nosotros merecemos perecer. Si nos libramos, es por pura gracia. Lo que nos debería extrañar es el hecho de que tantos de nosotros sobrevivimos durante tanto tiempo. (b) La muerte nos llega a todos. A menudo, nuestros contemporáneos argumentan que la peor tragedia posible es morir joven. No es cierto. La verdadera tragedia es que todos nos encontramos bajo esta sentencia de muerte, y todos morimos. La edad en la que se produce la muerte sólo hace que sea relativamente mejor o peor. (c) La muerte tiene la última palabra para todos nosotros – a no ser que nos arrepintamos, sólo entonces seremos transportados más allá de la muerte al reino eterno de Dios.

¿Habéis oído hablar de los millones que sufrieron la muerte a manos de Pol Pot? ¿O de las matanzas brutales del sur de Sudán? ¿Habéis visto las tumbas masivas de Bosnia? ¿O las imágenes del pantano de Florida donde se estrelló el vuelo 592 de Valujet? “De verdad os digo: si no os arrepentís, vosotros también pereceréis”.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 58). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Cuando Dios se vuelve 100 % a nuestro favor

FEBRERO, 26

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Cuando Dios se vuelve 100 % a nuestro favor

Devocional por John Piper

Entre los cuales también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. (Efesios 2:3)

Toda la ira de Dios, toda la condenación que merecemos, fue derramada en Jesús. Todas las demandas de justicia perfecta de Dios hacia nosotros fueron cumplidas por Cristo. En el momento que vemos (¡por gracia!) este Tesoro y lo recibimos a él de este modo, su muerte cuenta como si fuera nuestra muerte y su condenación como nuestra condenación y su justicia como nuestra justicia, y Dios se vuelve en ese instante, irrevocablemente y para siempre, 100 % a nuestro favor.

La pregunta que queda sin responder es la siguiente: «¿No enseña la Biblia que en la eternidad Dios establece su favor hacia nosotros por medio de la elección?».

En otras palabras, las personas reflexivas se preguntan: «¿Se volvió Dios 100 % a nuestro favor solo en el momento de fe y unión con Cristo y la justificación? ¿No se había vuelto 100 % a nuestro favor en el acto de la elección desde antes de la fundación del mundo?». Pablo dice en Efesios 1:4-5: «… [Dios] nos escogió en Él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo».

Entonces ¿no está Dios 100 % a favor de los elegidos desde la eternidad? La respuesta se encuentra en el significado de 100 %.

Con el término 100 % estoy tratando de preservar una verdad bíblica que se encuentra en varios pasajes de las Escrituras. Por ejemplo, en Efesios 2:3, Pablo dice que los cristianos eran «hijos de ira» antes de que fueran vivificados en Cristo Jesús: «todos nosotros en otro tiempo vivíamos [con los hijos de desobediencia] en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás».

Pablo está queriendo decir que, antes de la regeneración, la ira de Dios estaba sobre nosotros. Los elegidos estaban bajo ira. Esto cambió cuando Dios nos dio vida en Cristo Jesús y nos despertó a la verdad y la belleza de Cristo para que lo recibiéramos como a aquel que murió por nosotros y —por nuestra unión a él— aquel cuya justicia es contada como nuestra. Antes de que esto pasara, estábamos bajo la ira de Dios. Después, debido a la fe en Cristo y la unión a él, toda la ira de Dios fue quitada y luego él se volvió, en ese sentido, 100 % a nuestro favor.

Por lo tanto, regocijémonos en la verdad de que Dios nos guardará. Él nos llevará hasta el final porque, en Cristo, él está 100 % a nuestro favor. Por lo tanto, llegar al final no hace que Dios esté 100 % a nuestro favor. Llegar al final es el resultado de que él ya estuviera 100 % a nuestro favor.

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“Quien más juguetes tenga, gana”

“Quien más juguetes tenga, gana”

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26 FEBRERO

Éxodo 9 | Lucas 12 | Job 27 | 1 Corintios 13

Posiblemente, habéis visto la pegatina: “Quien más juguetes tenga, gana.” ¿Gana qué? Quien más juguetes tenga se marchará de esta vida exactamente con la misma cantidad que todos los demás. Al cabo de un billón de años de eternidad, resultará poco importante la cantidad de juguetes que hayamos podido acumular durante los más o menos setenta años de nuestra vida aquí.

No obstante, en nuestra sociedad materialista, es sobrecogedor ver lo extendida que se halla la avaricia, y la manera como se va insinuando en nuestras prioridades y relaciones. En Lucas 12:13–21, Jesús se encuentra delante de un hombre que le suplica: “Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo”. No sabemos si la reivindicación de este hombre era justa o no. Desde la perspectiva de Jesús esto no importa, sino que está en juego algo mucho más fundamental. Para el hombre en cuestión, es evidente que su parte de la herencia tenía más importancia que una relación con su hermano que fuese aceptable a Dios. Jesús no sólo insiste en que no ha venido para hacer de árbitro en cuestiones secundarias como esta (12:14), sino que advierte: “¡Tened cuidado! —advirtió a la gente—. Absteneos de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes.” (12:15). Tal vez no sea cierto que “quien más juguetes tenga, gana”.

Este pasaje anticipa la parábola del agricultor rico cuya creciente abundancia de trigo almacenado hace que se plantee construir almacenes aún más grandes (12:16–20). En nuestra cultura, este individuo podría perfectamente ser representado por un constructor, o creador de programas informáticos o bien un agente inmobiliario. En una cultura que se obsesiona por los bienes presentes, es preocupante ver con qué facilidad los creyentes pueden verse arrastrados por la misma vorágine de avaricia. Lo que comienza siendo una resolución a esforzarse al máximo para Cristo, puede degenerarse y acabar por ser una obsesión egocéntrica por competir y por adquirir más y más. Planificas con empeño tu jubilación; al fin y al cabo, tienes “bastantes cosas buenas guardadas para muchos años” (12:19). Puesto que todo el mundo se deshace en cumplidos por lo bien que te va, no oyes la voz de Dios: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?” (12:20).

El problema no son las riquezas en sí. La Biblia nos habla de muchos ricos que usaron sus riquezas para Dios, personas que no estaban tan apegados a sus riquezas como para que se convirtieran en un dios alternativo. No obstante, tengo cierto reparo al señalar este hecho, ya que la mayoría de nosotros somos tan expertos a la hora de engañarnos a nosotros mismos, que inevitablemente creeremos que esta concesión nos libra de toda culpa. Los demás son avariciosos o avaros; yo soy trabajador y frugal. Los demás son materialistas y hedonistas; yo soy realista y creo que un corazón alegre hace bien, como una buena medicina. Meditemos entonces en Lucas 12:21.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 57). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Puedo hablar de Jesús cuando viajo (2)

Puedo hablar de Jesús cuando viajo (2)

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(Dios dijo:) Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.

Isaías 55:11

Ayer vimos cómo Anne, una cristiana china de avanzada edad, pudo recorrer toda China para hablar de Jesús en sus viajes.

Algunos años más tarde, un cristiano que estaba de visita en casa de un miembro del gobierno, vio a la esposa de ese funcionario leyendo la Biblia. Sorprendido, le preguntó si era cristiana. Este es su testimonio:

«Un día mi marido fue en tren a otra ciudad. Una señora mayor empezó a charlar con él, le habló largamente de Jesús, y le dijo: «La razón por la que viajo es para anunciar esta buena noticia». Mi marido quedó impresionado, aunque hasta hoy no se ha convertido. Yo quedé sorprendida por el compromiso de esa mujer y me dije: ¿Qué tiene Jesús de interesante para que esa mujer, a su edad, se sienta obligada a viajar por toda China? Conseguí una Biblia y rápidamente encontré la salvación».

Su marido, a pesar de sus vínculos con un gobierno opuesto al Evangelio, siempre mostró simpatía hacia los cristianos, haciendo todo lo posible para evitar que los peores excesos de la persecución los alcanzasen en las regiones que dependían de su autoridad. ¡Dios trabaja de forma extraordinaria! Empleó a una mujer anciana y frágil para hablar a los poderosos de ese país como ninguna otra persona pudo hacerlo.

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:1-2). “Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón… hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino” (Deuteronomio 6:6-7).

2 Samuel 19:1-23 – Hechos 8:26-40 – Salmo 27:1-4 – Proverbios 10:19

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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